¡Hola de nuevo!
Gracias a todos
por vuestros comentarios, y lamento la tardanza. Aquí está el
segundo capítulo.
Los personajes de Inuyasha no pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y bla, bla, bla... ¿Para qué repetirlo si todo el mundo lo sabe ya perfectamente?
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Capítulo 2: Sol implacable.
El bosque tenía un aspecto tétrico por la noche. Cada sombra proyectada por la luna se asemejaba a un espectro; las ramas de los árboles, retorcidas y largas, les arañaban la piel implacablemente y les impedían el paso, obligándoles a dar un rodeo; las raíces que sobresalían del suelo les hicieron tropezar más de una vez, y el silencio en el que todo estaba sumido no auguraba nada bueno.
Kagome miró de reojo un arbusto que tenía a sus espaldas. Algo podría estar escondido ahí detrás...
Corrió los dos metros que la separaban de Inuyasha e intentó estar todo lo más cerca posible de él mientras atravesaban el bosque. Nunca lo confesaría, pero tenía un poco de miedo. El demonio que había convertido en piedra a toda la aldea podría estar ocultándose en las profundidades del bosque, acechándolos, y ellos tan tranquilos.
Inuyasha se quedó observándola un momento, pero no hizo ningún comentario.
Siguieron andando durante lo que a Kagome le pareció una eternidad. Inuyasha avanzaba casi sin dificultades, pero ella era otro cantar. Pasaba más tiempo en el suelo que de pié, tenía las piernas llenas de arañazos, cada pocos metros chocaba contra alguna rama baja y le dolían los pies. Sin embargo el chico nunca la oyó quejarse. La procesión la llevaba por dentro.
El medio demonio tenía más facilidades que ella para desenvolverse en un ambiente tan oscuro gracias a sus desarrollados sentidos. En esta ocasión el oído no le fue de gran utilidad, ya que todo estaba en la calma más absoluta y el único sonido que se escuchaba era el de sus propios pasos. En cambio, su vista sí que le era de gran utilidad. En la oscuridad podía ver mucho más que un humano, y eso era una gran ventaja.
Lo único bueno de viajar de noche, pensó Kagome, era que no hacía ni la mitad de calor que hacía durante el día. Todo lo contrario: la temperatura era incluso agradable. De vez en cuando corría una brisa fresca que les revolvía los cabellos y hacía susurrar a los árboles. Al principio esto asustó a Kagome, pero al cabo de un tiempo empezó a acostumbrarse.
Cinco horas después de que salieran de la aldea divisaron el final del bosque. Kagome se contuvo y no gritó de alegría.
- Quedan tres horas para el amanecer- anunció Inuyasha después de observar detenidamente el color del cielo.- Tenemos que darnos prisa.
Kagome no le preguntó cómo sabía cuánto quedaba para el amanecer. Supuso que era algo que todos los que vivían viajando (al menos en la antigüedad) sabían hacer.
Ante ellos se extendía un enorme valle rodeado de cadenas montañosas. Con algo de suerte encontrarían algún remanso de agua limpia. Necesitaban rellenar las botellas si no querían pasar sed.
Se pusieron en marcha de nuevo, y esta vez Kagome iba un poco más animada. Allí sería difícil que alguien los siguiera sin ser advertido, y el paisaje no le infundía tanto miedo. Además su campo de visión también se había visto aumentado gracias a las estrellas que titilaban por encima de sus cabezas y la gran y redonda luna que iluminaba el paisaje que tenían bajo sus pies. Allí no habían árboles tupidos que impidieran el paso de la luz ni que la asustaran con sus intrincadas formas.
Esa parte del camino fue menos tortuosa que la primera, pero cada vez estaban más cansados. No habían podido dormir durante el día, y tampoco lo podían hacer ahora. Inuyasha no paró ni un momento, y aunque Kagome estaba agotada, no le pidió que lo hiciera. Tenían que encontrar algún lugar en el que protegerse antes de que llegara el día con su abrasante calor, y cada vez tenían menos tiempo.
