Advertencias de rigor: Nada explícito, pero se hace mención a temas adultos. Si te consideras muy sensible, no quiero que lo leas.


2) Lluvia:

La lluvia de Nueva York debía ser, con toda seguridad, la que caía con más fuerza y la más fría de todo el mundo. Al menos, ésa era la sensación que le causaba: las gotitas de agua le chorreaban por el pelo, por la espalda, y se colgaban de su nariz. Se le mezclaban con las lágrimas y, lo que era peor, se clavaban como agujas sobre sus cardenales más recientes.

Cuando por fin encontró un portal abierto en el que cobijarse, se derrumbó sobre la escaleras y se examinó las muñecas, donde aún destacaban tres circulitos de piel quemada y enrojecida. Mierda de tabaco, mierda de lluvia y mierda de vida.

Esa noche volvía a encontrarse con todo el cuerpo dolorido, volvía a tener frío. Aquel hijo de puta de la vez anterior había resultado ser de esos a los que le gustaba hacer daño. Le había tirado del pelo hasta hacerle chillar, y ni siquiera le había pagado bien.

Y el hambre. Tenía tanta que podría haber llenado un almacén con ella, no importaba cuánto comiese. Haciendo cuentas...¿cuándo había sido la última vez que probara una tableta de chocolate? Añoraba el regusto dulce en su boca.

Pero es que, reflexionó, mientras se rascaba una costra del brazo hasta arrancársela, también añoraba un montón de cosas. Nunca hubiese imaginado que podría llegar a echar de menos los sermones, las clases de dos horas, o los gritos histéricos de Linda cuando él le robaba los pinceles y lo perseguía por todo el aula de dibujo. Le encantaba que lo siguiese, pero no que gritase.

Una de las vecinas del edificio lo encontró cuando bajó a dejar la basura. Era una mujer vieja y gorda como una enorme ballena, que le dedicó una mirada de profundo desagrado y lo echó a patadas de su portal, sujetándolo por los hombros como si estuviese lleno de porquería. No quería delincuentes vagabundos en su bella escalera, aunque fuesen delincuentes vagabundos de catorce años, demacrados y empapados.

Oh, Dios, si en verdad estás en el Cielo, haz que uno de sus caros tacones se parta y ella se abra la cabeza contra su sacrosanta escalera.

Esta vez se sentó en el bordillo de la acera, perdiendo ya toda esperanza de que escampase. Probablemente seguiría lloviendo hasta pasado el amanecer. Lluvia ácida, lluvia enferma, lluvia que ensuciaba más que limpiaba.

Un coche se paró frente a él y bajó la ventanilla.

Sintió que el estómago se le encogía de repugnancia, pura y dura. No quería tener que hacerlo, nunca más. Él era un chico inteligente, más, mucho más que aquella gorda entaconada del portal, infinitamente más inteligente que el hombre que le miraba desde el asiento y que el hijoputa que le había tirado del pelo hasta hacerle gritar... ¿por qué tenía que hacer eso?

Sin embargo, poco tiempo después, volvía a dejar que otro cerdo le pusiese la mano encima. Volvía a ser un niño bueno y obediente. Y por dentro se tragaba el orgullo, recordaba la lluvia suave de Winchester y agradecía, en el fondo de su alma, poder pasar un ratito bajo un techo seco, bajo un cuerpo caliente.