Miércoles.

Extrañamente, esa mañana fue muy distinta a cualquier otra. Había mucho ajetreo en toda la casa, especialmente por parte del príncipe. Estaba muy emocionado por llegar luego a la escuela y saber donde tendría sus clases, por lo que dio vuelta su armario buscando algo que le gustase y no se viera mal. Finalmente, Alphonse le dio la respuesta y decidió vestirlo casual, con un poco de las ropas finas del príncipe y algunos toques de ciertas prendas del castaño. Finalmente, una fina camisa con ligeros adornos azules y negros le vestían, en conjunto con unos pantalones beige, unos refinados y cómodos zapatos, y la infaltable chamarra verdosa que le había prestado Al la primera vez y que le había gustado muchísimo.

Finalmente, luego de esa maratónica tarea, tomaron un desayuno ligero preparado por Gilgamesh, quien cometió el error de darle leche a Edward, mezclado con su café. El resultado: Edward de mal humor al enterarse. Lo extraño es que se lo tomó casi de inmediato porque le gustó la mezcla, lo malo es que el oji-plata le reveló el secreto inconscientemente al decir lo bueno que estaba la mezcla.

Llegaron a la escuela con algunos minutos extras, por lo que se dedicaron a recibir a sus alumnos en la entrada del colegio, idea del príncipe. Todos sospechaban de sus intenciones, pero nadie se atrevía a decirle algo porque era lo mejor para él.

Luego de una corta espera, logró divisar a quien esperaba. Lo malo es que iba acompañado por lo que él tenía entendido, su hermano y maestro de alquimia, Russel. Lo miró un rato con odio al ver como Fletcher se escondía más y más en el cuello de la chaqueta, ocultando los ojos bajo sus cabellos de enfrente. Le había dicho ya que no lo hiciera, quizás tendría que repetírselo de manera más persuasiva.

Su enfado no pasó desapercibido para el guardia, quien tuvo una idea para que su príncipe pudiese hablar con el rubio menor. Sabía que Heydrich no intentaría buscarle conversación a Fletcher mientras Russel le acompañara.

- ¡Señor Russel! – exclamó Gilgamesh, sorprendiendo al príncipe de manera colosal - ¿Puedo hablar con usted? Es sobre un plan para la tarde de hoy – se apresuró a decir, mientras se acercaba hacia la pareja de hermanos – Buenos días Fletcher-san – se apresuró a decir, sonriéndole ligeramente.

- Claro colega, no tengo problemas – respondió cortés el Tringham – Cuídate Flet, te veré en el receso si puedo – se despidió de su hermano revolviéndole el pelo. Se alejó de ahí rápido con Gilgamesh, conversando sobre un entrenamiento especial que pretendía darles a los chicos, pero con ciertas dificultades 'naturales' donde él podía ayudarle con alquimia.

- Te he dicho que no escondas tus ojos, Flet – El rubio pálido regañaba al menor, levantándole por la barbilla el rostro al menor – Buen día – sonrió, cerrando los párpados, de manera feliz, saludando cálidamente al otro.

- Buenos días – respondió animoso, mirando fijamente los ojos del mayor – Esto… ¿Tengo que decirle profesor ahora? – preguntó inocente. No sabía como dirigirse al mayor estando en la escuela… Y fuera de ella.

- Dime Heyd. Ya sea aquí en la escuela, en el salón, delante de quien sea o en la calle, no me trates de usted, jamás… ¿Me lo prometes? – inquirió, esperando la respuesta del Tringham.

- Está bien, te lo prometo – asintió serio, firme y decidido. Había podido entablar una buena relación con el príncipe sin saber realmente quién era. No le interesaba saberlo tampoco… Él le contaría a su tiempo su historia.

- Ven, vamos… Ya casi es hora de entrar y quiero saber donde tienes clases, para ver si nos toca juntos o no – comentó Heydrich, mientras abrazaba suavemente por los hombros a Fletcher, dejando caer su mano a un lado de éste. – Me toca hacer clases en el aula 5, sector B3 del edificio – explicó, viendo si al pequeño le tocaba ahí.

- ¡Genial! – exclamó Fletcher, abrazando al mayor – Tendremos clases contigo hoy -. No se podría describir la felicidad de Fletcher en ese momento al saber que le tocaría una clase de física con el rubio que le acompañaba, ni el rostro tan complacido de Alphonse Heydrich al sentir ese fuerte abrazo por parte del rubio menor.

Edward y Alphonse, en cambio, miraban satisfechos a los otros dos. Dependían única y exclusivamente de Fletcher para que el heredero de Aerugo evitara una guerra en la frontera Sur de Amestris.

- Será mejor irnos a nuestras clases… Ya casi es hora – dicho esto, el timbre sonó. Alphonse siempre era muy exacto en sus mediciones de tiempo en la escuela. Se adentró en ella junto con Edward, despidiéndose en un pasillo muy concurrido por los alumnos con un abrazo de su hermano. No podía ser de otra manera o serían muy evidentes.

- Vamos, si están comprometidos, deberían demostrarlo – les dijo Loth, quien pasaba por ahí para dirigirse a su salón – Nos vemos maestros… Llegaré tarde – se despidió el púrpura, dejando a los hermanos algo confundidos. No recordaban haberle comentado nada a sus pupilos, pero cayeron en cuenta cuando vieron que sus anillos estaban en sus manos delatándoles. Rieron nerviosos, entrelazando sus dedos fugazmente para separarse e irse rápidamente a sus salones.

Mientras tanto, en la sala 5, del sector este de la escuela, el B3, Heydrich comenzaba su clase. Todos miraron extrañados al profesor nuevo que había entrado muy abrazado de Fletcher y que no conocían hasta el momento.

- Bueno chicos… Soy Alphonse Heydrich, su nuevo profesor de física, una ciencia de mi país natal, Aerugo – explicó, sonsacando varias exclamaciones, especialmente la de Fletcher. Se había olvidado por completo de ese detalle, del cual se arrepintió en el acto. - ¿Alguna consulta? – preguntó rápidamente, tratando de evitar el tema que había lanzado.

