Capítulo 5 – Milagro.
Notas al final del capítulo. Patadas voladores y rompe cráneos hacia mi persona cuando lean hasta el final.
Disclaimer: Hagane no Renkinjutsushi (Fullmetal Alchemist) no me pertenece. Escribo sin fines de lucro y por mera entretención para los lectores y mi persona. La canción incluida tampoco es de mi pertenencia. Al final los datos específicos.
- ¡Muy bien muchachos! ¡Ahora todos contra nosotros! –.
Y de pronto, una verdadera manada de círculos alquímicos se hacía ver por el suelo de manera espontánea, despidiendo las formas más inusuales y extrañas de atacar a un objetivo que jamás había visto en sus vidas.
- ¡No está mal muchachos! – Gritó, contento, emocionado, adrenalínico - ¡Vamos Al! – de nuevo, ahí estaban, los hermanos Elric contra más de mil estudiantes, ganándoles el encuentro de práctica.
Había pasado un largo mes, con espontáneas apariciones del objetivo las cuales fueron infructuosas para capturarles. Eran astutos y ágiles.
En la escuela, en cambio, todo seguía el curso de las acciones destinadas, pero algo inquietaba demasiado al dorado; Alphonse había estado un poco distante en los últimos días, y no se atrevía a preguntarle que sucedía.
- ¡Demonios! – una ligera explosión le había echo añicos parte de su traje - ¡Eso estuvo cerca chicos! – De nuevo, volvió a bloquear cada uno de los ataques.
Ahora, es el turno de los Fullmetal. Edward y Alphonse se habían acercado peligrosamente al grupo de estudiantes… Sería hora de un combate cuerpo a cuerpo contra ellos.
Patadas y puñetazos, chicos volando por los aires, quejidos y varios heridos.
- ¡Tienen que entrenar cuerpo y mente si quieren ser los mejores! – Un magullado "rizos de oro" gritaba contento su victoria con Alphonse… Quien no tenía un solo rasguño; seguía siendo el mejor en artes marciales.
- ¿Ya se cansaron maestros? – Richtofen aún estaba de pie, junto con Loth, a un lado de la cancha donde entrenaban. Se sacaron las chamarras, dejaron sus bolsos y comenzaron la disputa con los Elric. Habían llegado tarde.
- ¡Les falta aún! – Alphonse evitaba los golpes de Van, mientras Edward se contenía por no lastimar al púrpura, quien estaba de verdad con ganas de asestarle un buen golpe.
Una ligera mirada de complicidad entre los Elric y todo había acabado.
- Deben confiar más el uno en el otro si quieren vencernos – Alphonse y Edward le hablaban a unos sorprendidos y rendidos hermanos que no creían en su derrota y yacían tendidos en el suelo.
- Es imposible derrotarles si luchan juntos, maestro – Loth los miraba hacia arriba, aún tendido en el suelo, mientras los otros alumnos veían cansados y golpeados la escena.
- Nunca pensé que podrían hacer esa clase de movimientos estando ambos tomados de la mano… - Van jadeaba ligeramente, pero su respiración ya era normal.
Fue algo inusual lo que vieron todos, pero los alquimistas Fullmetal se tomaron literalmente 'de la mano', mientras seguían combatiendo al mismo ritmo con sus pupilos. Usaban pies y manos, piruetas y saltos… Verdaderos monos.
Derrota inminente de todos. Los Elric dominan y sobrepasan aún a sus estudiantes que iban demasiado cerca de superarlos.
- ¡A las regaderas! ¡Tendremos otra práctica luego de una hora de estudio! – Edward parecía más animado de lo normal. Al ayudó a Van y Loth a incorporándose, enviándolos junto con los estudiantes a las duchas.
Comenzaron a retirarse todos. La cancha rápidamente quedaba casi solitaria pero dos jóvenes aún la acompañaban.
- Arreglemos el desastre y vamos por una ducha luego, nii-san – 'Clap' al unísono, y lentamente el campo de entrenamiento volvía a la normalidad, luego de ver crecer estatuas, estacas, árboles, charcos de lodo, algunas explosiones destrozando el suelo y demasiadas otras imperfecciones que arruinaban la cancha de fútbol que era originalmente.
Comenzaron una serena caminata hacia los baños. Tenían uno personal que lo compartían con sus alumnos, ya que los otros eran del alumnado en general y no sería agradable para ninguno de los cuatro que alguno mirase hacia algún chico de ahí. No era que tuvieran desconfianza, pero los mayores eran bastante celosos y los menores bastante molestosos con eso.
Llegaron a su cubículo, mientras escuchaban una regadera sonar a no mucha distancia. Van y Loth tomaban una ducha para quitarse el sudor y el polvo. Por suerte siempre tenían ropa de cambio en los casilleros del gimnasio de la escuela y ellos la habían llevado consigo.
- Tú primero Al – dijo Edward, acomodándose en una banca mientras sacaba entre su abrigo algunos papeles – Quiero revisar esto antes de que Mustang se enfade conmigo-.
- Está bien… - murmuró resignado. Odiaba esa faceta del rubio, hace unos días lo había empezado a alejar de él, por las constantes negativas del ambarino a la mayoría de sus peticiones. Dejó cuidadosamente su ropa en un lugar apartado, ciñendo una toalla a su cintura desnuda mientras iba a una ducha contigua a la que usaban sus estudiantes hace un rato, ya que habían terminado y fueron a la biblioteca.
Dejó su toalla a un lado mientras daba el agua de la regadera. Se puso bajo ella, sintiendo el chorro de agua en su cabeza se llevaba los burdos pensamientos y teorías sobre la posible lejanía con Edward y que ahora se interesase más en resolver sus problemas con el General que los de la vida privada de ambos.
De pronto, sintió unas manos en su cintura y unos suaves mordiscos en su cuello, que lo hicieron reaccionar de su estado.
- ¡Ed! – Estaba completamente sonrojado… ¿Cuándo se había ido a meter ahí que no se dio cuenta? Poco le importó, cuando volvió a sentir esa calidez en el cuello y un suave masaje en su pecho que lo volvía loco.
