Siempre queda el amor
Lo que el Ceo Siente
Por Syry
Es la persona más rica de Japón. Podría jurar que de toda Asia. Y aun así, se siente como el ser más pobre y fracasado de la tierra. Porque una cosa es mostrar lo que sentimos –algo que él no puede hacer, por un buen entrenamiento, que Gozaburo le obligó a acoger, aprender, y usar. Ser insensible te hace más fuerte, o eso decía el antiguo Kaiba. Ante esa teoría sólo hay un fallo, pequeño, pero importante. Que uno nunca deja de sentir, y así como Gozaburo se afanó en que sólo sintiera odio, rencor, ira, coraje, ego, se despistó lo suficiente como para no enseñarle la indiferencia.
Así que, como dos partes de una misma moneda, lo que era odio metamorfoseó hasta convertirse en lo opuesto, que no es tan distinto, sino una cosa que va a la par, inseparable. El odio se transformó en pasión, ardiente, duradera, enfermiza, que al no ser consumada derivó en obsesión. Y cuando, tal como el mar tras una tormenta, el sentimiento se apaciguó, fue tan inútil ignorar que era amor, que lo único que le quedó fue aceptar ese sentimiento, sin que la educación importara en modo alguno.
Incluso así, no es fácil abrir la puerta de los sentimientos, menos con la cantidad de seguridad, que a base de golpes, Gozaburo implantó. Sólo le quedó la cobardía, el esconder sus sentimientos y tratar de calmar la necesidad física con cualquier pobre diablo que tuviese la fortuna de ser alto, rubio, de ojos melados y brillante sonrisa, porque si de algo estaba seguro Seto, es que el destino es tan cruel, caprichoso e irónico, que no encontró mejor manera de vengarse de él que haciendo que se enamorase de la persona que nunca creyó: Joey Wheeler.
Y como si todo eso no fuera suficiente, el chico hacía prácticas en su empresa –cosa nada extraña por otro lado, siendo él el mejor estudiante de la universidad de Dominó y Kaiba Corp. la mejor y mayor empresa, no sólo de Dominó, sino de Japón. No contento el destino con reírse de él de esa forma tan estrafalaria, decide echarse unas últimas risas de la manera más estúpida.
Aquel día había sido completo: Desde un par de reuniones sin que sacara nada en claro, hasta un espía en su compañía, pasando por una minúscula, pero ardiente discusión con Wheeler. Necesitaba rebajar la furia, el deseo, así que se fue a una discoteca de la zona, acampó en la barra, con un Whisky seco en la mano. Y buscó su presa. No fue difícil, el camarero era sumamente atractivo y bastante parecido a Joey. Así pues, le tiró los trastos descaradamente y en un par de minutos estaban ahí, en un estrecho cubículo.
El chico intentaba colar sus manos en los pantalones de Seto, pero él sólo quería partirle en dos. Con un poco de salvajismo, le giró, le bajó los pantalones, hizo lo mismo consigo, le agarró y masturbó, y se la metió de una sola estocada, firme, pero suavemente. El chico tenía bastante experiencia como sumiso, pues fue fácil comenzar a moverse sin rasgarle ni necesitar que se acostumbrase.
En unos cuantos minutos ambos se corrieron –primero el chico, luego Seto. Salieron mientras terminaban de arreglarse la ropa. Y ¿A quién se encontró? A nadie más ni nadie menos que Joey Wheeler, mirándole con un gesto raro, que dedujo –malamente- como asco. Pasó por su lado sin mirarle y se fue. Salió de la disco furioso consigo mismo. Se subió a su Toyota Célica y condujo furioso hasta su mansión. Una vez allí, se encerró en su biblioteca. El incidente debía ser subsanado y debía decidir cómo.
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No había dormido al final. Se había pasado la noche bebiendo lentamente un Chátèau Monchenou del 64 bajo la suave luz de la chimenea. Recordando. Nunca dudó de su homosexualidad, simplemente sabía que, en el lejano caso de que se enamorase sería de un igual –todo eso quedaba muy lejos ya- y, por tanto, de un hombre. Tampoco tenía nadie con quien comentar sus dudas –Mokuba era, a día de hoy, su mejor recuerdo, pero su hermano tenía una vida propia y él no tenía derecho a quitársela- así que lo aceptó naturalmente, como algo que lógicamente debía darse. Así, al menos, se sentía menos presionado y un poco feliz.
Cuando llegó el amanecer, se duchó y vistió, acudió a la oficina y dejo dicho que, a la llegada de Wheeler, este fuese mandado a su oficina ipso facto. Entró en la seguridad de su oficina, encendió su portátil, se sentó frente a él y se permitió un segundo para tranquilizarse, como un humano cualquiera –aunque él no lo fuera-, suspirando. Llevaba apenas media hora con un informe cuando tocaron a la puerta. Se puso tenso.
