Capítulo 7 - ¡Enhorabuena!

Título feo. Debo admitir que lo elegí antes de ponerme a escribir el capítulo, para ver si del éste me puedo inspirar en escribir algo bueno. Como voy camino a mi hogar, uso mi portátil para entretenerme por el viaje. Son tres horas que debo aprovechar, ¿No? Bueno, dejo de darles la lata y les dejo con el capítulo.

Disclaimer: Hagane no Renkinjutsushi (Fullmetal Alchemist) no me pertenece. Hago esto sin fines de lucro, sólo para entretenimiento de quienes leen y mío.


- ¡Despierten los dos! – Y una llave inglesa se dejaba caer sobre dos inocentes y durmientes cabezas.

'Zas'. Dos hermanos levantados en menos de lo que pueden decir "Ed".

- ¡Winry! ¡Eso duele y más cuando estás dormido! – exclamó el menor. Era inconcebible el accionar de su amiga. Era violenta, pero nunca tanto. Sabía que el comportamiento de ella era por la posición en que durmieron los hermanos –abrazados- pero tenían la "aprobación" desde hace dos años, cuando le contaron la verdad. Al parecer, le hacía falta un novio a la rubia.

- Mi cabeza – se quejaba el rubio. Su sentido del olfato se activó de pronto, guiándolo hacia la cocina de forma instintiva. - ¡Huele genial! – gritó feliz, mientras un hilo de baba se le escurría por la comisura de sus labios. Estaban dormidos en el sofá del salón de estudio, por lo que la cocina sólo estaba a escasos metros de ellos, separados por una puerta de fina madera de caoba.

Glacier preparaba un exquisito desayuno para todos. Fue la primera en levantarse en toda la casa. Dejó a Elysia durmiendo, ya que era relativamente temprano; Ocho con treinta de la mañana.

Luego de una buena ducha, unos reclamos y gritos de Winry, la abuela siempre seria y una señora Hughes muy risueña, tomaron desayuno. Los regalos sobre la mesa fueron subidos a la alcoba de los Elric.

- ¿Van y Loth no han despertado? – preguntó Alphonse, mientras alcanzaba el azucarero.

- Deben estar cansados, mejor dejarlos dormir – dijo Glacier – Además ayer jugaron toda la tarde con Elysia, supongo están agotadísimos – agregó, mientras servía unas tostadas a cada uno.

- Cuando termine mi desayuno los iré a despertar – dijo Edward, mientras alcanzaba un trozo de carne, dejando ver su nuevo anillo en la mano, que relucía ante la luz matutina, sin pasar desapercibido para nadie.

Winry y Pinako se miraron atónitas. Al parecer pensaban quien lo diría primero. Finalmente, la abuela se decidió.

- ¿Y ese anillo, enano? – Preguntó, señalando con su pipa apagada la mano izquierda de Edward – Según recuerdo, los militares no permiten el uso de joyas –

- Tengo permiso especial – respondió, sereno, evadiendo la pregunta de trasfondo con toda la calma que pudo reunir. Miró de reojo a Alphonse, quien comía nervioso y en completo silencio, con un ligero tono rosa en sus mejillas. 'Se ve hermoso así', pensó.

- Evadiste la pregunta, y debo asumir es un anillo de compromiso por donde lo tienes puesto y por tu felicidad escondida, ya que no te enojaste cuando te dije enano, Ed –

Silencio.

Tensos. Nadie movía un solo músculo, a excepción de la abuela que prendía su pipa para inhalar con fuerza una gran bocanada de su tabaco.

- Esto… Iré a despertar a los chicos – Alphonse salió literalmente corriendo-volando es más específico- del lugar.

- Ahora que recuerdo, tengo que ir por la medicina de Al. Iré al hospital – Ahora era Edward quien repetía la acción. – Disculpen – y se retiró raudo de la casa, azotando la puerta de nervios.

- Crecen tan rápido estos niños – Glacier rompió el silencio de la cocina, mientras recogía la vajilla sucia para empezar a lavarla.

- Pues creo esos dos deben quererse mucho – respondió Winry, que no podía evitar sentirse mal. Toda su vida estuvo enamorada de Edward, pero debió aceptar esa "loca" relación entre los hermanos. Debía entenderlos, aún a costa de su propia felicidad. – Creo iré a ordenar el desastre de allá afuera – dijo, suspirando resignada, apartando sus pensamientos de momento.