Después de una larga caminata encontraron un pequeño lago y aprovecharon para refrescarse y rellenar las botellas de agua fresca. Bebieron hasta saciar su sed y continuaron su camino hacia el sur cuando el sol comenzó a despuntar en el horizonte.
Al ver los primeros rayos de sol, Inuyasha lanzó una maldición y apretó el paso. Kagome se apresuró en seguirle.
Se encontraban en un lugar abierto, completamente desprotegido, y si el día los sorprendía allí corrían el riesgo de pasarlo mal.
A pesar de que casi corrían el sol era más rápido que ellos. Aún no habían llegado al final del valle cuando el sol se alzó majestuoso sobre sus cabezas. Cada vez hacía más calor, y Kagome entendió lo que Inuyasha quería decir cuando decía que no aguantarían con ese calor.
- ¿Estás seguro de que es en esta dirección?- preguntó una vez la muchacha, entre jadeos, intentando distraerse.
La respuesta no fue alentadora.
- No hay nada que me indique que sea por aquí- Inuyasha fingió que no veía su cara horrorizada. Cosa que no pudo continuar haciendo durante mucho tiempo -¿Qué? No me mires así, no soy ningún detector de entes malignos.
Kagome sintió un cosquilleo en el estómago. Esa frase era muy similar a una que ella solía decir, una que siempre le había causado dolor. Inuyasha la hacía sentir como un objeto en su desesperada búsqueda de los fragmentos de la esfera sagrada; y en aquellos momentos no era ella la que tenía la capacidad de encontrar lo que estaban buscando, sino él. Podía sentir en sus labios el dulce sabor de la venganza.
- ¡Ja! Ahora te das cuenta de lo que siente una persona cuando la tachan de objeto.
Inuyasha tardó unos segundos en captar la indirecta. Su expresión pasó de la confusión a una mal disimulada culpabilidad. Kagome supo que había atado cabos.
El medio demonio se cruzó de brazos y miró hacia otro lado, con actitud obstinada.
- ¡Keh! Entonces estamos en paz.
Kagome no había esperado una disculpa por su parte, pero aun así su corazón se encogió dolorosamente. La venganza no había resultado tan dulce como había pensado.
No volvieron a hablar en mucho tiempo. El calor los ponía de mal humor, y ambos sabían perfectamente que lo más seguro era que acabasen discutiendo. Si ya de por sí discutir entre ellos era su pasatiempos favorito, no querían ni imaginar cuanto abusarían de esa distracción en una situación como aquella.
Pese a su férrea voluntad y sus deseos de venganza (que consistían en castigar a Inuyasha con su indiferencia y distanciamiento), Kagome acabó siendo cargada por el medio demonio al cabo de algunas horas caminando sin descanso bajo un sol de justicia. La muchacha ya apenas podía mantenerse en pié, y mucho menos caminar. Este pequeño detalle no había pasado desapercibido por el, por una vez, atento muchacho. Al principio la chica se había negado en rotundo a aceptar la ayuda; su orgullo le impedía ceder tan fácilmente. Pero el cansancio e Inuyasha pudieron con ella.
Ahora se encontraba sobre la espalda de Inuyasha, intentando por todos los medios posibles centrar sus pensamientos en cualquier cosa que no fuera él. Una tarea nada fácil, por cierto. La joven disculpó la dirección de sus pensamientos alegando que era el calor el que la hacía pensar así, y por una vez el autoengaño funcionó.
Se centró en el paisaje, completamente desierto, y se dio cuenta de que ya les faltaban apenas unos metros para salir del valle. Y en el final habían... montañas. Al menos habían árboles, y los árboles proporcionaban sombra, pensó.
Inuyasha no corrió el último tramo, sino que siguió a paso lento. Kagome supuso que su peso no era tan similar al de una pluma como él solía decir, pues de otra manera no resultaría una carga para él.
- ¿Quieres que me baje? Ya casi hemos llegado.
