Capítulo 3: Refugio de supervivientes.
Inuyasha se interpuso entre los extraños y Kagome, de manera que la muchacha quedaba parcialmente oculta tras su cuerpo. El hombre que avanzaba hacia ellos se detuvo al ver el gesto del medio demonio. Levantó parcialmente los brazos en el aire.
- Tranquilos- dijo con voz susurrante, como si estuviese hablando con niños pequeños.- Sólo queremos ayudaros.
Kagome escuchó un gruñido subir por la garganta del medio demonio. Era un gruñido de advertencia. La sacerdotisa colocó una mano en el hombro del muchacho para tratar de tranquilizarlo.
- Nos han salvado- murmuró suavemente, de manera que sólo él pudiera oírlo.- Y son los únicos supervivientes que hemos encontrado. A lo mejor saben lo que está pasando.
- Keh, no me fío de ellos.
El hombre había avanzado unos pasos más, con cautela. Lo que Kagome no sabía era si iba con cuidado porque no confiaba tampoco en ellos o porque temía asustarlos. Ahora que estaba más cerca, los muchachos pudieron observarlo más detenidamente. Se trataba de un aldeano que rondaría la treintena, y tenía un aspecto bastante desmejorado. Tenía profundas ojeras y parecía cansado, muy cansado. Su aspecto contrastaba con la amabilidad que brillaba en sus ojos.
El hombre les tendió una mano, ante lo que Inuyasha quiso retroceder.
- ¡Inuyasha!- le reprochó Kagome. Intentó ponerse delante del muchacho para poder hablar con el hombre, que los miraba indeciso, pero Inuyasha la obligó a quedarse donde estaba, utilizando su brazo como una barrera. La muchacha soltó un suspiro exasperado.- No seas infantil, Inuyasha.
El resto de los hombres observaba la escena sin una palabra. Miraban con cierto recelo a Inuyasha, y Kagome supo enseguida por qué. Todos ellos eran humanos, y él... un medio demonio. Un medio demonio que además no parecía muy amigable. Y por eso mismo ella tenía que hacer algo inmediatamente, porque no estaba dispuesta a que las únicas personas que quedaban en Japón estuviesen contra ellos.
De nuevo intentó esquivar a su amigo, pero una vez más un brazo se interpuso en su camino. Kagome hizo un giro brusco de cadera para poder sortear nuevamente el obstáculo que le impedía avanzar, pero un escozor intenso en su piel la obligó a detenerse en su tentativa. Instintivamente, su mano se fue hasta la zona que el tentáculo de la medusa había logrado rozar. Un grave error, por cierto. Incluso con la tela de su camisa protegiendo su piel del tacto de su mano, todo su cuerpo se estremeció con una ola de dolor.
Inuyasha pudo escuchar su gemido y en menos de un segundo la tenía entre sus brazos.
- ¡Kagome!- la voz del medio demonio sonaba cerca de los oídos de la chica, pero ella mantenía sus ojos fuertemente cerrados, concentrada en hacer desaparecer el dolor, o al menos atenuarlo.
Inuyasha la ayudó a sentarse sobre la arena sin apartar su brazo de la cintura de la joven. El nerviosismo de él era notable, Kagome podía sentirlo en sus acciones rápidas y torpes, en el loco latido de su corazón, en su respiración anormalmente acelerada. Kagome abrió los ojos y lo primero que vio fue la preocupada expresión en el rostro de su amigo, a escasos centímetros de su cara. Sus bonitos ojos dorados bucearon en su mirada, y por una vez ella no sintió la necesidad de esconderse de esos ojos que desnudaban su alma.
La sacerdotisa esbozó una leve sonrisa tranquilizadora. El dolor desaparecía con rapidez, dejando atrás un molesto escozor. Pero no era algo con lo que no pudiera lidiar. Desde donde se encontraba pudo ver que el hombre de apariencia amable se había acercado más a ellos, y los demás estaban en tensión. Inuyasha estaba tan preocupado por ella que no se había dado cuenta de que el hombre estaba ya casi junto a ellos, cambiando su peso de un pié a otro.
