Disclaimer: Harry Potter y todo lo relacionado con su universo le pertenecen a J.K. Rowling. Esto es sin ánimo de lucro. La trama es mía; no copies ni publiques sin mi permiso expreso.

Fandom: Harry Potter.

Pareja: Rose Weasley/Dominique Weasley.

Rated: PG-13.

Summary: La echa de menos. La necesita. Pero no coge el teléfono, como sabía que pasaría.

Advertencias: Femslash. Incesto.

Palabras: 1.009.

Notas: Para la tabla Jane Austen de la comunidad /vrai_epilogues de livejournal.


05. Sensibilidad

A veces siente verdaderas ganas de llorar y de sacar a la luz su lado más sensible. Porque puede permitirse las lágrimas, ya que vive sola. Claro que llora precisamente por eso.

Más bien porque está sin Dominique.

Esta vez no es por algo tan infantil como que ella sale con un chico (o una chica). Llegaron a pasarles muchas cosas, todas ellas quedándose en sus recuerdos durante los años, sin saber de dolor o indignación, pesadas como ellas solas. Así son los recuerdos: crueles, devastadores. Para Rose, peores que la guerra de la que le han hablado sus padres y sus tíos, por muy egoísta que suene.

Porque sí, lo es. Es egoísta y pecadora y quiere que Dominique vuelva; que no tenga que estudiar en Francia; que se vean todas las noches como hacían antes y que le bese las lágrimas con esa lengua que tiene que le pone los pelos de punta y los pezones tan duros que le duelen de sólo rozarlos.

Pero tiene que hacerlo —lo de rozarlos— porque sino duele más. Tiene que tocarse e imaginarse que ella está ahí, sonriendo en su cama, y no a miles de millas de distancia. Tiene que hacerlo porque así los ojos no le pican tanto, y de paso los remordimientos por no haberla acompañado suenan más amortiguados. Lejanos. Como Dominique.

Puede que tenga novio. O novia. O ambas cosas; ella no cree tanto como la mayoría de la gente en la palabra monogamia. Puede que sea feliz y que no la eche de menos, que se haya olvidado de que una vez se quisieron. Puede que lo recuerde nítidamente pero que no le interese nombrarlo, que se avergüence de ello —porque está mal, porque su relación es incestuosa y Dante las mandaría al segundo círculo del infierno, ese que no gana en tamaño al primero pero que sí lo hace en penas y sufrimiento; lo han hablado y están de acuerdo en mantenerlo en secreto— o puede que, directamente, haya tenido un accidente y Rose no lo sepa aunque hayan pasado horas, días, noches.

En realidad sabe que exagera. Que no es una causa perdida y que su sensibilidad la traiciona a ratos.

Vive sola en un piso de las afueras de Londres y está oscuro. Se ha pasado con el café con whisky de fuego y ahora no puede dormir. Siente sensaciones que, joder, no la embargaban desde que era una niña de ocho años y si se pone a llover sabe que la echará demasiado de menos. Porque puede que recuerde que una noche de tormenta en que se sentía sola, aturdida y asustada, en La Madriguera, fue a la cama de Dominique y encontró refugio allí. Entre sus brazos. Rozando el pelo dorado con su mejilla y aferrándose a su pijama.

—Tengo miedo, Dominique —le dijo esa vez.

Ahora se lo repetiría con la esperanza vana de que fuera tan simple como entonces. Sería capaz de usar las mismas palabras y el mismo tono de voz, aunque sea mucho más mujer y tenga unos gestos habituales distintos.

Pero ella le respondió:

—Tranquila, Rosie, estoy aquí. No pasará nada. Deja de llorar y duerme.

Y ahora no lo hará. Ahora no está aquí, y pasa algo, y no puede parar de llorar; mucho menos dormirse. Es incapaz de hacerlo porque no ha oído las palabras de verdad y porque las cosas hace tiempo que dejaron de ser así de simples. Ya no son niñas y su sensibilidad no ya no parece la de una princesa, o eso procura, aunque siga siéndolo en el fondo. En ese sitio al que Dominique llegó sin querer, como si fuera natural.

Las cosas no son como en los libros: los protagonistas se conocen, se enamoran, se besan y hacen el amor y hay un final feliz, o un final triste, o un final agridulce. No hay final y eso da miedo, mucho miedo.

Rose sigue sin poder hacer lo que le dijo una vez, en un momento demasiado lejano, esa persona a la que quiso —y a la que aún quiere, para su desgracia— y todo sigue oscuro. Las sombras son demasiado largas. Tiene la mente espesa. Podría encender la luz pero no lo hace porque no quiere. Entonces se vería y se sentiría aún más humillada. O ridícula. Qué más da cuál sea la palabra exacta.

Así que Rose hace un esfuerzo extraño —porque no le cuesta tanto— y se levanta. Da dos pasos y no sabe hacia dónde ir por un momento, así que se para, se le paralizan las piernas, pero sigue caminando un segundo después y llega al teléfono.

Se seca las lágrimas y piensa que es una exagerada. Mierda, lo es. Sigue siendo una sensible princesa llorona de ocho años y ¿la verdad? Le da igual. Se sabe su número de memoria porque no es la primera vez que llama y no piensa en la diferencia horaria. ¿La había? ¿Era mucho? No, para nada. Si se para a pensarlo no están tan endemoniadamente lejos si lo compara con Nueva York y Tasmania. Claro que eso no la ayuda mucho.

Empieza a sonar. Piiip, piiip, piiip, alargando el sonido. No comunica. Lo cogerá. Seguro que lo coge y le murmura que la niña tonta más tonta que conoce y que le recuerda que no puede volver (cosa mala) pero que la recuerda y que no ha dejado de quererla (cosa buena).

Rose empieza a hacerse castillos en el aire y se equivoca. Totalmente. Lo peor es que lo sabe y que se hiere casi por inercia.

Dominique no contesta. La pelirroja deja el teléfono tal como está, sin colgarlo ni nada. Vuelve al salón —oscuro, vacío, solitario. Deprimente— y enciende la luz. Sus mejillas no se vuelven a mojar, ni con lágrimas saladas ni con nada. Deja el café abandonado y coge la botella de whisky de fuego, que está llena casi hasta arriba. Se estira y echa un trago largo; espera que le dé para unas cuantas horas de irresponsabilidad.

Sigue queriéndola.