CAPÍTULO XLVII
He estado pensándolo otra vez, Tomoyo –– le dijo su tío cuando salían de la ciudad ––, y finalmente, después de serias consideraciones, me siento inclinado a adoptar el parecer de tu hermana mayor. Me parece poco probable que Kinomoto quiera hacer daño a una muchacha que no carece de protección ni de amigos y que estaba viviendo con la familia Forster. No iba a suponer que los amigos de la chica se quedarían con los brazos cruzados, ni que él volvería a ser admitido en el regimiento tras tamaña ofensa a su coronel. La tentación no es proporcional al riesgo.
–– ¿Lo crees así de veras? –– preguntó Tomoyo animándose por un momento.
–– Yo también empiezo a ser de la opinión de tu tío –– dijo la señora Gardiner––. Es una violación demasiado grande de la decencia, del honor y del propio interés, para haber obrado tan a la ligera. No puedo admitir que Kinomoto sea tan insensato. Y tú misma, Tomoyo, ¿le tienes en tan mal concepto para creerle capaz de una locura semejante?
–– No lo creo capaz de olvidar su propia conveniencia, pero sí de olvidar todo lo que no se refiera a ello. ¡Ojalá fuese como vosotros decís! Yo no me atrevo a esperarlo. Y si no, ¿por qué no han ido a Escocia?
–– En primer lugar –– contestó el señor Gardiner ––, no hay pruebas de que no hayan ido.
–– ¿Qué mejor prueba que el haber dejado la silla de postas y haber tomado un coche de alquiler? Además, no pasaron por el camino de Barnet.
–– Bueno, supongamos que están en Londres. Pueden no haberlo hecho más que con el propósito de ocultarse. No es probable que ninguno de los dos ande sobrado de dinero, y habrán creído que les saldría más barato casarse en Londres que en Escocia, aunque les sea más difícil.
–– ¿Pero a qué ese secreto? ¿Por qué tienen que casarse a escondidas? Sabes por Sakura que el más íntimo amigo de Kinomoto asegura que nunca pensó casarse con Kaho. Kinomoto no se casará jamás con una mujer que no tenga dinero, porque él no puede afrontar lo gastos de un matrimonio. ¿Y qué merecimientos tiene Kaho, qué atractivos, aparte de su salud, de su juventud y de su buen humor, para que Kinomoto renuncie por ella a la posibilidad de hacer un buen casamiento? No puedo apreciar con exactitud hasta qué punto le ha de perjudicar en el Cuerpo una fuga deshonrosa, pues ignoro las medidas que se toman en estos casos, pero en cuanto a tus restantes objeciones, me parece difícil que puedan sostenerse. Kaho no tiene hermanos que tomen cartas en el asunto; y dado el carácter de mi padre, su indolencia y la poca atención que siempre ha prestado a su familia, Kinomoto ha podido creer que no se lo tomaría muy a la tremenda.
–– Pero ¿cómo supones que Kaho sea tan inconsiderada para todo lo que no sea amarle, que consienta en vivir con él de otra manera que siendo su mujer legítima?
–– Así parece –– replicó Tomoyo con los ojos llenos de lágrimas ––, y es espantoso tener que dudar de la decencia y de la virtud de una hermana. Pero en realidad no sé qué decir. Tal vez la juzgo mal, pero es muy joven, nunca se le ha acostumbrado a pensar en cosas serias, y durante el último medio año, o más bien durante un año entero, no ha hecho más que correr en pos de las diversiones y de la vanidad. Se le ha dejado que se entregara al ocio y a la frivolidad y que no hiciese más que lo que se le antojaba. Desde que la guarnición del condado se acuarteló en Meryton, no pensó más que en el amor, en el coqueteo y en los oficiales. Hizo todo lo que pudo para excitar, ¿cómo lo diría?, la susceptibilidad de sus sentimientos, que ya son lo bastante vivos por naturaleza. Y todos sabemos que Kinomoto posee en su persona y en su trato todos los encantos que pueden cautivar a una mujer.
–– Pero ya ves –– insistió su tía –– que tu hermana no cree a Kinomoto capaz de tal atentado.
–– Sakura nunca cree nada malo de nadie. Y mucho menos tratándose de una cosa así, hasta que no se lo hayan demostrado. Pero Sakura sabe tan bien como yo quién es Kinomoto. Las dos sabemos que es un libertino en toda la extensión de la palabra, que carece de integridad y de honor y que es tan falso y engañoso como atractivo.
