Capítulo 9 – Vorágine.

Oh sí. Una vorágine, un desenfreno. Lean bajo su propio riego. Aunque sigue siendo categoría T.

Agradezco todos vuestros comentarios. El que más me dolió fue el de "Uno de los pocos chicos que escribe Yaoi"… Incluyan a Silver Little Wolf! Excelente autor, por cierto. Recomendado.

Disclaimer: Hagane no Renkinjutsushi (Fullmetal Alchemist) no me pertenece. Y todo el resto ya se lo saben.


Domingo.

Los sucesos que acontecieron la pasada larga semana harían que la historia fuese demasiado extensa, por lo cual se resumirá en no más de muchísimas líneas.

Racconto.

Martes.

El martes fue un día muy extraño. Una ola de gente llenó la escuela de bullicio, además de tener dos profesores nuevos para extrañas asignaturas, el curso de las clases siguió normal.

Gilgamesh tenía serios problemas para relacionarse, ya que el noventa y nuevo por ciento de su clase babeaba, alucinando con fantasías muy extravagantes, mientras trataba de explicar su clase de geometría. Fue un verdadero reto para él. Al final decidió ponerse la chamarra, escuchar algunas pifias y alegatos pero cumplió con su labor. Su nuevo empleo era genial, además de darle una buena remuneración que le ayudaba con dinero para gastos personales.

Heydrich, por su parte, tenía serios problemas explicando su nuevo ramo. Su ciencia era completamente desconocida en ese país, por lo que sus fundamentos científicos eran constantemente refutados por la ley de intercambio equivalente de la alquimia. Un verdadero desastre hubo cuando explicó los fenómenos de la luz y el sonido. Constantes batallas y debates tuvo que soportar, además de una crisis de su enfermedad controlada rápidamente por sus pastillas. El cosquilleo en su garganta era una verdadera alarma, muy efectiva.

Alphonse, en cambio, tenía constantes pleitos y preguntas referentes a su "homólogo" príncipe. Sus clases seguían un rumbo normal, mientras trataba de mantenerse al corriente con sus asignaturas. Aunque fuese profesor, su corta edad le obligaba a estudiar las otras materias y su sentido de la responsabilidad era superior. Representaba fácil unos trece o catorce años, aunque tuviera 18 realmente. Era una verdadera pena su desarrollo, aunque su cerebro ya había liberado todas las hormonas para su edad, por lo que sólo su inocencia y aspecto de niño le quedaban. En otro sentido, era bastante desarrollado.

El dorado, Edward, tenía un día tranquilo. Mustang no había echo su aparición luego del pequeño incidente con el príncipe. Solía revisar algunos papeles e informes, cuando recordó algo sumamente importante que debía hacer año a año y por culpa de la misión había olvidado por completo: El examen de alquimista estatal.

- Demonios… Lo olvidé. Y hay plazo hasta el viernes… ¡Y Alphonse tampoco lo ha hecho! – exclamó, algo preocupado. Su cara era un puzzle y demostraba cierta pereza ante el pensamiento.

Se encaminó hacia la biblioteca, donde sacaría algunos libros para realizar un reporte no muy extenso. Con algo de suerte, quizás ayudaría a Alphonse con eso.

Por la tarde del mismo día, luego del almuerzo, los hermanos Elric se juntaron para charlar sobre la responsabilidad que ahora le acaecía. Fue bastante molesto escucharlos discutir, pero quien viese sus rostros podía reírse durante el resto del año de ellos.

- ¡No pienso darles esa información! – Gritaba Edward, mientras seguía caminando por el gran campo de fútbol del colegio – Imagínate que podrían hacer con ella Al – refutaba, con los pómulos hinchados. Parecía un verdadero berrinche del rubio.

- Algún día se enterarán hermano, será mejor si enseñamos a darle un buen uso desde el momento correcto – explicaba el castaño. Su cara mostraba cierta preocupación, pero parecía decidido en hacerlo.

- Los efectos secundarios no están definidos Al, con suerte podemos definir el estado en el que entré hace dos años - suspiró, cansado – Además, la única forma de contrarrestar los efectos es con… - no pudo terminar su frase. Alphonse le había abrazado con fuerza.

