Disclaimer: No me pertenece ningún personaje de Naruto.
19/20
Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. Ahora sí, penúltimo capítulo (ayer cuando subí el otro tenía la intención de escribir antepenúltimo y por alguna extraña razón mis dedos escribieron otra cosa y no me di cuenta del error hasta hoy). En fin, me alegro que el capítulo anterior les haya gustado y ojalá este les guste tanto como el anterior; así como la historia en general. Como siempre, quiero agradecerles a todos por su amabilidad y paciencia, así como también el haberle dado una oportunidad a mi humilde fic. Y, por supuesto, gracias aún más a quienes se molestan en dejarme un comentario con su opinión. ¡¡Gracias, de verdad!! A todos. En cuanto a mis futuros proyectos... por unas dos o tres semanas estaré afectada por los exámenes parciales de la universidad (ya quisiera yo terminar), pero bueno, es un último esfuerzo y termino el año. Luego vendrán los finales pero no quiero pensar en eso por ahora. De todas formas, una vez que termine de rendir tendré tiempo libre para escribir y probablemente haga un ShikaIno y, como disfruté escribiéndolo, otro KibaHina. Aunque, si la inspiración me acompaña podría intentar hacer un NaruHina, NejiTen o SasuSaku (quien sabe). De todas formas, espero que este capítulo este a la altura de sus expectativas. ¡¡Nos vemos y besitos!!
Imperfección
XIX
"Hogar"
Abrazó sus piernas contra su pecho, ocultando su rostro contra sus rodillas, vacilante; mientras contemplaba de reojo la puerta de su habitación, como aguardando que alguien la abriera de un instante a otro, buscándola. Nada. No sucedía nada. Hacía ya dos días que permanecía allí encerrada y nadie había acudido a verla, en aquel lóbrego silencio, nadie la visitaba. Aunque no le sorprendía, no realmente, era de esperarse, nadie allí la tenía en cuenta. Su padre, probablemente, ignoraría inclusive que se encontraba en la casa, pensaría que estaría en alguna patética misión de bajo rango, indigna de un Hyuuga, interponiéndose en el camino de los demás y haciendo todo lo posible por fallar, y en el proceso, arrastrar a los demás al fracaso con ella. Esa era la percepción que tenía él de ella, percepción que a pesar de los años y el esfuerzo no había podido cambiar. No importaba qué hiciera, para su padre, ella siempre sería una molestia. La más grande decepción de su vida. Y por ello pretendía no verla, se forzaba a ignorar su existencia, la mayor parte del tiempo.
Neji y Hanabi probablemente estuvieran entrenando con él. Hinata, por otro lado, no tenía ese honor, aunque era algo que había dejado de añorar desde hacía años ya; la mirada blanca, fría y estoica de su padre sobre su pequeña figura le provocaba dolor, dolor del que había huido por mucho tiempo y al que no deseaba regresar. Aún a sus 18 años de edad no podía recordar un instante en que aquella inmensa casa hubiera sido un hogar. De hecho, no recordaba haberlo llamado de esa forma nunca, porque no lo era.
—Hogar... —susurró, suavemente, como temiendo que al oírla las paredes blancas de su insípido cuarto se ofendieran por la denominación de la que carecían. Y al instante en que la palabra abandonó sus labios e inundó el ambiente, su voz se hizo ajena a sí misma, tanto que le sonó como impropia; como si aquella voz frágil, suave y fácilmente quebradiza, no fuera suya. Como si la palabra no le perteneciera y, en todo caso, no lo hacía. Hinata no conocía lo que "hogar" significaba, solo tenía una escasa y remota idea de lo que era, basada en lo que había oído decir a los demás y sus propias impresiones y expectativas.