–– ¿Estás segura? –– preguntó la señora Gardiner que ardía en deseos de conocer la fuente de información de su sobrina.
–– Segurísima –– replicó Tomoyo, sonrojándose ––. Ya te hablé el otro día de su infame conducta con el señor Hiragizawa, y tú misma oíste la última vez en Longbourn de qué manera hablaba del hombre que con tanta indulgencia y generosidad le ha tratado. Y aún hay otra circunstancia que no estoy autorizada... que no vale la pena contar. Lo cierto es que sus embustes sobre la familia de Pemberley no tienen fin. Por lo que nos había dicho de la señorita Hiragizawa, yo creí que sería una muchacha altiva, reservada y antipática. Sin embargo, él sabía que era todo lo contrario. El debe saber muy bien, como nosotros hemos comprobado, cuán afectuosa y sencilla es.
–– ¿Y Kaho no está enterada de nada de eso? ¿Cómo ignora lo que Sakura y tú sabéis?
–– Tienes razón. Hasta que estuve en Kent y traté al señor Hiragizawa y a su primo el coronel Fitzwilliam, yo tampoco lo supe. Cuando llegué a mi casa, la guarnición del condado iba a salir de Meryton dentro de tres semanas, de modo que ni Sakura, a quien informé de todo, ni yo creímos necesario divulgarlo; porque ¿qué utilidad tendría que echásemos a perder la buena opinión que tenían de él en Hertfordshire? Y cuando se decidió que Kaho iría con los señores Forster a Brighton, jamás se me ocurrió descubrirle la verdadera personalidad de Kinomoto, pues no me pasó por la cabeza que corriera ningún peligro de ese tipo. Ya comprenderéis que estaba lejos de sospechar que hubiesen de derivarse tan funestas consecuencias.
–– ¿Cuando trasladaron la guarnición a Brighton, no tenías idea de que hubiese algo entre ellos?
–– Ni la más mínima. No recuerdo haber notado ninguna señal de afecto ni por parte del uno ni por parte del otro. Si hubiese habido algo, ¡buena es mi familia para que les pasara inadvertido! Cuando Kinomoto entró en el Cuerpo, a Kaho le gustó mucho, pero no más que a todas nosotras. Todas las chicas de Meryton y de los alrededores perdieron la cabeza por él durante los dos primeros meses, pero él nunca hizo a Kaho ningún caso especial, por lo que después de un período de admiración extravagante y desenfrenada, dejó de acordarse de él y se dedicó a otros oficiales que le prestaban mayor atención.
Aunque pocas cosas nuevas podían añadir a sus temores, esperanzas y conjeturas sobre tan interesante asunto, los viajeros lo debatieron durante todo el camino. Tomoyo no podía pensar en otra cosa. La más punzante de todas las angustias, el reproche a sí misma, le impedía encontrar el menor intervalo de alivio o de olvido.
Anduvieron lo más de prisa que pudieron, pasaron la noche en una posada, y llegaron a Longbourn al día siguiente, a la hora de comer. El único consuelo de Tomoyo fue que no habría hecho esperar a Sakura demasiado.
Los pequeños Gardiner, atraídos al ver un carruaje, esperaban de pie en las escaleras de la casa mientras éste atravesaba el camino de entrada. Cuando el coche paró en la puerta, la alegre sorpresa que brillaba en sus rostros y retozaba por todo su cuerpo haciéndoles dar saltos, fue el preludio de su bienvenida.
Tomoyo les dio un beso a cada uno y corrió al vestíbulo, en donde se encontró con Sakura que bajaba a toda prisa de la habitación de su madre.
Se abrazaron con efusión, con los ojos llenos de lágrimas, y Tomoyo preguntó sin perder un segundo si se había sabido algo de los fugitivos.
–– Todavía no –– respondió Sakura ––, pero ahora que ya ha llegado nuestro querido tío, espero que todo vaya bien.
–– ¿Está papá en la capital?
–– Sí, se fue el martes, como te escribí.
–– ¿Y qué noticias habéis tenido de él?
–– Pocas. El miércoles me puso unas líneas diciéndome que había llegado bien y dándome su dirección, como yo le había pedido. Sólo añadía que no volvería a escribir hasta que tuviese algo importante que comunicarnos.