- No lo digas… Aunque hay otra medicina que conocemos muy bien… - murmuró, mientras ambos se sentaban bajo un árbol. Se sacaron sus gabardinas para estar más cómodos. Alphonse dejó la suya en una rama del árbol, mientras Ed dejaba la suya por el suelo simplemente.

- La piedra… Pero con Marcoh se las quitamos a todos los homúnculos, ¿Recuerdas? –

- Eso no implica que alguna persona se interesase por hacerla… Sabes que es muy codiciada al igual que tu alquimia, Ed – respondió el oji-plata, mientras se acomodaba su espalda en el tronco del viejo y frondoso árbol. Ed repitió la acción, pero dejó su cabeza en el hombro de Al, con los párpados cerrados, olfateando el aroma que desprendía el castaño desde su cuello.

Ambos utilizaban sus trajes de alquimistas, como era de costumbre. El rubio parecía bastante cansado, mientras que Al miraba sin rumbo alguno el cielo despejado. El nuevo corte de pelo de Al le daba aires de mayor, representando unos 16 o 17 años. Edward tenía amarrado su cabello en forma de trenza y los broches de sus botas sueltos.

El viento soplaba y se introducía entre los cabellos de ambos hermanos, acariciando algunos mechones, dando un aire de inmaculada tranquilidad. De pronto, todo se vino abajo por culpa de unas pisadas que se sentían a lo lejos, corriendo rápidamente hacia ellos. Al miraba con los ojos entrecerrados la silueta que se acercaba, tratando de distinguir de quien se trataba. Ed estaba muy tranquilo en la misma posición, por lo que no se inmutó ni abrió los ojos para saber de quien se tratase. Era uno de los pocos momentos durante el día en que podía disfrutar de su hermano sin ser vistos extrañadamente.

- Es Loth – pudo distinguir Al, cuando vio el característico pelo púrpura de su pupilo – Y no viene con Van, lo cual es raro – comentó, a sabiendas que Ed lo escuchaba.

- Debe venir a dar algún aviso, o a saludar. Recuerda que ayer no los vimos – Ed seguía en su posición, moviendo suavemente los labios para hablar, dando ligeros roces en el cuello del castaño, provocándole uno que otro escalofrío que le recorría la médula.

- ¡Maestros! – exclamó el pequeño, mientras llevaba sus manos a las rodillas, doblándose, por el cansancio que le provocó el trote rápido. Jadeaba levemente, recuperando un poco el aliento. Alphonse sólo lo miraba preocupado, mientras Ed abría un ojo para mirarlo por el rabillo. – Deben venir al auditorio, es urgente – comentó, aún cansado, pero lo suficientemente tranquilo para conversar bien.

- ¿Qué sucede Loth? – preguntó Ed, mientras se incorporaba de su posición, acomodándose en el tronco del árbol, estirando sus brazos hacia arriba.

- ¡Vengan rápido! No puedo explicarles – respondió, mientras volvía a correr en dirección al salón magno, dejando a los hermanos con una gran interrogante.

Ed se puso de pie, mientras extendía su mano para ayudar a Al. Tomaron sus capas y comenzaron a caminar rápidamente por el mismo sendero que tomó su pupilo. Iban sumidos cada uno en sus pensamientos, pensando lo peor. Sus enemigos atentaron contra la vida de un estudiante, o algún accidente con la alquimia que estaban enseñando, o quien sabe que cosa. El nerviosismo aumentaba en ambos, haciendo que sudaran ligeramente por los costados de sus rostros. Tan confundidos estaban en sus pensamientos que no dieron importancia a la ligera resonancia que daban sus anillos mientras más se acercaban.

Faltaba poco para que llegaran a su destino. Loth ya había entrado hacía escasos minutos. Ralentizaron el paso al no sentir ruidos del interior del edificio. Extrañados, entraron lentamente, preparados y en guardia. El auditorio estaba completamente sombrío. Ninguna luz iluminaba ni el más mínimo rincón de toda la gran habitación, dándole un aspecto tétrico.

