Nota de Autora: Harry Potter y sus amigüitos no son mios. Son de una tipa que tiene mucho más dinero del que podría tener alguna vez.
ADVERTENCIAS: SLASH SLASH SLASH. Lean bajo su propio riesgo.
Versiones
La parte de Albus.
A Albus Potter no le gustan los viernes. Mejor dicho, los odia. Los viernes son el último día de la semana con clases, se coronan con Encantamientos en el tercer piso y luego de eso, sólo hay dudas. Mientras trabaja en su informe de Pociones no puede parar de pensar en Scorpius. No quiere comportarse como el típico adolescente enamorado, pero es inevitable. Su mente vuela hacia los posibles lugares donde podría estar, mientras trata de recordar qué se siente cuando él le toma de la túnica y jala con fuerza hasta que sus bocas se encuentran. Quizás Scorpius está en los terrenos jugando quidditch, quizás en la sala común de Slytherin.
O probablemente esté en cualquier otro lugar, porque es viernes y el maldito se vuelve loco, camina feliz por todos lados pensando en las cosas que puede hacer durante el fin de semana. Y son usualmente los fines de semana los que angustian a Albus. De lunes a jueves, sabe perfectamente donde está, de hecho, se pasa todo el día con él. Clase tras clase le ve acomodar su pelo rubio, ya no tan impecable. Observa como lleva esa mano pálida y huesuda hasta un mechón de pelo y lo deja detrás de una oreja, y con ese sencillo gesto, Albus cree que no ha visto nada tan bonito en su vida. Excepto por Scorpius tomando notas. Pero los viernes, después que el profesor Flitwick dice con su voz cantarina y aguda que la clase ha terminado, Albus no tiene idea dónde está Malfoy. Y sus ojos verdes se estrechan porque lo buscan en todos los lugares. Durante años pensó que estaba dentro de algún armario besando hambrientamente a otra boca, o que las noches de los sábados, esas que siempre llegaba tarde y oliendo de un modo tan particular, las derrochaba con sepa Merlín quién.
Albus definitivamente odia los viernes. Le marcan sus inseguridades, la inestabilidad de Malfoy. Y no puede parar de preguntarse si ahora de alguna extraña manera se pertenecen. O mejor dicho, si Malfoy le pertenece a él, porque Albus está entregado desde mucho antes de ese beso en los terrenos.
Pero, en medio de la biblioteca, se da cuenta que Malfoy no le pertenece a nadie. Es como el sol o la luna, no acusa dominio, no se puede poseer. Scorpius es un cosmos vibrante que consume todo a su paso, pero que jamás es consumido.
Quizás está en algún armario viejo, junto a un montón de escobas sucias, con la túnica corrida, el pantalón desabrochado y la respiración acelerada. Tal como en los viejos tiempos.
O Quizás está más cerca de lo que se imaginaba. Porque de pronto le siente a su lado, Scorpius roza la mano con la suya cuando extiende los pergaminos, y Albus siente la aspereza de su piel al mismo tiempo que siente enérgicos rayos torturarle el brazo. Se pregunta qué será aquello que le hace tener las manos tan secas y maltratadas. Quizás es el palo de la escoba, que al apretarlo tan fuerte se provoca heridas o que al pulirlo, tres veces por semana, le causa resequedad. Quizás la causa sea otra cosa. Como esas noches en que Albus no puede dormir porque escucha el crujido de una cama agitandose vertiginosamente. Albus cierra los ojos mientras siente cómo aumenta la estrechez de su pantalón porque él sabe perfectamente bien que esos gemidos roncos son de Scorpius Malfoy. El compañero de piel pálida, ojos brillantes y palpitantes, la lengua rosada que se aproxima en la punta de su boca cada vez que quiere tomar apuntes rápido. El mismo maldito que se pajea como loco todas las noches, y que era el responsable de que Albus busque a tientas y con mucha cautela, lo que se esconde bajo el pijama de franela. El culpable de que Albus se toque disimuladamente imaginando que son otras manos las que afirman su propia carne punzante.
