Viernes.

Una sombra cierne impaciente en el perímetro de la escuela. Varios ojos escudriñan los alrededores, buscando indicios de personas que puedan delatarle el plan para el día que prepararon con mucha cautela.

- Adelante – fue el único murmullo que se sintió sisear por el aire, cuando varios comenzaron a trepar sigilosamente por los muros. Un grupo redujo rápidamente al único guardia militar que yacía semidormido en una caseta cercana.

Esa noche, un gran grupo de alumnos se hizo con el control absoluto del establecimiento. Era el comienzo de una gran colisión de ideologías.


Siete en punto. Hora de levantarse en la residencia Elric.

- ¡Buaaah! – un gran estirón y el sonido de los huesos al acomodarse se sintió en la habitación principal – Mi hombro – se quejó por el sonido poco agradable que detesta.

Sus párpados pestañearon graciosamente, despejando la vista mientras se tallaba sus orbes de plata para poder desperezarse. Miró a su costado izquierda, observando a un Edward que dormía apaciblemente, sin ganas de iniciar el nuevo día. Realizar un informe de semejante tamaño era una tarea agotadora, pero debían seguir con sus actividades y cumplirle a sus alumnos; compañeros, en el caso de Alphonse.

- Edward, hora de levantarse – Suavemente, con mucho amor y cariño movía el cuerpo de Ed. Le encantaba verlo dormir, especialmente por el cabello suelto y desparramado por la almohada. Era feliz de tener ese panorama sólo para él, como su más grande tesoro de belleza incontrolable del dorado que no mostraba a nadie.

Sí. Amaba a su hermano más que cualquier otra cosa en el mundo. Desde pequeño le admiraba y ahora recién pensaba en todo eso.

- ¿Ya es hora? – Murmuró con sueño a modo de respuesta – Quiero descansar – Se acomodó en la cama, sumergiéndose en la suavidad de la cama.

- Si… Debemos llegar a la escuela para entregar nuestro informe, Ed – explicó, destapando el cuerpo del mayor – Iré a preparar el desayuno mientras tu de bañas. Luego iré yo – explicó tranquilo, poniéndose sus pantuflas para comenzar su caminata hacia la cocina – Despierta a Alfonse cuando salgas del baño – fue su último comentario, para realizar las tareas matutinas.

Edward sólo seguía revolviéndose en la cama. Estuvo así durante unos minutos, para luego fastidiarse con él mismo y meterse a la ducha.

Había pasado ya media hora cuando se encontraban los tres habitantes desayunando. Todos vestían casuales para ir al oficio diario. Se percibía cierta preocupación en el ambiente…

- Esperemos encontrarlo en la escuela – respondió Heydrich, ante el incómodo silencio que había en el comedor.

7: 50. Salían en el característico coche conducido por Edward con rumbo a la escuela. En el asiento trasero iban todos los escritos de los Elric, a un costado de Heydrich que miraba perdido el cielo, divagando sobre el paradero de su amigo y el estado de éste.

Estaban a una cuadra de su destino cuando un gran tumulto de alumnos impedía el paso. Estacionaron sobre la acera de una casa, para evitar entorpecer el tráfico y bajaron apresurados del lugar. Normalmente, no había tantos alumnos esperando afuera.

- ¡Quienes estén en contra de este estado de sitio que se unan a nuestra causa y entren a la escuela! – vociferaba un alumno de último año. Su porte y voz autoritaria podía escucharse por el lugar.

- ¿Qué pasa? – preguntó incrédulo el castaño. No lograba entender la situación y las palabras de su compañero no le hacían pensar nada bueno.

- ¡Maestros! ¡Al fin llegan! – irrumpió Loth, acercándose hacia los Elric, seguido por Van. – Han hecho posesión de toda la escuela – explicó escuetamente.

- ¿Cómo es eso? – Inquirió Ed, sorprendido – Deben salir de ahí antes que Mustang traiga un batallón completo armado hasta los dientes para sacarlos a patadas –

- Nadie puede entrar… Ya lo intentamos con Van y es imposible – respondió – Está el mismo sistema que puso el maestro Alphonse en nuestro campo de entrenamiento… Sólo pueden pasar los que verdaderamente estén a favor de ellos –

- No puede ser… - Al miraba sorprendido el perímetro de la escuela cubierta por una fina capa protectora – Me costó meses de entrenamiento crear pequeños campos -. El asombro en la cara de Alphonse era poco comparado con la cara de preocupación de Edward y Heydrich.

- ¡Alphonse-sama! – Gilgamesh hacía aparición en la reja principal, llamando alarmado al príncipe – Que bueno verlo aquí –

- ¡Gilgamesh! – exclamaron los tres el unísono, acercándose hacia el lugar, abriéndose paso entre los tantos alumnos que veían la escena asombrados.

- ¿Cómo has logrado entrar? ¿Cómo es la situación adentro? – interrogaba Heyd.

- Pasé la noche aquí en la escuela. El nochero me permitió quedarme en la enfermería. Adentro están todos bien, salvo por un pequeño problema… -

- ¿Qué clase de problema? – Preguntó apresurado el dorado - ¿Algún herido? - .

- Ninguno… Pero hay cuatro homúnculos dentro – respondió.

El rostro de los Elric se emblanqueció. Estaban pálidos y atónitos.

- ¡Debemos entrar cuanto antes! – vociferó enojado el ambarino.

- ¡Baje la voz, señor Edward! – Suplicó el castaño oscuro – Con mi hermano estamos infiltrados y podemos controlar sus acciones porque no nos conocen – se apresuró a decir, en voz baja. – Seitan y yo protegeremos a los alumnos si algo llega a pasar, pero tenemos que solucionar esto sin heridos –

- ¿Qué pasa aquí? – preguntó autoritario una nueva voz, acompañado de un escuadrón de militares; Roy Mustang llegaba a la escuela con su escuadrón, marchando a paso firme, asustando a un centenar de alumnos.

Rápidamente, Edward se escabulló hacia el azabache, llevándoselo lejos con su escuadrón para explicar la situación.

- Voy a entrar – murmuró Alphonse, aplaudiendo para recomponerse dentro de la escuela. Fue un proceso lento, ya que la barrera era algo difícil de traspasar pero no imposible para uno de los dominantes del arte de la defensa. Ya terminado el proceso, se acercó a Gilgamesh para poder charlar con Heydrich que esperaba afuera bastante inquieto – Alfonse, dile a Edward que tengo un plan. Que siga el juego en todo momento. Confíen en nosotros – fue lo último que dijo, para dar la vuelta e irse hacia el edificio, seguido de Gilgamesh que parecía sorprendido por el nombre que usó con el príncipe.


- ¿Quieres decir que no podemos ingresar a la escuela y hay homúnculos adentro? ¡Estás loco, Acero! – espetó el azabache, luego que le explicaran la situación.

- Sólo Al puede sacar la barrera desde adentro… Deja que nos encarguemos de la misión mientras tú vas a Central – suplicó como quinceañera. Edward sabía como convencer a Roy.

- Tienes hasta mi vuelta. Si no veo progreso, bombardearé con artillería pesada – su afilaba mirada amenazaba con destruir a Ed en cualquier minuto – Teniente Coronel Armstrong – se dirigió al musculoso – Usted se queda con los otro alquimistas nacionales a cargo de Fullmetal. El resto, nos vamos a Central – y emprendió su marcha, sin reproche de nadie.

- ¡Toma las llaves de mi auto! – Las aventó en el aire para ser recibidas por Mustang – Ahí está nuestro informe… Vete en el coche hasta la estación, si quieres – articuló una sonrisa en su rostro, desafiante y burlesca; Es imposible llevar tantas hojas por tantas cuadras de trayecto.


- Que tenemos aquí… Al pequeño Elric que viene a recuperar su preciada escuela para seguir impartiendo esas aburridas clases – La cínica sonrisa de amigo de Envy aparecía en su rostro con cada palabra que salía de su venenosa boca - ¿Dónde está el enano? Quería partirle la cara – un puchero ahora.

- Vengo aquí por dos razones que pueden ser muy convenientes, Envidia – dijo – Ahora mismo Edward está creando una barrera por sobre la de ustedes, para impedirles salir. Yo se como desarmar todos los intentos de Ed por hacerlo – ofreció. Los ojos de Envy parecían interesados con la propuesta de Alphonse – La otra, es que si logran pasar, puedo ser su salvoconducto para evitar que los capturen y soy una fuente importante de poder alquímico para ustedes, ¿No crees que siendo alquimista estatal y militar de alto rango puedo hacerlo? – Desafió – Pero por lo primero que me dijiste, creo que no es necesario seguir, mejor me marcho… Creo que ninguna de mis propuestas te agrada – alzó los hombros y se dio media vuelta.

- No te he dado permiso para que te marches, pequeño Acero – interrumpió el pecado – Ahora estás adentro, así que te quedas con nosotros – explicó, bastante molesto. Comenzó una serena caminata alrededor de Alphonse, mirándolo inquisidoramente, tratando de obtener un poco de información con el simple acto de asecharlo.

- ¿No confías en mí? – alzó una ceja, desafiante. Había asimilado muy bien el desafiante tono de Edward para estos casos – Puedo demostrarte que no miento – Y acercó una mano hacia el cuerpo de Envy.

Las opciones del pecado eran limitadas: O le destruían al quitarle todo lo que había acumulado durante los años que estuvo miserablemente vagando entre hombre, o, confiar en el enano que tenía mucho que perder si se atrevía a hacerle algo. Gluttony con gusto se comería a todos esos niñitos que cayeron en sus redes.

Y simplemente se dejó tocar el hombro por el alquimista, recibiendo una fuerte carga de poder corriendo por todo su cuerpo, alimentándolo de sobre manera e incrementando sus poderes hasta lo que él creyó, era el infinito.

- Si… - murmuró satisfecho, mirando su puño abrirse y cerrarse frente a él, mientras miraba una 'satisfactoria' sonrisa de Alphonse que cortaba el contacto y caminaba a encontrarse con los otros alumnos que estaban en unos salones más aledaños.

Alphonse estuvo dando vueltas por la escuela, escudriñando la situación para tratar de ver las posibilidades que tenían. Eran muy pocas, ya que la mayoría eran conocidos de él y sabía que eran los más avanzados en las clases de alquimia. Con suerte, Fletcher y sus alumnos les superaban por poco, pero tendría muchas dificultades si se armaba un problema más grande.

- ¿Qué planeas, Alphonse Elric? – la voz ronca y seria de Seitan parecía resonar con cada letra que emanaba de su boca.

- Sacar a los militares y volver a Radeon a su estado normal – Respuesta correcta. Era la única forma de estar ahí, apoyando a sus compañeros. Si era necesario, tendría que luchar por ello.

- La barrera no durará mucho. Serán unas pocas horas si Edward sigue presionándola desde afuera – agregó el de mirada esmeralda – En dos horas, no habrá protección y podrán entrar los militares –

- Si entran, tendremos que luchar contra ellos al lado de los homúnculos – respondió mecánicamente, escondiendo su rostro en unos mechones rebeldes de su cabeza.