Salió, dejando a la abuela y Glacier en la cocina. No hablaron, eran mucho más sabias y la vida les había dicho que algún día eso sucedería, por muy enfermiza que fuera la relación, el amor no discrimina sexo ni parentesco.

- ¡Awwn! – Bostezo – Buenos días – Loth saludaba a las mujeres de la cocina, dándoles un beso en la mejilla a cada una - ¿Alguien sabe que le pasa al maestro Alphonse? Está rojo como tomate e insiste en que Van le golpee y lo deje en el hospital de nuevo. – rió por lo bajo.

- ¡Oh! No es nada – respondió Glacier – Cuando esté preparado se lo dirán. Ahora, ¿Quieres desayunar? – preguntó, amorosa, con una sonrisa muy maternal y llena de cariño.

- ¡Claro! Iré por un baño – dijo, saliendo a paso ligero de ahí.

Loth ya había bajado, pero no habían señales de vida de Van o de Alphonse. Hace rato que no aparecían.

De pronto, unos pasos rápidos se escucharon por la escalera, como desesperados.

- ¡Ayuda! ¡No se que le pasa a Al! – gritó, apareciendo en la cocina.

Glacier y Pinako se pusieron de pie. Una recaída de Alphonse, lo pusieron entre cuerdas y no pensaron que cualquier agitación lo iba a hacer caer directo a un estado de reposo.

Subieron corriendo por las escaleras, adentrándose en la habitación donde descansaban Van y Loth, viendo al castaño tendido en el suelo, tosiendo sangre y temblando de pies a cabeza.

- ¡Tómalo y vamos a su pieza! – ordenó Pinako a Van, quien era el único que podría con el peso del oji-plata. El pelirrojo reaccionó y lo llevó a su pieza, donde Elysia descansaba en la cama más pequeña. De seguro, se movió dormida y fue a donde sintió el aroma de Winry.

Depositaron el cuerpo de Al en la cama, mientras Glacier traía unas toallas humedecidas para limpiarle el rostro. La señora Hughes le tocó la frente y pudo distinguir una ligera fiebre que podría ser controlada.

- Van, calienta un poco de agua por favor… Le está subiendo la fiebre – dijo, mientras dejaba un paño en la frente del agitado menor.

- ¡Enseguida! – exclamó, mientras salía con dirección a la cocina por algo de agua. La calentaría con alquimia para que fuera más rápido.

Mientras tanto, en otro lugar, ya de vuelta a su hogar, Edward salía del hospital con una bolsa en sus brazos. Iba contento, pero un ligero pinchazo en el pecho le advirtió que algo malo sucedía.

- Al… - susurró, mientras se echaba a correr a toda prisa. De seguro tuvo una recaída por los nervios, '¡Y lo dejé sólo!' pensó. (N. del A.: So tonto… Si sigues, te lo mato.)

Decidió tomar un coche para ir más rápido, subió y dio su dirección, pidiéndole al chofer que fuese a toda marcha. No demoró ni 5 minutos cuando divisó su casa, estática, inmóvil, pero con la diferencia de un destello azul que logró vislumbrar desde una ventana.

- Alquimia… - murmuró. Le inquietaba no saber que sucedía. Sacó su billetera y pagó el servicio - ¡Quédese con el cambio! – gritó. El chofer estaba impactado. Le habían pagado el sueldo del mes. (N. del A.: Era la billetera de Al. Recuerden que él no tiene la suya y Alphonse no gasta de su bolsillo, por ende, siempre tiene muchísimo dinero. Quien como ellos.)

Entró a toda velocidad por la reja, ignorando el saludo de Winry que estaba en el patio. Abrió rápidamente la puerta, metió una mano en la bolsa que aún cargaba mientras subía la escalera y llegaba a su habitación.

- ¡No deja de sangrar! – exclamó Glacier, haciendo lo imposible por evitar que el castaño dejase de toser sangre.

Escuchó el mensaje sin antes sacar el frasco de la medicina. Sacó dos pastillas y se las dio en la boca. Cerró de golpe la quijada de Al, mientras sobaba suavemente la garganta de éste para que tragara y así evitar la tos que le agobiaba. Necesitaba el castaño se calmase y que descansara. No quería verlo de nuevo en el hospital.

Y por arte de magia (N. del A.: Que medicamentos tan eficaces, podrían ser así de vez en cuando, evitando sean intravenosas… Las odio) la tos cesó, la sangre dejó de salir y el menor entró en estado de sueño, bastante razonable.

