Disclaimer: No me pertenece ningún personaje de Naruto, obviamente.

18/20

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, como ya saben, este es el penúltimo capítulo y espero que lo disfruten; así como también espero que hayan disfrutado la historia hasta ahora. Por lo demás, gracias por todo. Sonaré reiterativa, lo sé, pero es importante para mi agradecerles, no solo el haberle dado una oportunidad a este fic, sino también la paciencia y amabilidad. Gracias por leer y, con un poquito más de énfasis, gracias a quienes robaron tiempo de su vida en hacerme saber su opinión. ¡Gracias! Espero que el capítulo este a la altura de sus expectativas. ¡¡Nos vemos y besitos!!


Imperfección

XVIII

"Vulnerabilidad y error"

Contempló de reojo a su compañero de equipo caminar unos pasos más adelante, con Akamaru a su lado. En silencio.

Hacía ya unas cuantas horas desde que habían abandonado Suna y sus habitantes, dejando atrás a Kankuro y a Temari, quienes se habían ofrecido para escoltarlos a la entrada de la aldea. Y se habían despedido de ellos con gran amabilidad, o al menos eso había sentido ella, pues Kiba se había mostrado aún más crispado que antes con la presencia del hermano menor del Kazekage. Mostrándole inclusive, en un par de ocasiones, los dientes de forma amenazante; deteniendo las palabras que Kankuro tenía planeado decir, de salir de sus morados labios. Aunque sabía, por comentarios que había hecho el Inuzuka ocasionalmente, que las palabras de aquel hombre tendían a ser venenosas, como las mismas armas que solía usar en batalla. Ponzoñosas. Peligrosas. Un arma de doble filo. Aunque no entendía realmente a qué se refería su amigo con eso.

Y ahora se encontraban atravesando una vez más el desierto, pero en esta ocasión Kiba no se quejaba del clima, como había hecho durante el viaje de ida y como habría hecho normalmente de no estar enfadado. Como creía, Hinata, que lo estaba. Sino ¿qué otra explicación podía haber para su distante y adusto comportamiento? Además, siempre que lo observaba, o contemplaba su semblante, el castaño parecía amargado. Siempre con el ceño fruncido. Algo que no era muy común en su amigo pues, aún en la adversidad, Kiba siempre parecía sonreír alegre y socarronamente. Desafiando al mundo de derribarlo. Algo que no era fácil de lograrlo.

—Umm... ¿K-Kiba? —se acercó, tanteando el estado de ánimo del chico. El mencionado se volteó a verla y al instante en que la tuvo lo suficientemente cerca, frunció la nariz, como si su olor le provocara ardor en las fosas nasales—. ¿Q-Quieres a-agua? Cargué un p-poco antes de s-salir.

Él observó el objeto y negó con la cabeza, pasando una mano por su castaño cabello que, ahora, debido al sudor se adhería a su nuca y frente —Estoy bien. Gracias Hinata.

—O-Oh. Está b-bien —susurró, dejando caer la mano que sostenía la cantimplora lánguidamente a un lado de su cuerpo, entristecida. Kiba no había sido brusco como antes, al menos no esta vez, pero la había rechazado. Había rechazado su oferta y algo en el tono de su voz le había indicado que algo por la mente de él había pasado, algo que le había hecho decidir que era mejor mantener su distancia que hacerla desaparecer.

En silencio, continuaron atravesando el desierto. Abrumados y sofocados por el calor infernal que se cernía y curvaba sobre ellos. Arrebatándoles los pocos restos de agua que aún quedaban en sus debilitados cuerpos. Y Quien más parecía sufrir esto era el Inuzuka, pero no se quejó ni una vez, no se atrevió a hacer comentario alguno al respecto, simplemente continuó caminando, con la mirada al frente y una mano en la cabeza de Akamaru, quien jadeaba agitado. Pero Hinata no se atrevió a hacer comentario alguno al respecto, no se atrevió a acercársele de nuevo por miedo a ser nuevamente rechazada por su amigo. Temía que si le decía algo, Kiba fuera a negarla o, peor aún, a ignorarla deliberadamente; lo que comprobaría a la chica la hipótesis que sostenía de que era ella el problema. Era a ella a quien él no quería tener cerca. Y la sola idea de que aquello fuera cierto le provocaba inmensos deseos de llorar. Perderlo, de esa forma, era algo que Hinata no podría soportar. Más aún desconociendo la causa de ello. Si es que había, ella, hecho algo mal tenía que saberlo. Y, quizá, entonces, podría reparar el daño que hubiera hecho.