Sabía que se trataba de un lugar, pero había entendido que no se trataba de un lugar físico. Podía serlo, como no. No importaba, hogar era un lugar; de eso estaba segura, "Un lugar al que regresar", eso había dicho Naruto, y ella le creía, fervientemente, porque él sabía, tan bien como ella, lo que el dolor de no pertenecer significaba. Lo que el sufrimiento de la soledad provocaba, cuanto dolían: el rechazo, la indiferencia, las miradas de desprecio y de decepción. El dolor de no ser nadie para alguien. De no existir, de ser invisible en el mundo.
Por ello, Hinata había aprendido, de Naruto, que ese lugar era el lugar que uno ocupaba en la vida de los demás, la importancia que cobraba en la vida de otras personas, ese pedacito del otro, ese fragmento irremplazable, que le era reservado solo a uno y a nadie más. Como Sasuke, Sasuke era irremplazable en el mundo que Naruto había creado por sí mismo en su interior, y por ende nunca dejaría de existir. Allí, nunca sería olvidado, aún con la venida de la muerte, él sería recordado. Por siempre, tendría un lugar al que regresar.
Había entendido, entonces, que un hogar se construye con lazos. Inquebrantables e indestructibles, aún con el paso del tiempo. Y que, una vez que ese lugar se encuentra, que ese hogar es hallado, todo encaja perfectamente. Pieza por pieza, como un rompecabezas. Todo cae en su lugar. Y el sentimiento de pertenecer es abrumador, tanto que uno no quiere dejarlo ir. No quiere olvidarse como se siente, ni perder un instante de él. Pertenecer. Ser alguien. Existir. Eso es todo lo que importa. Ser importante para alguien.
Y por primera vez en muchos años, Hinata había comprendido el porque Naruto arriesgaba su vida una y otra vez -intentando traer a Sasuke de regreso- y se exponía a ser dañado sin miedo a que el dolor lo aplastara y destruyera por completo. Por ese lugar, ese hogar, que era para él el Uchiha, y viceversa. Por ese sentimiento de pertenencia en el mundo que valía más que una vida vacía de significado y llena de miedos, indiferencia y soledad. Naruto había encontrado su hogar en Sasuke, al igual que Sakura, y Hinata podía atreverse a afirmar que lo mismo sucedía a la inversa, Sakura y Sasuke, daban significado a Naruto. Así como el rubio lo había hecho con ella, y Gaara. Salvándolos a ambos de la desolación y el completo abandono. Hecho por el que le estaría eternamente agradecida, aunque él lo ignorara.
Para Hinata, él siempre tendría un lugar en su pequeño mundo. Ella siempre sería, para Naruto, un lugar al que regresar; aunque el sentimiento no fuera mutuo. Porque lo amaba. Y probablemente siempre lo hiciera, como quien ama el rayo de esquiva luz que ilumina tras años de absoluta oscuridad y enceguece más por la necesidad que por su propia belleza, o el sorbo de agua pura tras días de sequía y agobiante sed, que nunca se olvida y se sigue saboreando como si fuera la primera vez aún después de tantos años. Eso era Naruto, necesidad que se colmaba por sí misma. Luz que se enroscaba alrededor de su oscuridad y agua que le devolvía la vitalidad y la hacía desear continuar hacia delante. Ero era él para ella; una necesidad, la innegable sensación de carencia ligada al desesperante deseo de satisfacerla. Y Naruto colmaba gran parte de sus necesidades, aún sin saberlo, pero no lograba colmarla toda. Porque ahora entendía que la necesidad de pertenencia era, por encima de todas, aún de las necesidades vitales –como respirar-, la más importante. Porque respirar no tenía sentido sin tener ese lugar al que regresar, porque el mundo era un lugar vacío sin que alguien reconociera esa existencia. Reconocimiento más importante que el mismo aire, el agua o la comida. Necesidad de reconocimiento que Naruto no podía colmar porque, a pesar de reconocerla en gran medida, no podía ser ese lugar que ella necesitaba. No podía ser ese hogar que ella buscaba porque en su mundo, en el mundo de Naruto, ella no existía como lo hacían Sasuke o Sakura. Ella no era una pieza esencial de su rompecabezas, solo un elemento accesorio; valioso, seguramente, pero accesorio. Y el solo descubrimiento provocaba en ella un gran dolor, como un vacío, que difícilmente podría llenar.
