¡Hola! Termino aquí la mini historia de Ted y Andromeda. Os doy las gracias a todas por haberos parado un momentito conmigo y con ellos, así que aquí os dejo ya la conclusión. Como comprobaréis, no he querido hacer un biofic clásico contando desde el principio el qué cómo y cuándo, sino ser un poco ilógica pero coherente. Teniendo en cuenta que el sentimiento y darse cuenta de él es algo que Andromeda no controla, quiero que formalmente el fic tampoco parezca controlado.
Hay una canción que aparece en el anuncio que algunas conoceréis, el de Sony Bravia, con los conejitos de plastilina yendo por Nueva York. Es 'She's a Rainbow' de los Rolling Stones. He puesto un par de versos solamente, no me gustan los songfics (aunque estuvieran pemitidos por ffnet) Espero no estar machacando los TOS de la página. Quien quiera ver ese anuncio y (parte de) la canción, que entre aquí (sin espacios): http / dubhesigrid. livejournal. com/ 27664. html
Ahora os presento dos guiños importantes a la siguiente generación de las Black: A Draco más sutilmente, pero sobre todo, a Tonks.
Gracias por vuestra lectura, y vuestros reviews. Me ilusiona, ya que es una historia marginal, con una estructura extraña, pero me alegra que os haya gustado hasta ahora: CrissBlack, grengras, Sabaku no Akelos, Nicole Daidouji, Annirve, Yedra Phoenix, Nasirid, Alecrin, Lazylid, Ali.
CREEPING IN (CLOSURE) – Cluster three.
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Hoy,
Closure
Él siempre le había dicho que tenía que haber sido seleccionada en Gryffindor, que era valiente y tenía una determinación férrea. Ted siempre le decía que no comprendía cómo era Slytherin.
Pero Andromeda había estado aterrorizada durante mucho tiempo. Mantenía una relación secreta con un hijo de muggles. En su familia imaginaban que su discreción y sus silencios darían que hablar, cuando en el momento más inesperado, anunciara su compromiso con un acomodado heredero de alguna familia mágica. Sus padres habían llegado a ser comprensivos con ella, incluso habían acabado por sugerir y aceptar que si ese hijo no era el primogénito, o si incluso era un Macmillan o un Smith, tampoco habrían puesto el grito en el cielo.
Después de todo, en la familia algunas Black se habían casado con Longbottoms, con Potters, y no habían sido expulsadas de la familia.
Una no se casó. La tía abuela Cassiopeia.
"Nunca he conocido a una Black enamorada, Andromeda"
Tía le abrió los ojos, sin intención. Y el mundo se volvió aún más loco. Porque no podía mantener un secreto eternamente. Porque sus padres acabarían por desesperarse ante esa inexplicable soltería, y habrían elegido por ella, y si hubiera sido así, no habrían tenido inconveniente en darle lo mejor.
Un Rookwood. Un Yaxley. Un Rowle. Un Rosier.
Ahí es cuando definitivamente, Andromeda supo por qué el Sombrero nunca pensó en seleccionarla en Gryffindor. En ese instante, sintió terror, pánico. Ted habría visto y comprendido que no, que ella no era Gryffindor.
Podría quedarse en su hermosa jaula de oro. Podría pensar que el mundo seguiría siendo maravillosamente perfecto bajo el prisma de los Black. Podría pedirle eternamente a Ted que la esperara. Hasta que él se hartara. O hasta que sus padres se hartaran. Y para entonces, ya no habría propuestas.
"Hasta que las dejes de recibir, por costumbre y por la edad, incluso para una Black."
Y quedaría condenada a una vida que le recordaría siempre lo que no había llegado a ser, en la felicidad que habría desconocido, en la familia que nunca habría tenido, en las ilusiones que siempre habría anhelado cumplir.
Esa vida de frustraciones le recordaría siempre a Ted, consciente de que había un mundo más allá de la alcurnia de los Black. A Ted, cansándose de esperar eternamente. A Ted, en definitiva, saliendo de su vida para vivir la suya.
Ella tan sólo quería que sus padres aceptaran que quería ser feliz. Que ella no tenía ninguna responsabilidad hacia su familia, que ella no era ninguna heredera, ni era la primogénita, ni tampoco esperaban de ella grandes cosas, grandes triunfos. Sólo quería ir del brazo de Cygnus, que la entregaría gustoso a Ted. Como cualquier padre haría con su hija, con tal de que ésta fuera feliz.
¿Era tanto pedir?
En plena noche, Andromeda abrió el armario y se secó las lágrimas manchadas de negro de la máscara, y frotó distraida la mano en la túnica, sin importarle que ahora parecía la dama de honor más patética del mundo. Sacó un doble fondo y movió la varita con más torpeza de la habitual. El hechizo fue, aun así, perfecto. La ropa muggle empezó a plegarse con esmero y delicadeza, y fue colocándose cuidadosamente en el pequeño baúl.