- ¿Es familiar del maestro Alphonse Elric? – Preguntó tímido un chico del salón – Se parecen mucho, señor –

- Pues la verdad no, sólo tenemos coincidencia de nombre… Nuestra apariencia, asumo, es mera casualidad también – contestó.

- ¿Y de Fletcher? – preguntó otro alumno por ahí.

Heydrich no pudo evitar sonrojarse ligeramente, pero no los escondería. Su cabeza en alto siempre.

- Tampoco, le conocí ayer por una inesperada visita en la casa de los Elric, donde me alojo –

- ¿Y por qué entraron abrazados? –

- Lamento decir que eso no les atañe, por lo que no contestaré a esa pregunta – afirmó serio, mientras veía que Fletcher se escondía en el cuello de la chamarra de nuevo – Flet, ya te dije, no te escondas – dijo molesto, mientras se daba la vuelta y tomaba un libro del escritorio, escribía con una tiza en la pizarra algunos detalles para el ramo que impartiría.

- S-Sí, Heyd – murmuró, levantando su vista hacia la pizarra. Heydrich logró escucharlo, por lo que al girarse le sonrió levemente, haciendo que Fletcher volviera a sonrojarse, pero sin ocultarse.

- ¡Bien! – Exclamó, al parecer más felicitando a Fletcher que dirigiéndose a sus alumnos - ¿Alguien podría decirme que es un vector? – preguntó, observando a todos los alumnos que lo miraban extrañado. Sería una larga clase para poder explicarles las cosas con mucho detalle.

La mañana transcurrió tranquila y sin problemas. Cada uno siguió la rutina de clases, a excepción de Edward quien debió dejar su clase para conversar con Mustang. Debía informar todo lo que pretendía hacer y que el azabache no le molestara.

Un toque a la puerta y la respuesta de cierto Brigadier le permitió entrar en la oficina.

- Buen día, Teniente General – saludó el pelinegro, con cierto sarcasmo - ¿Qué le trae por aquí? – preguntó, mientras dejaba sus papeles a un lado para mirar al dorado que se acercaba a su escritorio y se sentaba en la silla del frente.

- Ayer Envy atacó a Gilgamesh haciéndose pasar por ti… Vengo a informarte que reforzaré la seguridad de la escuela a mi modo – soltó, fiero, sin dejar alegar a Mustang.

- Me parece bien, mantenme informado, Acero – respondió rápido. Riza le miraba fijamente, como esperando que dijese algo más. – Me temo darte una mala noticia, Fullmetal – agregó, sentándose cómodamente en su silla.

- ¿Qué quieres ahora? – indagó en la mirada de Mustang algo que pudiese delatarle, pero no pudo ver más allá de ellos que una simple frialdad.

- Alphonse deberá ir a Central por orden del Führer – acercó una mano a su cajón del mueble para sacar un sobre – Aquí está el informe para Al… Debe marchar mañana mismo, sólo – puntualizó.

Edward abrió el sobre algo apresurado. Leyó algunas líneas y efectivamente la orden pedía explícitamente que Alphonse Elric fuese sin compañía a Central a una entrevista con el Führer.

- Justo ahora que hacemos nuestros informes… - murmuró disgustado - ¿Dieron tiempo aproximado para la reunión? –

- Debería estar de vuelta en el último tren que sale de Central… Eso según nos dijo la secretaria del Führer –

- Llegará tarde… Está bien, me retiro – Ed se paró de la silla y se dirigió a la salida – Gracias Roy – y salió, cerrando la puerta.

- Señorita Hawkeye, ordene doble turno de vigilancia a Edward y sus huéspedes en la casa… Sin Alphonse requerirá un poco de ayuda – El azabache miraba perdido la puerta, resonando las ultimas palabras de Ed en su cabeza.

- Sí señor – fue lo único que dijo la rubia, mientras tomaba su abrigo y salía de la oficina, con rumbo a visitar a Armstrong quien se encargaba del asunto.


- ¿Puedo sentarme aquí? –

- Claro, mi hermano tuvo que almorzar antes porque le encargaron algo – respondió su acompañante.

- Ahora que recuerdo, Gilgamesh le había pedido un favor – acotó, sentándose a un lado del menor.

- Sí, me dijo en el receso que habría algo innovador en el entrenamiento de la tarde – agregó, para seguir con su comida. Se sentía muy a gusto conversando con Heydrich. – Heyd… ¿Qué edad tienes? – preguntó tímido y avergonzado, pero no ocultó su preocupación bajando el rostro.

- Veintiún años – respondió, sin inmutarse – Tú tienes quince, ¿No? – replicó, tratando de entablar una conversación.

- Sí… Seis años de diferencia… ¡Es muchísimo! – exclamó algo triste, dando paso a beber un poco de su jugo de manzana.

- No creo… Tan viejo no soy, creo – dudó, degustando de su plato, el cual lo encontró asqueroso – Esto sabe horrible – dijo enojado.

Fletcher lo miró y probó un poco del plato del mayor, dándose cuenta que en realidad la sazón de la carne estaba horrible y arruinaba todo el almuerzo. Tomó un poco de su plato con su tenedor y se lo extendió al joven príncipe para darle de su almuerzo. El heredero miraba atónito el accionar del rubiecito a su lado, pero aceptó la comida que le dieron.

Así estuvieron alimentándose en silencio ambos, comiendo de un mismo plato intercaladamente, sin dejarse molestar por nadie que les hablara... Aunque nadie se hubiese atrevido a hacerlo. Terminaron el almuerzo, incluyendo el postre. Sólo se miraban furtivamente, tratando de ocultar un poco sus sentimientos pero era bastante en vano los esfuerzos de ambos.

- Tienes crema en la comisura del labio, Flet – murmuró tierno el príncipe. Fletcher sólo se relamió los labios lentamente, sin poder quitarse la mancha. Un dedo pasó por un lado, quitándole la dulce crema. Heydrich se la había quitado, y se metió el dedo a la boca para degustar lo último que quedaba del postre. – Estamos listos – sonrió, alegre.

