La crónicas organizadas de Rosie Weasley
Crónica III
Mary Jane: Lo sé, he tardado y no, no puedo subir todavía nada de Lily, lo siento. Pero os regalo un capítulo bastante divertido de Rose. Disfrutadlo.
Así que comencé el curso algo insegura, las clases del primer día fueron un pequeño desastre, porque comenzaba a sentirme tan estresada que no fui capaz de tomar una línea de apuntes sin bufar cada dos palabras o deshacerme la coleta y volvérmela a hacer. Rox solía reírse de mí cuando hacía eso, luego dibujaba una Rosie en miniatura intentando lidiar con una coleta gigante o una versión de mí que se deshacía en sudor mientras tomaba apuntes. Siempre lograba relajarme y en algún caso se había ganado una detención, y no le había importado lo más mínimo.
Gracias a quién organizó el horario, al día siguiente, a primera hora, había clase con el profesor Lupin, cosa de la que me alegré muchísimo. No pude pensar en otra cosa en todo el día. Me apetecía una barbaridad verle, aunque le había visto de reojo en la mesa de los profesores, no era lo mismo verle en clase.
Albus también sentía curiosidad por qué estudiaríamos en transformaciones aquel año, se le daba más o menos bien, y Roxanne… Rox tenía al profesor Lupin realmente desquiciado. Había aprobado por poco y él se había jugado su imagen ante el claustro de profesores por aprobarla, algunos decían que lo había hecho por la relación que hay entre él y nuestra familia. Pero es comprensible, al fin y al cabo, es como si fuera mi primo, para Albus todo un hermano, claro está.
- Buenos días Profesor Lupin.- le sonreí complaciente, era la primera persona que llegaba a la clase, junto a Albus. Rox se había quedado un rato más en el pasillo charlando con Scorpius.
Yo seguía convencida de que en realidad nos habían convencido para ir tirando y poder besarse sin que nadie les observara.
- Buenos días Rosie. Hola Al. – se puso en pie y nos abrazó a los dos. Solía hacer esas cosas cuando no había más alumnos y podía tratarnos como si estuviéramos en una de esas comidas familiares.
Nos sentamos en segunda fila, como siempre, para no alimentar más la fama de "enchufados" que nos habíamos ganado.
- Y, ¿esas pecas en la nariz?- preguntó Al mirándole con el entrecejo fruncido mientras el Profesor Lupin volvía a su lugar detrás del escritorio.
- ¡Oh!- se llevó una mano a la nariz como si quisiera tocarse las pecas- he estado algo estresado últimamente.
- Recuerdos de mis padres.- dijo Al, los recuerdos son una de esas cosas que no sabes cuándo dar.
- Y de los míos, Profesor. – dije- Me pidieron que te dijera que si necesitas algo para la mudanza, que se lo pidas.
- Lo sé.- dijo con una sonrisa irónica que en realidad significaba algo así como "dime algo que no sepa"- Y, Rosie, ¿qué tengo que hacer para que me llames Ted?
He aquí mi faceta traviesa, me encantaba saber que le molestaba que le llamara "Profesor Lupin".
- Llámala Rose, se pone taquicárdica.- dijo Scorpius desde la puerta.
En cuanto Rox y Scorpius entraron, comenzó a entrar todo el mundo y perdimos de cierto modo el clima de confianza, a excepción, claro, del guiño que le dedicó Lupin a Rox.
