Disclamer y advertencias generales en el primer capítulo

N/A: El segundo capítulo. Aquí ya va aclarándose un poco más la trama, además, entra en escena el segundo protagonista del fic.
Gracias por los reviews n3n! Sí, Milo renuncia... de alguna manera lo hace XD Y sí, Camus es tonto. Pero tiene sus motivos.

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Kn: -baila-
Camus: ¿Qué haces con las manos en la cabeza?
Kn: nOn Oh, la la la -sigue bailando-
Milo: ¡Ey, parece divertido! OVO -baila también-
Camus: No, tú también no…
Kn: Uah uah, aah! ºOº -se mueve de un lado a otro-
Milo: Uh uh, uah uah, aah! ºuOúº
Camus: Agh! -se lleva la mano a la cara-
Kn & Milo: ºÒWóº CARAMELL DANSEN ºù¬Óº

· Dear Child ·

Capítulo 2.

El silencio se quedó perplejo por unos momentos.

Milo miraba directamente a Athena. Ella no tenía ni un asomo de sonrisa en sus labios.

Como reconociendo lo que en realidad estaba pidiendo, los demás Caballeros no hicieron ni un comentario al respecto. Estaban demasiado ocupados intentando saber que podría significar aquello, con un molesto cosquilleo en la nuca revelándoles la importancia del asunto.

Era tal la falta de sonido que al silencio le pareció estar solo durante los primeros cinco segundos.

–Caballero de Escorpio –rompió Athena el hielo–, reconozco tu valía en los últimos enfrentamientos y sé que ya se ha conseguido la paz entre los dioses.

Alguna tos se camufló entre los ecos de la voz divina.

–Tu vida me pertenece –dijo arrastrando las palabras con deliberación–. Tu alma está a mi servicio. Ahora y siempre.

Entrecerró los ojos, esperando una respuesta que no llegaría. Milo la miraba con insistencia, esperando el momento adecuado.
No iba a cambiar de idea.

Athena suspiró, moviendo la cabeza de un lado a otro.

«No hay nada que hacer, ¿verdad?» pensó «¿Por qué, Milo?»

–De todas formas, conozco la cláusula y sé cual es tu derecho de nacimiento.

Milo asintió con expresión grave.
Athena alzó su cetro. Su cosmos se infló suavemente, explotando en su mano.

Niké brilló por encima de las cabezas de los Caballeros de Oro reunidos.

«A Dohko no le va a gustar.» bufó Shion para si mismo.

Mu había dado un paso atrás, alzando la cabeza para ver como el cosmos de Athena fluía alrededor de su cetro dorado, concentrándose cada vez en mayor cantidad.

La mayor parte de sus compañeros contemplaban extasiados o aturdidos a aquel cosmos.
Camus arrugó una de sus cejas. Cada vez estaba más seguro de que aquello no podía terminar bien.
Pero a él no le concernían los asuntos de Escorpio. Ya no.

–Milo de Escorpio –volvió a llamar la diosa–. Reclamar tu nombre te invalidará como Caballero de Oro.

Algunos de los presentes tuvieron la decencia de mirarse escandalizados. Sólo había un modo en el que un Caballero de Oro era destituido.
Athena estaba hablando de algo parecido a la muerte.

–¿Aún así deseas continuar?

Milo agachó su cabeza, cerrando los ojos y dejando que sus rizos rozaran las mejillas algo más pálidas que de costumbre.

–Sí, mi señora.

Shion paseó su mirada por el resto de Caballeros de Oro, esperando cualquier reacción por parte de ellos. Era probable que sospecharan algo, pero ninguno se atrevía a intervenir en el diálogo que los dos protagonistas sostenían.
Él lo habría hecho. Por desgracia sabía que dijera lo que dijera no tenía nada que hacer.
Milo estaba en su derecho.

«Lo raro…» caviló «Lo raro es que no digan nada. ¿Qué ha estado pasando?»

Niké se alzó más todavía, llenando la estancia con una luz dorada y cálida.
La diosa no vaciló más.

–Pues que así sea.

El cosmos de Athena inundó el salón, expandiéndose hasta más allá de las columnas blancas y luego se concentró justo en el centro del círculo del zodíaco.
Las piezas de la armadura de Escorpio volaron en diferentes direcciones, produciendo un ruido sordo al caer y un chirrido agudo al rodar por el suelo.

Shura apartó con un movimiento seco del brazo un guantelete de Escorpio a tiempo, antes de que le golpeara en pleno rostro.
Aioria se cubrió con los antebrazos, cerrando los ojos por la luz.
Death Mask no se movió ni un milímetro, pero ahogó un grito de sorpresa.

Mu cayó de espaldas justo a tiempo de evitar una de las botas doradas que volaba en su dirección.
Shaka arrugó sus cejas, abriendo los ojos para contemplar una violencia que no era propia de su diosa.
Afrodita había tenido que lanzar una de sus rosas para desviar el trayecto de un guante.

Aldebarán había dado un paso atrás y abierto la boca incrédulo.
Saga no había tenido tiempo de nada puesto que Kanon lo había apartado de un empujón, haciendo que chocara con Aldebarán y medio segundo después el pectoral de la armadura volaba entre ellos.

Aioros demostró sus reflejos cuando saltó por encima de la otra bota, que se fue rechinando por el suelo hasta el pilar más cercano.
Camus fue el único que usó su cosmos, congelando el aire a su alrededor. Una pieza fue capturada por el hielo, reduciendo su velocidad drásticamente.
La tiara acabó a los pies del Caballero de Acuario, que la observó ausente.