Pero ahora, a diferencia de aquellas noches, sabe cómo se siente el tacto de sus manos. No es que sepa como se sienten ahí, donde siempre ha querido tenerlas, pero ese roce, esa pequeña aproximación que hace Scorpius, como marcando territorio, como el sol iluminando un amanecer, le es más que suficiente.
Albus simula hacer sus deberes pero en realidad se pregunta qué es lo que piensa Scorpius. Y si quizás, alguna noche cercana le afirmará con fuerza de nuevo desde la túnica y le besará de lleno en los labios, con aquella desesperación que rodeó su primer beso. Como si fuera a reventar. Y es en ese momento que Scourpius alza sus putos ojos grises hasta él y luego de transcurrir muchos segundos, como si le estuviera analizando, le sonríe con una expresión de locura desbordando de sus labios.
Albus es un chico reservado, algo tímido, así que sólo baja la mirada y escribe algo en su pergamino evitando ponerse en evidencia. Porque su corazón se ha acelerado, y los colores se han quedado a medio camino entre sus ojos y su cuello. Y lo maldice un poco más cuando siente que la mano de Scorpius se escabulle por debajo de la mesa, y ahora le roza las rodillas.
Tienes las rodillas huesudas. -murmura contra su oído.
Albus se siente de nuevo como aquel niño que se empalmaba cuando le oía quejarse de satisfacción por las noches. Y le pasa lo mismo, nota que su piel se vuelve más sensible, más irritable. El pantalón le aprieta en las caderas y por favor, que alguien le toque de una maldita vez ahí. Traga saliva mientras mira el resto de la biblioteca y trata de identificar si alguien los está mirando.
Por supuesto que les están mirando, a los dos. Es una mierda ser hijo de una celebridad. Realmente odia su apellido.
Recoge sus cosas de pronto, rápidamente. Scorpius le mira fijo primero a los ojos, luego, le mira más abajo del ombligo y Albus sabe que puede percibir que es lo que se esconde detrás de la tela de la túnica y del pantalón. Murmura un "te veo luego" y huye tan rápido como puede. Porque sabe que si no lo hace, el demente le terminará sobando en la biblioteca, a vista y paciencia de todos.
Y camina por los oscuros pasillos con paso apretado, mientras descubre que ha estado todo el tiempo haciéndose las preguntas equivocadas.
Malfoy no piensa, claro que no.
Si pensara, aunque sea un poquito, no tendría intenciones de toquetearlo en la Biblioteca. Está loco, definitivamente está enfermo. Y Albus está el doble de loco y enfermo porque tan sólo basta un roce, un leve contacto de sus dedos contra sus rodillas, para que la sangre de su cuerpo se evaporara y por las venas vacías sólo recorriera fuego. Y eso no es lo peor, lo peor es que pierde su cordura y su constante lucidez, pierde sus eternos anhelos de querer manejar todo bajo perfil y cree que cualquier día será él que termine gritándole, con tono autoritario, que se baje los pantalones o que se la mame de una puta vez.
¡Es un calienta varitas!
A eso juega Scorpius, o eso le parece a Albus. En las mañanas mientras se viste, el muy hijo de puta, se pasea semi-desnudo tanto tiempo como puede. No muestra su verga, pero Albus no necesita eso para sentir que su cuerpo no es más que una bolsa de agua caliente. Los colores se le suben, y desvía la mirada vidriosa. Le basta con el cuello fibroso y estriado, con venas y cartílagos que marcan extrañas curvas. O le basta cuando coge la toalla y la restrega con excesiva fuerza a través de sus tetillas traslucidas. A veces Albus cree que él es la toalla, porque se siente así. Porque Scorpius en esos momentos lo toma, lo arrastra por cada centímetro de su cuerpo, lo deja empapado de su esencia para después lanzarlo lejos, arriba de la cama o el suelo y olvidarse completamente de él. Todo eso mientras tararea algún tema muy viejo de Las Weirds Sisters.