El Capitán no replicó. Media vuelta y se marchó a quien sabe a donde. Tenía cierto interés en Envy, quien parecía controlar los hilos del entorno. Era la clave, detrás del gordo, el pequeño niño que pasaba muy desapercibido – no así su naturaleza – y el perezoso que les acompañaba como guarda espaldas.


- Necesito a todos los alquimistas disponibles que quieran ayudarme formados en dos filas. Una detrás de Van – puso su mano metálica en el hombro del pelirrojo – y otra detrás de Loth – repitió su acción con la otra mano.

Todos los que quedaban parecían interesados. Luego de que Heydrich le comunicó a Ed sobre el accionar de Alphonse, se puso manos a la obra. El príncipe, simplemente fue por Fletcher para charlar un rato.

- Tengo a 40 aquí. El resto, puede marcharse. Es muy peligroso. – Explicó algo nervioso – Divídanse en grupos de 10 – observó quienes podía ayudar. No contaba con mucha gente conocida, salvo chicos que conocía sólo de cara. Encontró su salvación a un lado del príncipe – Van, Loth y Fletcher… Vengan un momento, por favor – llamó sereno.

- ¿Qué sucede? – preguntó tímido el Tringham, acompañado de Heydrich en todo momento.

- Ustedes serán los líderes de grupos. Cada uno sepárese con sus compañeros y yo iré con otro grupo. Empezaremos a debilitar esta barrera desde afuera. Con suerte, en dos horas podremos entrar – Apuñó su mano metálica con coraje, pensando en lo peor que podía hacer esos homúnculos con tantos niños de rehenes.

- Tranquilízate, Edward – interrumpió Heyd – Alphonse, Gilgamesh y Seitan protegerán a los alumnos, así que no tienes mucho que preocuparte – aseguró, tratando de calmar los nervios del ambarino.

Ed sólo asintió y dio las últimas instrucciones. Se separaron y fueron a cada esquina de la cuadra, donde Ed se paraba para explicar qué hacer. Él sólo se encargaba de dibujar complicadísimos círculos alquímicos de alto nivel, incompresibles para cualquier alquimista normal o nacional mediocre. Luego de pasar por todos los puntos, él se posicionó con su grupo y dibujó el último círculo. Posó sus manos sobre la tierra para enviar la señal a los líderes y comenzar con el contra ataque.

- Aquí vamos… Todos con sus manos al suelo y vayan por turnos de dos. Cuando se cansen, hagan el relevo con el siguiente y recuperen energías lo más rápido posible. – Explicó a los miembros de su grupo, que eran en su mayoría compañeros de Alphonse y uno que otro de cursos mayores – Yo estaré en la puerta estabilizando los cuatro puntos – y se movió rápidamente, dejadas ya las instrucciones claras.

Llegó hasta la reja central, donde los alumnos que se encontraban dentro del campo observaron impasibles y desconcertados el gran círculo que dibujaba Ed en la gravilla de la entrada. Al terminarlo, lo activó y se sentó sobre él con cuidado de no borrar ningún trazo importante.

Mientra tanto, en la escuela, Alphonse y Gilgamesh caminaban por algunos pasillos cuando el menor se detuvo en seco, preocupando al guardia.

- Ed comenzó a desestabilizar la barrera… - comentó al aire.

- ¡Genial! En poco podrán entrar y acabar con los homúnculos – exclamó victorioso el otro, pero su felicidad no duró mucho al ver el rostro serio de Al.

- No es bueno… Envy tratará de atacar a los que están afuera y tomará como rehenes a todos los que estamos adentro… Tendré que estabilizar la barrera – golpeó sus manos y se transportó hacia el patio de la escuela, donde tendría espacio suficiente para dibujar.

Gilgamesh sólo atinó a informar a Envy de la situación, quien sonrió satisfecho teniendo al Elric trabajando para él.

- Dile a los mocosos que se preparen y vayan a ayudar al hermano del enano… Yo me encargaré de distraerles afuera. – Miró hacia sus compañeros pecados – Gluttony, Pride, Sloth… Salgamos por algunos 'aperitivos' – sonrisa torcida. Se paró del escritorio donde estaba sentado y comenzó la marcha con sus compañeros a la siga.


- ¡Mierda! – exclamó furioso el dorado, cansado de sobremanera.

- ¿Qué te pasa, Ed? – Russel, Armstrong, Marcoh y los otros dos alquimistas profesores habían llegado. Edward los puso al tanto de la situación pero de un momento a otro no se sentía muy bien.

- Al está tratando de reforzar la barrera… Está atacando los cuatro puntos y a mi… - explicó, jadeando – No puedo creer que de verdad esté cooperando allá adentro y para colmo me esté atacando con nuestra alquimia – Ed estaba realmente furioso. – Vayan a apoyar a los chicos. Envy nos atacará para evitar que sigamos. Doctor Marcoh, quédese aquí para apoyarme un poco – ordenó, siendo obedecido por todos.

No permitirían que dañaran a sus alumnos.

- ¿Por qué Alphonse está apoyando a los homúnculos? – preguntó confundido el médico, revisando con la mirada a Edward que parecía debilitarse a cada momento.

- Ese es su plan… Ganarse la confianza de Envy para proteger a los que están adentro – respondió entre jadeos, mostrando un notable cansancio – A este ritmo, me sacará del juego en diez minutos – murmuró.

- ¿Algo en que pueda ayudarte? – ofreció amable el adulto. Ed sonrió.

- ¿Conoce alguna forma de bloqueo de alquimia? – cuestionó, sabiendo de antemano la respuesta.

- Experto en la materia, Edward – Marcoh se puso manos a la obra, dibujando otro círculo casi idéntico al de Ed. La diferencia era el uso que le daría cada uno en particular.

Adentro, una batalla similar se libraba con Alphonse y los chicos que le ayudaban a defenderse y atacar al Fullmetal de afuera.

- ¡Maestro! El ataque de los círculos superiores ha aumentado demasiado. ¡No podemos controlarlos! – se quejó un compañero de Al.

- ¡Los círculos inferiores también se han reforzado! – dijo otro, bastante inquieto.

- Es porque están defendiendo a mi hermano… Volvió a estabilizarlos – Una pequeña gota resbalaba por la mejilla derecha de Al – Pongan todas sus fuerzas y no se dejen intimidar – animó, aunque él sabía que Edward era mucho más fuerte en esta batalla.


- Envy – llamó el esmeralda – Ve tú a la puerta principal, yo me encargo de una esquina – se ofreció, aunque sabía no era la mejor de las opciones.

- ¿Con el enano, eh? – Sonrió – Encárgate, Seitan. Que te acompañe Gilgamesh – ordenó – Sloth, Pride y Gluttony, ustedes vayan a otras esquinas y atáquenlos –

Rápidamente, todos se movieron hacia sus posiciones. Primero harían un pequeño escaneo de la situación y proseguirían con el ataque directo.

Gluttony se enfrentaría al grupo de Van. Pride contra el grupo de Loth.

Seitan y Gilgamesh contra Fletcher, Heydrich y Russel. Sloth contra el grupo que debía manejar Ed, pero tendría a Mitari y Kuno defendiendo.

Envy se acomodó su palmera de cabello y miró con odio al dorado.

- Ey, retaco. Te ves cansado – se mofó, saltando la reja para quedar tras Marcoh y Edward – No me digas que tu hermanito te ha fallado y te ha ganado – su tono era cínico, lastimero.

- Peleas entre hermanos – fue su seca respuesta – Y no me vuelvas a decir enano, palmera mal vestida – devolvió el insulto, aún en su posición.

- Uy. Ed-nano se ha enojado – comenzó a caminar, acercándose lentamente, tratando de intimidar con sus pasos – Después que te golpee, quedarás más pequeño aún – puso un pie sobre el círculo trazado del doctor, pero de inmediato lo sacó y retrocedió rápidamente.

- Yo que tu, no lo intento de nuevo, Envidia – habló Marcoh, mirando fieramente al pecado.

- ¡Doctor de mierda! – Vociferó enervado - ¡Serás el primero en morir! – y se abalanzó con un salto sobre el anciano.

Pero su puño jamás llegó a su objetivo. El brazo espada de Edward le atravesó el pecho, impidiendo su misión.

- ¿Sabías que puedo usar la alquimia con los pies? – Ahora el rubio se burlaba de Envy, quien tenía el rostro desfigurado por el dolor. Su agonía fue incluso más fuerte cuando Ed sacó su arma del pecho y el pecado cayó tendido al suelo, con la primera muerte encima.

Pride y Gluttony ya había caído dos veces mientras Envy estaba con Edward y Marcoh. Las fuertes lanzas de Van y Loth, además de su astucia y gran habilidad eran buenos combatientes.

El problema estaba con Seitan y Gilgamesh.

- ¿Serás capaz de atacar al príncipe? – preguntó en seco el esmeralda – Debes hacerlo, al igual que a su pequeño acompañante – advirtió. Analizaron su situación y no tenían más remedio.

Gilgamesh sólo asintió y rogó al cielo que Heydrich y Fletcher le perdonaran. Mas, su karma era el otro rubio que defendía la posición con ellos…

- ¿¡Por qué hacen esto?! – exclamó furioso el heredero a ambos guardias, evitando algunos golpes de Seitan - ¡Deténganse! – trataba de hacer entrar en razón a los hermanos, pero ninguno respondía.

El castaño oscuro sólo tenía la mirada vacía, atacando a ambos Tringham de forma mecánica; actos reflejos movían su cuerpo. No quería hacerlo, pero era necesario para recuperar a los chicos de la escuela, aunque su corazón se caía a pedazos con cada golpe que trataba de dar.

- ¡Fletcher! – Llamó Russel, obteniendo la atención de su hermano – Sigue con el círculo de transmutación, yo me encargo de Gilgamesh – decidió rápidamente. El resto de los chicos ya estaban exhaustos y el pequeño rubio podría aguantar más tiempo.

Velozmente, salió de la batalla a dúo que tenía con Russel para hacerse cargo de lo que le encomendaron.

- ¡Gilgamesh! ¡Entra en razón y despierta de una buena y maldita vez! – maldijo Heydrich, sin resultados.

Puño derecho, patada alta, patada baja, gancho y giro para puñetazo izquierdo. Combinación esquivada a la perfección por Russel, quien sólo observaba a Gilgamesh tratando de averiguar qué sucedía.

La batalla seguía con Alphonse que esquivaba y devolvía con maestría los golpes de Seitan, a la vez que exclamaba alguna maldición a los guardias para que detuvieran su ataque.

Las cinco batallas simultáneas duraron no más de una hora, dando la retirada de Sloth, Pride, Envy y Gluttony, quienes tenían unas diez muertes encima.

Edward con maestría lograba debilitar a la envidia. Sloth no atacaba mucho, pero sus golpes eran tan temibles que los militares tuvieron problemas para contenerle. Gluttony salió agotado por no poder comerse a nadie en su zona.

