Disclaimer: No me pertenece ningún personaje de Naruto.

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Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. Estoy subiendo el segundo capítulo ahora, y no más tarde, porque hay una gran tormenta y temo que se corte la electricidad y no pueda hacerlo más tarde, y como prometí que subiría uno por día... Aquí está. Espero les guste; y siéntanse libres de hacerme saber su opinión. Lo apreciaría mucho. En todo caso, gracias por tomarse la molestia de leer mi humilde historia, que ya es demasiado, y aún más gracias a aquellos que robaron de su tiempo para dejarme un comentario. ¡Gracias! Ojalá el capítulo sea de su agrado, así como la historia. ¡¡Nos vemos y besitos!!


Imperfección

II

"Té verde y lavanda"

Llegaron a la casa de Kurenai poco tiempo después, Hinata continuaba inmersa en sí misma por lo que Kiba no se molestó en disimular su turbulento estado de ánimo. Su malhumor. ¿Qué importaba si se notaba demasiado? Nadie allí podría decirle nada. De todas formas, él nunca había sido bueno en ocultar su enfado y mostrarse sereno ante los demás. Aquel día no sería la excepción.

Aquí estamos. Pensó con cierto desgano, golpeando la puerta con los nudillos. No era que no quisiera ver a su sensei y a su pequeño hijo sino que no se sentía con ánimos de hacerlo, había perdido toda motivación. Menos aún sabiendo que estaría también Shino, no que tuviera algo en contra de su compañero de equipo. En realidad, simplemente deseaba estar en el bosque, corriendo con Akamaru, despejando su mente.

La voz de Hinata le hizo notar que aún continuaba con el puño alzado golpeando el aire ya que la puerta acababa de abrirse y delante suyo permanecía de pie Kurenai, la cual lo miraba extrañada y tentada de romper en carcajadas, así como también lo estaba Hinata, que suprimía su suave risa cubriendo su boca con la palma de su mano. Kiba bufó, dejando caer la cabeza, rendido —Hola sensei —masculló.

La mujer rió finalmente, observando con profundos ojos carmesí a ambos chicos —Hola Kiba. Hola Hinata.

—H-Hola sensei...

Kurenai se hizo a un lado e indicó a ambos que pasaran, la primera en ingresar fue la joven seguida de Akamaru y por último el castaño , el cual cerró la puerta tras de sí al ingresar al apartamento. Una silueta alta y cubierta de un gran abrigo gris apareció delante de ellos. Sus ojos cubiertos por unas oscuras gafas. Al ver de quien de trataba, Hinata sonrió —H-Hola, Shino.

Shino movió débilmente la cabeza en señal de reconocimiento y murmuró —Hinata. Kiba.

El último bufó y replicó —Shino.

Kurenai se encaminó al interior del apartamento seguida de Hinata. El Aburame, sin embargo, permaneció en el pequeño pasillo de entrada contemplando a Kiba con fijeza –o eso supuso el chico que hacía dado que no podía ver sus ojos-. Finalmente molesto por esto, espetó —¿Qué?

—Estás fácilmente irritable —replicó pensativo. Esa era la forma en que habitualmente Shino definía el malhumor—. ¿Por qué?

—No es asunto tuyo —masculló entre dientes, dirigiéndose tras las dos mujeres. El Aburame lo siguió de cerca.

—Si lo es —aseguró, su voz profunda y sin embargo inexpresiva—. Compartir desgracias es parte del trabajo en equipo.

Kiba enarcó una ceja, incrédulo. Encontraba increíble que aún después de tantos años Shino continuara con aquellas tonterías. Resultaba más que obvio que los tres de ellos era un equipo y que, inclusive, se consideraban amigos. Aunque aún dudaba que Shino fuera a comportarse de forma normal algún día. De hecho, estaba seguro de que no lo haría —No estoy de humor ahora.

Shino asintió —Bien. En otra ocasión, entonces.

El castaño golpeó su frente, rendido. Su compañero de equipo era realmente increíble. Sin duda alguna, la persona más rara y desconcertante que hubiera conocido en su vida.

Al verlos ingresar al comedor, Kurenai sonrió —¿Quieren algo de beber?

Shino se enderezó —Agua.

Kiba negó con la cabeza y caminó hasta la mesa sentándose en frente de donde se encontraba Hinata junto al pequeño hijo de tres años de Kurenai. Al verlo acercarse el pequeño levantó la mirada y su jubilosa mirada color carmesí, aquella que tanto recordaba a su madre, se posó en él. Sin embargo, reconoció Kiba las facciones del padre del niño en su pequeño rostro. Aunque estas eran más sutiles y redondeadas, por la inocencia de la edad, su aspecto era sin duda alguna idéntico al de Asuma. De hecho, llevaba su corto cabello azabache en una forma similar a como la solía llevar su padre.

