- ¿Dónde estoy?
Ranma giró la cabeza una pizca al escuchar la voz y, al ver de reojo de quién se trataba, la sorpresa hizo que se girara casi por completo.
Se trataba nada más y nada menos que de Ryoga. El bueno de Ryoga.
Desde luego, tenía un don para aparecer en el momento más inesperado. Menos mal que el guiso estaba ya casi listo... En ese momento, se dio cuenta de que tenía la tapa de la olla en la mano, que había alzado para mirar el guiso. Hay que ver, vaya día llevaba. La volvió a colocar sobre la olla y se volvió de nuevo hacia Ryoga, que se había quedado mirándola como si no diera crédito a lo que veía. Sin embargo, ella también tenía una pregunta para él y se la hizo:
- Ryoga... ¿cómo has entrado?
Ryoga la miró de hito en hito y contestó con su acostumbrada sencillez:
- Estaba abierto.
¿Abierto? ¿Cómo era posible? Ranma estaba segura de tener la puerta de la casa bien cerrada. No podía haber entrado por ahí...
De repente, se acordó. ¡Claaaaro!
Había estado tendiendo la ropa fuera en la terraza antes de ponerse a cocinar y sin duda debía haberse dejado la puerta corredera abierta, olvidándose de cerrarla al entrar, ya que iba pensando en lo que iba a hacer de comida.
Ranma se movió a un lado un poco para ver lo que había detrás de Ryoga y comprobó sus sospechas: la puerta corredera estaba abierta.
- Ryoga, ¿puedes vigilarme unos segundos el guiso mientras voy a cerrar esa puerta? No tardo.
- Eh... vale...
Por suerte, pensó Ranma mientras se dirigía a la puerta, hacía buen tiempo ese día y no se iba a colar mucho frío en casa. Al fin y al cabo, ya estaban a principios de abril. Además, vivía en una zona tranquila y poco transitada de la ciudad y era raro que entraran personas extrañas.
Aún así, Ranma pensó que debía tener más cuidado en adelante. Ryoga era una prueba de que no era imposible que pasase y ella además era la más expuesta del bloque, si cabe, ya que vivía en el bajo, a ras del suelo, y colarse en su casa con esa puerta abierta era bastante fácil.
Como era una zona bastante tranquila, sin grandes conflictos, los bloques de edificios que regentaba su casera (y otros dos propiedad de su hijo) estaban rodeados por una sencilla cerca, de media altura (como un metro de alta), a la que se accedía por una cancela que, aunque tenía cerradura, las más de las veces se cerraba con un pestillo simple que podía ser manipulado sin mucha complicación desde el otro lado. Y eso, si estaba cerrada, porque la mayor parte del tiempo los vecinos y ella misma la dejaban abierta sin preocupación, ya que no había sido problema hasta ahora y así, de paso, le evitaban a sus amigos y conocidos, cuando los visitaban, el tener que estar llamando primero al telefonillo de la cancela, que daba paso al terreno de los bloques, y luego al telefonillo del bloque.
A parte de esto, había un amplio espacio llano entre los bloques y la valla por todos los lados. El terreno formaba como un cuadrado en cuyo centro estaban los cuatro bloques, separados a su vez entre ellos también por espacios, más estrechos que los que separaban los bloques de la valla, pero suficientemente amplios y acogedores para caminar a gusto.
Estos espacios tenían caminos de suelo liso, sin protuberancias o piedras, que comunicaban los edificios entre sí y con la calle. El resto del espacio era césped, con algún que otro macizo de flores.
En suma, llegar a cualquier edificio era un paseo de lo más tranquilo y cómodo.
Ranma suspiró al pensarlo. Para colmo, su terraza estaba también a ras de suelo y sólo la separaba del resto del espacio abierto un simple murete de piedra, que fácilmente se podía traspasar de un salto, igual a esos que daban los niños jugando o saltando el caballete en gimnasia.
Sí, la verdad es que su vivienda no era la más segura del mundo, precisamente.
Pero no podía quejarse y más en las condiciones en las que la había recibido. El alquiler no era caro, incluso diría que era barato, y además tenía la bendición de llevarse muy bien con su casera, que la trataba como si fuera su nieta y la invitaba a comer a menudo en su casa o le regalaba alguna cosa que había hecho, como una bufanda, un jersey, una diadema, ...
Lo único "malo" era que... la casera tenía esperanzas de que, andando el tiempo, surgiera algo entre Ranma y su nieto, que vivía en uno de los bloques de enfrente, los que eran propiedad del hijo.
