Disclaimer; los personajes no me pertenecen son de su creador. El fic se realiza sin ánimo de lucro.
Advertencias; es un fic yaoi, si por algún motivo no te gusta o crees que puedes sentirte ofendido, por favor no lo leas.
Capitulo 2. Maestro.
- Buenos días Kamus, coge algo para comer. Nos vamos enseguida.
- Sí maestra – el pequeño se levantó de inmediato. Aún no había amanecido, faltaba casi una hora para ello.
Desde que había llegado al Santuario, hacía ya más de tres meses, los días se habían convertido en jornadas intensivas de entrenamientos físicos, tenía que ser más fuerte, de lo contrario perecería, le había dicho su maestra. Así como las mañanas se las dedicaba al entrenamiento físico, las tardes se dedicaba al estudio y práctica de las técnicas de los caballeros de hielo y la noche al estudio de la cultura, lengua y costumbres de la Antigua Grecia, de momento, pues Ariadna ya le había advertido que se preparara para otros estudios.
- ¡Vamos, no tenemos todo el día! - gritó ella desde la entrada de la casa de acuario.
El niño cogió dos manzanas, se las comería por el camino, siempre y cuando ella no decidiera ir saltando de roca en roca es una forma de caminar, aún no domina muy bien eso de salta como si fuera un saltamontes y más de una vez de se había caído golpeándose con las rocas, su pequeño cuerpo puede dar fe a través de las pequeñas cicatrices que lo marcaban.
- Intenta no quedarte tan retrasado - dijo ella al verle salir. Como él, llevaba ropas de entrenamiento pero sin protecciones a diferencia de que el niño sí.
- Sí maestra- dijo corriendo detrás de ella, intentando que la distancia que los separaba no fuera mayor, algo que no consiguió después que tomara el camino rocoso, lo cual significaba saltar.
Llegaron a su lugar habitual de entrenamiento, un lugar donde únicamente estaban ellos dos, apartado y rocoso, sin el mínimo rastro de vegetación alguna, que pudiera dar sombra alguna. Todas las mañanas consistía en hacer una tabla de ejercicios, a cuál más duro, cada día aumentaban el número de veces que tenía realizar el ejercicio, eso sin contar que se complicaba cada vez más. Pero Kamus notaba los cambios, sabía que ningún niño, salvo los del santuario, haría lo que hace él, notaba que su velocidad aumentaba como su resistencia, y lo más importante, esa especie de energía que sentía en ocasiones proveniente de él, su cosmos, aunque para eso era pronto todavía, pero al menos tenía algo y además sentía el de otros, en especial el de su maestra tan frío y extrañamente paciente, más bien calculador.
- ¡Saludos Ariadna! - ambos se voltearon a ver quien les había interrumpido su entrenamiento.
- ¡Buenos días Kael! - saludó su maestra. – Hace mucho que no te veía.
El niño se irguió enseguida, estaba ante uno de los caballeros de oro, el del signo de escorpión, pero en esta ocasión no portaba su armadura, sino al igual que ellos, llevaba ropa de entrenamiento.
- Así que tú eres Kamus. Tenía ganas de conocerte - dijo Kael colocándose delante del pequeño, al tiempo que se ponía a la altura. – Sabes lo afortunado que eres de tener a Ariadna como maestra, aprenderás mucho.
Kamus no podía de dejar de mirar sus ojos verdes y brillantes, nunca había visto unos tan bonitos, ni siquiera los grisáceos de Giselle, la enfermera del orfanato, podían competir contra ellos. De repente sintió calor en sus mejillas, no podía creer que se estuviera sonrojando.
- ¡Eres un encanto!- le sonrió Kael. Ahora si realmente se puso colorado el pequeño, ante el piropo y esa sonrisa que no sabía como describirla.
- Por favor Kael, no ves que es un niño – dijo Ariadna. – Modérate.
- Lo sé –se dirigió hacia ella. – Así que la Reina de las Nieves ha encontrado al Príncipe de Hielo.
- ¿Algún día dejarás de poner sobrenombres o apodos a la gente? Son molestos, caballero – dijo Ariadna.
- Vamos que tiene de malo – poniendo cara de inocente. - A veces son más correctos que el nombre dado por nuestros padres¿o me equivoco?