- ¿Descansamos juntos? Hay un buen árbol que da mucha sombra, ahí podemos descansar – propuso el menor, anonadado, rogándole a la tierra que lo tragase para no cometer una locura con Heydrich.

- Claro, vamos – Aceptó gustoso, tomando de la mano al menor para salir a paso ligero del comedor. Al parecer, nadie había notado la cercanía que tenía con el muchacho, a excepción de Edward, Alphonse y Gilgamesh que los miraban del otro lado del comedor, con cierta cara de satisfacción.

- Así pues, Al – prosiguió el dorado – Tendrás que ir a Central a hablar con el Führer… Espero no te demores para seguir con los informes –

- Claro nii-san, llegaré tarde pero te ayudaré – contestó.

- ¿Qué planearon con Russel, Gilgamesh? – Ed ahora cambiaba el tema, luego de convencer a Alphonse ir a Central, negándose en un principio – Supongo que será interesante –

- Pues, trataré de darle una ayuda al príncipe… Pero el Tringham mayor no sabe lo que pasa… Será algo interesante – explicó, meditando todo lo que habían planeado.

- Ten cuidado Gilga, recuerda que el príncipe es amable solo con Fletcher – advirtió el castaño, recalcando la poca cortesía que daba el heredero de Aerugo al resto de la gente.

- Descuida, será una leve casualidad y podría prometer que me dirá sea más duro con él – sonrió satisfecho y seguro de sus palabras – Me retiro. Iré a arreglar todo – y se fue ligero.

Llegaron al lugar que Fletcher había mencionado y se recostaron sobre el césped. Era un lugar apartado del patio, algo oculto por unos arbustos, pero que daba una linda vista hacia el interior del gran terreno de juego. El rubio menor se tendió sobre el pasto, boca arriba, mirando algunas nubes en el cielo. El príncipe se limitaba a sentarse ahí, apoyándose al árbol, para deleitarse con mirar al pequeño que descansaba a unos metros de él. Quería decirle muchas cosas, pero interrumpir el momento era como el peor de los crímenes; pagados con la muerte. No tenía derecho a hacerlo, si el menor no lo hacía antes.

Algunos segundos que parecían eternos pasaron antes que Heydrich estallara en impaciencia, aunque su agonía fue terminada rápidamente por el Tringham.

- ¿Por qué vienes de tan lejos, Heyd? – preguntó, tímido e inocente.

Golpe bajo para el príncipe. No creyó que Fletcher se daría cuenta de eso tan rápido. La excusa de venir como profesor no sería suficiente y a más de algún militar se le ocurriría contar la verdad, sino lo hacía Russel antes, cuando se entere de su cercanía con su pequeño hermano.

- Te contaré… Pero prométeme que no me mirarás distinto ni nada parecido, por favor – suplicó, acercándose a gatas hacia el menor, para acariciarle unos cabellos rebeldes y mirarlo a los ojos.

- ¿Por qué lo haría? – inquirió, sin moverse de su lugar, cerrando los ojos ante las caricias en su pelo.

- Prométemelo Fletcher, por favor – repitió.

- Lo prometo. Prometo no te miraré distinto ni nada parecido –

- Yo vengo de Aerugo con una misión que me encomendó mi padre – empezó a relatar – Gilgamesh me ha acompañado desde hace muchos años y me ha protegido siempre… Aunque a veces yo no quiera, él debe hacerlo – se acercó al menor y se sentó a su lado. Fletcher lo miró incrédulo… Quizás no quería saber después de todo la historia.

- Pero no entiendo… ¿Por qué lo hace? –

- Soy el hijo del Rey de Aerugo, Flet… Soy el príncipe y heredero del trono del gran país al Sur de Amestris. – soltó por fin, mordiéndose el labio y girando la cabeza para no mirar al pequeño.

El silencio le destruía lentamente. Lo más probable es que el pequeño rubio ahora tuviese miedo de dirigirle la palabra por ser alguien de ese status, como lo hacía la mayoría de las personas que conocía y les decía quién era.

- ¿Y que misión te dio tu padre, Heyd? –

Había escuchado bien. Lo había llamado como le había pedido anteriormente, cumpliendo con su palabra, sea quien fuera, sea donde sea, lo llamaría así. Iba a voltear a mirarlo, pero una mano se le adelantó.

- No escondas esos ojos, son muy bonitos para hacerlo – le repitió el Tringham lo mismo que le había dicho, agregándole algunas palabras a su frase.

- Mi padre y el padre de los Elric firmaron un pacto hace veinte años para traer la paz a ambas naciones, a cambio de casar a sus herederos – explicó, lentamente, cerrando los ojos para calmarse por lo que vendría. – Se supone que Alphonse y yo deberíamos… - y su voz se cortó. Un nudo en la garganta le impedía seguir hablando para explicarle todo.

- Deberían casarse, ¿No? – Completó el menor – Pero él está con Edward –

- Sí… - respondió por fin, pasados algunos segundos de la pregunta anterior.

- ¿Y lo vas a obligar o tienes otra posibilidad? –

Era increíble. Fletcher le sacaba todo el rollo a la película de la misión del príncipe. Lo peor era que el otro no le iba a negar la información.

- No lo voy a obligar… Pero se supone debo buscar a alguien aquí en Amestris para cumplir con el trato… Una persona de la cual me enamorara – Lo último lo murmuró, casi inaudible, moviendo lentamente los labios.

- Debiste haberme contado esto, Heyd, yo podría ayudarte con eso – le dijo el menor, para sorpresa del heredero. Le sonreía, pero sabía que era forzadamente.

- No me puedes ayudar, Flet… - comenzó, haciendo que el menor se sobresaltara. Notó que el otro le iba a contestar, pero posó su índice derecho en los labios del otro. – Porque ya la he encontrado – completó.

Fletcher Tringham estaba destrozado. Quería llorar, gritar y tirarse al abismo más próximo que tuviera. No escondió el rostro ni tampoco pretendía hacerlo. Simplemente se paró y se fue corriendo a toda carrera para evitar que le alcanzaran.