Cuando los primeros árboles empezaron a aparecer, a medida que dejaban el panorama desértico atrás, se acercó a él otra vez —¿K-Kiba?

El chico se volteó a verla desconcertado, pero la expresión de rechazo hacia ella no parecía desaparecer —¿Uh?

—G-Gracias.

El muchacho frunció el entrecejo —¿Por qué?

—P-Por d-defenderme... de... —el nombre del hombre se atoró en su garganta. Sin embargo, Kiba supo a quien se refería en un instante y la detuvo de tener que decirlo.

—No hay problema —aún así no sonrió, como habitualmente lo haría; con aquella sonrisa confiada y amplia que solía desplegar—. Shino y yo no permitiríamos que te sucediera algo.

Notó la mención de Shino en la frase como algo sorpresivo, Kiba rara vez compartía sus logros con alguien más. Y el Aburame pareció notarlo también, pues se volteó a verlo con una ceja enarcada; pero el Inuzuka simplemente lo ignoró, volviendo inmediatamente la vista al frente.

Quiso decirle algo más pero simplemente no pudo, no supo que más decir para hacerlo reaccionar con naturalidad, por lo que calló por el resto del viaje. Caminando lentamente junto con su equipo en un nuevo brote de absurdo silencio, silencio que parecía ir contra natura. Kiba no se callaba, nunca.

Finalmente llegaron a Konoha, tres horas después de lo creído, con el sol fundiéndose lentamente con la línea del horizonte, perdiéndose en rayos desesperados de rojos y anaranjados, luchando con la noche por permanecer en el cielo un poquito más. Batalla que finalmente perdió cuando la luna se alzó fría y plateada sobre el casi negro firmamento.

Al atravesar la gran entrada, Shino se detuvo en seco —Aquí me despido yo.

Kiba y Hinata también se detuvieron —Umm... E-Esta b-bien Shino.

—Oy ¿Tú llevarás a Tsunade el informe de la misión? —no obstante era obvio que lo haría, el Aburame era el único que siempre lo hacía. Aunque, en opinión de Kiba, Shino disfrutaba hacerlo. O, al menos, odiaba que él lo hiciera; una vez le había reprochado, inclusive, el ser incapaz de narrar un informe correctamente. Obviamente, él se había mostrado de acuerdo pero se había rehusado a rehacerlo.

Shino asintió y sin decir más dio media vuelta y comenzó a alejarse, caminando tranquilamente con ambas manos en los bolsillos y la vista en el firmamento, distante. Una vez desapareció de vista, Kiba se dirigió en la dirección opuesta; seguido de Akamaru y Hinata, que caminaba unos metros más atrás. Timorata.

Luego de unos segundos, donde el castaño no se volteó a verla, susurró, llamándolo en el silencio de la noche —K-Kiba. ¿P-Puedo caminar contigo?

Renuente asintió, aunque intentó disimularlo lo mejor posible, en vano —Seguro ¿Por qué no?

—E-Está bien —susurró, entristecida, habiendo percibido el tono del chico en su voz. Estaba segura ahora, era ella el problema.

Aún así continuó caminando, en silencio, intentando seguirle el paso, mantenerse cerca pero cada vez que lo hacía lo sentía alejarse un poquito más. Distanciarse un poquito más de ella, como si su mera presencia le causara disgusto; al menos esa impresión tuvo por la forma en que Kiba seguía frunciendo la nariz cuando ella estaba cerca, como si oliera mal. Y por un instante, estiró su mano hacia él, pero la retrajo inmediatamente, dolida.

Finalmente, rendida, se detuvo. Jadeando —K-Kiba...

Él también se detuvo y se volvió a verla —¿Qué haces allí parada, Hinata?

—Y-Yo...

—¿Sabes? Puedes caminar a mi lado, no muerdo —y aunque las palabras estaban destinadas a ser una broma que rompiera el silencio de la noche, jamás llegaron a ser como tal. Simplemente se perdieron en la oscuridad —¿Hinata? ¿Estás bien?

Armándose de valor, tomó aire —K-Kiba ¿E-Estás enfadado c-conmigo?

—No —su voz áspera y tajante. No obstante esa no había sido su intención.

Hinata bajó la mirada, llevando ambas manos a su pecho —¿F-Fue algo q-que dije? ¿A-Algo que hice?