- Kamus no te detengas sigue con las flexiones, aún te faltan quinientas – ordenó Ariadna a su discípulo.
El niño inmediatamente se puso a realizarlas concentrándose en su ejercicio pero al tiempo que escucha a los adultos.
- En realidad he venido a pedirte un favor – dijo serio el escorpión.
- ¿Un favor¿Tú pidiendo un favor a mí? – se sorprendió Ariadna.
- No tiene nada de extraño que yo pueda pedirle un favor a una amiga¿o no?
- La verdad es que desde que te conozco, y de eso hace mucho, el orgulloso Escorpión Rojo nunca me ha pedido un favor. Debe tratarse de algo importante.
- Sí¿puedes cuidar a mis pequeñines durante mi ausencia? – poniendo una maravillosa sonrisa en su rostro.
- No me puedo creer que quieras que cuide de eso, sabes como los detesto – en su tono se nota algo de molestia. - Stavros no puede hacerlo como siempre.
- Tiene una misión en el cabo Sounion durante un tiempo y yo me tengo que hacerme cargo del entrenamiento de su alumno en Milos.
- Poseidón – apenas susurró el nombre y la expresión de Kael se volvió seria, desapareciendo de su rostro cualquier tipo de sonrisa. – Acaso sospecha su Santidad de que...
- El renacer de nuestra amada diosa Atenea está próximo, no será la única que regrese – interrumpió Kael su tono de voz se había vuelto más frío. – Tal vez haya una guerra santa antes de lo que esperamos, tal vez ella se equivoque y tengamos que luchar.
El niño dejó de escuchar las voces de su maestra y del caballero del escorpión, los miró de reojo y solamente estaban de pie en silencio, mirando en dirección al Santuario, y así, estuvieron por unos minutos hasta que su maestra le regaño por no haber terminado las flexiones y como castigo le mando hacer doscientas más.
- Ya sé que no soy quien para decírtelo pero no eres un poco exigente con él, para sólo llevar unos meses va bastante bien, demasiado – le dijo Kael sintiendo por un segundo compasión por el niño.
- Este sitio es muy exigente. Además desde cuando tú consideras un entrenamiento duro, recuerdo cuando entrenaba junto a ti. Será que en este año de ausencia te has dejado influenciar más por las personas amorosas – se burló ella. El otro solamente se río ante el comentario.
- No te preocupes de tus estúpidos alacranes ya me encargaré de ellos – dijo ella recogiendo su cabello en una cola.- Pero al mínimo problema los congelaré.
- Gracias – dijo con sinceridad.
- Si te hago una pregunta me la responderás – dijo la maestra del niño.
Él asintió.
- ¿Por qué te llevas al discípulo de Stavros a entrenar a la Isla de Milos cuando puedes seguir haciéndolo aquí?
- Ya que me obligan a entrenar un alumno que no es mío, lo mínimo es decidir donde hacerlo. Además en esa isla es donde empecé mi entrenamiento antes de ir a Waset(1), en el fondo soy un nostálgico.
- Mentiroso – dijo ella en su oído. – Sé cuando me mientes, te conozco.
- Como tú, Reina de las Nieves también sé cuando mientes o escondes algo – dijo él acariciando su máscara, al tiempo que ella ponía la suya encima. – A veces me gustaría que todo volviera como antes, cuando éramos aprendices y no teníamos secretos, pero ya no podemos volver. Es el precio que pagamos por ser de esta orden, algo de nosotros se destruye pero luego no podemos recuperar.
- Es Arles quien nos destruye.
Él le sonrió tristemente y retiró su mano de la máscara. Se dirigió al niño que continuaba con sus flexiones, pero se detuvo al ver a ese hombre tan cerca de él y le miró directamente a los ojos, a esos ojos tan hechizantes.
- La próxima vez que no veamos, espero que seas más fuerte Príncipe de Hielo – dijo extendiendo su mano al niño.
- Adiós señor Kael – sintiendo el apretón suave del adulto.
- ¡Cuídate Ariadna! – se despidió Kael, para marcharse a una velocidad que el niño no pudo ver.
- ¡Hasta pronto amigo mío! – luego se dirigió a su alumno para regañarle nuevamente por haber interrumpido su entrenamiento.