Mientras eso sucedía, se arrodilló junto a la mesita de noche, y sacó del marco la foto de su familia, en Grimmauld Place, en las últimas navidades. Las primeras navidades de Sirius como Gryffindor. Sabía que ella ya no iba a pertenecer a su familia, pero aun así, llevaría la foto consigo. Sus abuelos, sus tíos, sus primos, sus padres, sus hermanas. Todos sonriendo orgullosos, todos desprendiendo felicidad y dignidad, tradición y satisfacción. Sirius, que acababa de empezar en Hogwarts, y había sido el centro de la vergüenza, al ser condenado en Gryffindor.
Y ella a su lado, igual de condenada. Ni ella misma sabía hasta qué punto. Pero callada y Slytherin, dejando que fuera Sirius el que se llevara los reproches y las miradas avergonzadas de su familia.
Ahí de nuevo Ted habría sabido por qué ella no era Gryffindor. Y sintió remordimientos al mirar la foto, como los sintió en aquel momento, cuando intentó consolar a Sirius. Él no tenía la culpa de ser Gryffindor. No era un deshonor. Ella sí tenía bastantes motivos para ser la deshonra de la familia, y no un chiquillo de 11 años.
Daba igual. Le daba igual. Ya no era su mundo.
Miró alrededor, por última vez, su dormitorio, y volvió a secarse las lágrimas. Sabía que en su casa ya no volverían a pronunciar su nombre, y las copias de esa fotografía serían destruidas. La borrarían de su existencia, como si nunca hubiese sido parte de ellos. Quemarían su nombre del Tapiz de Tía Walburga. Sería desheredada y repudiada.
Sería sólo Andromeda.
Dejó la fotografía encima de la ropa, y fue hacia el escritorio. Apartó pajaritas de papel de Narcissa, y libros, y joyas. Tomó pluma y pergamino, y de nuevo pensó que Ted habría comprendido que su pulso no era de ninguna Gryffindor. No era ya firme, seguro, determinado: Era tembloroso, vacilante. La letra siempre pulcra, perfecta, pero ahora llena de miedo. Y recordó esa notas secretas que le enviaba a Ted, esas pajaritas voladoras, hechas de pergamino. Esas cosas, esos detalles, la ilusión de estar con Ted para siempre, todo eso compensaban miedos y ese vacío en el pecho. Pero el miedo a perder su pasado era demasiado. Incluso la certeza de perder a su familia era doloroso. Era injusto.
No tenía el pulso Gryffindor. Ni de Black. Nunca había sido Gryffindor. Hacía tiempo que había dejado de sentirse una Black.
Y citó a Ted esa noche. En el lugar donde se conocieron, el lugar que marcó el inicio del final de su vida, tal y como la había conocido, hasta que tuvo 11 años de edad. Hacía ya ocho años. En King's Cross.
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Ayer,
Creeping in
Estar detrás de la cabaña de Hagrid tenía sus ventajas. Jamás pasa nadie por ahí, apenas algunos estudiantes de Gryffindor, y algunos Hufflepuffs. Pero por lo demás, es una zona poco transitada y mucho menos, por Slytherins indiscretos que podrían ir con el chisme a Bellatrix. En su sexto año, la mayor de las hermanas Black era una de las estudiantes más conocidas, y a menudo incluso temida.
Narcissa también podría resultar tan peligrosa si se lo proponía como su impetuosa hermana mayor. Andromeda no es que desconfiara de su hermana pequeña, es que confiaba en que pondría el grito en el cielo y escribiría inmediatamente a sus padres en el preciso momento en el que se enterara de las citas clandestinas con un Hufflepuff hijo de muggles. No por fastidiar a Andromeda, Narcissa no era así: por pura preocupación, lo primero que haría sería pedirle a sus padres que ingresaran urgentemente a su hermana en San Mungo, y revisaran si había sido hechizada, persuadida o había perdido la cabeza, y la curaran.
El ver a Ted era ya un insulto a su naturaleza mágica. Pero no lo conocían, ni lo sentían como Andromeda. De otro modo, sabrían que Ted era mucho más que pureza o suciedad, que era más que linaje o vulgaridad. Si Ted fuese un miserable, egoísta, maleducado, insolente, sucio, grosero, antipático, cruel, entonces ella sería la primera en despreciarlo.
Ted no era nada de eso. Pero el caso es que era alguien despreciable.
Sentados tras la cabaña, solo habían logrado ver de vez en cuando a grupos de Gryffindors asilados. Pero poco más, siempre había parejas que se ocultaban y se escapan, y normalmente había un pacto de caballeros en cuanto a delatar a los amantes furtivos. Hacía tiempo que esas cosas habían dejado de ser noticia. A esas alturas, nadie se preocupaba mucho de mirar a una pareja de apenas 14 años, aunque estuviese delante de todo el mundo, leyendo juntos en un día de enero.
