Disclaimer; los personajes no me pertenecen son de su creador. El fic se realiza sin ánimo de lucro.
Advertencias; es un fic yaoi, si por algún motivo no te gusta o crees que puedes sentirte ofendido, por favor no lo leas.
1.El Santuario.
El pequeño pensaba como habían resultado los acontecimientos que le llevaban a un futuro cada vez más extraño, en ningún momento pensó que las cosas fueran de esta manera. Ya había transcurrido unos meses desde que saliera del orfanato, en seguida que salió de allí supo que jamás regresaría, ni a éste ni a ningún otro orfelinato. Al ver aquella mujer, su maestra, supo que ella constituiría su familia, no sería su madre, pero sí su familia, aunque estuvieran separados. Y mientras caminaba por el terreno desértico y bajo el sol asfixiante de Grecia pensó en el día que siguiente a la salida del orfanato.
Karl condujo toda la noche el todo terreno, el niño estaba en el asiento de atrás con aquella mujer que quería que la llamase maestra, sentía el frío, el frío que provenía de ella, pero las personas no despiden frío¿verdad?. En algún momento se quedó dormido y al despertarse ya había amanecido.
- Buenos días, estamos en Suiza, pronto llegaremos a nuestro destino- le dijo ella en un tono de voz muy suave, al mismo tiempo que le pasaba una bolsa con algo dentro.- Son croissants, tienes que comer algo.
Sin pensar un segundo, agarró la bolsa y comió, más bien engulló su contenido. Tenía tanta hambre que le dio igual que estuvieran un poco secos y fríos, en ese momento le parecieron el manjar más exquisito que podría haber sobre la faz de la Tierra.
Al cabo de unas horas, y haber ido por un camino de montaña, donde todo el tiempo pudo ver árboles diferentes a los que había visto alguna vez en su vida, se detuvieron ante una cabaña que parecía que en cualquier momento se vendría abajo.
Al entrar en aquella cabaña, llena de polvo y tapada por sábanas que se habían amarilleado, entendió que hacía tiempo que no había ido gente. Después de que los adultos inspeccionaran el lugar e intercambiaran palabras en un idioma que no pudo comprender nada. Su maestra se dirigió hacia él.
- Kamus, sólo lo diré una vez, así que escúchame con atención, porque esto será fundamental en tu vida, de hecho tu vida dependerá de ello – dijo ella poniéndose a la altura del niño. – Primero, tu nombre es únicamente Kamus, olvida que una vez tu apellido fue Lucca, olvida todo pasado y sobretodo que eres italiano, eres y siempre serás francés, por eso hablarás un francés más perfecto que nadie. ¡Júralo por tu vida Kamus¡Júralo!
- Lo juro – dijo el niño con la mano en el pecho, tal y como lo había visto hacer a un niño mayor ante el Sr. Dijon.
- Bien. Segundo, a partir de ahora tu vida, ya no te pertenece, le pertenece a la diosa Atenea y algún día espero que seas uno de sus mejores caballeros, para ser más concretos el Caballero de Oro de Acuario. Ser una caballero de Atenea es un gran honor concedido a unos pocos, cuyo deber es proteger a la diosa así como a la humanidad de todo aquello que intente dañarles. Un caballero tiene un cosmos eso le distingue de los demás humanos. No tengo más tiempo para explicarte lo que significa, de eso se ocupará Karl, pero lo más seguro será que cuando seas algo más mayor lo comprenderás.
- Tercero y no menos importante – alrededor de Ariadna el niño pudo ver como una luz brillante y blanca la rodeaba con matices de dorado, el niño intento retroceder pero los brazos de la mujer se lo impidieron, y él empezó a temblar, no por miedo sino por el frió que estaba sintiendo, tan intenso que pensaba que iba a congelarse de un momento a otro.
- Tranquilo- dijo Sagner, percatándose Kamus que estaba detrás de él y también le rodeaba como una aura blanca pero menos intensa que la de su maestra.
- El frío es nuestro poder, es nuestra arma, es parte de nuestro ser, nuestro aliado que puede volverse contra nosotros en cualquier momento. Por eso le controlamos, para que no nos controle. Y aunque ahora no lo creas, tú también lo controlarás pero para ello tendrás que entrenarte, aprender técnicas, algún día te vencerá el frío pero tú volverás a levantarte, porque tú no morirás como otros en el intento- dijo Ariadna poniéndose de pie. – No me importa que lo entiendas ahora, sólo que sigas adelante.