En la proa del barco de mercancías que le llevaría a Milos, el caballero de oro Kael, se encontraba inquieto, él aún no era maestro, para ser correctos no encontraba el alumno apropiado, por muchos niños y niñas que viese y les hiciera pruebas, aunque fueran recomendados por el mismísimos Patriarca. No, ninguno tenía aquello que buscaba, aquello que un portador de la armadura del escorpión debe tener, aquello que no puedes describir sino únicamente sentirlo. Y ahora iba a ser maestro, durante unos meses de dos alumnos que ya tenían un maestro.
- Maestro Kael – dijo una voz a sus espaldas.
- Dime Saga.
- El capitán me ha dicho que le informe que llegaremos en unas tres horas a puerto.
- Perfecto – y preguntó. - ¿Dónde está tu hermano?
- En la bodega, escondido.
- ¡Que salga de allí! – exclamó molesto.
- Pero alguien podría vernos a los dos juntos y...
- Saga, ya no estamos en el Santuario, no va a pasar nada. Además, aquí nadie sabe nada del Santuario.
- Como ordenéis Maestro Kael- dijo el muchacho marchándose enseguida al interior del barco de carga.
Desde luego esto sería mas complicado que buscar y entrenar a su propio discípulo. Hacía unos meses se había enterado de unos de los mejores secretos de la Casa de Géminis, confesado por el propio Patriarca con el consentimiento del caballero de dicha casa. Y este no era otro que en varias ocasiones, por no decir la mayoría, había dos alumnos, dos hermanos gemelos para optar a la armadura, en esta ocasión Saga y Kanon. Pero lo que hacía realmente especial este hecho es que cuando uno de los gemelos consiguiera la armadura el otro estaría a las sombras, en caso de que el caballero de géminis muriera en combate éste sería sustituido de inmediato por su gemelo.
- Realmente curioso y triste destino permanecer a las sombras – dijo para sí mismo en voz alta..
Pero la revelación de tal secreto no fue nada de lo que a continuación se le ordenaba que tenía que hacer. Recordaba perfectamente las palabras de su Santidad; "El caballero de géminis tiene encomendada una misión muy importante y no podrá hacerse cargo del entrenamiento de sus discípulos durante unos meses, al igual que yo, ni otro caballero. Es por todo ello, que te encomiendo el aprendizaje de los alumnos de la Casa de Géminis". La sorpresa que se reflejaba en su rostro era inmensa, su primer impulso fue negarse alegando que podía enseñar él, cuando sus técnicas eran totalmente diferentes. Pero eso no sirvió de nada, ni las siguientes excusas. Debía aceptar esta responsabilidad totalmente nueva para él.
- Y ahora heme aquí maestro suplente de Géminis.
Al menos aceptaron que se los llevara a Milos, de esta manera no sería necesario que uno se mantuviese en la sombra como hasta ahora. No le gustaba eso, nadie debe vivir a la sombra de nadie, y si él tenía que ser el maestro no pensaba consentirlo, por ese motivo salió del Santuario, quería libertad absoluta para entrenarles. Se decidió que el hermano menor de los gemelos, Kanon, sería él que permanecería oculto para todo el mundo, no se dejaría ver, y en caso de ser visto, se haría pasar por Saga.
- Maestro Kael¿queríais verme?
- Kanon, no necesitas ocultarte más, ni ser como Saga, ni aquí ni en Milos. Así que disfruta un poco y toma un poco de sol.
El muchacho miró a su gemelo que no dijo nada solo se limitaba a observar a su nuevo maestro. Así que sin más preámbulos se quitó la capucha que traía puesta y se sentó en la barandilla de proa hacia el mar.
- Eso esta mejor- le sonrió Kael.- Bien chicos quedan unas horas para llegar a puerto y me aburro, así que ya podéis empezar a contarme que os ha enseñado Stavros durante este tiempo.
Saga fue quien le relató todos los aspectos del entrenamiento que habían seguido, con cuidado de no desvelar nada esencial de las técnicas de géminis como le había advertido su maestro Stavros. Después de estar hablando casi dos horas sin interrupción, el aprendiz dio por finalizado su explicación. Kanon no había dicho ni una sola palabra, se limitaba a mirar hacia el mar con una leve sonrisa en sus labios.
- Gracias Saga, y tú no tienes nada que decirme Kanon.
- No, él ya lo ha dicho todo - contestó sin apartar su mirada en ningún momento del mar.