Y ni siquiera eran pareja. Eran amigos. Y no por ello dejaba de ser una amistad prohibida, clandestina. Y Andromeda temía los comentarios y los rumores que surgirían si alguien sospechaba de esa relación.
"Pero soy una Black. Hablan de mi, Ted, soy un referente, los Black siempre lo somos."
"Andromeda… te sorprenderías mucho si supieses que los Black no sois el ombligo del mundo. Ni siquiera del mundo mágico."
La primera vez que Andromeda Black oyó esas palabras, le costó creerlo. Luego fue comprobando que todo ese mito de ser Black había dejado hacía mucho tiempo de ser un referente, que estar en el punto de mira importaba tan sólo a familias mágicas igual de rancias. Aquí por lo tanto había que hacer un listado de excepciones: Potters, Weasleys, Longbottoms, Prewetts, Bones, Abbotts, Smiths… Estas familias no se sentían impresionadas por el significado de ser Black, por lo tanto, no había tantas familias puras que estaban deseando formar parte del árbol de los Black.
Y luego estaban esas familias casi mestizas, que no eran precisamente el tipo de admiradores que los Black necesitaban y deseaban.
¿A quiénes importaban los Black?
"A vosotros mismos. Por eso tenéis tanta endogamia acumulada."
Ted deja que Andromeda apoyara la cabeza en su hombro, un gesto muy raro porque él siempre desea el contacto físico, pero lo teme también, y por esa razón apenas se mueve para que ella no varíe la postura. Y Ted se imagina su expresión. Indescifrable la mayoría de las veces, discreta y silenciosa por naturaleza, Andromeda sabe que Ted no es ni el más listo de la clase, ni el más hábil. Pero sabe mucho de la vida, había visto situaciones, gente, opiniones. Y sus conclusiones son prácticas y bastante lógicas. No del tipo de lógica Ravenclaw. Era, simplemente, puro Ted.
Antes, Andromeda habría sido casi tan vehemente como Bellatrix. Habría incluso chillado, se habría indignado ante el insulto. Pero siempre que Ted le hablaba, le mostraba un mundo que era mucho más amplio que los límites del Tapiz de su tía.
Y suspiró, confusa.
O no tanto. Sonríe satisfecha, cuando siente la mano de Ted acariciando su melena, con un respeto reverencial. Y olvida el curso de sus pensamientos. Olvida incluso su nombre, la hora que es y qué es lo que tiene que hacer el resto del día.
"¿Quieres que te cuente más cosas de las hadas y las ninfas?"
Andromeda ríe cuando separa su cabeza del hombro del Ted, bajo la sombra de los árboles. Y Ted saca un libro de su cartera. Lo abre y busca un capítulo en concreto, con unos dibujos en tinta negra.
"Esos dibujos no se mueven." comenta ella, pestañeando y mirándolo fijamente, tratando de encontrar el más leve movimiento que le indicara que ese libro tenía magia.
"Nop." le contesta Ted con una medio sonrisa. "Sólo se mueven en las pelis."
Andromeda deja de mirar el dibujo del libro y suelta una carcajada musical. Cada vez que Ted le decía una de esas palabras extrañas, era como estar con un estudiante extranjero. Siempre tenía alguna de esas palabras en alguna de sus frases. Y a ella le provocaban curiosidad y diversión. Él siempre sabía hacerla reír, incluso sin tener esa intención.
"Pero no te preocupes. Si quieres que se muevan, se moverán."
Ted saluda teatralmente con su varita a la joven Slytherin y la mueve encima del dibujo. El grupo de ninfas que estaban hasta entonces paralizadas junto a un río, en un hermoso prado arbolado, empieza moverse y a danzar. Andromeda sonríe maravillada y se acerca más al libro, y mira de soslayo a Ted, preguntándose cómo puede hacer esas cosas, cómo puede hacer que lo difícil sea fácil, cómo puede hacer magia tan bella.
Se pregunta cómo puede hacer todo tan abierto, tan sencillo y tan hermoso.
Tan mágico.
"No tiene color…" murmura ella. El libro está impreso en blanco y negro, y había pertenecido a la madre de Ted. Era uno de los libros que le leía a Ted cuando era pequeño. Cuentos de brujas, de hadas, de ninfas, de magos, de duendes, de elfos y de dragones.
Él no puede evitarlo, y le pinta colores al grupo de hadas.
"¡Las ninfas no tienen el pelo azul, ni verde, ni rosa…!" exclama ella, medio sonriendo, medio reprochando la insolencia de Ted, que mantiene una actitud burlona y desafiante.