Una vez más la respuesta de él fue cortante —No —masculló, podía sentir la frustración apoderarse de todo su ser, vibrar ansiosamente en su interior, pero tendría que controlarse. Tendría que hacerlo. Mal-dición, pensó y un instante después enterró sus largos colmillos en la palma de su mano –aquella no vendada.

—N-No —Hinata se apresuró a detenerlo, tomándolo de la muñeca e intentando apartarle la mano de los labios, pero Kiba no cesó—. K-Kiba.

—Aléjate —le advirtió, sintiéndose perder en el oscuro torbellino de pensamientos que era su caótica mente, mientras sus instintos tomaban control de sus acciones. Sus puños temblando.

Aún así, a pesar de la advertencia y el tono asesino de su compañero de equipo, no obedeció y continuó intentando alcanzar la mano ensangrentada del chico —K-Kiba, d-déjame-

—No —gruñó—. Para, Hinata.

—P-Pero... t-tu mano-

—No me importa —suspiró, cansado—. Ven. Vamos, ya es tarde —Pero Hinata no se movió—. Hinata.

Dubitativa, y algo temerosa, negó suavemente con la cabeza —D-Dime que te e-esta m-molestando.

Él caminó hasta donde se encontraba la joven y tomándola por el brazo, bruscamente, tironeó de ella —No presiones. Ya olvídalo ¿Quieres?

—S-Se q-que es por m-mi culpa... Q-Quizá, ¿p-pueda ayudar?

Kiba negó con la cabeza, aún sin soltarla —No tiene nada que ver contigo.

—P-Pero-

—¡Ya olvídalo! —gruñó, bajando luego gradualmente la voz hasta alcanzar un tono de cansancio absoluto—. Por favor.

—L-Lo siento —susurró ella, bajando la mirada, sus ojos abarrotándose de lágrimas sin derramar.

Sin embargo, cuando el aroma a agua y sal quemó sus fosas nasales, lejos de tranquilizarlo –como habría sucedido habitualmente-, disparó su enfado aún más. Haciéndolo perder el control de sí mismo otra vez al punto de no notar que el agarre que mantenía sobre el brazo de ella se había hecho más fuerte y comenzaba a dañarla.

—K-Kiba —balbuceó, asustada. Él notó al instante su reacción y se apartó rápidamente de ella, retrocediendo unos cuantos pasos y acuclillándose cuando estuvo lo suficientemente lejos. Su rostro refugiado en sus grandes manos.

—Lo siento. Creo que deberías irte. No podré acompañarte, Hinata —su voz sofocada en la palma de sus temblorosas y transpiradas manos—. Vete.

Pero ella, una vez más, no se movió —N-No... —susurró, armándose de valor—. K-Kiba, d-dime que te molesta.

Levantando la mirada, masculló —Tú.

Los ojos de ella se atiborraron de lágrimas frías una vez más —L-Lo siento.

Él negó con la cabeza, enderezándose una vez más —¿Por qué te disculpas si ni siquiera sabes por qué lo haces?

—Y-Yo... P-Porque n-no quiero que estés enfadado c-conmigo —su voz suave empezaba a quebrarse—. ¿Q-Qué h-hice mal?

La cabeza del castaño volvió a oscilar de un lado al otro, negando lentamente. Aún así, el temblor de su cuerpo no había cesado y su mente aún era un caos de pensamientos y emociones primitivas —Nada. Solo... olvídalo.

Pero aún así, Hinata insistió, a pesar de empezar a sentir cierta dificultad para respirar —Q-Quiero a-ayudar, K-Kiba.

—No digas eso otra vez —gruñó, finalmente rozando el límite de su propia contención. Sabía que si Hinata repetía aquello u insistía con el asunto lograría hacerle perder completamente el control, lograría liberar todo aquello que el castaño venía reprimiendo por años, y no sabía de qué sería capaz entonces.

El aroma a lavanda y té verde continuaba quemándole el olfato, empujándolo a cada instante un poco más al borde del abismo, abismo al que temía caer y perderse completamente. Abismo de sus instintos más indómitos y primitivos. Y no quería arrastrarla allí a ella, con él. Simplemente no quería. Pero Hinata no parecía dispuesta a dejarlo ir en ese estado caótico, bien sabía que su naturaleza bondadosa y caritativa no se lo permitiría. Ella jamás lo abandonaría. Y eso era lo que más temía en el momento.

—S-Shino s-siempre d-dice que los camaradas d-deben ayudarse. Y-Yo q-quiero ayudarte, K-Kiba.