- ¿No te molesta me bañe contigo? – le susurró al oído, lentamente, acariciando con la lengua el contorno suave y delineado de su oreja, mientras se perdía bajando por su cuello. Un ligero ronroneo al tocar una zona de la nuez y un gemido al tocar su punto G, al costado derecho de éste. (¡Del cuello!)
- Para…nada…- en un hilo de voz respondía el menor, imposible de contener por más tiempo el deseo que le provocaban las caricias. Se dio la vuelta y comenzó a besar desesperadamente los labios del rubio, como si fuese a dejarle ahí. Se enfrentaron en un juego de miradas; oro contra grisáceo, rubio contra castaño.
Esta vez el menor parecía muchísimo más entusiasmado, y tomó fácilmente el mando en la batalla. Su mano derecha le acariciaba la espalda mientras que su izquierda sutilmente estaba jugando con los mojados hilos de oro del mayor. Estaba dominando y el güero no podía evitarlo, cayó perfectamente en las redes del menor.
Comenzó a bajar con sus caricias, succionando cada centímetro de la piel morena hasta llegar a lamer lujuriosamente el pezón izquierdo ligeramente sonrosado, contrastando con el bronceado natural de Edward. Unos suaves mordiscos y sonoros gemidos salían de la boca de Ed, pronunciando –más bien balbuceando- el nombre de su pequeño. Intentaba controlarse, pero estaba en trance y le gustaba demasiado ese juego de caricias.
Siguió bajando, hasta llegar a su abdomen y dejar finos rastros de su boca que se llevaba el agua al instante. No podía evitar alejarse un poco del cuerpo para tomar aire que le era restado por la ducha. Finalmente había llegado a su meta, mientras un ligero tono magenta inundaba el rostro de ambos Elric.
De pronto, un leve toque a la puerta y un llamado de una voz femenina gritando sus nombres los trajo a la realidad.
- ¡Chicos! ¡Los necesitan en la biblioteca! – María Ross estaba del otro lado de la puerta, llamándolos hace un buen rato - ¿Están bien? – volvió a hablar, esta vez preocupada.
- ¡S…Sí! ¡Ya vamos! – exclamó el mayor. – ¡Estaremos listos en unos minutos! –
- ¡Está bien! ¡Los esperaré en la biblioteca! – Ahora ya se sentían lejanas sus pisadas. Los interrumpió justo a tiempo, al menos para Edward, pero Alphonse estaba muy enojado por la interrupción.
- En casa termino lo que estábamos haciendo – Dijo el oji-plata, mientras salía de la regadera y empezaba a secarse.
Edward se sentía realmente relajado. Era la primera vez que dejaba que el castaño lo dominara así y realmente le gustó. Algo nuevo para probar, aunque tenía cierto miedo de pensar que iba a suceder.
Ya estaban listos y limpios. Se dirigieron a la biblioteca, que era un verdadero desastre. Había cajas por doquier y eran los culpables de eso; pidieron toda una sección de la biblioteca central y Scieszka estaba atorada entre tanto libro.
- Tomen todas unas copias de alquimia intermedia y vayan al patio a estudiarlos. Tendrán examen mañana – dijo el rubio, mientras veía como Alphonse y la teniente Maria Ross sacaban a Scieszka al aire. – Son los tomos de la caja más grande. Espero no les moleste leer tanto – sonrió, mientras un quejido generalizado y varios silbidos de queja se escuchaban.
Vio al Tringham menor, Fletcher, que sacaba un tomo y suspiraba resignado. Él ya sabía todo eso y para colmo iba a hacer el examen de alquimista nacional ese año. Sería ridículo para él, pero órdenes eran órdenes.
- Fletcher, tu leerás uno de nuestra biblioteca – Al se leyó la mente al rubio.
- S…Si, gracias – mientras esbozaba una sonrisa y dejaba el libro en su lugar, siendo cogido por otra persona. – Alphonse-kun… - pero fue interrumpido.
- Al, Aru, o Alphonse, pero no así… Tenemos la misma edad Flet - ¿¡Aru?! ¿Dejaba que lo llamasen así cuando Ed era el único que lo hacía? El dorado entró en cólera.
- Dejémoslo en Al, Aru es mío – dijo el dorado, que se acercaba peligrosamente hacia Fletcher.
- S…Si, no se preocupe Edward-sama – Dijo, a punto de entrar en serio colapso. Evitó el sonrojo ante las palabras de Alphonse, pero la crisis de nervios lo estaba destruyendo.
- Vamos afuera, tenemos que explicarles algunas cosas – Edward ya se marchaba, cuando sintió a un Al colgarse de su cuello cariñosamente, riendo.
- No seas tan posesivo hermano – le dio un tierno beso en la mejilla, mientras dejaban a una particular bibliotecaria a cargo del orden y un Fletcher anonadado atrás.
Llegaron al patio donde reunieron a todos y dieron algunas explicaciones sobre el tomo que debían leer y lo más importante del libro… Que era el noventa por ciento de hecho. Edward encontraba que todo el libro era útil, pero Al trató de ayudar un poco.
Dejaron a todos estudiando mientras conversaban con Richtofen, Loth y Fletcher sobre los avances de éstos. Eran los mejores estudiantes de todos los grupos por razones obvias; Van y Loth eran estudiantes rápidos de los Elric y Fletcher era alquimista hace mucho. Tendrían una misión especial desde ese momento y sería ayudar a sus compañeros en todo momento, a menos que estuviesen en entrenamiento.
- ¡Pero mi hermano me regañará! – Fletcher no estaba muy contento con la decisión, conocía a su hermano y sabía que era demasiado sobre protector aun cuando él ya tuviese edad suficiente para cuidarse sólo.
- No te preocupes, yo hablaré con Russel – Al se encargaría… ¡Genial!
Dejaron la charla e hicieron tiempo para que terminara el periodo de lectura. Miraron atentamente a todos fijamente dedicados a su libro. Leían lentamente, repasando cada línea, algunos trazando círculos en la tierra, otros con una tiza sobre el concreto.