- Descansa, Aru – murmuró Ed, mientras dejaba a Alphonse en la cama, le acomodaba la almohada y lo arropaba con una colcha. Tenía una mueca de dolor en el rostro, internamente por Al aún la herida seguía abierta y no parecía sanarse tan rápida como las anteriores.

El rubio, que aún parecía tenso, tenía una ira contenida que desatar, pero era conciente de que las mujeres y su alumno no eran culpables de eso, sino ellos mismos por ocultar y ponerse tan adrenalínicos por una situación así. Al no debía agitarse y todo era su culpa por dejarlo solo enfrentando una crisis así. Al menos le consoló el hecho que su salida no fue en vano y la medicina era bastante eficiente a la hora de actuar.

- Yo me encargo ahora, no se preocupen – Habló hacia las mujeres que estaban bastante aturdidas y su alumno con cara de sorpresa y terror. – Mejor sigan con el desayuno, sólo necesita descansar ahora – finalizó, mientras cogía un paño tibio y lo posaba en la frente de su Alphonse. – Gracias por el agua caliente, Van – murmuró, pero fue escuchado lo suficiente para su pupilo.

Sólo se retiraron en silencio, dejando a los hermanos en la pieza. Bajaron en silencio, consternados, pero felices por la evolución de Al y el notable mejoramiento del humor de Ed, quien debía haber entrado en inminente colapso.

Y la mañana transcurrió silenciosa, triste y austera. Los menores desayunaron y se despidieron de las señoras para retirarse a su casa. Debían estar preocupados por ellos y preferían no alarmar a sus padres.

Winry simplemente los dejó estar, sería un estorbo incluso tocar la puerta y preguntar tras ella el estado de Al; inoportuna era el término más exacto.

De pronto, un toque a la puerta principal. Pinako fue a atender, recibiendo una carta escrita para Alphonse, remitida por…

- Hohenheim… - murmuró la anciana, mirando el sobre suavemente sellado con cera, escrito en perfecta manuscrita; puño y letra del anciano padre de los Elric.

Subió lentamente la escalera, dobló a la derecha y estaba frente a la puerta, dudosa por tocar e interrumpir, pero era necesario… La situación lo ameritaba.

'Toc, Toc'.

- Adelante – escuchó por parte de Ed, mientras abría la puerta.

- Una carta de… Tu padre – Dijo, mientras extendía la carta a las manos de Edward, que tenía la mirada atónita y sin ese brillo particular. Alphonse aún dormía, por suerte.

- ¿Para Al? – preguntó, para sí mismo. No se atrevió a abrirla. No le escribía a Alphonse desde hace tres años, cuando recuperó su cuerpo.

- Sí, y parece importante – dijo la abuela, retirándose de la habitación, dejando sumido al dorado en sus pensamientos.

Sólo miraba la carta, atónito. No estaba preparado para otra estúpida noticia ni menos de parte de su padre.

- Déjame verla, hermano – Al estiraba su mano, para toar la carta, rozando suavemente sus finos dedos con los de Ed.

- ¿Hace cuanto despertaste? – se limitó a preguntar, mientras veía a Al incorporarse en la cama, quedando sentado. Sus ojos miraron brillosos el rostro del castaño, que parecía tener una notable mejoría en su estado.

- Cuando la abuela mencionó a nuestro padre – Contestó. Abrió suavemente la carta, leyendo su interior.

Alphonse:

Discúlpame. Recibirás una no muy grata sorpresa en unos días más. Dile a Edward que haga todo lo posible para evitarlo, aún así tenga que ir al parlamento. Los quiero

Hohenheim de la Luz.

- Creo debes leerla hermano – Dijo Al, aún meditando el contenido. Nada era claro en su padre, incluyendo los misterios de sus cartas.

Edward recibió la carta, la habrá leído unas cinco veces, sin entender el mensaje.

- Deberé pedir algunos papeles al parlamento… ¿No crees? – Preguntó Ed al menor, mientras cerraba la carta y la dejaba en la mueble del lado.

- Recuerda que el título de papá es igual al del Führer, y tiene casi la misma autoridad que todo el parlamento junto – Explicó Al – Tendremos que ir ambos a buscar los papeles en persona –

- Sí, lo sé, pero no quiero más misterios. – respondió Ed, mientras se recostaba a un lado de Al, acurrucándose en el menor – Pero por ahora, necesitas descansar –

- Estoy bien, tranquilo – respondió al acto de Ed, abrazándolo. (N. del A.: Que tiernos. Se quieren demasiado y no me gusta tanta paz y tranquilidad.)

