Disclaimer: No me pertenece ningún personaje de Naruto.

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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien, y espero que hasta el momento la historia sea de su agrado. Como siempre, gracias a todas las personas que le dieron una oportunidad a mi humilde fic. Gracias por tomarse la molestia de leer cada capítulo día a día. Y, aún más, gracias a todas esas personas que toman tiempo de su vida para hacerme saber su opinión; se los agradezco. ¡¡Gracias a todos!! Espero que el capítulo les guste. ¡¡Nos vemos y besitos!!


Imperfección

XVI

"Sin arrepentimientos"

Partieron a primera hora de la mañana, en vistas del largo trecho que aún les quedaba por recorrer. Y era, de hecho, el peor tramo; donde los bosques desaparecían poco a poco y el desierto ocupaba su lugar, inmenso e interminable, hasta la aldea de la arena. Además, el hecho de no haber conciliado el sueño en toda la noche suponía una clara desventaja para ellos. La sola idea de tener que atravesar el desierto en tan solo un día, con las temperaturas extremas que tendrían que soportar, y el absoluto cansancio que sentía, fastidiaba a Kiba. Sin mencionar, indiscutiblemente, las razones obvias que ya de por sí lo tenían fastidiado.

—Estúpido clima del país del viento —masculló luego de un rato cuando ya los últimos árboles espaciados habían quedado atrás y a su alrededor solo se veía arena, dunas y dunas de arena dorada—. ¿Por qué demonios tenía, la aldea, que estar en medio del desierto?

—Por eso se llama aldea oculta de la arena —señaló Shino, inmutable y serio como siempre.

Kiba torció el gesto —Gracias —ironizó—, ya lo había deducido por mi cuenta. Era un pregunta retórica.

El Aburame no dijo nada y simplemente continuó caminando, manos en los bolsillos y vista al frente; como siempre, cubierto de todas aquellas ropas grandes y holgadas que habitualmente usaba. Se preguntó entonces como haría su amigo para siquiera respirar con tanta ropa.

—¡¿No tienes calor con todo eso?! —musitó, jadeando exhausto por el abrasivo calor que parecía quemarle hasta los huesos.

Shino negó con la cabeza —Me protege del sol, el viento y la arena. Además, evito deshidratarme reabsorbiendo mi propio sudor que queda en las ropas.

El castaño hizo una mueca de disgusto —Eso es desagradable —pero, por otro lado, Shino siempre lo era. Después de todo, su cuerpo era una colmena viviente de insectos.

Continuaron, a pesar del calor infernal, caminando por horas y horas a través del desierto. Cruzando las dunas una tras otra, sin sentir que avanzaban. Por momentos, inclusive, tenía la sensación de estar atrapado en un remolino de fuego; simplemente encontraba imposible que tanto calor pudiera arremolinarse a su alrededor de tan cruel manera; sencillamente inhumano. Pero no podían detenerse, aún a pesar de la adversidad, no debían hacerlo, porque la noche en el desierto sería inclusive peor, sabiendo de antemano que las temperaturas descenderían bruscamente hasta alcanzar grados centígrados inferiores a 0, provocando descompensaciones en sus cuerpos difíciles de sobrellevar.

Hinata se acercó entonces con una pequeña cantimplora en mano, la cual ofreció modestamente a su compañero de equipo —Umm... K-Kiba ¿Q-Quieres un p-poco de agua? No es m-mucha pero...

El chico sonrió, arrebatando el objeto de sus manos, feliz de un breve instante de redención —¡¡Gracias Hinata!! —exclamó.

Ella devolvió una suave sonrisa —D-De nada.

Y sin pensarlo siquiera dos veces llevó desesperado el objeto a su boca, vertiendo el contenido fresco y húmedo por su garganta, sintiendo el inmenso placer del agua correr por su boca, como nunca antes lo había sentido. Pensó, entonces, que el agua debía ser la bebida más sabrosa del mundo –aunque aquello fuera claramente imposible dado que una de las características del agua era que era, exactamente, insípida-; aún así la sintió deliciosa.