- ¡No por favor! – exclamaba cierta voz conocida para ellos. Se adentraron más en el salón, bajando por las escaleras. El escenario del auditorio estaba tapado con el gran telón de ceremonias. El grito desgarrador provino desde atrás de la cortina.

- Lo siento señor. No podemos permitir el uso de estas en la ciudad – decía Mustang. Algo malo sucedía y parecía estar detrás de todo.

Los Elric subieron despacio por las escaleras laterales, logrando ver que sucedía. Mustang apresaba a Gilgamesh contra la muralla, mientras unos militares encerraban en enormes cajas lo que parecían diversas armas.

- ¿Qué sucede aquí, General? – preguntó Al. No soportaba ver a sus invitados acorralados ni menos siendo tan vulnerables. La personalidad de Gilgamesh le impedía ser agresivo sin la orden directa de su príncipe, lo cual le hacía presa fácil de cualquier persona con carácter dominante.

- Hermanos de acero, un placer verlos aquí – respondió, con una sonrisa cínica pegada al rostro, mientras seguía sujetando las muñecas del guardia imperial. – Enviando estas peligrosas armas a una fundición militar para ser destruidas – explicó. Los oficiales cerraban las cajas con enormes candados y entregaban las llaves al azabache.

- Por favor… Son armas imperiales… No pueden destruirlas o me culparán por todo – suplicaba el castaño oscuro, con el rostro demacrado, observando las cajas que guardaban todo el arsenal que tenía.

- Mustang, suéltalo – Ed parecía furioso. El general sólo obedeció, haciendo que Gilgamesh cayera al suelo, auxiliado por Al. – Lleven las armas a mi casa, oficiales – ordenó a los militares, quienes miraban dudosos la orden el pequeño alquimista.

- Fullmetal, no pueden acatar esa orden – interpuso el Brigadier, amenazando con una fulminante mirada al rubio – Debes aprender a controlar tus órdenes – explicó, con cierto aire de desdén.

- No puedes desobedecer mis órdenes, Mustang. Te costaría muy caro hacerlo – amenazó, mientras comenzaba a caminar.

Su furia era inexplicable. Era como si tocasen a Al, como si jugasen con sus sentimientos, como arrebatarle la vida. No podía permitir que dañaran los sentimientos de otra persona en su presencia mientras él pudiera evitarlo. Con cada paso que daba, la tierra bajo el escenario se estremecía, como si fuese a transmutar en cualquier momento.

Roy sólo atinó a ponerse los guantes lentamente. Estaba dispuesto a demostrarle a Edward de que era capaz si le desafiaban y le desautorizaban una y otra vez. Puso su mano derecha con dirección al dorado, juntando sus dedos listos para ser chasqueados en el segundo más apropiado.

Y con un último paso, el suelo cedió ante la voluntad enervante de Ed, vibrando amenazadoramente, encerrando a Mustang en lo que parecía una caja de concreto, rodeándole completamente. La sorpresa de éste fue tal que no tuvo oportunidad de arrancar o evitar el accionar del alquimista.

Alphonse observaba sorprendido la escena. En cambio, Gilgamesh estaba con la mirada perdida en algún punto del suelo, aferrado al cuerpo de Al en una abrazo consolador. El oji-plata era el único que podía entender que sucedía; Edward llevaba su alquimia al mismo punto que podía hacerlo su padre. Sin golpear sus manos, sólo con el deseo de usar la alquimia con alguna extremidad de su cuerpo.

Edward no estaba menos sorprendido con lo que pudo hacer, pero algo no encajaba en todo eso que sucedía. Mustang no se comportaba así, ni menos tan grosero y arrogante. Si bien recordaba, esa actitud había sido dejada a un lado para seguir ascendiendo. Además, faltaba Riza en todo el asunto.

- ¿Quién eres? – preguntó, alzando la voz para sonar más convincente en sus palabras.

- Al fin te das cuenta, estúpido enano – Una voz distinta a la de Roy podía escucharse a través de las murallas que rodeaban ahora a ese enemigo tan particular que pudieron reconocer con sólo oírle.

- ¡Envy! (1) – exclamó asustado el castaño. Se suponía los homúnculos fueron destruidos… O al menos, eso pensó.

