APÓLOGO Y MERIDIANO DEL AMANTE

De ningún modo te muevas.

No hay necesidad de ser cauteloso.

II. Cuarenta y Dos Minutos

Tenía que ser liberador.

Estuvo segura de que iba a serlo cuando comenzó a balancear sus piernas hacia adelante y hacia atrás, meciéndose cada vez más alto -como cuando sus padres la observaban desde una banca cercana-. Estuvo a punto de serlo cuando elevó su rostro al cielo y cerrando los ojos permitió que la lluvia intentara lavarle aquella sensación pesada y pegajosa que la cubría por entero y que se colaba en su boca y en su nariz haciendo que su pecho se oprimiera y que un nudo se formara en su garganta. Estuvo a un segundo de volver a respirar con libertad cuando aquel sentimiento comenzó a disiparse y algo aplastante y eléctrico impactó de lleno en su columna haciéndole abrir los ojos con violencia mientras se extendía por todo su cuerpo eliminando cualquier control que pudiera tener sobre su vientre, sobre su pecho inflamado por la sorpresa, sobre sus brazos, sobre sus piernas, sobre cada uno de los delgados dedos aferrados a las cadenas y sobre sus párpados que no pudieron cerrarse cuando, aterrorizada, reconoció los efectos del petrificus totalus y el sonido de unas pisadas lúgubres y cansadas a su espalda.

Hubiera sido liberador.

Pudo haberlo sido si tan sólo ella hubiera podido cerrar los ojos, porque por un segundo aquel abandono de sí misma se le antojó la cosa más reconfortante del mundo, y porque hacía un par de horas que la idea de morir a manos de un mortífago no le resultaba tan desagradable después de todo. Esa noche había renunciado a cosas mucho más importantes que su vida, pero definitivamente no quería ver; no quería enfrentarse a su propia muerte, porque sabía que cualquier cosa que viera no sería más que un recordatorio de aquella guerra y de su propia cobardía, de que había fallado y de que no era tan valiente como todos -hasta ella- habían creído. De que, después de todo, muy en el fondo siempre había pensado que debió haber sido una Ravenclaw y no una Gryffindor.

Quizá fue por eso que cuando su asesino (era lista, sabía que lo era) pasó por su lado para situarse frente a ella no pensó siquiera en intentar echarse a temblar. Al ver a Severus Snape, antiguo profesor de Pociones de Hogwarts, cabeza de Slytherin, fugitivo por la muerte de Albus Dumbledore, mortífago declarado, lo único que surcó su mente fue la idea de que su corazón se movía por el resto de su cuerpo, corriendo en vez de sus piernas, retorciéndose en vez de sus brazos y oprimiéndose por sus párpados que no podían aislar de su vista aquella figura lánguida y oscura que la observaba calladamente mientras la inercia seguía meciéndola hacia adelante y hacia atrás y ella teorizaba acerca de cosas tan absurdas como que los latidos de su corazón compensaban la falta de movimiento de todo su cuerpo.

Los ojos se le humedecieron con más fuerza que antes (es la reacción lógica de un cuerpo ante la falta de lubricación por parpadeo, se convenció girando sus ojos hacia el cielo sin notarlo apenas), y por primera vez en la noche las ganas de reírse de sí misma fueron más, mucho más grandes que las de llorar por sus padres que ya no la conocían. Estaba segura de que, de haber podido, habría reído como nunca en su vida, porque después de todo la situación era, por lo menos, ridícula; ella estaba ahí, balanceándose como una idiota, completamente inmovilizada (salvo por su corazón y por sus ojos, se acababa de dar cuenta) ante una persona que no conforme con haberla humillado a su antojo durante su estancia en Hogwarts ahora iba ahí a matarla y que seguramente creería que lloraba, por miedo, miedo de él, miedo de cualquier cosa. Por eso se obligó a mantenerle la mirada en un último alarde de valentía injustificada, sin notar que jadeaba ruidosamente y que había dejado de llover. El columpio dejaba de mecerse y la mirada de Snape brilló de una forma inquietante; estaba completamente indefensa.

No se sorprendió cuando él se acercó más al columpio y lo detuvo por las cadenas, muy cerca de sus manos pero cuidándose de no llegar a tocarlas (la sangre sucia sólo es aceptable cuando corre por el suelo, rió para sí misma), y de pronto una niebla caliente y cavernosa frente a sus narices, una voz oscura y profunda, tan intimidante, tan cansada... bajó la vista hacia sus piernas juntas y rígidas sobre aquel columpio.

- No sea idiota y tranquilícese, Granger. Míreme - ella obedeció, más por vestigios del respeto a un profesor que ya no lo era que por ganas -. La soltaré. Le entregaré mi varita si eso le da cierta... ilusión de ventaja - intentó ignorar el tono burlón que aún se colaba a través de su voz... se escuchaba tan cansada...-. Pero debe estar tranquila y escuchar todo lo que tengo que decir... Si está dispuesta mire dos veces hacia abajo; si no, hágalo dos veces a la derecha y me marcharé pensando que es usted verdaderamente estúpida al desperdiciar la oportunidad de obtener información tan importante para la guerra.

No supo por qué lo hizo. Quizá fue el eco que las palabras "información" y "guerra" causaban en su cabeza. Quizá el hecho de que ya no tenía nada que perder. Lo vio a los ojos intentando descifrar qué pretendía, pero no encontró nada más que oscuridad y algo extraño e inquietante que no pudo definir. Dirigió su mirada hacia abajo, notando cómo la pose antes altiva y suficiente se había vuelto cansada y resignada. La levantó de nuevo hacia sus ojos, y algo expectante pareció insinuarse en el iris negro cuando, despacio, volvió la mirada a las rodillas gastadas de sus jeans muggles.

