En silencio.
Demostrando siempre su amor en pequeños gestos como lo era una amable sonrisa o una palabra de aliento que él apenas llegaba a escuchar debido a que éstas eran expresadas en un leve susurro, y sólo cuando estas no eran opacadas por esos tartamudeos que nunca podía controlar en su presencia.
No importaba si él no lo notaba, no importaba mientras pudiera permanecer cerca, cerca observando como reía con autosuficiencia cada vez que jugaba un partido, sabiendo siempre de antemano que podía ganarlo.
No importaba mientras pudiera estar ahí para contemplar cómo su rostro de llenaba de satisfacción por el simple hecho de poder golpear una pelota contra la acompañante eterna que era su raqueta.
No importaba, porque aunque se sintiera morir de dolor sabiendo lo lejos que él estaba de su alcance, podía siempre consolarse con la idea de poder verlo cada día haciendo algo que a él lo hacía feliz.
No importaba, claro que no, y es que mientras él le permitiera acercarle la toalla para secara su rostro empapado, resultado del ejercicio anterior ella también estaría bien.
Así era como Ryuzaki lo amaba.
En silencio y a la distancia., porque podía ser feliz si él lo era, y él lo era jugando al tenis. Entonces seguiría amándolo en silencio como lo hacía desde hace tres años, seguiría estando ahí para Ryoma-kun, mientras él la dejara. Y no pediría más, al menos no por el momento.
Sin tener nunca la menor idea de que el chico se cuestionaba a menudo el extraño hecho de que ella le pareciera linda.
Sin tampoco percatarse en su afán de agradarle, de que ella la única chica que podía lo llamarlo de esa manera o de de cómo la mirada felina se posaba sobre su figura varias veces al día cuando ella no podía verlo.
No sabía que por ella callar, él también lo hacía.
Es una cutrada, lo sé, pero es algo que me salió... sí, así como dicen que me inspiré y tal.
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