- Me tienes a mí… Te quiero…
Sus ojos se abrieron lentos, y el roce de sus labios contra mi piel me distrajo de todo lo demás, me aisló completamente del mundo. Me estaba tentando…
Se paseaba por las cercanías de mi boca, me estaba gritando algo a pleno pulmón… Y yo era todo oídos. En un momento consiguió morderme los labios, suave, y me besó inocentemente, por inercia. Perdí toda voluntad de retenerme, dejé de pensar que en ese momento Sango era débil y que me estaba aprovechando, y la fuerza la puse yo, se despertó en mí como de un letargo, obligándome a recordarle que yo era allí el que quería mandar, el que había estado obligado a reprimirse durante tanto tiempo. Agarré su cara con ambas manos, e hice el beso mucho más profundo, infiltrándome entre sus labios entreabiertos, muriéndome del placer que simplemente eso me estaba proporcionando. Ella respondía, y noté como se agarraba a mí, desesperada también. Sus uñas dejando leves marcas en mi espalda aún a través de la tela.
- Miroku…
Mi nombre… sabía que me gustaba oírlo de su boca… sabía que me volvía loco. Se apartó y se tumbó en la cama, agarrándome por la ropa y aún con medio cuerpo bajo el mío, y tiró de mí para obligarme a estar encima de ella. Los ojos le brillaban, su piel se anaranjaba por la luz del fuego, la bata se le abría dejándome ver el valle entre sus pechos, la tersura de su cuerpo virgen, y su cabello se esparcía sobre el colchón acabando un cuadro perfecto. Me hundí en la suavidad de su cuello, besé con todas mis ganas contenidas lo que me era ofrecido. Sentía como sus manos se aferraban a mí cada vez que la lamía, y no encontraba el momento de oírla gemir, de que sus piernas me rodearan con fuerza y sus ojos se cerraran, incapaz de soportar lo que le estaba dando. Impaciente, desaté fácilmente el nudo de su hakama, y me retiré mientras lo abría para contemplar todo lo que sólo había podido soñar tener tan cerca. Mis manos envidiaron a mis ojos, y quisieron también ser mensajeras del arrebatador paisaje ante mí.
- Sango… —suspiré su nombre mientras no podía evitar rozar con las yemas de los dedos sus fuertes muslos, que ligeramente me retenían entre ellos. La ponía nerviosa, y su respiración se aceleraba y se hacía notable en el rápido subir y bajar de su pecho, mientras se agarraba a las sábanas. Su vientre estaba tenso, como todos sus músculos, expectantes y petrificados por el temor que la situación le provocaba. Sus labios se habían enrojecido levemente, igual que sus mejillas.
Cansada de mi inspección, retiró los brazos de las mangas y volvió a servirse de mi ropa para guiarme hacia ella, esta vez comenzando a deshacer el lazo de la tela violeta. Me aseguré de que lo consiguiera, dejé a un lado mis túnicas - vistiendo aún los pantalones por prudencia -, y me lancé rápidamente a probar la sensación del contacto directo.
Sus brazos me rodearon y atrajeron totalmente hacia ella, apresando mi boca en la suya a la vez, y el roce me hizo desearla todavía más. Podía sentir sus suaves pechos pegados a mí, y supe que ella lo estaba disfrutando tanto como yo. Empecé a acariciar su cintura, y lentamente fui bajando las manos hasta fijarlas en sus caderas, mi locura diaria desde antaño… Nuestros sexos se estaban tocando, y yo hacía mucho que estaba preparado… sin darme cuenta comencé a empujar en un ataque de impaciencia, aún sabiendo que con ropa de por medio poco se podía hacer. Pero Sango soltó un suave gemido que me transmitió más que mil palabras.
Su cuerpo radiante desprendía calor, aclamaba al mío de forma descomunal, pero todavía no era el momento. A pesar del frío ambiente, las gotas de sudor ya me resbalaban por la frente a causa del esfuerzo, por retenerme, y me notaba la espalda empapada también. Volví a besarle el cuello, el olor de bosque impregnado en su pelo, y fui descendiendo, beso a beso, hasta encontrar la redondez de sus pechos casi adolescentes. Su firmeza era evidente al tacto, y no pude evitar ser ligeramente brusco, la lujuria me dominaba. Seguí imitando con la cadera un movimiento que pronto quería realizar, y poco a poco empecé a sentir que una esperada humedad mojaba mi pantalón justo donde Sango me reclamaba.
La miré, y sus ojos estaban suavemente abiertos, sus cejas arqueadas por el deseo, los labios se le abrían al ritmo de la respiración. Sus dedos se deslizaron por mi pelo y desataron la coleta, dejando que los mechones cayeran libremente hacia mi cara, rozando la suya, y luego descendieron por mi espalda para encontrarse a su final con lo único que aún se interponía entre nosotros. No pude soportarlo más cuando sus piernas me presionaron con fuerza, invitándome a conocerla por dentro, y cuando me percaté de que intentaba quitarme los pantalones, la ayudé a hacerlo y, mientras volvía a besar su dulce boca, rápidamente coloqué mis manos en sus piernas forzándola a abrirlas más.
Empecé a penetrarla sin detenerme a preguntar o pensar -algo que tampoco podía hacer en ese momento-, sintiendo el placer de su estrechez resistiéndose a mi entrada, de mi mayor fantasía haciéndose realidad, de ser yo el primero que indagaba en los adentros de su cuerpo. Sango había dejado de besarme y sus manos se aferraban con fuerza a mis brazos, ahora a cada lado de ella, y al mirarla en sus ojos había algo de miedo, algo que ni el mayor de nuestros enemigos era capaz de infundirle, y yo en cambio sí. No me detenía en mi nueva labor, y notaba que la incomodidad y el dolor se apoderaban de ella conforme me acercaba a la prueba de su pureza y virginidad.
Pronunció mi nombre y me sonó a súplica, pero no iba a parar, no ahora, y al sentir que mi camino se entorpecía, que algo me impedía seguir, hice caso omiso de sus intentos de apartarme y volví a bajar una mano hasta su cadera y besé su cuello, mientras con fuerza la sujetaba y me adentraba del todo en ella. Solté un gemido ahogado, esto no se comparaba a nada del mundo… Sango estaba rígida totalmente, podía sentir sus músculos tensos rodeando mi miembro y eso sólo me hacía perder más la razón. De su garganta salió un profundo quejido, y al poco vi un par de lágrimas resbalar por sus acaloradas mejillas. Lamí una de ellas y le susurré que todo estaba bien. Permanecía quieto, pero me urgía la necesidad de moverme. Subí poco a poco la mano desde la cadera hasta la rodilla, notando como se le erizaba la piel con el contacto y volví a insistir para que abriera las piernas que ahora me retenían.
Pero no me dejaba.
Besé de nuevo su cuello, dejando leves marcas rojizas a mi paso, y moví una mano hasta la cintura, escalando lentamente hasta sus pechos y acariciándolos de nuevo, y la otra la llevé hasta su pelo, agarrándolo por detrás y alzando su cara, lamiendo hasta su oreja, pasando por la mandíbula y depositando pequeños besos alrededor de la boca. Al poco empezó a calmarse y la presión de sus piernas cesó levemente, lo necesario para que yo pudiera moverme.
- Ahora sí… —le susurré, y lentamente empecé a salir de ella sólo para volver a entrar al instante, con algo de fuerza.
La oí decir algo..
Bueno, hasta aquí el segundo capítulo.. espero que os guste! Quiero escribir algo bonito para el final..
Y perdón por tardar tanto tiempo... Review por favor! Animan mucho :)
