APÓLOGO Y MERIDIANO DEL AMANTE

El guerrero es ahora una hormiga colérica.

El guerrero es voraz, débil y solemne.

III. El Cuartel Herido

- No puede ser… - susurró para sí Hermione Granger, las manos aferradas a las cadenas del columpio y los ojos fijos al suelo. – No – y fijó su vista en el hombre frente a ella. - Nadie ajeno a la orden puede entrar a la mansión Black; el encantamiento Fidelio… el profesor Dumbledore era el guardián… con su muerte, sólo quienes conocíamos el secreto podemos revelar su ubicación, y nadie de la Orden… - pero se detuvo, el volumen de una terrible certeza inflamándole el pecho y los lagrimales. ¿Cómo había podido ser tan ingenua? – Usted… ¿por qué?... ¡¿por qué?!

Severus Snape no se inmutó cuando la chica se levantó del columpio y se abalanzó hacia él, toda furia, gritos, llanto, puños, uñas, bofetadas. No presentó el menor indicio de reacción cuando le insultó con palabras que nadie jamás podría pensar en atribuir siquiera a la boca de la mejor estudiante que Hogwarts hubiera visto en años; siempre llena de tecnicismos, de palabras rebuscadas, de tanta razón para definir las propiedades de un bezoar como para hacerle saber cuán despreciable y bastardo era. Pese a todo, pocas veces decía cosas que él no supiera de antemano. Por eso no intentó decir ni hacer nada en medio de una situación que en otras circunstancias hubiera encontrado incluso divertida. Se limitó a mantenerse firme ante el ligero peso de sus golpes en su cara y en su pecho, y a asirla por las axilas para colocarla de vuelta en el columpio cuando la chica, simplemente, se derrumbó a sus pies entre llantos, espasmos y susurros inteligibles.

Suspiró y se arrodilló frente a ella para que sus ojos entrasen en el campo visual de Granger.

- Tendré que petrificarla de nuevo si sigue así – dijo en voz baja, pero suficientemente audible para que ella le mirara a los ojos con una expresión de rabia como pocas veces se le había visto. – Era cuestión de tiempo que alguien revelara la ubicación del cuartel de la Orden. Piénselo. Intente pensar, Granger –.

- Nadie en la Orden sería tan cobarde como para traicionarnos así – escupió.

De nuevo algo que él sabía perfectamente. - Tiene hasta cierto punto algo de razón, Granger, pero no está pensando – y se irguió de nuevo frente a ella. – Quizá nadie de la Orden lo haría, pero dígame… ¿qué pasaría si alguien ajeno, alguien que desprecia a los impuros, a los sangre sucia, a los traidores a la sangre, hubiera recibido también el secreto? ¿Alguien… tan estúpidamente Black que no es capaz de darse cuenta de que ante todos sus ideales no es más que un insecto al servicio de quienes se piensan superiores? Y, sobretodo, alguien que odia a cierto trío de mocosos insolentes merodeando por la mansión que adora.

- Kreacher… - dijo en apenas una exhalación. – Pero él… Sirius dejó la mansión a Harry…

- Esa odiosa criatura, señorita Granger, sirve lealmente a esa –no menos odiosa- familia y comparte sus ideales desde mucho antes de que usted, el joven Potter, o incluso sus padres hubieran nacido. ¿Qué le hace pensar que preferiría obedecer a un mocoso insufrible y mestizo antes que a los últimos Black… dignos del apellido? – pronunció con sorna y un dejo de asco.

Intentó encontrar algo que refutar; se negaba obstinadamente a creer que un elfo pudiera hacer algo así. Ellos eran víctimas de los magos, eran ellos quienes sufrían por sus acciones. No había una sola razón para creer que podría ser al revés. Pero tuvo que terminar rindiéndose a la evidencia; todo el tiempo que había pasado en la mansión Black le había dejado clara la posición de Kreacher con respecto a su presencia en el recinto de la antigua y noble casa Black. Toujours Pur.

- Los Malfoy… - aceptó ya con resignación.

- Ha estado paseándose mucho últimamente por una de las mansiones donde se ocultan Draco y Narcissa – asintió Snape. - Procuro estar ahí lo suficiente como para evitar que cometa alguna estupidez. Ellos confían enteramente en mí, pero por alguna razón él no; se niega a revelar información cuando estoy ahí. Si ese estúpido elfo dijera algo acerca de la Orden, yo me enteraría únicamente al ser castigado por no hablar antes, y no habría ninguna posibilidad de que la Orden fuera avisada con antelación, o de que el Señor Oscuro siguiera confiando en mí. Realmente no tuve otra opción, Granger.