La mujer dejó de tener ese brillo alrededor de ella, Kamus no entendía nada, sólo que podía ver su aliento, que temblaba tanto que sus dientes castañeaban sin parar, que en el suelo de madera podía ver sobre el una capa de hielo que se había formado de la nada, al igual que en las ventanas y paredes del habitáculo donde se encontraba.
- Ahora me marcho. Karl se ocupará de todo hasta mi regreso. Hasta entonces Kamus que Atenea te proteja- y sin más Ariadna se marchó, dejando al niño en compañía del hombre.
Y el tiempo fue pasando, lentamente para Kamus, enseguida comenzó con inhumanos entrenamientos, con clases intensivas de francés y con el estudio de la civilización y lengua griega. No podía permitirse ningún error, ya que las consecuencias de ello suponían un castigo como el más leve no cenar y el más grave le conllevaba a una casi muerte.
Pero tal vez lo más difícil de asumir fue la idea de Atenea, una diosa que defendía a la humanidad, la diosa de la mitología griega, recordaba que en una clase le habían hablado de que los dioses griegos, éstos tenían varios dioses uno para cada cosa y le parecieron todos egoístas. Además en los orfanatos en los que había estado, le habían enseñado que sólo había un Dios, y no una multitud de ellos. Tal vez le habían mentido como el hecho que el ser humano no tiene poderes, como los superhéroes del comic que una vez vio al hijo de la cocinera del orfanato, pues Karl tenía una fuerza y velocidad sobrehumana, además de que congelaba todas las cosas que se propusiera, incluido el fuego, y podía hacer nevar en un día soleado.
Por las noches, el adulto es cuando le hablaba porque por las mañanas únicamente ordenaba o castigaba, siempre le hablaba en francés y ocasionalmente en griego, de la vida que le esperaba, que la cabaña sólo era un sitio temporal, ya que cuando su maestra volviera irían al Santuario, donde estaba la diosa y sus caballeros, los santos, todos con habilidades especiales y diferentes, él sería como uno más, de hecho ya empezaba a notar algo, empezaba a sentir eso que llaman cosmos.
Hoy Kamus se levantó antes del amanecer y vio que todo estaba tapado con las sábanas amarillentas de cuando llegó, hacía ya casi ocho meses. Karl había empacado sus cosas. Y entonces la vio, en la entrada con la misma máscara que cubría su rostro, su cabello largo estaba ahora recogido en una simple cola baja.
- Buenos días Kamus, nos vamos al Santuario. Recoge todo lo que sea necesario para el viaje- dijo Ariadna.- Espero que estos meses de estudio y entrenamiento den un fruto satisfactorio.
En unas horas estuvieron en el aeropuerto de Ginebra, subidos en un jet privado, nunca había subido a un avión, pero no se imaginó que tal día como hoy subiría en uno que tuviera tantos lujos. Durante el viaje miró por la ventana, nadie habló, ni siquiera entre los adultos. Conocía un poco más Karl, pero sabía que era un hombre de pocas palabras, sólo hablaba cuando tenía algo que decir, y debía ser con cierta relevancia, de lo contrario no hablaba para nada, eso era algo que le agradaba a Kamus, nunca había sido hablador.
Al bajar del avión notó el calor sofocante, durante esos meses se estaba acostumbrando al frío, no recordaba que el calor podía ser asfixiante, sobre todo en un país como Grecia, al principio del verano. No quería pensar como sería cuando el verano avanzara un poco más. Se acercó un poco más a su maestra, ella siempre despide frío.
- Kamus tienes que acostumbrarte a cualquier climatología. No te dije fueras a vivir en el frío, sino que tenías que controlarlo- dijo ella apartándose del niño, subiendo al coche que les esperaba.
El trayecto en coche fue más bien corto. Bajaron del coche y siguieron andando por un paraje desértico, no había árboles que pudieran dar sombra alguna, cuesta arriba, entonces a lo lejos lo vio, vio el Santuario de la diosa, nunca imaginó que fuera tan inmenso.
- Saben que estamos aquí. Kamus, ni se te ocurra alejarte de nosotros- dijo Karl cogiendo al niño.- No os podéis entretener más, señora.