Y así estuvieron hasta la hora de almuerzo. Se levantaron y caminaron hacia la cocina, donde un suculento plato preparado por Glacier les esperaba.

- Gracias por la comida – dijo Ed, mientras comenzaba a comer. El resto repitió su acción y se sirvieron. Fue un almuerzo relativamente tranquilo, salvo por algunas bromas de Winry y un Ed explosivo. Las risitas abundaron por la hora de almuerzo, pero no se tocó ningún tema que pusiera nervioso a Al para evitar lo del desayuno.

Hubo un silencio. Uno de esos que puedes palpar, y cortar con un papel. Al comenzaba a ponerse nervioso, pero sabía que esperaban que él lo digiera, sin necesidad de otra pataleta o colapso.

Los ojos plateados se posaron en Ed, quien sólo asentía ligeramente, resignado; tendrían mucho que explicar.

- Si tanto insisten, les vamos a contar – contó Al, suspirando.

- No es necesario, ustedes verán cuando sea el mejor momento para hacerlo – Interrumpió la abuela, que seguía comiendo su trozo de carne.

- Está bien, ustedes son nuestra familia, así que no es necesario ocultarlo – Alphonse estaba serio, como nunca. Ni su hermano alguna vez le vio con ese semblante, lleno de energía y decisión en sus ojos luminosos. – Ya pedí autorización al parlamento y al Führer… - comenzó, lentamente, mientras las mujeres posaban sus miradas en el castaño, que sólo atinó a bajar su cabeza – Y… yo… esto… - Y ahí estaban los nervios de nuevo; Inminente colapso.

- Nos vamos a casar – Dijo Ed, a secas. Estaba igual de nervioso que Al, pero sabía que el menor estaba llegando a su límite y no era bueno para su salud, por lo que decidió darle un "empujoncito".

- ¡Ed! – gritó el oji-plata, golpeando ligeramente la mesa, con la tonalidad más fuerte de rojo que se conocía hasta ese entonces… (N. del A.: Creo no habían semáforos ni luces de neón chillones. Corríjanme si me equivoco.)

- Ya, con eso nos basta, no te alteres Al – dijo la rubia. Era predecible y ya lo sabían – Sólo nos queda felicitarlos, ¿No? – Preguntó, mientras se paraba y abrazaba a Ed y Al juntos – Espero todo salga bien muchachos – murmuró al oído de ambos, quienes sólo se sonrojaron por el acto.

- Gracias… Win – respondió Ed, sin más.

Recibieron felicitaciones de parte de las otras mujeres y la comida transcurrió normalmente. Elysia ya había despertado y estaba jugando con Edo.

Los Elric fueron a su habitación, donde planearon que harían. Decidieron ir a Central ese mismo día, pidiéndole a Winry y Pinako se quedaran para cuidar del gato y la casa. Glacier y Elysia los acompañarían, ya que pronto sería el aniversario de muerte del General de Brigada Hughes y deseaban ir a visitarlo; Elysia ya había asimilado toda la información sobre eso y estaba orgullosa de su padre, sin resentimientos a Mustang.

Dieron aviso al azabache por teléfono de su partida y abordaron el tren. La señora Hughes se ofreció para hospedarlos y mañana podrían averiguar todo lo que su padre había echo.


El viaje en tren no fue muy largo, sólo 4 horas de viaje, por suerte. Llegaron por la tarde y no podrían hacer mucho.

La noche fue pacífica y sin contratiempos, sólo de dedicaron a dormir y esperar el agobiante y mal día que les esperaba. Por la mañana, bastante temprano, se despidieron de Glacier luego del desayuno y fueron rumbo a su destino: El parlamento de Amestris, ciudad Central.

- ¿Crees que será algo muy malo, hermano? – preguntó Al, mientras caminaban hacia el parlamento. Decidieron caminar para hacer más placentera la mañana y poder estirar las piernas. Debían presentarse luego en el cuartel general… Al menos Ed debía hacerlo, para hablar con el Führer.

- Cualquier cosa me espero del viejo, Al… Pero haré lo que pueda para evitar lo que venga. – respondió Ed, calmado. Abrazó al menor por la cintura, para luego seguir caminando.

Veinte minutos y estaban frente al gran edificio parlamentario… Muchas personas de uniforme y trajes formales entraban y salían. Demasiados guardias protegiendo el perímetro y uno que otro alquimista haciendo de guarda espalda a algún político importante.