- Muy bien, mocoso – La muralla crujía y se destrozaba en pedazos, dejando ver ese característico pelo palmera que poseía. Sus afilados ojos podían ver odio y resentimiento hacia los Elric, quienes fueron los que lograron apresar a todos los pecados sueltos por el país.

- Es… Imposible – musitó el dorado, sorprendido. No tenía sentido que ellos pudieran revivir de la nada. Él mismo se encargó con Marcoh de quitarles la piedra filosofal incompleta que tenían en sus incompletos cuerpos.

- Debo agradecerles a los dos por ayudarnos a resucitar… No sólo a mí, al resto también. – sonrió, complacido, con la mueca torcida en su rostro de serpiente. – Es muy útil absorber su energía del suelo y más cuando la liberan en grandes cantidades como hicieron hace unos días – La risa sarcástica, fría y ensordecedora llenaba el ambiente del auditorio. – Sólo no podré con tantos como ustedes, pero volveré a verles con algunos refuerzos, queridos hermanos… ¡Y ese será su fin! – exclamó, mientras saltaba con gran impulso hacia el techo, golpeándolo con su puño derecho, creando un orificio del cual pudo escapar de la situación.


Una reunión se llevaba a cabo en el cuartel general, en Central. Los Generales de todos los sectores, a excepción de los Brigadieres y la General del Norte se encontraban discutiendo arduamente, hasta que el Führer tomó la palabra y un silencio reinó en toda la habitación.

- Señores, la situación es complicada – anunció, serio – Inteligencia ha informado, como pueden ver en sus carpetas, la aparición de los homúnculos que creíamos destruidos – Tomó aire para proseguir en sus palabras. Estaba agotado – Nuestras tropas están sitiadas protegiendo la frontera Sur. Nuestra única solución a todo este asunto es darle el trabajo a él – enfatizó su ultima palabra, acongojado. No quería volver a pedir la ayuda de ese soldado.

- Señor… El único que puede controlarle está desaparecido hace años – explicó el General del Este – Dudo sus hijos puedan hacer algo -.

- Debemos confiar en los hermano de Acero… Ya no nos quedan recursos – suspiró resignado. Hohenheim había sido el último en apresarlo y ahora tenía paradero desconocido – Por el bien de Amestris, ruego acepten la petición – finalizó, dejando caer su peso en la cómoda silla.

Algunos murmullos se escucharon por la habitación, hasta que finalmente le dieron el visto bueno a la solicitud. El Divino Alquimista sería liberado.


Edward yacía sentado sobre el sillón frente a la chimenea prendida, acompañado de Alphonse. Las clases en la tarde fueron suspendidas por los alquimistas luego de la aparición del homúnculo, por miedo a que aparecieron los otros. Tendrían que reforzar el perímetro de la escuela para prevenir nuevos ataques.

Gilgamesh fue llevado hasta la recámara de los Elric. Se encontraba durmiendo en la cama más pequeña. El shock lo sumergió en un estado de angustia y depresión que con un descanso podría salir de él. Le contaron a Heydrich de lo sucedido en el auditorio, quien sólo exclamó blasfemias e insultos en una extraña lengua. Pidió enviar las armas a un almacén que él arrendaría para evitarse más problemas con los militares. Su rostro demostraba cierta preocupación por su subordinado más leal y cercano. Era como su hermano desde muy pequeño, pero fueron criados de manera muy distinta.

- Lo estuve pensando Al…- irrumpió Ed el silencio de la sala – Haremos de eso los informes – puntualizó. Abrazó fuertemente a su hermano, atrayéndolo un poco hacia él.

- Será lo mejor Ed. Será una larga tarea – Al se acurrucó suavemente en el pecho del dorado, sintiendo por sobre las ropas las partes de metal del mayor que sobresalían levemente de la ajustada camiseta. Aun no podía respirar profundamente el suave olor que emanaba Ed ya que su pecho seguía punzándole de vez en cuando, amenazando con provocarle otra crisis en cualquier momento.

- Disculpen mi interrupción – Heydrich estaba apoyado a un lado del marco de la puerta, de brazos cruzado y algo molesto - ¿Haces tu la cena Al o la preparo yo? – preguntó seguro de si mismo.