- Confiad en nosotros- su voz tranquilizadora estaba alterada por el nerviosismo- Tenemos que irnos de aquí, cuanto antes mejor. La arena es peligrosa.
Inuyasha se puso en pié y el hombre retrocedió un paso, sin saber qué hacer. Pero Inuyasha no se volvió hacia él, sino que cogió a Kagome al más puro estilo nupcial, prestando mucha atención a dónde ponía sus brazos para evitar rozar la zona infectada.
- Keh, está bien. Iremos con vosotros.
Kagome sonrió para sí. Al final las cosas habían acabado bien. Con un poco de suerte Inuyasha aceptaría colaborar con esos humanos para que todo volviese a ser como antes.
El hombre suspiró aliviado.
Se dirigió en dirección a las montañas y les hizo un gesto con la mano para que lo siguieran. La tensión que había reinado momentos antes entre los compañeros del hombre se disipó casi de inmediato, pero no les siguieron inmediatamente. Algunos se acercaron a la medusa muerta y, con mucho cuidado y con las manos protegidas, la metieron en un saco que traían consigo. Inuyasha y Kagome observaron esto extrañados, pero ninguno de los dos preguntó nada al respecto.
Se fueron internando en la montaña, siempre guiados por el hombre de aspecto amable. No avanzaban muy rápido ya que el camino era difícil para los humanos, y a pesar de que el hombre sabía muy bien por dónde iba a veces resbalaba o caía. El primer tramo fue el más fácil; el segundo empezó justo cuando los otros hombres los alcanzaron. Hasta el momento el terreno había sido mayormente arenoso, con vegetación abundante y pequeños cantos de roca. Sin embargo, a medida que avanzaban el terreno se volvía rocoso y escarpado. Allí el suelo era traicionero: no era nada fácil saber dónde tenías que poner los pies, ya que algunas rocas aparentaban estar sujetas, pero en cuanto dejabas caer tu peso sobre ellas se desprendían del suelo y rodaban ladera abajo. Más de uno estuvo a punto de seguir los pasos de aquellos pedazos de roca, pero por suerte sus compañeros les tendieron una mano justo a tiempo.
Kagome se sintió tranquila yendo en brazos de Inuyasha. Estaba completamente segura de que si hubiese ido por su propio pié se hubiese encontrado en el suelo en más de una ocasión. Lo que no pudo evitar fue preocuparse por los hombres que los guiaban. Ellos no eran tán ágiles como el medio demonio, y mucho menos tan fuertes y resistentes. La muchacha sabía que estaban acostumbrados a desenvolverse en ese tipo de entornos, pero también sabía que el más leve error podía costarles la vida. Tuvo el corazón en puño durante todo el trayecto, no quería conversar con ellos por miedo a distraerlos, ni siquiera se atrevió a hablar con Inuyasha. Por eso casi lloró de alivio cuando llegaron a su destino: una pequeña aldea construida sobre las rocas de la montaña. Desde la distancia pudo distinguir pequeñas chozas, parecidas a los tipis de los indios, hechas con pieles, que se sustentaban sobre rocas planas y anaranjadas de tamaño descomunal. Lo que vio le recordó a una de esas viejas pelis del oeste que solían emitir en la tele los domingos por la tarde. Solo faltaban los vaqueros y los indios.
El hombre que los guiaba se detuvo algunos metros antes de la entrada de la pequeña aldea y se giró hacia ellos.
-Es hora de que os explique algunas cosas- les dijo, sonriendo levemente.- Mi nombre es Naohito, y todos estos hombres- señaló a sus compañeros- viven conmigo y con el resto de los supervivientes en esta aldea. Seguramente os preguntaréis por qué la construimos aquí, en medio de la montaña, sobre piedras. La respuesta es que era el único sitio seguro en el que pudimos pensar. Como vosotros mismo habéis podido comprobar, la arena oculta criaturas peligrosas. Surgen a nuestros pies sin el más previo aviso, y pueden traspasar fácilmente nuestras casas, construidas con madera.
- ¿Te refieres a las medusas?- interrumpió Inuyasha.
Naohito respiró hondo antes de contestar.
