II. SOBRE ARATHI BASIN Y LAS CENIZAS DEL PASADO
Entró con paso firme a la tiendita de campaña donde estaban reunidos todos los coroneles enviados a Arathi Basin. La pequeña tienda era ciertamente un desorden terrible lleno de planos, escritos, mapas y cerveza. Cuando él llegó, ya estaban allí el coronel de los elfos y Wotan, el señor enano.
Gnolte masculló algo y se dejó caer en un cómodo sillón que se hundió bajo su peso. Giró los ojos y soltó un bufido exasperado. Si bien la situación en Arathi Basin se estaba empezando a tornar un poco tensa, tampoco era tan grave como para que eso hubiera sucedido. Tres días atrás, Gnolte se despertó con el rugir de los cascos de los caballos y se levantó de un salto. Estaba casi seguro de que la Horda estaba atacando y de que les iban a matar a todos. Como pudo se colocó la armadura y se armó con su hacha, dispuesto a cortar algunas cabezas de orcos y trolls antes de morir. Pero lo que había encontrado había sido mil veces peor.
Un batallón de blancos caballos, llevando a blancos caballeros. Y frente a todo, el estandarte. El blanco escudo de seis puntas, con el símbolo de la Scarlet Crusade en el centro. La Orden del Escudo Blanco. Aquellos malditos paladines pomposos, demasiado enamorados de la luz como para ver más allá de su propia nariz. No le cabía en la cabeza que el Gran Señor Bolvar Fordragon hubiese ido a donde la Doncella Rhiannon a pedirle ayuda.
Y por eso estaba él allí, echado en un sillón de la tienda para tener un consejo de guerra con el líder del Escudo Blanco. Para que aquel paladín le dijera que todo lo que había hecho estaba mal, que por eso estaban tan jodidos, y que sólo él tenía la verdad. Se llevó el vaso de cerveza enana a los labios y le dio un largo sorbo, mirando fijamente la entrada.
Y en ese momento hizo su aparición. La armadura blanca como la luna, una gran espada claymore en la espalda, una larga capa dorada que ondeaba atrás suyo. No le veía la cara cubierta por un yelmo. El enano se levantó de un salto.
—Bienvenido seas, señor humano. Vuestra ayuda es agradecida. Siéntate y bebe con nosotros algo de cerveza de Khaz'Modan y cuéntanos noticias sobre las lejanas tierras de Elwyn. —rugió Wotan con su voz de trueno, dejando una botella llena de algo oscuro en la mesa. El paladín se quedó contemplando la cerveza unos momentos y luego miró al Wotan e hizo una pequeña reverencia.
Sus manos cubiertas por guanteletes subieron a su cabeza y quitaron el yelmo suavemente.
—Agradezco su bienvenida, señor enano —Gnolte levantó los ojos mirándolo a la cara. Esa voz. Esa voz se parecía mucho—. Pero no soy un hombre.
El yelmo se fu) y una larga cabellera roja como el fuego cayó por su espalda. La misma nariz fina y recta y los labios pequeños, siendo el inferior ligeramente más grueso que el de arriba. Y los ojos. A Gnolte siempre le pareció que tenía ojos bonitos. Verdes claros, enmarcados de finísimas pestañas rojas. Siempre con la misma mirada tierna y dulce. Es Isolda. Isolda de Westfall, la paladín que se enlistó a la Orden y que ahora es coronel.
Isolda no lo había notado. Le sonreía a Wotan, que alababa su cabello rojo diciendo que era un símbolo de gran belleza y fortaleza entre los enanos. Isolda hizo una pequeña reverencia y se giró para saludar al capitán de los humanos. A él.
En el momento en que sus miradas se cruzaron, la expresión de ella cambió. Parecía como si toda la sangre se hubiera ido de su rostro. Levantó las cejas y sus labios se entreabrieron. Fue cuestión de segundos. El yelmo se escurrió de sus dedos como si estos hubieran dejado de responderle, y cayó haciendo un estruendo en la pequeña tienda. Y él sonrió.
Es Gnolte. En Arathi Basin. En mi primera misión como capitana de la tercera división. Es Gnolte. Lo miro y él me sonríe. Es el mismo de siempre. Y yo le vuelvo a temer