- ¡Fletcher! – gritó desconsolado el príncipe, tratando de alcanzar al menor. Se había parado demasiado rápido, por lo que un ataque de tos le atacó de manera imprevista. Sería incapaz de seguirle en ese estado, por lo que se tranquilizó y sacó su medicina de un frasco en el bolsillo de su chamarra. Con un poco de suerte, podría luego conversar con el pequeño para explicarle bien todo la historia.

Se quedó quieto algunos minutos, inhalando fuertemente aire a sus pulmones. Comenzó a caminar lentamente hacia la escuela, con el rostro neutro, aunque por dentro lloraba desconsoladamente.

Alphonse Elric logró notar esto en la hora de estudio que debían impartir juntos con el príncipe, limitándose a seguirle la mirada al rubio para encontrarse con Fletcher. Supuso que le había contado quien era y el menor no se lo había tomado a bien.

- Tranquilo, te aseguro que te entenderá – fueron las únicas palabras que le dijo. Quizás las únicas que le consolarían esa tarde.

Luego de un pequeño examen sobre los textos de estudio, llegó la hora de las prácticas con Edward y Gilgamesh, pero extrañamente estaba todo el escuadrón de alquimistas ahí en el patio esperando a los alumnos que venían resguardados por el Fullmetal menor y el Aerugiense. (2)

Edward, Russel, Mustang, Marcoh, Armstrong, Kuno y Mitari les esperaban serios, formados en una vertical fila frente al patio. Bajo ellos, unos círculos de transmutación enlazados por símbolos extraños, los cuales Ed podía entender solamente, además de Alphonse. Era el secreto de la transmutación conjunta.

Alphonse, Heydrich y Gilgamesh hicieron ordenar todo el farfullo de los jóvenes aprendices, posicionándose luego en forma horizontal a los maestros de las prácticas.

- Hoy tendrán entrenamiento especial chicos – comentó Edward, formado en su posición aún. Dio una seña con su mano metálica a sus acompañantes, los cuales se arrodillaron frente a sus círculos y los tocaron todos al mismo tiempo.

Sólo Alphonse Elric intuyó lo que pasaría. Golpeó sus manos para dirigirlas luego al suelo. Tendría que controlar el flujo de energía que pasaría por el suelo para evitar que los homúnculos se alimentaran de éste, como explicó Envy, además de proteger el perímetro del campo con una barrera para evitar problemas futuros.

Lo siguiente fue un paisaje bastante inusual. Era una pequeña representación de lo que parecía una jungla, con un volcán al centro y un río fluyendo en su interior. Por suerte, el patio y los prados traseros eran suficientemente grandes para crear algo de semejante similitud. Se necesitaban de los cinco elementos naturales para crear algo así, y por suerte los alquimistas de ahí eran capaces de controlarlos. Eran alquimistas de prestigio y debían demostrar de lo que eran capaces.

- Te esmeraste en hacer algo especial, Gilgamesh – comentó por lo bajo Heydrich, esperando alguna reacción del guardia imperial.

- Fue difícil convencerlos, pero quería hacer algo nuevo – respondió sin molestias – Pero tendré que darles varios sustos a los chicos ahí adentro – se atrevió a decir.

- No seas compasivo, con ninguno de ellos… Evita matarlos nada más – fue lo único que pudo decir. Sabía que Gilgamesh lo decía por otra cosa, así que fue lo más discreto posible. Aún así, daría un vistazo a todos los movimientos del castaño oscuro.

- Bueno chicos, la misión es llegar al centro del terreno, evitando que Gilgamesh o yo los agarremos por el camino y les demos una paliza – explicó Edward, caminando hacia los estudiantes – Tienen 30 segundos para arrancar – fueron sus últimas palabras, mientras entrecerraba los ojos y miraba desafiante a todos – Les quedan 20 – amenazó, dando a entender a todos que corrieran y así lo hicieron.

Diez segundos y aún se podían ver a algunos corriendo.

Cinco y quedaban sólo dos.

Cero. Edward y Gilgamesh corrieron veloces hacia el interior. Heydrich los miró, mientras daba un gran salto hacia un árbol de la entrada.

El príncipe era muy ágil y tenía como protegerse, no por nada era el heredero único.

Lo que nadie se esperaba era que un cuarto personaje se inmiscuyera como si nada en el peligroso terreno.

La cacería de alumnos había comenzado. De los cincuenta que había aproximadamente, sólo diez quedaban en pie. Gilgamesh era muy hábil en la detección de enemigos, pero no logró determinar quienes le seguían por la emoción y adrenalina del entrenamiento. Edward había derribado apenas quince, pero seguía rápido con la labor, usando un poco de alquimia para poder ubicar a los restantes.

Gilgamesh había encontrado por fin a su objetivo codiciado: Fletcher. Intentó encontrarlo desprevenido, lo cual fue imposible. Una trampa con plantas le había detenido. Se vio obligado a usar sus dagas para abrirse paso entre tanto vegetal que le atacaba, hasta que logró llegar al rubio.

Ahí empezó otra pelea. Fletcher era muy diestro en artes marciales gracias a los entrenamientos que tuvo con Al y Edward, así que el guardia imperial tuvo más de un problema con esto. Trató de golpearle directamente a puntos de balance, pero era muy difícil. Fletcher rápidamente pudo seguir haciendo alquimia gracias a cierto anillo que conservaba del castaño de la última vez que había batallado contra los alquimistas de plata.

Aburrido, fastidiado y sin medir las consecuencias, lanzó las dagas hacia el menor. Inmediatamente y en fracciones de segundos, una mano le retuvo el lanzamiento, pero había logrado hacer que dos salieran de entre sus dedos con perfecta dirección.

Sin embargo, las armas nunca llegaron a su objetivo. Fueron interceptadas por otras iguales a las de él.

- ¡No seas bruto! ¡Te dije que no debías matarles!... ¡Ni menos a él! – gritó amenazante el príncipe, sujetando fuertemente la muñeca, marcando sus dedos alrededor de este. Le dio un giro al brazo, un tranque a los pies del guardia y lo tenía tumbado en el suelo. Jamás en su vida había estado tan furioso y enervado… Tenía severas ganas de matarle.