- N-No te preocupes… Yo la preparo – contestó rápidamente el castaño, incorporándose del mullido sillón.

- Es que quería prepararle algo a Gilga para que se recuperara… Conozco sus gustos – comentó, mientras trataba de detener al Elric menor – Déjame a mi esta noche, ¿Te parece? – inquirió tímido, una faceta bastante extraña en el altanero carácter que mostraba siempre.

- Pues claro, adelante – sonrió alegre el oji-plata. Entendía la preocupación del príncipe por su acompañante, más que mal era la única persona en la que confiaba en un país ajeno a sus costumbres. El rubio le sonrió y asintió levemente, mientras se daba la vuelta y se dirigía a la cocina. Un suave abrazo sacó a Al de sus pensamientos, viendo de reojo la dorada cabellera que se dejaba caer por su hombro derecho, sintiendo una ligera respiración en tu cuello.

- Espero no nos envenene – dijo Ed, mientras daba ligeros besos en el cuello de Al, sacándole uno que otro suspiro ahogado.

- No creo… - murmuró agitado, sucumbiendo ante ligeros escalofríos que le recorrían la médula – Será mejor ponernos a trabajar en los informes ya que… ¡Ed! – exclamó rápidamente, interrumpiendo sus palabras. Una mano traviesa amenazaba con introducirse en su pantalón en busca de algo más, pero la sujetó rápidamente, mientras se giraba para quedar frente al dorado – A trabajar o no terminaremos todo para el viernes – explicó molesto y sonrojado, a la vez que daba un asfixiante beso a su pareja, iniciando una frenética guerra de lenguas en la cavidad bucal del menor quien perdía terreno rápidamente ante la experiencia de Edward de llevar el control.

- Suficiente –. Edward había cortado el contacto entre ambos, dejando a Al con ganas de más – Aún estás recuperándote y no quiero tengas un ataque – explicó, mientras se acercaba al escritorio y ponía una silla junto a la de él – Ven, manos a la obra – invitó, guiñándole un ojo al castaño, quien se acercaba a la silla ofrecida y sacaba unas plumas y papel del cajón del escritorio.

Llevaban una hora trabajando arduamente en sus informes. Concentrados, con suerte habían respondido a Heydrich algunas preguntas sobre donde encontrar ciertos condimentos en la cocina. Eran pocos los libros que usaban, pero Edward tenía un montón de escritos de los cuales había muchísima información decodificada sobre su rara alquimia. No se percataron de que alguien llamaba a la puerta, a lo que Heydrich salió de la cocina para recibir al huésped que de seguro visitaría a los Elric.

- Yo voy… No se molesten – anunció el rubio, mientras habría la puerta – Buenas No…- no alcanzó a finalizar su frase. El ser más bello que había visto en su vida estaba frente a él, quedando ensimismado. – ches… - finalizó, mientras salía de la puerta e invitaba al invitado a pasar, sin decirle más palabras.

- Ho-Hola… - deliciosa armonía de voz – Vengo a… dejarte un encargo de mi hermano, Al – decía tartamudo y sonrojado, mientras extendía una bolsa con lo que parecía tierra en su interior y agachaba la cabeza, escondiendo sus ojos con unos mechones de su frente.

- No deberías esconder esos ojos – dijo el rubio, mientras levantaba con una mano en la frente el rostro del invitado, mientras sonreía amistosamente – Así te ves mejor –. Recibió la bolsa cariñosamente, dando un ligero roce a las manos de quien tenía frente a él – Debe ser para Alphonse supongo… Debe estar en el salón con Edward. Pase, yo pondré esto en la cocina – comentó, mientras llevaba de la mano a su anonadado acompañante al salón principal. – Tienen visitas, hermanos Elric – interrumpió con voz ronca, para que los susodichos salieran del trance, lográndolo.

- ¡Oh! – exclamó Al – Fletcher… Pasa, nos pillaste trabajando… ¿Qué te trae por aquí? – preguntó animosamente, mientras ofrecía asiento en el sofá al rubio.