Susurró un suave 'adelante', sin dejar de teclear velozmente, ni apartar ni un segundo la vista de la pantalla. Estaba nervioso, muy nervioso, y no sabía qué hacer. Cuando oyó cómo la puerta se cerraba fue cuando paró, levantó su mirada y le pidió que se sentara. En pocos segundos, Wheeler lo hizo. Kaiba sacó un sobre, cuidadosamente preparado, de su maletín y lo puso frente al joven rubio. Tomó aire y habló, con voz monótona, repitiendo las palabras que la noche anterior había preparado.
-He hablado con un socio. Terminarás las prácticas en su empresa. Tu labor aquí ha terminado. Estoy satisfecho con tu desempeño y ese sobre contiene tu carta de recomendación y un pequeño regalo por tu trabajo. Gracias. –se volvió y volvió a teclear. Rogando porque no pidiese explicaciones, sentía que su coraza estaba llena de grietas y no se sentía preparado.
-¿Qué demonios es esto, Kaiba? –su voz denotaba un claro enfado. Y eso le provocó un escalofrío. De placer.
-Buena suerte, Wheeler –dijo con determinación. Sin dejar de lado sus asuntos.
-¡Mírame, joder! ¿Es por lo de anoche? –exigió saber, poniéndose en pié. Le ignoró olímpicamente, preguntándose cuándo se iría. No aguantaría mucho más.
-No tengo que darte explicaciones. No eres un auténtico empleado –ni se inmutaba.
-No me importa con quién follas, Kaiba, pero no pienso dejar que tires mi futuro por la borda por esa tontería.
¿Qué no le importaba?
-Wheeler, salga de mi despacho –a los ojos, se lo ordenó.
Esa frase, esa profunda indiferencia ante el hecho de que follaba con cualquiera le hirió demasiado. Porque si no le importaba, significaba que nunca tendría una oportunidad –no que la quisiera, por supuesto.
-Dame una explicación, una razón. Y me marcho.
-No te debo nada. Sólo márchate. –ahora estaba en pié, frente a él, a un solo paso. Unos centímetros, unos pocos, les separaban. Y sentía como si fuese el mismísimo abismo el que los dividía en dos. Sin opción a nada más. O caer, o rendirse. Y Seto nunca se rendía.
-Si ya no trabajo aquí no puedes echarme –le retó. Maldito. Mil veces.
-¿Qué te has creído, maldito perro estúpido? ¿Por qué nunca sales de mi vida? ¿Por qué nunca me dejas...? –se interrumpió. Juraría que, de fondo, oía como los trozos de la coraza que tanto le había costado, se caían, uno a uno.
-¿El qué no te dejo? ¿Destrozarme la vida? Nunca lo he hecho. Yo no elegí cruzarme en tu camino, deja de culparme a mí por esa mala jugada del destino.
No, no le culpaba. Incluso lo admiraba –un poquito.
-Vete.
-No.
-Llamaré a seguridad. –agarró el cuello de la camiseta de Joey, arrugándola entre sus dedos. Queriendo agarrar mucho más que un estúpido trozo de tela. Rozando con las puntas de los pies el filo del abismo.
-Adelante. No vaya a ser que necesites pegarme y te arrugues tu inmaculada camisa de firma –dijo con lo puños apretados a los lados.
-Fuera de mi vida. –por favor.
-Nunca, Seto, nunca –lo murmuró tan cerca. Tan cerca que la tentación venció sus sentidos y se lanzó a ese pozo de gloria que era la boca de Joey. Joey, murmuró en su mente, saboreando el eco que la palabra hacía en su mente.
Y ahí, el abismo les absorbe. Están discutiendo como mejor saben, hiriendo al otro con mucho más que las palabras. Y se besan, y Seto siente que por fin ha encontrado aquello que de niño perdió, al conocer a Gozaburo. Siente que le devuelven con ese simple gesto, lo más importante de su existencia. La humanidad. Seto tironea de él desde el cuello de su jersey, rendido ante el deseo. Joey le tira del bajo de la camisa, con furia, y ambos controlan la profundidad de sus instintos, de sus deseos, volviendo a ser dos opuestos, dos iguales, dos adolescentes.
Y la piel quema como nunca, y el deseo absorbe como siempre, mientras el odio deja en claro que siempre fue amor, el más profundo e irracional que existe. Sin embargo, el mundo real sigue andando y un timbrazo alocado resuena con violencia entre ellos, que se separan sin mirarse, mientras que Seto va a coger el teléfono y Joey coge el sobre, girando para irse a la puerta. Al principio, Seto no lo ve, pero en cuanto lo nota, sabe que debe detenerlo, o lo perderá para siempre. "Discúlpame un minuto" le susurra a quién está al otro lado del auricular.
-Preséntame el informe en media hora, y a partir de mañana, quiero que vengas a las siete, no a las ocho –y sin más, sigue con su conversación.
Y mientras Joey se va y él habla por teléfono, por primera vez, desde que defendiendo a Mokuba de Gozaburo tomó toda responsabilidad, siente que es, simple y llanamente, Seto.
Un humano.
Feliz.
Fin