- Estúpido hermano… Te dejaste llevar – mencionó otra voz profunda, desde unos metros, sacando a Heydrich las ganas de matar a su subordinado.

Un muchacho de aparentes veinticinco años aparecía frente a ellos. Cabello verdoso y largo, con la cara fina y la tez clara. Unos ojos esmeraldas rasgados miraban al cuerpo de Gilgamesh en el suelo.

Heydrich no perdió tiempo con el nuevo sujeto que decía ser el hermano de su guardia. Se paró apresurado y se dirigió a Fletcher, quien se encontraba en el suelo, contemplando las cuatro cuchillas que casi le mataban. Le recordaba el sacrificio de Alphonse y estaba en shock. El pequeño soberano se dio cuenta de esto, tomando al pequeño entre sus brazos para darle un cálido y fuerte abrazo.

- No, Al… Por qué lo hiciste… No debiste… ¡No! – Fletcher no despertaba de su shock, ahogaba sus gritos en el pecho de Heydrich, pero no era suficiente. La culpa y la depresión le envolvían nuevamente. Sus ojos no tenían brillo ni fuerzas para fijar la vista en alguna cosa y su cabeza se meneaba en forma negativa.

- No, Flet… Estás bien. Nadie está herido – murmuraba despacio, meciendo suavemente al menor – Despierta Flet, no debes preocuparte –

- ¡No, Al! – gritaba aún. Lágrimas caían de sus ojos y desaparecían de inmediato en la fina camisa del príncipe.

- Flet, vamos, levanta ese rostro y muéstrame esos ojos… De esos de los que me enamoré desde que los vi. – dijo bajito, logrando al menos tranquilizar los llantos del rubio.

El Tringham ahora si estaba en verdadero shock. Levantó su cabeza, mirando con los ojos hinchados y las mejillas sonrojadas al príncipe, tal como le había dicho desde que se conocieron, sin ocultar sus orbes azulinos.

- Heyd… - fue lo único que pudo decir, antes de sentir un fuerte abrazo que le envolvía, y una cabeza que se ocultaba en su hombro.

- Te dije que ya me había cautivado alguien, pero no me dejaste decirte quien, Flet – fue lo que escuchó de parte del príncipe – Sé que nos acabamos de conocer y que tú aún recuerdas a Alphonse Elric, pero no pude evitar sentirme atraído por tu presencia, por tu inocente alma, por ti en general, Flet –

¿Era eso acaso una declaración?

Para Fletcher, sí. Y era precisamente la que quería escuchar del joven que le abrazaba en esos momentos, desde que lo vio en casa de los Elric. Con suerte se conocían dos días y ya iban a entablar algo más que una… ¿Amistad?

Al final de cuentas, respondió al abrazo del príncipe, sintiendo ese calor envolvente, que le embriagaba desde el primer contacto que tuvieron.

- Ya estoy bien – murmuró, pasados unos minutos – Supongo perdí en este entrenamiento… No pude ganarle a tu guardia imperial – rió nervioso, mientras Heydrich se incorporaba y quedaba frente a él. – Tampoco ocultes tus ojos, Heyd - musitó, con voz queda y calmada, ordenándole el cabello de la frente.

- No… Le ganaste en justa ley a Gilga. Él no debía atacarte así y tú te defendiste muy bien – sonrió, felicitando al pequeño que tenía enfrente. – Será mejor que vayas al centro, queda muy poco y Edward anda lejos – explicó, parándose mientras ayudaba a levantarse al pequeño.

- Muy bien… ¿Me esperas afuera? – preguntó, tímido.

- Claro… Por ahora iré a descuartizar a mi guarda espalda – explicó el príncipe, mientras se daba la vuelta – Luego hablamos más calmadamente… - y se retiró rápidamente.

Fletcher sólo asintió. Fue corriendo hacia su destino, esperando encontrarse con Edward en cualquier momento, lo que no pasó. Al llegar a lo que parecía la colina del volcán y el río que marcaban el punto medio del terreno, logró divisar a dos personas más que conversaban animosas con el alquimista de acero.

- ¡Fletcher! – Exclamó el púrpura – Estamos todos, por fin – comentó, saludando con la mano al rubio.

- Debo suponer que Gilgamesh no fue capaz de atraparte por factores externos, ¿No? –. La respuesta era evidente con el vivo tono rojo del rostro de Fletcher que no ocultaba para nada, salvo mirar hacia otro lado – Vamos, el entrenamiento terminó – Ed golpeaba sus manos para devolver el terreno a la normalidad y poder irse tranquilos por un terreno uniforme, recogiendo a los alumnos derrotados por el camino.

Gilgamesh discutía enérgico con el visitante nuevo, al parecer más contento que abrumado.

- ¡Desde niño que no te veo y me dices estúpido, hermano bastardo! – exclamaba a todo pulmón, mientras le lanzaba unas ramas de árbol que tenía a mano, las cuales sólo golpeaban el pecho del sujeto.

- Estúpido hermano menor… Te dejaste llevar por las emociones y casi matas a un niño – reprendió el otro – Deberían matarte por lo que hiciste –

- No me falta mucho por hacerlo, Seitan – agregó Heydrich, uniéndose a la disputa. – Depende de lo que me diga Fletcher… O ya te hubiese colgado – agregó, algo molesto y divertido por todo.

- ¡Pero príncipe! – Alegó con una varilla de alguna rama – Ya le dije que no fue mi intención hacerlo… Además no pasó nada malo – murmuró, berrinchudo.

- Porque yo te ayudé, estúpido hermano –.

- Sabía que una rata se había colado, nunca pensé sería el hermano del guarda espalda – interfirió Mustang en la conversación – Yo también vigilé el entrenamiento, con Alphonse – señaló al castaño que estaba a escasos metros de ellos, recogiendo algunas cosas.