El resto de la travesía la pasaron en silencio. Después de desembarcar, fueron directos a la casa que en un tiempo fue el primer lugar de entrenamiento del Santo de Escorpio, una casa en una playa desierta, situada al sur de los acantilados. La casa es sencilla y se encuentra en un estado lamentable de conservación, sus paredes estaban agrietadas, la puerta y ventanas totalmente carcomidas, el techo sigue en su sitio, claro que ahora se podía ver el cielo desde el interior de la casa.
- ¡Es una ruina! – exclamó Kanon, recibiendo inmediatamente un codazo de su gemelo.
- Bueno eso se arregla cuando nos pongamos manos a la obra, y para mañana estará perfecto- dijo Kael, al tiempo que los jóvenes le miraban extrañados.
- Pero Maestro Kael, si no tenemos ni herramientas ni materiales – afirmo Saga.
- Piensa hacerlos aparecer de la nada – y Kanon recibió su segundo codazo por parte de su hermano.
El adulto se dirigió dentro de la casa y comenzó a sacar aquello que le pudiera servir o no, encontró las herramientas prácticamente oxidadas. Se dirigió hacia los gemelos con una sonrisa pícara y les comenzó a darles instrucciones para reparar la casa.
Después de conseguir que la casa tuviera un aspecto mejor, al caer la noche, los gemelos creían que por fin podrían descansar, pero no sabían cuan equivocados estaban, ya que Kael les obligó a hacer combate entre ellos, terminaron agotados en el suelo. Pero al menos ya se podían ir a dormir.
La primera semana para los jóvenes resulto agotadora, estaban acostumbrados a que los entrenamientos duros, ambos desde hacía cuatro años eran discípulos de Stavros de Géminis, el hombre que vino a buscarles el día que murieron sus padres en aquel accidente automovilístico. Ambos habían conseguido desde hacía tiempo el nivel de los caballeros de plata, pero Kael los trataba como si estuvieran al nivel de un caballero de oro.
- ¡No puedo más! – exclamó Kanon cayendo al suelo agotado.
- No debemos hacerlo, el maestro Kael nos hará repetir los ejercicios – dijo su gemelo intentado vanamente que se levantará y no caerse el mismo, pues se encontraba tan exhausto como su hermano.
- Gemelos si uno cae, los dos recibirán el castigo. ¡Venga no es tan difícil! Yo he hecho lo mismo antes de que se levantaren y no me ha costado tanto.
- ¡Claro como usted es un caballero de oro¡Yo no lo soy!- le gritó Kanon.
- Maestro Kael no tenemos el nivel de los caballeros de su rango. ¡No podemos más! – dijo Saga.
En un abrir y cerrar de ojos, Kael estaba frente a ellos, con una expresión atemorizante y mirada depredadora, los dos jovencitos no podían creer que fuera el mismo hombre. Les agarró del cuello y los levantó por los aires.
- Para ser un caballero de oro de Atenea hay que estar dispuestos a hacer cualquier cosa y desearlo con tal intensidad que el destino no sea otro que llevar la armadura. No basta por la elección que vuestro maestro hizo en vosotros, porque sino lucháis para conseguirlo, ya podéis regresar al Santuario y optar por una armadura de plata, ya que podéis hacerlo- después le soltó y regresó a la casa.
Horas más tarde, cuando ya habían completado su entrenamiento, los dos regresaron a la casa completamente agotados, estaban dispuestos a quedarse dormidos de pie. Pero al entrar en casa se encontraron con Kael con una suculenta cena y felicitándoles por el día de hoy, ya que si habían superado el entrenamiento en un día no muy lejano serían caballeros de la armadura dorada.
Los días iban pasando y los entrenamientos se intensificaban. Pero un día por la mañana fueron ellos dos al mercado a por víveres, ya que el caballero de escorpión se había ido por una misión que le había mandado el Patriarca, dejándoles solos durante dos días. Así que ahora eran totalmente independientes y libres para hacer lo que quisieran, siempre y cuando no les trajera consecuencias negativas les había dicho Kael.
- Deberíamos darnos prisa en comprar lo necesario y proseguir con el entrenamiento – decía Saga al tiempo que pagaba por las patatas recién compradas.