"¿Y por qué no?" responde él alzando las cejas, provocador.
Pero Andromeda sonríe, rodando los ojos como suele hacer cuando Ted se sale por la tangente.
"¿Crees que existen las ninfas?" pregunta ella, sin dejar de mirar el baile y la alegría del dibujo, los colores y las melenas de colores ondeando por el movimiento.
"¿Y por qué no?" vuelve a preguntar, inclinando la cabeza. "Si de niño me decían que los magos existían¿por qué no las ninfas?"
"Los elfos hermosos no existen." Responde ella y deja el libro, abierto, junto a ella. Vuelve a apoyar la cabeza en el hombro de Ted, sin apartar la mirada del dibujo y su alegre movimiento. Y Andromeda vuelve a reír silenciosamente cuando escucha a Ted canturreando mientras mira los cabellos de las ninfas, de todos los colores posibles.
"She comes in colours everywhere, she combs her hair, she's like a rainbow…"
Andromeda escucha la extraña canción y se siente bien. Ted siempre tiene un mundo propio que a ella le fascina descubrir. Le da igual que sea muggle o mágico, él siempre tiene el don de hacerlo maravilloso. Mira a la ninfa del dibujo que peina su cabello, y es cierto. Es un arco iris. Es alegría.
Eso lo trae sólo Ted. Lo trae ser Tonks. No Black.
Ted inclina la cabeza para ver los ojos de Andromeda, posición complicada debido al ángulo en el que está la cabeza de la chica en su hombro. Pero lo logra y mira a Andromeda como suele hacer, como si estuviera memorizando los rasgos de su cara, intensamente. Una forma de mirar que Andromeda no ha conocido en nadie más.
"No es verdad." Dice él un poco más solemnemente. Ella frunce ligeramente el ceño, porque no recuerda a qué se refiere, se había quedado sólo con los versos de la canción. "Cuando te vi por primera vez pensé que eras una. Una ninfa, adorable."
Ella ríe y comprende que se refiere a que Ted sigue pensando que hay elfos hermosos, y que hay ninfas de cabellos de colores. Y ríe más por los nervios que por la hilaridad de la situación, y se acaricia el lagrimal del ojo, medio halagada, medio incrédula.
"A veces no sé si me dices las cosas para halagarme o porque me estás tomando el pelo."
"Nunca miento, Andromeda." Responde él con la misma solemnidad. "A ti menos que a nadie."
Ella vuelve a mirar a Ted, y acepta, no sabe desde hace cuánto, esa personalidad increíblemente Hufflepuff, esa sinceridad y dignidad que nada tiene que ver con ser un Black o con tener la sangre mágica.
"Ya lo sé." Susurra ella. "Y si me dices que las ninfas de colores existen, es que existen."
Pero Ted no parece escucharla. Ella se mueve un poco incómoda, pero a la vez, vive un momento increíblemente satisfactorio y feliz. Ante todo, feliz. Y como siempre, la intensidad de los ojos color avellana de Ted provocan que Andromeda Black baje los ojos. A veces avergonzada, a veces turbada, a veces tímida. Andromeda ya no recuerda cuándo dejó esa mirada airada de su familia, cuándo dejó de mirar fijamente a los ojos, cuándo dejó de mirar discretamente de reojo. Esas miradas netamente Black.
Ted siempre le decía que a pesar de todo, ella seguía teniendo esa clase, esa aura de divinidad que rodeaba a los Black. Esos gestos innatos, genuinamente aristocráticos. Pero ante todo, le decía a Andromeda que su gran mérito era tener su propio estilo. Ella, que siempre había pensado que no era ni una cosa ni otra, ni Bellatrix ni Narcissa, ni lo bastante relevante como para que incluso tuviera un estilo.
Sólo Ted se había fijado que ella, efectivamente, tenía uno propio, único y especial, y no una ausencia de estilo.
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Ayer,
Calmly creeping in
Andromeda es estricta. Tiene una rutina que siempre cumplía. Recoge escrupulosamente sus cosas en su dormitorio; es ordenada y metódica en sus estudios; prioriza perfectamente las tareas, comienza generalmente con las más fáciles, aunque no siempre; tiene una letra ordenada y limpia.
Pero también se fija en las mesas del fondo, en una en particular. Una cuyo ángulo ambos tienen bien controlado, estudiado para que puedan observarse sin que nadie rumoree ni se dé cuenta. Es su pequeño secreto, uno de tantos que comparten, y a Andromeda no le importa guardarlo. A Ted, no obstante, sí. Ella no sabe si es porque es consecuente hasta el final, o porque es un idealista. Porque es sincero, o porque no sabe ocultar lo que piensa y siente. O tal vez todo al mismo tiempo.
