Disclaimer: No me pertence ningún personaje de Naruto, obviamente.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Como dije, hoy intenté subir este capítulo más temprano. De verdad, no me molesta hacerlo, siempre que pueda hacerlo lo haré. Y, como siempre, quería agradecerles a todos por tomarse la molestia de leer mi humilde fic y, si, sonaré reiterativa pero creo importante hacerlo. Gracias. Y gracias, también, a quienes me dejan un comentario con su opinión. Saber que de alguna forma lo disfrutan e interesa me hace muy feliz. ¡¡Gracias, a todos!!. Espero que el capítulo les guste... ¡¡Nos vemos y besitos!!
Imperfección
XIV
"Pertenencia y propiedad"
Apretó fuertemente los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos, aún así la furia y hostilidad no disminuyó, y aunque lo intentara con todas sus fuerzas no podía lograr recuperar el control de su cuerpo. No podía detener los temblores que lo invadían. Y es que era simplemente repulsivo, morboso inclusive, hasta enfermizo. Él lo era, sus ojos negros lo eran, la forma en que la miraban a ella lo era. Como si se tratara de un pedazo de carne solamente, un objeto de descarga de sus deseos carnales más oscuros y salvajes. Sólo un objeto, a eso la había reducido, un punto donde saciar sus más perversas fantasías. Algo, algo que quería hacer suyo.
—¡Detente! —masculló Kiba, el gruñido raspando las paredes de su garganta como una lija. Vio de reojo a Shino dar un paso hacia él pero luego se detuvo, imaginó que no querría acercársele en ese estado.
Aquel hombre lánguido de rostro perverso sonrió complacido, notando con sumo placer la reacción del chico iracundo frente a él, volviendo a fijar sus ojos una vez más en Hinata, transgrediéndola con la mirada —¿Qué me detenga?
—¡Para! —gritó una vez más, las garras de sus dedos prolongándose lentamente con el influjo de su chakra—. ¡Para!
Yuuma pareció ignorarlo, absorto en admirar la silueta de la chica con expresión sombría, pasando la punta de su lengua por sus blancos dientes, como saboreando la imagen mental que estaría formando en su cabeza.
Podía sentir la furia pulsar desde su interior contra los límites de su cuerpo, intentando quebrar las barreras que lo contenían, que lo retenían, mientras violentos espasmos sacudían su complexión, desatando su lado más salvaje, más oscuro, aquel que intentaba contener. La sensación de ardor intensificándose en la boca de su estómago, como ácido derramándose en sus entrañas, quemándolo todo a su paso. Sabía que no debía perder el control, era conciente de lo que sucedería si sucumbía a sus instintos, y deseaba hacerlo, en ese momento, deseaba dejarse llevar con todas sus fuerzas pero sabía que luego se arrepentiría, y la culpa sería insoportable. Por lo que debía controlarse, aún si aquel odio visceral que sentía fuera el sentimiento más fuerte que jamás hubiera sentido, aún si su mente comenzaba a enturbiarse y toda racionalidad lo abandonaba, debía resistir. Por su bien. Por el de ella. No quería que lo viera de esa forma, iracundo y animal, no quería aterrarla como sabía que lo haría. Simplemente no podía.
Una y otra vez se recordó a sí mismo respirar, repitió en su cabeza que se debía controlar pero sus músculos tensos y rígidos no parecían aflojar, las garras de sus dedos aguardaban listas para desgarrar, al igual que sus filosos colmillos que no parecían querer dejar escapar la oportunidad de enterrarse en la carne de alguien más. Era insana, inhumana quizá, aquella necesidad de rasgarlo todo a su paso, de hacerlo todo pedazos, hasta que fuera irreconocible, pero la encontraba sumamente excitante. Vibrante, en todo su cuerpo y ser. Lo anhelaba, sabía que lo anhelaba, que el dolor que le provocaba contenerse desaparecería si se arriesgaba, pero no podía, no quería. Aún no estaba listo para ceder. No.
Aún sin quererlo un bajo gruñido arañó las paredes secas de su garganta, escapando finalmente de entre sus dientes, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera impetuosamente. Intentando una vez más contenerse, siseó de dolor, enterrando sus garras en las palmas de sus propias manos, arrebatando unas líneas escarlatas de su propia sangre. Trémulo, llevó la mano a su boca y lamió la herida. Torpemente.