- Yo opinó que deberíamos divertirnos, por una vez podrías dejar de pensar en lo que debes hacer y hacer lo que quieres- dijo su gemelo al tiempo que le cogía la bolsa con el dinero y lo guardaba en uno de sus bolsillos.
- ¡Kanon devuélveme eso ahora mismo! – ordenó el mayor de los gemelos.
- ¡No, ahora vamos a comprar lo que yo quiera! – le contestó Kanon caminando más deprisa entre la multitud.
- ¡No seas infantil!- le gritó Saga.
Entre la gente podía oírse la risa de Kanon, le divertía hacer enfadar a su hermano, le fastidiaba que su hermano tuviera ese sentido de la responsabilidad y el deber tan exagerados. En su infalible opinión como así él creía, Saga debería vivir un poco, y sobretodo divertirse como antes lo hacían los dos.
- ¡Auch! – exclamó molesto Kanon ante el golpe recibido en el estómago. Miró al causante del dolor, un niño pequeño con cabellos azulados parecidos a los suyos pero más oscuros. - ¡Maldito mocoso!
El pequeño que había caído al suelo se levantó y encaró a quien le había gritado, mirándole directamente a los ojos, haciendo que le más mayor se paralizara por un segundo por esa mirada tan depredadora, por un momento pensó que le miraba Kael.
- ¡Estúpido mira por donde andas! – le dijo el niño que no debía tener más de siete años y le dio una patada en la espinilla, para luego irse corriendo perdiéndose entre el gentío del mercado.
- ¡Espera que te atrape mocoso! – le grito al tiempo que se masajeaba la zona golpeada. Su hermano estuvo enseguida a su lado, quien lo había visto y sonreía divertido ante la situación.
- Te lo mereces – le dijo Saga. – Anda, terminemos de comprar y volvamos a la casa.
- Ese niño me ha dado una buena patada, me duele bastante – metió su mano en el bolsillo y su rostro se volvió lívido.
- Por favor, no me digas que has perdido el dinero – el tono de voz dejaba entrever su enfado.
- ¡Claro que no! – se defendió y miró hacia donde se había ido el niño. - ¡Ese maldito crío me ha robado!
- ¡Mierda Kanon¡El maestro Kael nos va a matar! – ahora la voz de Saga además de enfadada sonaba preocupada.
El gemelo menor ya no escuchaba a su hermano, había ido en busca de esa sabandija que había robado a un futuro caballero de oro. Cuando le encontrara le iba hacer pedazos, se iba arrepentir de lo que había hecho.
Al cabo de un par de horas de buscar por todo el pueblo, incluso entrando en algunas casas de donde le habían sacado a gritos y amenazas, Kanon comenzaba a impacientarse. Saga también buscaba al pequeño pero tampoco encontró rastro alguno.
- A lo mejor es un turista – comentó Saga.
- Me insulto en un perfecto griego – afirmó Kanon.
- Puede ser un turista griego del continente.
- No, ese criajo de las narices es de esta isla. Estará escondido en alguna parte, tal vez fuera del pueblo en sus alrededores. Hay unas cuantas casas antes de llegar al pueblo.
Siguieron buscando pero sin éxito alguno. Se estaba haciendo tarde, el día ya atardecía, así que decidieron regresar para la casa. Los hermanos estaban preocupados por el que diría a Kael cuando regresara, no podían mentirle, se daría cuenta, de hecho saben por boca de su maestro que el escorpión huele las mentiras y no se le podía engañar nunca.
- El maestro Kael se disgustará con nosotros mucho – decía cabizbajo Saga.
- Contigo no creo, a mí ya es otra cosa.
- Pero yo soy el responsable del dinero y ahora te lo han robado.
- No me lo hubieran robado si no te lo hubiera tomado de las manos. No puedes ser responsable de mis actos Saga, solo eres mayor que yo por una hora. Supongo que algún día te darás cuenta y dejarás de protegerme.
Continuaron caminando en paralelo del acantilado, hasta que vieron un grupo de jóvenes de su edad que rodeaban a un niño pequeño. Los gemelos sintieron curiosidad, la posibilidad de interactuar con gente fuera del Santuario les parecía entretenido, se preguntaban que hacía el resto del mundo cuando ellos se preparaban para ser caballeros, porque después de todo son a las personas y Atenea a los que protegen.
- ¡No me lo puedo creer! – exclamó Kanon riendo y se dirigió hacia el grupo. - ¡Es ese niño!
