Kn: ¡Hola! ^O^
Camus: Ya era hora =_=U
Kn: ¿Perdón? Óò
Milo: Tenías abandonado este fic u_ú
Kn: T_T ¡Lo siento! T^T tú sabes que hacía mucho que empecé el primer capítulo. Pero, pero, pero… ;O;
Camus: No nos valen tus excusas U_Ú
Millo: … ¡NEKO! TOT *la abraza*
Kn: ;O; MILO! *lo abraza de vuelta*
Camus: … Duh! -_-
—
El movimiento de las olas le tenía abstraído. Milo se había pasado toda la tarde ahí, mirando sin ver, pensando sin palabras. La arena que se colaba dentro de su ropa era, en ese momento, el menor de sus problemas.
Aquella pequeña y apartada playa siempre le había parecido un lugar tranquilo, no acogedor, pero si un remanso donde descansar de su vida. Y eso era precisamente lo que estaba haciendo.
Recogió sus rodillas, manteniendo el calor que los últimos rayos de sol le habían regalado hacía ya unas horas. Sabía que evadirse era lo peor que podía hacer en ese momento, pero… ¿Qué más hacer? ¿Qué opciones le quedaban? ¿Qué otras cosas podía intentar a esas alturas?
Suspiró pesadamente, molesto por tener que terminar su descanso e intentar poner un poco de orden y racionalidad en su vida que, para ese entonces, se podía catalogar más como un caos total que como el desastre que desde hacía tiempo venía siendo.
Resopló adoptando una expresión entre triste y divertida.
Una idea le seguía rondando la mente desde hacía días y las olas le ponían banda sonora a sus pensamientos. Había evitado caer en ello, pero era su último as en la manga y desprovisto de otra solución, no le quedaría más que usarlo.
Milo suspiró al notar el aire enfriarse a su alrededor. No podía evitarlo, los sentimientos se mezclaban con los recuerdos y se volvían cada vez más fuertes.
—Estoy acabado —murmuró a la nada—. No puedo más...
Llevaba tres días llorando y ya no le quedaban más lágrimas. La llave se había cerrado de forma definitiva. Se pasó la mano por la cara, intentando secar por inercia una humedad que no estaba allí. Se levantó, reuniendo más decisión de la que aún creía tener.
Le había costado toda aquella semana decidirse, pero sabía cuál era la única salida posible para detener ese avance destructivo de su corazón.
Observó el movimiento de las olas azul oscuro con una mirada dura y algo melancólica. Pronto iba a despedirse de todo aquello.
—Adiós —musitó Milo—. Adiós, Santo de Escorpio.
—
El metal resonaba por la estancia de piedra y mármol. Los últimos Caballeros de Oro iban llegando a la reunión extraordinaria que su diosa había convocado de la noche a la mañana. Todos sabían que Saori Kido era una chica un poco caprichosa y un mucho consentida, pero Athena era totalmente lo contrario. Seria, decidida y juiciosa.
Aquello debía de ser importante. Importante de verdad.
Cada Santo iba ocupando su lugar en el círculo del zodíaco que estaba dibujado en el suelo de la estancia según llegaba. Algunos de ellos cuchicheaban en voz baja, amenizando la espera y actualizándose en los últimos cotilleos que rondaban por el Santuario.
Justamente la comidilla del lugar no había llegado aún. Milo de Escorpio solía ser puntual en sus citas y más si eran con la diosa que regentaba sus vidas, pero aún no se había dignado a aparecer en aquella reunión.
Athena tampoco había hecho acto de presencia todavía, lo cual alentaba a los demás a hablar más relajadamente, por mucho que Shaka de Virgo se dedicara a dejar claro, por las ondulaciones amenazantes de su cosmos, que no estaba de acuerdo con aquel comportamiento.
El Patriarca fue el último en llegar. Se quedó de pie al lado del trono tallado en piedra y miró a los presentes de forma tan penetrante que todas las conversaciones murieron. Menos una.
Athena llegaba desde su recámara, por la entrada reservada a sus aposentos. Iba acompañada y hablaba de forma suave y calmada, aunque con un deje de preocupación.