Aún así, los guardias imperiales seguían en su posición, con visible cansancio en el cuerpo, al igual que Heydrich, Russel y Fletcher, éste último ya no soportaría mucho con su círculo.

- Se acabó – dictaminó Seitan, sacando de las mangas de sus mangas dos dagas que las lanzó hacia Russel y Heydrich mientras daba un brinco y volvía al perímetro de la escuela tras la muralla.

No obstante, ninguna daga llegó a su objetivo. Un gran tallo contuvo la daga que fue lanzada hacia Heydrich, quien no alcanzó siquiera a reaccionar al ataque y bendijo a la planta por protegerle.

La otra, fue a dar directamente a la espalda de Gilgamesh, a no más de medio metro de distancia de Russel. El Tringham abrió ampliamente sus filosos ojos al ver la retorcida cara de dolor del castaño oscuro, quien había recuperado el brillo en los ojos y miraba compasivo al rubio.

- ¿Y me preguntaste… por qué eras importante para mí? – fue lo que moduló, bastante audible para Russel, antes de iniciar su trayecto seguro al suelo, inconciente.

No obstante, los brazos de Russel alcanzaron a sujetarle y le abrazaron con fuerza, sosteniendo el inmóvil cuerpo del mayor. La mirada de Russel volvió a ser la misma, pero se notaba cierta ternura en el brillo de sus cerúleos ojos.

- Eres bastante imprudente, Gilga – le susurró al oído, tomando el cuerpo en brazos para tenderlo sobre un césped cercano a la sombra de un árbol.

Heydrich los dejó solos, volviendo hacia donde estaba Fletcher ahora apoyado por dos compañeros que hacía su relevo.

- Muchas gracias por la planta, mi pequeño – agradeció sonriente, sentándose en el suelo, agotado.

- Yo no he hecho alquimia, Heyd. No se de que hablas – respondió el menor – El único que hace tallos con esa resistencia es mi hermano – explicó, sentándose a un lado del príncipe, apoyando su cabeza en las piernas del mayor, quien le acariciaba el cabello.

- Pero, ¿Por qué? Debió defenderse en vez de protegerme – refutó el otro, bastante confuso.

- Yo tampoco me lo explico, Heyd… Tendremos que preguntarle cuando se desocupe – dijo, con una ligera risilla que acompañaba sus palabras.

- ¿Insinúas algo de tu hermano con mi guardia? – alzó una ceja, incrédulo.

- Tú mismo comentaste que Gilgamesh no había llegado a dormir – comenzó – Y mi hermano llegó muy tarde anoche. Se fue directo a la cama – explicó, completando un pequeño crucigrama para el príncipe.


Otra hora había pasado y era casi el fin de la barrera. Edward lograba su cometido al poder sacar la defensa de la escuela.

- Lo hemos logrado, doctor – comentó satisfecho el dorado, dando por finalizado su trabajo poniéndose de pie y golpeando sus manos una última vez para desvanecer los otros círculos y dar la señal para juntarse en la entrada principal a todos los grupos.

- ¡Mocoso inútil! – gritaba furioso Envy, mirando con odio a todos los chicos al lado de Alphonse - ¿¡Cómo que el enano te ha ganado?! – cuestionó, tomando del cuello de la camisa al castaño y levantarlo unos centímetros del suelo.

- Es imposible atacar cinco puntos distintos y además regalarles energía alquímica a ustedes para que se recuperaran, Envy – explicó el menor, soltando el fuerte agarre del pecado para luego acomodarse la ropa – Aún nos queda un enfrentamiento y ambos bandos debemos descansar, así que será mejor que planees una estrategia – se dio media vuelta y dejó a los homúnculos con Seitan.

Se había alejado unos 50 metros, cuando su pecho comenzó a dolerle. Se llevó una mano al costado izquierda, cerca del corazón, mientras con la otra se afirmaba a una muralla, caminando a tropezones.

Logró avanzar hasta un prado cercano a la muralla. Se recostó sobre él, boca arriba, agitado y mareado, tratando de conciliar el sueño. El esfuerzo sobre humano que había realizado tenía efectos secundarios muy peligrosos y más cuando se enfrentaban entre ellos y de manera tan ofensiva.

- Nunca más pelearé contra Ed, definitivamente – comentó al aire, normalizando su respiración.

Estaba entrando ya en un ligero sueño, cuando una sombra le tapó unos rayos de sol en su cara y le sacó de su letargo.


- ¿Puede tratarlo, doctor? – preguntó Russ, llevando en su espalda al castaño oscuro. Se giró suavemente para mostrar en la espalda del mayor la daga incrustada.

- Necesitaré un lugar donde poder tratarlo – respondió – Pero puedo curarlo – agregó.

- Nuestra casa está cerca – ofreció Loth, incorporándose a la conversación – ¿Les parece? – preguntó, inocente.

Marcoh y Russel asintieron. Loth acompañaría a los mencionados, mientras que Van, Fletcher y Heydrich quedarían con el resto del grupo.

Caminaron no más de 2 cuadras cuando llegaron a la casa del púrpura. Sacó un manojo de llaves, seleccionando una para introducirla en la cerradura y abrir la puerta.

- ¡Mamá! ¡He vuelto! – Exclamó, sacándose los zapatos en la entrada y dar permiso a los invitados – Vamos a mi pieza, ahí podrán dejar a Gilga – dijo, subiendo las escaleras para guiar a los otros dos.

Llegaron a la habitación del menor, donde tendieron en la cama el cuerpo tibio del guardia, boca abajo.

- ¿Puedes traernos agua tibia, unos paños y unas vendas? – el doctor sacó una bolsa de género amarrada a la mitad con un cordel. Lo desató y lo extendió sobre el escritorio, dejando a la vista muchos de sus implementos.

Loth rápidamente bajó al primer piso, con dirección a la cocina. Vio a su madre entrar por la puerta trasera, de donde venía con un enorme lavatorio metálico; estaba tendiendo la ropa recién lavada.

- Mamá, ¿me prestas ese lavatorio? – preguntó tímido.

- Claro – se lo extendió, para ver que el menor lo llenaba con agua del grifo, silbando una canción mientras esperaba - ¿Y tu hermano? – cuestionó, sorprendida de no ver al pelirrojo devorando algo de la alacena.

- Se quedó en la escuela, acompañando al maestro Edward – respondió - ¿Dónde hay vendas? –

- ¿Vendas? ¿Estás herido? – se acercó, para mirar detalladamente al menor, preocupada.

- No – meneó negativa y suavemente su cabeza - Son para Gilgamesh que lo hirieron en la espalda. Arriba están un doctor y un alquimista, cuidándolo – explicó, cerrando la llave del grifo.

- ¡OH! – Soltó, ya más despreocupada – Están en el mueble del baño de arriba, al lado de los paños – respondió, pero la intriga le clavaba una espinita - ¿Qué le pasó al tal Gilgamesh? –

- Le tiraron una daga en la espalda – dijo sin más, saliendo de la cocina con el gran recipiente, dejando a su madre pálida del shock.

Loth esperaba afuera de su pieza, apoyado en la muralla. Ya había entregado las vendas y los paños. El agua la calentó con alquimia, obteniendo buenos resultados. Sólo le pidieron que esperara afuera, ya que podría ser chocante ver una herida de esa envestidura.

- Hay que inmovilizar su cuerpo, por si reacciona de dolor al sacarle el arma – comentó el doctor, mirando a Russel – Necesito que sujetes su cintura y sus brazos – explicó.

No le quedó otra más que ayudar. Era una posición bastante extraña, pero era la única que le daba suficiente espacio al médico para trabajar y cumplía con sus exigencias: Sentado sobre los muslos del castaño, con sus rodillas sujetando por el costado la cadera del guardia y sus manos sujetando las muñecas, extendiendo sus brazos hacia atrás. (10)

- Te ve alguien porque crees que estás abusando del pobre – se burló sanamente el doctor, provocando un ligero sonrojo en la cara del Tringham – Sujétalo fuerte – advirtió.

- ¡¡AAAAAAHHHH!! – Fue un grito espeluznante, que transmitía dolor con cada quejido contenido.

Gilgamesh se retorcía en su posición, pero era fuertemente sujetado mientras el doctor ponía una compresa tibia para detener un poco la hemorragia.

Fueron difíciles 45 minutos donde el doctor y el rubio trabajaron en la curación y sutura de la profunda herida. El guardia se quejaba demasiado, inconciente y ajeno a la realidad trataba de zafarse del agarre de sus manos mientras pataleaba y daba ligeros sobresaltos a su cuerpo, sin resultados.

Al final, pudieron con él luego de unas simples palabras que le dedicó el rubio al castaño en su oído. Sin embargo, sólo fueron palabras entre ellos, ya que fueron inaudibles para el doctor y jamás repetidas por Russel.


- ¡He vuelto! – Exclamó el pelirrojo, siendo recibido casi al instante por Loth que salía del salón y le abrazaba fuertemente - ¿Qué te pasó, Loth? – preguntó extrañado de la actitud de su hermano. Generalmente, siempre eran disputas en su casa para no levantar sospechas con sus padres.

- Fue horrible el grito de Gilga – dijo, escondiendo aún más su rostro en el pecho del mayor, asustado.

- Habitualmente son así, ya que esas dagas están echas para desgarrar músculos al ser introducidas y sacadas de su objetivo – explicó el príncipe, quien venía acompañado de Fletcher y Edward.

Se saludaron y pasaron todos al salón de visitas, donde se acomodaron en los sillones y saludaron al doctor que estaba ahí, sirviéndose un café.

- Escucho gente, ni… - la madre de Van y Loth entraba al salón, pero se quedó pasmada al ver tanta gente – ños… - completó su frase, anonadada. – Buenos días, a todos – saludó nerviosa, haciendo pequeñas reverencias.

- Buen día, señora – saludó cortés el doctor, seguido del resto.

Luego de una corta presentación por parte de los anfitriones, la madre de ellos ya podía estar más tranquila y contenta al ver a tanta gente reunida. Era poco usual que sus hijos llevaran invitados a la casa, más aún si estos eran sus profesores o compañeros, en el caso de Fletcher.

- ¿Y Alphonse? – preguntó, mirando a todos sin poder encontrarle – El hermano del señor Edward, me refiero – aclaró, cuando vio la seña del príncipe señalándose confundido.

- Debe estar en la escuela, atendiendo algunos asuntos – contestó Ed, ocultando la verdadera información acerca de la situación en el establecimiento.

Un breve silencio muy tenso se extendió por la habitación, bastante incómodo para cualquiera, pero Heydrich se atrevió a romperlo.

- ¿Puedo pasar a ver a mi guardia, doctor? – cuestionó cortésmente.

- Me temo que no – respondió algo nervioso – Debe descansar un poco. No se preocupe, que Russel lo está cuidando – completó, dejando intranquilo al príncipe, quien fue relajado rápidamente por el Tringham menor, quien le dedicó una sincera sonrisa.