Hinata contempló la escena preocupada, sus manos alzadas frente a su pecho —K-Kiba, t-tu mano...
El castaño no pareció oírla, de hecho, no parecía oír a nadie más, ni la voz preocupada y temblorosa de Hinata ni los intentos de Shino de distraerlo y calmarlo. Estaba perdido, completamente perdido y absorto en una única meta, atacar a aquel hombre que continuaba viendo a Hinata de manera perversa. Deseaba destruirlo, infringirle el mayor dolor posible, erradicar aquella sonrisa socarrona e instigadora que le dedicaba, como retándolo a que lo atacara. ¡Oh! Y él lo haría, si volvía a contemplarlo de esa forma una vez más lo haría. Le arrancaría los ojos para que no pudiera volver a mirar a nadie nunca más.
Como si le hubiera leído la mente el hombre replicó, empujándolo al límite un poco más —Yo siempre obtengo lo que quiero.
Esas palabras terminaron de derribar los pocos restos de autocontrol que preservaba, derribaron toda racionalidad, si es que aún quedaba algo de ella en la mente de Kiba. Y quebrando toda barrera de dominio arremetió finalmente contra él, sin siquiera importarle nada más, olvidándose por completo de todo, anticipando únicamente el placer de estrellar sus puños contra aquella repugnante sonrisa, aquellos asquerosos ojos negros, el placer último de borrarle la expresión por completo. Sin embargo, algo a mitad de camino lo detuvo, lo paralizó, la frágil y pequeña figura de Hinata que acababa de interponerse entre él y su presa, con ambos brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo y en sus ojos blancos una expresión de desasosiego que nunca antes había visto. Jadeando agitado, centímetros antes de impactar con todas sus fuerzas contra ella, se detuvo en seco. Sus ojos abiertos desmesuradamente, sus manos aún temblando.
—Hi-Hinata... —resopló.
La muchacha dio un paso hacia él y colocó gentilmente su mano en el pecho del chico, cerrando sus dedos alrededor de la tela de su remera, bajando suavemente su mirada. Shino contempló la escena en silencio, apartado, junto con Akamaru.
Él la miró desconcertado —Hina-
Pero ella lo interrumpió —T-Tu mano... K-Kiba.
El Inuzuka negó con la cabeza, mirando por un breve instante piel desgarrada de la palma de su mano antes de volver su vista a la chica. El aroma a té verde y lavanda impregnándolo todo —No es nada.
—P-Puedo c-curártela...
Inquieto, rascó su nuca con la mano sana, aún contemplando el agarre de la chica sobre su ropa —No tienes que hacerlo.
—E-Eres m-mi compañero —susurró.
—¡Tsk! No me duele—ella hizo una mueca—. Pero puedes curármela si tanto lo deseas, Hinata. Aunque no es realmente necesario.
Asintió débilmente con la cabeza —P-Por favor...
Y soltándose finalmente de Kiba se encaminó hacia donde se encontraban sus cosas depositadas en el piso y agachándose frente a la mochila tomó un pequeño frasquito de ungüento que llevaba siempre consigo, algo de agua, para limpiar la herida, una toalla chica y unas vendas. Cuando se volteó él ya se encontraba a su lado, sentado con la espalda contra una roca, una pierna extendida, la otra plegada contra sí mismo y contemplando su herida con el ceño fruncido. El corte había sido realmente profundo. ¿Tan fuera de control estaba –suspiró- que no sentí ningún dolor?.
Algo rozó los jirones de su piel desgarrada e inconscientemente se encogió ante la dolencia, cerrando sus dedos sobre aquello que había entrado en contacto con su mano, la mano de Hinata —¡Oy! —pero al ser conciente de ello la soltó, rápidamente—. Lo siento.
—L-Lo s-siento K-Kiba, si te hice daño...
—¡Bah! ¿Cómo crees? Estoy bien, ya te dije, soy fuerte.
Ella sonrió amistosamente antes de bajar nuevamente la mirada y presionar con suavidad los bordes rasgados de la herida, haciendo que Kiba volviera a encogerse de dolor —¡Ouch! ¡Ouch! Estoy bien.