Ya no quedaba mucho. Iban a empezar con su batalla de entrenamiento, pero algunos individuos intervinieron…
- Vaya, vaya… Dejaré se marchen sus estudiantes para que no vean su derrota… -
Eran ellos. Los objetivos. Yarik y Varik frente a ellos, bajando del tejado del edificio y pasando por entre medio del alumnado, dirigiéndose hacia los hermanos Elric.
- Hermanos de Plata… - murmuró Edward, mientras apretaba fuertemente los dientes. Su ira era notable, habían peleado muchas veces y siempre arrancaban excusándose que no podrían seguir porque sería muy difícil con los dos.
- ¡Salgan todos! ¡Evacuen de inmediato! – Alphonse gritaba. Estaba asustado por la integridad de todos, pero nadie reaccionaba - ¡MUËVANSE! – ordenó, molesto, con todo lo que daba de su suave voz - ¡Salgan de aquí! – volvió a exclamar, viendo como todos salían corriendo a empujones.
- Nosotros nos quedamos – Fletcher, Van y Loth miraban con determinación e irracional furia a los aparecidos, cómo si de siempre los odiasen.
- ¡No es un entrenamiento! ¡Salgan o quien sabe que pueda pasarles! – Alphonse parecía desquiciado de tanto gritar. No soportaba esa terquedad de los tres… No entendían que ellos querían y tenían sed de sangre.
- ¡No! ¡Ellos nos quitaron nuestra escuela y nuestras vidas tranquilas! – Loth, el más pequeño, era también el más terco. Pero tenía razón.
- ¡Basta de charlas! ¡Van a morir aquí también! – Yarik empezó la batalla.
- ¡No! – Edward había sido más rápido. Bloqueó el ataque.
Alphonse rápidamente sacó unos anillos de su bolsillo. Siempre los llevaba consigo para estos casos. Anillos de amplificación alquímica. Se los lanzó a los chicos…
- ¡Pónganselos! ¡Podrán usar alquimia como nosotros! – gritó, mientras se unía a la lucha con Varik. Edward no soportaría mucho sólo.
La batalla había comenzado. Los hermanos de plata sacaban sus típicos sables, pero esta vez venían más preparados y con mejores armas.
Loth y Van tenían un décimo de la capacidad de los Elric, pero eran bastantes astutos ya que hacían de la lucha cuerpo a cuerpo un arte. Yarik se enfrentaba a Van y Alphonse con su sable, dando furiosas estacadas infructuosas ante las lanzas de los jóvenes.
Edward, Loth y Fletcher enfrentaban a Varik en un tortuoso intento por capturarlo, pero era bastante ágil escapándose de las enredaderas del rubio menor. Loth trataba de dificultarle los movimientos con trampas a la espalda mientras Ed usaba su brazo en forma de espadas contra Varik. El plateado ya estaba cansado y pronto sería su fin.
De pronto, una columna de fuego y varias puntas de concreto atacaron a los hermanos de plata. Plantas y chorros de agua con presión llegaban a sus objetivos, pero diestramente pudieron evadirlos y alejarse del campo de batalla.
Mustang, Russel, Kuno, Mitari, Armstrong, Marcoh, otros alquimistas estatales y un pelotón armado apuntaban hacia los plateados.
Alphonse golpeaba sus manos a la vez que una alta muralla rodeaba a todos en el patio; Los tenían acorralados y a su merced.
- ¡Ríndanse! ¡Los tenemos rodeados! – Roy parecía contento… ¡Los tenía!
- No somos tan buenos como Alphonse Elric, pero podemos hacer lo mismo que él. – Varik y Yarik sacaron unos pequeños colgantes y los pusieron en sus cuellos - ¡Los atraparemos luego! – gritó Yarik.
- ¡Les dejó un presente! – dijo, y lanzó su sable directo a Fletcher, dándole de lleno en el pecho…
Todo fue en cámara lenta. El suave siseo del arma cortando el viento, un ligero 'clap' en el aire y un cuerpo interponiéndose en su camino. El arma cambió de un largo sable a una gruesa daga bastante extraña.
- ¡NO LO HAGAS! – fue lo único que pudo escucharse, además de la desaparición de los hermanos de plata bajo una leve risa igual a la desquiciada de Kimbly.
La escena fue impactante. Un charco de sangre y algunas gotas carmesí manchaban el cuerpo de un Tringham shockeado. Un cuerpo tendido a escasos metros de él yacía desfallecido a su lado. Unos ojos grises sin vida le veían con una sonrisa de satisfacción en los labios.
Era imposible. Alphonse se había interpuesto en el trayecto del arma al recomponerse frente él. Nadie merecía morir en una batalla que les correspondía sólo a ellos. Era injusto que todo eso sucediese.
- ¡AL! – Edward había corrido hacia el inconciente cuerpo del menor, tomándolo entre sus brazos. Lágrimas corrían sin control por sus mejillas mientras zarandeaba levemente el cuerpo - ¡DESPIERTA! – desesperación. No sabía que hacer. No iba a perder a la única persona que amaba ni menos por un sacrificio casi injustificado - ¡NO ME DEJES! – seguía gritando.
Tim Marcoh se había acercado al cuerpo, pudiendo observar ligeramente un movimiento en el pecho del menor. Tomó su pulso con su característica calma.
- Está vivo, pero debo operar de inmediato – Dijo. Pretendía salvar al menor a cualquier costo.
- ¡No hay tiempo! ¡Aunque muera le daré mi energía vital! – Edward estaba en shock. No podía permitirse demorar más.
Dejó el cuerpo del menor en el suelo, mientras preparaba un círculo de transmutación en ambas manos con la sangre de Al vertida en el frío suelo. Se puso a un lado del cuerpo, golpeó sus manos, pero algo se interpuso en su camino hacia el suelo.