—Ah... —jadeó con los ánimos renovados. Aunque fuera absurdo pensarlo, pues aún era demasiado pronto, ya se sentía nuevamente hidratado. Revitalizado. Como si pudiera continuar el trayecto sin detenerse una vez más, aunque la sensación de eterna sed no lograra abandonarlo.

De todas formas, continuó; continuaron su camino hacia la aldea oculta de la arena por algunas horas más, horas que le parecieron eternas bajo aquel ardiente sol que quebraba la tierra, horas interminables pero que lograron sobrevivir. A pesar de todo. Y que finalmente se vieron recompensadas cuando las altas murallas de piedra que rodeaban la aldea aparecieron a la vista, allí, a pocos metros, al alcance de todos.

Sin siquiera perder más tiempo se aventuraron a la entrada del lugar, donde inmediatamente fueron detenidos por dos hombres que aparentaban ser guardias de la aldea. Kiba frunció el ceño.

Pero fue Shino quien decidió hablar, dado que él era mas diplomático que su compañero a la hora de expresarse y negociar —Venimos de la aldea de Konoha por orden del Kazekage.

Los hombres los contemplaron de forma suspicaz por un instante antes de responder —¿Por qué motivo?

Shino volvió a hablar, señalando al hombre que traían amarrado del cuello del gran perro blanco —Venimos escoltando a este prisionero.

Una tercera voz, detrás de los dos hombres armados y de pie en la entrada, intervino en la conversación; su tono arrogante y socarrón —Está bien, yo me haré cargo.

Inmediatamente, ambos hombres hicieron una pronunciada –y, en opinión de Kiba, exagerada- reverencia y se hicieron a un lado, permitiendo el paso de los recién llegados.

El recién llegado; Kankuro, sonrió —Mira lo que trajo la tormenta del desierto —ironizó. Contemplando al Inuzuka con una sonrisa de satisfacción—. ¿Sigues tan blando como siempre?

Kiba torció el gesto, claramente fastidiado por el comentario de Kankuro. De aquella vez habían transcurrido ya 5 años y no podía creer que aún le restregara en el rostro que había sido incapaz de derrotar a Sakon y Ukon, cuando él lo había logrado en cuestión de minutos. Por supuesto, el factor decisivo en su combate había sido el hecho de que ambos enemigos permanecían debilitados de antes, trabajo que había llevado a cabo Kiba junto con Akamaru, pero eso Kankuro jamás lo admitiría. Jamás le concedería ese crédito en voz alta, su orgullo no lo permitiría. No que a Kiba le importara; de todas formas, estaba agradecido de que hubiera llegado en aquel preciso instante, pues, a pesar de todo, le debía a aquel hombre su vida.

Una sonrisa se cruzó por sus labios —Podría ganarte cualquier día —replicó—. ¿Tú sigues jugando con muñecas?

Ante esto, el hermano del Kazekage simplemente rió, comenzando a adentrarse en las calles de la aldea, seguido de los recién llegados shinobi de Konoha —Le debes tu vida a mis "muñecas", chucho.

El Inuzuka se limitó, por el resto del camino, a mirarlo con recelo; ignorando la expresión socarrona y arrogante del shinobi de la aldea de la arena, que caminaba unos metros más adelante, junto a Shino. El Aburame, en cambio, parecía a gusto con la presencia de Kankuro y el respeto que manifestaba su compañero hacia el marionetista parecía ser genuino y puro, además de mutuo, pues Kankuro también parecía manifestar el mismo tipo de respeto hacia el chico. Lo cual mortificaba a Kiba aún más; Kankuro era una de las tantas personas que no lo tomaba en serio. Tal y como a veces solía hacerlo Shino, lo cual supuso los hacía similares. Eso, y el hecho de que ambos eran grandes estrategas y tendían siempre a ir un paso delante de los demás. Como Shikamaru. Él, por otro lado, no lo era. Nunca había sido un gran razonador y no había mucho que hacer al respecto.

Debió haber estado, inconscientemente, frunciendo el ceño porque Hinata, que caminaba a su lado, parecía preocupada —¿Qué?

La joven negó con la cabeza, susurrando con voz gentil y muy suave, bajando la mirada —¿T-Te s-sucede a-algo, Kiba?