- Este… Russel me dijo que les trajera tierra fresca para la planta, así crece mejor – explicó, mientras veía hacia donde había desaparecido Heydrich con el encargo – Esa persona se llevó la tierra… -

- Oh, el es Alphonse Heydrich – rápidamente Edward se incorporaba del asiento para sentarse junto a Al en el sofá. No le agradaba la presencia del rubio ni menos cuando hablaba tan amistosamente con SU hermano – Será profesor de física en la escuela – completó.

- Interesante… - murmuró – Se parece mucho a ti Al – dijo rápidamente, mientras agachaba un poco el rostro para ocultar su notable sonrojo.

- Pues… es mera coincidencia nada más. Sólo te advierto que tengas cuidado Flet… Tiene un temperamento muy difícil – murmuró el menor al rubio, para que Heydrich no escuchara el comentario por si espiaba la conversación.

- Te dije que no ocultaras tus ojos – interrumpió Heydrich con voz serena – Está lista la cena, espero te quedes – concluyó, mientras dejaba a unos Elric confundidos y a un Tringham rojo como tomate.

- Iré a ver si Gilgamesh despierta – anunció rápido Edward, mientras Al y Fletcher iban hacia la cocina guiados por un suave aroma.

- No encontré las mismas especias que hay en Aerugo, pero he tratado de que queden similares – explicaba el rubio mientras servía unos platos en la mesa. Llevaba un delantal azul, por lo cual se veía demasiado gracioso y apretado a la cintura. – Recuerden comerlo caliente, o pierde su gusto – finalizó, tomando asiento a un lado de Fletcher, quedando entre ambos Alphonse.

- Buenas noches príncipe, buenas noches señor Alphonse – saludaba Gilgamesh con una pequeña reverencia. Tenía una cara de cansado que nadie podía quitársela, pero prefería acompañar a todos en la cena en vista que Edward le insistió a que bajara porque Heydrich la había preparado. – Buenas noches… Esto… - Gilgamesh quería saludar a Fletcher, pero no sabía su nombre.

- Fletcher, Fletcher Tringham – dijo el rubio, algo nervioso, alzando una mano para extendérsela al castaño oscuro – Un gusto – sonrió, para gran disgusto del príncipe.

Gilgamesh parecía dudoso. Había notado la mueca de disgusto de su príncipe, aunque desapareció rápidamente. Decidió sólo hacer una reverencia mientras tomaba asiento junto a Edward.

- ¡Está delicioso! – Fletcher probaba bocado de su plato, mientras sus ojos se iluminaban con un brillo especial – Deben decirme como prepararlo – suplicó, mirando al cocinero.

- Es receta secreta – respondió a secas, pero se arrepintió de sus palabras al ver como esos ojos perdían su brillo – Aunque no me molestaría enseñarte como prepararlo – agregó raudo, recuperando de inmediato la atención del menor.

- Gra-gracias – tartamudeó, al escuchar el cambio de opinión del chef - ¿Puedo preguntarte algo? – agregó, mientras el resto sólo comía en silencio y algo cómplices.

- Claro, lo que desees – Heydrich comía otro bocado con gestos muy sutiles y refinados, de forma muy inconciente. No dejaba de mirar al pequeño rubio a su lado, ya fuera de frente o de reojo. Le encantaba ese leve tinte color vino en las mejillas del otro.

- ¿Por qué te dijo príncipe? – su pregunta era demasiado evidente y muy inocente para gusto de todos. Bien podía tener la misma edad corporal de Alphonse, pero en realidad era un niño por dentro.

- Pues… - dudaba en decirle la verdad al pequeño, por miedo a que le tomara respeto y no cariño como buscaba – Le gané una apuesta y debe hacer lo que le digo, así que me dice príncipe como respeto – mintió. En realidad, no todo era mentira, pero no era una apuesta lo que hacía que Gilgamesh le obedeciera. – Pero no te preocupes, ahora Gilgamesh no me dirá más así, ¿Cierto? – preguntó rápidamente, mirando convencido al castaño que sólo sudaba nervioso, mientras asentía veloz.

- Ya veo… - murmuró, acabando con lo ultimo que quedaba de comida en su plato. Lo quedó mirando un buen rato, dándose cuenta que quería probar un poco más.