- Modere sus palabras, Brigadier Mustang – El semblante de Seitan había cambiado completamente. Metió una mano al bolsillo y mostró su reloj de alquimista, bastante viejo y se notaba era de la generación anterior por algunos detalles que cambiaban a los actuales.

- Rata, soy el alquimista de fuego, no intentes propasarte – habló fiero, sacando su reloj de plata al igual que el otro.

- ¿Oh sí? – Preguntó confiado – Divino alquimista a sus servicios, Capitán General (3) y encargado de las fuerzas de elite del ejército de Amestris, guardia imperial de Aerugo y encargado de logística superior – completó, sacando su credencial oficial del ejército.

- Usted fue suspendido hace años, ninguno de sus cargos es válido en este momento, alquimista – informó serio el Brigadier. Por ahora, tenía punto a favor.

- ¿Por qué cree que Alphonse Elric debe hablar con el Führer? Va a traer mis papeles, idiota –.

- Cuidado con tus palabras, no querrás morir cremado – Mustang parecía amenazante, más con los guantes puestos en posición para acabar con él.

- Fíjese Brigadier que sus guantes no tienen sus símbolos ahora, así que dudo pueda hacer algo…-

Era cierto. El círculo de transmutación en los guantes de Mustang había desaparecido sin dejar rastros, al igual que todos los otros del resto de sus guantes. Ninguno tenía indicios de un bordado o una pintura que le ayudase.

- No me dicen el divino alquimista por nada, brigadier bastardo –. Ni a él el indomable.

- Por un demonio, déjense de peleas y nos vamos de aquí – Ya molesto, Heydrich emprendía la marcha. Tenía un asunto mucho mejor y pretendía ser puntual. Seitan y Gilgamesh le siguieron en silencio.

- ¿Dónde estuviste todos estos años? – El castaño oscuro quería indagar un poco en el pasado de su hermano. No lo veía hacía muchos años debido al entrenamiento, hasta que supo que se marchaba del país y perdió todo contacto con él. – No me digas que llegaste a Amestris al irte de Aerugo –

- Eso hice… Me convertí en alquimista y casi mato al homúnculo Wrath, el Führer anterior… Por eso heredé el nombre de Divino Alquimista – Su voz era neutra, sin demostrar emoción alguna – Y luego me fui en búsqueda de las siete virtudes para combatir a los siete pecados capitales del sujeto de Central, pero los Fullmetal se me adelantaron y supusieron que habían matado a todos los… - Iba a continuar su explicación, pero se puso en posición de defensa, al mismo tiempo que Gilgamesh.

- Pero si son los hermanos imperiales… Los encargados de proteger al pequeño Alphonse Heydrich – Varik y Yarik hacían aparición frente a ellos. El Elric menor que iba en silencio hervía en rabia – No pensé enviaran tanto personal para una misión tan simple – Agregó Varik, mostrando una mueca similar a una sonrisa.

- Están en desventaja, alquimistas de plata… Retírense – ordenó Seitan, fiero, lanzando una daga a sus oponentes, la cual fue interceptada por una veloz espada.

- Nos iremos, pero sepan que no podrán proteger por mucho tiempo la alquimia de los Fullmetal… Ya obtendremos nuestra venganza – Y desaparecieron. Ahora se les hacía mucho más fácil descomponerse, pero debían usar algún amplificador muy poderoso para hacerlo así de viable.

- Estarán obligados a darme una buena explicación, queridos guardias – Edward venía tras ellos, acompañado de los chicos que llegaron al punto de encuentro. Había visto todo y no se entrometió por la deducción que los otros arrancarían. – Tengo toda la noche para escucharles, ahora nos vamos – ordenó, impetuoso.

- Tengo que ir a otro lugar, Teniente General Elric – contestó el esmeralda – Me temo que nos veremos mañana, con o sin su permiso, me largo – Dio una gran zancada, alejándose con gran velocidad del lugar, desapareciendo de la vista de cualquiera.

Los presentes prefirieron el silencio. Siguieron su paso, hasta llegar a la escuela y despedirse de todos. Los alumnos poco a poco fueron saliendo, con destino sus casas, cansados y contentos. Heydrich se excusó de no irse con los otros, pero tenía otro asunto pendiente y llegaría tarde. Al menos conocía el trayecto hacia la casa de los Elric, lo que dejó tranquilo a Gilgamesh. Se alejó un poco para juntarse con Fletcher en la entrada de la escuela, donde le aguardaba desde hacía unos pocos minutos.

- ¿Nos vamos? – preguntó feliz. Sintió que le tomaban del brazo y le arrastraban sutilmente, por lo que dedujo que la respuesta era afirmativa.

Caminaron en silencio, disfrutando la compañía del otro, sin importar nadie ni nada alrededor. Pasaron algunos minutos sin que tuvieran rumbo alguno, guiados únicamente por instintos y los sabios pies que siempre llevan a buenos lugares. La tarde acaecía en Radeon y el rugido de estómago delató a un Fletcher hambriento.

- Te invito a cenar, Flet – propuso el príncipe – Tu elige donde porque yo no conozco la ciudad tanto como tú –

- Estoy bien, no tienes para que preocuparte – alegó, disimulando el sonido gutural de su estómago muerto de hambre.

- Vamos, es sólo una cena, no una cita –. Sin darse cuenta de sus palabras, se llevó la mano libre a la boca – Lo siento, no quise decir eso. – agregó, ahogando sus palabras con su mano, infructuosamente.

- ¿Y no puede ser una cita? – preguntó el otro, aferrándose más al brazo del otro que estaba en desconcierto.

- Depende –. La mano de éste bajó a jugar con algunos cabellos rebeldes del menor, para darle seguridad en sus palabras.

- ¿De qué? –

- Mírame Flet –. Detuvieron su lenta marcha. Iban por las calles del centro de la ciudad, pero nadie transitaba por ellas. Todos ya habían vuelto a sus casas, a excepción de algunos trabajadores de hoteles y restaurantes, además de otros locales. Heydrich era más alto que Fletcher por casi una cabeza y media, por lo que el menor tuvo que levantar el rostro para mirarle. Al hacerlo, inesperadamente, le robaron su primer –y fugaz- beso. – Ahora si tenemos una cita – sonrió alegre, mirando los ojos del Tringham.