- No lo hagas, hermano… -
Una mano se posó sobre la mejilla del ambarino, mientras despertaba de su trance. Miró al menor que sonreía levemente mientras tosía sangre. Los ojos dorados irradiaban felicidad al sentir la tibia mano de su pequeño. Lo volvió a abrazar, suavemente, para no lastimarlo. Sentía el cuerpo que le fallaba y lo hacía con movimientos torpes… ¡Su Al esta vivo y hablando!
- No hables Al, debes… - pero fue interrumpido por un dedo en sus labios. El menor estaba muy calmado, trataba de no verse afectado. El rubio lloraba de felicidad, desconsolado. No lo perdería de nuevo… No mientras estuviese vivo para impedirlo.
- Revisa bien, no es profundo… Tu reloj… - pero no le quedaba fuerza para continuar. Había perdido mucha sangre y comenzaba a marearse – Sólo quédate tranquilo… Estaré bien – fue lo último que dijo. Sus párpados le pesaban, así que los cerró para después quedarse profundamente dormido, cansado, herido y agobiado. Su sacrificio no fue en vano. Él era demasiado importante para Ed y sentía como su alma pendía de un hilo al tenerlo ahí, desangrándose por culpa de unos bastardos.
- ¡AL! – gritó, mientras su mano descubría su pecho. Descubrió con dicha a que se refería el oji-plata. Al recomponerse se protegió con un objeto muy peculiar.
El reloj de plata de alquimista estatal. El de Edward, estaba colgado por una cadena. Había sido atravesado, destrozado por el arma, pero había amortiguando el golpe de la daga.
Un milagro.
- Déjamelo a mí. Estará mucho mejor – Marcoh extendió sus brazos, mientras Mustang y Armstrong traían una camilla para transportar a Al.
No lo voy a perder de nuevo. No voy a dejar que me lo quiten.
Pensamientos así revolvían los pensamientos de Edward, quien llevaba ya una semana en el hospital, acompañando al castaño que seguía débil. Había despertado esporádicamente unos minutos, pero no era conciente. No dejaba de vigilar sus sueños, exactamente como él lo hacía en su armadura. No podía conciliar el sueño sabiendo que el oji-plata podría no despertar jamás. No comía, su apetito estaba quien sabe donde. Con suerte bebía un poco de agua fresca que en las mañanas iba a buscar… Limpiaba todo el cuerpo de Alphonse meticulosamente, ninguna enfermera podía tocarle si él estaba ahí.
Recibía constantes visitas de Fletcher, quien era en parte responsable y se sentía culpable por ello. Alphonse no querría que le pasara algo ni menos dejar de ver, por lo que fue uno de los pocos que le permitió ver al castaño. Los otros que entraron fueron Maria Ross, quien consoló al rubio en un momento de desesperación y locura desatada y el General Mustang. Éste último no sabe por qué lo permitió, si con suerte los doctores podían entrar a la habitación. Sería por respeto, tal ve cariño. No lo sabía, pero desde el momento que empezó a "vivir" en el hospital, no dejaba de ir y preguntar sobre el estado del castaño.
Lo único que le había pedido al Tringham fue que cuidase del gato en su casa. Llevaba ya dos días ahí sin visitar al animal, que probablemente estuviese maullando de hambre, buscando a Alphonse para darle de comer. Luego, volvió a sumirse en sus pensamientos.
Edward miraba el cuerpo del menor que yacía dormido hace ya siete días, once horas y algunos minutos. Llevaba la cuenta de cuanto estaba ahí con él… Casi llegaba al momento de locura de contar los cabellos que caían por la frente de Al.
Comenzó a llorar. Le partía el alma y el corazón que su pequeño no despertara. ¡Cuánto deseaba poder ver esa tierna sonrisa y esos inocentes espejos plateados mirándole! Tomó ligeramente la mano del menor, agachó su cabeza y mientras saladas lágrimas caían en la sábana que cubría el cuerpo.
- No debes llorar, estoy bien – una melodía armoniosa, un ligero susurro escapó de finos y rosados labios.
Hold Me
Like The River Jordan
And I Will Then Say To Thee
You Are My Friend
Reaccionó. Sintió un leve movimiento de la mano, que levantaba su rostro impactado. Grandes ojeras por su falta de sueño y alimento manchaban esos orbes de oro que no entraban en sí.
- Mi… Aru… - fue lo único que pudo decir. No tenía palabras para dedicarle. Pensaba estar en un sueño, del cual no quería despertar. Estaba ahí, mirándole, exactamente como él quería. Con esa sonrisa y esos hermosos ojos.
- ¿Quieres dormir un poco? – fue lo que dijo. Se movió ligeramente de la cama. Edward había tomado con sus manos la de Al, para no soltarse. No quería perderlo.
Carry Me
Like You Are My Brother
Love Me Like A Mother
Will You Be There?
Weary
Tell Me Will You Hold Me
When Wrong, Will You Skold Me
When Lost Will You Find Me?
Fue arrastrado sutilmente por el menor, quien se acomodó a un lado y le dejó espacio a Ed. Se acostó a su lado, mientras esos orbes dorados se escondían lentamente bajo sus murallas que no habían probado descanso.
- Te amo… Al – Susurró, antes de caer rendido en los brazos de Morfeo. Se acunó en el pecho del menor, a su costado, sin querer lastimarlo. Lo tenía ahí, para él.
- Yo también Ed, yo también – fue su respuesta, la cual no pudo escuchar.
Y ahí quedaron. El castaño abrazando al rubio indefenso ante las caricias suaves de las finas manos de Al.
But They Told Me
A Man Should Be Faithful
And Walk When Not Able
And Fight Till The End
But I'm Only Human
Everyone's Taking Control Of Me
Seems That The World's
Got A Role For Me
I'm So Confused
Will You Show To Me
You'll Be There For Me
And Care Enough To Bear Me
Estuvieron largas horas en la misma posición mientras ambos sentían la calidez del otro. Estaba atardeciendo, según al podía apreciar por la cándida luz que entraba por su ventana. Ahora, era él quien estaba en la pieza, siendo cuidado por su hermano mayor, su pareja, la persona que más amaba en el mundo.