Heydrich notó la mirada suplicante del Tringham en el plato, por lo que le dio la mitad del suyo, sorprendiéndolo por la acción.

- No preparé mucho, pero yo no tengo mucha hambre – sonrió, amistoso, aclarándole la situación. – No te preocupes, no toqué esa parte – concluyó, mientras el rubio le miraba confundido.

- No tenías porque… - musitó suave – Pero ya debo irme… Mi hermano debe estar esperándome – se excusó, mientras se ponía de pie – Gracias por la comida – y emprendió su viaje hacia la salida, maldiciéndose mentalmente por su estupidez de sentirse abrumado por el joven tan amable que le daba el cariño que buscaba.

- Iré con él, es muy tarde y ya es de noche –. Heydrich se paró rápidamente de la mesa – No me sigas Gilga, estaré bien – ordenó rápidamente. Tomó su abrigo desde el perchero de la cocina y salió detrás el niño que le había cautivado desde el momento en que lo vio en esa puerta.

Salió apresurado de la casa para alcanzar a Fletcher. Miró en ambas direcciones de la calle para tratar de averiguar hacia donde se fue, hasta que divisó a lo lejos una cabellera rubia meneándose con el aire nocturno. Corrió rápidamente hacia el niño, tomándole del hombro cuando lo tuvo al alcance.

- ¡Aaah! – exclamó asustado el ensimismado Fletcher. Estaba tan sumido en sus pensamientos que no notó la presencia del rubio mayor que venía corriendo.

- Me asustaste, señor Alphonse – se disculpó por su grito.

- Discúlpame tu, no debí asustarte así – sonrió, jadeando por el trote que había hecho – Será mejor que te acompañe, es muy tarde para que un niño ande solo por las calles – agregó amable, pero el rubio menor lo veía algo molesto.

- No me gusta me traten como un niño – bufó molesto – Prefiero irme solo si es por eso que me acompañas – y comenzó su caminata de vuelta a su casa, a paso rápido. Iba a correr, pero una mano sujetándole la muñera derecha le detuvo.

- No fue mi intención, sólo quería acompañarte para charlar – Ni él mismo Heydrich recordaba cuando había sido la última vez que se había disculpado tantas veces en menos de media hora. Pero por alguna extraña razón, no quería mostrarse ante el niño como alguien altanero, sino como la persona que siempre había querido ser.

- Está bien, vamos… Te disculpo – sonrió el rubio, mirando fijamente al rubio tan parecido al Alphonse del que se había fijado. Extrañamente, se sentía a gusto con el joven que le acompañaba a su casa. Le gustaba sentir ese calor que le otorgaba el abrazo fuerte que le daba al brazo izquierdo de Heydrich, de forma inconciente. Aún le tenía mucho respeto a la noche y los trayectos oscuros, pero se sentía seguro al lado de quien le acompañaba.

De pronto, un ruido proveniente de un callejón le hizo saltar de miedo, abrazando del costado al príncipe. Un gato había botado un bote de basura buscando un poco de comida. Sintió unos brazos que le rodeaban la espalda y una mirada fija en su nuca.

- Descuida, no te pasará nada malo – le decían al oído, de manera que le hacía cosquillas. Los brazos que le rodeaban ahora uno le envolvía por los hombros, siguiendo el trayecto apegado y sonrojado al muchacho. No recordaba la última vez que se sentía tan protegido y a la vez tan vulnerable como esa noche.

- Llegamos ya – interrumpió Flet, mientras detenía su paso frente a una pequeña casa que tenía la luz de una ventana encendida – Mi hermano me espera en el salón, debe estar trabajando en su informe – explicó, mientras se separaba un poco de Heydrich. – Gracias por acompañarme, Heyd – dijo, mientras le dedicaba un fuerte abrazo y una sonrisa al mayor.

- No hay de que… espero mañana verte en la escuela – añadió, mientras revolvía el cabello sedoso del pequeño.

- Claro, espero estar en tu clase – sonrió alegre – Me voy ya… Cuídate – y Fletcher se soltaba del agarre para adentrarse rápidamente en la casa, dejando a Heydrich pensativo en la misma posición donde se despidió. Logró divisar por la ventana con luz como Fletcher le saludaba por última vez, antes de cerrar la cortina lentamente.