Hermione únicamente suspiró, cansada de intentar dar con un error en todo lo que le decía Snape. Realmente no quería creerle, y definitivamente jamás confiaría en él, pero ya antes había avisado a la Orden de los ataques mortífagos poco antes de que ocurrieran, y desechar la información era algo que no podía permitirse en los tiempos que corrían.

- ¿Qué debo hacer, profesor? – le preguntó con la voz cansada.

- Vaya inmediatamente a la mansión Black y disponga todo lo necesario para huir hacia Hogwarts. No sea evidente, no dé la alarma directamente, y mucho menos se le ocurra mencionar que se encontró conmigo. No quisiera morir a manos de uno de esos brillantes aurores a los que les estoy salvando el pellejo. Al menos no antes de que sepan la verdad… – murmuró mirando hacia un punto perdido en el horizonte.

- Profesor… - vaciló la voz de Hermione, tras lo cual una ligera inclinación de la cabeza de Snape la invitó a continuar. – Estamos solos. Harry, Ron y yo… estamos solos en la mansión… - y no pudo evitar dejar entrever una porción del miedo que sentía.

El silencio que siguió a sus palabras no fue de ninguna forma esperanzador.

- Entonces será mejor que se dé prisa. Escriba a Minerva una nota alertándole de la sospecha de un ataque, pero recuerde no mencionarme en ella – y apuntó su varita hacia ella. – Le quedan veintitrés minutos.

Y Snape, el columpio, las bancas y el parque se disolvieron en un remolino violento que se disipó cuando aterrozó de rodillas al suelo, la piel sangrando y el baúl cayendo pesadamente a su lado frente al número 12 de Grimmauld Place.

Se levantó haciendo acopio de fuerzas, intentando mantener la vista al frente y soportar el presentimiento de estar siendo observada erizándole los vellos finos de la nuca mientras, arrastrando su baúl, caminaba hacia la puerta.

Al cruzar el umbral, no se sorprendió de ver a Harry y a Ron esperándola despiertos en los sillones de la estancia; debían estar preocupados. La calidez de sentirse bajo techo y de ver dos rostros familiares acercarse, moviendo los labios y gesticulando –están hablando, se dijo- mientras la rodeaban con sus brazos casi provoca que se olvidara de su encuentro con Snape, que lo tomara todo como una pesadilla grotesca a la cual no debía prestar la menor atención. Las voces resonaban en la cabeza de Hermione como un murmullo lejano y adormecido. Aunque lo intentó, fue completamente incapaz de darles algún sentido, y entonces recordó lo que debía hacer.

- Harry – habló por encima de las voces de sus amigos. - Necesito usar a Hedwig.

Y sin esperar una respuesta, salió corriendo rumbo a las escaleras de la mansión.

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- Phineas – se dirigió la profesora McGonagall al retrato colgado en la pared del que ahora era su despacho. – Ve a tu cuadro en la mansión Black y notifícanos acerca de cualquier cosa fuera de lo normal.

Y volvió a leer la nota que la lechuza de Harry Potter había llevado hasta sus cuartos privados mientras, Alastor Moody, Nymphadora Tonks y Remus Lupin aparecían en la habitación circular visiblemente contrariados.

- ¿Qué ha ocurrido? – preguntó Nymphadora Tonks conteniendo un bostezo y rascándose la punta de la nariz.

McGonagall le tendió la nota con la mano temblorosa.

"Alguien ha revelado la ubicación del cuartel. Atacarán en aproximadamente 15 minutos"

Tonks se giró hacia Lupin y posteriormente hacia Moody, cuestionándoles con la mirada, antes de comenzar a hablar, intentando escoger correctamente las palabras.

- Podría… podría ser una trampa. Ni siquiera sabemos quién ha enviado la nota.

- La ha traído la lechuza de Potter. Y la caligrafía… es la letra de Hermione Granger, Tonks.

- De ser una trampa… - reflexionó Lupin, pero fue interrumpido por la sentencia áspera de Alastor.

- Los han capturado.

Y asintieron en silencio, completamente despiertos y observando atentamente un marco vacío a la espera de Phineas Black, la calma sólo rota por el incesante movimiento del ojo mágico de Alastor Moody dentro de su órbita.

