Jueves.
- Aru, por favor, llámame cuando llegues… Y cuídate – suplicó por última vez el dorado, siendo fuertemente arrastrado por Heydrich para que saliera del tren.
- Estará bien, joven Edward – aseguró Gilgamesh, que acompañaba a Al.
- Nii-san, sólo estaré afuera unas horas… Tranquilízate, por favor… - el castaño reprendía al mayor desde la ventana del vagón que utilizaba, tomando ligeramente el rostro de Ed – Te amo, nada me pasará, te lo aseguro – susurró en el rostro preocupado de Ed, depositándole un tierno beso en los labios.
- Yo también… - fue su entristecida respuesta.
Se escuchó el pito del inicio de marcha, junto con el '¡Todos a bordo!' del anciano acomodador del tren, quien subía al último vagón y comenzaba la lenta ida del tren.
Edward se quedó varios minutos viendo como se alejaba, para luego suspirar desganado e irse al coche, donde Heydrich le esperaba.
- Al menos hay un Alphonse aquí – bromeó, echando a andar el vehículo. El príncipe no tomó en cuenta el chiste. Se dirigían ahora a la escuela, donde iban con bastante tiempo de sobra por la ida a la estación. Se estacionaron y bajaron, separándose en el camino.
- Yo me quedo aquí en la entrada, Edward – comentó el príncipe. Recibió un ademán como afirmativa y eso fue la mayor interacción que tuvieron durante la mañana.
Comenzaban a llegar los primeros alumnos, los más madrugadores y responsables. Todos saludaban animosamente a Heydrich, preguntando a veces por Gilgamesh, a lo que tuvo que decir que fue de viaje con el maestro Alphonse por el día.
- Buen día, Heyd – saludó cierto rubio, el que esperaba el príncipe. Se acercó y le dio un ligero beso en la mejilla.
- Buen día, Flet – respondió, dándole un fuerte abrazo – Hoy no tendremos clases juntos – anunció triste y enojado.
- No por eso no nos veremos en el receso… Preparé un almuerzo para hoy… ¿Lo compartimos? –
- No tengo planes, así que acepto – sonrió, tomándole la mano al menor para comenzar a caminar hacia la escuela. El Tringham menor se dejó llevar. Ya le daba lo mismo que opinase el resto, aunque aún no hablaba con Russel sobre eso. Heydrich notó y pudo intuir que le pasaba a Fletcher, ya que estaba muy callado e inexpresivo, pero seguía tomado de su mano. - ¿Quieres que yo hable con Russel? – inquirió luego de unos segundos.
- ¡No! – Expresó tenso – O sea… No se como lo puede tomar… - dijo apenado.
- Mejor se lo decimos juntos, Fletcher… Quizás así juzgue que tengo el valor para enfrentarle y que me quiero arriesgar por lo nuestro –
El menor se detuvo en seco, sorprendiendo un poco al heredero. Sus ojos temblaban acuosos, inocentes. Poco o nada le importó a Fletcher estar en la mitad de un pasillo donde transitaban algunos compañeros de clase o chicos de otros salones. Simplemente se abalanzó sobre él para besarle con fiereza y pasión.
- Dios mío… Tenía suficiente con los maestros Elric… - comentó alguien que pasaba por ahí, mirándolos con asco.
- Que monos… Se ven muy lindos – dijo una chica que los miraba con unas compañeras, a la distancia.
Comentarios al aire. Los dos no prestaban atención a esas voces tan distantes. Finalmente se separaron, en busca de aire, quedando dos orbes azulinos mirándose con fuego y calor.
- Gracias Heyd, gracias… Hablaremos con él luego de la escuela, ¿Si? – preguntó feliz, irradiante de seguridad.
- Claro… No tienes porque agradecerme, mi niño – recalcó el posesivo de la frase. – Será mejor que vayas a clases, no quiero llegues tarde – anunció, bajando al menor de sus brazos para depositarle un suave beso en la frente – Yo me iré a mi clase… Te espero en el receso bajo nuestro árbol –
- Ahí estaré – afirmó, echándose a correr con dirección a su sala. Iba a medio camino cuando tocó el timbre que anunciaba el inicio. Alcanzó a llegar antes que el maestro.
Edward, por su parte, se fue a encerrar a su despacho, totalmente amargado y lo peor, sólo. No llevaba ni cuarenta minutos alejado de Alphonse y sentía la imperiosa necesidad de tenerlo a su lado para acariciarle y mirarle. Extrañaba esa sonrisa, esos ojos plateados, su aroma a manzanilla del cabello, su perfume luego de cada baño en la mañana… Todo. Realmente, extrañaba todo.
Tan absorto estaba en sus pensamientos sobre Alphonse, que ni cuenta se dio cuando Mustang se había sentado frente a él, haciéndole señas con la mano.
- ¡Despierta Hagane! – exclamó ya enojado, chasqueándole los dedos frente a los ojos, sacando pequeñas chispas entre sus dedos.
- ¡Ah! ¡Mustang bastardo! – maldijo abiertamente, enojado.
- Estoy bien, gracias por preguntar – articuló sarcástico, haciendo referencia a su molestia por el insulto – Veo estás de mal humor… extrañaba esa faceta tuya, Acero –
- ¿Qué quieres, Mustang?... Suficiente tengo con mis problemas – comentó furioso, acomodándose en su silla.
- Vengo para saber como va ese informe… Mañana tenemos que enviar todos los documentos y veo tu no trabajas en eso –
- ¿Acaso quieres ayudarme, flamita? – inquirió irónico, resaltando el apodo.
- No, pero si te voy a obligar que lo termines para mañana, aunque tenga que estar detrás de ti todo el día… Suspendí las clases de alquimia de la tarde ya que los otros alquimistas están haciendo su reporte, igual que tú – informó calmado, algo ¿Feliz?
- Te agradezco el gesto, Mustang, pero el informe lo estoy haciendo con Al y sólo el puede ayudarme a terminarlo… Entregaremos uno solo los dos. – explicó, ya más sereno, intuyendo que el pelinegro ya había descubierto de que era el informe.
- Ya veo – Ed no estaba equivocado – Así que lo harán sobre el anillo, ¿No? –
- Correcto… Nos quedaremos con el secreto de la recomposición hasta el próximo año, y la alquimia conjunta irá incluida dentro de este reporte – respondió sincero, esbozando una sonrisa de satisfacción.
- Será muy peligroso enviar ese reporte sin protección… Los alquimistas de plata tratarán de interceptar la entrega – comentó preocupado, llevándose el pulgar derecho a la sien para masajeársela – O tratarán de atacar la biblioteca nacional para obtener esa información – agregó.
- Por eso tú con Riza llevarán todos los informes de Radeon a Central… Y el nuestro se lo entregarás a Scieszka para que pueda leerlo y tener un buen respaldo – ordenó, calmado.
- Estás loco si pretendas que cumpla esa orden – aseveró, enojado.
- Si quieres te firmo una orden. Tengo los papeles en el cajón de este escritorio – señaló hacia un costado del mueble.
- No tienes para qué molestarte, acero – soltó, refunfuñando.
- Muy bien, Roy – felicitó – Ahora, tomaré tu palabra y me acompañarás todo el día de hoy para no sentirme tan solo… Esa es tu nueva misión – sonrió, complacido.
- Tengo que terminar mi reporte – mencionó.
- Tendrás libre la tarde Roy, así que podrás acompañarme… Vamos a dar un paseo por la escuela, quizás encontremos algo interesante – invitó, parándose de su silla. Se acercó a la puerta y miró al Brigadier amablemente.
- Andas extrañamente cariñoso y tranquilo, Edward… - pocas veces el General lo llamaba así, sólo cuando lograba tomar ese grado de confianza que pocas veces tenían – Está bien, te acompañaré –
Salieron juntos de la oficina. Ninguno tenía que impartir clases, así que se dedicaron a molestar a algunos maestros en sus clases para supervisar los estudios. Llegaron a la clase de Heydrich, la más extraña de todas.
- Buen día, Alphonse – saludó cordial el dorado – Estamos de visita con el director Mustang, así que nos quedaremos un rato para escuchar su clase – afirmó, con una sincera sonrisa pegada en el rostro. Quería saber un poco más sobre la ciencia que se desarrollaba en Aerugo, al igual que Mustang que parecía curioso.
- Pues le invito a tomar asiento, profesor Edward… Usted también, director – contestó algo molesto por la interrupción. Esperó a que ambos tomaran asiento en unos pupitres del salón que se encontraban desocupados, por la inasistencia de algunos alumnos – Como les decía, la fuerza ejercida por… -
Y la clase continuó, sin mayores problemas. Los más interesados eran los alquimistas ahí presentes que trataban a toda costa acorralar al príncipe con preguntas, pero éste siempre salía victorioso en las disputas. Extrañamente, podía explicar todo sin mayor esfuerzo y rebatirles algunas ideas a los poderosos alquimistas, en especial al niño genio y más joven soldado de la milicia.
Llegó la hora del corto receso entre asignaturas, lo que provocó el momento para que los militares fueran interceptados por un molesto príncipe, quien les amenazó a su "tierna" manera que no volviesen a presentarse en una clase de él, ni menos tan preguntones como en esa oportunidad. No les quedó más que encogerse de hombros y arrancar de la furia del príncipe. Ahí fue cuando se dieron cuenta que llegó Fletcher y desaparecían los vestigios de furia, cambiando totalmente a una faceta más amable y caballerosa. No era tan malo después de todo, así que decidieron marcharse y dejarlo con el Tringham.