- Iremos por un atajo- dijo Ariadna saltando de roca en roca, seguida de cerca por el hombre con el niño a sus hombros, quien se acostumbraba a la idea de que un santo es como un hombre con superpoderes.
A los poco minutos llegaron a lo que parecía un poblado, se detuvieron y Kamus volvió a tocar el suelo rocoso y ardiente.
- Yo no puedo ir más allá. Tengo tareas pendientes.
- Esta bien Karl, iré a mi casa y me presentaré al Patriarca- dijo ella.
- Todo irá bien – dijo el hombre.
- Desde luego. Sígueme Kamus – dijo seguida del niño que corría para alcanzarla.
Extenuado por la carrera, llegaron a lo que parecía un monumento, un edificio de forma cilíndrica, rodeado de columnas, en la entrada pudo ver el símbolo de acuario, esa debía ser una de las doce casas de que le había hablado Karl, el templo de Acuario, por tanto debían estar cerca del Palacio.
El niño siguió a su maestra adentro, sintió frío, algo que agradeció enormemente, el interior era todo de mármol gris. Oía el agua correr y a su derecha vio una fuente con la escultura de una mujer que llevaba sobre uno de sus hombros un cántaro, pero lo impactante de la escultura no era su belleza sino del material de que estaba hecha, al principio creyó que era cristal, pero no, era hielo.
- Es la Aguadora, está hecha del hielo eterno, la hizo el primer portador de la armadura de oro de acuario, de eso hace más de tres mil años y sigue igual que entonces – dijo su maestra.
- ¿Y no se funde?- preguntó el niño sorprendido.
- No, ese hielo no se fundirá ni en los próximo tres mil años. Un día, tú serás conocedor de su técnica y podrás crear el hielo eterno. Pero ahora, no es el momento de hablar de ello. Apártate, vas a ver la armadura de acuario- dijo ella poniéndose enfrente de la escultura. – ¡Acuario, ven a mí!
Un resplandor dorado vino de la fuente, la luz era casi cegadora, el niño retrocedió un paso. De las aguas surgía algo, una armadura completamente dorada que tenía la forma de un figura que sostenía una jarro en alto entre sus manos. En unos segundos, la armadura se hizo pedazos, estos se dirigieron a la mujer colocándose en diversas partes de su cuerpo, hasta cubrir gran parte de su anatomía, la máscara que siempre la había visto platead se volvió dorada y observo como el cosmos de la armadura y el de su maestra era uno. Parecía una diosa antes de una batalla.
- Marchemos, es hora de presentarse a la máxima autoridad.
Salieron del templo, subieron las escaleras que le condujeron a otra casa, totalmente diferente a la anterior. Mientras la atravesaban su maestra le habló.
- Es la casa de Piscis, no tiene guardián, por tanto no necesitamos de su permiso para pasar. En las demás casas que se encuentran escaleras abajo, algunas tienen guardián y otras no, si quieres atravesarlas debes pedir permiso a éste, en caso de no hacerlo y te introduces en ella, prepárate para morir. El custodio de una casa te puede conceder su autorización o no, normalmente no hay problema, pero de todas maneras evita ir a una de ellas sin mí.
Una vez subidos los últimos peldaños de las escaleras llegaron al patio central.
- Espero que hayas aprendido el griego suficiente para defenderte hablando, es lo único que se habla en el Santuario, es la lengua oficial, ya que podrás comprobar que somos de distintas nacionalidades – dijo ella al llegar ante la escultura de la diosa de dimensiones inmensas.
El niño miró la magnifica escultura la representación de la diosa a la que pertenecía, una obra de arte, podía sentir que estaba hecha de algo más que mármol. La escultura transmitía paz y serenidad, al mismo tiempo que poder.
Se adentraron en el Palacio, todas las personas que se encontraban se inclinaban ante su maestra en señal de respeto y miraban extrañadas al niño.
- Soy Ariadna de Acuario, solicito audiencia con el Patriarca para presentarle mi alumno Kamus- dijo al guardia de la puerta para que los anunciase.
En el momento que entraba el guardia, salieron dos hombres que como su maestra llevaban armaduras de oro, uno parecía molesto mientras que el más alto de los dos tenía una sonrisa en los labios, quien inmediatamente saludo a su maestra.