- Finite incantatem... - Su voz no era más que un susurro incrédulo tras el cual Hermione inclinó su torso hacia un lado, sosteniéndose fuertemente de las cadenas y vomitando todas las impresiones de esa noche en un líquido amargo y amarillento que salía de su boca entre toses y jadeos.

Le dio tiempo para componerse. De su boca no salió una sola palabra hasta que ella se incorporó, aún sobre el columpio, y, limpiándose la boca con la manga de su sweater volvió a enfrentar su mirada de forma casi desafiante.

- ¿Por qué, Granger? - Todavía un susurro, una cansada inquietud.

- Porque ya no queda nada que perder.

- No - corrigió él, señalando la fotografía de sus padres que ella apretaba aún con su mano derecha mientras le ofrecía su varita, tal y como lo había prometido -. ¿Por qué?

Hermione sonrió rechazando la varita (no le importaba demasiado estar en desventaja), sabiendo que sonaría estúpido, y que él sería la última persona en el mundo que podría comprenderlo, sin detenerse a pensar en por qué se sinceraba de esa forma con un asesino y un traidor como él. - Para que no quedara nada que perder - y luego un silencio tan grande que parecía algo físico que tenía que ser roto. - ¿Qué es lo que quiere?

- Que me escuche.

- ¿Por qué habría de hacerlo?

- Porque si usted, Granger, y sus dos valientes escuderos pretenden hacer algo distinto a una gran estupidez en esta guerra, necesitarán seguir, por primera vez en sus vidas, las indicaciones que yo les dé.

Estuvo tentada a reírse una vez más. A gritarle. A volver a vomitar. Pero ya no tenía fuerzas para nada, y simplemente exhaló fuertemente.

- ¿Por qué habríamos de confiar en usted, profesor?

- No le pido que confíe en mí, Granger.

- ¿Entonces qué quiere?

- Le... pido... -le costaba tanto pronunciar esa palabra- que confíe en Dumbledore. - y fue completamente consciente de lo que se avecinaba-.

- Disculpe, profesor... - le respondió ella con los ojos empañados y una sonrisa casi demente en el rostro- ¿ha dicho usted Dumbledore? ¿Ha dicho usted que le hagamos caso por voluntad del hombre al que usted asesinó?

- Si terminara de escuchar, Granger, si por una vez en su vida dejara de interrumpir a las personas creyendo en medio de todo ese ego que la caracteriza a usted y a sus amigos que es conocedora absoluta de la verdad, podría dejar de hacer estupideces y ver las cosas como son. En unos momentos atacarán el cuartel de la Orden. El único lugar seguro es Hogwarts; Minerva y el resto del personal permanecen ahí, las medidas de seguridad se han reforzado al máximo para el próximo comienzo de curso. Si de verdad quiere comprender las cosas, vaya a Hogwarts y en mis habitaciones encontrará en mi pensadero todo lo que necesita saber para comprobar mis lealtades. La contraseña es "juramento inquebrantable".

Estaba mareada, no podía entender nada; su cabeza era sólo un cúmulo de palabras entrelazadas sin ningún sentido comprobable.

- ¿Por qué yo, profesor? ¿Por qué no Ron, por qué no Harry, si es él quien debe vencerlo? – le cuestionó agotada.

- Porque la creí un poco más inteligente que ellos, Granger. Al parecer me equivoqué.

Aún así, no tenía sentido. No cuando había miembros de la Orden más experimentados, más inteligentes, más cerca de Hogwarts que ella...

- ¿Por qué no se lo pidió a la profesora McGonagall?

Snape le sonrió de lado, recuperando un poco su postura de antes, cuando era temido y respetado a partes iguales, satisfecho como siempre de saberse a punto de sorprender desagradablemente a alguien - Porque por alguna razón, señorita Granger, Albus creyó que era conveniente que sólo el trío dorado supiera de la existencia de los horrocruxes.

Muda. Se quedó completamente muda; ella ya lo sabía, sabía que Dumbledore no quería que nadie más se enterase, sabía que Voldemort no le confiaría esa información a nadie.

- Profesor... - habló por fin, con un hilo de voz que se hizo nudo en su garganta una vez más - ¿en cuánto tiempo atacarán la mansión...?

- En cuarenta y dos minutos.

Tenía planeado no poner una sola nota de autor a lo largo del fic, pero creo que debo sincerarme: la verdad es que si bien no me arrepiento de haber publicado este fanfic en primer lugar, sí creo que fue el momento menos indicado; acabo de comenzar semestre en mi carrera, acabo de notar tardíamente que si bien no soy fanática de Harry Potter, sí estoy completamente enamorada de algunos de sus personajes y que, en realidad, fue un error gigantesco haber comenzado con un fanfic largo porque, aunque me sobren las palabras, ando bastante escasa de ideas, y por ser mi primer proyecto en mucho tiempo le tengo ya el cariño suficiente como para querer que pase de una búsqueda de horrocruxes y un par de besos entre Hermione y Snape (que los habrá de todas formas). Me hubiera gustado haber hecho algo más original, pero ya veremos cómo se encausa esto, que siempre hay maneras.

Muchas gracias a las personas que se han detenido a leer, y muchas más a las personas que se tomaron el tiempo para comentar. Sé que lo más atrayente de todo esto es quizá el título y el summary, y son, respectivamente, el título y un fragmento de un poema de Efraín Huerta (poeta mexicano no tan reconocido como debería) que simplemente me encanta y que iré dejando por fragmentos debajo del título de la historia y arriba del título del capítulo.

Gracias una vez más a quienes leen, y muchos besos desde acá.

S.

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