La expresión de él inmediatamente se suavizó, sus filosos ojos negros vagando con cautela por Hinata —Nah. Sólo estoy cansado. Cruzar el desierto fue un fastidio. ¿Verdad Akamaru? —el perro, que caminaba junto a la muchacha, con el hombre aún sujeto a su cuello, ladró en respuesta.

Dieron una vuelta más en una de las esquinas y llegaron finalmente al edificio de piedra más grande de la aldea, al cual ingresaron guiados por Kankuro, quien caminaba adelante conversando con Shino sobre el viaje que el equipo 8 había realizado hasta allí y los detalles de la misión, en un tono estrictamente formal. Mientras, Hinata contemplaba distraída las ventanas circulares del corredor que dejaban atrás, observando el exterior con expresión entristecida y ausente. Se preguntó Kiba si su amiga estaría pensando en Naruto. Probablemente. Pero antes de que pudiera preguntar, o decir algo para sacarla de aquel estado melancólico, la voz de Kankuro lo distrajo, anunciando que habían llegado.

—Aquí —señaló, abriendo una puerta rústica que daba a un gran despacho, también de piedra. Adentro, se encontraba Gaara y, de pie, a su lado Temari. Ambos aguardando expectantes la llegada de los shinobi de Konoha.

Kiba pudo jurar, por un momento, que la llamativa y extrovertida rubia de Suna se sintió decepcionada al examinar a los viajeros recién llegados; si bien por un breve intervalo de tiempo, pensó que esperaba ver a alguien más. Alguien quizá un poquito más alto que Kiba, de cabello negro y expresión aburrida. Pero toda decepción, si es que eso era en verdad lo que el Inuzuka había visto en ella, desapareció de su rostro en un instante. Dejándola con aquella expresión adusta y arrogante de siempre.

Su mirada vagó, luego, al hombre alto de intensos cabellos rojizos y ojos cristalinos color turquesa; fijando sus pupilas, durante unos segundos, en las negras ojeras que contorneaban y delineaban su seria mirada. Recordando el terror que aquellos ojos solían producirle años atrás, a él, a Akamaru, quien temblaba con tan solo percibir el instinto asesino que de Gaara solía emanar. Ahora solo emanaba calma. Solemnidad, inclusive. Algo que nunca pensó percibir de alguien como él. Y sabía, aunque no quisiera admitirlo, que debía atribuir semejante logro a Naruto. Definitivamente el rubio era capaz de cosas irrealizables. Salvar a Gaara de su soledad y un destino asesino casi inevitable había sido una de esas. Debía conceder que reconocía en qué radicaba el poder de atracción de Naruto, ese poder que lo hacía único, el poder de cambiarlo todo. De hacerlo parecer todo posible, a pesar de la adversidad.

—Gaara —anunció, finalmente, Kankuro tras saludar a sus hermanos—. Ellos trajeron al prisionero Yuuma Satou desde Konoha.

El pelirrojo también pareció decepcionado de verlos a ellos, escaneando la habitación con la mirada en busca del rubio chico que tanto había hecho por él y su vida. Sin embargo, la expresión se desvaneció para dejar paso a una de absoluta serenidad —Entiendo. ¿Dónde está ahora?

Shino habló —Afuera de la habitación, sujetado al perro ninja de mi compañero, Kiba.
El mencionado se envaró, orgulloso —Akamaru lo vigila.

Gaara asintió —Ya veo. ¿Alguna observación que deban hacer al respecto?

Las miradas tanto de Kiba como de Shino se posaron entonces en Hinata, quien parecía meditar retraída sobre sí misma; intentando armarse de valor para confesar lo que había visto, lo que había sentido, en su mente. En los sueños, o pesadillas.

—Y-Yo... —Shino colocó una mano de forma tranquilizadora en el hombre de la chica. Hinata se sobresaltó al contacto repentino pero logró, luego, sobreponerse y serenarse; intentando poner las horribles sensaciones en palabras. Y lograr hacerlo sin tartamudear—. É-Él...

Kankuro presionó —¿Si? —a lo que recibió una mirada de reproche en respuesta, por parte de Kiba.