Tedd Lupin no era un profesor de transformaciones cualquiera. Ted Lupin molaba. Y se me llenaba la boca de orgullo al decirlo. Tenía un look bastante divertido y descuidadamente guay. Por lo general odio la anarquía, pero en lo que a Tedd Lupin se refiere, su estilo y el caos eran indisociables. Su pelo, por ejemplo, era una masa indefinida de rizos y mechones lacios en algún termino imposible entre el castaño y el azul turquesa. Y en las fiestas, cuando se le veía muy contento solía transformarse en un tono azul eléctrico. La mitad de la clase del género femenino lo tenía como su amor platónico. Y aunque desde mi punto de vista, que le conocía desde muy pequeña e incluso le había visto jugar semi-desnudo en el jardín, el pobre chico no tenía nada, los suspiros enamoradizos eran el pan de cada día de las clases de transformaciones. Pero la directora del colegio debía de verlo como un aliciente para estar atenta a clase porque jamás pareció llevarse una bronca. Era especial, eso no podía negarlo, solía llevar unos jerséis a rombos de colores que le sentaban fantásticamente pero le hacían parecer la carátula de una película en blanco y negro coloreada. Victorie, mi prima, con la que Ted estaba en trámites de mudarse, estaba muy orgullosa de haberle hecho cambiar los pantalones de raya por una colección de buenos tejanos, aunque jamás consiguió que cambiara sus gabardinas beige y el maletín que era de su padre, y mantenía unas letras doradas "R. J. Lupin". Le habían dado el puesto un par de años después de que Victorie terminara el colegio, tío Harry y papá se pasaron un mes hablando de lo buen profesor que había sido el padre de Ted, entre eso, que era su primer empleo fijo, y que suele ponerse de los nervios, como yo, por cualquier cosa, se pasó agosto entero pecoso y con los ojos de un azul casi translúcido, y sus ojos, cuando está tranquilo, son de un color entre el marrón y el color de las ciruelas.
La clase fue absolutamente magistral. Como todas las de Lupin. A excepción de un par de "Rose" que estaban de más, es lo que tiene conocer al profesor, no puedes soltarle un "¡para!" histérico, aunque quisieras y supieras que no te plantaría una detención.
La tarde todavía era larga y adquirimos el hábito de pasar el último rato antes de que se hiciera de noche en los terrenos del colegio. Rox sacaba un cuaderno de bocetos y hacía verdaderas maravillas, mientras Albus y yo jugábamos al snap explosivo y yo repetía cada dos minutos que tal vez deberíamos estar en la sala común comenzando a estudiar. Algún día se añadió Scorpius y la tal Cecilia. Cecilia iba, obviamente porque había notado, tanto como yo, las miradas de Albus en su nuca cada diez minutos de clase. Pero no se atrevían a decirse realmente nada sustancial. Para entonces, yo no sabía que Cecilia Banks era la hija de un embajador inglés que acababa de pre-jubilarse, y que había pasado media vida de aquí para allá, por lo que había terminado en Hogwarts solo para hacer el último curso. Por suerte, como el Snap explosivo me tenía algo aburrida y en realidad lo que yo quería era ir a la sala común a comenzar a hacer un par de redacciones, el miércoles de la segunda semana de curso le invité a que me substituyera en la partida mientras iba al baño. Albus me miró como si le acabara de decir que iba a tirarme de la torre de astronomía.
Me puse en pié, les sonreí a ambos, especialmente a Al y me marché hacia el castillo. Antes de subir por las escaleras les miré, al otro lado del lago, sentados en el césped, era una imagen reconfortante: mi primo Al, repartiendo las cartas nervioso, Cecilia sonriéndole un poco roja, Scorpius mirando al infinito en busca de inspiración y Rox, en un acto de obvio amor incondicional a su alma gemela, le dibujaba un retrato a carboncillo. No, Rox no estaba pintando, Rox se había puesto en pie y venía hacia mí con todos sus trastos. Me había estropeado mi obra maestra.
- ¿No te irás a estudiar?- me preguntó, yo me encogí de hombros- ¡Por favor, Rosie! No tenemos nada que estudiar todavía. Na-da. – remarcó una de las palabras que más odiaba en el mundo y me cogió de la mano.
Para mi sorpresa, no me llevó hacia los terrenos otra vez, sino que me arrastró hasta la sala común de Gryffindor sin decir una palabra.
- Tengo que enseñarte algo. – me regaló una sonrisa maliciosa que yo ya conocía bastante bien.
Acabábamos de dejar sus lápices y potingues en la habitación y yo odiaba no saber hacia dónde me llevaba con tanto ímpetu. Rox no solía hacer esas cosas a no ser que tuvieran que ver con grandes acontecimientos inspiradores, pero solía ser a su querido Scorpius a quién tiraba del brazo, y no a mí.