- Vamos a mi oficina Ed, tengo que reportarme con Riza o me disparará cuando pueda – suspiró resignado el azabache, comenzando la caminata hacia la habitación donde le esperaba, de seguro, su muerte. En su interior, el azabache lloraba ríos como pequeño desconsolado.
- Tranquilo Roy, yo le explico que pasó – Ed apoyó su mano metálica en el brazo del brigadier, dándole apoyo.
El pelinegro no contestó. Simplemente siguió el recorrido, feliz y seguro. Cuando entraron en la oficina, encontraron a todos trabajando tranquilamente, más relajados y al parecer, de buena manera.
- General Mustang, por fin llega – dijo Havoc, con su cigarrillo en la boca en una posición muy extraña e inusual. – Hola Jefe – saludó cordial. Al dorado le molestaba profundamente le llamaran por su cargo, así que obligó a todos a que le siguieran llamando "Acero", "Fullmetal" o simplemente "Ed", en vez de señor o Obergruppenführer (Teniente Führer) (6)
- Hola Havoc. ¿Qué tal? ¿Cómo van las cosas? – preguntó entusiasmado, casi jovial. Inconcientemente, Edward volvía a tener quince años ante los ojos de todos los del escuadrón de Mustang, aunque en realidad tuviese veinte.
- Pues ya sabes… Llenando formularios y buscando alguna novia por ahí – rió nervioso, llevándose una mano a la nuca.
De pronto, la puerta volvió a abrirse, revelando la figura de Riza, quien venía con algunas carpetas en la mano.
- Hola Edward – saludó cortante, quizás demasiado fría. Miró a Mustang, para poder dirigirle la palabra – General, tiene mucho trabajo por terminar… Debemos comenzar ahora si quiere terminar su informe por la noche –
- No podré Riza… Mañana me encargo de todo –. Miró a Ed, tratando de decirle con la mirada que hablara con Riza para que le explicara, pero éste seguía enfrascado en la conversación con Havoc. – Ed… Ayúdame – murmuró, lo suficientemente audible para que el dorado lo escuchara.
- ¿Qué pasa, Roy? – Se giró para mirarlo, encontrándose con Riza – Hola teniente – saludó enérgico. Miró a Mustang, quien sudaba nervioso sin poder escaparse de la mirada firme y penetrante de esos ojos rojos. Ahí pudo entender Ed que sucedía – Por cierto, Teniente… Mustang me acompañará parte del día, así que cuando lo desocupe, se lo devuelvo – informó, sonriente.
Mustang no pudo evitar sentirse peor. Las palabras de Edward parecían hablar como si se tratase de un objeto o un juguete que podía ser desechado. No era más que un peón en la escala de personas con las que Edward podría compartir un rato, mientras no estuviese con Alphonse. Inconcientemente, empezó a sentirse furioso, pero analizó todo y, aunque le costase aceptarlo, Ed no quiso decirlo con esa intención, sino más bien le protegió y le hacía sentir que podría estar con él hasta que así lo deseara, aún en contra de la voluntad de la rubia compulsiva por el trabajo. A toda costa aprovecharía esa oportunidad que tenía.
- Bueno, ya nos vamos – anunció el dorado, tomando del brazo al pelinegro - ¡Nos vemos! Saludos al resto – Y salieron, dejando a los otro mudos por la reacción del menor.
Gilgamesh y Alphonse caminaban ya por la estación de Central, reservando sus pasajes de vuelta a Radeon. Tuvieron que hacer un pequeño papeleo, ya que el rango de Coronel del castaño no era suficiente como el de Edward. Llenó algunos formularios e hizo algunas llamadas al cuartel para obtener los permisos. Luego de unos minutos, ya tenían todo listo.
Salieron de la estación con rumbo al cuartel general, a su entrevista con el Führer.
- Dime Gilga – inició la conversación el castaño - ¿Hace cuanto que conoces al príncipe? –.
- Pues… Yo tenía unos ocho años cuando me encomendaron protegerle… Él ya tenía unos cinco años – respondió.
- Por eso le proteges así, me imagino –.
- No sólo por eso… - refutó – Ayudé a criarle desde entonces, enseñándole el mundo exterior como siempre me pidió… Él no era arrogante como dicen todos, es muy bondadoso y caballeroso – su voz sonaba triste, calmada.
- Ya veo… - dijo el menor – Tu quieres volver a ver a ese príncipe amigo tuyo, ¿O me equivoco? – inquirió.
- No – respondió, meneando la cabeza de izquierda a derecha – Él siempre será mi amigo, pero volverá a ser el mismo de siempre cuando sea feliz con la persona que elija para acompañarle – respondió, mirando hacia el cielo y contemplar algunas nubes.
Alphonse decidió no seguir preguntando. Ya había descubierto mucho acerca del príncipe y a Gilgamesh parecía dolerle recordar el pasado. Caminaron en silencio algunos minutos más, hasta que llegaron al cuartel. Pasaron directo a la recepción, donde avisaron su llegada.
- En unos momentos les llamarán para la entrevista con el Führer, señor Alphonse – les dijo la recepcionista, levantando un auricular de su teléfono para dar aviso a la secretaria del Generalísimo.
- Muchas gracias – respondió el castaño, sentándose en un sillón de la recepción, a un lado del castaño oscuro.
- Vamos Roy, apresúrate o nos quedaremos sin almuerzo – Edward arrastraba del brazo al pelinegro, llevándolo hacia el comedor central.
- Yo no como en el comedor, Ed – refutó – Prefiero ir a un restaurante –.
- No, no – reprendió el dorado – Debes estar con los alumnos y comeremos aquí porque debo juntarme con Van y Loth – explicó – Debo decirles que tienen que hacer esta tarde ya que no tendremos entrenamiento por hoy –.
- Está bien… Pero suéltame el brazo Ed, que nos verán raro en el comedor – reclamó Roy, zafándose del agarre – Quizás que dirán si te ven conmigo y tu comprometido con Alphonse – expresó, con cierta molestia en su voz.
El dorado se limitó a hacer caso y mantener un pulcro silencio entre los dos. Eran muy ciertas las palabras de Mustang, pero no quería que su compromiso le alejase de la familia que les aceptaban tanto a él como a su hermano desde hace muchísimo tiempo, desde su problema con el tercer tabú hasta la ya poco privada relación con él.
Tomaron sus bandejas y pidieron su almuerzo. Podía sentirse la tensión entre ambos, pero era aplacada por el ruido del salón de los tantos alumnos en él. Buscaron un poco común pelo púrpura entre el mar de gente, hasta dar con él y sentarse con los alumnos de Edward.
- Hola chicos – saludó Ed, con voz neutra – Tengo que hablar sobre lo que harán esta tarde – Dijo, mientras se sentaba frente a los niños y se acomodaba en la silla, seguido por el brigadier a su lado.
- Hola maestro – Al contrario del melancólico dorado, Loth saludaba muy enérgico, como siempre – Hola director – se dirigió al pelinegro. - ¿Cambiando al maestro Alphonse por el director Roy? – preguntó inocente, recibiendo un ligero coscorrón en la cabeza por parte de Van que lo reprendía rápidamente.
- ¡Loth! ¡Ni se te ocurra pensar eso! – Bramó enojado el dorado – El General Mustang me acompañará el día de hoy por unos asuntos de los alquimistas estatales… Pero eso no es lo que quiero decirles – frunció el ceño.
- Duele… - se quejaba el púrpura, sobándose la nuca.
- ¿Qué sucede profesor? – Van parecía más interesado en ese tema que en la vida privada del otro.
- Hoy no tendrán clases de alquimia, por lo que será tarde libre y pérdida de tiempo para mi gusto – explicaba – Tendrán que terminar el último tomo que les pasamos con Al y practicar una hora de defensa personal el uno con el otro, ¿Queda claro? – completó, mirando serio y bastante feo a los menores.
- Ni modo – Van se encogido de hombros y aceptó – Loth, tendremos que posponer nuestra salida, pero igual te compraré el helado – sonrió al pequeño que estaba muy desilusionado. Le obsequió una caricia en el pelo y un beso en la mejilla para confortarlo un poco. Ya se le había ido el apetito con la mitad del plato aún sin comer, pero necesitaba un poco de aire – Con permiso – se excusó, tomando su bandeja para luego retirarse del comedor de forma silenciosa e impasible.
- Ed – habló Mustang, lo suficientemente audible solo para el mencionado – Acabas de arruinar algo importante –
- Aquí tiene todos los documentos del Divino Alquimista, incluyendo la nueva credencial de él, para hacer válido su cargo – La joven secretaria del Führer entregaba un sobre bastante grueso, al parecer con muchos documentos en él.
- Deben tener cuidado Alphonse… Nadie ha podido mantener al margen a este soldado y a tu padre le costó mucho trabajo entregarlo la última vez a las autoridades – El anciano bebía un sorbo de té de su taza de fina porcelana extranjera para volver a tomar la palabra – Para cualquier efecto militar o político, se te asigna el cargo de Reichsführer (7) de manera Ad-Honorem (8), así que tendrás doble rango, el de Coronel y el de Mariscal de Campo como Jefe directo – agregó el Generalísimo a sus palabras, reclinándose en su silla.
- Muchas gracias, señor – Alphonse daba una ligera reverencia, acompañado en el acto por Gilgamesh que estaba presente en todo por órdenes del príncipe – Aún así, Gilgamesh nos ayudará a controlarle en cierta manera, ¿O no? – inquirió, sonriéndole al castaño.