Hinata, levantó por un instante la mirada y sonrió a su compañero, posando nuevamente la vista en el dibujo que Kohaku, nombrado así por su madre, realizaba en aquel momento. El nudo como hielo que se había formado en su interior por el malhumor se derritió como agua y abatido por el desconcierto apoyó la cabeza en la mesa, la marca roja de su mejilla tocando la rugosa madera. El aroma a caoba, mezclado con lavanda, té verde y bebé, trepando por sus fosas nasales sumamente embriagador así como abrumador. Su cabeza sintiéndose repentinamente ligera y sus pensamientos confusos. Realmente odiaba el efecto que ese particular olor tenía en su mente, lo turbaba.

Hinata volvió a contemplar al chico, preocupada —K-Kiba ¿Te sientes bien?

Él volvió a enderezar su postura —Si ¿Por qué no me sentiría bien?

La joven muchacha negó con la cabeza —No lo sé... —confesó— Un segundo antes estabas... como mareado.

El castaño sonrió, poniéndose de pie y estirando sus brazos por encima de su cabeza —Nah. No te preocupes, Hinata. Solo estoy cansado. ¡Kurenai-sensei! —la llamó. La mujer asomó la cabeza desde la entrada a la pequeña cocina que no se encontraba a más de 2 metros de la mesa y sonrió. Shino, quien permanecía junto a su sensei, hablando sobre el resultado de la última misión con su padre, también giró la cabeza hacia su compañero—. ¿Puedo pasar al baño?

La mujer asintió —Ya sabes donde queda, Kiba. Debes dejar de preguntarme cada vez que vienes.

El chico rió y rascó su nuca —Cierto —se volvió a su perro—. Tú espera aquí, Akamaru —y sin decir más se marchó por el pequeño y estrecho pasillo que llevaba a la habitación de Kurenai y a la de Kohahu, sin embargo antes de llegar a la entrada de ambas había una puerta más que llevaba al baño. Sin dudarlo dos veces ingresó y cerró la puerta tras de sí, encaminándose directamente al lavabo.

Contempló su reflejo en el espejo, debía admitir que realmente parecía mareado, pero era solo cansancio. ¿De qué? No sabía. No había hecho demasiado ejercicio con Akamaru aquel día. Lo más probable es que no fuera nada importante, de todas formas. Lavó rápidamente su rostro, cerró el grifo, secó sus manos y regresó a la mesa. Con la cabeza algo más despejada.

Al verlo venir, Akamaru, que se encontraba junto a Hinata y el niño, ladró, agitando la cola. Al parecer era la hora de almorzar de Kohaku y Akamaru tenía intenciones de recibir algo de comida para sí mismo también —Amigo, deja comer en paz —le dijo, sonriendo. El gran perro blanco bajó la cabeza, apartándose del lado de la chica y caminando hasta donde se encontraba su amo.

Kurenai apareció entonces con un pequeño platito de color celeste, una servilleta a tono y una cuchara en mano, la cual depositó frente al niño. Entonces se giró a Hinata —¿Estás segura que puedes?

La chica asintió, entregando la cuchara al niño, el cual revolvió con desconfianza su tazón de arroz y verduras —S-Si. N-No te preocupes Kurenai-sensei.

—¡Puaj! —se quejó finalmente el pequeño, apartando el rostro de su alimento. Hinata tomó la cuchara y la llenó de contenido, acercándoselo a la boca. Por unos instantes dudo pero finalmente lo ingirió. Entonces pareció gustarle porque arrebató el objeto de la mano de ella y comenzó a comer por su cuenta. La joven ante la reacción de Kohaku sonrió, feliz. Tomando la servilleta por momentos para limpiar, con timidez y suavidad, la mejilla de él.

Kurenai la observó, conmovida —Algún día serás una gran madre, Hinata.

La aludida levantó la cabeza y contempló a su sensei completamente avergonzada, su rostro teñido de un intenso escarlata así como también sus mejillas, que presentaban un tono aún más profundo de rojo, si es que acaso era remotamente posible —¿Y-Yo? —preguntó aturdida. Kiba rió ante la expresión de su amiga.

Kurenai asintió —Si. Lo serás.

Educadamente, Hinata asintió, susurrando débilmente —G-Gracias, Kurenai-sensei —e inclinando la cabeza, ocultando rápidamente su rostro de los demás. La expresión de la morena se torció en una cálida sonrisa.