–– ¿Y mamá, cómo está? ¿Cómo estáis todas?
–– Mamá está bien, según veo, aunque muy abatida. Está arriba y tendrá gran satisfacción en veros a todos. Todavía no sale de su cuarto. Rika y Naoko se encuentran perfectamente, gracias a Dios.
–– ¿Y tú, cómo te encuentras? ––preguntó Tomoyo ––. Estás pálida. ¡Cuánto habrás tenido que pasar! Pero Sakura aseguró que estaba muy bien. Mientras tanto, los señores Gardiner, que habían estado ocupados con sus hijos, llegaron y pusieron fin a la conversación de las dos hermanas. Sakura corrió hacia sus tíos y les dio la bienvenida y las gracias entre lágrimas y sonrisas.
Una vez reunidos en el salón, las preguntas hechas por Tomoyo fueron repetidas por los otros, y vieron que la pobre Sakura no tenía ninguna novedad. Pero su ardiente confianza en que todo acabaría bien no la había abandonado; todavía esperaba que una de esas mañanas llegaría una carta de Kaho o de su padre explicando los sucesos y anunciando quizá el casamiento.
La señora Daidouji, a cuya habitación subieron todos después de su breve conversación, les recibió como era de suponer: con lágrimas y lamentaciones, improperios contra la villana conducta de Kinomoto y quejas por sus propios sufrimientos, echándole la culpa a todo el mundo menos a quien, por su tolerancia y poco juicio, se debían principalmente los errores de su hija.
–– Si hubiera podido –– decía –– realizar mi proyecto de ir a Brighton con toda mi familia, eso no habría ocurrido; pero la pobre Kaho no tuvo a nadie que cuidase de ella. Los Forster no tenían que haberla perdido de su vista. Si la hubiesen vigilado bien, no habría hecho una cosa así, Kaho no es de esa clase de chicas. Siempre supe que los Forster eran muy poco indicados para hacerse cargo de ella, pero a mí no se me hizo caso, como siempre. ¡Pobre niña mía! Y ahora Daidouji se ha ido y supongo que desafiará a Kinomoto dondequiera que le encuentre, y como morirá en el lance, ¿qué va a ser de nosotras?. Los Collins nos echarán de aquí antes de que él esté frío en su tumba, y si tú, hermano mío, no nos asistes, no sé qué haremos.
Todos protestaron contra tan terroríficas ideas. El señor Gardiner le aseguró que no les faltaría su amparo y dijo que pensaba estar en Londres al día siguiente para ayudar al señor Daidouji con todo su esfuerzo para encontrar a Kaho.
–– No os alarméis inútilmente –– añadió ––; aunque bien está prepararse para lo peor, tampoco debe darse por seguro. Todavía no hace una semana que salieron de Brighton. En pocos días más averiguaremos algo; y hasta que no sepamos que no están casados y que no tienen intenciones de estarlo, no demos el asunto por perdido. En cuanto llegue a Londres recogeré a mi hermano y me lo llevaré a Gracechurch Street; juntos deliberaremos lo que haya que hacer.
–– ¡Oh, querido hermano mío! exclamó la señora Daidouji ––, ése es justamente mi mayor deseo. Cuando llegues a Londres, encuéntralos dondequiera que estén, y si no están casados, haz que se casen. No les permitas que demoren la boda por el traje de novia, dile a Kaho que tendrá todo el dinero que quiera para comprárselo después. Y sobre todo, impide que Daidouji se bata en duelo con Kinomoto. Dile en el horrible estado en que me encuentro: destrozada, trastornada, con tal temblor y agitación, tales convulsiones en el costado, tales dolores de cabeza y tales palpitaciones que no puedo reposar ni de día ni de noche. Y dile a mi querida Kaho que no encargue sus trajes hasta que me haya visto, pues ella no sabe cuáles son los mejores almacenes. ¡Oh, hermano! ¡Qué bueno eres! Sé que tú lo arreglarás todo.
El señor Gardiner le repitió que haría todo lo que pudiera y le recomendó que moderase sus esperanzas y sus temores. Conversó con ella de este modo hasta que la comida estuvo en la mesa, y la dejó que se desahogase con el ama de llaves que la asistía en ausencia de sus hijas.
