Disclaimer y advertencias generales en el prólogo n0n!
N/A: Este capítulo es un poco flojo... o al menos a mi me lo parece XD Pero es totalmente necesario, aunque me quedó una cosa por explicar. De todas formas ya saldrá luego xD Espero que les guste y no les importe el exceso de Hyoga (otra cosa totalmente necesaria xD Sí, ibáis bien encaminados en los reviews: Hyoga está ahí para hacer entrar en razón a Camus y la armadura fue obligada a desprenderse de su amo u-ú Que sepáis que las armaduras tienen consciencia propia... después de tantos años de existir no me extraña XD).
En el próximo capítulo empezarán a salir más caballeros y a desvelarse más detalles nvn!
Gracias por sus reviews :3
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Kn: Aaaaah, que pereza.
Milo: o-o
Camus: En ti, no es nada raro.
Kn: Oh, sí. Ya lo sé n¬n
Milo: ·-·
Camus: … uh?
Kn: … o.o Milo?
Milo: ;.; ¿qué ha pasado conmigooooo?
Kn: ;3; nada malo!
Milo: ¡Júralo! TOT
Kn: Ea ea… ya pasó ;3;
Camus: … o-oU
· Dear Child ·
Capítulo 3.
Las alas de su armadura divina batían con fuerza y lentitud.
Estaba cerca del santuario y en su cabeza aún imaginaba el motivo de su repentino cambio de rutina.
Había evitado usar su cosmos hasta estar lejos de sus compañeros, al menos no de forma alarmante.
No sabía con que se iba a encontrar y cuales serían las consecuencias del llamado de su diosa, pero trataría de mantener la calma y pensar racionalmente en ello cuando tuviera los datos suficientes como para hacerse una idea.
«Milo…»
Pensando en ello, tendría que haberse dado cuenta mucho antes de que algo iba mal.
Hacía tres semanas que no contactaba con él y antes de eso, aparte de su usual número telefónico –en el que lisonjeaba a Shun mientras Ikki los escuchaba e iba a avisar a Hyoga de que tenía una llamada esperándole–, no se había presentado exactamente de buen humor.
Hyoga frunció el ceño y aumentó el ritmo. Ya podía ver el Santuario en el horizonte.
Se dejó caer con gracia frente al Templo Principal y la armadura se desarmó automáticamente, formando la figura de un cisne y reluciendo bajo la tenue luz del amanecer.
Hyoga miró su armadura con intensidad. Él no le había ordenado que se separara de su cuerpo.
Se encogió de hombros, pensando que si El Cisne había decidido esperar allí era por que no encontraría ningún peligro en el Santuario. Algo que lo relajó bastante.
Hizo arder su cosmos tanteando las escaleras, los pilares, el suelo de mármol… expandiéndose suavemente en busca de una contestación.
Notó al cosmos de Athena vibrar y darle la bienvenida.
Hyoga empezó a caminar hacia la entrada del Templo, sin prisa pero sin pausa.
Fuera lo que fuese que quería su diosa no era tan apremiante como para salir corriendo, o al menos eso le daba a entender.
El mundo estaba en silencio, llenándose con los ecos de sus botas sobre el piso.
Al llegar había podido apreciar los trinos de los pájaros más mañaneros, pero dentro de aquel edificio nada se movía aún.
Permitió que sus dedos acariciaran las paredes que hacía poco habían reconstruido y se dejó guiar por las presencias que lo llamaban desde el corazón de la estructura.
No tardó en llegar a una sala espaciosa, con los símbolos del zodíaco esculpidos en el suelo formando un círculo abierto.
Sus ojos se pasearon por las paredes y se pararon a observar los juegos de luces que creaba el sol sobre ellas.
«¿Luz?»
La estancia estaba cerrada y no tenía ningún tipo de ventana, lo que podía hacerla un tanto asfixiante.
Apoyó la mano en una columna. Estaba fresca.
Siguió su figura hacia arriba y encontró al causante de la luminosidad. El techo era un su mayor parte una claraboya.
Estrechó los párpados un poco más. Había algo que brillaba en el cristal.
–Son las constelaciones de los ochenta y ocho Caballeros –resonó una voz potente.
El mestizo no bajó su mirada. Ya sabía quien le había hablado y ahora podía reconocer lo que estaba viendo.
–La primera vez que vine aquí ya estaba rota –continuó–, pero la recordaba.