Andromeda es más realista, menos confiada. Pero también le gusta romper las normas, es después de todo algo muy Slytherin, y curiosamente, muy Black.
"Si hubiésemos sido Gryffindors, ambos estaríamos en Azkaban, Dromeda." bromeaba Ted.
De pronto siente surgir una de esas oleadas de calidez, y Andromeda se enternece al pensar en él. No sabe desde cuándo esto le está ocurriendo, pero es pensar en esos pequeños detalles, en sus pequeños secretos, y curiosamente, se siente bien, se siente feliz.
No recuerda qué es ser sangre pura, Slytherin ni Black.
Andromeda coge la varita y toma un pergamino. Diffindo por aquí y por ahí, y tiene un pedazo perfectamente cortado. Toma una de sus espléndidas plumas de águila y escribe con rapidez, pero con esa letra suya, pulcra y clara. Sin perder tiempo, y echando una rápida mirada alrededor, dobla el pergamino y hace una pajarita, que suelta soplando suavemente.
Ese truco se lo enseñó hacía tiempo Druella. Bellatrix nunca estuvo interesada en esos pequeños juegos con pergaminos, pero Narcissa y Andromeda sí que se esmeraban en hacer bonitas figuras con los pergaminos. Su favorita era la pajarita, y ser capaz de hacerla volar.
Hacerla libre.
Ambas hermanas jugaban con pajaritas voladoras, e imaginaban que sus futuros hijos aprenderían a hacerlas también. Druella nunca se habría imaginado que Andromeda ahora en realidad las utilizaba para enviarle mensajes a un Hufflepuff hijo de muggles. De haberlo hecho, la habría encerrado en San Mungo, convencida de su trastorno mental.
Preparar los EXTASIS está muy bien. Pero hacía tiempo que eso no era lo que más la motivaba para ir a la biblioteca. Era saber que tenía tiempo de sobra para mirar a Ted, y sentirse acompañada por él, aunque no pudiesen sentarse juntos. Era mirar el reloj con ilusión y esperar a que llegara la hora de "ir al baño" y poder verse fuera.
O la hora de "despejarse un poco" y poder verse más todavía.
Pero ese día le apetece salir fuera. Ver la parte del lago helada. Incluso patinar sobre él. Y quiere ir con Ted. Rompe la rutina del día. Quiere romperla.
Y sabe que, como siempre, desde que Ted la conoció, la seguiría donde fuese.
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Se colocó el abrigo y la bufanda y salió fuera, sin dar muchas explicaciones. Después de todo, sus amigas estaban ya acostumbradas a los momentos solitarios de Andromeda, a que no diera explicaciones de nada, y a que fuese siempre a lo suyo.
Ella no sabía desde hacía cuándo el escabullirse, el dar esquinazo y el no dar explicaciones era ya parte de su vida. El pasar desapercibida, y arreglárselas para que nadie la echara de menos.
"Mentira. Yo siempre te echo de menos. Aunque estemos juntos, sigo echándote de menos."
Ella se pone aún más nerviosa cuando recuerda esa frase. Esa honestidad, esa maldita franqueza de Ted. Porque a la vez deja siempre mucho implícito: ese futuro que todavía no comparten juntos. Porque ahora, caminando de la mano, marchan juntos hacia un lado del lago apartado de curiosos, incluso desde las vistas del propio Castillo. Y aun así, Andromeda sabe que eso a Ted le parece insuficiente. Incluso cuando se marchen de Hogwarts, seguirá siendo insuficiente el hecho de caminar de la mano.
Él lleva la mano de ella en la suya, sin guantes. Sólo tienen el calor de sus manos, y es suficiente. Pero cuando Ted nota que el calor de su mano es insuficiente, entonces rodea con su brazo a Andromeda, y ella se deja abrazar por él, según caminan despacio sobre la nieve. Dejando un rastro de huellas que Andromeda se encargaría de eliminar.
Llegan a la orilla del lago, que tiene una capa de hielo importante. Andromeda mira con recelo, porque no quiere caer en el lago, otra vez no. Aunque él sea su tabla de salvación, ella no quiere volver a saber qué se siente al ahogarse. Aunque sí quiere volver a sentir la sensación de Ted yendo en su ayuda, y la calidez de su boca en la de ella.
Pero Ted la rodea con los brazos y ella envuelve la cintura del Hufflepuff. Y deja que él siga mirándola, como si memorizara sus rasgos.
"Te enseñaré a nadar."
"¿Ahora?"
Ted se ríe, y ella sonríe, porque Ted siempre tiene una risa abierta y contagiosa. Él echa la cabeza hacia atrás, y su cabello se agita por el viento frío de febrero.
