La Princesa Seremity


Capítulo 2: El Príncipe Ethan

Al llegar al reino del Rey Phillip, se encontraron con el soldado que está en la entrada.

—¿Qué les trae por aquí? —Les preguntó escudriñándolas con la mirada.

—Venimos a hablar con el Príncipe Ethan, y nuestros asuntos son privados —contestó Seremity poniendo voz de hombre.

—Está bien los llevaré adentro —el soldado se dio la vuelta e indicando a los extraños el camino a seguir.

—Ves te dije que esta vez funcionaría —susurró Seremity a Susume en el oído cuando el soldado se dio media vuelta para guiarlas hacía el castillo.

Caminaron por un rato y se detuvieron delante de un gran cuartel de paredes de piedra, con una gran puerta de madera y a los costados colgaban los estandartes del reino, azules con un escudo con dos espadas cruzadas en color dorado.

—Esperen aquí —les ordenó antes de desaparecer al entrar por la puerta.

Al rato salió con otro soldado, pero de más alto rango, se notaba por las condecoraciones que tenía en su uniforme, además de que éste era distinto; era un hombre joven de no más de diecisiete años, alto, pelo castaño claro y ojos grises, espalda ancha y contextura normal para un soldado. Se dirigió hacia donde estaban ellas y les dijo:

—El Príncipe Ethan no se encuentra en el castillo —su tono era prepotente y miraba a Seremity a los ojos—. Si tienen algo que decirle, díganmelo a mí.

—Primero que todo —dijo Seremity dirigiéndose hacia el soldado—. ¿Quién eres tú?

—Yo también debería preguntar eso —respondió burlesco—. ¿Por qué te debo decir quién soy si tú aún no te has presentado? —Una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro, sin dejar de mirar a la princesa.

—Debo saber quién eres antes de dejarte un mensaje para el Príncipe y debo saber si eres de confianza —habló con tono amenazante, clavando su mirada en los ojos grises del soldado.

—Está bien, te diré: soy el segundo al mando, después del general Ethan mi nombre no lo sabrás, hasta después que me digas el tuyo —continuó hablando con burla.

—Pues, mi nombre no te lo diré y el mensaje será en privado —contestó al soldado mientras miraba al guardia de la puerta que aún seguía junto a él.

—Como quieras —respondió, le hizo una seña al vigía para que volviera a su trabajo y les indicaba a ellas que lo siguieran.

Las llevó a un lugar distante del castillo, donde había mucha vegetación y casi nada de cosas creadas por los hombres y les preguntó si ese era un buen sitio para conversar, ellas asintieron.

—Venimos en representación de la Princesa Seremity —la voz de la mencionada rompió el silencio—. Aunque ella no sabe que nosotros estamos aquí.

—Y, ¿cuál es el mensaje para el general? —preguntó el soldado que las miraba algo extrañado.

—Dile a tú Príncipe que la Princesa sólo se casará con alguien que me logre vencer en una pelea —su mirada se mostró desafiante.

—Entonces, tú estás enamorado de ella y vienes a defender tu amor frente al general, o ¿me equivoco? —consultó, su voz ya no era burlona, sonaba más a preocupación y curiosidad.

—¡Te equivocas! —contestó algo sonrojada.

—Entonces, ¿por qué te sonrojas? —Se carcajeó sin despegar sus ojos de ella.

—Es nuestra amiga y venimos a probar a tu Príncipe a ver si es digno de casarse con ella —respondió rápidamente Seremity—. Hicimos una promesa cuando éramos niños y la cumpliremos.

—Pues, el Príncipe no está, así que hicieron su viaje en vano —dijo el soldado mirando extrañado a Seremity, algo raro le había notado en su voz.

—¿Cuándo llega? —preguntó Susume, al igual que Seremity poniendo voz de hombre.

—No lo sé, lo más probable es que llegue en tres días más —respondió el soldado sin dejar de mirar a Seremity.

—Y… ¿podemos esperarlo? —consultó esperando un sí por respuesta la princesa.

—Le diré a alguien que les prepare una de estas cabañas alejadas del castillo ¿les parece bien? —indagó el chico de ojos grises.

—Si —contestó la Princesa—. Nos parece excelente.