El joven era más o menos de la edad de Ranma, y la buena mujer estaba deseando verlo casado. Por suerte para Ranma, el joven parecía estar muy a gusto soltero y no tener ninguna intención de casarse en varios años...
En fin, fuera como fuera, Ranma pensó seriamente en ahorrar para comprar unas puertas extras para la terraza o algo parecido.
Cerró la puerta corredera y se volvió hacia Ryoga, que en ese momento miraba dentro de la olla. Podía verle perfectamente desde donde estaba porque la sala de estar, desde donde se accedía a la terraza, y la cocina estaban unidas en el mismo habitáculo, un poco al estilo de las cocinas americanas. Por otra parte, su piso en general no era muy grande y se podía recorrer en unos pocos pasos de parte a parte.
Se acercó a Ryoga. Este, cuando la vio cerca, tapó la olla de nuevo.
- Creo que esto ya está, Ranma. Tiene buena pinta.
Ranma le miró y pensó por un momento... ¡Vaya, qué demonios! Hasta le venía bien.
- Ryoga... Si quieres, puedes quedarte a comer. -le invitó.
- ¿Comer? Bueno... la verdad es que tengo bastante hambre... si no es un problema... -en eso, dejó de hablar y miró a Ranma molesto y como si hubiera recordado algo-. Espera, Ranma. ¡Aún no has respondido mi pregunta! Y además, ¿qué haces vestido así? ¿Es otra de tus bromas? ¿Pretendes engañarme de nuevo?
Ay, Ryoga... El mismo Ryoga de siempre...
Era cierto, él no había estado cuando había ocurrido todo, andaba en una de sus peregrinaciones... Era más que probable que no supiera nada. No le quedaba otra que contárselo... Ranma suspiró.
Desde luego, hasta ahora ese día no era su mejor día.
Sin embargo, no estaba arruinado y aún podía ser muy bueno. Decidió tomárselo con filosofía y explicarle con paciencia a Ryoga lo que había ocurrido. Tenía que mantener la calma ante todo, porque recordaba con qué facilidad terminaban en pelea en el pasado y no quería que eso ocurriera. Ya no. Además, eso podía estropear su día bastante y Ranma estaba determinada a tener un buen día. Haría todo lo posible para que así fuera.
Era domingo, el día más relajado de la semana de Ranma; y al día siguiente tocaba volver al trabajo. Además, tenía planes excelentes para la tarde. No, definitivamente nada se lo iba a aguar si podía evitarlo. Se armaría de paciencia y pensaría en la importancia de estar calmada todas las veces que hiciera falta.
- Ryoga, ¿qué tal si me ayudas a poner la mesa, nos sentamos a comer y te lo cuento?
...
~ Ryoga ~
Ranma actuaba muy raro. Hacía meses que no le veía, quizá incluso un año... no lo recordaba bien... No importaba. Hacía mucho que no le veía y se lo encontraba así, con su cuerpo de mujer, con ropa de mujer... ¡Tenía hasta un mandil bonito y tierno encima del vestido! Aunque tenía ambos manchados, eso sí encajaba con él, ¡ja! Y estaba cocinando mientras tarareaba... ¡Era el acabose!
Cuando Ryoga lo había visto, de espaldas, le había tomado por una chica de verdad y se había puesto nervioso y un poco colorado al irrumpir de golpe en esa escena tan hogareña... no había sido su intención molestar a una inocente chica en sus tareas, pero se había perdido y no sabía muy bien cómo había llegado hasta ahí...
Pero... luego había resultado que sólo era Ranma.
Ranma, que tenía una especie de manía de vestirse de chica de vez en cuando... o quizá le había visto venir y le había querido gastar una de sus bromas.
Ryoga no sabía qué pensar, estaba molesto y enfadado. Pero, la sugerencia de comer de Ranma la verdad es que era de agradecer... llevaba varias horas sin comer, en parte por su mal sentido de la orientación... No, no era una mala idea y... Y Ranma le había dicho que se lo explicaría.
De acuerdo, le daría la oportunidad de explicarse.
Ayudó a Ranma a colocar los platos sobre una mesa redonda que había cerca de la cocina y empezaron a comer. Tenía que reconocer que su rival no había cocinado nada mal. La verdad es que estaba muy rico. Aunque, por supuesto, no pensaba decírselo.
Llevaban un rato comiendo y ya casi habían terminado (estaban con el postre, un bizcocho de nata y frambuesa que había hecho Ranma y que no estaba mal) cuando Ranma pareció decidirse a hablar:
- Bueno, Ryoga... en respuesta a tu primera pregunta... nos encontramos en mi casa.