Aunque su hermano y su cuñada estaban convencidos de que no había motivo para que no bajara a comer, no se atrevieron a pedirle que se sentara con ellos a la mesa, porque temían su imprudencia delante de los criados y creyeron preferible que sólo una de ellas, en la que más podían confiar, se enterase de sus cuitas.
En el comedor aparecieron Rika y Naoko que habían estado demasiado ocupadas en sus habitaciones para presentarse antes. La una acababa de dejar sus libros y la otra su tocador. Pero tanto la una como la otra estaban muy tranquilas y no parecían alteradas. Sólo la segunda tenía un acento más colérico que de costumbre, sea por la pérdida de la hermana favorita o por la rabia de no hallarse ella en su lugar. Poco después de sentarse a la mesa, Rika, muy segura de sí misma, cuchicheó con Tomoyo con aires de gravedad en su reflexión:
–– Es un asunto muy desdichado y probablemente será muy comentado; pero hemos de sobreponernos a la oleada de la malicia y derramar sobre nuestros pechos heridos el bálsamo del consuelo fraternal.
Al llegar aquí notó que Tomoyo no tenía ganas de contestar, y añadió:
–– Aunque sea una desgracia para Kaho, para nosotras puede ser una lección provechosa: la pérdida de la virtud en la mujer es irreparable; un solo paso en falso lleva en sí la ruina final; su reputación no es menos frágil que su belleza, y nunca será lo bastante cautelosa en su comportamiento hacia las indignidades del otro sexo.
Tomoyo, atónita, alzó los ojos, pero estaba demasiado angustiada para responder. Rika continuó consolándose con moralejas por el estilo extraídas del infortunio que tenían ante ellos.
Por la tarde las dos hijas mayores de los Daidouji pudieron estar solas durante media hora, y Tomoyo aprovechó al instante la oportunidad para hacer algunas preguntas que Sakura tenía igual deseo de contestar.
Después de lamentarse juntas de las terribles consecuencias del suceso, que Tomoyo daba por ciertas y que la otra no podía asegurar que fuesen imposibles, la primera dijo:
–– Cuéntame todo lo que yo no sepa. Dame más detalles. ¿Qué dijo el coronel Forster? ¿No tenía ninguna sospecha de la fuga? Debían verlos siempre juntos.
–– El coronel Forster confesó que alguna vez notó algún interés, especialmente por parte de Kaho, pero no vio nada que le alarmase. Me da pena de él. Estuvo de lo más atento y amable. Se disponía a venir a vernos antes de saber que no habían ido a Escocia, y cuando se presumió que estaban en Londres, apresuró su viaje.
––Y Denny, testaba convencido de que Kinomoto no se casaría? ¿Sabía que iban a fugarse? ¿Ha visto a Denny el coronel Forster?
–– Sí, pero cuando le interrogó, Denny dijo que no estaba enterado de nada y se negó a dar su verdadera opinión sobre el asunto. No repitió su convicción de que no se casarían y por eso pienso que a lo mejor lo interpretó mal.
–– Supongo que hasta que vino el coronel Forster, nadie de la casa dudó de que estuviesen casados.
–– ¿Cómo se nos iba a ocurrir tal cosa? Yo me sentí triste porque sé que es difícil que mi hermana sea feliz casándose con Kinomoto debido a sus pésimos antecedentes. Nuestros padres no sabían nada de eso, pero se dieron cuenta de lo imprudente de semejante boda. Entonces Naoko confesó, muy satisfecha de saber más que nosotros, que la última carta de Kaho ya daba a entender lo que tramaban. Parece que le decía que se amaban desde hacía unas semanas.
–– Pero no antes de irse a Brighton.
–– Creo que no.
–– Y el coronel Forster, ¿tiene mal concepto de Kinomoto? ¿Sabe cómo es en realidad?
–– He de confesar que no habló tan bien de él como antes. Le tiene por imprudente y manirroto. Y se dice que ha dejado en Meryton grandes deudas, pero yo espero que no sea cierto.
–– ¡Oh, Sakura! Si no hubiésemos sido tan reservadas y hubiéramos dicho lo que sabíamos de Kinomoto, esto no habría sucedido.
–– Tal vez habría sido mejor –– repuso su hermana ––, pero no es justo publicar las faltas del pasado de una persona, ignorando si se ha corregido. Nosotras obramos de buena fe.