—Entonces los dejo —hizo una reverencia en señal de despedida, y se marchó.

Y así se fue el soldado a buscar algún sirviente para que preparara alguna cabaña para aquellos jóvenes. Les dieron la más alejada del castillo algo que les pareció extraño, pero que al rato olvidaron ya que sería mejor que el Rey Phillip no las viera porque las reconocería. Más tarde el soldado les llevó algo de comer, y ya en la noche, antes de dormirse se pusieron a conversar.

—Ten cuidado —le dijo Susume acomodándose en la cama.

—¿De qué me tendría que cuidar? —preguntó Seremity algo extrañada por lo que le decía su amiga.

—A mí no me puedes engañar o crees que no me fijé como mirabas al soldado —le regaló una mirada picara—. Ten cuidado porque tú estás comprometida con el Príncipe Ethan, y él es su mejor amigo por lo que pude notar.

—Entonces, viste mal, porque a mí no me interesa este soldadito como tampoco me interesa el Principito —respondió frunciendo el ceño—. Sólo me llamó la atención sus ojos, nunca había visto unos así, de ese color.

—Por eso se empieza, la mayoría de las veces, o no te acuerdas en lo primero que me fijé en tu hermano —suspiró al recordar a su novio de toda la vida—. Además aquel soldado no está nada mal —una pequeña risita escapó de sus labios.

—En realidad no lo está, pero en estos momentos eso no me interesa —mientras decía esto se empezó a acostar con una cara de tristeza—. Tú más que cualquier otra persona, sabe que yo lo que quería era ir a aquel lugar, recuerdas, ¿cuándo salimos y pasamos por una especie de campo invisible?

—Ya lo sé, pero en la vida no siempre se tiene lo que uno quiere —diciendo esto se acostó y se dio la media vuelta—. Buenas noches.

—Buenas noches —contestó Seremity mientras se acomodaba en la cama junto a su amiga.

Susume se quedó dormida al rato después, mientras que Seremity no logró conciliar el sueño hasta bien entrada la noche. Al otro día, el soldado amigo del Príncipe, les llevó temprano en la mañana desayuno, si no es porque Susume estaba despierta las habría descubierto.

Se quedaron en la casa, no salieron en toda la mañana, por temor a encontrarse con el Rey, pero ya en la tarde, Seremity no aguantó más estar encerrada y decidió salir; Susume no se sentía muy bien, así que se quedó en la casa.

Seremity caminó cerca de la cabaña que le habían prestado, teniendo cuidado de no encontrarse con el Rey Phillip, pero se encontró con aquel soldado.

—Buenas tardes —dijo el soldado haciendo una pequeña seña con la mano a Seremity.

—Buenas tardes —respondió con una reverencia—. ¿Sabe usted ahora con seguridad cuándo llega el Príncipe Ethan?

—Sí, ahora lo sé —contestó—, llegará dos días antes de la boda.

—Pero, eso es mucho tiempo, yo no puedo esperar tanto —la princesa frunció su ceño en señal de molestia.

—Si no puedes esperar, rétame a mí —le sonrió el chico.

—Yo sólo debo enfrentarme al Príncipe Ethan —respondió cortante.

—Si me vences a mí, será como su fuera a él, ya que ambos somos igual de fuertes —añadió el soldado—. Además, yo le diré que no es digno de casarse con ella ya que tú me venciste y si sigue con la idea, pelearas con él. ¿Te parece?

—No puede ser, yo sólo debo pelear con él —dijo algo desanimada al ver que no conocería al Príncipe—. Ya que él se convertirá en su esposo, no tú, lo siento pero no puedo —se dio la vuelta para ir a la casa cuando siente que le tiran una piedra, se da vuelta y ve al soldado dispuesto a lanzarle otra—. ¿Qué te pasa?

—De todas maneras tendrás que pelear conmigo —contestó el soldado al ver que había logrado llamar la atención de aquel desconocido—, si te enfrentas al Príncipe, ya que todos los que lo encaran deben pasar por mi primero.

—Si eso es lo que quieres —le dijo Seremity mientras le daba un golpe en la cara—, lo tendrás.