- Cla-claro… - tartamudeó – Espero escuche a su hermano menor – sonrió nervioso.
El Führer se sorprendió. No tenía conocimiento alguno sobre la familia del alquimista ni nada similar. Decidió que sería hora de indagar un poco.
- Señor Gilgamesh – empezó, sorprendiendo al castaño de sobremanera, quien se limitó a cuadrarse y escuchar atento – Desearía pedirle, si no es mucho la molestia, hiciera un informe sobre todo lo que sepa de su hermano… No se preocupe por la información, que será sólo leída por mí – agregó rápido al notar una mueca de disgusto por parte del guardia que había aparecido fugazmente en su rostro.
- Con gusto, señor – fue su única respuesta, con voz neutra y su rostro frío.
Ambos castaños se despidieron de la secretaria y del Führer, saliendo de su oficina para luego dirigirse a la salida del cuartel. No tenían más asuntos ahí y ambos deseaban volver rápidamente a Radeon con su gente.
- Aún tenemos tiempo para abordar el tren… Vamos a almorzar, Gilga – invitó el menor, sonriente y con un gruñido en el estómago.
- Yo... esto… Olvidé traer mi billetera – rió nervioso ante su despreocupación. Sólo había cargado algunas armas en caso de emergencias, por lo que había olvidado el dinero en el bolsillo de su otro pantalón.
- No te preocupes, yo invito… Vamos – jaló de un brazo al mayor para llevarlo por la ciudad a comer a alguna parte.
En realidad, Gilgamesh estaba avergonzado por otra cosa y esperaba poder decirle al menor si podía ayudarle con eso.
- Era nuestra primera cita – fue la única respuesta de Loth ante las interrogantes que hacía el rubio por el accionar del pelirrojo. Luego de eso, se retiró y dejó a un Ed muy confundido y bastante molesto consigo mismo por haber provocado eso.
- Me siento un animal – comentó, dejando de lado su almuerzo ya que su apetito se había ido de vacaciones - ¿Qué puedo hacer, Roy? – preguntó mirando al aludido, tratando de buscar un consejo.
- Dales la tarde libre, discúlpate con ellos y entretente en lo que queda del día – El más sabio consejo que podría dar. Terminó de comer lo de su plato y se levantó de su asiento, llevando la bandeja sucia hacia el recibidor cerca de la cocina, donde retirarían luego todo para lavarlo y dejarlo listo para el otro día. Ed repitió la acción, disculpándose con la cocinera por dejarle la mitad del suculento almuerzo, prometiéndole que el día siguiente comería doble ración.
- Vamos, creo poder encontrar a los chicos – tomó nuevamente a Roy del brazo para tironearlo y llevarlo arrastrado hacia la azotea del viejo edificio, que era el lugar preferido de los hermanos cuando descansaban, aunque pronto irían a sus casas debido a la cancelación de las actividades.
- Ed… Al menos piensa como vas a decírselo, porque te aseguro que quizás no acepten tu disculpa – advirtió el moreno a su lado, arreglándose el cabello mientras caminaba, al fin sin el agarre de Ed, con dirección al edificio mencionado.
- Tienes razón… - meditó el dorado, llevándose su dedo índice al mentón, retrasando el paso para ir a la par con Roy – ¡Recomiéndame algo Mustang! – suplicó con cara de perro mojado.
Roy sólo se limitó a apartar esa mirada de su cara, observando hacia algún otro punto del pasillo.
- Se sincero y que tengan una linda cita – soltó, luego de pensar en todas las opciones, creyó que eso era lo mejor.
Edward sólo asintió, siguiendo en silencio el camino por las escaleras hasta llegar a la azotea del edificio. Estaba en lo correcto, y ahí pudo encontrar a los dos hermanos, abrazados, y el menor llorando suavemente en los brazos del pelirrojo.
Loth y Van no se dieron cuenta de la presencia de los dos que entraban en su terreno sagrado, por lo que se sorprendieron ligeramente al sentir la sombra de Edward interfiriendo los rayos de sol que les llegaban a la espalda.
- Perdónenme… - fue lo único que pudo decir, aunque había pensado mucho en el discurso que les iba a dar.
- ¿Por qué tendríamos que disculparlo, maestro? – Inquirió molesto el mayor – Debemos seguir con el entrenamiento si queremos perfeccionar nuestra alquimia –
Ed sonrió brevemente, mientras se sentaba a un lado de los chicos. Roy lo esperaba en la entrada y salida que era la puerta, pero al ver al rubio sentarse decidió acercarse a ellos para saber de que hablaban.
- Lo siento chicos… La verdad, es que hay un mejor entrenamiento para la alquimia – empezó a decir sereno - ¿Se han preguntado como es que Alphonse y yo podemos hacer alquimia sin problemas? – cuestionó hacia los menores, obteniendo una negación por parte de ellos.
- Es por la puerta de la verdad – interfirió el azabache – Producto de la transmutación humana que hicieron hace varios años atrás – aseveró, seguro de sus palabras.
- Eso no es cierto Roy – refutó el oji-dorado – En realidad… Es por el amor que nos tenemos – al decir esto, se sonrojó bastante – Al igual que como lo hacen ustedes dos, niños –
- Sí, pero ustedes llevan muchos años sabiendo alquimia – dijo Loth, inocente.
- Vuelven a equivocarse… Déjenme contarles como fue que recuperé el cuerpo de Al, así como lo llegué a amar como ahora –
Flash back: Punto de Vista de Edward Elric.
- Voy a recuperar tu cuerpo Al, así sea lo último que haga – afirmé, decidido de mis palabras.
Siempre le decía eso a Alphonse, para darle esperanzas que recuperaría su cuerpo a cualquier costo. Trataba y trataba, buscando en libros y en cuanta información pudieran darme acerca de la transmutación humana.
Deseché la idea de usar la piedra filosofal por la forma en que debía hacerse, así que había que buscar otro método. En uno de los pocos y agradables sueños que pude tener, se me vino a la mente la utilización de otros catalizadores.
En eso, fui donde el coronel Mustang para preguntarle acerca de todos los catalizadores alquímicos que habían en la milicia, cosa de poder encontrar un poco de información.
- Ni con todos los relojes de los alquimistas estatales podrías recuperar el cuerpo de Al – fue la seca respuesta de Roy.
La verdad, me temía esa respuesta, así que decidí completar los estudios de la alquimia.
- Coronel… Pido permiso para irme a Xing por un año completo – estaba decidido. Iría a completar los estudios de Rentanjutsu al país del oriente, donde de seguro Ling y Mei podrían ayudarme.
- ¡Estás loco nii-san! – Fue lo único que Alphonse me dijo. Y estaba en lo cierto. Por él haría cualquier cosa, aunque siempre me escudaba en la excusa de cumplir mi promesa.
Cuento corto: Me fui a Xing, pero esta vez, sin Alphonse. No quería inmiscuirlo más en las investigaciones por si estas se volvían peligrosas, así que Al se quedó en Rizembul durante todo ese año que estuve fuera investigando y aprendiendo más. Constantemente llamaba a Al para saber como estaba e inconcientemente, podía darme cuenta que no estaba bien. Siempre le escuchaba decaído por escasos segundos, aunque irradiaba felicidad al hablarnos por lo que me comentaba Winry y la abuela Pinako, cosa que no pasaba desapercibido para nadie. Luego de dos días sin llamarle, sus ánimos volvían a decaer.
Un día, entre estudios con Mei, descubrí unos manuscritos bastante raros, que nadie podía entender, pero para alguien que conocía la puerta de la verdad esto no era un impedimento.
Había encontrado una forma de recuperar el cuerpo de Al sin sacrificios físicos evidentes. Llevaba diez meses en Xing, bajo el alero de nuestros amigos, pero decidí volver. Ya tenía los suficientes conocimientos del Rentanjutsu y necesitaba hablar con algunas personas de Amestris. Volví al país, pero no le informé a nadie, ni menos a Alphonse a quien quería darle una sorpresa.
Un día de octubre, antes de nuestro aniversario de nuestra ida, volví a Rizembul. El problema es que tendría que convencer a Al nuevamente de hacer algo riesgoso, pero esta vez, era por mí, no por él. No había fallas en el plan, sólo que quien lo ejecutaba debería pagar un gran costo.
- ¡He vuelto! – exclamé el día que llegué y abrí la puerta de la casa de la abuela Pinako. Sólo estaban Winry y la abuela, quienes me recibieron ese día. Alphonse estaba en la ciudad buscando algunos víveres que ellas le habían encargado comprar.
Conversamos bastante entre los tres, hasta que llegamos al punto de mis avances. Les revelé toda mi idea y las hice cómplices del plan, para que me ayudaran a convencer a Al. Me costó bastante explicarles a ellas que yo quizás no volvería a estar con ellas de manera activa, pero seguiría en el mundo de los vivos, al menos.
- Ya llegué – anunció cierta vocecita metalizada triste que hacía bastante tiempo que no escuchaba en vivo y en directo. Me volvía loco escucharlo, así que corrí a la entrada a buscarlo. Cuando lo vi, no atiné más que abrazarlo y llorar unas pocas lágrimas de alegría. Sentí como él también me abrazaba y me levantaba ligeramente del suelo.
