Disclaimer: Ningún personaje de Naruto me pertenece.

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Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. Primero que nada quiero pedirles mil disculpas. ¡¡Perdón!! No quise subir el capítulo tan tarde, tuve una serie de inconvenientes y recién ahora pude dignarme a subirlo. Mil, mil perdones. Espero sepan disculparme. Y, como siempre, quiero decirles gracias. Por la paciencia, por tomarse la molestia de leer mi humilde historia y más aún por hacerme saber su opinión. Espero que el capítulo sea de su agrado. ¡¡Nos vemos y besitos!!


Imperfección

XVII

"Punto suave"

Salió del pequeño baño de la habitación renovado, completamente refrescado; con una toalla sujeta a la cintura y la otra colgada a los hombros mientras diminutas gotas perladas corrían por su cuerpo; sonriendo. En una de las camas, la más próxima a la única ventana circular del cuarto, Shino lo observaba con curiosidad, ambas cejas enarcadas por encima de las gafas oscuras.

—¿Qué? —preguntó desinteresado, inclinándose hacia delante y frotando sus alborotados cabellos cobrizos con la toalla que instantes antes había colgado de sus hombros. Ambos ojos cerrados.

El Aburame se encogió de hombros, señalando lo obvio —Estás de buen humor.

Kiba se enderezó y estiró sus brazos por encima de su cabeza, la toalla cayéndose de sus hombros desnudos —Ajá. ¿Por qué no lo estaría? La misión ya terminó y al fin pude refrescarme. Este clima es un infierno.

—Aún así...

—¿Qué? ¿Hay algo que quieres decir? —lo desafió, sin perder la expresión alegre de su rostro.

—Tu alegría trasciende los motivos que argumentas.

El castaño puso los ojos en blanco, dejándose caer en la cama con los brazos detrás de su cabeza —¿Otra vez con tus fastidiosas deducciones?

—La camaradería consiste en un intercambio constante de información.

Kiba se sentó de golpe, contemplando al chico indignado —¿Qué "información" se supone que no "intercambié" contigo?

La vista de Shino se volvió a la ventana circular junto a su cabeza —Deberías ponerte algo de ropa, Hinata puede regresar en cualquier momento de hablar con Temari.

—Cierto —masculló, incorporándose de la cama y comenzando a rebuscar en su mochila por una muda de ropa nueva, cuando finalmente la encontró, secó cuidadosamente su cuerpo, escurrió una última vez su corto cabello y se colocó un pantalón seco; tendiéndose una vez más en la cama, descalzo y con el torso al aire—. Me pregunto cuánto más tardará... hace ya tres horas que se fue.

Shino no respondió, por lo que recostó su cabeza contra la almohada y contempló el techo, dejando colgar su brazo izquierdo lánguidamente a un lado de la cama mientras con los dedos extendidos acariciaba la coronilla de Akamaru, que permanecía enroscado junto a la cama de su amo. El perro, complacido por la atención, levantó la cabeza para acercarla a la mano de Kiba.

Éste rió —Eres incorregible, amigo.

En ese instante la puerta se abrió y apareció Temari, imponente y erguida, seguida de una figura que modestamente permanecía de pie detrás de ella, mirando hacia abajo. Una vez que la rubia de Suna se hizo a un lado, Hinata surgió a la vista de ambos. Los ojos de Kiba se abrieron desmesuradamente. La muchacha ya no llevaba sus ropas habituales, holgadas y ordinarias, sino que vestía distinto; la Hyuuga llevaba un kimono negro, idéntico al de la hermana del Kazekage, largo hasta los tobillos y ceñido en la cadera y los pechos de la chica, acentuando sus curvas, y sujeto a la pequeña cintura de ella con un obi de color azul oscuro, a diferencia del de Temari que era rojo, armonizando con el color de su largo y lacio cabello.

—L-Lamento h-haber tardado t-tanto. T-Temari m-me ofreció d-darme un b-baño y m-me prestó ropa... —se disculpó, con la mirada fija en su regazo, jugando con sus manos incómoda; ajena a la mirada hambrienta y poco discreta de Kiba. Ante la cual Temari no pudo evitar soltar una carcajada, haciendo que el Inuzuka volviera en sí y avergonzado desviara la mirada.