El soldado intento devolverle el golpe, pero Seremity lo esquivó, se llevaron así un rato uno tiraba un golpe y el otro lo esquivaba, Seremity trataba de no hacerle daño, aunque inconscientemente, de repente uno que otro llegaba a su destino.

El soldado era realmente fuerte, por lo general a Seremity no le costaba pegarle a alguien, ya que por sus venas corría la sangre de un demonio, pero éste le estaba costando trabajo.

Hasta que de un momento a otro, cuando Seremity le lanzó un golpe al estómago, el soldado le tomó el cabello, que lo tenía amarrado como lo usaban los hombres para que no la descubrieran, y se le soltó, el soldado no se dio cuenta ya que lo que quería era botarla con un golpe en las rodillas por atrás. Al darse cuenta de esto Seremity intentó agarrarse el cabello, pero no pudo ya que tuvo que defenderse para no caerse, perdió el equilibrio y cayó cerca del río arrastrando hacia el suelo al soldado que se fue encima de ella, al tratar de afirmarse, se agarró de él y lo botó olvidándose del cabello que ahora lo tenía suelto, además, donde el soldado cayó encima le abrió un poco la chaqueta dejando notar la blusa que tenía debajo y la forma de sus atributos femeninos.

—¡Eres una mujer! —exclamó con asombro.

—Eso es lo de menos —dijo Seremity algo sonrojada—. Debemos seguir con la pelea—intentaba soltarse ya que el soldado la tenía agarrada de los brazos.

Pero él no la escuchó, ya que no podía dejar de mirar los ojos de Seremity, pensaba muchas cosas en ese instante, no sabía nada de ella, pero en lo que más pensaba era en su boca "¿qué sabor tendrá?" se preguntaba hasta que se atrevió y empezó a acercarse de a poco a la boca de ella.

Seremity no sabía que hacer no podía sacárselo de encima y él se estaba acercando mucho, además ella estaba comprometida y no podía sentir nada por él, o eso era lo que quería, pero no podía después de todo Susume tenía razón, le gustaba un poco aquel soldado.

Mientras él se acercaba, la respiración de ella aumentaba, sólo escuchaban los latidos de los corazones de cada uno, el sonido del río, el del viento, los ruidos de las personas, todos habían desaparecido, sólo existían ellos dos, hasta que al fin el soldado rozó sus labios con los de ella, primero la besó suavemente como si fuera un pétalo de rosa luego se volvió algo más intenso. Seremity respondió a ese beso y dejó que él la guiara, aunque sabía que entre ellos nunca podría haber nada, cuando el beso comenzó a ser un poco más apasionado, Seremity abrió los ojos y aprovechó que el soldado la había soltado para sacárselo de encima.

—¿Qué te pasa? —preguntó el soldado confundido.

—Esto no puede ser, me tengo que ir —contestó confundida—. Dejemos la pelea como un empate —se dio la vuelta y salió corriendo.

—Pero, ¡espera! —gritó mientras salía tras ella.

—Susume, nos vamos —ordenó la Princesa al llegar a la casa—. Apúrate.

—Pero, ¿por qué? —consultó su amiga sin entender nada.

—Espera —interrumpió el soldado—. Dime tu nombre.

—No puedo —dijo Seremity dándole la espalda—. Vámonos —miró a Susume.

—Está bien —Susume al ver que Seremity no tenía el pelo amarrado, se paró y salió de la casa.

Salieron del reino a toda prisa, para buscar los caballos en que venían y montaron, ni siquiera se detuvieron para descansar se fueron directo a su casa, Susume no se atrevió a preguntarle a Seremity lo que había pasado, aunque ella se lo imaginaba con sólo ver la cara de su amiga y su pelo suelto, además había visto como la miraba el soldado mientras salían corriendo del reino vecino.

Llegaron a su hogar en la madrugada, dejaron los caballos en silencio igual que como los sacaron y se fueron a sus respectivas habitaciones, no hablaron en todo el camino, no tenían que hacerlo para decir lo que sentían, ya que eran como hermanas y se conocían tan bien que no era necesario decir lo que pensaban para que la otra lo supiera, se dieron las buenas noches y cada una partió a sus aposentos.


Continuará....