—¿Podría pedirte alguna vez que cuides de él? —los ojos de Hinata se fijaron nuevamente en ella—. Verás... pronto tendré que volver a hacer misiones y no quiero dejarlo solo.

La Hyuuga asintió —Si, Kurenai-sensei.

—¡Gracias, Hinata! —exclamó, volviendo a la cocina, no sin antes dar una rápida mirada al Inuzuka, el cual se encontraba sentado frente a su pequeño hijo y Hinata, contemplando a ambos con expresión indescifrable. Aún así el chico era demasiado transparente, más aún para ella que lo conocía desde que estaban en la academia y eran tan solo unos niños. Podía ver ahora que ya no lo eran más. Aún así la nostalgia permanecía en ella. Definitivamente aquellos niños, ahora casi adultos, habían sido una bendición en su vida. Y no los hubiera cambiado por nada. Ni en aquel entonces, ni ahora.

Kohaku, que ya había terminado de comer, alzó las manos orgulloso y entre ellas sostenía un dibujo para que todos lo vieran —¡Miren! ¡Miren!

Kiba acercó su rostro para verlo mejor —¿Ese soy yo? —preguntó viendo una mancha marrón con dos triángulos rojos –cada uno en una dirección distinta-, al lado de una mancha azul y blanca que, suponía, era Hinata y otra verde y negra que parecía ser Shino. Al lado de "Shino" había una mancha negra y roja, Kurenai.

Hinata sonrió —Es muy bonito... —susurró. El niño se agitó feliz en su silla y luego bostezó, cerrando suavemente sus párpados. Kurenai se acercó rápidamente y lo tomó entre sus brazos, contemplando hacia la ventana. Sin siquiera notarlo la noche se había aligerado. La joven Hyuuga se apresuró a ayudarla, adelantándose y abriendo la cama para Kohaku.

Kiba y Shino, por su parte, esperaron en la cocina. El primero contemplando distraído el techo con los brazos cruzados delante de su pecho mientras que el segundo permaneció inmóvil y de pie, inexpresivo, pero al cabo de unos segundos habló, atrayendo la atención del castaño hacia él —Sigues fácilmente irritable —señaló.

Kiba tensó la mandíbula —Eso es porque sigues repitiendo "fácilmente irritable".

El Aburame negó con la cabeza, empleando su siempre habitual tono monocorde y profuso —Cuando un camarada esta en apuros debes darle una mano.

—¡Tsk! Tú y tus frases sobre la camaradería. No me sucede nada.

—¿Debería creerte?

Kiba se puso de pie —Haz lo que quieras.

Shino asintió, murmurando por lo bajo para sí, como tomando nota en su mente —Fácilmente irritable.

Por segunda vez en el día eligió ignorarlo, más aún viendo a Hinata regresar del cuarto del niño junto con Kurenai, la cual sonrió serenamente —Kohaku se durmió ya.

La joven muchacha contempló a su sensei y luego al resto de su equipo —Deberíamos irnos nosotros... —sugirió. Shino se mostró inmediatamente de acuerdo.

—Tienes razón.

—Akamaru —lo llamó. El perro, que se encontraba acurrucado debajo de la mesa desde hacía un par de horas ya, se incorporó lentamente y estiró sus patas delanteras, dejando colgar su lengua al costado de su hocico por unos segundos. Kiba rió—. Vaya que estás holgazán hoy. Lamento interrumpir tu siesta amigo pero debemos irnos —Akamaru rápidamente se apresuró al lado de su amo, aún con expresión de soñolencia en su rostro.

—¿T-Tienes sueño Akamaru? —susurró Hinata inclinándose delante del perro y sonriendo. Estirando la mano y acariciando suavemente el blanco pelaje de su coronilla. En respuesta, el animal agitó la cola, feliz.

Shino volvió a hablar —Deberíamos irnos.

Ella se incorporó —C-Cierto. Lo siento. Adiós Kurenai-sensei.

Kiba hizo un gesto despreocupado con la mano y sin segundos miramientos comenzó a caminar de regreso a su hogar, rápidamente Hinata lo alcanzó tras despedirse de Shino que iba en otra dirección —Espérame K-Kiba —jadeó. Él se detuvo.

—¡Oh! Lo siento Hinata —sonrió—. Estaba distraído.

—Esta bien —replicó, recobrando el aliento y acelerando el paso hasta quedar a la par del chico. Kiba, a su vez, disminuyó la velocidad en la que caminaba para que Hinata pudiera seguirlo.

