¡Hana!

Cap. 12- Limpia.

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-¡Otto-chan!

Un grito desesperado se escuchó por toda la pensión. El nombrado, Yoh Asakura, había salido corriendo hacia el rescate de su pequeño hijo que había gritado a todo pulmón. Consigo llevaba a Harusame y a un Amidamaru preparado para todo.

-¿Qué sucede?

Entró a la cocina de donde provenía el gritó y se puso en guardia. Buscaba con la mirada al desgraciado que se había atrevido a lastimar a su hijo, o eso creía. Lo único que encontró fue a un rubio parado frente al refrigerador con un gran puchero en el rostro.

-¡No naranjas! –gritó de nuevo el rubio y comenzó a llorar mientras se tiraba al piso y hacía un berrinche digno de su edad.

-Anna fue al súper mercado, Hana-chan. Traerá más -dijo en un suspiro de alivio, bajó su espada y Amida despareció en el aire.

Su hijo era bastante dramático, bueno él igual lo sería si de repente se enterará que no habían naranjas para quitarse el antojo.

-¡Yo quiero! –seguía gritando y tirado en el piso.

-Lo sé –sonrió –Yo igual, pero hay que esperar a mamá –se acercó a su hijo y lo tomó entre sus brazos.

-Pero quiero ahora… -y un gran puchero no se hizo esperar.

-Tadaima! –se escuchó a lo lejos.

El rubio, al escuchar esa voz tan familiar, se soltó de su padre y corrió hasta la entrada de la casa donde se encontraba su madre, detrás de él lo seguía un Yoh muy sonriente.

-Okaeri! –dijeron los dos al unísono.

La rubia mujer los miró detenidamente, lo dos Asakura miraban con unos ojos muy brillantes las bolsas de súper mercado que traía en la mano. Suspiró resignada.

-Lo sé… -susurró. Sacó de una de las bolsas dos naranjas y se las entregó a cada uno.

Padre e hijo sonrieron al ver su preciada frutada.

-Arigato!

Ella sólo sonrió.

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Al otro día, Anna e Yoh habían decidido tomar un día entero para ellos dos solos, así que dejaron a su pequeño hijo de tres años bajo el cuidado de su adorado tío Hao Asakura. Lamentablemente, para Hao, su querido sobrino estaba en la etapa de los por qué y de las preguntas constantes, lo cual le ocasionaba bastantes dolores de cabeza.

-Tío Hao… -habló el pequeño mientras lo miraba detenidamente.

-Eh… -contesto éste mirándolo de reojo.

-¿Por qué te pareces a mi oto-chan?

-Porque somos hermanos gemelos…

-¿Y por qué?

-Porque tenemos a los mismos padres… -respondió sin mucha gana.

-Ah… -calló por unos segundos – Tío Hao –volvió a llamar.

-Eh…

-¿Me haces caballito?

-No –contestó arqueando una ceja.

-Onegai… -suplicó el pequeño haciendo una gran puchero, pero recibió de nuevo un no por respuesta.

Hana lo miró con esos grandes, profundos y llorosos ojos negros que poseía. Hao arqueó una ceja y lo miró con un gran signo de interrogación invadiendo su mente. El rubio no soportó más y rompió en llanto mientras se tiraba al suelo golpeando con sus pequeñas manitas la madera de éste.

-¡Está bien, está bien!

El castaño no tuvo más remedio que ser el caballito de su pequeño sobrino quien ahora era poseedor de una gran y hermosa sonrisa de oreja a oreja.

-¡Caballito! –gritaba el pequeño al tiempo que golpeaba con sus diminutos talones las costillas de su tío.

-Éste juego duele… -se quejó Hao en voz baja mientras le hacía de pony andando con un niño en la espalda por todos los pasillos de la enorme pensión.

Unos minutos después, el juego del caballito había terminado ya que el pony se había quejado por los constantes jalones de cabello que recibía, teniendo como excusa, por parte del jinete, que su cabello era la cuerda.

-Creo que tengo demasiada paciencia contigo, mocoso.

-Yo no soy mocoso, soy Hana –se quejó el pequeño.

-Lo sé, pero aún así eres un mocoso.

-¡Que no! –exclamó el rubio con ceño fruncido –¡Soy Hana! Tío Hao.

El castaño suspiro.

-Sí, está bien.

Hana se le quedo viendo. Hao se dio cuenta pero decidió ignorarlo. Ante esto, el rubio se sentó frente a él y lo miró con más insistencia. Hao volvió a suspirar resignado.

-¿Qué quieres? –dijo enfadado –Como molestas, eh.

-Tengo hambre, tío Hao –apuntó a su estomago –Suena.

-Aún no es hora de la cena, tendrás que aguantar.

El pequeño Asakura, molesto y con el entrecejo fruncido, se puso de pie y se perdió de la vista de su tío.

-Mocoso –susurró Hao mientras veía el televisor.

Mientras, Hana había tomado una decisión. Si su tío Hao no quería darle de comer, él mismo se serviría algo que llenara el vació de su estomago. Así que se había dirigido a la cocina y había tomado lo primero que sus ojos visualizaron: una caja de galletas. Su madre las había comprado apenas unos días atrás, pero sólo se las daba a comer cada vez que se portaba bien o comía todas sus verduras, ósea casi nunca. No importaba si se las comía todas en un rato, de todos modos el castigo iba a ser para el tío Hao, no para él.

Sonrió triunfante.

Hao no se había percatado de esto, estaba demasiado ocupado ignorando al pequeño y viendo incendios forestales en el televisor como para hacerlo.

-¡Ah, yo podría quemar eso más rápido que nadie! –le gritó al televisor.

-¡Yei!

Escuchó la chillona vocecita de su sobrino acercarse a él con una gran alegría.

-¿Y ahora tú qué…? –dijo volteándolo a ver, pero no pudo terminar de hablar al verlo.

Hana estaba completamente batido. No sólo se había comido todas las deliciosas galletas, sino que había abierto el refrigerador y se había tomado el bote de leche. Tenía rastros de migajas por todo el rostro y ropa, y sus manos y cara se encontraban pegajosas por el líquido que, más que tomárselo, se había bañado con él.

Hao se levantó y corrió hacia la cocina, sus sospechas eran ciertas, la cocina había quedado más sucia que el propio Hana. Se quedo petrificado en su lugar, Anna lo mataría.

-Pe… pero ¿Qué hiciste? –dijo con los ojos tan abiertos como un par de platos.

El niño no respondió, sólo se lamió los labios y sonrió al haber comido tan rico.

-Tu madre me va a matar…

Hana lo miró y se acercó a él, pero luego algo lo interrumpió.

-¡BOB! –gritó al haber escuchado en el televisor a su cantante favorito -¡BOB! –y salió corriendo a su encuentro como si no hubiera pasado nada.

-Me va a matar… -susurraba con dolor el castaño mientras miraba con dolor y tristeza la cocina sucia y a su sobrino totalmente sucio correr sin preocupación alguna a ver el televisor –Ya estoy muerto…

Podría haberse puesto a limpiar, pero prefirió lamentarse durante un largo tiempo mientras escuchaba cantar a todo pulmón a su sobrino.

-Detesto limpiar…

Continuará.

Nota; gracias x los comentarios, gomen por tardar. Besos, bye.