—Umm... K-Kiba p-puedes decirme s-si duele, n-no tienes que esconderlo. N-No me reiré.
Pero fue Kiba quien soltó una risotada —¡He! No te preocupes, sobreviviré.
—¡N-No f-fue eso l-lo que quise decir! —exclamó, preocupada de haberlo ofendido, pero Kiba solo rió un poquito más fuerte.
—Lo se.
—Oh —murmuró, y vertiendo un poco de agua sobre la herida limpió todo rastro de sangre, secando posteriormente su piel con la toalla chica de color lila. Luego, tomó el frasquito entre sus blancas manos, quitó la tapa a rosca e introduciendo dos dedos en el gel se dispuso a untarle aquello sobre el arañazo con intenciones de desinfectar la zona dañada. Con cuidado y gentileza, pasando la suave yema de sus dedos por la palma áspera del chico. El gel se sentía frío, debía admitir, pero la piel de ella parecía quemarle las venas, con cada roce, con cada frote de sus dedos, sentía encenderse cada vez un poco más, y temía que el sofoco se manifestara en su rostro, en su expresión, y Hinata notara cuanto disfrutaba en verdad aquella atención. Cuanto le provocaban sus inconscientes e inocentes caricias. Mal-dición –inhaló profundamente, intentando calmarse. Y sin quererlo, le apartó la mano.
—Umm... K-Kiba ¿T-Te hice mal?
La inocencia de ella nunca dejaba de sorprenderlo —No—, desde lejos Shino contemplaba a su compañero de equipo con ojos precavidos. Su mirada una de advertencia.
Tímidamente, Hinata alcanzó la mano de él y la tomó entre las suyas, cuidando de no dañarlo o provocarle dolor alguno, y con cautela comenzó a vendarle la herida, cubriendo una y otra vez la piel de él con las vendas. Concentrada plenamente en su tarea, y ajena por completo a la mirada fija e intensa de su compañero de equipo sobre ella.
Cuando finalmente terminó, alzó la vista con una sonrisa y en voz baja susurró —L-Listo —vacilando un segundo antes de recoger sus cosas y volver a colocarlas dentro de su mochila. Kiba continuaba contemplándola con una amplia sonrisa, sus largos colmillos centelleando a la luz de la luna.
Alguien, a pocos metros de distancia aclaró su garganta, asegurándose de captar la atención del miembro del clan Inuzuka —Acamparemos aquí.
Malhumorado contempló a Shino pues aunque no podía ver su expresión debajo de toda aquella ropa sabía que su amigo lo miraba con absoluta desaprobación, y quizá una sutil advertencia adherida a sus palabras, una advertencia que suponía debía saber interpretar.
—Bien —masculló incorporándose. Fijando sus ojos negros en los del prisionero, el cual aún permanecía contemplando a Hinata, sujeto por las muñecas y atado al cuello de su gran perro blanco, Akamaru.
Hinata se acercó al Aburame entonces, evitando deliberadamente mirar de soslayo al sujeto que seguía devorándola con la mirada, intentando suprimir los escalofríos —Umm... S-Shino ¿Q-Quieres q-que busque algo de agua p-para el viaje de m-mañana? Hará calor...
El mencionado la miró por un instante antes de asentir solemnemente y voltearse al otro miembro de su equipo, mientras Hinata desaparecía entre los árboles más cercanos —Kiba.
—Me quedaré con el prisionero —aseguró antes de que Shino pudiera siquiera decirle algo, rechinando los dientes irritado. El Aburame pareció querer contradecirlo un instante pero luego desistió, considerando quizá que Kiba podría contenerse cerca de Yuuma si Hinata no estaba en los alrededores.
—Bien —murmuró extendiendo ambos brazos de cuyas mangas salieron decenas de insectos pequeños y negros—. Haré un reconocimiento del terreno y regresaré. Recuerda la misión.