Sentía un ligero peso en sus piernas que además le impedían moverse libremente. Un ligero puntazo en su espalda le advirtió de su estado. Abrió lentamente los ojos, acostumbrándose a la luz que entraba en esa habitación.

- ¿Te encuentras mejor? –

Esa voz… La voz de Russel le hablaba y a la vez le tranquilizaba.

- Sí… Pero siento un ligero peso en mis piernas – susurró suavemente.

- Es porque estoy sentado en ellas, tonto – dijo.

El rubio seguía en la misma posición, con la diferencia que ya no sujetaba las muñecas del otro, sino que las tenía en la cintura del mayor.

- Pero… ¿Qué demonios pasó? – giró como pudo su cabeza, viendo la posición en que estaba Russel. Llevó sus manos hacia las del rubio, pero no logró quitarlas de su cuerpo; el confortante calor y la suavidad del agarre le impedían cortar el contacto, aunque era extraño sentirlas al estar sin su camiseta.

- Tienes una excelente figura, Gilga – comenzó a mover suavemente sus manos por todo el contorno del castaño, provocando ligeros escalofríos en el cuerpo bajo él – Tuve que sujetarte para poder curarte la herida – deslizó suavemente, casi sin tocar, su dedo índice por la sutura que dejó el doctor Marcoh – Casi te atraviesan el pulmón, ¿Sabes? – cuestionó.

Gilgamesh sólo apartó la mirada, avergonzado y sin palabras.

- Aún así, tengo que agradecértelo – continuó su monólogo, así como su recorrido por la espalda del guardia – Sólo salvé al príncipe para que mi hermano pudiera seguir con él. No tenía la intención de salir con vida de esta –

- ¡No digas eso, Russel! – exclamó, girando el cuerpo rápidamente, quedando boca arriba. De algún modo, incomprensible, logró quedar en esa posición.

- Pero tú me protegiste… Y no a él, ¿Por qué? – Los azules ojos de Russel estaban cristalizados – Dime por qué, si yo quería que esto se acabara así – se acercó al rostro del castaño, suplicando una respuesta directa.

- Recuerdo haberte dicho que eras importante para mí, Russel – fue su respuesta, aunque sus ojos demostraban otro sentimiento.

- Idiota, no vuelvas a hacerlo sin preguntarme – y lo besó, pasando su mano derecha por la nuca del castaño y su izquierda en la espalda, sujetándolo fuertemente.

El guardia, impávido, reaccionó al cabo de unos segundos, cerrando los ojos y abrazando al rubio, dejándose llevar por el momento, uno de los pocos en los que se tenían el uno al otro.

Estuvieron así por algunos minutos, sólo con caricias y ligeras separaciones para tomar aire y seguir con su romántico ritual.

- No vuelvas a asustarme de esta manera – advirtió el rubio, susurrando las palabras sobre los labio del castaño oscuro.

- Me gustaría prometértelo, pero mi trabajo y mi código me impiden hacer promesas que quizás no pueda cumplir – contestó, obteniendo sólo la filosa mirada de parte del rubio – Si tuviera que protegerte de nuevo de esta manera, no dudaría en hacerlo, eso sí te lo puedo jurar – sonrió, robándole un fugaz beso a Russel.

El Tringham se acomodó y se paró a un lado de la cama, sacándose su chaqueta.

- No me gustaría que te vieran sin camisa – explicó, extendiendo el abrigo – Tuve que rasgar tu playera para poder curarte, así que me siento responsable –

- ¿No será que no quieres que me vean semi desnudo? – preguntó agraciado el guardia, tomando la chaqueta para ponérsela.

- ¡No es eso! – Exclamó apresurado el otro, con un ligero tinte carmesí en sus mejillas – Admito sí que tienes un excelente físico – murmuró con desdén, sonrojado.

- Sólo pídeme que no lo muestre y no lo haré – sonrió picaronamente, terminando de ponerse la chaqueta y abotonándola.

- Sabes que no te diré tal cosa – refutó, berrinchudo – Vamos abajo. Deben de estar almorzando aún – comentó, caminando hacia la puerta. Puso la mano en la perilla, pero la mano de Gilgamesh le impidió girarla para abrirla.

- Prométeme que no volverás a sacrificarte de esa manera, Russel – la mirada del castaño oscuro era la típica que ponía en combate, aguda e intensa, pero tenía un brillo de preocupación que suplicaba una respuesta.

Su respuesta fue sólo un simple beso.

- Vamos, nos esperan – fueron sus última palabras, para abrir la puerta y salir por ella, con rumbo al comedor de donde provenían las plurales voces.

- Acomódate el cabello, lo tienes desparramado – le susurró, mientras bajaban las escaleras y el castaño oscuro se adelantaba, dejando a Russel anonadado y acomodándose la cabellera como era su típica postura.

- Buenas Tardes a todos – saludó alegre y cortés el guardia imperial, entrando al comedor donde el bullicio reinaba, con una sonrisa pegada a lo largo de su cara.

- ¡Gilga! ¿Cómo te encuentras? – preguntó apresurado el príncipe, sorprendiendo tanto al aludido como al resto.

- De maravillas, Alfonse – contestó, cambiando su alegre sonrisa a una más normal – Le agradezco su ayuda, doctor Marcoh – hizo una pequeña reverencia al anciano, quien estaba sentado comiendo su plato.

- Años que no me llamas así, Meshi – recalcó la última palabra. El resto, mantenía silencio.

- ¡Alfonse! ¡Que no me gusta que me digas así! – golpeó infantilmente el suelo con un pie, moviendo los brazos.

- Sí, ya estás mejor – rió. Ahora si que el resto estaba muy sorprendido, al borde de un colapso.

Justo en ese momento entraba la madre de Van y Loth al comedor desde la puerta de la cocina, viendo a Russel y Gilgamesh parados.

- Siéntense, les serviré algo, sólo denme unos minutos para calentarlo – dijo, sonriendo y volvió a la cocina.

El resto de la comida transcurrió muy tranquila, bastante amena y con una pequeña rabieta de Ed por molestarle con la estatura; no estaba Alphonse para calmarlo.

'Es imposible que Gilgamesh se recuperara tan rápido de semejante herida y más con el propósito con el que están diseñadas las dagas…' Fletcher analizaba discretamente al guardia y a su hermano, quien estuvo usualmente callado, pero no pasaban desapercibidas para su hermano las fugaces miradas que le lanzaba al guarda espalda del príncipe. '¡Lo tengo!' exclamó para sus adentros.

- Nii-san, ¿Me das un poco de ungüento? Me corté hace un rato con un cuchillo – explicó muy breve y en un tono muy bajo.

- Claro – respondió – Gilgamesh, dame un pote que está en el bolsillo interno de la chaqueta, por favor – pidió. Recibió el pequeño recipiente, pasándoselo a Fletcher – Ten más cuidado, Flet – demasiado sobre protector aún.

El príncipe se acercó sigilosamente al menor, tratando de ver que pasaba ahí y cómo es que Fletcher no se había quejado durante la comida del supuesto corte.

- Lo que imaginé – susurró, alcanzando a ser escuchado por el rubio tras él.

- ¿Qué pasa, mi pequeño? – acomodó su barbilla sobre el hombro de Flet, mirando el pote destapado en las manos de Fletcher muy vacío; se podía ver el fondo del envase a través de la verdosa pomada dentro de él.

- Rara vez usamos esta pomada con mi hermano. Yo también tengo una en el bolso de la escuela – explicó muy bajito, evitando ser escuchado, salvo por el príncipe en su hombro – Tiene fuertes propiedades curativas y regenerativas, aunque si se suministra mal puede tener fatales efectos secundarios y más si las heridas son profundas – tomó una pequeña pausa, tratando de elegir correctamente las palabras – Debió preparar el ungüento como aceite, muy concentrado. ¿No sientes un suave olor a aloe vera en el ambiente? – inquirió, haciendo que el príncipe empezara a olfatear el ambiente.

- Sí, pero es casi imperceptible – respondió.

- Viene de Gilgamesh. Russel eliminó el olor con esencias naturales del cuerpo de Gilga, las cuales se mezclaron con el olor de la comida y así no logra sentirse – ningún detalle pasaba desapercibido – Además, este envase estaba casi lleno. Russ siempre se preocupa de rellenarlo por si surgen emergencias – terminó de explicar, soltando un suspiro.

- Aún no entiendo… ¿Qué te preocupa de todo esto? – preguntó el otro, desconcertado del suspiro de derrota del menor.

- Dije que lo suministró como aceite, eso significa que fue un masaje lo que recuperó a Gilgamesh y el aire que rodea a Russ es tranquilo y armonioso. Y si te fijas bien, su pelo está ligeramente desordenado, ya que se puede ver su ojo derecho – levantó disimuladamente su dedo índice derecho, indicando el rostro del mencionado - ¿Cuántas formas conoces de desordenar un cabello sedoso que no sea con las manos? Mi hermano se preocupa siempre de peinar y mantener su cabello ordenado y en la posición que le gusta – alzó una ceja, girando su rostro para ver el del príncipe que estaba más pálido que de costumbre. - ¿Ahora me entiendes, Heyd? Algo extraño pasó allá arriba – cuestionó, cerrando el frasco para devolverlo.

- Flet, tú ganas – se rindió, ante tales deducciones del menor.

- Voy a interrumpir este tranquilo momento para trazar un plan contra los homúnculos y sacarlos de la escuela – Edward tomaba la palabra del salón, el cual llegó a un pulcro silencio – Hay que convencer a los estudiantes que tienen de rehenes que esta no es la forma de recuperar la escuela, por lo que tendremos que usar un poco de sicología y apelar a las situaciones que logren darse en el enfrentamiento – trataba de escoger bien sus palabras – Patearemos el trasero de los homúnculos sin piedad, pero tratemos de ser sutiles con los chicos – finalizó, mostrando su puño metálico enguantado de blanco, obteniendo una afirmativa por parte de todos.

- ¿Qué haremos con Alphonse y Seitan? – preguntó preocupado Fletcher, tomando la atención de Edward.

- Está más que claro… Los hermanos nos enfrentaremos a ellos – respondió Ed, mirando a Gilga que tenía la misma respuesta a esa pregunta. – Tengo una petición extra que hacerles, y espero la acepten –

- ¿Qué sucede, maestro? – preguntó Van, sintiendo una mala vibra.

- Si les pido que corran, háganlo – Soltó – Soy el único que puede contener al segundo alquimista de acero ahora después de tanto… – tembló. Sólo en la prueba de alquimista estatal había sido demostrado el poderío de Alphonse muy superior a su hermano mayor y al General Mustang.

- Nos costó mucho trabajo poder controlarlo esa vez, incluso con el Führer y el brigadier Mustang – Russel también estuvo presente esa vez.

- Gilgamesh – llamó el ambarino - ¿Cuántos tipos de armas sabes manejar? – preguntó.

