10) Zapatos:
Aquella noche los ojos de Nate se abrieron, como las puertas automáticas de un centro comercial.
Cuando, años después, él decidiese volver a hablar de nuevo, nunca sabría responder a la pregunta de qué le hizo despertarse aquella noche, siete horas antes de lo habitual. No había mojado la cama, no tenía frío, hambre o ganas de ir al baño. No se sentía enfermo ni había tenido una pesadilla. Sí recordaba vagamente haber soñado con algo relativo a su padre y un tren que arrancaba, pero las imágenes se le escapaban tan pronto las intentaba traer de vuelta.
Él nunca antes se había despertado en plena noche. Echo un ovillo entre las mantas flacas, no pudo evitar sobrecogerse por lo densa que le resultó la oscuridad de la habitación, como si toda la penumbra y negrura del mundo estuviese durmiendo debajo de su cama, tan espesas que podía sentirlas como agua fluyendo entre los dedos. Nate siempre había creído que no le tenía miedo ni al silencio ni a la soledad ni a la oscuridad... en ese momento comprendió que era porque nunca antes las había conocido realmente.
La falta de luz agudiza los sentidos. Tras unos primeros minutos de vacío, pudo distinguir el sonido de un crujido rítmico y suave, muy muy lejos. Si la casa era un hombre, aquel sonido debía ser su aliento.
A lo mejor fue su propio miedo, y el presentimiento de aquel terror consumándose como realidad, lo que le hizo deslizarse al exterior de la cama, casi arrastrarse a tientas por la habitación y hundirse en el pasillo sumido en la oscuridad. Sentía el frío de las baldosas bajo los calcetines mientras recorría los pocos metros que lo separaban del otro dormitorio, lentamente, con pasos pequeños como gotitas de agua.
La casa respiraba. Y él se acercaba cada vez más a sus pulmones. El sonido se hacía más dolorosamente áspero y cercano a cada paso que avanzaba.
·-¿Mamá?
Le costó encontrar el picaporte al otro lado del pasillo. El pomo se dobló de manera casi antinatural a su contacto, fluido, sumergiendo a la puerta en una imagen tan triste como uno se pudiese imaginar.
Años más tarde, Nate volvería a ver la luz. Entonces se le ocurriría pensar en muchas cosas: en cómo su vida hubiese cambiado de no haber abierto nunca la puerta o, lo que era más importante, de no haberse despertado aquella noche. O de haberlo hecho una hora antes. Media hora, incluso. De haber tomado aquel tren con su padre.
Pasarían dos días antes de que los vecinos los echasen de menos y, preocupados, forzasen la entrada al piso. Entonces lo encontrarían, arrodillado a la entrada del dormitorio de su madre, con los labios pálidos congelados en el momento inmadiatamente anterior a preguntar qué era aquel ruido. Para aquellas, su pelo se habría vuelto ya totalmente blanco, y la única señal de vida en su diminuta silueta sería el suave balanceo de sus pupilas.
Hipnotizadas por los zapatos de mamá. De charol rojo y brillante, se mecían como el péndulo de un viejo reloj, a veinte centímetros del suelo.