Fletcher, algo conmocionado, murmuraba inaudible unas palabras. Heydrich, curioso, bajó su cabeza para intentar oírlo. Acercándose poco a poco, tratando de escuchar, fue vilmente engañado, su curiosidad le jugó una buena pasada. Unos brazos le abrazaron por el cuello, mientras unos cálidos labios le besaban con ternura e inocencia. Iba a replicar, pero solo dio paso a una juguetona lengua para que incursionara en esa cavidad. Reaccionó por fin, respondiendo fervientemente al acto. Estuvieron así algunos segundos, hasta que la necesidad de llenarse los pulmones con oxígeno era inminente. Se observaron (4) fijamente, jadeantes, carentes de palabras y sobrados de expresiones.

- Me engañaste – Heydrich fue el primero en romper el hielo del silencio.

- Tu me sorprendiste primero – replicó el otro.- Ahora… ¿Cenamos? – preguntó, sonrojado, contento, aún abrazado al cuello del mayor.

- Claro – dicho eso, depositó un tierno beso en la frente del menor, soltando el abrazo igual que su –ahora- pareja. Le tomó de la mano, para comenzar a caminar y dirigirse a algún restaurante, donde conversarían más tranquilos.

Encontraron por el camino un restaurante bastante fino y costoso, el cual le llamó de inmediato al joven príncipe. Tuvo que convencer a Fletcher de que no tenía problemas en invitarlo a un lugar así, más que mal, era lo menos que podía darle. El menor estaba muy avergonzado, nunca había entrado a un lugar así y no sabía como comportarse. Además, estaba vestido con el uniforme de la escuela e iba con ¡Su maestro! Batallaron un poco, hasta que finalmente el heredero obtuvo la victoria.

- La próxima vez cenamos en mi casa, Heyd –. Encontraron una mesa y se sentaron. El mayor sólo sonrió.

Se les acercó un mesero, quien al parecer tenía problemas con el idioma, ya que mencionaba algunas palabras un poco extrañas. El príncipe lo notó, y comenzó a hablarle en el otro idioma, con perfecto acento extranjero. Lograron una buena comunicación, así que pidió por ambos. El empleado hizo una reverencia y se fue, llevándose la orden.

- Alemán del Oeste de Aerugo – explicó el príncipe a su sorprendido acompañante – Debo hablar muy bien las lenguas del país – rió.

- Como futuro Rey supongo es lo correcto – manifestó el otro, riendo bajito.

- Sólo si logro casarme con alguien de Amestris, Flet – comentó, tomándole las manos al menor – Lo cual pretendo hacer, pero con calma y cuando esa persona especial esté lista – sonrió, con esa sonrisa honesta que tan pocas personas había logrado sacarle.

Fletcher giró la cabeza y miró a algún otro lado, ladeando un poco el rostro, ocultando su avergonzada mirada en algún punto de la gran habitación donde esperan la refinada cena.

- Te dije que no me escondas tus hermosos ojos, Flet – reprendió cariñoso, tomándole de la barbilla para girarle el rostro – Si te avergüenzas, no dejes que se den cuenta, sólo déjalo pasar como algo natural –

- Espero nada más seas feliz con esa persona especial, Heyd – musitó en son de respuesta, algo dolido.

- Hasta el minuto, soy la persona más feliz del mundo con la persona que tengo enfrente, Flet… ¿Tu no acaso? – inquirió, con tono juguetón.

- ¡Claro que si! – exclamó el menor, casi al instante. – Por lo mismo… No quisiera hubiera otra persona, Heyd – Una lágrima amenazaba con brotar por su ojo izquierdo, la cual fue suprimida con las palabras que escuchó.

- Y no la hay… Sólo estamos tú y yo, además del mesero que nos trae la cena… celosito – comentó sanamente burlón, señalando al sujeto que traía en una bandeja sus platos detrás de él.

Recibieron su cena y la comieron tranquilamente. Fletcher tuvo algunos problemas con los tantos cubiertos de la mesa, pero Heydrich le guiaba como buen maestro que era en las artes refinadas. Parecían una verdadera pareja feliz por como compartían, inclusive la comida, para que el otro probara. Terminaron su cena e hicieron planes para retirarse a sus casas, por lo que el príncipe sacó el dinero y dejó una fuerte suma sobre la mesa, cosa que alcanzaba para pagar la mitad de todo el local. Heydrich acordó dejar a Fletcher en casa, deseando en realidad llevárselo por un rato más, pero el menor no accedió, al igual que la petición de hablar con Russel sobre "temas de la escuela". Para ser tan pequeño, era bastante astuto el Tringham.

- Ya llegamos Heyd – anunció con voz triste. No vería al mayor hasta el otro día, lo cual ahora sería un martirio – Anda con cuidado – advirtió.

- Cuídate Flet, nos vemos mañana –. Abrazó al menor como despedida, para situarle un mimoso beso en los labios, de manera tierna.

Fletcher sólo atinó a darle un beso en la mejilla al otro luego de esa muestra de cariño. No quería que después de todo, su hermano le viese con Heydrich sin contarle primero que sucedía. De seguro no lo entendería, ya que se conocían tan solo tres días, oficialmente.

Fue una despedida silenciosa y abrumadora. Sobraban palabras y, al contrario de la última vez, faltaban caricias y acciones. El menor se alejó corriendo, y antes de entrar se giró para dedicarle una sonrisa a Heydrich, que lo veía desde la misma posición donde le había dejado, justo al tiempo de entrar y exclamar un "¡Estoy en casa!".

Heydrich sólo se limitó a comenzar a caminar. La noche estaba fresca y caía un ligero frío, pero al menos esta vez sí sabía el camino de vuelta a la casa de los Elric. Por su trayecto tuvo mucho tiempo para pensar que sucedería de ahí en adelante, como se comportaría en la escuela, qué haría con Gilgamesh, entre otras cosas. Iba tan sumido en sus pensamientos, que no percibió cuando ya había llegado a la residencia. Llamó a la puerta y Edward le abrió.