- Identificación por favor – interrumpió un oficial en la entrada los pensamientos de los hermanos.

- Edward Elric, alquimista estatal, Teniente Führer – dijo el rubio, mostrando un papel al sujeto.

- Alphonse Elric, alquimista estatal, Coronel – repitió el castaño, mostrando su reloj que sacaba del bolsillo.

- Disculpen mi atrevimiento… ¿Hermanos Fullmetal? – preguntó el sujeto, mientras revisaba los papeles de Ed y miraba con detenimiento el reloj de Al.

- Si, los mismos – respondió Ed, ya molesto. - ¿Podemos entrar ahora? –

- Si, avisaré su llegada en recepción. Tengan buen día – El oficial entregó los papeles y el reloj a sus respectivos dueños. Los despidió con un saludo formal y dejó vía libre a esas altas y famosas autoridades que eran los Fullmetal.

Llegaron a la entrada del edificio, donde los esperaba una mujer vestida de traje negro con adornos rojos. Bastante bonita, por cierto.

- Buenos días hermanos Elric, seré su guía y acompañante en su visita por el parlamento – habló la señorita, mientras sonreía y saludaba amistosamente a Edward y Alphonse. – Mi nombre es Noria, muchos gusto –

- Muchas gracias Noria – respondió Ed – Yo soy Ed y él… - abrazó a Al – es mi hermano menor Alphonse – sonrió, mientras sentía un ligero codazo en su costado. Conocía la reacción de Al. – Y algo más… - Susurró, inaudible para la mujer, suficiente para Alphonse.

- Esto… Si, soy Alphonse – sonrió nervioso el castaño ante el último comentario del dorado, mientras trataba de soltarse del abrazo de su hermano con ambos brazos.

- Bueno chicos – sonrió alegre Noria - ¿Desean buscar algo en especial en el parlamento? – preguntó.

- Bueno, pues, ahora que lo dice, necesitamos algunos documentos – dijo Ed, soltando a Al, cambiando su semblante a uno más serio. – Todos los documentos firmados por Hohenheim de la Luz, nuestro padre – finalizó.

- Difícil petición – dudosa, Noria llevaba una mano a su mentón – Necesitamos autorización del presidente del parlamento y una orden de alto rango militar para que puedan verlos – concluyó, mirando a los menores.

- Pues entonces, tendremos que ir a hablar con el presidente, mi cargo de Teniente Führer supongo será suficiente como orden militar – dijo Ed, mientras cruzaba los brazos; Utilidad a su cargo por fin.

- Pero ahora está en sesión el parlamento, debatiendo una ley muy importante y generalmente se demoran horas en terminar – preocupada, la guía temblaba por algo que le daba mala espina – al menos su cargo es suficiente para el parlamento –

- ¿Dónde están debatiendo? – preguntó Al. Intuía lo que haría su hermano y no le detendría, por muy alocado que fuera.

- Vengan, podremos entrar a ver por aquí, pero en silencio – contestó la mujer, caminando hacia unas enormes puertas que estaba custodiadas por dos guardias armados.

- Guardias, retírense y den orden de no acercarse – ordenó Ed, con tono autoritario – Obedezcan o les doy de baja – mirada amenazante y los guardias desaparecieron.

- ¿Pero que hace señor? – preguntó Noria, extrañada total.

- Quédese tranquila Noria, confié en nosotros – dijo Al, sonriendo nervioso, alzando las manos en señal de detenimiento.

Edward miró las puertas y las abrió lentamente. Entraron los tres y las cerró de golpe, obteniendo la atención de todos los políticos de la sala, que eran aproximadamente unos cien… o más.

- ¿Qué significa esto? – Dijo un sujeto, sentado en el estrado central, al parecer el secretario - ¡Guardias! – gritó.

Nadie llegó a su llamado.

- No se moleste señor – habló Ed, mientras comenzaba su caminata por un largo pasillo, bajando algunas escaleras, seguidos de Al y una Noria que sudaba frío. – He dado orden de no acercarse a la sala – respondió.

- ¿Y usted quien demonios es? – gritó algún tipo desde otra posición, algún político entre los asientos.

- ¿Tengo que decirlo tantas veces? – Suspiró – alquimista nacional y Teniente Führer, Edward Elric – respondió, posicionándose en el centro del gran salón, frente al estrado central, dándole la espalda al resto del parlamento.