—¿Estás seguro? —llegaron a oír algunos de ellos—. Sabes que ya no…
—Lo sé. —la interrumpió su acompañante, con tono tajante pero respetuoso.
Athena negó con la cabeza, descolocando un mechón de pelo que Milo no dudó en volver a poner en su sitio. Athena ladeó la cabeza hacia su mano, dejando ver claramente en sus ojos que no le parecía buena idea lo que aquel hombre pretendía hacer esa noche.
El Caballero de Escorpio dejó su mano un poco más de la cuenta en la mejilla de su diosa. Le dedicó una sonrisa tranquila, una de las que hacía tiempo que no conseguía dibujar en sus labios.
—¿Es que esta reunión va sobre él? —preguntó alguien en voz baja, aunque Milo lo escuchó claramente desde donde estaba—. Qué ansias de protagonismo.
Milo siguió sonriendo pero arrugó una ceja ante el comentario, sesgando su gesto.
—¿Ahora lo intenta con nuestra diosa? —añadió alguien más, tan bajo que sólo se entendió al fondo de la estancia—. Vaya descaro.
Las contestaciones en el mismo tono no se hicieron esperar, pero Athena cortó aquella cháchara con un solo movimiento de su cetro. Señaló hacia el centro del círculo de personas con su nariz y con Niké, haciéndole saber a Milo que era hora de que ocupara su lugar.
Esperó unos segundos a que el griego acatara su orden y empezó a hablar.
—Buenas noches, mis Caballeros —su mirada buscó encontrarse con todos los allí reunidos—. Os he convocado aquí por una sola razón.
El silencio permaneció indeciso unos instantes antes de dispersarse en desbandada con el golpeteo del extremo de Niké en el suelo.
—Quiero que seáis mis ojos y mis oídos fuera de esta sala —volvió a pausar su discurso—. Seréis testigos de mi sentencia y confirmaréis mi veredicto a los demás Caballeros y Amazonas de la Orden.
Varios asentimientos y murmullos después, cedió la palabra al rubio que estaba de pie allí en medio.
—¿Cuál es tu demanda, Santo de Escorpio? —formuló.
Milo hincó una rodilla en el suelo y miró hacia sus pies antes de hablar.
—Mis servicios han sido más que suficientes.
Una risita burlona restó seriedad a la frase. Milo empezaba a ponerse nervioso con todo aquel protocolo. Se levantó y caminó hacia la diosa, pero paró dos pasos después de empezar.
—Athena… —rogó con una mirada suplicante—. Por favor.
—¡Vuelve a tu sitio, Santo!
Milo suspiró cansado y reculó de mala gana, volviendo a su posición inicial. Una tos oportuna tapó varias risas maliciosas.
Shaka de Virgo arrugó la nariz. Estaba de acuerdo en lo que a la santidad del griego se refería, pero no era excusa para el mal comportamiento de sus compañeros.
Camus se movió inquieto. Aquello no le olía demasiado bien.
Milo resopló. Habría sido todo mucho más fácil si la diosa no hubiera puesto aquella condición. Estaba seguro de que pretendía que se arrepintiera de su decisión y se echase atrás con todo aquello. Pero no lo iba a conseguir.
Estaba más que decidido.
—Prosigue.
El Octavo Caballero de Oro miró directamente a Athena. Se mordió el labio inferior y atisbó a Camus hacia su derecha; estoico y firme, como siempre.
Nunca le iba a volver a hablar. Ya no podían ser amigos, al menos no conforme eran en ese momento.
—Pallas Athena, diosa de la guerra y la sabiduría —pronunció claramente—. Reclamo mi nombre.
—
Milo: ;O; ME ODIAS!
Kn: ¡MENTIRA! TE AMO! ;O;
Milo: T_T entonces, porqué me haces sufrir!?
Camus: Igual porque te lo mereces…
Milo: ;O;! Cruel!
Kn: Milo uvu Tú sabes que lo hago porque te ves lindo!
Milo: ovo wii! *v* Entonces Camus también me ama? Me hace sufrir mucho n/v/n
Camus: o_oU En serio… No os entiendo…
Kn & Milo: ^O^ ^v^ Hasta el próximo cap.!