- Saludos Ariadna de Acuario, me alegra que hayas regresado al Santuario. Supongo que todo bien como siempre. ¿Y quién este niño?- centrando su atención en Kamus que sintió que era estudiado al mínimo detalle por ese hombre de ojos negros y cabellos del mismo color atados en una coleta baja.
- Kamus, mi aprendiz. Ellos son dos caballeros de oro, él es Stavros de Géminis- indicando al hombre que había hablado – Y él es...
- Kael, caballero de oro del Escorpión - dijo el otro hombre de mirada verde y hechizante, que Kamus no podía dejar de admirar.- Ariadna me alegro que hayas regresado pero en estos momentos tengo algo deprisa, tal vez podamos hablar más tarde - y se marchó rápidamente seguido por el otro hombre.
- Kamus no mires así a un caballero y menos a uno de oro como el Escorpión. Es una falta de respeto a un superior, por muy impresionante que sean sus ojos –le regaño ella. - Cuando entres procura mostrar el máximo respeto. Si Karl no te lo ha dicho te lo digo yo ahora, el Patriarca es el representante de Atenea hasta que ella vuelva a estar entre nosotros. Así que es como si estuvieras ante la presencia de la mismísima diosa.
Eso ya lo sabía bien, durante meses Karl le había hablado del Santuario y de su funcionamiento. Sabía que había tres niveles de caballeros, a parte de los aprendices y soldados, el escalafón más bajo eran los de bronce, seguidos por los de plata y en la cúspide estaban los de oro, que únicamente eran doce, como los doce signos del zodiaco occidental, su maestra representaba el undécimo signo. Mientras que Karl es un caballero de plata, aunque nunca le ha dicho cual es su constelación.
- Podéis pasar señora- dijo el guardián que ahora les abría la puerta, permitiéndoles el acceso a la sala.
- Observa bien lo que hago y no hables sino te preguntan- dijo Ariadna al tiempo que traspasaba la puerta seguida del niño.
En opinión de Kamus, le falta luz, las cortinas están corridas, y únicamente hay dos antorchas al fondo, pero al menos está fresca. La sala es enorme, enfrente de él puede ver dos figuras, ambas vestidas con largas túnicas blancas, con mascarás oscuras, a simple vista parecen similares, pero la figura sentada en lo que parecía un trono de piedra, lleva un casco dorado, mientras a su lado se encuentra una figura de pie y su casco es rojo y más aparatoso con ese especie de murciélago.
- Ariadna, amazona de oro, del signo de Acuario, a vuestras ordenes santidad- dijo la mujer arrodillándose ante los dos enmascarados, acción que también repitió el niño.
- Me satisface que regreses después de varios meses de ausencia, Ariadna. También me sorprende que no lo hagas sola- aunque Kamus tiene su vista fija en el suelo, temeroso de los hombres que están enfrente de él, sabe que quien habla es el Patriarca, el hombre más importante después de la diosa, siente su poder, el cosmos, aunque no le manifieste, al igual que la otra figura que está a su lado.
- Su nombre es Kamus, es francés y está bajo la protección de Acuario, tiene potencial para ser mi sucesor, así que le he escogido como mi aprendiz, si su santidad está de acuerdo.
- ¿Un aprendiz¡Tanto tiempo ha pasado ya Ariadna!. Recuerdo la primera vez que te vi, fue para tu presentación por parte de Xilos. Y ahora eres una amazona de oro y vas a entrenar a un futuro santo de oro – la voz estaba cargada de nostalgia. – Mírame chico – ordenó el adulto. - Sí, tiene potencial para ser tu sucesor, realmente es un acuariano. No tengo nada que objetar Ariadna, a partir de este momento es oficialmente parte del Santuario. Espero jovencito que honres a la diosa como ella se lo merece y seas digno alumno de Acuario. Podéis retiraros los dos.
- Muchas gracias Gran Patriarca- dice ella mientras se levantaba.
- Un momento, por favor - dijo el hombre enmascarado al lado del máximo representante de Atenea.
- ¿Qué sucede Arles? – preguntó el hombre sentado que veía como el otro se dirigía hacía Ariadna y el niño.
Kamus miró fijamente al del casco rojo como se acercaba a él, se sentía estudiado, analizado por él como si buscase algo. No le gustaba ese hombre y no sabía por qué. Miro por un segundo a su maestra, quien observaba inmóvil la escena, salvo que había cerrado el puño izquierdo de una forma que se lo había visto a Karl hacerlo cuando se entrenaban y le iba a atacar.