- ¿Tu casa? Ranma, no pretenderás que me crea que ésta es la casa de los Tendo... ¡Es cierto que soy algo despistado pero no soy tonto! Conozco perfectamente la casa de mi adorada Akane... ¡Y ésta no es! Además, si lo fuera, ¿dónde está ella? ¿Y los demás, dónde están?
Ranma suspiró. Era por lo menos la tercera vez, sino la cuarta, que le oía suspirar en el tiempo que llevaba allí. ¿Qué se creía, que a él le encantaba su compañía?
Ranma se quedó mirándole un momento como si tuviera ante sí una ecuación difícil de matemáticas, en vez de a él, antes de contestarle:
- No, no estamos en casa de los Tendo. Ésta es mi casa, Ryoga.
- Eso no es posible. ¡No, no puede ser! Si ésta fuera tu casa... entonces... -Ryoga se estaba poniendo atacado por momentos.
- Si no me crees, sal a la entrada del piso y comprueba el nombre del buzón.
- ¡Claro que lo voy a hacer!
Ryoga se levantó de la mesa casi en tromba a comprobarlo. No podía ser cierto, no podía...
Llegó en unos pasos a la entrada, abrió la puerta y miró el buzón. El nombre que había escrito le heló la sangre: "Ranma Saotome". No había lugar a duda...
Entonces era cierto. No había mentido. Era su casa. Pero entonces, eso significaba... eso significaba... no podía creerlo. ¡No!
No podía creer que su querida Akane se había casado con Ranma y él no había estado para impedirlo. Y ahora vivían juntos, independizados de sus padres... ¡No, no podía ser verdad!
...Pero tenía que serlo.
A Ryoga empezaron a llenársele los ojos de lágrimas.
- Ryoga, ¿qué estás haciendo? -oyó a Ranma llamarle desde dentro- ¿Has visto ya el buzón? -Como no respondió, lo siguiente que dijo Ranma pareció decirlo para sí mismo- A ver si es que se ha perdido, aunque haya pocos pasos hasta la puerta de salida...
Ryoga se limpió con la manga las lágrimas, intentando recuperar un poco la compostura y la dignidad... Se sentía tan humillado y fracasado... ¡Pero no le iba a dar ese placer a Ranma! ¡No, no le iba a ver así!
Entró como una exhalación de nuevo y se plantó frente a Ranma, que aún estaba sentado pero parecía haber estado a punto de levantarse.
- ¿Cuándo ha sido?
- ¿El qué...? - Ranma se detuvo y lo contempló un momento- Ryoga... ¿has llorado?
¡Nada, ni siquiera era capaz de ocultárselo a su enemigo! Le dolía tanto que apenas podía contener las lágrimas en las comisuras de los ojos.
- ¡Eso no es asunto tuyo! ¿CUÁNDO ha sido?
- ¿Cuándo ha sido el qué? -Ranma parecía sinceramente confundido por su pregunta. ¿Tan raro era que se lo preguntara?
Aunque, si había sido hace meses... Ay, le dolía pensarlo.
- ¡La boda! ¡Tu boda con Akane! ¿Cuándo fue? ¿Desde cuándo vivís aquí... juntos? -la palabra por poco se le atraganta.
- ¿La boda con... Akane? -Ranma se quedó un momento como tocado mirándole y luego... ¡empezó a reírse más y más y a carcajearse a gusto!
Eso, encima, burlándose de él y restregándole su felicidad.
- ¿Crees... -se detuvo porque le dio la risa de nuevo- ...crees que me he casado con Akane y que vivimos aquí juntos? -Se tapó la boca aparentemente intentando contenerse de reír de nuevo.
- ¡Claro! ¿Qué otra cosa iba a ser sino? -Ryoga estaba a punto de saltar de furia sobre Ranma. ¡A ver cuánto se reía entonces!
Ranma pareció intuir sus intenciones, porque dejó de reírse y pareció hacer un sincero esfuerzo por calmarse por completo.
Le miró serio.
- Ryoga... ¿has considerado que si fuera así lo más lógico es que el nombre de Akane también apareciera en el buzón?
- Eso... -Ryoga lo pensó- ...bueno... puede ser... ¡pero no tiene por qué!
- Ryoga, no estoy casada con Akane. Ella no vive aquí.
Ryoga se desinfló de alivio... Pero...
- ¿Lo dices en serio, Ranma? ¿No me estás mintiendo?
- Ryoga, ¿no crees que si fuera verdad te lo habría dicho?