Sintió un leve golpe. Estaban llamando a la puerta.
- Adelante – pronunció.
(Hold Me)
(Lay Your Head Lowly)
(Softly Then Boldly)
(Carry Me There)
(Lead Me)
(Love Me And Feed Me)
(Kiss Me And Free Me)
(I Will Feel Blessed)
(Carry)
(Carry Me Boldly)
(Lift Me Up Slowly)
(Carry Me There)
Un chillido, las bisagras de la puerta estaban sin engrasar, pero más le sorprendió ver quien estaba del otro lado de ella.
- ¿Sabías que no había dormido en una semana? – fue lo que escuchó. Ahí estaba Mustang, mirando con cierta alegría que Alphonse hubiese despertado, mirando al rubio dormir como un bebé. – Venía a obligarlo a que descansar. Veo no será necesario – dijo, mientras cerraba la puerta suavemente.
- Lo deduje, supongo tampoco ha comido. Sus ojeras lo delatan – respondió ante la pregunta del General – Cuando desperté se quedó dormido -. Acariciaba los flequillos de oro de Ed, mientras los acomodaba.
- Fletcher Tringham y yo fuimos los únicos que pudimos venir a verte. No dejaba que nadie entrara -. Roy tomó una silla disponible que había, mientras se sentaba cerca de la cama, para charlar más a gusto – Con suerte el médico podía revisarte y diagnosticar… Pero él siempre a tu lado –
- ¿Cómo están todos en la escuela? – Preguntó. Quería cambiar el tema, no le gustaba que Mustang se metiese en la vida de los dos… Eran celos.
- Las clases fueron suspendidas. Además, los padres no confiaban en mandar a sus hijos sin que ustedes protegieran la escuela – respondió. Se dio cuenta del cambio, pero no quiso volver a tratarlo. Prefería evitarlo, al igual que Al.
- Ya veo – Fue lo único que dijo. Debía pensar que seguía el desastre en su escuela, ya que los peritajes siempre demoran. - ¿Cómo están Loth y Richtofen? –
- Han tratado de visitarte, pero Edward no los dejó. Sólo les pidió que se marcharan y que volviesen cuando todo esté más calmado. Me sorprende que Edward no saliera en busca de los sospechosos. Parece ser que sus prioridades han cambiado con los años -. Mustang se metía en terreno peligroso. Sabía que Alphonse había cambiado un poco el temperamento de Edward, para evitar que hiciera estupideces.
(Save Me)
(Heal Me And Bathe Me)
(Softly You Say To Me)
(I Will Be There)
(Lift Me)
(Lift Me Up Slowly)
(Carry Me Boldly)
(Show Me You Care)
- Me alegro… - murmuró. - ¿Nos dejaría descansar un poco más? Aún estoy cansado. –. Miró al General, rogándole con la mirada que aceptara su petición. Llevaba recién algunas horas de despertar y el cuerpo ya le pedía más horas de sueño.
- Claro – Fue la respuesta, acompañada de una ligera sonrisa. Entendía la situación del oji-plata, por lo que no quiso seguir ahí por más tiempo – Los dejo. Espero poder verlos mañana – Se acercó a la puerta, la abrió y salió por ella, lentamente, mientras las bisagras volvían a quejarse, con su particular chirrido.
Quedó sólo, sin poder evitar mirar con mucha ternura el cuerpo de Edward que dormía tranquilamente, vencido, agotado, cansado.
(Hold Me)
(Lay Your Head Lowly)
(Softly Then Boldly)
(Carry Me There)
(Need Me)
(Love Me And Feed Me)
(Kiss Me And Free Me)
(I Will Feel Blessed) (1)
Un suave susurro del viento mecía una linda melodía en su mente. Comenzó a quedarse profundamente dormido, abrazando ligeramente el cuerpo de su querido hermano.
Un suave zarandeo le removía de su sueño. No quería despertar, estaba muy confortable con esa calidez tan particular y esos ligeros mimos que sentía por su rostro. Lentamente abrió uno de sus párpados, activando su olfato y sintiendo ese olor a chocolate que lo embriagaba.
- Buenos días, dormilón – escuchó le decían al oído. Un sonrojo se subió por sus mejillas al sentir unos labios rozándole su oreja.
- Buenos días, Aru – respondió. No era un sueño, ahí estaba su castaño favorito, acostado en la cama, acurrucándole en el pecho.
- Dos días durmiendo… Esta vez te sobrepasaste Ed – le dijo. Una mirada inocente, llena de vida y júbilo estaban clavadas en su rostro. – No debes dejar de dormir -. Reprendido por el menor… Qué irónico.
- ¿Dos días? ¿Tanto? – preguntó. Estaba totalmente perdido de la noción espacio tiempo desde que se acostó a pasar su fatiga junto al pequeño.
- Sí, dos días… Han venido a verme muchos y tú no despertabas – rió, levemente. No podía agitarse, le punzaba el pecho y su herida estaba abierta en sus entrañas. Aún necesitaba reposo.
- ¿Quiénes? – replicó. No le agradaba la idea que la gente lo observasen ahí durmiendo ni menos con Alphonse a su lado.
- Pues… - llevó un dedo pensativo a su boca, mientras recordaba – El General Mustang, la teniente Ross, el teniente coronel Armstrong, Fletcher y Russel, Van y Loth, Winry y Scieszka, el doctor Marcoh y la teniente Riza. – Aún le quedaba alguien en el tintero, pero no recordaba – Creo son todos – Finalizó, regalándole una de esas sonrisas exclusivas para Ed.
Edward pasó por todos los tipos de rojo en su rostro. ¡Tantas personas y él durmiendo! 'Que vergüenza' pensó.
- Pero, te tapé con las colchas, así que no te vieron dormir como bebé – rió, ligeramente, burlándose de la situación que pasó Ed. – Sólo vieron a un Ed dormir cómodamente en la misma cama, soltando murmullos inexplicables y que regañaba cuando hacían mucho ruido -.