Por largos segundos el trayecto fue silencioso, y en todo lo que podía concentrarse era en el aire fresco de la noche y el aroma a hierba húmeda en el ambiente, producto del rocío, mezclado con lavanda. Era increíble que pudiera percibirlo tan clara y distintamente aún en ese preciso instante dado que el olor de Hinata tendía a ser sutil y bastante suave, el tipo de esencia que pasa desapercibido a cualquiera que no se detenga a olerlo o apreciarlo, y que siempre parecía opacado por olores más intensos. Más avasalladores que la lavanda. Kiba encontraba este hecho apropiado e irónico. El aroma de Hinata la reflejaba a ella a la perfección.

—¿Kiba? —el tono dulce de la joven a su lado llamó su atención. Su voz parecía cauta, dubitativa.

—¿Qué sucede? —preguntó sin mirarla, con la vista al frente. Ambas manos detrás de la cabeza.

Ella bajó la cabeza en un claro gesto de timidez e inseguridad —¿Estás triste?

Siendo tomado desprevenido por las palabras de ella se volteó a mirarla, parpadeando repetidas veces en señal de desconcierto —¿Qué?

Hinata comenzó a balbucear —B-Bueno... es que Kurenai-sensei d-dijo que estabas triste... por una chica —las últimas tres palabras salieron de sus labios en un susurro casi silencioso.

Su mandíbula se tensó —¡¡Esa Kurenai!! —vociferó indignado, apretando su mano en puño delante de su rostro—. ¿Qué te dijo?

Ella negó rápidamente con la cabeza, su larga cabellera negra malva oscilando con el delicado movimiento —N-Nada... solo eso.

Kiba chasqueó la lengua, bajando la cabeza y contemplando el suelo, aún fastidiado —¡Increíble!

La muchacha se atrevió a preguntar —¿E-Es cierto?

—¡¡No!! —aulló. Hinata retrocedió, trastabillando, colocando ambas manos delante de su cuerpo, contra su pecho, asustada por el repentino despliegue de furia de su amigo.

—¡L-Lo siento! —murmuró, cerrando fuertemente los ojos.

La expresión de Kiba se suavizó, comprendiendo entonces que se había excedido con ella. Hinata no tenía la culpa, o quizá si, pero no debía culparla a ella. No era justo. Golpeó su frente con la palma de su mano y dio un paso hacia la muchacha —No. Yo lo siento —se disculpó.

—N-No quise sonar entrometida... Lo siento.

Una amplia sonrisa se extendió por sus labios dejando ver las puntas de sus incisivos colmillos blancos —¿Sabes? —dijo inclinándose hasta quedar a la altura de ella, Hinata levantó la mirada, confundida—. Deberías dejar de decir tanto lo siento como si fuera siempre tu culpa.

—L-Lo siento —volvió a decir, torpemente. Y quiso disculparse por decirlo de nuevo, pero logró abstenerse. Kiba, al notarlo, rió.

—¡Vaya que eres insegura! Deberías gritarle a alguien de vez en cuando, descargarte.

—¿G-Gritar?

—¡Si! Ya sabes... cuando algo te molesta. Gritarles a todos que te dejen en paz.

—Yo... yo no... —el castaño contempló la luna y luego volvió la vista a su compañera.

—Lo se. Lo se. Eres demasiado amable para hacerlo.

—¿Eso es malo?

Él parpadeó —¿Malo? Nah. ¿Por qué lo sería? Está bien ser amable. Me gusta que lo seas. Sólo decía que deberías, alguna vez, desahogarte...

—¿Desahogarme?

—¡Exactamente!. Grita.

—¿Qué grite? ¿A-Ahora?

Kiba contempló los alrededores, se encontraban en una calle desierta, sólo ellos tres, junto a un terreno boscoso —¿Por qué no? No hay nadie aquí.

—P-Pero...

—Sólo hazlo —le indicó, tomando aire profundamente y exhalándolo en un gran grito—. ¡¡Aaaaaaahhh!! —vociferó, Akamaru comenzó a aullar a su lado, por unos instantes hasta quedarse sin voz. Luego ambos se detuvieron y, alborotando sus castaños cabellos, rió—. ¡Vaya! Eso se sintió bien. ¡Ahora tú!

Sintiendo de antemano sus mejillas arder de vergüenza inspiró, dejando que el aire llenara sus pulmones y luego lo dejó escapar en un suave gritito, apenas audible —Aahh.