-Sí, a las medusas. Pero desgraciadamente no son lo único que puedes encontrar allá fuera…
Un escalofrío recorrió la espalda de Kagome. ¿Qué más podría haber? De repente sintió la urgente necesidad de ocultarse en alguna casa, de poder estar lejos de cualquier peligro y poder analizar la situación en la que se encontraban. Estar al aire libre había dejado de ser una opción segura, y temía por lo que pudiese pasar. Y sobre todo temía por la seguridad de cierto chico de ojos dorados…
La muchacha dio un suave jalón en la manga de la camisa de Inuyasha para llamar su atención.
-Vayamos a la aldea, no me siento cómoda aquí fuera.
Él asintió, pero susurró:
-No tienes por qué, estoy contigo.
El corazón de Kagome dio un salto, y una cálida sensación se extendió por todo su ser. Ocultó su rostro pegándose más contra el cuerpo del chico, no quería que viese el rubor que se había extendido por sus mejillas. Ahogó un suspiro y pensó que quizás todo lo que estaba sucediendo no era tan malo… al menos ahora Inuyasha se mostraba más cariñoso con ella.
Inuyasha se dirigió entonces a Naohito, quien parecía ser una especie de líder para el grupo.
-Si es tan peligroso como dices, sería mejor que fuésemos a la aldea cuanto antes, ¿no crees?- toda la dulzura había desaparecido de su voz, volviendo a la arrogancia que la caracterizaba.
El hombre se frotó las manos y rió nerviosamente.
-Jeje, disculpad. Tenéis razón, quizá sea lo mejor. Seguidme.
La comitiva precedida por Naohito entró en la pequeña aldea después de caminar cinco minutos más. En cuanto traspasaron la puerta de entrada, construida con grandes y robustos troncos de madera, la actividad que había reinado en ese refugio de supervivientes se detuvo como si alguien hubiese presionado un botón de stop en medio de una película. Kagome se sintió incómoda cuando sintió todas las miradas sobre ella e Inuyasha. Todos los habitantes de la aldea se habían quedado estáticos y con sus miradas fijas en los recién llegados. En el exterior de una choza que Kagome supuso sería una taberna, una señora que estaba sirviendo sake en el vaso de un hombre parecía no darse cuenta de que dicho vaso ya estaba lleno y que el liquido se desbordaba, extendiéndose por la mesa de madera. Pero la quietud sólo duró un momento: en seguida prosiguió un enorme ajetreo. La gente se acercaba presurosa al grupo, algunos con cara de alegría y otros de alivio.
Un par de personas se acercaron a Inuyasha y Kagome, con la curiosidad pintada en sus facciones, y con intenciones de preguntarles algo, seguramente quienes eran y de dónde venían. Naohito les detuvo alzando una mano.
-Les encontramos en el valle. Creo que primero preferirían descansar un poco, después podréis preguntarles todo lo que queráis.
Kagome no pudo estar más de acuerdo con él, y por el suspiro que se escapó de la boca de Inuyasha podría asegurar que él también estaba de acuerdo.
Las personas se hicieron a un lado para dejarles pasar, sin rechistar. Nadie más se acercó a ellos para preguntar, pero sus ojos no los abandonaron mientras seguían a Naohito a través de la aldea.
Zigzaguearon entre casitas, esquivando a la gente y a los pocos animales que se paseaban por la aldea a sus anchas. Kagome se dio cuenta de que no había mucha gente. Como mucho podrían haber cuarenta personas, contando con los niños. Pero al parecer no había ningún demonio. La muchacha miró preocupada a Inuyasha. Él no se percató de su mirada, demasiado concentrado en seguir al hombre que los guiaba. La joven sacerdotisa se preguntó cuál sería la reacción de los habitantes de aquella aldea cuando, más tarde, se diesen cuenta de que Inuyasha era un medio demonio. ¿Lo rechazarían por no ser completamente humano? En ese caso, ella tenía claro que abandonaría la aldea con él.
Por fin se detuvieron frente a una tienda pequeña, hecha con pieles de oso y de algún demonio que la muchacha no supo reconocer.