El camino por el pasillo le recuerdan brevemente a Albus quién es. Un joven que carga con demasiados apellidos, demasiadas expectativas y prejuicio. "El hijo del Salvador", piensa mientras ve como unas armaduras se saludan militarmente. O cuando tiene que pasar por donde está ese cuadro de una bruja fea que se llama Violeta y siempre tiene que oírla decir que es una pena que no esté en Gryffindor.
"¿Es una pena?"
No, Albus no cree que sea una pena, es un alivio. Probablemente hubiese dormido en la misma cama que su papá, y con que todo el mundo le apunte en todos lados como el clon de su padre ya tiene más que suficiente.
Es un poco más, allá, donde las piedras se vuelven húmedas y mohosas. Sólo un poco más allá, cuando la luz de los pasillos se vuelve débil y temblorosa,y todo brilla encerrado en una desesperante oscuridad, cuando Albus le siente de nuevo. Es una presencia tan grande que es imposible no percibirle, es como si él se consumiera todo el oxigeno que hay en el espacio y por eso a Albus se le estrechan los pulmones. Y le cuesta tragar. Scorpius cierra su mano áspera y grande en su hombro y le dice.
- ¿Me estás esquivando?
Merlín, ¿qué responder? "Sí, porque no me aguanto las ganas de tenerte al lado y que me toques. Pero en el fondo tú no me tocas." Lo piensa, pero no lo dice. Sólo le mira con esos ojos verdes profundos que parecen latir detrás de los cristales de sus lentes. Y son esos mismos lentes los que se suben un poco cuando la frente de Scorpius choca con la suya: cuando le besa como si quisiera alimentarse de su boca, como si no hubiera más sol. Nunca más. A Albus el corazón se le triza cuando siente la lengua caliente, esa que siempre se asoma en la boca de Scorpius cuando está concentrado, entrar y enredarse con la propia. Y como es la tradición, la sangre comienza a recorrer el cuerpo más rápido, con mayor intención en algunas partes. Y Scorpius mete las manos entremedio de las túnica y le toca el abdomen con sus manos heladas y ásperas. Se desconcentra en el ombligo, sube, baja, y vuelve al centro. Y todo eso lo siente Albus, mientras le aprietan más y más contra los muros mugrientos y húmedos. Luego siente la entrepierna ajena vibrante, como flechas que tiritan en el aire. El imbécil de Malfoy está logrando que se le ponga dura, y que le duela. Quiere tomarle la mano y llevarla hasta su pantalón, quiere gritarle que le haga algo, cualquier cosa, con tal de que se le pase esa sensación de fiebre extrema. Se está derritiendo y algo dentro de él, se cae con la misma fuerza que un iceberg deshielándose en el mar gélido. Pero no dice nada, porque su boca, la idéntica boca que heredó de su padre, se dedica a lamer, a mojar y morder ese cuello fibroso del que nacen débiles mechones rubios.
Las manos de Scorpius ya no están en el abdomen, ya no están piel contra piel, sino que ahora, mientras escucha "Albus, me tienes muy caliente" nota que está luchando contra los cierres y botones que afirman sus pantalones a sus estrechas caderas. Y entonces sucede. Se siente un poco más libre, mucho más libre. Hay algo expuesto, algo que se está humedeciendo gota a gota y que se sacude con violencia cuando la mano áspera de Scorpius se cierra a su alrededor. Y ya no hay más besos en la boca, ya no hay más palabras contra el cuello, porque los ojos grises, esos que relampaguean con rabia, se están marchando hacia abajo. Y más, más, más abajo.
La respiración caliente de Scorpius le golpea la piel desnuda y le produce escalofríos cuando se mezcla con la humedad que se le escapa. Uno segundo más y Albus por fin sabrá de que otras maneras pueden besar la boca perfecta y jugosa de Scorpius. Enreda sus manos en el pelo que no ha sido lavado en días y le jala desde el centro de su cabeza hasta el centro donde late su sangre furiosa.
- Miau.
.Mierda.