Hyoga dejó su lugar al lado del pilar y se dirigió hacia los escalones en frente del semicírculo. Athena lo miraba con una sonrisa en los labios y sus manos juntas sobre la parte baja de la túnica.
–Saori… –murmuró.
La chica se rió con ganas, negando con la cabeza y haciéndole señales para que se acercara más a ella.
–Me has pillado.
Hyoga casi llegó a juntar sus cejas con sus ojos.
–Así que la diosa no necesita nada –declaró cruzándose de brazos mientras andaba hacia ella–. Entonces ¿qué quiere la amiga?
–Me parece que te lo dije.
Saori hizo bailar uno de sus dedos delante de la nariz de Hyoga, subiendo las cejas y sonriendo con una expresión caprichosa en la cara.
Hyoga suspiró.
–No, no me lo dijiste.
Saori se llevó ese mismo dedo a los labios, mirando hacia atrás. Hacia un hueco entre los pilares, cubierto por una cortina granate.
–Ha ocurrido algo con Milo y necesito que te encargues de la situación –se citó a ella misma, continuando antes de que el rubio pudiera responder–. ¿Podrías ser su compañía durante una o dos semanas?
Hyoga ladeó la cabeza. No veía problema alguno, pero le extrañaba que su maestro no se hubiera ofrecido en primer lugar. Ellos dos eran buenos amigos.
A menos que hubiera cambiado algo durante las tres semanas que no recibía noticias del Santuario.
–Sí. –respondió escuetamente.
Decidió que aprovecharía ese tiempo para averiguar que había pasado.
Mientras Hyoga pensaba que iba a hacer, Saori había demostrado su alegría ante la respuesta con un par de saltos y unas palmadas, acompañadas de su voz cantarina.
–¡Bien dicho! –rió antes de girar la cabeza hacia la cortina y llamar– ¡Shion, Milo!
El rubio seguía con sus cavilaciones y probabilidades, por eso no notó cuando la pesada tela granate se apartó. Tampoco fue consciente de los pasos apresurados ni de los regaños del Patriarca a media voz. Ni mucho menos prestó atención a la voz infantil que formulaba una pregunta.
No hasta que algo tiró de la tela de su pantalón.
Bajó la cabeza y dos pares de enormes ojos turquesa le miraron de vuelta.
–¿Quién eres? –repitió el pequeño su pregunta.
Hyoga parpadeó y alzó sus cejas lentamente.
El niño era bastante alto, le llegaba a la altura del pecho, pero no debería tener más de ocho años.
Sus rizos rubios, dorados y brillantes, caían graciosamente sobre los hombros y el color de sus ojos era exactamente el mismo que el de Milo.
«Así que era eso…» pensó, aunque no le encajaban muy bien las cuentas.
–¿Desde cuándo Milo es padre? –preguntó en un susurro a Saori, sin contestar la pregunta que el pequeño volvía a repetir, tirando otra vez de la tela negra.
Shion negó con la cabeza, suspirando cansado.
Saori se rió divertida. Inmediatamente después su rostro se mostró serio.
–Él no es hijo de Milo –replicó con dureza–. Él es Milo.
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–Espera, espera –dijo el mestizo–. Aún no sé muy bien como hemos llegado a esta situación.
–Es muy fácil –contestó Saori–, deja que te lo explique.
Hyoga se había quedado en shock ante la declaración de la diosa.
Ahora que lo miraba de reojo podía ver claramente que era verdad. Aquel niño era Milo, sin duda.
O al menos una copia exacta y más pequeña de él.
«Aunque no recordaba que tuviera tantas pecas sobre la nariz…»
Una de las doncellas de Athena había avisado de que el desayuno estaba preparado y habían preferido arrastrar a Hyoga frente a una buena taza de café antes de seguir explicando.
Y allí estaban, desayunando y manteniendo una agradable conversación trivial mientras el presunto Milo jugaba con su comida y miraba aburrido a su alrededor. Tal vez, con un toque de nostalgia que no se ajustaba bien a sus ojos de niño.
–Sabes que las almas de mis Caballeros se reencarnan conmigo.
Hyoga cabeceó afirmativamente y bebió un trago más sin apartar los ojos de los de la chica frente a él.
–Eso es por que tenemos un contrato –explicó Athena–. Entonces empiezan a reencarnarse unos años antes que yo misma, para que cuando yo llegue otra vez a este mundo ya haya quien me proteja.
Shion entrecerró sus ojos y arrugó su nariz observando al chiquillo. Estaba intentando cazar una mosca que se empeñaba en acercarse a su plato.