"No, ahora no." Deja de reír y la mira todavía sonriente. Se acerca a sus labios y Andromeda pierde la noción de la realidad. En el bosque, junto al lago, sólo siente a Ted, sólo deja que él saboree sus labios, porque aunque disfruta cuando él los mira con deseo, disfruta más cuando realmente logra besárselos. Y estrecha su abrazo rodeando su cintura, porque los pocos momentos en los que pueden estar juntos, ella no quiere jugar al gato y al ratón.
Como siempre le habían dicho.
"Sé una dama. No demuestres que él te interesa. Deja que él tome la iniciativa. Pero al final, no lo olvides, una Black decide siempre."
Mientras besa a Ted ni se acuerda de esas consignas. Y lo cierto es que le importan muy poco. Sólo siente, sólo está viva, cuando ha descubierto el mundo a través de los ojos de Ted.
Y una Black decide siempre. Pero esta vez todavía no puede decidirse. No del todo…
Se separa bruscamente, y Ted frunce el ceño, y le pone la mano en la cara, con suavidad.
"¿Qué ocurre?"
Ella se fija en sus ojos, la miran con cariño, y con preocupación, incluso con inseguridad. Y no quiere volver a pensar en su familia, ni en su futuro, ni en su pasado. Sólo quiere disfrutar de ese momento, de su compañía, y de lo que tienen alrededor. Ese momento.
"Vamos a patinar."
Ted pone una mueca de horror.
"No tengo ni idea de patinar."
"Pues si tú me enseñas a nadar, yo te enseño a patinar." Dice ella sonriente pero con firmeza. "¡Accio patines de Andromeda!"
Los patines llegan volando hasta ella al cabo de unos segundos. Y ella mira desafiante a Ted.
"¿Quieres que convoque los patines de Macnair?" le pregunta con malicia.
Ted se muerde los carrillos internos, pero esboza una sonrisa burlona, igual de maliciosa. Es extraña en él, pero a Andromeda le sigue pareciendo la misma sonrisa franca que siempre ha admirado en el hijo de muggles Ted Tonks.
"Ni loco. Qué asco. Nunca me pondría nada de tus compañeros."
Andromeda tuerce la boca ante la ironía que él ha usado para matizar la frase, cada sílaba. Y lo cierto es que ella siente que ellos son más sucios, más repulsivos, que Ted, con toda su sangre muggle. Ted suspira con resignación y agita la varita en sus pies. Las suelas se transforman en unas cuchillas metálicas, como si siempre hubiesen sido unos patines. Sujetándose a los arbustos, tratando de mantener el equilibrio en la cuchilla, sin comprometer sus tobillos, se acerca al borde del lago.
Andromeda alza las cejas; nunca dejará de sorprenderse de la habilidad en Transformaciones que tiene Ted. Nunca. Lo sabe. Le encanta.
"¡Glacius!" exclama Ted, antes de que Andromeda se acerque a la orilla congelada. El lago se congela aún más. El mantener la varita con ambas manos y hacer que de ella salga el chorro de ventisca helada y blanca no combina bien con unos pies sostenidos por dos cuchillas. Ted resbala pero antes de que caiga en la nieve, Andromeda le ha sostenido, con dificultad debido a su diferencia de altura y peso.
Ted ignora el lago ultracongelado y finge que pierde el equilibrio, aferrándose a Andromeda como si fuese ella su tabla salvadora.
"Ted, puedes soltarme ya. No te estás cayendo, mentiroso."
"¡Que yo no miento!" protesta él, abrazando a Andromeda para no caerse. O más bien, porque quiere abrazarla, nada más.
Ella rueda los ojos, y se separa de él para colocarse los guantes. Ayuda a Ted con los suyos, y ambos de la mano se acercan a la orilla.
"No me gusta el agua congelada. Me gusta mucho más en estado líquido." Murmura él ligeramente malhumorado. Pero invocó el Glacius para asegurarse que el hielo no se rompería.
Andromeda sonríe, y no suelta su mano. Incluso de mal humor, Ted tiene buen humor. Es otra cosa que adora de él. Que siempre le transmite felicidad. Ni presiones, ni agobios, ni enfados, ni gritos.
Nada más pisar en el hielo, Ted se escurre y se cae, pero suelta la mano de Andromeda para no arrastrarla junto a él. Ella hace un giro con gracia, acostumbrada a patinar en el estanque de los jardines de su casa, el movimiento es tan natural en ella como respirar.
"¡La madre que me…!" exclamá Ted cuando cae. Se oye el ruido de la tela rasgada, y Ted se mueve torpemente, procurando no resbalar de nuevo. Andromeda se desliza hacia él, y se acuclilla a su lado; comprueba que la túnica de Ted se ha rasgado en la parte de la axila hasta casi la cintura, cuando ha caído encima y ha intentado incorporarse, atrapando la tela con su propio cuerpo.