- Demasiadas como para mencionarlas todas – confesó, dudoso. – El príncipe, Seitan y yo manejamos casi la misma cantidad de armas – agregó, por si era un dato de utilidad.

- Si quieren y se sienten seguros de hacerlo, ayúdennos, por favor –


El Teniente Coronel Armstrong se encargó de llevar a todos los hombres disponibles para sitiar el perímetro de la escuela. Armados hasta los dientes y posicionados en lugares estratégicos, la batalla daría comienzo en escasos minutos más. Si las cosas fallaban, los tanques y la artillería pesada de rango se encargarían de borrar del mapa toda la escuela, por órdenes del General de Brigada Roy Mustang.

- Llegó la hora – murmuró el dorado, eliminando por completo la barrera que tenía la escuela.

- Aquí vienen – anunció el castaño, al frente de la batalla. Tras él, los homúnculos aguardaban ya recuperados el ansioso derramamiento de sangre.

Por órdenes de Alphonse, Seitan se encargaría de proteger a los chicos que sólo querían irse a sus casas luego de conocer el propósito de los pecados con ellos, aunque un ya reducido número les seguía y estaban dispuestos a seguir adelante.

- Teniente Coronel Alex Louis Armstrong – llamó Edward al musculoso al lado de él – Si sale algo mal, es mi responsabilidad. Roy no tiene nada que ver – y comenzó la marcha hacia el patio, donde suponía le esperaban. El resto, le acompañaba a paso firme, lento y seguro, esperando alguna trampa que pudieron haberles preparado.

Nada de eso. Simplemente, avanzaron mientras algunos escuadrones de operaciones tácticas, simples hombres y militares que iban por órdenes del musculoso. Tomaron control de las zonas de la escuela, desde el ala este a la oeste, la entrada y sólo faltaba el patio y el edificio principal, dominado por los rebeldes estudiantes que eran persuadidos por la milicia.

- Por fin se atreven a venir, escuadrón de pacotilla – la voz de Envy era fuerte y desafiante, audible desde su posición en el medio del gran terreno de la escuela, hasta la entrada por donde se asomaban todos los otros.

- ¡Libera a los estudiantes y ríndete! ¡Serás sometido a un juicio justo bajo las leyes de Amestris! – exclamó Ed, cumpliendo con el protocolo militar. No era su estilo, pero de a poco se acostumbraba a usarlo.

- Eres un estúpido, ¿Lo sabías? – se burló la envidia, dando una señal a sus compañeros que saltaron y comenzaron con el ataque.

El gran enfrentamiento comenzaba. Los homúnculos, el Capitán General y escasos dos alumnos se abalanzaron contra los alquimistas estatales, profesores y compañeros del bando de Ed.

Grandes estallidos y luces alquímicas rodeaban la zona de batalla y algunas balas de francotiradores militares que disparaban esporádicamente, con miedo de dañar a uno de los suyos o a algún inocente.

Edward no se había unido a la batalla. Sólo miraba hacia el frente, viendo que Alphonse tampoco hacia movimiento alguno por involucrarse; estaba de punto fijo, protegiendo al grupo de alumnos tras él que temblaban de miedo y querían escapar de esa dura realidad.

- Es… Suficiente – murmuró, con sus orbes grises escondidas. Levantó lentamente la mirada, encontrándose con esa mirada dorada verle con tristeza y ternura.

Comenzó a caminar hacia el centro, mientras una gran roca caída cerca de él pero no desvió su camino. Una explosión a su lado derecho tampoco le hizo detenerse. Caminó lentamente una prudente distancia, hasta encontrarse con él: Tanto Edward como Alphonse habían caminado con dirección hacia el otro. Se observaron minuciosamente, tratando de obtener algo incomprensible, una respuesta. Una caricia.

Ambos juntaron sus palmas y aplaudieron. Edward dio un paso atrás rápidamente, transmutando su automail al típico brazo espada. Alphonse, dirigió sus manos al frente, mientras bajaba la derecha hacia el suelo y la levantando, como si tratase de sacar algo de la tierra.

- Mierda… ¡No creí que lo harías, Al! – exclamó, asustado, a sabiendas de lo que vendría. - ¡SALGAN TODOS DE AQUÍ! – gritó con todo, desgarrando su garganta y el aire, como si buscara auxilio y la protección de quienes le ayudaban.

Por cosas del destino, o por la simple orden de Ed, tanto alumnos rehenes como aquellos que no lo eran salieron de ahí, mirando hacia atrás, tratando de ver que sucedía. Van y Loth se retiraron apresurados, ayudando a sus compañeros y evacuando toda el área.

Los homúnculos se reagruparon, cercanos, a la defensiva. Gilgamesh corrió cerca de Edward, mientras el resto copiaba una formación tortuga similar al grupo de los pecados.

Y lo vieron. Comprendieron el miedo de Edward y Russel al ver lo que aparecía frente a ellos, componiéndose imponente y dantesco.

- La… Armadura – siseó el castaño oscuro, asombrado de verla en el campo de batalla.

Aplaudió nuevamente, con un sonido seco y estruendoso, tocando ligeramente su armadura para darle algo de vida.

- Conocerán el poder del segundo alquimista de acero – comentaba Alphonse, quien se posicionaba al costado izquierda de su armadura, que ahora se movía ligeramente, acomodando su brazo izquierdo en el hombro de Alphonse.

- Imposible… ¡Le ha dado vida a la armadura! – exclamó extrañado Gilgamesh, mirando detalladamente cada movimiento de la armadura.

- No le ha dado vida… Le ha transferido la parte de mi alma que está ligada al anillo a su armadura… Es como un segundo yo, pero con el raciocinio de Alphonse y sus conocimientos – explicó Ed rápidamente – Ahora viene la peor parte – finalizó.

Así, como decía el ambarino, la armadura comenzaba a transmutar: Sus brazos caían al suelo, transformándose en filosas espadas. Sus piernas cambiaban de forma, transformándose en lanzas y hachas. La mayor parte del cuerpo metálico comenzaba a caerse a pedazos al suelo, transformándose en armas distintas, muchas de ellas peligrosas y maquiavélicas. Quedaba sólo la parte del pecho de la armadura sin transformar, la cual Alphonse tomó y se la puso, así como tal, una perfecta armadura cubría su pecho y abdomen, así como toda su espalda.

Finalmente, el casco se transformaba en una espada de una mano, ligera, con un mango verdoso con inscripciones extrañas y en final colgaba el pedazo de cabello que tenia normalmente el casco. En un lado de la espada podía verse el sello de fijación del alma que hizo Edward para traer a su hermano. En el reverso, se apreciaba la serpiente fijada en la cruz; Ambos símbolos representaban la sujeción de Edward al mundo terrenal.

- Rápido, tomen un arma y úsenla – ordenó el castaño. Extrañamente, algunas armas salieron proyectadas hacia los homúnculos, sin ser siquiera tocadas por Al.

- Las armas pueden moverse solas por el alma que tienen – explicó Ed, tratando de sonar convincente – Debemos destruir esas armas, ya que ellas pelearán sin nadie que las controlen – continuó su relato, a la vez que el centenar de armas que se levantaba del piso se movía como si fueran títeres – Todas las armas tienen el sello de fijación de alma de Alphonse, el círculo con la extraña estrella inscrita – señaló.

- Y cada vez que destruyan una, Edward perderá un trozo de su alma – terminó de explicar Al, comenzando con el ataque a Ed, quien le bloqueó rápidamente.

- ¡Tomen un arma como puedan! – Exclamó, mirando a sus compañeros - ¡Son parte de mi alma, por lo que serán sus aliadas si logran tomarlas! –

Así, Gilgamesh tomó varias, lanzándole una al príncipe y otra a Russel. Seitan tomó otra por su parte, mientras comenzaban a atacarse mutuamente. Los homúnculos se movían por inercia, como tratando de entender el cómo un arma podía manejarse tan diestramente siendo ellos bastante torpes.

- Has perfeccionado bastante tu técnica… Al – mientras peleaban, sus palabras entre jadeos trataban de convencer al de mirada gris.

- No he usado la técnica hace mucho, pero he perfeccionado mis estudios en ella – confirmó el menor, luchando codo a codo con Ed. – Creo va siendo hora de terminar todo esto, Ed – amenazó, con la mirad seria y penetrante.

- Concuerdo contigo – dio un paso atrás, transformando nuevamente su extremidad en el brazo normal de automail que era.

- ¡Envidia! – exclamó el menor, llamando la atención del aludido y del resto.

- ¿Qué quieres, mocoso impertinente? ¿No ves que trato de matar al principito? – se burló.

Poco le duró su tono, cuando la gruesa espada de mandoble le atravesó el abdomen, dejando atónitos al resto.

- ¿Qué… significa… esto? – trató de sacarse la espada entre el cuerpo, pero sus fuerzas se desvanecían lentamente.

El resto de las armas empuñadas por los homúnculos también les atacaron. Sloth fue decapitado por una gran hacha, mientras que Pride fue desmembrado por una cimitarra y Gluttony perforado por una alabarda.

- ¡Envy! – Seitan saltó rápidamente sobre el pecado, sacándole el arma incrustada - ¿Qué significa esto, Coronel Elric? – cuestionó el esmeralda de mirada fría, sosteniendo el cuerpo del homúnculo.

- Para usted, Capitán General Ironhand – respondió calmado el menor – Soy Mariscal de Campo y Jefe Supremo del ejército de Amestris, Reichsführer Elric – se acomodó el cabello, pasándose una enguantada mano por su cabeza. – Funcionó a la perfección el plan, nii-san – sonrió alegre, dándole un cálido abrazo al dorado.

- ¿Qué sucede aquí? – Preguntó incrédulo el príncipe, acercándose a los otros - ¿Cómo es que no pueden moverse estos sujetos? – volvió a cuestionar.

- Es simple… Las armas les drenaron la energía alquímica que almacenaban en sus cuerpos, la cual funcionaba como una pequeña piedra filosofal incompleta – explicó Ed, posando su mano humana en la cintura de Al – Desde un principio, nuestro plan fue acercarnos a los homúnculos… Qué mejor forma la que consiguió Alphonse – una mueca similar a una torcida sonrisa apareció en el rostro de Edward.

- Esto es lo más bajo que pueden caer, hermanos de acero – siseó molesto el esmeralda, sacándose la chaqueta para usarla como compresa en la herida del homúnculo.

- Je… Que chistoso terminar así y ayudado por un humano – lastimeras palabras salían de Envy – Déjame, estúpido – trató de alejar a Seitan, pero no pudo.

- No te dejaré botado, Envy – respondió el otro.

El resto, no entendía algo en esa situación.

- Ahora que tengo toda la información que necesito – musitó calmado el esmeralda – Podré cumplirte el sueño, envidia –

- Idiota… - y volvió el silencio. No estaba muerto, sólo inconciente.