- Ese, es Ferdinand Precker.- dijo señalando a la fuente del patio central.
- No, Rox, eso es una fuente.
Chasqueó la lengua y tiró de mí, por enésima vez, para que la columna me descubriera al que, según ella, iba a ser el amor de mi vida.
- Te quiere, Rosie. – me miró fijamente y asintió convencida.
En momentos como aquél, a los que ya debería haber estado acostumbrada, las opciones eran pocas, en primer lugar podía haberle seguido el rollo de artista frustrada necesitada de nuevas experiencias (ajenas) en desesperada búsqueda de la inspiración, o también podía haber salido corriendo.
- Disculpa que discrepe, Rox pero… - era como manejar una bomba a punto de explotar, debía ser cuidadosa y hablar con suavidad.
- Es solo que todavía no lo sabe.- me interrumpió.
Consideraba seriamente salir corriendo, cuando me hizo acercarme más a la columna y observarle escondida como hacían las chicas de primero con mi primo James.
No era mucho más alto que yo, tenía el pelo rizado, de un castaño oscuro, la nariz un poco ancha y parecía tan o más pálido que yo. Estaba sentado en el borde de la fuente, leyendo, solo.
- Sería de gran ayuda, si me dijeras cómo has sacado la conclusión de que ese chico me quiere. – aunque yo había pasado a observarle como si hubiera vuelto a primero y ya había decidido que lo que Rox acababa de decir tenía que ser cierto, porque un hombre leyendo, solo, es sexy.
Así que Rox y yo decidimos establecer un plan infalible para que el chico se nos acercara. Y pronto entendimos que calificarlo de "infalible" era ser más que optimistas.
Rox había apuntado en su block de notas las horas exactas en que podríamos encontrar a Ferdinand leyendo junto a la fuente, lo sé, es un poco obsesivo, pero Rox apuntaba esta clase de cosas en su block, no es culpa mía, yo apuntaba cosas importantes como los diminutivos que no recordaba. Así que cada tarde, de cinco a siete Rox y yo nos sentábamos en un banco estratégico, dónde pudiera vernos, pero no pareciera premeditado y Rox dibujaba mientras yo leía y le lanzaba miradas "ocasionales". Como era de esperar, no funcionó para absolutamente nada, más que para saber qué clase de libros leía Ferdinand, al que en poco tiempo pasamos a llamar "Señor F", en honor al Edward Ferrarce de Sentido y Sensibilidad.
Así que empecé a caer en una especie de remolino imparable, cuanto más le observaba más especiales me parecían cada una de sus facciones y más encantadores me parecían sus gestos y más guapo estaba. Leía títulos como "Memorias de una Veela" o a Schakespeare. Por Merlín, ¡Shakespeare! Y no, no quiero decir que leía las obras de Scorpius, quiero decir que leía Otello o Hamlet, como si estuviera leyendo un cómic.
En poco tiempo comenzó a darse cuenta de que le espiábamos. Tal vez fue porque mis miradas se volvieron cada vez más insistentes, o a lo mejor era porque Rox canturreaba canciones como "Un caldero lleno de caliente y fuerte amor" cada vez que aparecía.
Terminé avergonzándome de ello, pero me gustaba comportarme como la adolescente que era y hacer cosas como imaginar su apellido tras mi nombre. Rose Precker. Señora de Ferdinand Precker.
En fin, me convencí a mí misma de que estas cosas solían ocurrir de que la gente se enamoraba a primera vista y de que en algún momento nos cruzaríamos en un pasillo o intercambiaríamos miradas en los terrenos o simplemente se acercaría a mí, me pediría una cita y otra y otra hasta que una yo y un él con unos años más nos comprometeríamos y él me pediría que fuese la madre de sus hijos, y yo le contestaría con un sí y tendríamos un montón de pequeños Ferdinands y Rosies que leerían a Shakespeare e interpretarían sus obras con un gran talento heredado de ambos en el jardín trasero de nuestra casa de campo.
No hace falta decir que también había una parte de mí excesivamente imaginativa.
Fin del capítulo
Mary Jane: Gracias. (Y por favor si tenéis alguna idea …¡Review!)