—Él... —repitió, sin lograr trascender de allí. Simplemente no podía, no encontraba las palabras en su garganta, en su repertorio léxico, para describir las atrocidades que había colocado aquel repulsivo hombre en su mente. Ni siquiera sabía si eran ciertas, o el simple producto de su retorcida y putrefacta mente. Fantasías de un hombre perverso lleno de maldad y con el poder de quebrar a una mujer de la peor forma posible. Sólo de recordarlo se sentía sucia, y la invadían inmensos deseos de llorar. A pesar de la fortaleza que se forzaba en mantener, la abatía el no poder lograr decirlo, pues sabía que estaba fallando. Y fallar, en su mundo, no podía ser una opción. Ya había fallado demasiado en su vida—. Y-Yo...

—Está bien —intervino Temari, para sorpresa de los presentes, quienes se voltearon a verla. Sin embargo, la mujer no manifestó prestar atención a esto; su vista fija únicamente en Hinata—. No tienes que decirlo frente a ellos —los ojos blancos de la joven se abrieron desmesuradamente—. Acompáñame.

Y sin decir más salió de la habitación, sin mirar atrás y sin dejar opción a reproches u objeciones. Simplemente se marchó, aguardando que la kunoichi de la aldea de la hoja la siguiera. Y así lo hizo, dudosa e introvertida, dejando solos a sus compañeros de equipo en compañía del Kazekage y Kankuro.

El pelirrojo habló entonces —Kankuro, llévalos a una habitación donde puedan asearse y refrescarse para el viaje de regreso mientras aguardan el retorno de Temari y su compañera.

Kankuro asintió, envarándose —Está bien —luego se volteó a ambos shinobi de Konoha y les indicó que lo siguieran. Abandonando también la habitación con paso apresurado.

Lo siguieron a través de los pasillos, junto con Akamaru que aún permanecía sujeto al prisionero, girando en las esquinas aquí y allá, dibujando cada recoveco. Contemplando la infraestructura del edificio con curiosidad. Parecía un laberinto y las ventanas circulares daban la sensación de estar viajando por lo pasadizos de un gran hormiguero repleto de personas atareadas. A veces, veían habitantes de Suna, ancianos mayormente, pasarles por al lado, sin siquiera voltearse a verlos.

—Aquí estamos —anunció finalmente deteniéndose frente a una puerta, tras haber pasado una serie de puertas idénticas.

Shino se adelantó un paso y giró la perilla —Gracias.

Kankuro sonrió, volviéndose a Kiba inmediatamente. Sin embargo, se sorprendió de ver que el castaño no permanecía junto a él como había creído sino que avanzaba ahora con paso decidido hacia Akamaru y, más concretamente, hacia aquel funesto hombre. Una sonrisa plasmada en los labios, sus colmillos asomando sutilmente.

Aún así la expresión de satisfacción de Yuuma no desapareció —Igual a mí —repitió.

Los dedos de su mano derecha se curvaron hacia dentro, crujiendo levemente, cerrándose en puño —No me parezco en nada a ti —y sin mayor preámbulo asestó un golpe con todas sus fuerzas en medio del rostro enfermizo y huesudo de aquel hombre, seguro de haberle quebrado la nariz en el proceso —En nada a ti —redundó, y dando media vuelta sacudió su mano en un intento de dispersar el daño que el golpe le había producido. Y aunque sus nudillos parecían arderle y romperse de dolor, no pudo evitar sonreír, ampliamente, viendo la expresión sorprendida de Kankuro y la de indiferencia de Shino, quien probablemente hubiera previsto que Kiba haría algo así y había decidido no detenerlo. Quizá porque él mismo lo hubiera hecho, si su personalidad lo permitiera.

—Ahora me siento mucho mejor —declaró sonriendo ampliamente.

Kankuro rió, liberando a Akamaru de la soga de su cuello que lo mantenía unido al prisionero —Vaya temperamento, chucho.

El Inuzuka no se ofendió por el comentario, esta vez, por el contrario, se sintió orgulloso de lo que había hecho y claramente satisfecho por haberlo golpeado. De hecho, si tuviera que repasar sus acciones, lo habría vuelto a hacer. Una y otra vez. Y, probablemente, Shino tampoco le diría nada entonces. Lo cual lo hacía todo más placentero.