Aún así, Hinata no ignoraba la razón de su fracaso. Era inocente, si, ingenua, pero no al extremo de fingir no ver el porque de su dolor. El porque de su derrota. Y lo sabía muy bien.
Hinata era imperfecta, desde que tenía memoria lo había sido, y se odiaba por ello. Por no ser nunca suficiente, su padre lo había dejado muy en claro; ella nunca lo era, nunca era lo que deseaba ser. Nunca lograba alcanzar el otro lado. Sus expectativas lejos distaban de la realidad y sus fallas y fracasos constantemente la devoraban por dentro. Consumiéndola lentamente, debilitándola, ahogándola suavemente en sus defectos. En su triste realidad, realidad que la dejaba vulnerable y expuesta a ser aplastada con gran facilidad. Como a un insecto, pequeño e indefenso, como a una luciérnaga; como Shino le había dicho que era. Solo que Hinata no estaba segura de tener la luz que sus compañeros de equipo aseguraban que tenía, de hecho, dudaba siquiera de tenerla. ¿Y cómo podía? Siendo tan incompleta, tan perfectible. ¿Quién podía tomarla siquiera en consideración? Nadie quería algo dañado, estropeado, roto. Su padre no lo había hecho. Ella no había sido suficiente para él ¿Por qué debía suponer que podía serlo para alguien más? Quizá, por esa misma razón, nunca le había dicho nada a Naruto; porque temía no ser suficiente tampoco para él. Al menos no aún, pues Hinata seguía intentándolo. Intentando mejorar, cada día, se esforzaba un poco más. Aún si sus pálidos nudillos luego sangraran. Aún si cuerpo se desgastara. No importaba. Bien sabía que el camino no era fácil. Que no había atajos para hacerse fuerte, Naruto lo había dicho siempre, y ella le creía. Porque lo sabía. Para alguien como ella, alguien como él, como ellos, no había ventajas en la vida ni privilegios que pudieran salvarlos, que pudieran mantenerlos en pie; no, ellos dependían de sí mismos. Se valían por su cuenta, y lo hacían silenciosamente y con mucho esfuerzo, e intentaban mantenerse en pie, volver a pararse cuando eran derribados, porque lo eran, una y otra vez eran derrumbados por la vida, por la adversidad, y había aprendido que lo único que podía hacer ante ello era volverse a parar, limpiarse las lágrimas, la sangre y el sudor, y continuar. Pretendiendo todo el tiempo que nada había pasado, aún si eso significaba una cicatriz más en su magullado, fragmentado y quebrado interior. Un daño menor que debería soportar de por vida.
Aún así, no lo comprendía. No podía entenderlo, ¿cómo alguien podía querer a alguien tan imperfecto como lo era ella? La situación no le era familiar, tampoco la sensación. ¿Se suponía que debía sentirse así? ¿Tan perdida y desorientada, tan aterrada? No lo sabía. Nunca antes alguien se había acercado tanto a ella, más aún conociéndola, sabiendo de ante mano cómo era. Y Kiba sabía, pues era una de las pocas personas en su vida, junto con Kurenai y Shino, que sabían cuan quebrada estaba ella. Cuan rota y dañada, cuan imperfecta era. Las únicas personas que sabían de su dolor, de su esfuerzo, sus temores y sueños. Las únicas personas que significaban algo en su vida. Lo más valioso que tenía. Lo más parecido que había tenido a un hogar. Y no podía permitirse perderlo, porque era lo único que la mantenía en pie. Con ellos, podía ser ella misma, olvidarse de todo y sonreír por momentos. Los pocos instantes de genuina felicidad que había tenido habían sido con su equipo. Eran ellos quienes la mantenían unida y evitaban que, por momentos, se desmoronara.