Tras unos segundos de tenso silencio Arlés habló.
- Bienvenido al Santuario Kamus, aprendiz de Acuario.
Inmediatamente de que Arles se diera la vuelta y regresara junto al Patriarca, se retiraron de las estancias del Palacio. Ariadna caminaba más deprisa que antes, con dirección a la casa de acuario. Donde les esperaba Karl con su armadura puesta, parecía la de un pez.
- ¿Cómo fue?- preguntó el robusto hombre.
- Como debía ir.
- En ese caso iré a presentar mis respetos al Gran Patriarca, mi señora- dijo Karl para salir con dirección al Gran Palacio de Atenea.
- Sígueme, te mostraré tu habitación Kamus – dijo lanzándole la bolsa que traía desde Suiza y el niño la había dejado olvidada junto a la fuente de la Aguadora.
El niño la siguió por la oscuridad de la casa, desde fuera no pareciera que tenía que ser tan grande. Se detuvieron ante una puerta de madera bastante gastada por el tiempo, al abrirla vio que l habitación estaba un poco descuidada y sucia, tenía un camastro con un colchón y una manta plegada, una mesa y una silla, una estantería sin nada en sus estantes y un armario algo destartalado, pero sin embargo a Kamus le gustó, por primera vez sintió que era su habitación, algo que ni siquiera había sentido nunca en los orfanatos ni en la cabaña.
- Límpiala y pontéela a tu gusto, después aséate en los baños del sótano, allí encontrará todo lo necesario para tu aseo. Mi habitación está en el otro lado del templo, si necesitas algo, dímelo- dijo ella saliendo y cerrando la puerta.
Kamus miró a su alrededor y empezó a hacer lo que le habían ordenado, movió la cama y la mesa de lugar hasta que quedo a su gusto. Luego colocó las pocas pertenencias que tenía, es decir aquellas que Karl le había dado durante estos meses que habían convivido, sus libros de francés y griego, las prendas de abrigo que aquí seguramente no necesitaría y las que trajo del orfanato.
Cuando terminó de colocarlo todo, busco las escaleras que conducían al sótano, las encontró fácilmente, ya que una antorcha iluminaba su descenso. Cuando llegó al sótano se encontró con un distribuidor, por suerte la única puerta abierta era la que conducía a los baños. Quedo maravillado, al ver la pequeña cascada de agua caer, aquello no era una bañera sino una piscina ovalada, sin pensarlo dos veces se desvistió y se tiro al agua, algo de lo que se arrepintió en seguida ya que el agua estaba helada, talvez a cuatro o cinco grados, es que todo en aquella casa era frió. Se aseo rápido y busco a su maestra.
Encontró a Ariadna en la entrada del templo, sentada de forma elegante en las escaleras, ya no portaba aquella magnífica armadura, sino una túnica azul clara y su cabello estaba suelto.
- Siéntate a mi lado Kamus- dijo ella que enseguida se había percatado de su presencia.
- Sí, maestra- obedeció el pequeño de inmediato.
Ambos contemplaron el Santuario, y como la luz del atardecer bañaba el lugar. El niño veía las restantes casas donde supuestamente tenían que ser ocupadas por los caballeros de oro, no de forma muy clara ya que las rocas dificultaban su visión. Podía ver la zona que pertenecía a los caballeros de plata, los de bronce, el coliseo, algo más recóndito donde se suponía donde estaban las amazonas y otros sitios que ni siquiera le había descrito Karl. Y todo ello vigilado por la escultura gigantesca de Atenea.
- Es hermoso – dijo el niño maravillado.
- Sólo lo parece, el Santuario es como el hielo y la nieve, parecen hermosos y a veces lo son, pero otras son mortales. Lo mismo sucede con este lugar, hoy te parecerá hermoso, a partir de mañana ya no será hermoso – dijo ella volteando su rostro enmascarado. – Esta es tu primera lección Kamus, el Santuario es un sitio aparentemente hermoso, pero lleno de peligros. Tú procura mantenerte vivo y ser un buen caballero al servicio de Atenea y la humanidad.
- Sí maestra.
Espero que hayan disfrutado de su lectura.
Un millón de gracias por sus comentarios.