Heydrich dio media vuelta, contento. Iba a empezar su trayecto, pero había olvidado que no recordaba el camino de vuelta por estar tan pensativo en el pequeño rubio que le iba abrazando.

- Vamos a casa, supuse no ibas a recordar el camino – Alphonse Elric aparecía unos metros más lejos, cubierto por su gabardina azul, oculto entre algunas sombras. – No observé nada, llegué recomponiéndome – se apresuró a decir, al ver las cejas del rubio arquearse de manera negativa.

- Es útil vuestra técnica parece… - fue lo único que atinó a decir. El trayecto con Alphonse parecía eterno y sin charlas era peor. Quizás el castaño esperaba que el príncipe hablara, pero su orgullo había vuelto al dejar al niño en casa, sano y salvo.

- Debo suponer que sólo Fletcher ha logrado verte tan alegre y cordial… Así como eres realmente – empezó el castaño – Me alegro que te agrade su compañía… Así quizás se olvida de mí… - murmuró, lo suficientemente audible para Heydrich.

- ¿De ti? ¿Acaso ese niño?... – se apresuró a hablar, pero se detuvo. Por eso el niño era tan amable con él… Porque se parecía a Alphonse Elric, de quien había estado interesado desde antes. – Así que por eso era tan amable… - suspiró resignado. Había pensado que podría encontrar a alguien en Amestris y creyó demasiado pronto que lo había encontrado.

- No príncipe, no piense así… Fletcher no podría hacerlo por eso y estoy seguro que él se lo demostró con pequeñas acciones durante su trayecto a casa… Él no querría usted pensara así ni menos hacerle daño –.

Y ahí fue cuando recordó algo. El niño se había despedido de él como "Heyd", no como Alphonse, además de decirle que quería estar en su clase, invitándolo a verse de nuevo.

- Tienes razón… Es un niño muy noble – sonrió complacido. Si había encontrado a alguien.

- ¿Por qué no le dices que eres el príncipe de Aerugo? – inquirió Al, para intentar comprender la actitud de su homólogo.

- No quiero me vea como señor o príncipe… Es más, ni como profesor me gustaría – respondió, calmadamente. Tendría que hablar también con Gilgamesh sobre eso – Y nada de esto a mi padre, por favor –

- Claro… Tú eres el que informa, no yo – afirmó divertido Alphonse. Ya habían llegado a casa y estaban en la reja del antejardín.

- ¿Qué edad tiene Fletcher? – preguntó, antes de entrar a la casa.

- Quince – respondió a secas el castaño, mientras abría la puerta con sus llaves. Dio por zanjada la conversación, ya que Heydrich había cambiado su semblante a uno más serio. – Si me disculpas, vuelvo con Ed a hacer nuestros informes – se sacó la gabardina y la dejó colgada en el perchero de la entrada, junto a la roja de Ed y la chamarra de los huéspedes.

El joven príncipe y su guardia personal sostuvieron una corta charla, en la que le explicaba sobre lo de decirle "príncipe" frente al niño o darle cualquier indicio sobre su estatus social, lo cual le prohibía tajantemente hacer. Tampoco podría informarle al rey sobre esto, ya que aun no quería dar ninguna información relevante. Gilgamesh asintió a cada una de las peticiones, sin rechistar. Entendía los motivos de su príncipe, aunque algunas cosas no las avalaba, tendría que acatar.

Los hermanos Elric trabajaron algunas horas más, mientras el castaño oscuro les hacía compañía leyendo un libro en el sofá del salón. Iban a caer rendidos al sueño, así que decidieron dejar su trabajo para el próximo día. Se despidieron del huésped que aún rechazaba la idea de dormir en el mismo piso que el príncipe, así que se acomodó con algunas colchas y una almohada para dormir en el sofá en el que estuvo sentado, mientras los otros dos llegaron a acomodarse en su cama "king size".


Este es el primer día de la larga semana que pasará ahora. Todos son parte de "Vorágine", aspa que cambiará su título por el día que corresponda. Al final del capítulo que corresponda al sábado, irán las aclaraciones del (1), (2) y así.

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