- Hermanos Fullmetal – el hombre del centro del estrado se había parado de su cómoda silla – Hay al menos 25 alquimistas nacionales de elite aquí en esta sala, no está en posición de ordenar ni menos ser tan atrevido – habló severo, mientras daba un gesto con su mano y era rodeado por los alquimistas.

- Usted debe ser el presidente… Le recomiendo de la orden descanso a sus oficiales o tendrán una guerra de los mejores alquimistas estatales contra un grupo de estúpidos que tienen su rango de regalo – dijo amenazante.

- Soy el presidente e interrumpe una sesión muy importante – dijo – Llévenselo y enciérrenlo – Se sentó e su silla, mientras veía como los alquimistas se acercaban a su objetivo.

'Clap'.

- Lo siento señores, sólo queremos conversar – dijo Al, mientras golpeaba el suelo. Nada sucedió.

- Bueno señor presidente – siguió Ed, mientras se giraba para quedar frente a frente con el sujeto – Sus alquimistas no podrán usar alquimia y nosotros sí… Le recomiendo de orden de descanso –

En efecto, los alquimistas trataban de realizar alquimia, incluso se vieron a algunos trazando círculos en el suelo con tiza, sin conseguir resultados. Estaban vencidos por unos mocosos.

- Señor, nadie puede usar alquimia – dijo uno de los tipos que rodeaban a Edward, mientras el resto sólo se encogía de hombros dando señal de inutilidad.

- Descansen soldados – dijo el presidente, enervado y derrotado – Usted dirá, señor Fullmetal – soltó con desdeño, desde su posición.

- Necesito su autorización para revisar los papeles de Hohenheim de la Luz – dijo, mientras caminaba en círculos – Y una sesión especial para revisarlos, por lo que nadie de esta sala podrá moverse – aclaró.

El presidente lo miró dudoso, con miedo.

- Señorita Noria, traiga los papeles. Están en mi oficina – ordenó. La mujer sólo asintió y salió por una puerta lateral. - ¿Por qué el interés en unos papeles con tantos años y de alguien que tiene tan alto rango? – preguntó, inquieto.

- Es nuestro padre y nos ha dado aviso de algo desagradable en ellos – respondió. Vio un lugar disponible al inicio de la primera fila de los parlamentarios. Se acercó y se sentó en la silla. Alphonse utilizó la silla del lado para sentarse igual.

- Increíble… - murmuró el presidente.

Noria entraba por la misma puerta por donde salió, con una carpeta en sus brazos, cohibida por las miradas de todos los políticos mirándole.

- Aquí están los papeles, señores – dijo Noria, mientras dejaba la carpeta en el escritorio donde estaban los hermanos. Edward abrió la carpeta y sólo había un sobre cerrado en su interior.

- Tiene tu nombre, Al – dijo Ed, mientras le daba el sobre al castaño que lo miraba incrédulo. Rompió el sello de cera que tenía y procedió a sacar la carta en su interior. La leyó meticulosamente, mientras Ed esperaba alguna reacción del menor.

- Es una orden de matrimonio autorizado – dijo Al, con los ojos como plato, mientras inconcientemente le pasaba la carta al dorado.

- ¿¡Qué?! – gritó Ed, mientras leía la carta.

Única Orden emitida por Hohenheim de la Luz: Matrimonio forzado del segundo descendiente del señor Hohenheim y Trisha Elric; Alphonse Elric. Acuerdo y pacto con el rey de Aerugo.

- ¿Qué relación hay con Aerugo? – preguntó casi gritando Ed al presidente del parlamento, trayendo la atención de todos los presentes.

- Pacto de paz mientras siempre y cuando se respete el tratado que hizo tu padre con el rey de ese país – respondió sereno el presidente.

- ¡Anulen este documento! – gritó, desesperado. Algunos murmullos se escucharon por todo el gran salón, la mayoría inaudibles.

- Depende que diga el documento señor Edward. Además, tenemos que llegar a acuerdo con el rey de Aerugo si queremos eso y evitamos una innecesaria guerra contra un gran país como ese. – Concluyó el sujeto - ¿Cuáles son las condiciones? – preguntó, incrédulo. No sabía el contenido del sobre ni nadie en 20 años pudo saberlo. Increíblemente, habían intentado romper el sello pero no fue posible. Utilizaron fuego para derretir la cera y no funcionó. Llegaron al extremo de intentar cortar un costado del sobre, pero fue inútil. ¡Lo más sorprendente es que el castaño con sólo querer romper el sello lo logró!