- Nii-san, nii-san… – era lo único que me decía una y otra vez, mientras me daba vueltas por el vestíbulo y me llevaba hacia el comedor – Debiste avisarme para ir a buscarte a la estación, nii-san – me regañó, de manera infantil, sin soltarme y yo pataleando en el aire para tratar de pisar de nuevo.
- Lo sé, Al, pero quería darte la sorpresa –
Me dejó en el suelo y por fin pude mirarlo. Estaba igual que siempre, con esos profundos ojos rojos del casco de la armadura. Noté que tenía ciertos desgastes en su armadura y estaba sin pulir hace bastante tiempo.
Caminé un poco tratando de ocultar un pequeño malestar que me tenía bastante preocupado desde hace algún tiempo atrás: Cojeaba.
- Nii-san… ¡Creciste! Estás cojeando por el automail – Alphonse se había dado cuenta antes que Winry y la abuela, quienes corrieron a medirme de manera sorpresiva y afirmar lo que decía mi hermano. Me llevaron a la fuerza hacia el pequeño taller, donde me obligaron a sacarme los automail para hacerlos de nuevo. Me pasaron unas prótesis momentáneas que me servirían para caminar, aunque no tenía movilidad alguna en el brazo debido a que la prótesis no tenía conexiones nerviosas como el automail mismo.
Las mujeres se olvidaron de nosotros, por lo que pude ir a conversar con Al un rato afuera. Recuerdo que llevaba mi playera y mis pantalones negros esa vez.
- Que bueno que creciste hermano – me felicitó Al, mientras nos sentábamos en un árbol cercano a la casa.
- Nadie te ha limpiado y pulido, ¿Cierto? – pregunté con pena. Al no dejaba que nadie le revisara por dentro, aunque jamás pensé que no dejaría lo limpiaran.
- Al menos no tengo telas de araña en mi interior – bromeó, pero yo lo miré con reprobación. – Sabes que no me gusta que nadie me toque, aparte de ti – Inocente, como siempre. Su comentario esa vez si me había echo sentir halagado, pero más aún, importante para él.
- Entonces vamos adentro, que te limpiaré aunque tenga una sola mano – le dije, a lo que asintió gustoso.
Estuvimos en nuestra habitación que normalmente compartimos cuando vamos a casa de la abuela. Ahí, saqué un poco de cera y unos paños para limpiarle con cuidado, parte por parte. Mientras hacía eso, conversamos y le conté todo lo que hice durante esos diez meses, obviando claramente la información sobre recuperar su cuerpo.
¿Por qué? Porque simplemente no me preguntó, ya que le importaba más como estuve a como recuperar lo que perdió. Le interesaba mucho más el bienestar de su hermano que el suyo propio. Ahí me pude dar cuenta de lo importante que era yo para él.
Pasaron algunos días desde que había llegado, y por fin pude contarle que iba a recuperar su cuerpo. Se asombró bastante, debo decir, pero no podría hacer nada hasta que tuviera mis automail completos y aún tenía que ver como evitar las consecuencias de la transmutación. Quería estar con Alphonse cuando eso pasara y no perderme nunca más algo relacionado con su vida. Quería estar con él por siempre.
Al cabo ya de una semana, mis miembros de metal estuvieron listos y en eso ya había descubierto la manera de evitar las consecuencias, pero tendría que depender de Al en todo momento, así que la última decisión era de él.
Fuimos a Central donde tendría que hablar con Mustang. Preferí hacerle un informe, hacerlo llegar y dirigirme a lo que realmente iba. Al fue a visitar a los Hughes mientras yo compré lo último que hacía falta para devolverle el cuerpo a Al.
Volvimos una vez más a Rizembul, donde le pedimos a la abuela y a Winry que fueran a Central, donde las recibirían mientras nosotros nos encargábamos del resto. Estaba seguro que todo funcionaría si Aru confiaba en mí, por lo que no podíamos dejar que las mujeres vieran algo indebido si sucedía algo mal. Aceptaron a regañadientes, pero al fin y al cabo, lo hicieron.
- ¿Estás seguro que funcionará, nii-san? – me preguntó incrédulo. No estaba seguro, pero sólo le pedí que pensara en lo que más quería en el mundo, ya que su cuerpo de seguro lo recuperaría.
Decidimos hacer la transmutación en el salón comedor, donde tendríamos más espacio. Corrimos algunos muebles y sillones para alistar todo, así que finalmente llegó el día donde Al tendría su cuerpo.
- ¿Y que pasó? – preguntó Loth, bastante interesado en la historia. Se había tranquilizado después de todo.
- Al recuperó su cuerpo, obviamente – fue su respuesta, alegre y sonriente.
- Pero, pero… - tartamudeó el púrpura – No nos dijiste que compraste ni que pasó – alegó berrinchudo.
- Pues… - un leve tinte magenta apareció en las mejillas del dorado – Algo que Al siempre lleva consigo – Ed no fue capaz de decir exactamente que era, por vergüenza.
- El anillo de compromiso – explicó Roy, que estaba bastante pensativo luego de la primera parte del relato – Es un poco obvio, niños –
- ¡Roy! – La cara de Ed ya estaba completamente roja – Es cierto… Pero en ese entonces no tenía pensado que sería el anillo de compromiso, simplemente era un símbolo de atadura de conciencia – explicó ya más calmado. Aún así, sus palabras no tenían mucho sentido para los tres que escuchaban la historia.
- ¡A-chts! – un estornudo corto y similar al de un gato salió de la boca del oji-plata.
- No te vayas a resfriar, Al – acotó el guardia – Estuvo delicioso el almuerzo – sonrió feliz, con el estómago ya aplacado por la comida.
- Debe ser Ed que habla de mi… Reconozco estos estornudos – aclaró el castaño – Vayamos a la estación a esperar nuestro tren – invitó cordial el menor. El día era hermoso para caminar y despejar las mentes de ambos chicos, aunque el guardia estaba un poco nervioso. No sabía como expresarle a Alphonse lo que le tenía confundido.
- Conozco esa mirada – Al interrumpió los pensamientos de Gilga al hablar – Y puedo deducir que algo te tiene confundido, así que si quieres, puedes decírmelo – Una sonrisa que inspiraba confianza y ternura se formó en los labios del menor, instando al otro a decir lo que debía.
- Tiene razón – Gilgamesh era demasiado formal aún con Al, pero era por culpa del parecido físico con el príncipe que lo hacía – En realidad… Son muchas cosas en las que pienso, pero quisiera hablarlas con usted –
- No me trates de usted, Gilga – refutó – Trátame de igual a igual, como Al simplemente. Aunque me parezca al príncipe, no lo soy – explicó, mientras seguían caminando hacia la estación que estaba a no más de cinco cuadras.
- Lo sé, pero me es muy difícil hacerlo – contestó amargado – La verdad es que hay otra cosa que me tiene preocupado – comentó – Y es con respecto a Edward-san – dijo al fin, con cierto temor.
- Dime que te hizo y yo me encargo – frunció el ceño, de forma infantil, como queriendo darle una golpiza a alguien mayor por defender a un buen amigo.
- ¡No! No es eso – levantó las manos, tratando de detener la ira falsa del menor – Lo que pasa es que me tiene muy confundido… Se muestra demasiado amable conmigo, a veces creo que lo hace a propósito… Y por lo visto no es así con todos, salvo contigo, Al – explicó, agregando el nombre del Elric para no hacerlo enfadar de nuevo por como llamarle.
- Sinceramente – comenzó a responder pasados unos segundos de silencio – No me había dado cuenta. Soy bastante celoso con Ed, pero debe tener algún motivo y no por eso voy a enojarme contigo, Gilgamesh –
- Pensé te enfadarías más – se sinceró.
- Si quieres lo hago y me vengo contigo en el tren – bromeó, con una sonrisa maliciosa en su rostro.
El castaño oscuro sudó frío simplemente. Es mirada tenía más que maldad, tenía tintes de lujuria y deseo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, provocándole un ligero remesón en el cuerpo.
- Él también es muy posesivo contigo, me he podido dar cuenta – agregó - ¿Siempre fue así? – preguntó curioso.
- La verdad, sí. – Su tono de seguridad era bastante despreocupado – Por lo mismo fue más fácil darnos cuenta de la relación que tenemos ahora… Ambos nos necesitábamos mutuamente y no dejaríamos que nada ni nadie nos separara – Alphonse revivía cierta parte de su pasado que no le agradaba, pero lo hacía con intención de buscar en sus memorias los sucesos más importantes, esos que están grabados con fuego en su mente.
- Pero siendo así… ¿Por qué es tan cariñoso? – Nadie lo era con él. Simplemente era muy extraño sentir esa calidez de alguien más. Su corazón había sido acostumbrado a la soledad y al frío de las personas, por lo mismo el trataba de ser amable y atento, para calmar ese vacío en su pecho.
- Porque sabe reconocer a las personas que no sienten, o no se les permite sentir – Fue su respuesta. Tan simple y tan cierta como esa. – Por mucho tiempo yo estuve sin un cuerpo, sin poder sentir dolor o placer, sin pasar hambre ni sed… Estuve atado a una armadura, la misma que está en el salón de la casa – explicó.
Sin darse cuenta, habían ya entrado al andén del tren, subiendo a la máquina y acomodándose en unos asientos disponibles del vagón, para seguir conversando calmadamente.