Y sin decir más desapareció. Kiba puso los ojos en blanco en respuesta, cuando su amigo estuvo fuera de vista y repitió —"Recuerda la misión" —en son de burla. ¿Con quien creía Shino que hablaba? Él era perfectamente capaz de mantenerse enfocado en su deber, el incidente de antes había sido tan solo un pequeño desliz. Lo había tomado desprevenido, eso era todo. Por lo que dándose media vuelta juntó unas cuantas ramas y varas de los árboles y las acumuló en el centro del lugar donde habían decidido acampar, formando una pila. Satisfecho consigo mismo dio unos pasos hacia atrás y contempló su trabajo orgulloso, luego tomó dos rocas e inclinándose frente a la madera comenzó a friccionarlas, hasta que una chispa escapó perdida y cayó sobre las ramas, devorándolas todas en un fuego voraz rápidamente.
—¡Listo! —exclamó incorporándose y limpiando sus manos la una contra la otra. Unos metros detrás de él Akamaru ladró, sin siquiera voltearse a contemplarlo respondió, sonriendo —La práctica hace al maestro, amigo.
Y sin decir más bordeó la fogata y se dejó caer sobre la hierba junto al gran cánido, ignorando deliberadamente la presencia de aquella repulsiva persona junto a su perro. Tomando un kunai de su portaobjetos comenzó a afilarlo, mirando de vez en cuando al cielo.
—Es una gran noche ¿No crees Akamaru? —el mencionado ladró alegremente en respuesta. A su lado, la silueta del prisionero se removió incómoda en su lugar. Kiba se volteó a verlo —Quédate quieto.
El hombre rió —¿Es una orden? —el tono de burla disparando la furia de Kiba una vez más.
—¿Estás cuestionando mi autoridad? —el hombre pareció encontrar el comentario aún más divertido pues simplemente se limitó a sonreír de aquella retorcida forma—. ¡¿Qué es tan gracioso?!
—Tú —los nudillos del castaño se tornaron blancos una vez más de apretar las manos en puños, pero se contuvo—. No eres nada diferente a mí.
Apretó los dientes, ofendido —No me parezco en nada a ti, no te atrevas a compararme con alguien tan patético y degenerado como tú.
Una profunda y sombría carcajada llenó el silente ambiente de la noche, haciendo que el Inuzuka sintiera aún más deseos de golpearlo y erradicarle de una vez por todas aquella repulsiva sonrisa —Vi como la miras.
Kiba volvió a concentrar su atención en el cuchillo que estaba afilando en aquel momento. No tengo porque oír sus enfermizas teorías. Pero el hombre continuó hablando, ignorando el hecho de que su oyente parecía no oírlo más, sin embargo sabía que lo oía, y que lo oiría, en el instante en que dijera lo que tenía que decir lo haría porque no podría evitarlo.
—La quieres para ti, quieres marcarla como si se tratara de tu propiedad. Eso te hace igual a mí.
Kiba apretó los dientes una vez más, aún con la mirada en el objeto que tenía entre manos, sin embargo ya se había resignado a afilarlo, su atención completamente puesta en las palabras del hombre a su lado —Ya te lo dije, no soy como tú. Nunca seré como tú.
—¿Por qué? ¿Sólo porque etiquetas de otra forma la atracción que sientes eres distinto? ¿Crees que eso te hace mejor? Que lo llames de otra forma no cambia el hecho de que quieras poseerla.
—Cállate, no sabes de qué demonios estás hablando.
La expresión del hombre se tornó una de absoluto placer —Oh... si lo sé. Eres igual a mí.
Finalmente el castaño se volvió a Yuuma, crispado de furia e indignación —Te dije que te callaras. Yo jamás tomaría algo que no es mío por la fuerza.
—Eso te hace un cobarde, no diferente a mí.
—Estás enfermo —replicó con desdén.
El hombre simplemente rió, con la ligereza propia de una conversación inocente y amena, no adecuada para la situación del momento. Simplemente rió, complacido. A pesar de las palabras del joven sabía que lo había perturbado, había sembrado la semilla, y le provocaba placer ver que había tenido éxito en lograrlo. Kiba, definitivamente parecía alterado.
A lo lejos, un grito agudo y desgarrador se oyó, seguido de una carcajada siniestra y gutural a su lado. Si siquiera considerarlo se puso de pie y se envaró, desconcertado. Conocía esa voz femenina, la conocía a la perfección pero el único peligro para ella permanecía aún a su lado, atado a Akamaru. Entonces ¿Qué podría haber pasado? —¡¡¡Hinata!!!