- ¡El bastardo ofreció a Alphonse para casarse con quien sabe quien para evitar una guerra! – Nuevamente, cólera en su voz. - ¡Debatan ahora mismo esto y yo me encargo del rey de Aerugo! – se levantó furioso de su silla, mientras tomaba el brazo de su hermano y lo llevaba hacia la salida. – Señorita Noria, establezca una llamada a Aerugo con código A01, directo al palacio real – dijo, mientras salía. La mujer sólo asintió.

- Hermano, cálmate – dijo Al, mientras estiraba su brazo disponible hacia el hombro de Edward.

- ¿Cómo quieres que me calme Al? – Respondió enojado – Ese viejo lo hizo sin preguntarnos… ¡Y para colmo estamos comprometidos! – Paró en seco, mientras sentía que un nudo se formaba en su garganta y sus ojos comenzaban a cristalizarse.

- Déjame a mí hablar con el Rey, yo soy el comprometido – dijo, mientras tomaba la mejilla del rubio. No le importaba estuvieran en medio del pasillo más transitado del parlamento de Amestris, que toda la gente les quedase viendo y se enteraran de la situación que les acongojaba.

- Pero Al… - Interrumpido por un dedo en sus labios. Un dedo nervioso, pero firme en su posición le impedía seguir su frase. Al sólo meneaba su cabeza de izquierda a derecha. Levantó su mano metálica para sacar la mano de Al de su boca – Está bien – respondió resignado. Alphonse podría llevar la situación con más calma.

- Llamada establecida señores – interrumpió Noria – Por aquí a la oficina para que puedan conversar tranquilamente – dijo, mientras se giraba para entrar a una pieza cercana.

- Ve Al, yo iré con los políticos a apresurar la cosa – Dijo Ed, mientras depositaba un beso en la mano de Al y se despedía de la mujer.

- Ten cuidado – fue la sutil respuesta de un sonrojado Al, casi inaudible.

Alphonse entró a la lujosa oficina, mientras Noria le esperaba con el teléfono en la mano. Lo tomó y le hizo una reverencia de gracias y le pidió que se retirara para conversar tranquilamente. La mujer accedió.

Llevó el auricular a su oído, mientras mascullaba algunas palabras.

- ¿Si? – habló. Escuchó un resoplido desde el otro lado. Al parecer había alguien molesto.

- El Rey de Aerugo al habla. ¿Señor Edward Elric? – preguntó, mientras Alphonse temblaba.

- No, soy Alphonse Elric – respondió – Un gusto, señor –

- ¡Oh! Alphonse, el gusto es mío. Mi hijo va en camino a Central, debe llegar hoy mismo – Alphonse sólo meditaba una palabra: "Hijo". Era un hombre, por Dios.

- Señor, disculpe… - interrumpió la charla que llevaba el rey a la cual no le había puesto atención.

- Dime hijo, ¿Algún problema? – se escuchó esa voz ronca ponerse seria.

- Creo que tenemos un problema, señor. – Dijo. No escuchó respuesta del otro lado, así que siguió – Mi padre jamás me informó de esto y yo ya estoy comprometido, incluso el Parlamento de Amestris lo autorizó –

- El trato hecho con tu padre tiene más de 20 años de antigüedad, por lo que no es fácil disolver tantos años de paz para ambos países, hijo – dijo el rey desde otro punto del planeta - ¿Quién es? – preguntó.

- Mi hermano señor, hace dos años que estamos juntos – respondió, con una ligera vergüenza en su voz – Desearía saber si hay otra posibilidad, no quiero arruinar la paz entre Amestris y Aerugo – dijo.

- Discúlpame Alphonse, pero eso lo decidirá mi hijo al llegar allá. Si te quiere a ti, será vuestro problema. Ruega porque se fije en otra persona de Amestris y sea feliz. Pueden deshacer el pacto con tu padre, pero dependerá exclusivamente de ustedes el futuro de ambas naciones – La voz ya no era amistosa. Era grave e infundía temor.

- Señor, ¿Cuánto es el plazo? – preguntó, con miedo, esperaba no hubiera término.

- Llevo 20 años esperando, ahora depende de mi hijo cuando quiera cumplir el trato – Ya no era tan severo – Por cierto, el nombre de mi hijo es Alphonse, Alphonse Heydrich (1). No te sorprendas cuando lo veas, quizás es sólo coincidencia de nombre… Aunque con tu padre nos pusimos de acuerdo –rió del otro lado – Por ahora dejo todo en sus manos. Aerugo no moverá un dedo mientras mi hijo siga sin tomar su decisión. – finalizó el hombre.