¿Qué había pasado?

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Hyoga bostezó por cuarta vez y se rascó la cabeza con desgana mientras miraba el reloj. Tampoco es que le importara la hora.

Se dejó resbalar por el sofá, quedando tumbado. Miró la pantalla de televisión de costado.
Aquello no hacía más interesante la programación.
Frunció las cejas, cansado de no hacer nada en concreto.

Últimamente solía tener aquel sentimiento rondándole.
Tal vez era hora de darle rumbo a su vida. Era el único de sus compañeros que no se había decidido aún. Pero no quería empezar nada que luego fuera a dejar a medias.
Haría algo. Cuando supiese que hacer.

–¡Aaaah! –gritó frustrado, haciendo la voltereta encima del sofá y terminando de cuclillas en el suelo- ¡Estoy harto!

Sacudió su cabeza para poner un poco de orden en su pelo. Tuvo que bufarse un par de veces el flequillo de camino a la puerta para que dejara de hacerle cosquillas en la nariz.
Cuando se disponía a abrir alguien más lo hizo por él.

–Hyoga –pronunció aquel sirviente calvo con un retintín de superioridad que no se acomodaba a su aspecto–. La señora Saori requiere hablar con… con… usted.

El mestizo pudo ver como Tatsumi luchaba contra su lengua para tratarlo con un aparente respeto que no le tenía.
Hyoga entrecerró los ojos, esperando más información de parte del criado. Se cruzó de brazos y movió la cadera hacia de derecha.

–Está al teléfono en el despacho principal.

El rubio asintió y salió de la habitación.

Era raro que su diosa llamara por teléfono para comunicarse con alguno de ellos.
En el Santuario no funcionaban bien los aparatos electrónicos, algunos ni iban. Era debido a la energía de los grandes cosmos que flotaba tan libremente. Alteraba las ondas electrónicas.
Además el Santuario contaba con una barrera protectora muy difícil de penetrar. Ni siquiera los mejores satélites verían más que unas ruinas allí donde se encontraba.

Athena tenía que haber salido a propósito para esa llamada.
Mientras subía los escalones de dos en dos, Hyoga se preguntó que podía ser aquello.
Obviamente una comunicación vía cosmos la habrían notado todos los demás. Era algo que sólo quería contarle a él.

«Qué extraño.»

De repente se sintió importante.

Entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí. Tomó el auricular descolgado y lo llevó hasta su cara.

–¿Hola? –preguntó a su interlocutor.
–Buenas noches, Hyoga. –en efecto, se trataba de la diosa.

El rubio se sentó en el escritorio, con una pierna colgando y la otra apoyada en el suelo.

–Aquí es de madrugada, creo.

Saori se rió suavemente y Hyoga frunció sus cejas otra vez.

–Perdón por las intempestivas horas –añadió con la risa aún entreviéndose en sus palabras–. Necesito hablar contigo, eres el único al que puedo acudir ahora.

Hyoga había supuesto bien, pero aún no adivinaba que pretendía su diosa.
Parpadeó un par de veces antes de contestar sosegadamente.

–¿Qué puedo hacer por ti, Athena?
–Por mí no, Hyoga –contestó–. Por mí, no.
–¿Entonces?

El rubio empezaba a sentir ciertos nervios recorrer su espalda.

–Verás… –prosiguió dubitativa– Ha ocurrido algo y necesito que te encargues de la situación.
–¿Le ha pasado algo a mi maestro? –preguntó rápidamente.

Saori habría jurado que más que angustia preguntaba con curiosidad, casi con un tono incrédulo.

–No, no es tu maestro –puntos suspensivos contestaron a sus palabras–. Es Milo.

Hyoga arrugó la ceja izquierda y entreabrió los labios.

–¿Milo?

Tenía una buena relación con Milo.
Él dio su sangre para reparar la armadura del Cisne. Él se ocupó de cuidar y entrenar a Hyoga los pocos meses que transcurrieron desde la batalla de las Doce Casas hasta después del Hades.
Él era su confidente cuando necesitaba otra opinión en temas que no se atrevía a hablar con su maestro.

Milo era un encanto.
Aunque últimamente no había llamado mucho. Por no decir nada.

–Sí, Milo –asintió la diosa–. Ya sabes, lo conoces como el Caballero de Escorpio.
–Sí, sí –dijo algo molesto–. Sé quien es Milo.

La diosa calló por unos instantes.

–¿Hyoga? –preguntó con algo de recelo.
–Dime.
–Tú eres amigo de Milo, te llevas bien con él.

Hyoga arrugó la ceja derecha.

–Sí, es como mi segundo maestro –habló con seguridad–. ¿Qué puedo hacer por él?

Athena suspiró relajada.

–Ven inmediatamente –ordenó–. Usa tu armadura para llegar lo más rápido posible.
–Pero, ¡Athena!

Hyoga agarró el teléfono con las dos manos, bajando del escritorio asustado por el mandato.

–Es una emergencia, Hyoga. Te necesito ¡ya! aquí.

Lo único que respondió a las preguntas posteriores del rubio fue el pitido de la línea comunicando.

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Kn: nOn wah! No tardé mucho OvO no lo creo.
Camus: Ni yo.
Milo: ºVº yo sí, siempre tuve fe en ti.
Kn & Milo: ºOº9 \ºVº Y en Caramell Dansen!
Camus: -mano en frente- Dios… dame paciencia…
Airienn: ¿… o dame una Colt? ô.o
Camus: -.- sería una buena opción.