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- Sabes bien, Severus, que no me gusta enviarte a misiones tan… bajas – siseó la voz aguda de Lord Voldemort mientras su mano blanca y cadavérica acariciaba lánguidamente la gigantesca cabeza de Nagini. Le dieron ganas de vomitar - … pero al parecer, una vez más eres el único de mis sirvientes que, efectivamente sirve para algo. Faltan cinco minutos – dijo, y dirigiéndose al círculo de mortífagos que les rodeaban, alzó la voz - y más vale que regresen todos. Su incompetencia debe ser castigada con propiedad. Puedes levantarte, Severus.

Severus Snape se levantó con una ligera inclinación de cabeza, intentando no mirar a la patética figura frente a él, más por asco que por temor o respeto. Se encontraba debilitado, lo suficiente como para no poder atacar personalmente a la Orden del Fénix. En vez de ello, Harry Potter y compañía le serían traídos para que hiciera con ellos lo que le viniera en gana. Pudo disimular un ligero escalofrío; sabía perfectamente el tipo de cosas que le venían en gana.

Paseó su vista por los rostros descubiertos de los diez mortífagos encomendados para la misión. Todos se encontraban serios, acaso temerosos. Sólo Bellatrix Lestrange sonreía abiertamente pasando su lengua por los afilados bordes de su dentadura, paladeando ya la sangre vertida de la lucha.

- Es hora – su voz extrañamente ronca y ajena justo antes de colocarse la máscara.

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Fue cosa de unos cuantos segundos el que Harry y Ron comprendieran por qué Hermione Granger caminaba nerviosa pero decididamente alrededor de la sala con la varita bien en alto. De un momento a otro, un silencio espeso y asfixiante inundó la habitación, la casa completa, sólo para dar paso al ruido estremecedor de las paredes vibrando, de los cristales rompiéndose; de la casa entera latiendo al tiempo que la luz palpitaba y gritos y una risa demente se colaban por sus grietas.

- Mortífagos… - susurró Ron, juntando su espalda con las de Harry y Hermione en medio de la habitación, blandiendo todos sus varitas.

El cuartel general de la Orden del Fénix se revolvía visiblemente herido.

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- Están atacando el cuartel, profesora – informó Phineas Black haciendo una reverencia al aire. McGonagall, Lupin, Tonks y Moody habían desaparecido.

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Las últimas defensas de la mansión se vencieron. Como una niebla oscura entraron una decena de mortífagos montados en costosas escobas guiados por Severus Snape, y una confusión de luces, gritos, hechizos y carcajadas inundó por completo la estancia; sólo se escuchó claramente la voz chillona de Bellatrix Lestrange saboreando lentamente el placer de pronunciar dos de sus palabras favoritas mientras apuntaba a alguno de los Gryffindors, que apenas podían defenderse en medio del caos.

- Avada… Kedav… - y un grito agudo y furioso cuando su varita escapó de sus manos.

- ¡El Señor Oscuro los quiere con vida, estúpida! – le gritó la ronca voz de Snape, humillándola; lo odiaba, lo odiaba casi tanto como lo admiraba.

Y de la misma forma en que los mortífagos irrumpieron, bastó un solo segundo para que aparecieran cuatro de los miembros más valiosos de la Orden del Fénix, neutralizando por un momento al enemigo y desapareciendo enseguida, llevándose con ellos a Ron Weasley, Hermione Granger y Harry Potter.

Un bramido de frustración escapó de la garganta de Bellatrix Lestrange, y sólo entonces Severus Snape pudo respirar tranquilo.

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- ¡Debimos habernos quedado a pelear! – gritó furiosa Tonks de regreso en el despacho de la directora; la destrucción de la mansión Black había supuesto también la destrucción de los últimos recuerdos de Sirius, el último de sus habitantes y el único que había valido la pena.

- No íbamos preparados para luchar, Dora, y nos superaban en número – le dijo suavemente Remus Lupin acariciando su hombro en un intento de reconfortarla; si bien no compartía el sentimiento (la mansión Black era cuna también de toda clase de infamias y crueldades), era completamente capaz de comprenderlo.

- Hay otras cosas que tomar en cuenta por ahora – se hizo escuchar la voz autoritaria de Minerva McGonagall, y se dirigió a los tres adolescentes, unos más confundidos que otros. - ¿Cómo estaban enterados del ataque?

Y, comenzando por las de Harry y Ron, todas las miradas se posaron en una castaña empequeñecida por primera vez ante la sensación abrumadora de no poder responder a la pregunta de un profesor.

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No me gusta absolutamente nada escribir escenas con un número de personajes tal que no es sencillo profundizar en cada uno de ellos (generalmente, nunca son más de dos). Me declaro también completamente incompetente para escenas de acción o similares.

Aún así, gracias por leer; en los próximos capítulos algo más trascendente irá cobrando forma.

S.