- Vaya hora para llegar, príncipe – Comentó Edward, sarcásticamente, dejándole entrar, mientras observaba como el otro se quitaba la chamarra en silencio.

- Estuve de paseo, nada del otro mundo – Se adentró en la casa, pasando a la biblioteca para calentarse al fuego de la chimenea.

- Oh si, claro… Con Fletcher, ¿No? – preguntó el dorado.

- Fuimos a cenar, una linda cita nada más. –

- Van un poco rápido, joven príncipe –

- Nos queremos, es suficiente con eso para tener unos ratos juntos –

- ¿Y cuando se casan? –

- Cállate, u obligo a Alphonse a hacerlo – respondió fiero.

- ¿Qué pasa conmigo? – inquirió asustado el castaño. Estaba escribiendo en el escritorio, sin poner atención a la conversación de los otros dos – Hola, Al –

- Hola, Alphonse – respondió al saludo – No sucede nada, sólo molestaba a Edward – rió.

El dorado hervía. Su cara se había puesto realmente roja de ira por el comentario del príncipe y sin pensarlo dos veces, se fue a sentar al lado de su Alphonse, abrazándolo sobre protector.

- Ed… Me asfixias… - murmuró el menor, quien se ponía azul con tanta fuerza en el abrazo. Le soltaron y dio un gran suspiro, recuperando el aliento – Nii san, no seas celoso –

- ¿¡Qué no sea celoso?! – Explotó – ¡Te vas a casar conmigo, Al! No quiero que nadie más lo haga – admitió, aún enrabiado.

- Ed, no seas paranoico… Heydrich bromeaba para que dejaras de preguntarle cosas que no te incumben – explicó, sereno – Será mejor que trabajemos ahora, tengo que levantarme temprano mañana para ir a Central – se acomodó en su silla y se puso a escribir de nuevo, concentrado. Llevaban ya un informe de aproximadamente cien hojas y no llegaban siquiera a la mitad.

- Quiero acompañarte – murmuró, berrinchudo.

- No puedes Ed, ya te lo dijo el General Mustang –

- Hace mucho tiempo que nos separábamos tanto, Aru… Por eso no quiero –

- Ed, será por el día… Iré por unos papeles y me devuelvo –

Heydrich, ya aburrido de la conversación, decidió meterse en ella.

- Gilgamesh te acompañará, así no irá sólo – Parecía molesto, pero tantos reclamos ya le fastidiaban – A él nadie le puede obligar –

Los Elric lo miraron sorprendidos. Edward asintió, esbozando una sonrisa de complacido, mientras Al suspiraba resignado.

- Me iré a dormir, ya no me puedo concentrar – anunció el castaño, parándose de la silla. - ¿Vamos? – Extendió su mano al dorado, invitándolo a dormir.

Edward sólo aceptó el gesto de su hermano, subiendo a la planta alta, dejando a Heydrich en la biblioteca. Gilgamesh llegó a los pocos minutos, con algunas mantas y una almohada. Sin darse cuenta de la presencia del príncipe, se sacó la chaqueta y la dejó sobre uno de los sillones, hasta que el fuego, movido por alguna brisa de aire, delató la silueta del rubio.

- ¡Príncipe! Discúlpeme, no sabía estaba aquí – se apresuró a decir, haciendo una reverencia.

- Tranquilo Gilga… Tenía curiosidad por saber que ibas a hacer… ¿Duermes aquí? – pregunto confuso, algo molesto.

- Si mi señor… Los jóvenes Elric no me permitieron dormir afuera, así que acepté la propuesta del sofá… Se que no debo estar en la residencia donde está usted pero… -

- No Gilga, ya te dije que no estás en Aerugo… Debería rentarte un lugar para que duermas cómodamente – Interrumpió la excusa del guardia. No quería que la persona más cercana a él fuera tratada como un perro, por culpa de las estúpidas leyes de su país.

- No señor, de verdad… Estoy muy cómodo aquí, además puedo protegerle en caso de emergencia – aseveró preocupado. El príncipe jamás se había preocupado tanto por él.

- Sé lo cabezota que eres… No me aceptarás eso ni aunque mi padre te obligue. Quédate ahí si quieres, pero la oferta queda en pie – repuso caballerosamente. – Ahora quiero hablarte sobre otro asunto, Gilga –

- Usted dirá, príncipe – respondió, poniendo atención.

- No me dirás más príncipe, ni señor, ni usted… Seré Alphonse, con todas sus letras. ¿Queda claro? – su pregunta sonaba más a orden con el amenazante tono que puso en su voz.

- Pero no podría llamarlo así, tan naturalmente, señor… - se mordió la lengua cuando dijo la última palabra, asustado.

- Quiero tener una vida tranquila aquí en Amestris, Gilga… Ya le conté todo a Fletcher, pero no quiero que por escucharte a ti empiece a tratarme de "príncipe" – articuló las comillas con sus dedos – En su defecto, dime Alphonse-sama (5) … Al menos suena más natural y no pierdes el efecto de señor… De ahora en adelante, será así, nada más – mandó, con voz ronca pero sutil.

- Sí, Alphonse-sama – contestó, con una sonrisa. Según las deducciones del guarda espalda, por fin alguien había traído el lado amable, caballeroso y gentil del príncipe. El mismo de cuando tenía 8 años.

Heydrich puso al tanto de todo lo que había sucedido con Fletcher ese día, omitiendo ciertas partes que eran más personales, pero que el guardia lograba imaginarlas por los gestos nerviosos del heredero al trono. Gilgamesh, por su parte, le contó que había contestado al interrogatorio de los Elric respecto a su hermano y unas cosas extras, según habían sido las instrucciones del príncipe y lo que le permitían revelar sus leyes como guardia imperial. Al cabo de unos minutos, ya se habían despedido y todos se encontraban apaciblemente dormidos en sus cómodos lugares de descanso, sin sospechar que eran fuertemente vigilados tanto por aliados como por enemigos.

Por suerte, la casa tenía mucha seguridad.