Pero Andromeda ha sacado la varita y realiza el Reparo más específico para la ropa que no ha conocido Ted en su vida. En un momento, la tela ha vuelto a su normalidad, como si nada hubiera pasado.
Ted ya no usa túnicas de segunda mano. No son las túnicas autorreparables que usan los Black, ni otros estudiantes de familias acomodadas, pero precisamente por ser una túnica nueva, más cara, le cuesta más que pueda rasgarse y echarse a perder.
Mira a Andromeda, maravillado. Él tiene mucho talento con Encantamientos, y sobre todo, en Transformaciones. Desde que era muy pequeño, desde antes de saber que era mago. Pero nunca había sido hábil reparando, ni tampoco con los hechizos domésticos. Por eso le gustaba fregar los platos en casa, como hacía su madre. O como en el restaurante, desde hacía dos veranos, que encima le reportaba un pequeño sueldo.
Y ahí estaba la persona que probablemente menos hechizos domésticos había realizado en su vida, teniendo servicio en casa, elfos domésticos a su disposición, y holgura económica como para usar túnicas diferentes todos los días del año.
Y ahí estaba ella, Dromeda no era ahí una Black, ni era una sirvienta, ni una dama de la aristocracia mágica, si es que ésta existía. Era Dromeda, y ella compensaba todas sus meteduras de pata, sus torpezas y sus desarreglos.
Ella se incorporó, guardando la varita y le tendió la mano enguantada en verde, ofreciéndole ayuda. Pero Ted olvidó que estaba en el hielo, que tenía que aprender a patinar. Sólo veía a Andromeda, desde el suelo, desde donde se supone que tenía que estar, a sus pies. Pero no le importaba, él besaba el suelo que ella pisaba.
Excepto cuando hacía esas cosas que a él le encandilaban.
Tira con firmeza pero suavemente de la mano, y arrastra a Andromeda hacia él, hasta que queda tumbada encima. Ted soporta el frío en su espalda, no permite que fuera ella la que tocara el hielo, sino que sintiera la calidez de su cuerpo. Y antes de que ella pudiera reaccionar, Ted ya había puesto una mano en la espalda de Andromeda, y otra en su nuca, para besar a la mujer de su vida.
Y Andromeda sabe que nada de lo que pudiera ofrecerle la magia, nada que hay en los Black, ni nada que le ofreciera un Mulciber, un Nott, un Gamp o un Selwyn podía compararse a la sensación de sentir la compañía de Ted Tonks, sus labios.
O su amor.
Sabe que alguna vez, no recuerda cuándo, había quedado atrapada. El amor había entrado sin ruido ni escándalos, ni fue un golpe repentino. Fue suave, calmadamente. Pero ahora ahí está, y no había vuelta atrás.
Sabe que hace tiempo que es consciente de que su vida ya nunca será la misma.
Sin Ted Tonks.
Y se derrite en el hielo.
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Hoy,
Closure
La habitación tenía una pequeña cuna, que se mece suavemente con un hechizo. Y encima, Ted había colocado un móvil de pajaritas. Pero no estaban colgadas de cuerdas o hilos. Pendían flotando y se movían dejando un sonido dulce y suave cuando volaban dando vueltas.
Pajaritas verdes y plateadas. Pero cambiaban a azules y amarillas. Y a rojas y doradas. Y a bronce y azul. No quería identificar colores con Casas, con caracteres, ni purezas. Su hijo, o su hija, sería lo que quisiese ser. Ahora que regresaba de la sala de partos, sabía que era una niña. Y Ted se emocionó cuando escuchó los primeros llantos de su bebé, de la otra mujer más importante de su vida.
Le habían dicho que Andromeda tenía que permanecer unos minutos más con los sanadores, pero que él podía subir a la habitación con su hija. La sanadora traía al bebé en brazos, y él caminaba detrás, nervioso, pensando que la habitación a lo mejor no era lo más apropiado para ella. Que no era lo suficiente.
Cuando entraron, y vio la cama vacía de Andromeda, sintió deseos de salir de allí y volver con ella, no dejarla sola. Siempre había dicho que cuando fuese madre, le gustaría que su madre o sus hermanas la acompañaran.
Andromeda dio a luz sola, con él, pero estaba sola. Y Ted le prometió que jamás lo estaría. Que la sangre nunca sería motivo por el que se separarían. No como hizo su familia. Ellos estarían siempre juntos.
La sanadora colocó a la niña en la cuna, y le recomendó que no la molestara demasiado, y que no le retirara el gorrito para que su cabeza no perdiera calor. La mujer se marchó, y Ted esperó, sin dejar de observar al bebé más hermoso del mundo, a que su mujer regresara, y viera que habían traído a sus vidas algo único, frágil, pequeño y precioso.
A su hija. Todavía sin nombre. Pero era hermosa, pálida, pequeña, indefensa y de los dos.