- No hace falta tonta, ¿crees que no puedo contigo?- Tan cabezota como siempre.
Kagome soltó un largo suspiro.
- No es eso, y no me vuelvas a llamar así. Lo decía porque me apetecía caminar un poco. Después de tanto tiempo en esta postura se me quedan las piernas entumecidas.
- Oh.
Inuyasha se agachó para permitir que ella bajara con facilidad. Kagome estiró las piernas para demostrarle lo que acababa de decir, pero esa sola acción hizo que le doliera todo el cuerpo. Tenía que recordar que no dormir no estaba hecho para ella. El caso es que su número funcionó, porque Inuyasha puso los ojos en blanco y siguió adelante.
Kagome se felicitó en silencio. Estaba aprendiendo a lidiar con Inuyasha, y lo mejor era que él creía que era él quien controlaba la situación.
No tardaron en llegar a la falda de las montañas más cercanas, y esta vez se notaba a la legua que Inuyasha caminaba más cómodamente. Kagome supo que había hecho bien en bajarse de la espalda de su compañero.
Lo primero que hicieron fue refugiarse bajo la sombra de un árbol, que de frondoso tenía más bien poco. Dejaron caer todos los bártulos que cargaban al suelo, y luego se dejaron caer ellos.
Al cabo de unos minutos, cuando la cabeza le había dejado de dar vueltas, Kagome preguntó:
- Y ahora, ¿qué?
Inuyasha se encogió de hombros.
- Genial...
El medio demonio se puso a la defensiva.
- Estoy abierto a sugerencias- dejó caer.
Kagome abrió la boca, pero volvió a cerrarla inmediatamente. No tenía nada que decir.
Aun así, propuso:
- Podríamos esperar a que caiga la noche, como ayer, y aprovechar para dormir mientras tanto. Lo necesitamos- añadió al ver la expresión del muchacho.
Él recurrió a un "Keh" para no tener que decir con palabras que ella ganaba.
- ¿Y después?- preguntó el medio demonio, cruzando los brazos detrás de su cabeza a modo de almohada.
Esta vez fue Kagome quien se encogió de hombros.
- No lo sé, se supone que eres tú el que decide hacia dónde tenemos que ir.
Inuyasha cerró los ojos, y al ver que no hacía ningún otro movimiento, Kagome entendió que esa era su manera de dar por finalizada la conversación.
La chica puso los ojos en blanco y siguió a su compañero al mundo de los sueños. Bueno, al menos eso suponía, porque no tenía manera de saber si Inuyasha dormía realmente. La oscuridad de sus párpados cerrados dio paso a una imagen bastante extraña: Inuyasha y ella con bufanda en medio del desierto, con centenares de estufas encendidas rodeándoles, y entonces él le decía que tenían que comprar más estufas porque aquello no calentaba lo suficiente... Y ella respondía que como se habían quedado sin fragmentos de la esfera no podían permitirse el lujo de comprar ni una estufa más, pero que si tenía frío siempre podían encender una fogata...
Kagome se despertó sobresaltada y sudorosa, y por un momento pensó que aún seguía soñando, porque lo primero que vio al abrir los ojos fue un paisaje completamente desierto. Pero a medida que la bruma de su mente se fue dispersando se dio cuenta de que estaba realmente despierta. No había ninguna estufa a su alrededor, ni siquiera llevaba puesta una bufanda.
Tuvo que pensar en cosas frías para librarse del agobio que le había producido el sueño. Un iceberg, el congelador de su casa... -A medida que las imágenes heladas desfilaban por su mente, sus ojos recorrieron sus alrededores-... una piscina en pleno invierno, una ventisca de nieve, el aire acondicionado, el trasero de Inuyasha...
El calor volvió con más intensidad que antes, pero esta vez le quemaba la piel. La sacerdotisa apartó la vista de la parte baja del medio demonio, que dormía de lado ofreciéndole sin ser consciente de ello una vista inmejorable de su perfecto trasero. Y, a pesar de que se obligaba a sí misma a mantener sus ojos fuera de la zona prohibida, ellos actuaban por voluntad propia.
