Disclaimer: Ningún personaje de Naruto me pertenece.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Primero que nada, disculpen el estar subiendo este capítulo tan tarde, perdón. Tuve un problema con la compu que no pude solucionar antes. Disculpen. Como siempre, gracias a todos por tomarsela molestia de leer mi humilde y historia y, más aún, gracias a aquellos que roban de su propio tiempo para hacerme saber su opinión. Gracias. Espero que el capítulo sea de su agrado. ¡¡Nos vemos y besitos!!
Imperfección
X
"La chica de la mirada triste"
Contempló su reflejo en el espejo por unos instantes, no había sido su intención hacerlo, sin embargo, el objeto se había atravesado en su camino provocando en ella una atracción magnética que encontraba imposible de ser ignorada. Siendo honesta consigo misma debía admitir que los espejos no eran verdaderamente de su agrado, nunca lo habían sido. Quizá desde niña, tal vez, pero no lo recordaba. Y con los años había crecido evitándolos. Temiéndoles. No por aquellas tradiciones que decían que eran capaces de absorber el alma, porque ella no las creía, eran meras supersticiones. No, no por ello les temía sino por lo que reflejaban, la imagen que devolvían, una imagen de ella, pobre, vacía y de aspecto débil. Una burda efigie de lo que debería ser una Hyuuga. Esa era la imagen que veían los demás, la imagen que su padre veía. De hecho, contemplar aquel cristal vacío era como verse reflejada en los ojos de él. Verse como la veía él. Como una molestia, un error. Eso era ella para Hiashi Hyuuga, un error. Una falla inesperada, un malentendido. Algo que debía ser ignorado porque no hacerlo traía bochorno, vergüenza.
Vergüenza. Pensó, notando los ojos níveos de la chica que devolvían la mirada frente a ella, al otro lado del espejo, ese espectro, adquirir un tinte de melancolía y tristeza. Un rasgo que con el tiempo se había vuelto característico de Hinata pues eso era ella, la chica tímida, sin valor y rara de la mirada triste. Aquella que se levantaba una y otra vez del suelo esperando un progreso que rara vez llegaba. Algo que la hiciera fuerte. Algo que la cambiara, que la hiciera menos imperfecta, menos ella. Pero nunca llegaba, aún era tan invisible como siempre lo había sido para Naruto.
Algo que jalonaba el borde de su habitual campera blanca y lavanda, llamó su atención y bajando la vista notó que se trataba del pequeño hijo de su sensei, al que cuidaba en aquellos momento —¿Por qué estás triste?
Una débil sonrisa se extendió por sus rosados labios y el rubor trepó sutilmente a sus mejillas —N-No, Kohaku. No estoy triste.
El chico continuó observándola con aquellos ojos carmesí como si no le creyera —Pareces triste, como cuando mamá mira por mucho tiempo la foto de papá en la repisa. Y entonces llora. ¿Vas a llorar?
La joven rápidamente negó con la cabeza, llevando ambas manos a su pecho e intentando contener el balbuceo que sabía moldearía sus palabras en el instante en que estas escaparan de sus labios —N-No. N-No voy a llorar.
—Mamá llora, a veces, cuando cuida sus flores —murmuró Kohaku señalando la pequeña maceta fuera de la ventana donde crecían aquellas misma hermosas flores rojas que habían augurado la muerte de su amado. Hinata contempló los pétalos carmesí con tristeza. Sin saber que decirle realmente al pequeño niño —Umm...
Afortunadamente para ella, alguien golpeó la puerta en aquel preciso instante, salvándola de tener que decir algo respecto a las razones por las que Kurenai lloraba a veces.
Bajando la cabeza, susurró —Debo a-atender —indicando al niño, con un gesto ligero de la mano, que fuera a jugar con sus juguetes, los cuales estaban regados por el suelo del comedor. Obedientemente, Kohaku se marchó, dejándose caer en el piso y tomando entre sus manos un shuriken de madera, sin puntas.
La Hyuuga sonrió débilmente y se encaminó a la entrada, evitando esta vez volver a contemplar su reflejo en el espejo mientras avanzaba hacia la puerta, tomando el picaporte con sus largos y delgados dedos, mientras lo giraba con lentitud. Sus ojos marfil se abrieron desmesuradamente al ver de quien se trataba.
Al otro lado de la puerta se encontraba Kiba, de pie y erguido, contemplándola con una sonrisa —¡Hey! —la saludó, haciendo un gesto de la mano.