- Yo también se que sientes Gilga, casi podría adivinar lo que piensas… No es posible que una persona pueda saber eso, teniendo tan buena máscara como la que tú tienes. – Alphonse hizo una ligera pausa, para poder ayudar a Gilgamesh a asimilar toda esa información, tan cierta y a la vez tan poco creíble para él – ¿Te importaría si te digo algo más privado? – inquirió, para luego mirar el rostro del mayor.
- No tengo muchas cosas privadas, así que no se que pueda ser – comentó – Pregunta lo que sea, no tengo permitido mentirle a la gente – sonrió, casi forzosamente.
- Tienes un brillo especial en tus ojos desde ayer, antes de la prueba que hiciste – escrutó el rostro ya bastante nervioso del castaño oscuro - ¿Tiene algo que ver con lo que me preguntas hoy? Desde tu encuentro con Russel lo puedo notar en ti –
- No se de que me hablas, Alphonse – respondió apresurada, evadiendo la mirada examinadora de Al sobre su cara – Sólo conversé algunos minutos con el señor Russel. Al ser el hermano Fletcher-kun no podría mirarle de otra forma – Más de un comentario le delataba en todas sus frases.
- Entonces si miraste a Russel, pero no puedes hacer nada por la relación con el príncipe y su hermano menor – rápidas deducciones – Juégatela por Russel. Puede ser un tanto frío y odioso, pero te aseguro tiene buenas intenciones en su corazón –
- ¡No! Es imposible… Él ahora es parte de la familia real, quiera o no quiera aceptarlo, ese es su estado – Un nudo en su garganta le impidió seguir. Se sentía morir. Alphonse había adivinado uno a uno sus sentimientos.
El tren comenzó su marcha en un lento vaivén, meciendo suavemente a las personas en su interior. No eran muchas, ya que los permisos de entrada a Radeon eran escasos y no cualquier militar podía conseguir uno.
En un ligero movimiento del acompasado del tren, Al rodeó con sus brazos a Gilgamesh en un abrazo consolador, dándole indirectamente su apoyo por la situación. El mayor era capaz de amar, muy en el fondo de su corazón, con mucha fuerza y dolor que le provocaba cada uno de las personas en las que se fijaba y se volvía alguien inalcanzable.
Humedad. Al lograba sentir a través de su camisa la percepción de algo mojado filtrándose en su ropa. Gilgamesh lloraba de pena, rabia, angustia y decepción, en silenciosas lágrimas que caían por su rostro y llegaban a su fin en el vestuario del menor.
- Por ahora, eres nuestra familia. Tanto el príncipe como tú son parte de nuestra vida con Edward, así que no vuelvas a sentirte solo. Vivimos en la misma casa y serás como un hermano para nosotros – sus palabras eran suavemente pronunciadas, acariciando los oídos del mayor con cada pausa entre ellas. Alphonse le daba un cariñoso mimo en el pelo, acariciándolo para tranquilizar al abatido guardia que se desahogaba después de tanto tiempo sin derramar una sola gota de sus ojos.
- Gracias… - murmuró, aún apegado al pecho del oji-plata. Se levantó de su posición, para poder volver a mirar al Elric, esta vez para regalarle una verdadera sonrisa. Iba a hacerlo, pero apenas levantó su rostro recibió un beso en la frente y uno en sus labios, inocente y tierno como el de un pequeño hijo a su padre.
- Mi hermano siempre lo hacía para hacerlo cuando era pequeño – explicó Al, viendo el asombro en la cara del guarda espalda – Simplemente me hacía sentir mejor – agregó.
Sonrió. Los hermanos Elric jamás dejarían de sorprenderlo, ya sean juntos o por separado, ambos tenían muchas historias y un pasado bastante peculiar, que no dejaban de atrapar a quien fuese con sus encantos.
- Sí, tranquilizan bastante – comentó, para luego cambiar el tema y charlar lo que quedaba de viaje hacia Radeon.
- ¿A dónde vas ahora, Ed? – Roy seguía al mencionado por las calles de Radeon, luego de conseguir que sus alumnos se fueran a su tan anhelada cita de esa tarde. ¿El intercambio? Como buenos alquimistas, tuvo que correr con los gastos de lo que ellos pidieran, así que su cuenta en el banco fue literalmente saqueada, además de que todo corría por cuenta de él, tendría aún más bajas financieras.
- A ninguna parte en especial – fue su hosca respuesta. No estaba enojado, estaba impaciente. Alphonse no llegaría antes de dos horas más y no tenía panorama alguno para matar el tiempo esa tarde – No se que hacer, Roy –
- ¿El gran niño genio no tiene qué hacer? Que decepcionante –
'Esa no fue la voz de Roy' Dedujo el ambarino, volteándose en todas direcciones para encontrar la procedencia del comentario. Encontró su respuesta sentada en una banca a escasos metros, vestido de pies a cabeza con un delgado abrigo marrón, contrastante total con los mechones verde-agua que escapaban del gorro en su cabeza. Después de un rápido y minucioso análisis a la persona esta, Edward pudo apreciar la misma fría mirada de hace algunos meses atrás, la misma que observaba a su hermano cuando empezó la misión. Un escalofrío le recorrió la médula al recordar eso.
- ¿Qué es lo que quieres? – inquirió Ed, bastante molesto por el comentario anterior.
- Se supone que tu quieres algo y no sabes que es – Se paró del asiento, acercándose a los otros dos – No me culpes a mí porque el anciano llamó a tu hermano a buscar mis papeles – recalcó ante la obvia molestia de Ed – Deberías estar buscando a los homúnculos o a los hermanitos de plata. Pierdes el tiempo en cosas tan triviales – levantó sus hombros y sus manos, simulando decepción.
- Capitán Seitan, le ruego deje su arrogante acento en otro lugar – Esta vez Roy intervenía en la conversación. Edward ya se lanzaba a matar al esmeralda y se vio en la obligación de interceder – Si nos disculpa, nos retiramos – Y tomó a Ed del brazo, atrayéndolo posesivamente hacia él para alejarse varios metros del alquimista.
Siguieron alejándose. Edward algo impresionado por la actitud defensiva de Roy, pero le daba aires de seguridad ante todo.
- ¿Desde cuando eres así? – No pudo evitar cuestionar el accionar de Roy ante la situación.
- Que no seas mi subordinado, no significa que no pueda protegerte, Ed – Mustang soltaba el agarre que tenía con el menor, para darle más espacio y libertad de acción ahora que podían sentirse lejos del otro tipo.
- Nunca quise dejar de ser tu subordinado… No fue algo que pude elegir – Su rostro cambiaba a uno más serio, su semblante a uno más preocupado y triste – Lo hice por Alphonse… -
- No sé que habrá sucedido Ed, pero creo que fue para mejor… Ahora tienes la tranquila vida que siempre quisiste tener, junto a quien has querido desde la infancia – La melodiosa voz de Roy tenía la razón, aunque le confundía. ¿Acaso era amor fraternal? ¿O era de verdad?
Si seguía pensando en eso, terminaría confundido y, peor aún, alejándose de Al.
- No vuelvas a decirme eso, por favor – Su petición era simple. No quería sentirse confundido, menos teniendo a Al lejos para aclararlo en el momento.
- Oh, Ed… ¿Te confundes por el pasado? – Inquirió el mayor, abrazando sutilmente por los hombros al ambarino – Pensé habíamos aclarado eso – agregó.
- Sabes que no me gusta admitir las cosas, ni menos que soy susceptible a ese tipo de preguntas –
Edward no hizo siquiera el amague de evitar el gesto de Roy. Era reconfortante, pero sabía muy bien que eso no estaba bien.
- Sigues siendo un niño para mí… Te conozco desde pequeño y sabes que te estimo mucho –
- ¿Cambias el "querer" por "estimar" ahora? – preguntó irónico, mientras seguían caminando por Radeon, hasta llegar a la plaza central.
- No soy bueno con las palabras – soltó, deteniéndose en seco para tomar la cara de Ed – Pero soy muy bueno con las acciones – dijo, con una lujuriosa mirada en su rostro.
- Ni se te ocurra, Roy – amenazó, aunque por dentro cedía a esos ojos penetrantes que le miraban.
- Sólo uno – rogó.
- No –
- Nadie lo sabrá –
- Estamos en plena plaza, dije que no – volvió a negar, ahora volteando la cabeza hacia su derecha.
- Déjame despedirme… Esa vez no me dejaste, te lo ruego – Jamás se había arrastrado por nadie, y Roy lo hacía por un simple beso del alquimista frente a él.
- Demonios… Roy… Dije que… - Pero fue interrumpido.
Roy Mustang, alquimista de fuego, conocido nacionalmente por sus hazañas y su poca paciencia en actos especiales, cumplió su objetivo: Robarle un beso al mayor de los Fullmetal, ese que lo volvía loco desde hace años y que le fue arrebatado por el amor de su hermano. Fue algo pasional, lento, inseguro, pero en medio de la confusión de Edward pudo abrirse paso en esa cavidad para inspeccionarla nuevamente, luego de años sin probarla de nuevo.
Aún conservaba ese sabor a vainilla.
Edward simplemente no reaccionaba. Su mente en blanco no le permitía ni rechazar ni aceptar esa intromisión. Su corazón le dictaba el rechazo rotundo y una paliza enorme, su mente simplemente le decía que no reaccionara.
Y así fue, hasta que Roy lo soltó.
- Eres un cerdo –
- Tú eres un hermoso ángel – Le contestó, acariciándole el cabello – Uno inalcanzable para mi – Lo abrazó fuertemente, siendo correspondido por el dorado – Gracias… Siempre quise despedirme de lo nuestro – murmuró.