- Qué malvado eres Al, te burlas de mi que te estuve cuidando toda la semana – Dijo, formando un puchero y sus ojos vidriosos.
- Muchas gracias por eso – se inclinó y le dio un suave beso en los labios al rubio – No sabes cuanto te lo agradezco –.
- Me tenías preocupado –. Se acomodó un poco en la cama, sentándose en ella.
- Lo siento, no pude pensar en otra cosa en ese momento – soltó, algo arrepentido.
- Fue un arrebato, pero Fletcher contaría otra historia si no hubieses echo lo que hiciste… Vino a verte todos los días y siempre miraba con pena tu estado, arrepentido. – El rubio tomó su trenza, que estaba casi desarmada ya, pero la soltó para quedar con el pelo suelto, desparramado por su espalda (N. del A.: Soy fanático de esa imagen. Tomo 20, capítulo 81, página 31, cuarto cuadro, de izquierda a derecha como buen y excelente manga), mientras algunos cabellos caían por su frente. – Pero no quiero hablar de eso. ¿Quieres comer algo? – preguntó, cariñoso, mientras arreglaba un poco el pelo de su rostro que le impedía ver claramente.
- No – respondió a secas – Quiero ir a casa a descansar – suplicó.
- Pediré tu alta, pero nada de esfuerzos, ¿Queda claro? – miró, atento a algún cambio del menor en caso de reproche.
- Está bien – suspiró resignado.
Edward salió entre las colchas de la cama, para dar un estirón a sus piernas y un braceo a su hombro automatizado. Miró al menor y abrió sus labios para hablarle, pero buscaba las palabras correctas.
- Tu ropa limpia está en el ropero – señaló a un pequeño armario apoyado en la muralla frente a la cama. – te dejo para que te vistas y nos vamos. En casa tomaremos un baño – Dijo, acercándose a la puerta, giró la perilla y se disponía a salir cuando paró. – Te amo Al – dijo, sin girarse. Nunca pronunciaba esas palabras a excepción de casos muy particulares -por no decir en especiales actos-. Dicho eso, cerró la puerta y se dirigió a la recepción para conseguir el permiso.
Suspiró resignado. Nunca podía responderle como quería cuando decía eso, pero imaginaba que Ed estaba demasiado colorado para decírselo a la cara, como en aquella única ocasión cuando se declararon su amor.
Al salió de la cama, caminó algunos pasos con sus pies desnudos, sintiendo la fría cerámica bajo sus pies y sacó su ropa. Un pantalón azul marino, una camisa y un sweater ahora le vestían, luego de terminar de ponerse todo. Se sentó en la cama esperando a su hermano paciente.
Cada vez que respiraba profundamente, su pecho le punzaba. Era doloroso, pero podía soportar si no se esforzaba de alguna manera. Tendría que esperar para cumplir lo que había prometido antes de caer hospitalizado.
- Vamos Al, está todo listo – Edward entraba en la habitación, sosteniendo algunos papeles con su mano metálica mientras que su mano humana guardaba su billetera en un bolsillo lateral.
- Supongo que usaste mis fondos para pagar, ¿No? – Arqueó una ceja, dando a conocer un poco su molestia, cruzando los brazos. Sabía que Ed no lo haría ni aunque se lo rogase… Nunca le permitía pagar alguna cuenta, por lo que su fondo estaba ahí, sin usar, salvo para excepcionales casos en que quisiera comprarle algo al rubio.
- No, sabes que no me gusta –respondió, mientras salían de la pieza con camino a la salida – Por suerte había ido al banco antes del incidente… Dudo me acepten el reloj echo trizas ahora – rió, nervioso. Tenía que pedir otro a Central, pero al acompañar al castaño no hizo trámite alguno.
- Tendrás que pedir otro. Y eso demora – respondió Al – Así que ahora yo me encargo de las cuentas mientras tú esperas tu reloj –.
- Está bien – suspiró resignado. Alphonse tenía razón y debía admitirlo, tragándose su orgullo. Últimamente siempre lo tenía en el bolsillo. Alphonse era de esos que le hacían perder parte de su esencia, aunque no le molestaba en lo absoluto.
Salieron del hospital, despidiéndose de la misma recepcionista de la otra vez que estuvieron ahí. Se acercaron a la entrada, donde un familiar coche negro los aguardaba.
Ahí estaba Riza, esperándolos hace no más de dos minutos.
- Recibimos la orden de alta en la escuela, así que supuse necesitarán transporte para llevar al paciente – dijo, saludando a los menores con una sonrisa en los labios – Es un gusto que estés mejor, Alphonse –.
- Gracias, teniente – respondió Al, nervioso. Riza seguía cuadrada, ya que era normal el saludo de los militares – Descansa, por favor – dijo, resignado.
- Vamos chicos – ya más relajada, Hawkeye le hablaba a los Elric – De seguro Alphonse quiere descansar y disfrutar de la casa – sonrió, mientras subía al vehículo, seguido de la pareja de jóvenes.
Ya partida su marcha, el viaje no duraría más de 20 minutos. Con surte, podrían encontrar un poco de tráfico.
- El General me encomendó darles una orden – dijo Riza, pendiente del volante, mientras ambos chicos miraban por sus respectivas ventanas.
- Ese viejo… alphonse viene saliendo y ya quiere que haga algo – dijo molesto el rubio, bufando contra el vidrio. Pretendía cuidar de Al mientras se recuperaba, para que no se esforzara haciendo alguna mala fuerza.
- Hermano, al menos debes escuchar lo que tenga que decir la teniente – le reprendió el menor. Ed era muy impaciente y lo sabía de antemano.
- Si, si – hacía un ademán de molesto con su mano - ¿Qué quiere Mustang? – preguntó, al fin, esperando alguna tontera que interrumpiese lo que quería hacer.
- El Führer ordenó que cuidases de Alphonse hasta que se recuperara y luego debías darle un informe con detalles de la batalla. Dijo además que tu reloj estaba listo la próxima semana – Riza giraba el volante, para doblar en una de las últimas calles antes de llegar al destino – Dice que enviará una orden firmada para que puedas ir al banco mientras no tienes tu credencial -.