Hinata parpadeó desconcertada —Umm... ¿K-Kiba? ¿Q-Qué haces aquí?
El castaño rascó su nuca, sonriendo aún más ampliamente, mostrando sus largos colmillos —Pues... le dije a Shino que viniéramos a ayudarte pero resulta que él tenía una misión con su padre así que decidí venir yo. A hacerte compañía, al menos. Pensé que podrías necesitarla.
Kohaku, al ver de quien se trataba, sonrió y corrió hacia la entrada, sonriendo —¡Kiba!
Kiba devolvió el gesto, alborotando los cabellos azabache del pequeño niño con la palma de su mano, como si se tratara de un perro —¡Hey, cachorro! —exclamó.
El niño cruzó sus brazos tercamente, bufando —¡No soy cachorro! —sonsacando al Inuzuka una sonora carcajada.
Volviéndose a Hinata, sonrió, su expresión como siempre una de absoluto desenfado —En fin ¿Nos quedaremos toda la noche en la puerta?
La Hyuuga negó violentamente con la cabeza, bajando la mirada y tomando con ambas manos el doblez de su campera. Apartándose cortésmente para que su amigo ingresara al apartamento —¡N-No! L-Lo siento, K-Kiba!. Umm... Pasa.
El joven rió, contemplándola de reojo al pasar, colocando ambas manos detrás de su cabeza —No tienes que ser tan educada conmigo, Hinata.
Una suave sonrisa agració sus delicadas facciones —N-No fue mi intención.
—Ey... solo bromeaba —olfateó, de forma inconsciente, por un instante el ambiente, percibiendo todo lo que había a su alrededor. Captando cada aroma y esencia del lugar. Aroma a rosas y bebé, lo mismo de siempre, y podía sentir levemente el olor de Hinata almizclar el ambiente. Ligero y sutil, tal y como lo era ella.
Con cierta curiosidad, caminó hasta la cocina, como si se tratara de su propia casa, seguido muy de cerca por la chica que al parecer no comprendía lo que estaba haciendo. Comprendió finalmente que intentaba Kiba al verlo tomar con su mano una roja manzana y girarla entre sus dedos, contemplándola distraído —¡No me digas que esto es tu cena!
La muchacha pareció avergonzada por el hecho —B-Bueno... —él, sin miramiento alguno, le dio un gran mordisco, enterrando sus caninos en la pulposa fruta, sintiendo el dulce jugo escurrir por su lengua—. ¡O-Oh!
—Ahora tendrás que cenar otra cosa —masculló, orgulloso, masticando el trozo de manzana—. Comida de verdad.
—Y-Yo... no q-quería c-comer la c-comida de Kurenai-sensei.
El castaño chasqueó la lengua, arrojando el corazón de la fruta al cesto de la basura y caminando hacia el refrigerador con desenvoltura, abriendo la puerta de un tirón —A Kurenai-sensei no le importará. Lo sabes —escaneó el interior, inclinado sobre el electrodoméstico.
—L-Lo se.
—¡Genial! —sacó algo de carne de la nevera, y algo de arroz—. ¿Qué te parece si nos preparamos algo, mientras Kohaku come?
—Umm... ¿K-Kiba? ¿Tú sabes cocinar?
El chico sonrió avergonzado, rascando su mejilla con el dedo índice de su mano libre —Eh... bueno... en realidad, no. ¿Esperaba que tú pudieras hacerlo? —rió nerviosamente—. Dado que sabes como. Yo soy un desastre y probablemente terminaré incendiando el apartamento de Kurenai con nosotros adentro —bromeó. Sonsacándole a Hinata una sonrisa.
La joven extendió la mano para tomar los ingredientes de las manos de él, las comisuras de sus labios aún levemente hacia arriba —S-Supongo que puedo...
Él sonrió, exclamando alegre —¡Genial! —y segundos después abandonó la cocina en dirección hacia donde se encontraba el pequeño hijo de su sensei, el cual al verlo sonrió para luego fruncir el ceño, dándole un indicio a Hinata de que, una vez más, lo había llamado "cachorro". Y sabía ella cuanto molestaba aquello al niño. Sorpresivamente, se encontró riendo. Era una carcajada suave y distendida, tímida quizá, como lo era ella, pero una carcajada al fin. Un simple gesto que la había hecho olvidarse, si bien por un instante, la tristeza que segundos antes de que el chico llegara había sentido. Tristeza que encontraba difícil de ignorar.