-Podéis instalaros aquí- les informó Naohito, apartando una de las pieles para dejarles paso. Los tres entraron en el tipi, y una vez en el interior Inuyasha depositó a Kagome en el suelo. Ella agradeció la sombra y frescura del interior. Naohito parecía de nuevo incómodo- Siento no poder ofreceros nada mejor, es la única casa libre.
Kagome le sonrió dulcemente y negó con la cabeza. Miró a su alrededor. La casita no era muy grande, pero sí lo suficiente como para albergar cómodamente a dos personas en su interior. Aparte del futón que yacía en el lado opuesto a la entrada, la tienda se hallaba completamente vacía.
-No se preocupe, es perfecta para nosotros. ¿Verdad que sí, Inuyasha?
Inuyasha se cruzó de brazos y gruñó algo que sonó como "Keh, puedo dormir en un árbol". Kagome tradujo eso como un sí.
-Esta tienda perteneció a un hombre llamado Manabe.- explicó Naohito, y ambos muchachos pudieron percibir una nota de dolor en su voz.- Desgraciadamente, no tuvo mucha suerte en una de nuestras expediciones en la arena…
Los rostros de Inuyasha y Kagome se ensombrecieron.
-Lo… lo siento- fue capaz de murmurar Kagome, sintiéndose incómoda de repente en aquella tienda. De alguna manera sentía que estaban violando el espacio y los recuerdos de ese tal Manabe.
El hombre hizo un gesto, como restándole importancia al asunto.
-La vida sigue- se encogió de hombros.- Ahora tenemos que preocuparnos de los vivos… y de acabar con todo esto para que todo vuelva a la normalidad. Os dejo que descanséis, nos veremos en la cena.
El hombre se marchó sin esperar respuesta, dejando atrás a unos apesadumbrados muchachos.
Ambos permanecieron en silencio durante interminables segundos, silencio que fue roto por un carraspeo de Inuyasha. El medio demonio se sentó frente a Kagome y la obligó a mirarlo a los ojos, sujetando su barbilla. Ella deseó que la abrazara, que le prometiese que todo iba a salir bien. Cuando Naohito les habló de Manabe la muchacha no pudo evitar acordarse de sus amigos, que permanecían en la cabaña de la anciana Kaede convertidos en estatuas desprovistas de vida. ¿Y si sus amigos no podían volver a ser de carne y hueso? ¿Qué pasaría si convertían a Inuyasha en piedra también? ¿Cómo podría seguir viviendo sabiendo que no le quedaba nadie, que el chico que amaba ya no estaba junto a ella?
Kagome gimoteó, angustiada.
Inuyasha se acercó más a ella y la atrajo hacia su cuerpo, estrechándola entre sus fuertes brazos. Sus dedos jugaron con los suaves mechones de cabello azabache de la chica.
-Tranquila- susurró en su oído. Su cálido aliento le rozó la oreja, y un estremecimiento recorrió el cuerpo de Kagome.- Tranquila- repitió.
Kagome entrelazó sus brazos torpemente alrededor de la cintura del chico, buscando apoyo y consuelo desesperadamente.
-¿Crees que Shippo y los demás estarán bien?- preguntó en un hilo de voz.
-Claro, nuestros amigos son fuertes, y nosotros vamos a salvarlos. Por eso estamos aquí, ¿no?
Kagome asintió.
-Sí… Tienes razón, pero no puedo evitar preocuparme por ellos. Los dejamos solos, desprotegidos… Temo que algo pueda atacarlos mientras son tan vulnerables.
Inuyasha suspiró.
-Kagome… Ya hemos hablado de esto. No nos quedaba más remedio que dejarlos si queríamos buscar alguna forma de devolverlos a la normalidad.
Kagome se separó un poco de él para poder mirarlo a los ojos. Aparentemente, el medio demonio estaba tranquilo, relajado. Sólo sus ojos traicionaban sus sentimientos. La muchacha pudo ver en sus orbes doradas que estaba tan preocupado como ella.
-Lo sé- tragó saliva.
Inuyasha le sonrió tiernamente, como rara vez lo hacía. La muchacha supo que intentaba reconfortarla.
-Venga, no seas tonta. No quiero cargar con un chiquilla asustada.