Shino replicó a su disculpa, intentando confortarla, pero contemplando de reojo las reacciones de Kiba, quien parecía alterado —Está bien.

Aprovechando la intervención del Aburame, Temari se despidió y se marchó de la habitación; deseándoles buenas noches y cerrando la puerta tras de sí. Dejando al equipo 8 solo.

Hinata caminó, entonces, hasta su cama; la única que permanecía vacía, y se sentó con las piernas colgando hacia donde se encontraban Shino, Kiba y Akamaru –en medio de ambos lechos-, alisándose el kimono con ambas manos. Solo al levantar la mirada se percató del estado en que se encontraba su compañero de equipo más próximo, y de repente un calor la invadió, sofocándola de pena y vergüenza. Emociones que solían embargarla cuando percibía a alguno de sus dos compañeros de esa forma, semidesnudos, pues no estaba habituada a la imagen desnuda del cuerpo masculino. Y siempre que tal cosa sucedía procuraba por todos los medios ocultar la vergüenza, desviar la mirada, cubrir sus extremadamente rojas mejillas, pues no quería que la creyeran una tonta por tal reacción, que a su edad suponía ella debía ser irracional. Pero no podía evitarlo, la ingenuidad era tal, tan abrumadora, que no podía hacer otra cosa con ello. Y simplemente desviaba la mirada, apenada y atontada, por la imagen delante suyo. Inocencia que ocultaba un poquito, tan solo un poquito de curiosidad.

Y Kiba no ignoraba esto, lo sabía, sabía el porqué del sonrojo de Hinata, y lo disfrutaba. El color rosado de sus mejillas le complacía, sus ojos desviados deliberadamente del torso de él también lo complacían, porque era él la razón de tal reacción. Si bien no era él, concretamente, al menos su cuerpo lo era. Y aquel furtivo rubor nada tenía que ver con Naruto, al menos en ese instante, cualquier pensamiento de Naruto estaría soterrado en lo más profundo de su mente.

Sonriendo, salió de un salto de la cama y se echó una remera al hombro para volver luego a ésta, sobre la cual se dejó caer —Oy, Shino —se volvió al Aburame—. ¿A qué hora partiremos mañana?

—07:30.

—¡¿Qué?! ¿Tan temprano?

El Aburame asintió —Debemos abandonar el desierto antes del mediodía.

—Estúpido clima —maldijo Kiba, sonsacando a Hinata una suave carcajada que inmediatamente lo contagió. Volviéndose a ella le sonrió, sus cabellos caoba esparcidos por la blanca almohada. Cerrando suavemente lo ojos inhaló el aroma que emanaba de Hinata, intoxicándose de ella. Su olor, su esencia, últimamente, se había vuelto narcótica. Adictiva. Tentándolo a cruzar la línea, a traspasar descaradamente el límite instaurado; rozando la línea imaginaria con la yema de los dedos. Y cada vez que ese sentimiento lo embargaba se sentía sobrecogido y debía retraerse, calmarse e intentar controlarse. No quería, no podía dañar las cosas más allá de lo reparable.

Cuando, finalmente, abrió una vez más los ojos notó en primera instancia el ascender y descender agitado de su pecho desnudo. Su respiración, antes pausada, se había transformado ahora en cortos jadeos secos que abandonaban sus labios como pequeños espasmos. No quiso ver a ninguno de los dos lados pues sabía que tanto Shino como Hinata estarían observándolo, la primera preocupada, quizá, el segundo desconcertado; preguntándose que podría haber pasado por su mente en aquel instante para provocar tal reacción de su cuerpo.

—K-Kiba ¿E-Estás b-bien? ¿Puedes respirar?

Él asintió, jadeante, un pensamiento contradictorio cruzando en ese instante su cabeza. Contigo cerca, no.

—¿N-Necesitas a-aire? Shino p-puede abrir la ventana ¿V-Verdad? —vio de reojo asentir a su otro compañero de equipo.

Recuperando el aliento, replicó —No, estoy bien —y se incorporó de golpe—. Iré a tomar algo de aire fresco. ¿Akamaru?

El perro respondió inmediatamente al llamado de su amo y sin siquiera dudar se puso de pie, acercándose a Kiba mientras este pasaba una remera por su cuello y se cubría encima con una campera similar a la que había usado cuando tenían 13, solo que color marrón oscura.