Fue entonces que perdió todo su autocontrol, todo resto de cordura olvidado en algún momento vacío entre palabra y palabra; y se lanzó hacia delante, ágil y rápidamente, estrechando sus labios contra los de ella, sujetándola con firmeza contra su cuerpo para aminorar el impacto.

El roce fue brusco, inesperado y demandante; como él. Y, todo el tiempo, ella permaneció inmóvil, envarada y temblorosa, recibiendo el golpe con ambos ojos abiertos desmesuradamente y los labios temblorosos contra los del Inuzuka, mientras los de Kiba permanecían firmes, presionando fuertemente contra los de ella, y sus ojos cerrados.

Luego de unos instantes, la sintió removerse contra él en un intento de apartarlo. Dejando escapar un bajo gruñido, la soltó, comprendiendo finalmente lo que había hecho; cometido el error que tanto había temido cometer.

—Lo siento —se disculpó, jadeando, notoriamente alterado—. Lo siento.

Pero ella no dijo nada, simplemente permaneció allí, de pie, contemplándolo con los ojos desorbitados y un par de dedos sobre sus propios labios amoratados por el beso. No sabía qué hacer, que decir. No tenía idea de siquiera como reaccionar. Ella nunca había sido besada, la sensación le había resultado completamente ajena y nueva; extraña, definitivamente no como la imaginaba; como había pensado que sería, su primera vez.

Kiba dio un paso hacia ella pero Hinata simplemente retrocedió, aún pasmada por lo sucedido —¡Oy, Hinata! Di algo...

Pero la muchacha solo volvió a rozar sus labios con sus temblorosos dedos; luego de unos segundos tartamudeó, como nunca antes lo había hecho en la presencia de Kiba, en una voz casi inaudible —E-Ese f-fu-fue m-mi p-primer b-b-beso.

Él volvió a dar un paso hacia ella, admitiendo descaradamente, sin ningún registro de vergüenza alguna en su voz —También el mío.

—P-Pero t-tú...

—¿Qué? ¿Pensaste que ya tenía bastante experiencia?

Avergonzada, bajó la mirada. No podía creerlo, simplemente no podía concebir tal cosa —B-Bueno... a-asumí...

—Asumiste mal —una vez más las palabras sonaron más agresivas de lo realmente deseado— ¡Maldición! Lo siento.

Sin embargo, cuando quiso acercarse a ella ya era tarde. Hinata había dado media vuelta y excusándose con unas breves –y temblorosas- palabras, que Kiba creyó oír similares a "Debo irme", se marchó. Alejándose del lugar rápidamente. Y aunque no corrió, el Inuzuka no se atrevió a seguirla. No quiso ir tras ella, ¿con qué derecho podría hacer tal cosa? Ninguno. Esa era la verdad, él no tenía ningún derecho sobre ella; y había decidido ignorar ese hecho por completo, arrebatándole algo que, por descontado, sabía era algo valioso para ella. Se había forzado, de alguna forma, sobre ella y aún no podía creer que lo hubiera hecho. Que la hubiera incomodado de esa forma, más aún siendo conciente de su fragilidad. De su inocencia y de su bondad. Sabiendo que ella lo permitiría.

—¡Maldición! —gruñó, estrellando su puño contra el pavimento, ignorando el dolor en sus nudillos ya magullados. Akamaru, que había permanecido al margen de la situación, lejos, tras unos árboles, se acercó a su amo con la cola entre las patas traseras. Kiba lo contempló perturbado. Soy un idiota. Suspiró, un completo idiota, extendiendo la mano al pelaje blanco de su perro—. Vamos a casa, amigo. Ya es tarde.

Y de un salto ambos se marcharon, desapareciendo rápidamente en la oscuridad de la noche. En el frío de las sombras. Y cuando llegaron a su casa finalmente ingresaron por la ventana del que era su cuarto, no queriendo despertar al resto de su familia. Y se dejaron caer, vencidos, rendidos, sobre el mullido colchón de la cama, Kiba intentando olvidar lo sucedido, intentando borrar las imágenes de la expresión de su compañera de equipo, en vano. No podía. Simplemente no podía hacerlo. Aún en el interior de sus párpados, cuando cerraba sus ojos, podía verla, temblorosa, vulnerable y atónita. Atrapada en una situación que jamás hubiera imaginado. Y aún cuando perdió el conocimiento, soñó con ella. Con sus facciones. Con sus blancos ojos llenos de terror. Miedo. Eso había visto en ella esa noche, miedo. Hinata.