En cualquier otro momento Kagome lo habría mandado de cabeza al suelo por un comentario como ese, pero no se sintió con fuerzas.
-Déjame ver la herida- ordenó de pronto el medio demonio, preocupado nuevamente.
Kagome subió un poco la blusa del uniforme, lo suficiente para que toda la zona dañada estuviese expuesta. Sintió alivio al comprobar que no era grave, la medusa no había tenido tiempo de causarle grandes daños. Gracias a Inuyasha, pensó agradecida. Pero él chico no sabía nada de picaduras de medusa, y parecía muy consternado observando la zona irritada.
-No es grave- lo tranquilizó Kagome.- Solo me ha rozado, el veneno no ha tenido tiempo de extenderse. Se curará en unos días. Pero necesitaría algo frío…
Inuyasha fue a buscar una botella de agua a la mochila de Kagome, que estaba junto al resto de sus cosas en el suelo de la tienda. Volvió junto a la muchacha y comenzó a desenroscar el tapón, pero ella le detuvo posando su pequeña mano en su brazo.
-No la abras. Es agua dulce, no puedo hacer que entre en contacto directo con la piel.
-¿Por qué?- preguntó él, confundido.- ¿Entonces para qué…?
- Te lo explicaré- sonrió- Las medusas acostumbran a vivir en agua salada, en el mar. El veneno que contienen en sus tentáculos es una especie de mecanismo de defensa que se activa cuando algo las roza o cuando cambia el nivel de salinidad del agua. Por eso, si aplico agua dulce, que es todo lo contrario al agua salada, el veneno se extenderá.
Inuyasha asintió, asimilando la información.
-Entonces vas a calmar el dolor aplicando frío sobre la herida, ¿no?
-Exacto.
Inuyasha presionó delicadamente la botella contra la piel de la muchacha. Ella se estremeció ante el inesperado gesto y el repentino frío contra su piel. Pero en seguida el dolor y el escozor se aliviaron.
-¿Mejor?- preguntó Inuyasha.
-S…sí.
Ella suspiró de alivio. Con todos los acontecimientos que se habían sucedido desde el ataque de la medusa, apenas había echado cuenta en el dolor, aunque este siempre hubiese estado presente. Se había acostumbrado a la molestia, y ahora que comenzaba a desaparecer… su cuerpo entero parecía gritar de placer.
Inuyasha continuó aplicando frío sobre la zona dolorida. Estaba muy concentrado, algo raro en él. Sin darse cuenta, se había acercado mucho a la muchacha; su respiración chocaba contra la piel de ella, y su cabeza estaba a escasos centímetros del hombro de la joven. Kagome no dijo nada, pero su corazón comenzó a latir violentamente. Estaban tan cerca… Su mano se fue a las orejitas de perro que coronaban la cabeza del muchacho. Eran tan suaves, tan graciosas. Kagome comenzó a masajearlas, arrancando ronroneos al muchacho.
Inuyasha se olvidó de lo que estaba haciendo. Esos dedos en sus orejas lo estaban volviendo loco, y esa mujer no se daba cuenta de ello. No pudo reprimir los ronroneos que subieron por su garganta. Apoyó la cabeza en el hombro de la joven, buscando más.
Kagome soltó una risita. Inuyasha parecía un cachorro… Un cachorro con un buen trasero, recordó, sonrojándose hasta la raíz del cabello.
La mano de Inuyasha fue subiendo por la cintura de Kagome como una sútil caricia. Su piel era suave, y él tuvo miedo de dañarla con sus garras. Ella se estremeció cuando la mano del muchacho viajó hasta su espalda, su respiración se tornó pesada.
Kagome no sabía si quería que parase o no. Nunca había intimidado tanto con un chico, y aunque ella quería a Inuyasha con toda su alma se sentía avergonzada permitiéndole llegar tan lejos. Era cierto que ambos siempre tenían mucho contacto físico, las condiciones en las que vivían les obligaban a ello. Cada vez que ella tenía que viajar en la espalda de él durante un largo recorrido, cuando él la protegía en una batalla, cuando ella curaba sus heridas… En todas aquellas circunstancias había contacto físico. Pero en aquel momento era distinto. No había ningún factor externo que los obligase a estar tan cerca. Estaba sucediendo porque ellos lo permitían, porque ellos querían. Kagome se preguntó entonces si Inuyasha estaba sintiendo lo mismo que ella, si sentía el mismo deseo que ella en cada poro de su piel, si necesitaba estar con ella como ella necesitaba estar con él, sentirse protegida entre sus brazos…
-Kagome…-gimió Inuyasha mientras aspiraba el dulce aroma de la chica.