Y así la encontró el chico cuando despertó, mirándolo como quien ha hecho el descubrimiento del siglo.
- ¿Se puede saber que estás mirando?- preguntó él de malas maneras, dirigiéndole una mirada entre curiosa y avergonzada.
Kagome apartó la mirada bruscamente, rezando por que Inuyasha no hubiese percibido el rubor que se había extendido por sus mejillas. Ni la dirección de su mirada.
- ¿Y a ti qué te importa?- farfulló mientras se ponía en pié y sacudía la arena de su ropa. Kagome no prestó atención al chico mientras recogía su mochila del suelo y se la cargaba a la espalda. Por supuesto, dejó la más pesada para él. Si tan fuerte y macho se creía, que hiciese él el trabajo duro. Después cogió el carcaj y el arco y los aseguró bien a su espalda. Ya estaba lista.
- ¿A dónde crees que vas?- Kagome intentó no molestarse por el tono irritado en la voz del muchacho.
- ¿Tú qué crees? No estamos aquí de vacaciones.
Inuyasha murmuró algo sobre hembras insoportables, pero se cuidó de no decirlo demasiado alto. Por muy Inuyasha que fuera, temía la furia de una Kagome enfadada. Cargó con lo que quedaba y siguió a la muchacha fuera del cobijo de los árboles.
Estaba anocheciendo. El sol se ocultaba perezosamente tras las gigantescas montañas que tenían en frente, proporcionándole colores anaranjados al cielo. Seguía haciendo calor, pero no era tan insoportable como la que los atenazó durante las horas cercanas al mediodía. Ambos agradecieron el haber podido dormir durante las horas más críticas.
Inuyasha bostezó un par de veces, intentando despertarse por completo. El sueño había sido reparador, pero no se habría negado a disfrutar de él algunas horas más. Lo mismo le sucedía a Kagome, aunque aquello no era lo que más preocupaba a la muchacha en esos momentos. Mientras caminaban sin rumbo fijo, intentaba mantener la cabeza gacha y buscaba cualquier pretexto para no mirar al chico que la acompañaba a la cara cuando le hablaba. Aún sentía sus mejillas arder cada vez que recordaba cierta parte de la anatomía del muchacho. ¿Desde cuándo se había vuelto tan pervertida? ¿Había sido el echo de viajar con Miroku durante tanto tiempo o era el calor que la estaba afectando? Fuera lo que fuese, había disfrutado con la vista, y una parte de ella, la más moral, le reprendía por ello.
Cuando el medio demonio la adelantó para guiar el camino, los ojos de la muchacha se fueron inmediatamente a su trasero. Los pantalones rojos se le pagaban a la piel a causa del sudor, marcando los contornos de su cuerpo. Y, por supuesto, marcando su bien formado trasero.
Kagome necesitó toda su fuerza de voluntad para volver a fijar su vista en el suelo. Pronto se encontró pateando piedras solo para distraerse. Sí, definitivamente, el sol le había calentado demasiado la cabeza.
¿En qué estás pensando, Kagome? ¡Se supone que eres una sacerdotisa, y por lo tanto una persona pura! Son los hombres los que van babeando detrás de las mujeres, y no al revés. ¡A este paso te vas a convertir en la doble femenina de Miroku!
Mientras ella se reprendía mentalmente por sus actos, Inuyasha había dejado de andar. Kagome tardó un rato en darse cuenta del extraño comportamiento del medio demonio, que se había llevado una mano a la empuñadura de su espada y que miraba a su alrededor, al acecho.
Todo pensamiento incoherente abandonó de súbito la mente de Kagome. Su corazón comenzó a latir violentamente y las piernas le flaquearon. Se situó junto a Inuyasha y aferró uno de sus brazos. El chico tenía los músculos en tensión.