Cuando estuvo mas cerca, vio que en realidad que lo que hacían era zarandear y golpear al pequeño de un lado al otro, el pequeño intentaba golpearlos con sus puños y lanzarles patadas, incluso dentelladas intentaba dar. Al tiempo que una niña que daba vueltas fuera del círculo les gritaba que se pararan, diciéndoles que iban a hacer daño, pero los otros solo se reían.
- ¿Por qué te preocupas por un niño huérfano Calixto? – preguntó uno.
- ¡Vete a casa! – dijo otro.
La niña vio al recién llegado, un niño que parecía mayor que todos ellos, tal vez de unos trece años, y con ojos suplicantes le imploró al desconocido que ayudará al más pequeño.
- Yo solo quiero recuperar la bolsa de dinero que me quitó – le contestó Kanon.
- Ya le has oído Calixto. Nadie va ayudar un maldito huérfano que además es un ladrón– dijo uno de los niños que había hablado antes propinándole un fuerte golpe en la cara del más pequeño, haciendo que cayera al suelo.
- Por favor dejarle, es muy pequeño y él no ha querido hacerlo, seguramente no ha tenido otra alternativa para poder comer – dijo ella al tiempo que intentaba llegar al pequeño que se encontraba en el suelo con el labio partido e intentaba ponerse de pie, pero sin dejarles de mirar desafiante a sus agresores.
Saga que también se había acercado, no le gustaba el rumbo que estaba tomando la situación, en especial cuando uno de esos niños saco una navaja, aunque ese niño le hubiera quitado el dinero a su hermano, no era una pelea justa para el pequeño.
- ¿Qué os ha hecho para que lo tratéis así? – preguntó Saga llamando la atención de todos incluso del más pequeño.
- No te metas en esto, es un huérfano que no tiene a nadie. Así que podemos hacer lo que queramos con él, incluso marcarle como un maldito huérfano que es – dijo el niño de la navaja, pero antes de que pudiese decir nada se encontraba en el suelo gritando de dolor.
- Eh tú¿por qué lo has hecho? – increpó uno de los niños dirigiéndose hacia el autor del que había golpeado a su amigo.
- Yo que tú me quedaría donde estás o me marcharía – dijo Kanon haciendo crujir sus nudillos. – Y lo he hecho porque no soporto que la gente crea que pueda hacer lo que quiera a un huérfano porque cree que están solos. ¡No somos animales!
- Nadie... te ha... pedido... ayuda – dijo el pequeño ladrón poniéndose de pie con esfuerzo para dar una patada a unos de sus maltratadores. – ¡Yo solo me basto!
- ¡Os vamos hacer picadillo! – gritaron todos abalanzándose contra Kanon y el pequeño.
- Lo dudo mucho – dijo Saga comenzando a golpear a los niños antes de que hicieran más daño al pequeño, su hermano se bastaba solo para defenderse. En segundos terminó todo.
Pero lo que ocurrió a continuación nadie tenía previsto que ocurriera. Todo fue muy rápido, nadie vio como fue exactamente ni siquiera los gemelos, pero para cuando se dieron cuenta el pequeño de cabellos azulones estaba al borde del precipicio a duras penas manteniendo el equilibrio, para luego caer de espaldas por el acantilado.
- ¡Noooo! – gritó Calixto.
- ¡Vámonos de aquí! – dijeron unos.
- ¡Corred! – exclamaron otros.
Pero los gemelos se precipitaron al borde del acantilado y Kanon no se lo pensó dos veces y saltó.
Saga se volteó a la niña y le dijo.
- Sabes la vieja casa de la playa que está a tres kilómetros de aquí – la niña aterrorizada asintió. – Lleva nuestras cosas allí – y saltó como su hermano lo había hecho unos segundos antes.
Kanon no comprendía él por qué de sus acciones, todavía no entendía como es que estaba arriesgando su vida por un niño que ni siquiera sabia el nombre, que le había robado, dado una patada e insultado. Pero a pesar de ello no había dudado en ayudarlo a defenderse de esos imbéciles y energúmenos, ahora estaba buceando para encontrarle antes de que muriera ahogado o aplastado contra las rocas, rezando a la Diosa Atenea que le guiase hasta él. En medio de aquella oscuridad guiado por un reflejo, nadó velozmente hacia delante y le vio. Sin más dilaciones tomó el pequeño cuerpo y subió a la superficie del agua lo más rápido que pudo.