–Pero el contrato con Escorpio tiene una cláusula especial.
Hyoga dejó la taza en la mesa y se reclinó hacia atrás, escuchando la historia de la diosa.
Saori cortó un trozo de su crepe y la masticó con cuidado antes de comérselo y continuar.
–Es porque originalmente el chico fue una ofrenda –hizo un par de florituras con el tenedor mientras hablaba–, pero yo soy benevolente y todo eso… Así que lo devolví a su madre tal cual me lo entregó después de la primera guerra.
El niño se había levantado y acechaba al insecto rodeando la mesa esperando a que se posara en algún lugar.
Shion seguía con sus ojos puestos en él. Apartó su plato a tiempo justo antes de que el chico diera un manotazo a su lado.
–Él sigue naciendo en la misma familia y continúan ofreciéndomelo cuando cumple los siete años –señaló con un movimiento de su cabeza hacia donde el niño rubio volvía a intentar cazar la mosca–. Así que, si él me lo pide lo devuelvo a ese día.
Hyoga cabeceó de nuevo, entendiendo la situación.
–Ya hemos avisado y vendrán a por él dentro de una semana o dos –Saori miró al mestizo, recordando la noche anterior–. Pedí a los demás Caballeros de Oro que se ocuparan de él, pero ninguno quiso.
Milo fue a dar otro manotazo, pero Shion agarró su muñeca con una mano y a la mosca con la otra.
–Milo no me quiso decir porqué quería que lo hiciese, pero el comportamiento de los demás me da que pensar –Saori negó–. Tendría que haberme dado cuenta antes de que algo sucedía.
El niño apretó los labios e infló los mofletes, juntando sus cejas con un gesto por demás adorable.
–Igual podría haber solucionado algo… –el pesar que se reflejaba en su rostro desapareció, dándole paso al deleite con el que miraba a su desayuno casi terminado– Pero lo hecho, hecho está.
Shion soltó la muñeca de Milo con un suspiro y se levantó para dejar volar la mosca lejos de la comida.
El pequeño sonrió y volvió a sentarse, balanceando las piernas intermitentemente y mirando con interés las copas de cristal.
Hyoga se sobó el cuello para descargar la tensión que había ido acumulando.
Estaba seguro de que las palabras que había pronunciado la diosa habían sido elegidas una a una.
Comprendió cual era la misión encubierta que le estaba pidiendo, pero no creía ser la persona apropiada para ello.
Athena estrechó sus ojos, dejando los cubiertos sobre la mesa con un sonido ligero que trajo de vuelta a Hyoga de sus suposiciones.
–Me pregunto… –empezó– Me pregunto por qué tu maestro se negó a hacerle compañía durante estos días.
Hyoga se inclinó sobre la mesa, poniendo sus manos en sus rodillas. Separó un poco los labios y los volvió a juntar.
Había estado a punto de decir que Shun estaba mejor cualificado para averiguar qué hechos le habían llevado a Milo de Escorpio a convertirse en aquel niño que dentro de poco volvería a su casa, pero nadie sería capaz de entender mejor a Camus que el propio Hyoga.
–Entiendo… –respondió suavemente– Me haré cargo.
Un ruido de cristal sobre el suelo hizo que todos se giraran precipitadamente.
–Lo siento… –susurró Milo apunto de llorar y con los restos de una copa a sus pies– Ha sido sin querer.
Saori se rió, perdonando al niño inmediatamente. Shion bufó exasperado y Hyoga estrelló la mano en su frente.
Iban a ser unos días muy largos.
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Kn: nOn ¡Ves como no es malo!
Milo: ¿Cómo que no? ;O; ¿Así quien fo…?
Hyoga: Hola ovo
Camus: … o.ô
Hyoga: u.u maestro… compartimos cartel nuevamente.
Camus: … ju.
Milo: O-ó eh?
Kn: o,o
Hyoga: o-o
Camus: … jujujuju… jejeje… JAJAJAJAJAJA!
Milo: ¿Qué te pasa o.o?
Camus: Milo sin sexo por ser un niño y Hyoga encargándose de un mocoso… Esta es mi venganza definitiva! Ò¬Ó
Kn: ovo pues no lo había pensado, pero sí XD
Milo: ¡CRUEL ;O;!
Hyoga: … maestro, qué quiere decir con eso?
Kn: Mejor no quieras saberlo XD ¡hasta el próximo cap n3n!