- Gracias por la información de los símbolos, alquimistas de acero – se burló el esmeralda, tomando el cuerpo del pecado para levantarlo sutilmente del suelo – Nos volveremos a ver y sabrán a quien se enfrentan – se arrodilló levemente, tomando el impulso suficiente para dar un gran salto y salir de la escuela con rumbo desconocido.

- ¡Seitan! – gritó el castaño, tratando de detenerlo, pero fue tomado rápidamente de la mano por Edward que le impedía seguirle.

- Tenemos que restaurar el orden de la escuela y ver a nuestros alumnos, Aru – se alejaba ligeramente del grupo que veía hacia el lugar que había arrancado el peliverde.

El resto asintió y se fueron a inspeccionar las operaciones tácticas. Armstrong se había encargado muy bien de los alumnos, refugiándolos en una tienda de campaña mediana que estaba improvisadamente montada en la entrada principal de la escuela. No habían heridos, salvo por los chicos que se habían resistido y fueron sedados para calmarlos.

- Edward – interrumpió el Teniente Coronel – Han llegado dos informes desde Central – informó, entregando una papeleta al ambarino. A su lado, Alphonse, Gilgamesh y Russel parecían interesados en saber que pasaba.

- Mustang logró entregar los informes a salvo, sin inconvenientes – dio vuelta la hoja rápidamente para revisar el segundo, al cual quedó estupefacto cuando lo leyó.

- ¿Qué pasa, nii-san? – preguntó alarmado el menor, notando el rostro de preocupación del otro.

- Nos vamos a la comandancia, Al – respondió mecánicamente, sacando la hoja para luego arrugarla y destrozarla en mil pedazos. Era realmente inquietante la noticia y sus piernas flaqueaban ante tanta presión que tendría que soportar en tan poco tiempo. Su vida, realmente, no eran tan calmada como quería ni la que había pactado con el Führer en pos de su relación con Alphonse. – Están todos invitados a quedarse, no tenemos problemas si se hospedan allá y será mejor en algunos casos – miró furtivamente a los Tringham, como tratando de decirles algo.

- ¿Comandancia? ¿Aquí en Radeon? – Russel estaba sorprendido. Habiendo vivido algunos meses en la ciudad no tenía conocimiento de un edificio así ni tampoco imagina podía existir en una localidad tan pequeña.

- No la conoces… Es… No se como decir esto – Nervioso, Ed no sabía como expresarles lo que quería, pero Al se le adelantó.

- Nuestra casa que todos conocen – explicó, tomando la mano de Ed, entrelazando sus dedos suavemente – Es nuestra adquisición luego de seis meses construyéndola. Antiguamente, Radeon era una ciudad muy próspera y era casi una metrópoli como Central, pero por circunstancias adversas quedó en el olvido, salvo sus instalaciones. Ahora la comandancia es la casa del Gobernador destituido que volvió a Central… Es nuestra primera propiedad aquí – finalizó de explicar, apuntando hacia una colina tras el centro de la ciudad, indicando la enorme propiedad en los pies del monte frente a ellos, logrando verse el techo de la estructura.

Perplejos, el resto miraban curiosos la dirección que apuntaba el menor, sonsacando una gran exclamación por parte de Fletcher.

- Es… ¡Inmensa! – logró articular el rubio, abrazando más al príncipe a su lado.

- Se parece a la casa de descanso de verano de mi padre – murmuró el príncipe, sin pensar en sus palabras - ¡Lo siento! No fue mi intención comparar – miró al pequeño a su lado que lo miraba inquietante.

- Alfonse, Gilgamesh – llamó el dorado – Iremos a buscar ropas y algunos víveres para trasladarnos – Su mirada seguía fija en el techo que se podía vislumbrar desde su posición. Estaba inquieto y no era capaz de moverse como quería, pero Al le ayudó y comenzaron su caminata.

- ¡Ya se olvidaron de nosotros, Van! – Exclamó un pequeño oji-púrpura, que se acercaba rápidamente hacia sus maestros - ¿Qué pasará con la escuela? – aunque había escuchado la conversación anterior, no quiso referirse a ella para no sonar impertinente ni interesado.

- Armstrong se puede encargar del asunto a la perfección. Y ustedes dos se vienen con nosotros también – Edward parecía haber dado justo en el clavo, ya que tanto Van como Loth sonrieron felices, aunque el segundo brincaba de felicidad.


Habían pasado escasas dos horas desde el último encuentro entre ellos. Habían acordado reunirse los que quisieran en la entrada del edificio, donde aguardarían por el arribo de Edward y Alphonse para entrar a la residencia. Llegaron más personas de las que ellos mismos pensaban.

- Fletcher, Russel – los miró sorprendidos. Ambos venían con unas pequeñas maletas negras y un bolso cada uno – Es un gusto hayan aceptado la propuesta – sonrió gustoso. La realidad era que el edificio era muy grande para estar sólo cuatro personas, así que deseaba un poco más de compañía para su estancia ahí.

Edward se acercó al gran pórtico, donde la reja estaba ligeramente abierta para poder entrar. Como él iba en vehículo –que recuperó al pasar por la estación y encontrar las llaves en recepción- abrió la reja completamente, para poder estacionarle. El resto caminaba tranquilo y conversando trivialidades, por lo que Ed esperó a todos en la entrada, sin esperar una divertida presencia que aguardaba en el interior.

- ¿Cómo entraremos? – preguntó curioso Al, quien no recordaba haber guardado una llave del recinto.

- La respuesta viene corriendo hacia la entrada – precisó el guardia, sacando una daga del puño derecho de su chaqueta, en posición de alerta por si se acercaba algún enemigo en realidad.

La enorme puerta de fina madera de roble tallado se abría con fuerza y estrépito, revelando la figura de un pequeño niño de no más de 10 años que se abalanzaba con fuerza sobre Ed.

- ¡Señor Edward! – canturreó agraciado, contento de no haber visto al ambarino durante algunos años.

- ¡Vaya! – Exclamó el dorado – Cuánto has crecido, Chris – acarició suavemente la melena negra, mimando al niño que le abrazaba fuertemente por el abdomen – Mira, saluda a Aru y al resto. Son invitados – cortésmente soltó el agarre del menor para girarle por los hombros y mostrarle al grupo de gente que le acompañaba.

- ¡Señor Alphonse! – canturreó nuevamente al ver al menor de los Elric, al que también se le abalanzó para abrazarle fuertemente.

- Christopher, has crecido un montón desde la última vez que te vi – repitió el mismo gesto de Ed sobre el cabello negro del niño. – Mira, ellos son Fletcher – se acuclilló a la altura del menor, señalando al Tringham menor – El del lado es Russel, el hermano de Flet – el niño le saludó con un gesto, algo asustado por la cara de pocos amigos de Russ – Ellos son van y Loth – les señaló respectivamente, mientras el castaño miraba al niño que era casi de su porte y edad, por lo que intuía, del púrpura – El musculoso castaño de ahí es Gilgamesh y a su lado está Alfonse… Sí, nos llamamos igual – rápidamente completó la frase al ver que el menor iba a preguntarle.

- ¿Y porqué soy "el musculoso castaño"? – medio molesto, el aludido se miraba el cuerpo y los brazos, sin entender el por qué de su apodo tan poco frecuente. Tenía una ceja alzada mostrando su disgusto infantil.

- Admítelo, usas ropa muy apretada y se nota – el perspicaz comentario de Russel hizo estallar en carcajadas al grupo, sonrojando notoriamente al guardia que miraba furtivamente al castaño tratando de pedirle un poco de compasión.

- ¿Se quedarán mucho tiempo? – inquieto, el niño que les recibió preguntaba a Ed, posando un infantil dedo índice en sus labios.

- ¡Christopher! – un caballero de ya avanzada edad se vislumbraba desde adentro de la residencia, reprendiendo al niño - ¡Debes dejarme a mi abrir la puerta! – completó, asomándose por la puerta con la cabeza gacha en son de disculpa – Disculpen el atrevimiento de mi nieto, por favor – aún no alzaba la vista hacia quienes estaban parados afuera.

- No tienes que disculparte, Gustav – dijo Al, soltando una risilla, divertido.

- ¡Señor Edward! – Exclamó sorprendido al ver al ambarino - ¡Señorito Alphonse! Debieron avisarme su llegada para recibirles mejor… Por favor, pasen y pónganse cómodos – abrió completamente una de las puertas, dejando espacio para que todos pasaran – No tengo para que decirles que se sientan como en casa – sonrió amablemente, llevando su brazo izquierdo de forma solemne a su abdomen.

- Tanta ceremonia, Gustav… Sabes que no nos gusta eso – Alphonse reprendía al visible mayordomo de la enorme casa. Eran lujos que él ni su hermano jamás acostumbraron durante su estadía allí, aunque a veces Edward abusa de ellos y gustaba darse un relajo, siendo atendido de la mejor forma por el anciano.

- Sólo dales una habitación a los invitados, Gustav… Nosotros tomaremos la nuestra – Ed ya había entrado y dejaba su maleta en el enorme recibidor, seguido del resto que miraba asombrado el gran salón de bienvenida que tenía ese edificio.

El anciano buscó entre sus pertenencias en el bolsillo interno de su smoking negro, interesado en encontrar algo. Pareció encontrarlo ya que su rostro mostraba una cálida sonrisa.

- Aquí tiene la llave de su habitación, señor Edward – entregó una pequeña y refinada llave de color plateado reluciente a Ed – El señor gobernante quiso adueñarse de su habitación, pero le fue imposible. Anoche fue la última vez que entré a limpiar, junto con Chris – explicó tranquilamente, tomando al pequeño de la mano para llevarlo consigo.

- Ese viejo… Pensé haberle dicho que no le entregaría nuestra única parte de la casa… - el rubio meditaba en voz baja, maquinando algún plan que seguramente terminaría en problemas.

- Bueno, les enseñaré las habitaciones disponibles. Si gustan seguirme, podré guiarles por la casa – Gustav iniciaba su trayecto luego de asegurarse de que el resto del grupo les seguía.

Subieron a la segunda planta y doblaron hacia un largo pasillo por la derecha del edificio, encontrando múltiples habitaciones en perfecto estado.

- En este costado contamos con seis habitaciones. Por el lado izquierdo tenemos otras seis más – comentó, abriendo la primera puerta del largo pasillo, revelando los lustres y lujosas habitaciones de la mansión. Una inmaculada limpieza y un olor a esencias naturales era la carta de presentación, pero lo más destacable eran las enormes camas de fina madera detalladamente pulidas con gran destreza. En cada esquina podían apreciarse los leones de la milicia. El tapiz grueso del suelo, si se miraba detalladamente y desde un ángulo bastante alto, parecía formar el emblema del ejército en tonalidades claras y otras más oscuras.

- ¿Puedo quedarme con esta? – casi en un murmullo de asombro, Loth lograba ser el único que articulaba palabras de todo el grupo. Un pequeño chichón aparecía en su cabeza, otorgado graciosamente por su hermano mayor. - ¡Van! ¡Sólo preguntaba! – se sobaba fuertemente el área afectada, soltando una lagrimilla infantil.

