Siempre queda el amor
Por Syry
Capítulo –de momento –único.
Bailar es libertad para alguien que no conoce el auténtico significado de la palabra. Alguien como él. No le importa el mañana cuando está ahí, en el centro de la pista, contoneándose, frenético, sensual, ridículo, pasional, enfebrecido, caliente, al ritmo de la música. Porque sabe que mañana hará lo mismo que cada día.
Le verá. Discutirán. Le querrá un poquito más.
Y baila. Sin sonrisas ni alegría en su cuerpo. Sólo baila, al son de una canción pop de lo más hortera y comercial, pero qué importa ya. Acaba la canción y va al aseo. Una vez allí enciende un cigarro y le da una calada, lenta, sensual sin quererlo. Echa su larga melena hacia atrás. Mira hacia el espejo y se ve.
¿Desde cuando parece tan mayor? Ya no hay brillo en su mirada, e incluso tiene unas diminutas arrugas de cansancio junto a sus ojos. Tira el cigarrillo con cierto enfado y va hacia un cubículo. Al pasar junto al primero, oye golpes y gemidos. Niega con la cabeza y decide irse. Total, ya ha bailado suficiente.
Ya bailar no es suficiente. No desde que algo ha cambiado, desde que los sentimientos han dado un paso gigantesco y peligroso. No desde que se ha enamorado desde un chico y ha vuelto su vida del revés.
Aceptar su homosexualidad fue muy difícil. Ni siquiera se lo había dicho a Yugi. Era el único secreto que le pertenecía por completo. Aunque no quisiera, en realidad, ese tipo de secreto. No le gustaba nada el hecho de ser homosexual. Menos, amar a quien amaba. Sentir que le gusta que le pegue porque siente la dura piel de sus nudillos contra la sensible piel de su mejilla.
Es masoquista, es cruel e irracional. Pero le desea a rabiar, desea morderle el alma con un beso, romperle el cuerpo a polvos, enterrarse en el y ser poseído por ese demonio de ojos azules. Se siente como una damisela estúpida y enamorada cuando le mira; el suelo se mueve bajo sus pies.
Cuando va a salir del aseo, la puerta del cubículo se abre y se encuentra de frente con el empresario más joven del mundo. El CEO de Kaiba Corp. le mira con indiferencia, pero por un momento ha creído ver sorpresa en su expresión. Éste se abrocha el cinturón mientras sale. Detrás de él, un chico rubio con ropa muy ceñida sonríe con satisfacción.
Pasa a su lado sin mirarle más y eso duele. Duele aún más que el saber que es un puto marica que se acuesta con cualquier buscón. Duele aún más que la certeza de que nunca tendrá ni la oportunidad de besarle en la mejilla. Pero lo único que hace es salir al exterior y respirar aire fresco.
Enciende otro cigarrillo, se lo deja entre los labios y se pone la cazadora. Mete una mano en el bolsillo de los vaqueros y recoge el cigarrillo con la otra. Mira a las estrellas y se pregunta desde cuándo dejó de mirarlas. Ya no es un niño, pero se siente como uno cuando el huracán llamado Seto pasa junto a él. Aunque tenga veintitrés años y esté haciendo prácticas en su empresa y ya no sea su compañero de clase.
Porque sólo él tiene la particularidad de derribar los cimientos que componen su vida, su alma, sus sentimientos. Sólo Seto Kaiba puede hacerle sentir vivo a él. A Joey Wheeler.
xXx
Su noche está llena de imágenes inconexas y borrosas, una frenética secuencia de colores, olores, sonidos, risas, suspiros, gemidos. Se despierta pegajoso, con una sensación de plenitud arraigada en su estómago. Automáticamente, alcanza el paquete de tabaco y empieza a fumar. No recuerda cuándo fue la primera vez, sólo que fue en la universidad y, absurdamente, fue tras acostarse por primera vez con una chica. Con Tea. Y por última vez.