Aún sonriendo débilmente se dio media vuela hacia la cocina y tomando una cacerola de Kurenai comenzó a preparar la comida que Kiba había sugerido, trozando la carne en pequeños pedazos y colocándola en la olla sobre el fuego. No haría nada demasiado complejo, para no abusar de la hospitalidad de Kurenai, solo estofado y un poco de arroz para acompañar.
Contemplando de reojo la cacerola, comenzó a cortar delicadamente una gran cebolla con un cuchillo que había encontrado sobre la mesa y lavado, sintiendo inmediatamente el fuerte aroma ascender a su nariz y provocarle escozor en los ojos. Escozor que en cuestión de segundos se convirtió en lágrimas, incesantes lágrimas que no dejaban de descender por sus mejillas tras abandonar sus pálidos ojos blancos. Odiaba cortar cebollas, tanto como odiaba llorar, pues de tanto forzarse a no hacerlo, cuando empezaba no lograba parar. Y entonces ya no se trataba de las cebollas, se trataba de algo más.
Tan sumida en sí misma estaba, forzándose a no lagrimear, que no percibió la presencia de alguien detrás de ella hasta que el pecho del chico entró en contacto con su espalda —Mmm... —gimoteó por encima del hombro de ella, olfateando curiosamente el aroma que escapaba de la cacerola con una expresión de placer—. ¡Huele delicioso!.
Hinata, rápidamente, limpió con la manga de su campera los rastros de lágrimas de su rostro —L-La cebolla me hace llorar... —susurró intentando explicarse. Solo entonces se percató de la proximidad de su amigo, la cálida respiración del chico chocando ligeramente contra su nuca, erizándole los vellos. Lo cierto era que Hinata no estaba familiarizada con tal cercanía por parte de ningún hombre, tomando como excepción las misiones donde trivialidades como aquellas perdían importancia, pero ahora estaba perfectamente conciente de sus alrededores y la proximidad de su compañero de equipo, aunque se tratara solo de eso, la incomodaba. En demasía. Aún recordaba una situación similar con Shino años atrás y desde entonces el chico había sabido mantener su distancia de ella, por respeto y por elección propia. Kiba, por otro lado, era distinto del Aburame, que prefería la soledad y la distancia por cuenta propia. El castaño era más físico y rara vez trazaba límites en relación a la proximidad con los demás.
Conteniendo el aire, avergonzada por su conducta infantil, deseó que él retrocediera un paso, pero no lo hizo —Umm... ¿K-Kiba?
El castaño giró la cabeza levemente con curiosidad, empeorando la situación para la pobre muchacha que ya casi no toleraba la proximidad de él —¿Uh?
—V-Ve a ver a Kohaku —susurró.
Una sonrisa avergonzada agració sus facciones. Riendo, rascó su nuca, dando finalmente aquel tan esperado paso hacia atrás —Eh... ¡Jeje! Tienes razón, creo que me dejé llevar por el olor de la comida.
La Hyuuga suspiró aliviada y, luego de un instante, sonrió gentilmente observando a Kiba marcharse de regreso a la sala donde se encontraba el pequeño niño de tres años jugando. Permitió entonces olvidarse de todo, de su tonta incomodidad frente a la proximidad de cualquier figura masculina. De su padre y la decepción que sabía que sentía por culpa de ella. Y de la última misión funesta que había tenido. De todo, se olvidó de todo y continuó revolviendo el estofado con una suave y gentil sonrisa. Girando la cuchara alrededor del contenido. Distraída y con los ánimos levemente renovados. Y aunque sabía que aquel estado de temporal tranquilidad no duraría eternamente, y temía que fuera a acabarse pronto, no pudo evitar sino sentirse aliviada. Relajada y... ¿Feliz? ¿Era esa la palabra? El concepto resultaba ajeno y distante para ella. Sin embargo, sus amigos y compañeros de equipo siempre lograban generar un estado similar en ella, y por esa razón los apreciaba. Por ser los únicos que no tendían, con sus esfuerzos, a menospreciarla y rebajarla. Por ser quienes, a pesar de conocerla, permanecían a su lado, sin considerarla una simple molestia o una debilidad. Algo que debía ser ignorado y apartado del camino de ellos, aunque aún a veces se sentía de esa forma. Y es que simplemente no podía evitarlo, sin importar cuantas veces le dijeran que no, que no lo era. Ella, en su mente, aún era débil. No era lo suficientemente fuerte. Y el sentimiento le quemaba, más de lo que muchas veces podía soportar. Y, entonces, la mirada triste retornaba a sus ojos. Esa mirada que era lo único que le pertenecía.