—No me esperen despierto —masculló y sin decir más abandonó la habitación, cerrando la puerta de un portazo detrás suyo, con Akamaru a su lado.

Caminó por los corredores de piedra sin tener la menor idea de adonde se dirigía, girando aquí y allá en una bifurcación o una esquina, contemplando las ventanas que iba dejando atrás sin el menor interés alguno, hasta que alcanzó la entrada del edificio. Entonces lo abandonó, ignorando el lamento de Akamaru, que lloriqueaba a su lado.

—No te preocupes amigo, no iremos lejos. Supongo... Solo necesito aclarar mi mente —Akamaru soltó un ladrido—. No, no estoy enfadado con ella.

El frío del desierto en la noche azotó su rostro descubierto y retrayendo sus manos del exterior las refugió en el interior de sus bolsillos, rehusándose a regresar a pesar de la baja temperatura que agarrotaba a su cuerpo con ímpetu. A pesar del frío que se colaba por sus labios, descendía cruelmente hasta sus pulmones y regresaba una vez más a su boca en forma de vapor. Pues a pesar del frío, de la oscuridad y de la noche, a pesar de todo, no regresaría. No hasta que aclarara sus ideas y pudiera volver a respirar. Hasta entonces no lo haría.

Inhaló profundamente, agradecido de que la helada quemara su olfato como lo hacía y lo dejara entumecido. No quería percibirla, no quería sentirla llenando cada rincón de su cabeza, ocupando cada esquina de su memoria. Era abrumante.

El gran perro blanco ladró, preocupado por el estado melancólico y caótico de su amo —Estoy bien, Akamaru. Solo un poco cansado.

Y por un largo trecho más continuaron caminando por las calles de la aldea hasta que alcanzaron un pequeño lugar con dos árboles solitarios y enfrentados. Acercándose lentamente, pateando una pequeña piedrita en el trayecto, se dejó caer con la espalda contra la corteza de uno de ellos, su cuerpo de frente al otro. Distraído, sacó un kunai y comenzó a lanzarlo al tronco del otro árbol, clavándolo en el exacto centro. Akamaru devolviéndoselo una vez incrustado en el árbol.

—Gracias —farfulló cuando el animal le alcanzó el cuchillo, sólo para arrojarlo con aguda puntería contra el otro árbol una vez más. Akamaru volvió a alcanzárselo. Tan sumido estaba en sus pensamientos que no notó la presencia de alguien más hasta que esa persona le alcanzó el kunai, atrayéndolo hacia la mano de Kiba, sujeto con un delgado hilo de chakra.

—¿Qué clase de shinobi no presiente una presencia tan próxima? Podría haberte cortado el cuello en un instante —argumentó la persona detrás de él. Kiba no tuvo que voltearse para ver de quien se trataba. Ese tono arrogante era inconfundible.

—Estaba distraído, eso es todo.

Kankuro rió, cruzándose de brazos —¿Distraído?

—Si, distraído —masculló, molesto—. ¿Alguna objeción?

El shinobi de la arena negó con la cabeza y se sentó a su lado, nunca perdiendo su sonrisa, contemplando la hendidura en la corteza del árbol frente a ellos, que Kiba había producido con su kunai.

—¿Qué haces a estas horas por aquí, chucho? No me digas que saliste a aullarle a la luna —bromeó.

El castaño lo observó de reojo, claramente fastidiado por los constantes comentarios arrogantes de Kankuro. ¿Acaso no tenía éste un límite? Kiba no estaba de ánimos para tolerar aquello —No es asunto tuyo.

—Oh... —exclamó, regodeándose en las palabras hostiles del chico— pero lo es. Veras... esta es mi aldea. Y tú estás merodeando "sospechosamente" a altas horas de la noche. Tus acciones podrían ser malinterpretadas.

Apretó los dientes —Eres un fastidio.

—Lo dice un chucho temperamental.

—Deja de decirme chucho.

—Como supuse, eres blando. ¿Quién hubiera pensado que un chucho cualquiera como tú tendría un punto suave por alguien como ella?

El Inuzuka se puso inmediatamente de pie, como disparado hacia arriba, claramente molesto. Aún más que antes —Esas son estupideces, ya te dije, no soy blando.

