Disclaimer: Harry Potter y todo lo relacionado con su universo le pertenecen a J.K. Rowling. Esto es sin ánimo de lucro. La trama es mía; no copies ni publiques sin mi permiso expreso.
Fandom: Harry Potter.
Pareja: Rose Weasley/Dominique Weasley.
Rated: PG-13.
Summary: Rose hará todo lo que esté en su mano para convencer a Dominique de que acompañarla a la fiesta de fin de año es una buena idea.
Advertencias: Femslash. Incesto. Lemon.
Palabras: 946.
Notas: Para la tabla Jane Austen de la comunidad /vrai_epilogues de livejournal.
03. Persuasión
A Rose se le da muy bien eso de persuadir a la gente. Como es testaruda como ella sola, insiste mucho en las cosas y la gente acaba aceptando, porque saben que las amenazas del estilo 'voy a insistir hasta el día de tu muerte, o la mía, en su defecto, hasta que aceptes' no son en vano. Y si eso no funciona, hay muchas otras maneras.
Con Albus siempre le funciona el chantaje. Si no me ayudas digo esto; si no lo haces te hago esto otro; explícamelo o se lo pregunto a Malfoy o cosas así.
Hugo igual, porque el pobre es pequeño y ha tenido que crecer con ella, una chica con carácter.
Con James es más de lo mismo, pero cuesta más porque es mayor y un experto en el tema. De él ha aprendido unas cuantas cosas.
A Lily es fácil persuadirla de algo si insistes un rato, sobre todo porque siempre se han llevado bien.
A sus padres se los gana con miradas angelicales y recordándoles sus buenas calificaciones. Y eso funciona también con los tíos (menos con tío George; a él le da ideas para Sortilegios Weasley a escondidas) y la abuela Molly (con el abuelo Arthur siempre es mejor enseñarle a usar algún aparato muggle).
Hay un montón de tipos diferentes de persuadir a la gente y Rose los conoce prácticamente todos. El problema es que Dominique también. Victoire le ha enseñado un poco, y encima tiene sus lejanos genes de veela.
Así que es de suponer que, cuando se trata de llevarle la contraria para convencerla de algo, suele fallar. Rose está segura de que esta vez no volverá a pasar, como cuando intentó convencerla de acompañarla a la biblioteca y acabaron yendo juntas al campo de quidditch y, después, al maldito armario lleno de arañas (y ella tiene aracnofobia, así que lo pasó muy mal).
Están en el dormitorio de Dominique. Falta una semana para que empiecen las vacaciones de Navidad y se vayan con la familia para pasar las fiestas todos juntos. En principio será fin de año en La Madriguera, y para Navidad todos se quedarán ahí dos o tres días, no sólo la noche del veinticinco.
A Rose le hace ilusión ver a toda la familia al completo, aunque la mayoría de sus primos estén en el castillo y los vea con frecuencia. Por eso piensa conseguir persuadir a Dominique de que vaya a la fiesta de fin de año con ella y no con sus amigos. Tiene muy claro que es algo un poco egoísta, pero sería muy feliz si ocurriera y, bueno, eso tiene que contar algo, ¿o no?
Si están en la habitación de Dominique es porque están en la cama de Dominique. Y ya que están ahí, solas y acurrucadas debajo de las mantas, están desnudas y pasando un buen rato. Rose lo hace expresamente, claro, no es que se haya dejado llevar. Para nada. Así la francesa se sentirá más feliz, más segura.
La pequeña deja que Dominique la bese primero, disfrutando de sus labios y colocando una mano en su bajo vientre. Deja que disfrute, le muerde el labio de la manera más suave que conoce y luego la coge y se pone ella encima. Sonríe.
—Ahora me toca a mí.
De alguna manera Dominique suelta un gemido ronco y la mira con ojos brillantes y ansiosos. Rose le besa la boca, el cuello, la clavícula y los hombros. Luego sube hacia el lóbulo de su oreja y lame y muerde mientras su mano baja peligrosamente. No es la primera vez que comparten algo así; sabe dónde tocar y cómo hacerlo. Sabe que Dominique tiene unos pechos sensibles y que adora que recorra su espalda con la lengua, entre otras cosas, todas ellas útiles.
Cuando nota que la francesa está a punto de correrse —qué obvia puede llegar a ser, piensa, sonriendo interiormente—, susurra:
—¿Vendrás? ¿Vendrás a la fiesta de fin de año —succiona su labio y sus caderas chocan—... conmigo?
—Rose, joder...
Dominique sólo es capaz de soltar jadeos y palabras sueltas pero Rose tiene el presentimiento de que lo conseguirá. Está indefensa y ambas lo saben; su piel es su debilidad (y la de la menos también, pero lo esconde más que bien).
—Dilo. Dilo.
Su mirada se vuelve borrosa y sudan por todas partes. Están tan juntas que parecen siamesas y casi, casi tocan el cielo. Pero Rose aguantará hasta conseguir persuadirla.
—Dilo y esto se convertirá en el mejor polvo de tu vida —la verdad es que eso no suena a Rose. No es ella pero en realidad sí lo es y ambas se sorprenden por sus palabras.
Entonces Dominique parece sonreír sin que la razón sea el placer y dice:
—Creía que la que decía esas cosas era... yo. ¡Ah!
Tiene razón, eso hay que admitirlo. Siempre es ella la que empieza, la que provoca, y la otra la que se deja llevar.
Pero esta vez Rose quiere que lo diga, que lo grite, que lo jadee o lo que sea pero que se dé por vencida ya porque de verdad, de veras que quiere correrse.
—Vamos, Nique. Dímelo, por favor.
Luego de alguna manera todo se acelera un poco más, tan sólo lo justo, y no consigue controlarlo. Los dedos de sus pies —los de las dos— se contraen y algo las envuelve. Es francamente delicioso.
Rose hace un mohín, contrariada, pero deja que la otra le bese la frente con ternura.
—Sí, creo que iré —suspira Dominique—. Tus métodos de persuasión son definitivamente buenos.
No ha podido ser como Rose lo tenía planeado, pero funciona. Qué raro.