- Muchas Gracias señor – respondió Al desde su teléfono – Prometo hacer lo posible con esta situación – dijo, contento.

- Me alegro. Que tengas buen día hijo, espero seas feliz con tu hermano… O con mi hijo – dijo, mientras colgaba su teléfono y se escuchaba el característico sonido de llamada terminada; un pito desagradable.

Al colgó el teléfono y meditaba la situación. Debía encontrar la forma de 'hacer feliz' al descendiente de Aerugo si quería estar con su hermano. Pero si lo pensaba bien, cuando se entere que es un hombre del cual debe enamorarse, quizás cambie de parecer. Salió del despacho, con dirección al gran salón donde podía escuchar gritos molestos y a Edward devolver el llamado. Entró silenciosamente, avanzando hacia el puesto de Edward, sentándose a su lado. Al parecer había ignorado que él había llegado mientras seguía su alegato con otro sujeto.

- ¡Deben anular ese documento! ¡Él no tenía edad para saber que era lo que quería! – gritaba, enfrascado en su disputa.

- Hermano… - dijo Al, mientras tomaba ligeramente el traje de Ed.

- Espérame Al, aún espero a Al que traiga la respuesta… - lo miró. Alphonse sólo rió. Ed no se dio cuenta de su estúpida frase hasta que de pronto lo volvió a mirar - ¡Al! – gritó, abrazándolo. - ¿Cómo te fue? – preguntó, separándose de él. El parlamento completo volvió a un silencio sepulcral.

- Bien, podemos anular el pacto, pero depende de su hijo si hay guerra o no – respondió, mientras se paraba de su asiento y se paraba frente al presidente – Ahora es nuestro deber complacer al heredero de Aerugo, así que la orden queda nula, supongo –

- Claro, señor Alphonse – dijo el presidente, mientras se escuchaban algunos murmullos en el salón – Ya no está en nuestras manos la decisión, sino en Aerugo… Tienen ahora otra misión, así que será mejor la cumplan a la perfección – Dijo el sujeto, aun no muy convencido, pero la mirada de Al lo terminó de convencer. – Enhorabuena por su relación. Espero no tengan muchos contratiempos – Esbozó una macabra sonrisa, miró al resto del parlamento y se dirigió a los miembros - ¡Se cierra la sesión de hoy! – vociferó, mientras se paraba de su silla y se retiraba. El resto del estrado siguió su accionar, y luego todos en el gran salón salían de ahí, incluyendo a los hermanos Elric, quienes fueron directamente a la salida del edificio.

Caminaron algunos pasos en un incómodo silencio que Edward se atrevió a romper.

- ¿Cómo fue? – interrogó. El menor suspiró y le contó todo a Ed, quien tenía ligeros sobresaltos, pero no interrumpía el relato del castaño.

- Y ahora deberíamos esperar a Heydrich para aclararle la situación – finalizó el menor. Era hora de almuerzo, pero ninguno tenía apetito…

'Grr…' Equivocados. Los dos tenían hambre y sus estómagos los delataron.

- Vamos a almorzar, daré aviso en el cuartel que alguien vaya a recogerles – Se acercó a la cabina de la entrada donde estaba el mismo guardia de la mañana. Pidió teléfono prestado y llamó. Alphonse no podía evitar estar preocupado, pero tendría que hacer lo correcto si quería quedarse con su hermano y no armar una guerra entre dos grandes países.

- Vamos Al, conozco un buen lugar donde comer – dijo Ed, con una sonrisa en el rostro. Sabía que Al haría lo mejor y confiaba en que así fuera… Y si fuera necesario, se acriminaría con el heredero de Aerugo.


(1) Alphonse Heydrich: Nombre extraído de mi fuente más confiable, Wikipedia. Podría ser un error ortográfico, ya que la mayoría le conoce por Heidrich, pero no tengo el escrito oficial de BONES para el asunto. Quise incluir a este personaje para traer más problemas, y para colmo será bastante peculiar su actuación a lo largo de la historia.


Agradecería sus opiniones. Dejo el capítulo hasta aquí porque tengo que planear como sacudir Central y hacer que los Alphonse no se maten uno al otro cuando sepan que son… ¿Iguales?.

Dejad review, no les cuesta nada. Hasta pronto.