Kankuro se incorporó, quedando su rostro a la altura del shinobi de Konoha, una sonrisa pasmada en sus labios —No tienes que decírmelo a mí.

Kiba desvió la mirada, aún más irritado que antes. Kankuro seguía presionando sobre heridas abiertas y temía que pronto estallaría y lo mandaría a volar, por lo que decidió marcharse, mascullando por encima de su hombro —No se de qué demonios hablas —antes de encaminarse de regreso a su habitación. Dejando atrás una carcajada sardónica proveniente del shinobi de la arena, una carcajada que inundó el silencio sepulcral de la noche. A su lado, Akamaru lo seguía.

El camino de regreso fue silencioso, el aire helado ya no parecía afectarle tanto, al menos su cuerpo ya no tiritaba exageradamente y sus músculos no se agarrotaban en un desesperado intento de conservar el calor; al parecer, su temperatura corporal se había, parcialmente, adaptado al ambiente. Lo cual encontró agradable ya que le permitió disfrutar del paseo nocturno con más tranquilidad. Aún así, cientos de pensamientos se enmarañaban en su caótica mente. Unos tras otros; superponiéndose, desplazándose, condensándose y enredándose, hasta crear una maraña de la cual no podía diferenciar nada. No podía analizar nada por separado. Todo era un desastre. Él lo era. Un completo y absoluto desastre.

Haciendo un gesto silencioso a Akamaru con la mano, giró la perilla, entornando la puerta levemente, y observó por un breve instante adentro, asomando su cabeza al interior de la habitación. Todo estaba en silencio, apacible. Las camas de ambos extremos de la habitación permanecían ocupadas pero de los que eran sus compañeros de equipo solo pudo diferenciar el bulto debajo de las sábanas. La cama del medio, su cama, se encontraba vacía. Mientras, en sus respectivos lechos, Shino y Hinata dormían, como si nada hubiera pasado. Y el pensamiento le provocó un repentino rebrote de enfado, lo cual no tenía sentido, si lo analizaba tranquilamente, dado que él mismo les había dicho que no lo aguardaran despierto. ¿Qué esperaba, entonces, que hicieran sus amigos? ¿Contradecirlo? No, no tenía sentido.

Ignorando la incoherencia de sus propios deseos y expectativas, ingresó a la habitación; sigilosamente, caminando en puntas de pie; seguido de su gran perro blanco. Cuando se dejó caer sobre el colchón, una voz suave y tímida lo sobresaltó. Alterando su completa calma.

—¿K-Kiba? —preguntó la pequeña voz desde la otra cama, un leve tinte de preocupación opacaba sus palabras.

Girando la cabeza se volvió a verla, el sonido de su voz sonó más ronco y hosco de lo que realmente había deseado —Hinata ¿Por qué estás despierta?

La muchacha se encogió, abrazándose aún más a las sábanas que cubrían su cuerpo —N-No p-podía dormir... n-no sabía s-si estabas bien.

El castaño chasqueó la lengua, una vez más, sonando más arisco de lo que realmente desearía —Estoy bien. Vuelve a dormir.

—P-Pero-

—Vuelve a dormir —repitió, dándole la espalda a la chica. Dejando en Hinata la sensación de ser ella la culpable de su malestar, la culpable de que Kiba actuara de forma tan distante con ella. Y ese pensamiento no se disipó aún cuando el Inuzuka se hubo sumido en el más profundo sueño. La idea ni siquiera la abandonó cuando ella misma hubo perdido todo conocimiento. Y soñó con ello. Con que Kiba se marchaba, desaparecía de la vida de ella y la dejaba sola. Una mancha que poco a poco desaparecía en la distancia a medida que la dejaba atrás. Abandonada. Como siempre se había sentido. Como siempre le había sucedido, con todas las personas importantes de su vida. Olvidada.

Y aún cuando despertó al otro día, la idea seguía allí, firme en su cabeza. Enterrada y afianzada sólidamente; y que, poco a poco, empezaba a echar raíces. Enrocándose en su interior. Dándole la sensación de que aquello era un preludio hacia algo peor. Algo que no podía precisar, pero que tampoco podría soportar. Algo que su frágil mente simplemente no toleraría.