- No se preocupen, hay habitaciones suficientes para todos – Esta vez Al tomaba la palabra – En la tercera planta hay otras doce habitaciones más y abajo está la nuestra, junto a la del gobernador – explicó, tratando de sonar convincente.

- ¡Yo quiero esta! ¡Vamos, Van! Di que sí… - un mimoso puchero aparecía en la boca de Loth, con los ojos vidriosos para intentar convencer al pelirrojo.

- Yo me quedo contigo… Ni loco te dejo sólo – sonrió torcidamente, demasiado malévolo y pervertido como para pensar siquiera que era Van el que decía eso.

- ¡Wah! ¡Pervertido! ¡Esa cara tuya no me da confianza! – Aún así, Loth le delató, sonsacando risas por parte de todos.

- ¿Puedo elegir una habitación de la planta superior? – Tímido, el guardia seguía en su afán de seguir con las normas de su país; no compartiría habitación en el mismo nivel que el príncipe de Aerugo.

- ¡Nein! – enojado, el príncipe refutó al avergonzado guardia. - ¡Compórtate, Gilgamesh! – reprendió.

- Pe-pero… - tartamudeó, sin encontrar un argumento que convenciera al príncipe.

- Disculpe, joven príncipe – Russel se interpuso entre el castaño y el rubio – Si lo que desea es que Gilgamesh comparta, yo me iré a una habitación en la planta superior para hacerle compañía y tratar de convencerle de bajar a este nivel, pero le recomiendo no intentarlo por la fuerza – con toda la diplomacia posible, el Tringham defendía a capa y espada al inocente castaño oscuro, sorprendiendo tanto a su hermano como al resto que lo miraban extrañado.

- Heyd… Déjalo, ya querrá bajar a compartir con nosotros – ahora Fletcher se sumaba a la demanda colectiva, provocando en el acto el fin del juego para el heredero al trono.

Ya pasado ese episodio, terminaron de repartirse las habitaciones. Van y Loth compartirían la primera del costado derecho. Gilgamesh y Russel usarían dos del tercer piso. Fletcher y Heydrich, por decisión unánime, tendrían que separarse antes de provocar la tercera guerra mundial; Russel no permitía que Fletcher estuviera a una pieza de distancia, por lo que Alfonse usaría la habitación contigua a los alumnos de los Elric y Fletcher la tercera del costado izquierdo del segundo piso.

- Les llamaré cuando la cena esté lista, señores – fue la última indicación del amable anciano, retirándose acompañado de un aburrido Christopher que sólo quería jugar con Edward.

Ya estando todos en sus habitaciones, desempacado el equipaje y tratando de adecuarse a tanto lujo junto, se reunieron en la sala de juntas, mostrando una habitación idéntica a la sala de estudios de los Elric en su otra casa, pero en tamaño gigante.

- Es idéntica a vuestra casa… Es sorprendente la arquitectura de este país – Heyd miraba cada detalle del inmobiliario, tomando notas mentales de algunos cambios que le gustaría hacer en el palacio real en su país.

- ¡Hey! Estos sillones son iguales a los suyos, igual de cómodos para dormir – Gilgamesh se hundía en los mullidos sillones - ¿Puedo dormir aquí? – preguntó, inocente.

- ¡No! – fue la respuesta al unísono de Russel y Heydrich, quienes se miraron sorprendidos por concordar en algo.

- Está bien – una gota resbalaba por la nuca de Gilga, rindiéndose en el acto.

De nuevo, risas por parte de todos.

- Joven Edward – el anciano mayordomo se asomaba por la sala, llamando al ambarino - ¿Desea prepare Kuchën para el postre? –

- ¡Ni lo preguntes! ¡Claro que sí! – exclamó gustoso.

- Que sea de frambuesas, por favor – agregó Al, también gustoso de la propuesta.

- Y un toque de canela lo deja mejor – acotó el príncipe.

Silencio.

- ¿Qué? – Preguntó extrañado - ¡Es un plato típico en Aerugo y el postre preferido de Gilgamesh si le ponen canela! – explicó rápidamente.

Aún silencio.

- Ejem… - un ligero carraspeo por parte de Gustav rompió la tensión – Tomaré su consejo, príncipe Alphonse – tomó una ligera pausa para continuar – Si me disculpan, debo terminar con la cena. – hizo una pequeña reverencia para marcharse, pero aún debía decir algo.

- ¿Sucede algo, Gustav? – Ed cuestionaba el extraño comportamiento del anciano. Algo sucedía.

- ¿Le molestaría si le pido un favor, joven Edward? – El ambarino negó - ¿Puede ir a ver al joven herido que trajo el hermano del señor Gilgamesh? – los ojos de todos se abrieron abruptamente – No ha salido de su habitación desde su llegada hace algunas horas y me preocupa el estado del muchacho que trajo cuando llegó – explicó.

- ¿Dónde… están? – murmuró Ed, entre dientes.

- En la habitación del Gobernador – respondió sin más. El grupo salió corriendo tras Ed y Al que iban adelante haciendo camino hacia la habitación limítrofe a la suya.

El primero en llegar fue Ed, quien abrió de golpe la puerta de la pieza, encontrando a Seitan sentado en una silla al costado de la cama, tapando la visión del cuerpo tendido sobre ella.

- Hagan silencio o los haré callar – una mecánica respuesta de parte del esmeralda les detuvo en seco en la entrada.

- ¡Es un homúnculo, idiota! – exclamó Ed, entrando a paso firme a la habitación, pero se sorprendió al ver el cuerpo de Envy.

No era el mismo. Además de estar completamente vendado, el símbolo de Ouroburos en su pierna estaba sustituido por la serpiente crucificada, y en la frente encontró el sello de Alphonse en su armadura, donde debía estar el cinto que amarraba el pelo de palmera del pecado.

- ¿Qué… hiciste? – farfulló, sin lograr entender que sucedía ahí.

- ¿Acaso no es obvio? Ustedes me dieron la respuesta en la batalla… Estuve buscando por años el sello de fijación de Alphonse por todo Amestris hasta que me encerraron – explicó, aún sentado en la silla, sin moverse de su sitio.

- Inconcebible… - murmuró Al - ¿Qué alma le fijaste? Ellos no tienen una… ¿Y cómo es que la puerta no se quitó algo en forma de pago? – Esas y más preguntas corrían a gran velocidad en su cabeza, todas ellas sin respuestas.

- General de Brigada Maes Hughes – respondió – Y la puerta no puede quitarme algo para pagarse, ya que me debe demasiado… No soy el divino alquimista por nada, hermanos de acero – sonrió torcido.

- Maes… - Ed no entraba en sí - ¡Devuelve a Maes a su descanso, estúpido! – Tomó fuertemente de la camisa al aludido, pero este se limitó a dejarse tomar - ¡Este bastardo le mató y tu traes su alma a su cuerpo, imbécil! – Gritaba de furia, de impotencia, de rabia e ira acumulada por un acto tan inhumano como ese.

- Fue la única alma que accedió a la petición, Acero – comenzó a explicar – Nadie las puede obligar y se ofreció como voluntario, a cambio de ver a su hija de nuevo será como si él no estuviera ahí –

- ¡Mientes! – zarandeó el cuerpo entre sus manos, sin siquiera tener precaución con Seitan.

Gilgamesh veía con reproche a su hermano, sin creer que era capaz de algo así. Alfonse abrazaba fuertemente a Fletcher, sin dejarlo mirar la terrible escena frente a ellos. Al y Russel guardaban distancia de Ed y el esmeralda, impávidos.

- Si quieres, pregúntale. La mente de Envy sigue dormida. Hasta el momento he conversado con el Brigadier Hughes contándole algunas cosas que han cambiado – tomó las manos de Ed para soltarse y acercarse al cuerpo sobre la cama, sentándose nuevamente en la silla. – Brigadier Hughes, tenemos visitas que desean saludarle – posó una mano sobre la frente del pecado, apenas palmando sobre él.

- Los escuché, Seitan. Tanto tiempo sin escucharles, Ed y Al –

Era realmente chocante escuchar nuevamente la voz de Hughes en la boca de Envy, el mismo que le arrebató la vida hace unos años atrás. Edward y Alphonse no creían lo que escuchaban. El resto, salió de la habitación porque sentían que sobraban en un ambiente de esa índole.

- Hughes… - una diáfana lágrima salía de los ojos de Ed, sin poder creerse lo que escuchaba - ¿De verdad… eres tú? – se acercó torpemente al cuerpo, pero seguía siendo Envy el que estaba allí.

- No me hagas comprobarte que soy yo, Ed… No puedo moverme para mostrarte fotos de Elysia, aunque tendré que sacar algunas nuevas – rió. Definitivamente, era él con quien conversaban.

- Roy se morirá al escucharte –

- Ustedes serán los únicos que me escucharán… Cuando Envidia despierte parte de su conciente, yo no podré volver a contactare con ustedes, salvo que vea a mi hija – explicó – Sólo me ofrecí para volver a este mundo con tal de verla y a mi esposa, pero con este cuerpo me será algo imposible, aunque pueda transformarse aún no será normal ver a un muerto por ahí –

- No debiste hacerlo, Maes… -

- El que te daba los consejos era yo, Ed… Se nota has madurado mucho… Y estoy enojado con los dos, este año no han ido a verme a mi tumba para conversar – reprendió – Era entretenidos verlos ahí tan acaramelados con Al… Oh si, Al… - llamó.

- ¿Qué pasa, señor Hughes? –

- No… El día que me vaya te entregaré el regalo que me traje – volvió a reír – Envy va a despertar, no los podré ver mucho tiempo más, chicos – se apresuró a decir. Ya sentía que perdía el contacto con el exterior – No le digan a Roy que estoy aquí y traten de ocultar a Envidia por un tiempo… No es un mal chico, así que cuiden de- y no alcanzó a terminar su frase, ya que el cuerpo se giró de su posición, acomodándose en la cama, soltando un gruñido de dolor por la herida en su pecho.

- Se ha ido – anunció el esmeralda – Márchense y recuerden lo que digo el Brigadier Hughes… Y avísenle a Gustav que traiga una cena, por favor – finalizó, volviendo a su estado meditativo en la silla junto a la cama.

Los Elric salieron en silencio de la habitación, sin poder creer del todo lo que sucedía, pero en el mundo de la alquimia todo era posible si ellos ya habían desafiado muchas de las leyes naturales.

Entrada la noche, Gustav llamó a todos al comedor, donde la cena transcurrió calmadamente, estando todos presentes ahí, charlando cosas triviales, pero la duda de por qué el repentino cambio de hogar se produjo tan abruptamente, luego de leer una hoja simplemente.

- Edward… ¿Serías tan amable de explicarnos qué sucede? – Fue el príncipe quien se atrevió a cuestionar y matar la duda de todos en ese momento.

Un gran suspiro por parte de Ed les decía a todos lo derrotado que se sentía.