- ¿Qué ocurre?- susurró la sacerdotisa, mirando inquieta a su alrededor. No quería parecer una cobarde frente a Inuyasha. No es que lo hubiese sido alguna vez, pero la situación le recordaba demasiado a una película de terror. Estaban solos, y alguna criatura desconocida se preparaba para saltar sobre ellos, oculta en algún lugar.
Inuyasha tardó un poco en responder.
- He escuchado algo- agarró su espada sólo con la mano derecha, y con la otra estrechó a Kagome contra su cuerpo. Ella rodeó su tórax con sus brazos y dejó caer su cabeza sobre su hombro. Al menos así se sentía más protegida- Está en la arena...
Kagome aguzó el oído y buscó desesperadamente algo entre la arena del valle, pero por más que lo intentó no pudo ver ni oír nada. Aun así se mantuvo alerta, cuidando de no separarse ni un milímetro de Inuyasha.
Permanecieron estáticos durante lo que a Kagome le pareció una eternidad. Podrían haber sido solo segundos, quizá minutos. La percepción del tiempo cambiaba cuando te encontrabas en una situación de vida o muerte.
Inuyasha levantó un poco más el brazo con el que sujetaba a Tessaiga. La hoja de la espada brilló a la luz del crepúsculo, roja y amenazadora.
- Se está acercando- el medio demonio había hablado en un tono de voz tan bajo que Kagome no habría sido capaz de escucharlo de no ser porque se encontraba pegada a él.
El corazón de la muchacha latía a mil por hora. Ahora ella también podía oír el suave, casi imperceptible, susurro de la arena.
De repente, un tentáculo emergió de la arena, levantando un polvo que los cegó durante unas milésimas de segundo. Unas milésimas de segundo que podían ser cruciales. Ninguno tuvo tiempo para prepararse, ni siquiera pudieron apartarse cuando el largo tentáculo se dirigió hacia ellos.
En el último momento, Inuyasha saltó hacia su izquierda, con Kagome firmemente sujeta entre sus brazos. La espada había caído a la arena, olvidada por su dueño.
- ¡Maldición!- gruñó Inuyasha, volviendo a saltar cuando el tentáculo volvió a lanzarse en su dirección. Esta vez también lo esquivaron a duras penas.
Algo empezó a salir de la arena justo donde estaba el tentáculo. Con un desagradable ruido de succión, más tentáculos acompañaron al primero, y luego una masa de aspecto gelatinoso con forma de seta.
- Es... es una medusa- musitó Kagome, mirando al bicho con incredulidad.
La medusa comenzó a arrastrase en dirección a los asombrados jóvenes con ayuda de sus largos tentáculos, el problema es que lo hacía a una velocidad vertiginosa. Inuyasha tuvo que alejarse algunos metros, haciendo movimientos zigzagueantes, para evitar que el animal se les acercara.
Cuando consideró que se encontraban a una distancia prudente, dejó a Kagome en el suelo y avanzó hacia el animal con las garras afiladas en alto, dispuesto a atacar al bicho con las manos desnudas. Kagome lo detuvo con un grito antes de que pudiera llegar a cometer alguna estupidez.
- ¡No lo hagas Inuyasha!- le advirtió. Él se giró, sin entender.- ¡Las medusas son venenosas, no debes tocarlas!- La sacerdotisa se llevó una mano a la espalda, en busca del carcaj y del arco, y se dio cuenta, con horror, de que ambos objetos habían caído en uno de sus saltos.
Mientras tanto, la medusa seguía avanzando, imparable. Era enorme, viscosa... en definitiva, asquerosa, se le ocurrió pensar a la muchacha. Y cada vez se acercaba más a Inuyasha...
- ¡Inuyasha, cuidado!- gritó Kagome.
El medio demonio se puso en posición de ataque, pero parecía dudar. No sabía cómo destrozar al bicho si no podía tocarlo y sin hacer uso de ningún arma. Y mientras él dudaba, la medusa se acercaba cada vez más.