El Inuzuka rompió en estruendosas carcajadas, haciendo que Hinata se sintiera aún más abochornada —¡Lo siento! —se disculpó entre risas—. Pero no puedes llamar a eso gritar. Tienes que hacerlo con más fuerza, toma más aire e imagina que estás diciendo algo que nunca pudiste decir.

—¿Algo que nunca pude decir? —repitió. Sabía exactamente qué era. Esas palabras que por tantos años había callado y que la dañaban tan profundamente por dentro pero que a la vez la fortalecían. Que la hacían querer entrenar día a día, sangrar sus nudillos y esconder sus lágrimas, por él. Naruto. Quería ser fuerte por él, como él. Hacer que la notara. Decirle las dos palabras que por tantos años la habían estado consumiendo, y esta noche lo haría. O fingiría hacerlo, al menos por unos instantes.

Cerró los ojos lentamente y llevando ambas manos a su pecho volvió a inhalar —Aaaaaaahhh —exclamó y aunque su voz sonó igual de gentil que habitualmente el grito resultó claramente audible. Kiba la miró sorprendido y unos segundos después sonrió.

—¡¡Eso está mejor!! —dijo sonriente.

—¿S-Si?

—Claro que si. ¿A que se sintió bien?

La joven bajó la mirada y asintió, sintiendo su respiración agitada y el latido de su corazón errático palpitar contra el interior de su pecho. Al instante de gritar, una oleada de adrenalina la invadió, seguida de un momento de relajación y paz, que la dejó desconcertada —S-Si.

El castaño se inclinó para observarla —Aunque... tengo curiosidad. ¿En qué pensaste? —el color rosáceo que adquirieron las mejillas de ella lo dijeron todo—. Déjame adivinar ...mmm... ¿Naruto? —bromeó. La chica se removió en su lugar, nerviosa.

—¡K-Kiba!

—Bien. Bien... Lo siento —rió.

Los ojos marfil de ella se posaron en él —¿Tú en que pensaste?

—En nadie —replicó, la chica lo miró desconcertada y fue entonces que Kiba comprendió su error, y se sintió un tonto por tal torpeza. Por tan burdo desliz. Hinata había preguntado en "qué" pensaba y fue él quien asumió que ella se refería a un quien. Quizá esas intenciones nunca hubieran estado en la muchacha en primer lugar. Lo cual era lo más probable pues Hinata rara vez solía hablar con dobles intenciones. Estúpida gramática. Pensó frustrado. Una palabras equivocada lo había colocado en un dilema.

—¿K-Kiba? ¿Es v-verdad que estás triste por alguien? —volvió a preguntar preocupada. Lo cierto era que no quería que ningún miembro de su equipo sufriera o resultara herido. Aún recordaba la muerte de Asuma tres años atrás y los efectos que produjeron en Kurenai. Aún la recordaba llorando frente a la tumba de él y las bolsas negras debajo de sus ojos por la falta de sueño. El hecho la había desgarrado, desde adentro hacia fuera, y aún con el nacimiento de Kohaku las cosas no había mejorado. Aún lloraba y se la veía agotada. Desgastada. Recién dos años atrás Kurenai había vuelto a sonreír, cuando el niño había dicho por primera vez "mamá".

—¡Nah! —replicó el castaño mirando al cielo estrellado con aire distraído, evitando por todos los medios fijar sus negros ojos en ella, procurando que no notara lo incómodo que estaba en aquel preciso instante, respondiendo aquella pregunta de la que él mismo carecía de respuesta—. Soy más bien un lobo solitario, ya sabes...

—Oh.

—En fin —exclamó apartando el centro de atención de ese tópico particular de conversación—, ya estamos aquí.

Hinata se volvió para ver que, efectivamente, se encontraban en la entrada del recinto del clan Hyuuga. Sorprendida parpadeó un par de veces, luego se volvió al chico —¡Oh! K-Kiba, no debiste acompañarme... tu casa...

—Está bien, Hinata —aseguró, sonriente—. Akamaru disfrutó mucho el paseo ¿Verdad amigo? —en respuesta el animal agitó la cola y dejó escapar un ladrido de felicidad. La joven sonrió e hizo una leve reverencia, despidiéndose finalmente de ambos e ingresando al interior de su hogar. Una vez desapareció de vista Kiba inhaló, sintiendo el aroma a lavanda y té verde persistir en el aire. ¡Maldición!. Pensó alarmado, aún entonces no podía sacar la esencia de ella de su mente. Aún estando ausente seguía oliéndola en la distancia. Y no quería. No deseaba percibirla. No la quería en su cabeza. No de esa forma.