- ¡Kanon!- llamó Saga acercándose a él.
- ¡Es increíble¡Respira! – explicó Kanon. - Debemos llegar a la orilla.
- La playa no está muy lejos, unos kilómetros a nado. Ya lo llevaré yo.
- Olvídalo Saga, soy mejor nadador que tú, puedo llevarlo todo el trayecto – comenzó a nadar.
Los gemelos nunca habían nadado tan rápido como este día, eran plenamente conscientes que el pequeño necesita ayuda urgente, pues ya era un milagro que aún siguiera viviendo después de caer desde semejante altura y no haber muerto. Sobretodo Kanon no estaba dispuesto que ese ladrón se muriera en sus brazos, nadaba a la misma velocidad que su hermano Saga a pesar de que para él era mucho más dificultoso y sino era suficiente el oleaje era cada vez más bravo, pero eso no importaba. Al final consiguieron llegar a la playa.
- Saga – llamó Kanon con el niño en sus brazos cayó sobre sus rodillas cuando salió del agua.
- Ya lo llevaré yo – dijo Saga tomando al niño entre sus brazos. – Descansa hermanito, lo has hecho muy bien.
Kanon vio como su hermano corría hacia la casa donde ahora vivían, vio salir de ella a la niña que estaba con ellos y detrás pudo reconocer la silueta de Kael, así que su maestro suplente había regresado antes de lo esperado.
- Será mejor levantarme antes de que me tache de debilucho – dijo Kanon levantándose de la arena.
Dentro de la casa Kael se encargó de todo. Pensaba en lo acaecido, le sorprendió encontrarse a una niña llorando en la puerta de la casa, lo primero que pensó fue que algo le había sucedido a los gemelos, pero la niña entre sollozos le explicó algo referente a una pelea, después alguien cayendo por el acantilado y los gemelos saltando para rescatarle. Eso le había puesto más nervioso hasta que sintió el cosmos de los gemelos. Respirando un poco más tranquilo, al verlos observó que Saga traía a alguien en brazos, un niñito que había sobrevivido milagrosamente a una caída que ningún humano lo hubiese hecho. El mayor de los gemelos le relató todo.
La niña se fue al cabo de unos momentos al ver que dejaba al más pequeño en buenas manos, prometiendo regresar al día siguiente.
- ¿Por qué no despierta? – preguntó Saga quien no se había apartado de ese niño de cabellos azules por más de cuatro horas.
- No te preocupes, no creo que despierte hasta mañana. Por qué no te vas a dormir y te llevas a tu hermano contigo pues se está cayendo de la silla – dijo el caballero de escorpión, observando como Kanon dormitaba, pero de vez en cuando abría un ojo para ver como estaba el más pequeño. – La niña, Calixto no te ha dicho su nombre.
- Me parece que ella le llama bicho, pero dudo que ese sea su nombre.
- Encuentro que es apropiado para él – dijo Kanon hablando por primera vez desde que había entrado en la casa.
- Abu...elo – murmuró el niño entreabriendo los ojos.
- Parece que despierta – dijo Saga acercándose más a la cabecera, mientras que Kanon se levanta de la silla.
- ¿Quiénes... sois?
- Hola pequeño, yo soy Kael y ellos mis alumnos, Saga y Kanon. Será mejor que descanses has tenido mucha suerte de seguir con vida.
- La suerte no existe... para mí – dijo con sonrisa burlona.
Entonces el pequeño miró fijamente quien le estaba hablando abriendo completamente sus ojos. Y en ese momento Kael lo supo, al mirarle a los ojos, al sentir un débil cosmos en él, aquél que solo puede pertenecer a un futuro caballero de escorpión, por fin había encontrado a su alumno, nunca lo hubiera pensado que en este lugar, en aquella isla de las Cicladas, iba a encontrar a su discípulo y sucesor.
- Dime¿cuál es tu nombre?
- Milo- respondió el pequeño ladrón.
Notas de autor:Siento que falten algunas comas y signos, pero ya conocemos como es este progama, tiende a comerselos.
Espero que hayan disfrutado de su lectura.
(1) El nombre antiguo para la ciudad egipcia que los griegos llamaron Tebas.