–– ¿Repitió el coronel Forster los detalles de la nota que Kaho dejó a su mujer?
–– La trajo consigo para enseñárnosla.
Sakura la sacó de su cartera y se la dio a Tomoyo. Éste era su contenido:
«Querida Harriet: Te vas a reír al saber adónde me he ido, y ni yo puedo dejar de reírme pensando en el susto que te llevarás mañana cuando no me encuentres. Me marcho a Gretna Green, y si no adivinas con quién, creeré que eres una tonta, pues es el único hombre a quien amo en el mundo, por lo que no creo hacer ningún disparate yéndome con él. Si no quieres, no se lo digas a los de mi casa, pues así será mayor su sorpresa cuando les escriba y firme Kaho Kinomoto. ¡Será una broma estupenda! Casi no puedo escribir de risa. Te ruego que me excuses con Pratt por no cumplir mi compromiso de bailar con él esta noche; dile que espero que me perdone cuando lo sepa todo, y también que bailaré con él con mucho gusto en el primer baile en que nos encontremos. Mandaré por mis trajes cuando vaya a Longbourn, pero dile a Sally que arregle el corte del vestido de muselina de casa antes de que lo empaquetes. Adiós. Dale recuerdos al coronel Forster. Espero que brindaréis por nuestro feliz viaje. Afectuosos saludos de tu amiga,
Kaho Daidouji.»
–– ¡Oh, Kaho, qué inconsciente! ¡Qué inconsciente! ––exclamó Tomoyo al acabar de leer––. ¡Qué carta para estar escrita en semejante momento! Pero al menos parece que se tomaba en serio el objeto de su viaje; no sabemos a qué puede haberla arrastrado Kinomoto, pero el propósito de Kaho no era tan infame. ¡Pobre padre mío! ¡Cuánto lo habrá sentido!
–– Nunca vi a nadie tan abrumado. Estuvo diez minutos sin poder decir una palabra. Mamá se puso mala en seguida. ¡Había tal confusión en toda la casa!
–– ¿Hubo algún criado que no se enterase de toda la historia antes de terminar el día?
–– No sé, creo que no. Pero era muy difícil ser cauteloso en aquellos momentos. Mamá se puso histérica y aunque yo la asistí lo mejor que pude, no sé si hice lo que debía. El horror de lo que había sucedido casi me hizo perder el sentido.
–– Te has sacrificado demasiado por mamá; no tienes buena cara. ¡Ojalá hubiese estado yo a tu lado! Así habrías podido cuidarte tú.
––Rika y Naoko se portaron muy bien y no dudo que me habrían ayudado, pero no lo creí conveniente para ninguna de las dos; Naoko es débil y delicada, y Rika estudia tanto que sus horas de reposo no deben ser interrumpidas. Tía Philips vino a Longbourn el martes, después de marcharse papá, y fue tan buena que se quedó conmigo hasta el jueves. Nos ayudó y animó mucho a todas. Lady Lucas estuvo también muy amable: vino el viernes por la mañana para condolerse y ofrecernos sus servicios en todo lo que le fuera posible y enviarnos a cualquiera de sus hijas si creíamos que podrían sernos útiles.
–– Más habría valido que se hubiese quedado en su casa –– dijo Tomoyo ––; puede que sus intenciones fueran buenas; pero en desgracias como ésta se debe rehuir de los vecinos. No pueden ayudarnos y su condolencia es ofensiva. ¡Que se complazcan criticándonos a distancia!
Preguntó entonces cuáles eran las medidas que pensaba tomar su padre en la capital con objeto de encontrar a su hija.
–– Creo que tenía intención de ir a Epsom –– contestó Sakura ––, que es donde ellos cambiaron de caballos por última vez; hablará con los postillones y verá qué puede sonsacarles. Su principal objetivo es descubrir el número del coche de alquiler con el que salieron de Clapham; que había llegado de Londres con un pasajero; y como mi padre opina que el hecho de que un caballero y una dama cambien de carruaje puede ser advertido, quiere hacer averiguaciones en Clapham. Si pudiese descubrir la casa en la que el cochero dejó al viajero no sería difícil averiguar el tipo de coche que era y el número. No sé qué otros planes tendría; pero tenía tal prisa por irse y estaba tan desolado que sólo pude sacarle esto.