Se ducha rápido, bebe un sorbo de leche directamente del envase y sale a trabajar con un elegante traje de sastre negro, pero en vez de camisa y corbata, lleva una camiseta de cuello alto, blanca. Va a trabajar en su coche barato. Lo mismo de cada mañana.
Sólo que no es igual porque al entrar, lo primero que encuentra en su mesa es una nota que le pide que se presente en el despacho de dirección. Se siente niño otra vez. Como si hubiese pegado a Kaiba y ahora tuviera que asumir la responsabilidad. Se quitó la chaqueta, dejó sus cosas y tomó el ascensor. Al llegar, la secretaria del CEO le saludó y le indicó amablemente que pasara, que el jefe le esperaba.
Entró cuando oyó un suave 'adelante'. Seto estaba tras su portátil, tecleando veloz. Cuando cerró la puerta tras de sí, le miró. Paró lo que hacía y le pidió que se sentara. Le obedeció. Kaiba puso un sobre frente a él y comenzó a hablar.
-He hablado con un socio. Terminarás las prácticas en su empresa. Tu labor aquí ha terminado. Estoy satisfecho con tu desempeño y ese sobre contiene tu carta de recomendación y un pequeño regalo por tu trabajo. Gracias. –se volvió y volvió a teclear.
-¿Qué demonios es esto, Kaiba? –su voz denotaba un claro enfado.
-Buena suerte, Wheeler –dijo con determinación. Sin dejar de lado sus asuntos.
-¡Mírame, joder! ¿Es por lo de anoche? –exigió saber, poniéndose en pié.
-No tengo que darte explicaciones. No eres un auténtico empleado –ni se inmutaba.
-No me importa con quién follas, Kaiba, pero no pienso dejar que tires mi futuro por la borda por esa tontería.
-Wheeler, salga de mi despacho –a los ojos, se lo ordenó.
-Dame una explicación, una razón. Y me marcho.
-No te debo nada. Sólo márchate. –ahora estaba en pié, frente a él, a un solo paso. Unos centímetros, unos pocos, les separaban.
-Si ya no trabajo aquí no puedes echarme –le retó.
-¿Qué te has creído, maldito perro estúpido? ¿Por qué nunca sales de mi vida? ¿Por qué nunca me dejas...? –se interrumpió.
-¿El qué no te dejo? ¿Destrozarme la vida? Nunca lo he hecho. Yo no elegí cruzarme en tu camino, deja de culparme a mí por esa mala jugada del destino.
-Vete.
-No.
-Llamaré a seguridad. –agarró el cuello de la camiseta de Joey, arrugándola entre sus dedos.
-Adelante. No vaya a ser que necesites pegarme y te arrugues tu inmaculada camisa de firma –dijo con lo puños apretados a los lados.
-Fuera de mi vida.
-Nunca, Seto, nunca –lo murmuró tan cerca.
Ninguno es consciente de lo que pasa. Discuten con fiereza, para al segundo siguiente, rasgar las palabras del otro con labios y dientes. Seto tironea de él desde el cuello de su jersey. Él tira del bajo de la camisa de Seto, con furia, evitando que escapen a su culo, controlando las ganas de subirle sobre el escritorio y follárselo contra la pulcra madera de cerezo.
Por un segundo, las palabras mueren en los labios del otro, ahogadas en un beso que dice todo cuando no dice nada. Los reproches no se piensan y las manos no buscan la herida sino la piel, para fundirse en el calor del deseo. Pero la realidad llega a modo de timbrazo; El mundo real sigue andando y ellos se separan, no se miran. Seto coge el teléfono y Joey el sobre. Se gira y va hacia la puerta. Cuando tiene el pomo en la mano, oye un apresurado "Discúlpame un minuto".
-Preséntame el informe en media hora, y a partir de mañana, quiero que vengas a las siete, no a las ocho –y sin más, sigue con su conversación.
Y Joey sabe que algo a cambiado, y sale con una sonrisa.
Y con la certeza de que vuelve a ser joven.
Y un poquito más feliz.
Fin