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Andromeda le retiró el gorro con delicadeza. Y dio un respingo cuando encontró no una mata de cabello castaño, ni rubio, ni negro.
Era rosa.
Su niña tenía el pelo rosa. O era una broma pesada, o era Bellatrix, que había entrado en San Mungo y las había encontrado, y le había echado un maleficio...
"¡Ted!" Andromeda se echó a temblar, y se le saltaron las lágrimas. "¡Ted!" exclamó con voz ahogada.
Ted dejó de agitar torpemente la varita en el montón de mudas y pañales, amontonados encima del mueble de los cajones, y se acercó inmediatamente a su mujer, preocupado ante el timbre alarmado de Andromeda.
"¡Dromeda, qué pasa...!"
Ella lloraba, y Ted entendió que su reacción era pura química, pura hormona. Abrazó a Andromeda y miró hacia donde ella señalaba. Su hija, encima de la cama, su bebé, a quien todavía no habían puesto nombre lucía un brillante cabello violeta.
Ted abrió la boca.
"¡Tiene el pelo rosa, Ted!. ¡Mi niña, qué le han hecho!" balbuceaba Andromeda, agitándose nerviosa. "¡Llama a los sanadores, a los aurores...!"
Pero Ted frunció el ceño. El cabello del bebé, que tumbada sobre la cama agitaba manos y piernecitas con movimientos instintivos, había pasado a ser de color azul.
"Dromeda… cálmate… nadie le ha hecho nada. Ella lo está haciendo sola."
Andromeda hipó y miró a su bebé, todavía llorosa.
"¿Qué… qué dices?" Andromeda paró de llorar, confundida.
El pelo de la niña ahora era verde. Ted soltó con suavidad a Andromeda y sostuvo a la niña en brazos, con extremado cuidado, como siempre pensando que la niña acabaría en el suelo debido a su torpeza. Pero al tenerla en brazos siempre sabía que a su hija no le ocurriría nada mientras él estuviera con vida. Jamás.
"Dromeda… creo que la niña es metamorfomaga."
Andromeda se sentó en la cama, estupefacta, y Ted le puso en brazos a la pequeña, que había cambiado el pelo a un color castaño normal. Y abría sus ojos medio ciegos, sin enfocar bien a su madre, y los cerró, acurrucada contra el pecho de Andromeda. El bebé, al percibir el olor y el calor de su madre, se relajó y cerró los ojos. Y el cabello volvió a ser rosa.
Y Andromeda recordó a las ninfas de cabellos de colores. No había nada más hermoso en el mundo. Nada igual que su pequeña. Su niña. Como le había dicho Ted, era una ninfa, adorable.
"Nymphadora".
Olvidó esos nombres que siempre había pensado ponerle de niña. Callidora, Cedrella, Cassiopeia, Lycoris… Ninguna estrella, ninguna constelación. Y le empezó a cantar, como una nana, aquella canción que había escuchado otras veces a Ted. La que le cantó a ella cuando veían a las ninfas de colores en aquel libro muggle.
"She's like a rainbow, combing colours in the air, oh, everywhere, she comes in colours..."
Era Nymphadora. Era magia. Y no podía creer la suerte que había tenido cuando había conocido a Ted, cuando habían hablado de ninfas y duendes, de brujas y elfos.
Era magia.
ooOOooOOoo
La idea de que los Black son un referente, y son "la realeza" mágica, como decía Sirius con desprecio, quería que apareciera, bajo el punto de vista de Andromeda. Ella tal vez no llegó a tener un concepto tan vehemente como Sirius, pero algo de desprecio tendría que haber, si fue capaz de mandarlo todo a paseo por un tipo como Ted. Quiero decir, que aunque ser Black es algo atractivo, y tienen un encanto y un carisma especial, también es verdad que en su egocentrismo durante siglos, no se han molestado en pensar que el mundo cambia y ellos no lo han hecho. Y los pocos que son diferentes, son expulsados.
No tengo ni la más remota idea de qué significaría Nymphadora ni de qué sale el nombre. Pero he construido "Ninfa adorable" para plantear el origen del nombre para Andromeda, en inglés "A nymph, adorable"
La conclusión de la historia sería Verde por Halloween. Sería el resumen de todo lo que ha aparecido por esta historia. Mucho cuidado si llegais a leer ese fic, ya que está rebosante de spoilers del Deathly Hallows.
Muchas gracias por haberla leído y espero que os haya gustado. No espero comentarios, ni alertas de favoritos ni nada parecido. Sólo que al menos os haya transmitido mi adoración por la pareja, y por supuesto, por su hija. Aunque borréis la historia de la memoria. En todo caso, mis gracias por anticipado, ya que es más que seguro que éste sea el último fic que publique.
Un beso y hasta pronto.