- Bastardo… -
- Mi hermano es un idiota… -
- El mío de vez en cuando –
Gilgamesh y Alphonse conversaban tranquilos en el tren, de vuelta a la ciudad donde vivían ahora. Comentaban acerca de sus familiares, teniendo en común el hecho que ambos tenían sólo a sus hermanos con vida, aunque el guardia se enteró recién que el suyo seguía en este mundo.
En cierto modo, Al ayudaba a Gilga a hacer su reporte, ya que esa era otra de sus inquietudes… No sabía hacer uno, al menos no como los que piden en Amestris.
- Mi hermano acaba de pasar un mal rato – soltó al aire Al, sintiendo un escalofrío recorrerle la médula.
- ¿Cómo lo sabes? – cuestionó incrédulo el otro.
- Puedo sentir su estado cuando sus sentimientos tienen una fluctuación en su organismo… - hizo una pausa, ante la expresión de duda de Gilgamesh – Bueno… Fue el intercambio equivalente para recuperar mi cuerpo – rió, nervioso.
- Tú eras el de la armadura en el salón, ¿No? – Inquirió, alzando una ceja - La armadura tiene parte de ti, Al… Yo duermo en el mismo salón donde la tienen, y no por nada soy de la elite de guardias de Aerugo – precisó – tenemos entrenamiento básico de alquimia… Aunque la única etapa que domino de los procesos es la destrucción de la materia – agregó, apenado.
- Sabes demasiado… Creo entenderás si te explico básicamente el proceso que sufre Ed durante el resto de su vida… -
- Tenemos tiempo y yo paciencia – bromeó el castaño oscuro.
- Hace unos cuantos años atrás, con mi hermano rompimos un tabú de la alquimia… Indagamos en el terreno divino de un Dios y tratamos de revivir a nuestra madre… - hizo una pausa, para que Gilgamesh asimilara de a poco la información – Fallamos en el proceso. Nuestro castigo fue severo, mi hermano perdió su pierna izquierda y yo mi cuerpo completo –
- Pero a tu hermano… - fue interrumpido por un dedo en sus labios.
- Sí, le falta el brazo derecho, lo se muy bien… - agregó – En ese entonces, Ed no se había dado cuenta de cómo lo hizo, pero me trajo de vuelta a cambio de su brazo, atando mi alma a la armadura que conoces –
- Pero eso es imposible… O sea… Tu hermano es muy especial. – ironía sana en su tono.
- Pudo hacerlo por sus sentimientos encontrados conmigo. Ambos deseábamos vernos de nuevo… Nuestras almas estaban conectadas por un lazo más fuerte que el de sangre y familia –
Era cierto. Desde muy pequeños ambos eran dependientes del otro, se necesitaban mutuamente aunque no lo admitieran, y a su vez, no podían estar lejos el uno del otro, porque buscarían la forma de volver a encontrarse.
- Cuento corto… Luego de 5 años, mi cuerpo momentáneo empezaba a rechazar mi alma, mi cuerpo me buscaba y si no hacíamos algo, mi alma volvería a la puerta y llegaría mi fin… Edward presintió esto al cuarto año y decidió irse a Xing –
- ¿El país de los emperadores? – Preguntó inocente – Lo último que supe fue que el señor Ling y la princesa Mei estaban en disputa de la corona… Nuestro Rey quería invadirlos si llegaba a apoderarse de Amestris, jeje – rió levemente, sacando una enorme gota en la nuca de Alphonse.
- Esto… Recuérdame no hacer enojar a Heydrich – bromeó – Pero si, se fue a Xing a estudiar el Rentanjutsu y perfeccionar su alquimia… Ahí encontró la respuesta a nuestro problema. Más poderoso que mil amplificadores y tres veces más potente que la piedra filosofal incompleta… Los sentimientos. –
- Pero no son tangibles ni tampoco podemos demostrar que existen… O sea, como científicos que son los alquimistas, saben que ellos no son más que conexiones nerviosas ante sensaciones del medio natural – Explicó sabiamente.
- Científicamente hablando, eso es cierto… Pero, ¿Cómo demuestras lo que sientes por otra persona? – inquirió, para tratar de explicarle al mayor.
- Con acciones, meros acto-reflejos del cuerpo –
- Falso… No es necesario un acto para dar el reflejo – negó suavemente con la cabeza – Los sentimientos, por tanto, son parte de tu alma, no de tu cuerpo – precisó.
Gilgamesh poco a poco entendía el punto de Alphonse. Él, como alma que fue durante tanto tiempo, pudo averiguar eso y tal vez cuantas cosas más de su esencia. El alma, el último elemento de la vida, el lazo entre este mundo y el otro, no es tangible ni comprobable, sólo meras palabras.
- Edward sacrificó sus sentimientos por mí… Y la puerta le arrebató la capacidad de amar a alguien – dijo, con un poco de melancolía – Pero él lo intuyó, por eso tengo este anillo en mi mano – indicó. – Logramos engañar el intercambio equivalente a la puerta de la verdad… En medio del proceso, atamos un sentimiento mutuo de ambos a esta sortija, que por suerte coincidió con el que la puerta quería llevarse –
- Entonces… ¿Cuál es el problema con el señor Edward? – cuestionó asustado el guardia. Aún no le encajaba esa parte.
- El anillo es un mero objeto que simboliza la atadura, pero en realidad… Su amor por mí está ligado a mi alma –
- ¿Un amor falso? – un pequeño shock para Alphonse con ese pregunta.
- Yo siempre amé a mi hermano… Si él no me correspondía, mi alma cubría su cuota en el intercambio, pero su sueño sólo podía ser despertado por quien realmente quería Ed –
- ¿Sueño? ¿Qué sueño?... Me estás asustando, Al –
- Durante año y medio, mi hermano me ocultó un cansancio que no era normal para su cuerpo… Y claro, le faltaba en sí parte de su alma que la tenía yo – respondió – Cuando calló en su sueño, antes de entrar en su fase de inconciencia total… Me le declaré – rió, avergonzado – Y despertó, porque él también se había dado cuenta que me quería más que como un hermano –
- Parece un cuento de hadas – bromeó el castaño oscuro.
- Ni que lo digas… Con beso incluido – murmuró, pero igual fue escuchado.
Gilgamesh reventó de la risa, avergonzando aún más a Alphonse por el fin de la historia. Pasaron algunos minutos para que el guardia pudiera calmarse y dejar de reír, ya que le dolía el estómago de tanto hacerlo.
- Bueno… Je… Jeje… ¿Cómo lo hace Edward para mantenerse despierto entonces? Jeje… - aún se reía, levemente, entre cada frase que trataba de pronunciar.
- Ese es el misterio… Simplemente teniendo puesto el anillo que me dio esa vez… Por lo mismo puedo sentir los sentimientos profundos de Ed en mi cuerpo y viceversa –
- ¿Él también puede? – preguntó incrédulo.
- Más por nuestro lazo como hermanos. Siempre sabía lo que me pasaba… O lo intuía – sonrió Al, orgulloso.
- Debe ser fantástica la relación que tienen ambos – murmuró para sí Gilgamesh, quien no podía decir lo mismo de su hermano el fugitivo.
- ¿Estás seguro? – preguntó tranquilo, frente a la casa.
- Prefiero seamos los dos… No quiero enfrentarlo sólo – musitó despacio el otro, a modo de respuesta.
- Entonces vamos… Mientras más pronto sea, mejor – bromeó, nervioso.
Y así, Fletcher y Heydrich se acercaron a la puerta de la casa del menor. Adentro, estaba Russel terminando su informe, de seguro, sobre su avance medicinal con la alquimia y sus plantas con propiedades curativas.
La llave entrando por la cerradura soltando los seguros de la chapa, rodando y finalmente abriendo la puerta de entrada, revelaron el saludo del rubiecito Tringham.
- ¡Estoy en casa! – canturreó, tratando de sonar lo más feliz posible ante la situación que se avecinaba.
No recibió respuesta. Heydrich y Fletcher se miraron extrañados. No era normal, al menor para Flet, no recibir respuesta de su hermano.
- Debe estar en el salón, ahí no se escuchan muchos ruidos – explicó, para tratar de calmar sus nervios.
- No te pongas nervioso Flet, estamos juntos en esto – Alphonse trataba de sonar lo más calmado posible, aunque sus nervios eran más o incluso peores que los de Fletcher.
Guiado por Flet, dejaron sus abrigos en el perchero de madera de la entrada. La casa de Fletcher era similar a la de los Elric, con la diferencia que el salón estaba al final de la casa, donde normalmente estaba el cuarto de la despensa del hogar que habitaba en ese momento.
Llegaron al final del corredor, iluminado por la luz solar que escurría por las ventanas adyacentes de la casa. Fletcher dudaba en entrar. Justo en el momento en el que se disponía a abrir la puerta, Heydrich le abrazó por la cintura, mientras se agachaba suavemente para depositar un tierno beso en la mejilla derecha del menor.
- Entra y salúdalo, luego me haces pasar – susurró al oído, dándole confianza que le hacía falta.
Soltando el tierno abrazo, lo dejó para que entrara. Fletcher entró cuidadosamente, tratando de hacer el menor ruido posible para no distraer a su hermano del informe. Cerró la puerta tras sí, revelando su posición con el suave 'clic' de la cerradura al llegar a su final.