La cara de Edward cambió drásticamente. Una buena noticia después de todo. Miró a Alphonse que sonreía al verlo tan entusiasmado… Algo había echo el pequeñín mientras él dormía.
- Llegamos – anunció Riza, mientras detenía el motor y se estacionaba frente al pórtico de la casa.
- ¡Bien! – exclamó el rubio. Luego pediría algunas explicaciones.
Bajaron del coche mientras se dirigían a la puerta principal, pero algo faltaba.
Edward comenzó a reír nervioso mientras registraba sus bolsillos, infructuosamente.
- Olvidé que las llaves las tiene Fletcher – sonrió, nervioso, ante la cara de resignación de Alphonse que tenía una gota en la nuca.
- Vamos por atrás, siempre dejo abierta la puerta trasera – dijo Alphonse, resignado. Riza los acompañaba, su misión era dejarlos sanos y salvos dentro de la casa.
Comenzaron a rodear la casa, pero escucharon algunos pasos y risas ahí. Riza estaba muy calmada, pero los Elric parecían en guardia por si fuese alguna trampa en su propia casa.
De pronto, como un gran rugido que azota al aire, varios gritos se escucharon.
- ¡SORPRESA! – gritaron muchos, mientras Alphonse caía sentado en el césped por el susto, llevándose una mano al pecho por el esfuerzo y la gran inhalación de aire que le provocó el enérgico saludo.
Edward también se sorprendió mucho, pero ayudó de inmediato al castaño que parecía quejarse de su herida.
- ¿¡Viene recién saliendo del hospital y me lo quieren matar de un infarto!? – gritó Edward, aún sin enterarse quienes habían gritado porque no se dio el tiempo de revisar, aunque reconoció algunas voces.
- ¡OH!... Fullmetal, créenos que no fue nuestra intención hacerlo – Mustang se acercaba a Alphonse, ayudando a reincorporarse del suelo.
-No te enojes nii-san, había olvidado que yo mismo lo había organizado – reía nervioso, pero contento.
- ¿Pero de que demonios hablas Al? – Edward no comprendía. Ahora sí se dio el tiempo de ver que pasaba.
Había algunos adornos, mesas con comida, globos y una peculiar tarima con algunos regalos.
- Feliz cumpleaños, hermano – saludó a su hermano con un gran abrazo, mientras Edward no salía de su asombro. Había olvidado que su cumpleaños pasó hace 4 días mientras él cuidaba de Al en el hospital.
Todos sus conocidos y más cercanos estaban ahí. Los mismos que había mencionado Alphonse cuando preguntó quienes le habían visitado en el hospital estaban reunidos, con algunas personas más. La esposa de Hughes y Elysia estaban ahí, también Rose y la abuela Pinako con su característica pipa en la boca. ¡Hasta los subordinados de Mustang estaban!
Contestó el abrazo de Al fuertemente, mientras una solitaria lágrima caía por su mejilla, limpiada rápidamente por su mano. No le gustaba le viesen llorar, ni menos por algo así.
- Vamos hermano, debes saludar a tus invitados – dijo Al, mientras se separaba del Edward para dedicarle una cándida sonrisa. Quería besarlo, pero se abstuvo porque todos le miraban y de seguro Edward se metía en la casa y arruinaba todo.
Era su vigésimo cumpleaños y tenía mucho que disfrutar aún, ahora en compañía de Al.
La fiesta había comenzado y todo pasó bien. Winry como de costumbre le había dado con la llave inglesa a Ed por estar tan distraído y no tomarla mucho en cuenta. Todos estaban reunidos y sentados, charlando trivialidades, algunas anécdotas y Al ponía en vergüenza al rubio mencionando una que otra anécdota privada no comprometedora, como la vez en que Ed trató de cocinar pero le había quedado un monstruo de cena al intentar arreglarlo con alquimia y otras más.
Había llegado ya la hora del pastel que Glacier había preparado. Elysia, ayudada por Ross y Loth le llevaron el presente con algunas velas, que casi derrite por completo el alquimista de la llama al tratar de prenderlas con su alquimia. Al final de cuentas, Havoc tuvo que hacerlo ya que era el único que fumaba y tenía un fuego normal y no peligroso, mientras que Mustang yacía en una esquina con espíritus rodeándole y un letrero sobre él diciendo "inútil", que fue lo que dijo Riza.
Risas se escucharon por montón, hasta que ya llegaba la noche y muchos debían retirarse si querían llegar a sus hogares. Por suerte la casa de los Elric era espaciosa, así que prestaron su habitación a las mujeres que vivían más lejos. Winry, la abuela y Elysia dormirían en la gigantesca cama que les habían regalada, mientras Glacier dormiría en la cama conjunta que había quedado desocupada. Tenían otra habitación amoblada para huéspedes, que pretendían prestarla a sus estudiantes, ya que la madre de Van y Loth había insistido por teléfono si podían quedarse, ya que era muy tarde para ellos. El problema fue que sólo quedaba esa habitación y los sofás de la sala de estudio donde poder dormir cómodamente.
- No se preocupen por nosotros chicos, puedo dormir en el sofá de la sala, además hay una chimenea ahí – decía Alphonse, tratando de convencer a sus estudiantes, quienes rechazaban tajantemente la oferta.
Rendido, finalmente dejó que los chicos durmieran en la sala y que él con Edward usaran la pieza disponible.
El resto de la gente ya se había marchado. Sólo quedaban el castaño y el rubio despiertos, mientras el resto de la casa estaba en un solemne silencio. Todos dormían. Había sido un día algo agitado entre risas y juegos.
- Vamos afuera hermano, no has abierto ningún regalo – dijo Alphonse, arrastrando sutilmente a Edward de la mano para llevarlo al patio.
Llegaron afuera y tomaron los presentes para abrirlos dentro de la casa. La noche helaba y no era bueno para el oji-plata resfriarse en su estado. Fueron a la cocina y dejaron en la mesa de su pequeño comedor para desayunar todos los paquetes.