Porque Scorpius se endereza en un segundo, se aleja de él. Pasa su mano por su boca, como si quisiera limpiar fluidos que por culpa de la puta gata de Filch nunca ha podido probar.
Albus se queda helado.
No sabe si correr o llorar. No sabe nada, excepto que quiere que Scorpius termine lo que empezó. No se acomoda nada, tampoco. Se queda tieso con la verga afuera y la túnica desabotonada. No oye los cojos pasos del celador, no oye la voz de Scorpius que le reclama. Está en alguna galaxia perdida y sabe qué la única manera de volver es que se le descargue todo el líquido blanquecino que tiene en la cabeza y que se le suba el corazón al pecho para poder empezar a ser un humano nuevamente.
Y es Scorpius él que le dedica una mirada envenenada a la gata, la que deshace sus pasos maullando muy fuerte, como si con eso intentara llamar a Filch. Scorpius sacude a Albus de un hombro suavemente, pero no pasa nada. Albus no reacciona.
- Oye, Albus... -Y sólo responde el silencio. - Albus...
- ¿Ah?
- Te cuelga el aparato. - Se miran y él parece no entender, como si hablara pársel o algún otro idioma que no comprende. Sólo ve su boca moverse, y tras ella brillar su lengua cálida. - Viene Flich y te cuelga el aparato, hombre. ¡Reacciona!
Albus entiende por fin el mensaje, siente color en sus mejillas, se acomoda rápidamente y trata de serenar el cabreo que tiene y todas las consecuencias corporales que provoca el hecho de que Scorpius te meta mano en un pasillo oscuro y sucio. Inspira profundo y el aire huele a él, a sudor limpio, a saliva, sexo, duchas rápidas, y pajas lentas. Huele a Malfoy. Vuelve a respirar y su cuerpo parece temblar, listo para comenzar ese circulo vicioso que se activa cada vez que se trata de él.
Cuando llega Filch los mira con los ojos entrecerrados y una mueca dudosa. No confía en ellos. Pregunta por qué están ahí, qué tienen en las manos y Albus quiere contestar que no tiene nada, pero que le encantaría tener la verga de Scorpius, pero por su culpa no es así. Les dice que lo sigan, no les dice el por qué. Caminan en silencio y se miran con la sonrisa en los ojos. El verde intenso de los ojos de Albus no es devorado por el gris radioactivo, se potencian, no se apagan ni se opacan. Es como si esos ojos sólo existen para mirarse mutuamente y deslumbrar a todos con los brillos que emanan.
Llegan hasta el despacho del profesor Pritchard, y el jefe de la casa de Slytherin, no está solo. Junto con él, está el señor Malfoy, quien le dedica una mirada lenta y estudiada a Albus. Le ve apretar los labios cuando repara en su rostro. Y al lado de él está su madre. Sonriente y algo dudosa.
- Arreglen sus cosas, chicos. Se van por el fin de semana con sus respectivos padres.
Nota de Autora: Lo sé. I 'm evol. Me demoré más de un mes, no me dí cuenta como pasa tan rápido el tiempo. Lo siento, no quería hacerlos esperar tanto y cuando comencé a revisar la fecha de mis actualizaciones, descubrí que llevaba siglos sin dedicarle ni un momento a este fic. No sé qué les pareció el slash, hubo un momento de mi vida que creí que la nueva generación no me podía importar menos, pero eso ya no es así. Me gusta un montón el Scorpius/Albus. Que me queden como la nalga ardiente cuando los escribo es otra cosa.
No sé de quién quieren la próxima versión. ¿Candidatos? Pues, puede ser 1.- Scorpius 2.- Astoria.
Ustedes eligen. Acá, en este capítulo sé que no se sabe mucho de lo que ha pasado entre Draco y Ginny, pero si sumamos dos más dos, por lo menos podemos inferir que Ginny si le mandó a Draco esa lechuza diciéndole que le iba a ayudar.
Muchas gracias por sus comentarios, son muy amables. Y una bitch como yo, que no actualiza en un mes, no se los merece.
Un beso enorme.