- ¡Fletcher! – Exclamó Russel, desde su escritorio, rodeado de papeles – No te sentí llegar, lo siento – se excusó rápidamente, para pararse de su asiento y darle el abrazo de bienvenida y el fraternal beso en la mejilla a su, aún para él, pequeño hermano.
- Tranquilo… Supuse estabas aquí y por eso no me escuchaste al llegar – dijo, luego de separarse de su hermano. No se movió de su posición. Estaba incómodo y no sabía como empezar a contarle la situación al Tringham mayor.
- ¿Sucede algo, Flet? – inquirió el mayor, acomodándose el flequillo de su frente que le tapado los ojos para admirar a su hermano, con rostro de duda.
- Sólo te pido no me odies por esto… - rogó, asustando al mayor por la extraña petición de su hermanito.
- Jamás lo haría, Flet… -
- Tenemos que conversar contigo… Algo muy importante – su voz amenazaba con desaparecer de su garganta en cualquier momento. Se giró, para abrir la puerta y dejar entrar a Heyd que lo esperaba angustiado del otro lado.
- ¡Señor Heydrich! – Pronunció asustado. Él sabía sobre el estado del otro. Era príncipe y buscaba algo en Amestris, más allá de eso, no tenía conocimiento alguno. - ¿Ha hecho algo malo en la escuela mi hermanito? – preguntó, invitando a pasar al príncipe para sentarse en el sofá que había en la habitación. Lo que más le extrañó, fue que Fletcher y Heydrich se sentaron juntos, cuando normalmente él y su hermano se sentaban así cuando había visitas.
- Para nada – negó suavemente el heredero – Este pequeño ángel que tiene como hermano sería incapaz de romper alguna regla en la escuela – afirmó seguro.
Fletcher no hizo más que sonrojarse ante el comentario, mirando hacia algún punto desconocido del salón que él mismo había adornado. Trataba de no ocultar su sonrojo, para así no contrariar a la promesa no declarada que tenía con Heyd.
- Discúlpeme sea tan brusco, pero… ¿Qué le trae por acá entonces? – cuestionó sin más. No pasó desapercibido para él las reacciones de su hermano ni la falta de ego del príncipe. Algo extraño sucedía, y quería saber qué era en ese preciso momento.
- Verá… - Heydrich jugaba con sus manos, entrelazando sus dedos como si fuese lo más entretenido del mundo – Sé que no es un petición normal… Y algo poco frecuente, debo admitir – había empezado a dudar. El problema es que no podía si tanto decía querer a Fletcher – Vengo a informarle de algo muy importante, además de pedir su consentimiento – lo soltó, por fin.
- ¿Y qué sería? – inquirió, alzando una ceja, reclinándose del sofá que ocupaba para acercarse más.
- ¡Hermano! Por favor… Déjalo que termine – interrumpió Flet, quien ya no daba más. Estaba al borde de un nuevo colapso de nervios.
- Tranquilo, Flet – murmuró Heyd, regalándole una suave caricia en el pelo al menor, con una sincera sonrisa. – Llevamos dos días juntos con Fletcher, señor Russel – sonrió, mirando de paso la mueca de desagrado de Russel.
Hubo un largo minuto de silencio. Una tensión que podía ser cortada con la más fina hoja sin afilar de algún metal se concentraba en toda la habitación. Russel aún asimilaba la declaración de Heydrich sobre la relación de éste con su ya no tan pequeño hermano.
Fletcher ya no era el mismo niño de antes. Seguía teniendo ese angelical rostro y sus finas facciones, pero ya estaba más alto, tenía el cuerpo de un joven maduro y desarrollado por las labores de casa y sus aficiones por el trabajo de la tierra. Él seguía siendo el mismo, con algunos años más encima y un futuro incierto por delante aún.
Su hermano se jugaba su futuro en esa primera relación. Iba mucho más rápido que él en ese aspecto, pero como no serlo, si era un 'pequeño ángel' como lo dijo el príncipe. Debía tomar una decisión, aunque no era quien para negar la relación de ambos ni menos prohibirla.
- Felicitaciones entonces – anunció pasados ya dos minutos desde el incómodo silencio, analizando las muchas posibilidades y, más aún, sus propios pensamientos. Se puso de pie, pero no para abrazar a su hermano ni al príncipe; iba a la salida. – Si me disculpan, saldré un momento – y salió de la sala, con sus ojos ocultos en los cabellos de su frente y una invisible lágrima que recorría su lado derecho del rostro.
Heydrich y Fletcher sólo se quedaron mirándolo por donde se había ido. El menor iba a salir tras su hermano, pero fue detenido por el agarre del príncipe, quien sólo le negaba con su cabeza que no hiciera tal.
- Aún está asimilándolo… Deja que despeje sus ideas –
- No lo tomó bien… - susurró, siendo arrastrado a sentarse en el regazo de Heydrich que permanecía sentado en el sofá. Sólo atinó a acurrucar a su pequeño entre sus brazos para consolarlo y tranquilizarlo de los traicioneros nervios.
- Está así porque ya no eres su pequeño hermano… Has crecido, y eso es lo que trata de confrontar en su mente – explicó, acariciando suavemente el sedoso cabello de Fletcher que caída por su espalda y llegaba hasta su cuello.
Fletcher no respondió. Quería mucho a su hermano como para no sentirse culpable de que él se encontrara así por su culpa. Las palabras de Alphonse eran muy ciertas, pero sentía que traicionaba a su hermano, en algún aspecto que no podía definir.
Por otro lado, Russel caminaba por alguna calle de Radeon, sumido en sus pensamientos. Quería escapar, correr y no dejar ir a su hermano, pero era un pensamiento muy egoísta para decírselo de ese modo. Si era lo mejor para él, debía aceptarlo tal como era y no oponerse.
- Es lo mejor para él… - murmuró para sí, llegando inconcientemente hasta una banca de un concurrido lugar. Se sentó y pensó, durante un tiempo que no pudo ser medido para él, esperando algo que lo sacara de sus pensamientos.
Pasaron minutos, o tal vez horas, hasta que un fuerte estruendo de un vapor expulsado a presión lo sacó de sus reflexiones internas. Estaba en la estación de trenes, a un paso de tal vez escapar de la cruel realidad. No estuvo atento a nada ni nadie, pero una voz en particular le llamó la atención.
- ¡Por fin llegamos! – decía.
- Mi hermano debe estar afuera esperándonos… Gilga, vamos – invitó Al, mientras comenzaban su caminata hacia el exterior.
- Gilgamesh… - susurró para él, mirando al guardia del ahora pareja de su hermano.
Un fuerte choque eléctrico sacudió la espalda del aludido, sintiéndose observado y llamado por alguien. Miró con desesperación hacia todos lados, tratando de enfocar el lugar de donde provenía, hasta que logró divisar a quien menos esperaba.
- Es… Russel – dijo, mientras se detenía en seco. Alphonse le escuchó, por lo que sonrió para sus adentros.
- ¿Sabes llegar a casa? – inquirió, recibiendo una corta afirmativa de su acompañante. Se retiró en silencio, dejando que el guarda espalda fuera a hacer lo que considerara necesario.
El castaño oscuro se acercó hacia el rubio que aún seguía sentado en la banca de la estación, observando como se acercaba hacia él. Quiso escapar, pero sus piernas no reaccionaban y su mente le decía que no fuera tan cobarde, ya que sólo era un colega del trabajo y el guardia personal del príncipe.
Gilgamesh se posicionó frente a él, arrodillándose hasta quedar en cuclillas frente al Tringham.
- ¿Se encuentra bien? – preguntó tímido. El perturbado rostro de Russel le decía que no, pero debía preguntarle para poder iniciar una charla con él.
- Me siento fatal – fue la seca respuesta para Gilgamesh, quien se sentó a un lado de él para estar más cómodo y poder observarlo mejor. – Tu debes saber el por qué… Era cuestión de tiempo –
- Debo imaginar que es – afirmó el otro – Supongo no quieres hablar de eso… - agregó, temeroso de cometer algún error.
- Dame un abrazo, por favor… - suplicó, recibiendo la suave caricia que solicitaba en menos de lo que esperaba. – Ya no es el niño que crié durante todos estos años… - murmuró, soltando algunas lágrimas de pena y angustia.
- Siempre serás su hermano… Te adora y el príncipe no lo alejará de ti, Russel – respondió confortante el otro. Su corazón latía a mil por hora, pero no podía mostrarse débil ante una persona que necesitaba de apoyo moral y psicológico.
Estuvieron así durante algunos minutos. Russel se descargaba todas sus penas y rabias acumuladas en el pecho del castaño oscuro, aceptando de a poco la relación del príncipe con su hermano, gracias a los consejos tímidos pero verídicos del guarda espalda.
Gilgamesh podía conocer muy bien a las personas, en especial a su protegido. Podía anteponerse a cada uno de sus pasos y estar por delante, pero en esta vez lo había dejado para que pudiera tener la vida que siempre soñó, a cambio del dolor de otra persona que, para su mala suerte, quería proteger a toda costa pero no podía por su contrato de sangre.
- ¿Quieres que converse con mi príncipe? – cuestionó calmado, tratando de apaciguar sus sentimientos de rabia y traición.
- No… No hagas tal, puedes salir lastimado si lo haces – reprendió el rubio. Ya se había calmado, pero seguía abrazado del castaño oscuro.
- Créeme que soy capaz de eso y mucho más – refutó – Más si es por alguien que considero importante para mí – murmuró, únicamente audible para el Tringham.