El dorado comenzó a abrir uno a uno sus regalos. Winry le había dado una botella con aceite para sus automail. La abuela Pinako le obsequió una pipa y una caja con tabaco, por si algún día le interesaba tomar el mismo vicio. Van y Loth le dieron un par de finos y resistentes guantes blancos. Russel y Fletcher una planta muy extraña, rara en su especie, pero con flores que daban un exquisito aroma. Rose le dio una cinta de seda azul oscura para que amarrara la trenza que se hacía en el cabello. Elysia le dio un lindo dibujo, junto con un cuaderno en blanco para que dibujase.
Así, fue abriendo cada uno de los obsequios. El último fue el de Mustang, que consistía en un fino reloj de oro con una cadena, en reemplazo y con mejor uso que el de alquimista, aunque no tenía el efecto amplificador.
- Queda mi regalo – dijo Alphonse, cuando Ed ya había terminado con los otros.
- Sabes que no debiste, Al. Con tenerte a ti es suficiente. – respondió, mirándolo con ternura.
- Es que… - comenzó a sonrojarse – Es especial – dijo al fin, luego de meditarlo mucho.
- Sea lo que sea y viniendo de ti, debe ser hermoso – explicó, tomando el rostro de Al y depositándole un beso en la frente.
El menor metió su mano al bolsillo de su pantalón, sacando una pequeña cajita, mientras de su chaqueta-que se había puesto al caer la noche- sacaba un pequeño pergamino envuelto con una cinta verde esmeralda, con la insignia de los militares en una punta, bordada en oro.
- Toma – le extendió el pergamino – Primero debes leerlo – dijo, con un gran sonrojo en su cara.
Edward tomó el pergamino, desatando la cinta que le envolvía y comenzaba la lectura mental que decía:
Sr. Edward Elric:
Según los petitorios extendidos por el alquimista Estatal Alphonse Elric, aceptados por el consejo asesor del Führer y bajo la autoridad de éste, se le permitirá el uso de una joya simbólica dentro de todos los edificios del Ejército, incluyendo misiones, con total libertad, gozando del privilegio concedido por el Führer. Además, por medio de esta misiva se le autoriza la petición especial del menor Fullmetal Alchemist en el parlamento para la audición conjunta en pro de saber vuestra respuesta de ésta.
No se especificará que día será la audición ni el motivo de ésta, ya que le corresponde a Alphonse Elric explicarle los motivos.
Se le desean las más gratas felicitaciones y por órdenes del Comandante General, el Führer, se ruega no se sorprenda tanto. Será un gran y decisivo paso ya aceptado por el parlamento de Amestris y uno de los pocos permitidos en la milicia.
- ¿Joya simbólica? ¿Audición? – Preguntó, al finalizar la lectura de la carta, la cual enrollaba de nuevo y envolvía con la cinta, dejándola tal cual la había recibido.
- Yo… Este… - Estaba realmente nervioso. Se sentía un tonto al no poder decirlo. Se arrodilló frente a Edward, quien no entendía ni media palabra de lo que intentaba balbucear Alphonse y el contenido de la carta que aún analizaba. – Esto… Edward… - abrió ligeramente la caja, contemplando el interior – Tú… - Colapso.
- Aru, no te pongas nervioso, sea lo que sea que quieras hacer – lo miró. Se arrodilló frente a él, para quedar a la misma altura – No te dejaría ir por nada del mundo – le susurró.
- Es que… Ay – se quejó, por sus nervios que le traicionaban.
Ninguno de los dos se movía. Edward sólo miraba al castaño y éste no hacía más que tratar de calmarse. No se pudo contener más, así que se armó de valor para decirlo.
- ¿tqrscsrcnmgo? - ¡Qué demonios! ¡No le salían las palabras!
- Al… - y ahí estaba de nuevo el tono de desesperación. Le molestaba no saber que estaba pasando.
- ¡¿Te-quieres-casar-conmigo?! – gritó, rápidamente, casi sin que se le entendiese, arrastrando las palabras. Escondió su rostro bajo el cabello y cerrando fuertemente sus párpados.
Y ahí estaba. Impávido. Edward no reaccionaba. Ahora había entendido claramente cada una de las palabras del menor, sílaba por sílaba, letra por letra. Ahora comprendía a lo que se refería la carta.
El menor sacó de la pequeña cajita un hermoso anillo de oro, casi idéntico al que usaba él, con finos grabados que decían la fecha de ese día, acercándolo a la mano de Edward.
- Ed... Yo… - Comenzó a hablar, pero se detuvo al ver lágrimas caer de esos hermosos ojos de oro. – No, no llores… - Se sentía morir. No fue una buena idea después de todo.
- Claro que si Al, claro que si – decía. Lloraba de felicidad irradiante, mientras tomaba la mano extendida de Al con el anillo.
No. No fue buena idea. Fue la mejor y más espectacular de ellas.
El castaño por instinto movió sus atolondradas manos, mientras le ponía la argolla en el anular izquierdo de Edward. Terminado el acto, Al limpió suavemente las lágrimas del rostro del mayor, mientras con ambas manos tomaba el rostro y le daba el beso más apasionante (N. del A.: De esta historia tan melosa, debo decir) y asfixiante que pudo dar, respondido en el acto por el rubio.
Las palabras sobraban. No debían estar tristes ni confusos. Se tenían el uno al otro y esta vez, sería para siempre. Sin miedos, sin ocultarlo, sin engaños. O al menos, eso creían.
(1): Fragmento canción Will you be there. Michael Jackson.
Que meloso capítulo, lo admito. La canción que puse, si la leen bien, les encantará. No tomen en cuenta el artista si les cae mal, me interesa la letra. Prometo ponerle un poco más de acción a la cosa esta, además de ciertos personajes que se inmiscuirán en la vida de nuestros protagonistas, trayendo consigo más de algún problema para la relación y beneficio para los malos. Que malvado soy.
Os dejo. Hasta el próximo capítulo. Dejad review, sean bondadosos y bondadosas. Tengan un buen día.