Pero en el último momento la medusa desvió su trayectoria, rodeando a Inuyasha por su derecha. Uno de sus tentáculos salió disparado hacia la muchacha que se había quedado de piedra.
- ¡No!- gritó Inuyasha, desesperado.
El medio demonio saltó también hacia la sacerdotisa, intentando llegar antes que el apéndice del animal. Pudo rodearla con sus brazos, y la arrastró en su caída unos metros más adelante. Ella cayó encima de él, por lo que el cuerpo del muchacho hizo que el impacto no fuese tan duro. Aun así, Inuyasha pudo escuchar como la muchacha dejaba escapar un gemido de dolor.
Rápidamente la ayudó a incorporarse. Ella se llevó una mano al costado, su rostro se contraía en una mueca de dolor.
- ¿Estás bien, Kagome?- las palabras salieron atropelladamente de su boca. Estaba empezando a asustarse.
Ella asintió con la cabeza.
- Solo... solo me ha rozado- volvió a gemir- No... no es grave.
La tez de Inuyasha palideció al instante.
- Déjame ver- ordenó dulcemente.
Esta vez, la muchacha negó con la cabeza.
- No es el momento, se dirige hacia aquí.
Inuyasha se dio la vuelta para que comprobar que, efectivamente, así era. En su desesperación por proteger a la muchacha, la colocó tras su cuerpo y extendió los brazos. Esa cosa no volvería a tocarla mientras él viviera. Pero no podía negar que estaba asustado... La cosa se acercaba cada vez más a ellos, y él no tenía nada para proteger a Kagome salvo su propio cuerpo. Tensó la mandíbula. Antes tendría que pasar por encima de su cadáver.
La medusa se encontraba ya a escasos centímetros de ellos, y en una acción inesperada se elevó del suelo haciendo resorte con sus tentáculos. Inuyasha se quedó mudo cuando la cosa estuvo a la altura de su cara. No tenía ni ojos ni oídos, pero de alguna manera sabía dónde se encontraban ellos. Y además era repugnante. Cerró los ojos, aguardando el impacto de la masa gelatinosa contra su cara. Pero eso nunca sucedió.
Una flecha pasó silbando, cortando el aire y hundiéndose de un golpe certero en el centro de la medusa, que cayó inerte a los pies del medio demonio. Sus largos tentáculos yacían sin vida en posiciones inverosímiles.
Inuyasha abrió los ojos justo a tiempo para ver como caía el animal al suelo. El aire volvió a sus pulmones junto con un inmenso alivio. Sin perder el tiempo, se giró para poder abrazar a una aterrada Kagome.
- Menos mal... menos mal- repetía ella una y otra vez, sin salir de su asombro- Oh, Inuyasha...
La sacerdotisa correspondió al abrazo del chico y aferró la tela de su camisa con fuerza. Había faltado tan poco... Apoyó su cabeza en el hombro del muchacho, y desde allí pudo ver diez figuras humanas que los observaban unos metros más allá, cerca de donde habían caído su carcaj y su arco. Uno de ellos tenía éste último objeto en las manos, con la cuerda aún vibrando después de haber disparado la flecha. En seguida su cuerpo se tensó, e Inuyasha lo notó al instante. Sin dejar de abrazarla, giró su cabeza para seguir la dirección de la mirada de la chica. Sus brazos se cerraron con más fuerza alrededor del cuerpo de ella.
Una de las figuras avanzó hacia ellos, no parecía peligrosa.
- ¿Estáis bien los dos?- preguntó.
CONTINUARÁ...
Espero
que os haya gustado, y espero que la espera haya merecido la pena. De
ahora en adelante no tardaré tanto en actualizar, esta vez fue algo
especial (estuve dos meses de viaje). ¡
Agradezco
vuestros comentarios, son los que me animan a seguir escribiendo
historias de Inuyasha. Me diréis
qué os ha parecido este capi, las escenas que más os gustan, lo que
pensáis que debería cambiar... Estoy abierta a todos los
comentarios.
¡Saludos a todos!
Atte: Erazal.