- ¿Importante? ¿Por ser el cuñado del príncipe ahora soy importante? – inquirió enojado, enrabiado por el comentario del otro. Se separó ligeramente, para mirar con furia y su típico semblante frío a su acompañante.
- No es por eso – negó sutil con su cabeza – Pero mis leyes no me permiten decirte porque eres importante para mí – explicó, dedicándole una cálida sonrisa que no hizo más que sonrojar al otro.
- Esto me da pena… - dijo, observando el moreno rostro del otro que parecía sorprendido – No conozco nada de ti y yo llorando como niña buscando consuelo – agregó. – Soy un estúpido… - se golpeó ligeramente la cabeza, tratando de ordenar sus sesos.
- No te golpees… Te harás daño – interpuso su mano en el trayecto del la otra, protegiendo la cabeza del otro, haciendo una tierna caricia en el cabello de Russel – Yo tampoco se mucho de ti, así que estamos a mano – sonrió de nuevo, esta vez cerrando sus ojos.
Edward había ido a recoger a Al a la estación, acompañado por Roy en todo momento. Estaban afuera de la estación, aguardando la llegada de ambos, pero sólo Aru había salido del edificio.
- ¿Y Gilgamesh? – preguntó Edward, dándole un tierno y corto beso en los labios al menor.
- Volverá a casa luego… Tiene algunos asuntos que atender – respondió. Miró al Brigadier tras Edward, que no se había acercado – Hola, Roy – saludó cortés, con una pequeña reverencia al azabache.
- Hola, Alphonse – saludó de vuelta el aludido - ¿Qué tal el viaje? –
- Tranquilo, sin inconvenientes… - metió una mano a su chamarra, sacando un sobre de un bolsillo interior – Aquí está la documentación de Seitan – entregó los papeles al militar – Usted debe archivar esos papeles hasta que la misión termine – hizo una ligera pausa para continuar, luego de tomar aire – La credencial se la entregaré personalmente… Debo conversar con él – precisó.
- ¿Qué pasó, Aru? – preguntó inquiero el de ojos de oro.
- En la casa te cuento… Ese viaje me tiene la espalda echa trizas – se quejó, doblándose ligeramente para hacer sonar algunas vértebras de su espalda – Eso duele… - murmuró.
- Yo me iré a la oficina a terminar mi informe y archivar estos papales – interrumpió el Brigadier – Un gusto compartir la tarde, Ed – y sonrió, tiñendo de un imperceptible rosa las mejillas del rubio – Nos vemos mañana – y comenzó a alejarse.
- ¿Debería ponerme celoso? – Al arqueó una ceja. Él si podía saber que le pasaba a su amado hermano.
- Vamos a casa… - dijo, y abrazó al castaño por la cintura para llevarlo al coche que aguardaba a unos metros más. Alphonse no protestó.
Los Elric llegaron a su casa, encontrándola vacía. Tanto Heydrich como Gilgamesh no se encontraban en el hogar.
- Extrañaba la tranquilidad de la casa – Edward colgaba su chamarra en el pechero de la entrada, seguido de Al que cerraba la puerta tras sí y repetía la acción del mayor.
- No me gusta que esté tan vacía… A veces siento que falta alguien en nuestra vida, ¿No crees, Ed?–
- Por ahora… ¿Qué tal si aprovechamos nuestra privacidad? – se acercó al menor con cautela para abrazarlo y darle un tierno beso, buscando algo más que eso.
- Me encantaría, pero… - se soltó de abrazo para mirar al dorado – Tenemos que hacer nuestro informe o no terminaremos para mañana – y le dedicó una tierna sonrisa, esa que le hacía conseguir lo que quisiera de parte de Ed.
- Manos a la obra entonces… Aun espero que cumplas tu promesa – Ed si recordaba lo que le había prometido en las duchas de la escuela. Si iba a perder algo tan valioso, que fuera con quien más amaba.
Así, ambos Elric se encerraron durante horas en su despacho, su salón de estudios y biblioteca que habían armado durante esos años que estuvieron juntos en paz y tranquilidad.
Llegó la noche. El reloj daba las once campanadas que resonaban por toda la casa, anunciando a su vez, el fin del trabajo de ambos Fullmetal. Fue agotador y pasaron de largo la hora de cenar. Pero algo les inquietó mientras reflexionaban sobre sus casi mil páginas de trabajo que enviarían a Central.
- Aún no llega Heydrich y Gilgamesh – dijo el castaño, asomándose a la ventana que daba hacia el pórtico del jardín.
- ¿Qué le pasó a Gilgamesh? No me contaste nada, Aru – comentó el dorado, caminando rumbo al cómodo sofá del salón, acompañado de Al que se recostaba en el sillón, apoyando su cabeza en el regazo de Ed, quien le acariciaba suavemente el cabello, mimándolo.
- Se encontró con Russel al bajar del tren… Se veía bastante mal y le dije que le hiciera compañía. Ya sabes, lo más seguro es que Heydrich le contó de su relación con Fletcher y no le agradó la idea – respondió calmado, con sus ojos cerrados y relajando su cuerpo al máximo, cediendo ante las caricias en su cabeza.
- Ya veo… También te diste cuenta del cambio de Gilgamesh, debo suponer –
- Llevamos tres años reconociendo nuestros cambios… Es claro que sabemos diferenciar los cambios del resto de la gente – aclaró el castaño.
- ¿Puedo saber de que cambios hablan en mi guarda espalda? – interrumpió Heydrich, desde la entrada del salón, acercándose al sofá contiguo del de los Elric. Venía sólo, así que le interesaba la información de su guardia que no lo vio durante todo ese día.- Hace años que no me separaba de Gilgamesh… No me mires con esa cara, Edward. Me importa más de lo que te imaginas – refutó ante la inquisidora mirada del dorado.
El primer fin de semana en el que habían llegado sus invitados, le entregaron una llave de la casa a Heydrich, por si la llegase a necesitar. Habían olvidado ese pequeño detalle.
- Príncipe… -
- No… No me digan así, por favor – interrumpió el aludido.
- Heydrich… -
- Tampoco, así me dice Fletcher – volvió a interrumpir. Una pequeña vena se formaba en la frente del Elric mayor.
- Alphonse… -
- Muy formal… ¿Podemos dejarlo en Al? – preguntó.
- Así le digo a mi Aru – refutó Ed.
- Entonces usemos el dialecto de Aerugo… Díganme Alfonse (9) – sugirió, luego de meditarlo unos segundos. – Sólo mi familia me dice así… Y Gilgamesh, cuando éramos niños –. Aclaró, con cierto tono de melancolía en su voz.
- ¿Y tu apellido en tu dialecto? – cuestionó inocente el castaño, aún en el regazo de Ed.
- Alfonse, Alfonse Heiderich (9.1)- perfecta pronunciación – Quiero comentarles algo importante… -. Heydrich se acomodaba en el sillón, para poder quedar a la altura de los hermanos.
- ¿Qué sucede? –
- Creo ya saben de mi relación con Fletcher, así que les cuento mi idea. Quiero quedarme aquí en Amestris el tiempo suficiente para que mi relación con él sea estable, y además lo quiero hacer por Gilgamesh – informó.
- ¿Por Gilga? – Edward no creía en las palabras del príncipe. Siempre pensó que era un ególatra que no pensaba en nadie más que él y en sus intereses personales.
- Sí… Quiero que sea feliz y la única forma de hacerlo es burlando a las leyes de mi país. El contrato de Gilgamesh le obliga seguir mis mandatos al pie de la letra, hasta que logre encontrar la verdadera felicidad, alguien pida a un miembro de la familia real el permiso de arraigue y por sobre todo, él quiera aceptar su relación con dicha persona y que ésta le otorgue una nacionalidad distinta a la de Aerugo. –
- ¡Demasiadas condiciones! – protestó el castaño, incorporándose suavemente a un lado de Ed.
- Se busca la forma de no perder gente importante de la familia real, así que buscan todo método para ligarlas a nosotros… Además de que Gilgamesh no sabe de esto, porque son leyes interinas del sabio consejo de mi padre. – Su cara se oscureció un poco – Quiero ver a mi amigo de nuevo, quiero verlo sonreír y que sea feliz como en los viejos tiempos – decía, en su voz baja audible para sus amigos de Amestris - ¿Me ayudarían en esto? – preguntó tímido, a la defensiva.
- Podemos conseguir todos los puntos, excepto uno… - murmuró el peli-dorado, mirando cómplice a Alphonse.
- Mañana haremos algunos arreglos… Por ahora, será mejor ir a descansar. Mañana tendremos que enviar nuestros documentos a Central – El castaño se ponía de pie, cuando se acercó al príncipe que seguía en la misma posición anterior – Te recomiendo ir a dormir. Gilgamesh puede que no vuelva esta noche, pero de todos modos igual le dimos una llave de la casa para que entre. – explicó calmado, posando su mano en señal de confianza en el hombro del rubio.
Al cabo de unos minutos, la casa estaba en total silencio y calma. Gilgamesh no había llegado a dormir esa noche.
Lamento mucho el enorme retraso, pero la finalización del Semestre en la Universidad me tenía colapsado. Les pido mil disculpas y les suplico su perdón, además de un review comentando que les pareció la historia. Infinitas gracias a mi Beta Reader, Jim Mizuhara, que, aunque no revisó este capítulo, me ayudó mucho con los otros y espero pueda seguir ayudándome con los que vienen.
Especiales gratitudes a los y las seguidores/as de esta historia.
