Nota del autor: Esto es una versión reescrita de la historia original. La empecé a escribir hará algunos años, y ya entonces sufrió sus cambios. Básicamente la iba escribiendo sobre la marcha sin pensar demasiado. Al final resultó ser un tanto caótica. Ahora que ha pasado el tiempo (y que me gusta escribir de manera diferente) decidí que ya era hora de acabarla de una vez. No sin antes darle una buena reescritura para quedarme bien a gusto. Es un año nuevo, y todo eso. En fin, que espero que todo este jaleo acabe mereciendo la pena. Yo creo que sí. ¡Crucemos los dedos! — Azufre.

CAPÍTULO 1: UN MONTÓN DE CENIZA

1

El médico de guardia cuelga la bata en el perchero y un cigarrillo de sus labios; luego apaga el interruptor de la luz y su pequeña cabina queda a oscuras. Al poco sale fuera, y el viento de noviembre le da en toda la cara con ese olor de cuando amenaza tormenta.

2

La lluvia pega contra el alero de chapa como un bombardeo: tap, tap, tap, tap, tap. Él se sienta a escucharla, en un banco hecho de metal que está tan helado como todo lo demás en esta época del año. Se oye la piedra de un mechero. Se enciende la llama de un cigarrillo. Alguien se sienta a su lado. Es una enfermera con quien coincide a veces, joven, guapa, pero toda ojeras.

— ¿Una noche dura? — pregunta él. Ella se ríe en silencio, con una bocanada que es de humo blanco.

— A estas alturas me alegro de no estar en una bolsa de plástico — responde— y poco más, si te digo la verdad.

Él amaga una sonrisa. A ella le sale una pequeña. Las cosas no están muy bien últimamente: ni para ellos, ni para nadie en la aldea. No ha pasado ni un mes desde que los del Sonido casi la queman hasta los cimientos.

— Supongo que lo sabes, pero ya encontraron a todos— dice la enfermera, a lo que él asiente—: yo estoy en su misma planta, y... bueno. Tuve que cuidar de dos de los más graves.

— Lo siento.

— Si hay que sentir algo, es por ellos — La enfermera aprieta los labios, deja caer el cigarrillo, lo pisa. Se enciende otro— Mandar genin a misiones así... ¿en qué estamos pensando?

— Un genin sigue siendo un ninja, es su trabajo.

— Son niños, maldita sea. — Hay un silencio. Fuman despacio, escuchan llover. Hasta que ella habla—: Al último lo encontraron hace unas horas. Estaba en el valle, donde las esculturas de piedra. Medio muerto. Y eso ya es mucho teniendo en cuenta cómo le dejaron.

— No hace falta que sigas.

Ella le ignora.

— Tenía una quemadura así en el costado — dice. Se pasa la mano por la cintura, desde las primeras costillas hasta el ombligo—; no, más que una herida, era como si alguien le hubiera... — Lo que quiere decir es: es como si alguien le hubiera sacado la carne con una cuchara, pero, de algún modo, no es capaz de hacerlo—. Digamos que le faltaba un trozo, y tanta sangre que no tengo ni idea de cómo lo trajeron hasta aquí con vida. Cuando le vi... ya sabes que no soy una blanda, pero casi echo la cena.

La imagen que revive en su cabeza es perturbadora. Un montón de carne rosa curándose muy rápido, pero no lo suficiente. Un chico menudo, rubio, que se va, que no responde... Unas pupilas que se encienden de rojo neón en el último momento. El chico quedándose muy quieto. La cirujana jefe, Tsunade Senju, abriendo la puerta de un empujón, y aquel hombre detrás, con una joven en brazos...

— Eh — él le toca el muslo con suavidad— no le des demasiadas vueltas. Escúchame: el secreto está en no pensar. Tú fíjate en mí, que llevo años sin hacerlo. Al final casi nada de lo que pasa en este sitio está bajo nuestro control y esa es una verdad que duele. Pero yo qué sé. Es lo que hay. ¿Te sobra uno? — Eso lo dice abriendo su cajetilla vacía. Ella le pone un cigarrillo en los labios y lo prende, mientras a su alrededor la lluvia cae con más y más fuerza. — Gracias — dice él. Ella le guiña un ojo, cansada. — Va siendo hora de volver dentro.

— Supongo que sí.

Ahora el médico de guardia está de pie, y le da la espalda. Está justo al borde de la densa cortina de lluvia que hay más allá del alero. Parece que va a cruzarla, cigarrillo encendido y todo, pero algo le detiene.

— Oye, Ai — Ella levanta la mirada. Es la primera vez que le llama por su nombre.— Ese chico de antes, ¿te referías a Naruto Uzumaki? — Ella responde que sí.

— Nunca vi a nadie aferrarse así a la vida — añade después— aunque de no ser por Tsunade, habría muerto un millar de veces esa misma noche.

— Y aún así... — El médico de guardia se termina su cigarrillo y lo parte con los dedos— ¿Cuántos te quedan? — Ai parpadea, luego mira en su bolsillo.

— Tres.

— Vale, necesito que me hagas un favor.

— No seas tonto, puedes quedártelos si quieres.

— No, quiero que te los termines tú. Quédate aquí sentada un rato más, ¿de acuerdo? No hace falta que vuelvas dentro todavía. — Ella va a hablar, pero él le interrumpe. Se gira hacia ella y le mira a los ojos— Escúchame. Quédate donde estás y termínatelos. Estás cansada. Ya te avisaré yo si surge algo.

Entonces pasa algo. Ai quiere preguntarle el por qué de esa petición tan rara, pero no le sale la voz. Trata de cerrar las manos pero no responden; trata de enfocar la vista, pero se le emborrona. Está en trance. Y cuando puede volver a moverse, no se pregunta por qué está sola. Ni qué era ese brillo en los ojos de su compañero. Qué va. Lo único que quiere es fumarse sus tres cigarrillos, uno tras otro, y si tarda en volver dentro, pues mejor.

¿No es así?