Y, Kiba, de todos era quien mejor la hacía sentirse. Consigo misma y con los demás. Su desbordante demostración de confianza y energía le hacían desear ser más, siempre un poquito más. Más fuerte, más valiente, más comunicativa; como él. Lo envidiaba, un poquito –debía admitir. Siempre lo había hecho pues Kiba era todo lo que ella no era y no podía ser; valiente, determinado y enérgico. Constantemente emanando osadía de su persona. Sin miedo a nada y siempre dispuesto a todo. Y debajo del áspero y rudo exterior que aparentaba llevar, era una buena persona; compasiva y fiel. Y capaz de dar su vida, sin siquiera vacilar, por las personas que consideraba importantes para él, aunque no lo demostrara; no quisiera hacerlo, Hinata lo sabía.
Kiba era una de las mejores personas que había conocido en su vida. Una de las pocas que la apreciaba y se preocupaba por ella, una de las personas –junto con Shino y Kurenai- que reconocían su existencia. Una de las pocas personas que ella realmente necesitaba, porque lo hacía; aún si no lo tuviera presente constantemente lo hacía, lo necesitaba. Él la mantenía en pie, la alentaba a seguir, la hacía reír y la atrapaba cuando caía. En sus momentos más oscuros, él había estado allí. Animándola. Ayudándola a sobrevivir. Y ahora comprendía finalmente cuan indispensable se había vuelto para ella, como el aire.
Pero ¿Lo amaba? No como a Naruto, no. De eso estaba segura. El sentimiento no era el mismo, pero no por ello menor. Una vez más se preguntó, ¿lo amaba? Lo necesitaba, y no podía darse el lujo de perderlo. No podría soportarlo, su frágil alma no lo toleraría. No quería que él se fuera. Que se alejara de ella por no era capaz de responderle como él quería, y sabía que eso era lo que sucedería. Tarde o temprano lo perdería, porque ya no había vuelta atrás. Ni para él ni para ella.
Aún así, no estaba segura. No se sentía lo suficientemente fuerte para enfrentarlo. No sin una respuesta. No quería ofenderlo, su naturaleza bondadosa y complaciente no se lo permitía. Pero, ¿cuál era la respuesta correcta? Si es que acaso había una, aunque sinceramente lo dudaba.
—K-Kiba... —murmuró, pasando la yema de sus dedos inconscientemente por sus labios y cerrando sus ojos. Comprendiendo que le aterraba más perder a su amigo y compañero de equipo que ceder a sus demandas. De todas formas, ella ya no tenía nada que perder. Nada que entregar. Y aunque no entendiera cómo alguien como Kiba podía querer a alguien como ella, lo haría. Cedería cada pedazo, cada fragmento de sí misma para mantenerlo cerca. Mantenerlo con ella.
¿Estaba siendo egoísta? ¿Era egoísta querer hacerlo feliz, aún a costo de su propio sacrificio? ¿Querer tenerlo cerca, aún si ella no era suficiente? Porque no lo era. Y él tarde o temprano se daría cuenta y se aburriría de ella. Porque Hinata no era nada especial, al menos no lo era la imagen que el espejo de su habitación devolvía, y ella eso bien lo comprendía. Aún no era lo suficientemente fuerte, ni lo suficientemente valiente o completa, o perfecta, para alguien más. Aún debía esforzarse, aún debía mejorar y seguir creyendo que algún día lo lograría. Mientras tanto ¿Era algo malo querer complacer a Kiba? Complacer era lo único que ella sabía. Entonces, ¿no tenía sentido hacerlo?.
De todas formas, Naruto no la quería. Imperfecta como era no era suficiente para él. Para Kiba tampoco, eso ella lo sabía, pero eso a él no parecía importarle; al menos no de momento. En tal caso, ¿qué podía hacer? Perderlo no era una opción, ya había perdido demasiado a lo largo de su vida; y él era lo más parecido a un hogar que tenía, junto con el resto de su equipo. K-Kiba...