- El segundo informe – comenzó – Indicaba el traslado de dos delegaciones diplomáticas de Central hacia Radeon. Es todo lo que puedo decirles por el momento, pero deberían venir en camino… Puede que una de ellas llegue esta noche – explicó, llamando sutilmente con la mano a Gustav - ¿Podrías preparar algo para una comitiva si es que llega? –

- Claro, señor Edward – asintió gustoso el anciano.

- ¿Puedo preguntarle algo, Gustav? – Heydrich ahora quería interrogar al mayordomo. Recibió una silenciosa afirmativa. - ¿Cómo es que usted conoce la familia de Gilgamesh y sabía de mi estatus si pocos lo saben? – alzó una ceja.

Era cierto. El canoso anciano ya había le había llamado "príncipe Alphonse" y reconoció a Seitan como el hermano mayor de Gilgamesh, sin siquiera decirle información de esto.

- Eso es muy simple, príncipe. Yo crié a Gilgamesh hasta que fue entregado como guardia imperial suyo. Luego de eso, no resistí el perder a un niño de tan buen corazón, así que decidí venir a Amestris a cuidar de mi nieto al enterarme que su madre había fallecido poco tiempo después de haber dado a luz – relató tranquilo, sacando más de una exclamación del grupo.

- Eso no puede ser cierto… - farfulló Gilgamesh, que no podía recordar al viejo parado a unos metros de él – ¡No le creo! – exclamó, llevándose las manos a los costados de su cabeza, tratando de reacomodar sus ideas.

- Oh… No digas eso, Meshi – El guardia reaccionó a ese apodo, negando con fuerza.

- ¡Así me decía el príncipe! – Volvió a negar – Si de verdad fueras quien dices ser, pruébalo – desafió, con los ojos cristalinos y agudos. - ¿Cuál es mi mayor miedo? – una venenosa voz salió de su boca, impropia de él.

- En ese entonces, tenías varios – explicó, pero no se inmutaba al cambio de carácter del castaño oscuro – Pero el más grande era el miedo a que el príncipe te rechazara y no quisiera ser tu amigo –

Justo en el clavo. Gilgamesh abrió anchamente sus ojos, con la duda presente.

- Y te conozco tan bien, que puedo decir que le temes a otra cosa… Más bien a alguien, Gilgamesh – lo miró directo a los ojos – No diré a que le temes, pero si que está relacionado con el joven rubio de ahí – señaló discretamente a Russel, pero no alcanzó a terminar con sus palabras, ya que Gilgamesh le abrazó fuertemente.

- ¡Eres tú! ¡No puedo creerlo, de verdad eres tú! – con más fuerza de la habitual apretaba al anciano que sólo sonreía.

- Siempre tan efusivo, Gilga… Pero le romperás los huesos a este pobre anciano, ¿No crees? – rió levemente, siendo soltado levemente por parte del guardia.

- ¿Cómo quieres que no sea así de efusivo si no te veo hace veinte años? – le cuestionó aniñado, reflejando todo su carácter en sutiles palabras.

- Lo se, cuando desaparecía por algunos días eras igual… Así que mejor ve a terminar tu cena que ya traigo tu postre favorito – se soltó del agarre del castaño para retirarse del salón por una puerta lateral, que de seguro llevaba a la cocina.

- ¿Así que ese es tu padre adoptivo, Gilga? – preguntó con interés el príncipe.

- Él me enseñó lo básico en modales y lenguas, así como el código de honor para los guardias… Siempre me recalcaba que debía ser el mejor en mi trabajo – explicó, sacando algunas exclamaciones del grupo.

Ya terminada la cena y el postre que volvió meloso al guardia, fueron todos a descansar y terminar el día, aunque podía extenderse más de lo que ellos pensaban.

Alphonse y Edward estaban ya en su habitación, cuando el menor rompió el silencio en el que estaban ordenando sus cosas.

- Iré a darme un baño – anunció – Le avisaré a Gustav – sonrió, saliendo de la habitación.

Edward se limitó a pensar en la energía que tenía su hermano. O simplemente él era más viejo.

Al cabo de un rato volvió a entrar el menor. Se desvistió rápidamente, envolviéndose de la cadera hacia abajo con una toalla de color azul marino, como el uniforme de la milicia.

Graciosamente, puso un pie en la enorme tina llena de agua caliente y burbujeante, sintiendo lentamente la temperatura en su cuerpo para acostumbrarse. Dejó la toalla sobre un taburete cercano donde tenía además los utensilios de limpieza requeridos y se sumergió completamente en el agua.

- ¡Genial! – exclamó feliz, relajándose en el acto – Una de las pocas cosas que extrañaba de este lugar – meditó para sí, mientras se enjabonaba el cuerpo meticulosamente, sacándose más de una mancha de polvo que tenía impregnada en la piel.

Siguió con su labor de higiene sin darse cuenta que Ed asomaba su cabeza por la puerta que daba hacia el resto de la habitación, mirándole ensimismado.

- Esto… Aru – murmuraba, pero el menor no lograba escucharle – Aru… - alzó más la voz, haciendo reaccionar al menor.

- ¡Ed! – Le llamó - ¿Qué haces ahí? ¿Sucede algo? – preguntó alarmado, pensando en alguna desgracia que pudo haber sucedido en la casa.

- Nada… sólo… - agachó la cabeza, sintiéndose incómodo como nunca en años.

- ¿Quieres bañarte? – Le leyó la mente. Era exactamente lo que quería el dorado, el cual iluminó su rostro y sus ojos destellaban con la luz del baño cubierto de vapor.

- ¿Puedo? – cuestionó tímido, entrando sutilmente y cerrando la puerta tras sí, envuelto en una toalla de color roja como su gabardina.

Alphonse se debatía entre burlarse de esa faceta que no veía en años en Ed o simplemente responderle.

- Anda, el agua está genial – sonrió, extendiendo los brazos para recibir a Ed en un abrazo tras su respuesta. Le acomodó tranquilamente en su regazo, tal como si fuera un niño pequeño. Ed era muy liviano aun con sus automail que le daban algunos kilos extra, pero la densidad del agua compensaba eso. - ¿Sucede algo, nii-san? – preguntó tras unos minutos de silencio y falta de ánimo por parte del mayor.

- Tuve miedo… Pánico, terror – enumeró el dorado, meditando cada palabra que decía – Agradezco el momento en que pudimos hablar el plan de esta tarde, o me hubiese muerto al pelear contigo… - dijo, en voz baja y casi sin vida.

- Pero estamos bien, así que mejor no pienses en eso, mi querido y amado hermano – le dijo sonriente. Rara vez tenían esas muestras de cariño entre los dos, y contadas con los dedos de una mano las ocasiones en que se dedicaban palabras de cariño como las parejas normales.

- ¿No lo entiendes, Aru? – Preguntó, recriminándole algo al menor – No se que me pasa… No puedo estar más de doce horas lejos de ti o cometo alguna locura – se confesó, sacando una mirada de exclamación del alquimista menor - ¿Qué me hiciste? – Volvió a cuestionar de la misma manera - ¿Acaso es tu fino y sedoso cabello? – pasó su mano humana por la nuca de Al – ¿O es tu cálido y formado cuerpo que tienes? – Delineó con un dedo de su mano metálica desde el pecho hasta el vientre del menor, sacando más de un gemido del menor - ¿Tu voz? ¿Tus gemidos? ¿O es el deseo prohibido de amar a tu hermano? – le robó un tierno y corto beso de los labios de Al, quien a causa del calor del baño y las constantes caricias de Ed tenía un tinte rosa en sus mejillas – Lo más probable es que sean tus sonrojos y la forma en que puedo dominar algunas reacciones tuyas, así como tu me controlas las rabietas – admitió.

- Ed… - un suspiro lujurioso y lleno de deseo salió del castaño, obteniendo la atención de Ed en su monólogo - ¿Podemos terminar lo que empezaste? – le señaló entre sus piernas con un evidente problema que ambos debían atender y llevaban mucho sin solucionar – Ninguno de los dos es de acero – jugó con sus seudónimos, abalanzándose sobre Edward, botando agua de la gran bañera donde estaban ambos.

- Eso también me gusta de ti… Tu sinceridad para decirme las cosas – sonrió, dejándose llevar por el deseo carnal de ambos en satisfacerse hasta quedar rendidos.


La noche marcaba su punto cúlmine con la luna sobre ella, indicando casi las doce en punto, cuando una gran cantidad de vehículos iguales de color negro se aproximaban a la gran mansión de Radeon. Gustav esperaba con elegante parsimonia a los invitados de los Elric. Debían ser gente muy importante como para obligar a ambos Elric a volver a la casa que prometieron no volver a pisar salvo en casos que lo ameriten. El primer vehículo aparcó cerca de la casa, a un costado del blanco automóvil de los alquimistas de acero. La puerta se abrió rápidamente, dejando caer el cuerpo de un joven medio muerto. El anciano se acercó rápidamente, cuando se dio cuenta de quien se trataba y suspiró más tranquilo.

- Quiero comida – alargó la última vocal, acompañado de un gutural sonido en su estómago que delataba mucha hambre en él.

- El joven Edward me advirtió de esto… Si gusta puede pasar al comedor donde le serviré una cena, cortesía de los Elric – sonrió amable, extendiendo su mano para ayudar a pararse al joven del suelo.

- ¡Genial! – exclamó gustoso, adentrándose rápidamente en la gran mansión.

Una elegante figura tras él se acercó a Gustav, poniéndole en alerta todos sus sentidos.

- Disculpe el actuar de mi príncipe, señor – una profunda reverencia siguió sus palabras, a modo de disculpa.

- No te preocupes, RanFan – dijo el anciano, sorprendiendo a la joven – El joven Ling no ha cambiado sus hábitos desde la última vez que le vi de pequeño – sonrió honesto, saludando cortés al resto de la delegación que hacía entrada al edificio sin emitir palabras.

- ¿Sabe quien soy? – cuestionó alarmada.

- Claro… Recuerdo que en esos años tenías una fuerte rivalidad con mi protegido, mi hijo adoptivo Gilgamesh – aclaró. Si no fuera por la máscara que siempre caía, hubiese visto la expresión casi horrorizada de la mujer al escuchar ese nombre.

- Ya recuerdo… Señor Gustav – le llamó, siendo más familiar en sus palabras.

- Veo que me recuerdas… Ten cuidado, no quiero alborotos cuando veas a Gilga ahí adentro. Aunque se que tu notable madurez hará buen juicio en tus acciones – finalizó, extendiéndole elegantemente su mano a RanFan para invitarle a entrar.

La noche, seguiría siendo larga para todos los nuevos huéspedes, incluyendo los que arribaban cuando Gustav cerraba la gran puerta de la mansión.


Okey. Otro gigantesco retraso de mi culpable parte. Acepto cartas bombas y misiles intercontinentales. Mil disculpas, pero el largo del capítulo espero compense mi falta.

¡Dejen Review, por favor!