Bueno, es cierto que si fuera verdad seguramente no habría perdido la oportunidad de restregárselo o dejárselo bien claro. Ryoga se calmó por fin.
- Entonces... ¿vives aquí tú solo? ¿Te has ido de casa de los Tendo?
- Así es. Desde hace un tiempo vivo sola.
A Ryoga no se le escapó que usara la palabra "sola". Un momento, y ahora que lo pensaba... ¿no había dicho antes "casada"?
- ¿Cómo que sola?
Suspiro de Ranma.
- Anda, siéntate. Te lo contaré todo y cuando termine me dices lo que quieras.
Así, Ranma empezó a hablar y le contó una historia increíble. Tan increíble que cuando terminó... Ryoga no acababa de creérselo.
- Mujer... para siempre.
- Sí.
- Y ya está.
- Eh... sí. ¿Qué más quieres?
- Ranma, que tuviste la desgracia de verte condenado a eso, me lo creo. Es duro, pero en vista de todo lo que nos ha pasado a ambos, lo creo. Pero... ¿que no sólo lo has aceptado sino que lo quieres, que lo llevas muy bien? Me estás tomando el pelo otra vez, Ranma.
- No, Ryoga. Ya te he contado que al principio no me lo tomé tan bien... pero luego, fui cambiando mi forma de verlo. Y supongo que, en general, he cambiado de forma de pensar.
- Yaaa, claro. ¿Pues sabes qué, Ranma? Que no me lo trago. Y si me mientes en esto también me puedes haber mentido en lo demás. -dijo Ryoga levantándose.
- Ryoga, no podría estar siendo más sincera que ahora... ¿dónde vas?
- Un momento, Ranma.
Cogió la olla vacía, se dirigió al grifo del fregadero y comenzó a llenarla de agua caliente.
- ¿Qué haces, Ryoga? ¿Me vas a ayudar con los cacharros? ¿Estás limpiando la olla?
Ryoga no quiso responder. No desvió la vista del volumen del agua dentro de la olla.
- Oye Ryoga, se me está ocurriendo algo... espero que no estén pensando en hacer... ¿no estarás pensando en...?
La olla ya estaba casi llena.
- Ryoga, espero que no hagas lo que me imagino que vas a hacer. Ryoga... -su tono parecía entre decepcionado, molesto e implorante.
La olla ya estaba lista. Ryoga cerró el grifo, cogió la olla y se volteó hacia Ranma.
- Ryoga, ni se te ocurra... ¡Ryoga!
Demasiado tarde, Ranma.
...
Ranma estaba mirándole con enfado. Tenía los brazos bajados a los lados, pero con los puños apretados, como conteniendo la ira.
Estaba empapada de pies a cabeza. Ryoga le había echado todo el contenido de la olla encima.
Pero... tenía que reconocer que seguía en su forma femenina.
- De acuerdo, aceptaré que esa parte es verdad.
Ranma se le quedó mirando de mala manera.
Ryoga se preparó mentalmente para bloquear un golpe.
Sin embargo, éste no llegó.
Ranma aflojó los puños y dejó las manos inertes.
Puso una expresión como de darse por vencido. O... ¿vencida? A Ryoga no acababa de entrarle todo eso.
- Bueno -dijo Ranma-. Dejémoslo estar, Ryoga. De todos modos tenía que cambiarme de ropa. -Hizo una pausa-. Pero... por favor... concédeme una tregua, ¿quieres?
Ranma se dirigió al pasillo. Ryoga le siguió.
- ¿A dónde vas?
- A cambiarme, Ryoga. Tengo una cita y no tengo tiempo que perder.
- Pero...
Ranma entró en una habitación y le dio con la puerta en las narices.
- Ni se te ocurra entrar, Ryoga. A menos que quieras recibir una lluvia de objetos como saludo.
- Tsé... Ni que me hiciera ilusión verte desnudo, Ranma.
Ryoga desandó el camino hecho hasta la sala de estar y, una vez que llegó, se sentó en el sofá a esperar.
Ranma salió más o menos un cuarto de hora después.
Por cómo olía, debía acabar de ducharse. Llevaba un vestido verde hasta las rodillas con girasoles y un bonito cuello de encaje. La verdad es que le sentaba muy bien. Si hubiera sido otra chica... habría pensado que era muy mona.
Pero... era Ranma.
- ¿A dónde vas a ir así?
- Me voy a pasar la tarde con unas amigas.
- ¿Unas... amigas? ¿Tienes... amigas? ¿Qué significa eso? ¿Unas prost...?