La sacerdotisa se tensó al oír su nombre. La voz del medio demonio había sonado ronca y gutural, impregnada de algo parecido al… ¿deseo? Kagome no podía saberlo con certeza, era la primera vez que escuchaba ese timbre en la voz de él. De alguna manera eso la hizo sentirse especial y feliz, inexplicablemente feliz.
Justo en el momento en el que la puerta se abrió, Inuyasha se apartó de ella. Kagome se sintió desprotegida cuando él se alejó de ella, y maldijo interiormente la interrupción.
Naohito apareció en la casita, y en cuanto vio la ropa arrugada de Kagome, los cabellos revueltos de ambos y sus respiraciones agitadas, se sintió un poco cohibido.
-Lamento… interrumpiros- se disculpó, clavando los ojos en el suelo.- La cena ya está lista, todos os esperan fuera. Tenéis muchas cosas que contarnos, y supongo que también tendréis preguntas que hacernos.
- Sí, claro- farfulló Kagome, agitada y avergonzada.- En seguida vamos, señor Naohito. Gracias por avisarnos.
El hombre hizo una inclinación de cabeza y desapareció tras la puerta.
Kagome esperó a que su alocado corazón se sosegara. Su mente no podía dejar de darle vueltas a lo que había sucedido. ¿Qué hubiese pasado si el señor Naohito no los hubiese interrumpido? Prefirió no pensar en eso, al menos por el momento.
Inuyasha evitó mirarla. Él también parecía agitado e incómodo, y Kagome no supo si fue su impresión, pero escuchó una palabra salir de los labios del chico…
-Maldición…
Kagome casi se desmaya. ¿Quería decir eso que estaba molesto porque los habían interrumpido? ¿Realmente quería estar con ella? Un presentimiento se instaló en ella. Quizá ese viaje iba a cambiar muchas cosas…
-Será mejor que vayamos, Inuyasha. Nos esperan- murmuró sin mirarlo.
Él se situó a su lado y entrelazó una de sus manos con la de ella. Ella se sonrojó y lo miró, expectante. Él se limitó a asentir sin mirarla. Ella sonrió al darse cuenta de que estaba rojo como un tomate. Definitivamente, las cosas no volverían a ser como antes, pensó la muchacha mientras ambos salían de la casita para ser recibidos por un hermoso cielo estrellado.
CONTINUARÁ…
Hola
a todos, muchísimas gracias por vuestros comentarios. Una vez más
deseo que la espera haya valido la pena.
Lamento haber tardado
tanto, pero fueron circunstancias que escapan a mi control. Mi
ordenador se estropeó. Al principio pensamos que se debía al cable
que alimentaba la batería, pero en realidad se trataba de un daño
interno. Comprar una placa nueva costaba 800 euros, así que mi padre
intentó arreglarlo por sus propios medios (en dos ocasiones). Pero
no había nada que hacer, el ordenador estaba oficialmente kaput. Así
que tuve que esperar a que me compraran uno nuevo (el que estoy
utilizando ahora, siiiii).
Lo que tengo que explicar respecto a
este capítulo... La relación de Inuyasha y Kagome se va estrechando
cada día, quien sabe si es porque tienen las neuronas quemadas por
tanto calor, jeje. La aldea a la que acaba de llegar la construyeron
los supervivientes, y Naohito explica sus razones por haberla
construido en un sitio así. Con respecto a lo que está pasando y
demás... Lo siento, no puedo deciros nada. Lo sabréis en el próximo
capítulo. Por cierto, me informé sobre las medusas antes de
escribir este capítulo.
¡Muchos besos a todos! ¡Y gracias
nuevamente por vuestros comentarios!
Atte: Erazal.