Ryoga se calló ante la mirada de advertencia de Ranma.
- No, mis amigas. -Suspiró de nuevo y prosiguió-. He quedado con ellas en la estación de tren. Si quieres acompañarme hasta allí y coger algún tren o información... para que tengas menos posibilidades de perderte, me refiero...
- Eh... no gracias, Ranma. Me apañaré solo.
- Como quieras.
Los dos salieron de la casa y comenzaron a andar.
- Oye, Ranma...
- ¿Sí?
- Entonces... Akane...
- No me voy a oponer a que lo intentes con ella, Ryoga. Me parece bien. Si la quieres, ve a por todas. Yo no te lo voy a impedir.
- ¿No tienes... ningún problema con que la corteje?
- Ninguno. Ojalá tengas más suerte que yo y la conquistes.
- Ranma... eso te honra. Gracias, amigo. -Ryoga le puso la mano en el hombro agradecido de verdad de que no le pusiera pegas y hasta le animara.
Siguieron andando.
- Oye, Ranma...
- ¿Sí?
- Perdona, creo que me he pasado ahí dentro. Y te agradezco tu comida. Lo cierto es que estaba casi desmayado de hambre.
Ranma sonrió por primera vez. Hasta le pareció que le miraba con... ¿ternura? No, tenía que haber sido una ilusión óptica.
- No hay de qué, Ryoga. Con todo, la verdad es que me alegro de haberte visto. Ha sido como si trajeras un soplo de mi antiguo hogar... por un momento. Hay... cosas que no cambian, ¿eh? -sonrió más ampliamente, como divertida. O divertido. Ah, esta situación era muy extraña para Ryoga.
- Je, je... supongo... -Era hora de despedirse- Bueno, Ranma... espero que te vaya bien... aquí.
- Yo también te deseo que te vaya bien, Ryoga. En el fondo, no eres mal chico y te mereces que te pase algo realmente bueno. -Hizo una pausa y miró hacia el horizonte-. Todos lo merecemos.
Caramba, Ranma le estaba empezando a emocionar y todo. Sería mejor que se fuera cuanto antes.
- Gracias, Ranma. Yo... Bueno, adiós, Ranma.
Se giró y se encaminó en dirección contraria hacia donde se dirigía Ranma.
- Adiós, Ryoga.
Ryoga siguió andando hasta que dio la vuelta a una esquina. Luego, se asomó con cuidado para mirar por donde había venido.
Ranma seguía andando y alejándose. De lejos parecía una chica como las demás... podía engañar a cualquiera.
Menos a él.
Tenía que averiguar por sí mismo a qué se refería Ranma con "amigas". La curiosidad le podía. Pero prefería presenciarlo desde lejos.
Empezó a seguirle manteniendo la distancia.
Después de un rato y varios percances en los que casi había perdido a Ranma (entre los que se contaba una señora que le había arreado con su bastón cuando había intentado ayudarla a cruzar un paso de cebra, diciendo que podía ella sola) llegaron a la estación.
Al entrar, estuvo a punto de perder de nuevo de vista a Ranma entre el gentío, pero afortunadamente vio su coleta roja balanceándose un poco más allá.
Cuando llegó a donde había visto a Ranma antes, le vio unos pasos más adelante, acercándose a un grupo de jóvenes que parecían agitadas, como emocionadas.
Era el momento de ocultarse. Ryoga miró a su alrededor y escogió una columna que sobresalía de la pared a escasos metros. Se parapetó detrás de ella y se asomó para observar.
Las jóvenes recibieron a Ranma efusivamente. Una a una fueron abrazándole y saludándole con cariño, o así le pareció a Ryoga.
Qué suerte tenían algunos.
Ranma se comportó de igual forma con ellas. Luego, parecieron ponerse a hablar todas a la vez, a reír... Menuda algarabía formaban. A todas se las veía entusiasmadas y contentas.
Y Ranma... se fundía perfectamente con el resto del grupo. Parecía una más de aquellas muchachas alborotadas y vivarachas.
¿Sería... verdad, después de todo? ¿Realmente estaba viviendo como una chica, actuando como una chica... siendo una chica?
No acababa de entrarle en la cabeza. Era tan extraño... No podía asumirlo sin más.
Vio que las chicas cogían todas juntas un tren.
Allá que se alejaban.
"Bien", se dijo Ryoga. Era el momento de volver a casa. Ya había tenido suficiente emoción por ese día. Y había visto suficiente.
Más importante aún: Akane le estaba esperando.
La suerte estaba de su parte. Nada se interpondría esta vez.
