CAPÍTULO LIX
Tomoyo, querida, ¿por dónde has estado paseando?
Ésta es la pregunta que Sakura le dirigió a Tomoyo en cuanto estuvieron en su cuarto, y la que le hicieron todos los demás al sentarse a la mesa. Tomoyo respondió que habían estado vagando hasta donde acababa el camino que ella conocía. Al decir esto se sonrojó, pero ni esto ni nada despertó la menor sospecha sobre la verdad.
La velada pasó tranquilamente sin que ocurriese nada extraordinario. Los novios oficiales charlaron y rieron, y los no oficiales estuvieron callados. La felicidad de Hiragizawa nunca se desbordaba en regocijo; Tomoyo, agitada y confusa, sabía que era feliz más que sentirlo, pues además de su aturdimiento inmediato la inquietaban otras cosas. Preveía la que se armaría en la familia cuando supiesen lo que había ocurrido. Le constaba que Hiragizawa no gustaba a ninguno de los de su casa más que a Sakura, e incluso temía que ni su fortuna ni su posición fuesen bastante para contentarles.
Por la noche abrió su corazón a Sakura, y aunque Sakura no era de natural desconfiada, no pudo creer lo que su hermana le decía:
–– ¡Estás bromeando, Tommy! ¡Eso no puede ser! ¡Tú, comprometida con Hiragizawa! No, no; no me engañarás. Ya sé que es imposible.
–– ¡Pues sí que empieza mal el asunto! Sólo en ti confiaba, pero si tú no me crees, menos me van a creer los demás. Te estoy diciendo la pura verdad. Eriol todavía me quiere y nos hemos comprometido.
Sakura la miró dudando:
–– Tomoyo, no es posible. ¡Pero si sé que no le puedes ni ver!
–– No sabes nada de nada. Hemos de olvidar todo eso. Tal vez no siempre le haya querido como ahora; pero en estos casos una buena memoria es imperdonable. Ésta es la última vez que yo lo recuerdo.
Sakura contemplaba a su hermana con asombro. Tomoyo volvió a afirmarle con la mayor seriedad que lo que decía era cierto.
–– ¡Cielo Santo! ¿Es posible? ¿De veras? Pero ahora ya te creo –– exclamó Sakura ––. ¡Querida Tomoyo! Te felicitaría, te felicito, pero..., ¿estás segura, y perdona la pregunta, completamente segura de que serás dichosa con él?
–– Sin duda alguna. Ya hemos convenido que seremos la pareja más venturosa de la tierra. ¿Estás contenta, Sakura? ¿Te gustará tener a Eriol por hermano?
–– Mucho, muchísimo, es lo que más placer puede darnos a Shaoran y a mí. Y tú, ¿le quieres realmente bastante? ¡Oh, Tomoyo! Haz cualquier cosa menos casarte sin amor. ¿Estás absolutamente segura de que sientes lo que debe sentirse?
–– ¡Oh, sí! Y te convencerás de que siento más de lo que debo cuando te lo haya contado todo.
–– ¿Qué quieres decir?
–– Pues que he de confesarte que le quiero más que tú a Li. Temo que te disgustes.
–– Hermana, querida, no estás hablando en serio. Dime una cosa que necesito saber al momento: ¿desde cuándo le quieres?
–– Ese amor me ha ido viniendo tan gradualmente que apenas sé cuándo empezó; pero creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley.
Sakura volvió a pedirle formalidad y Tomoyo habló entonces solemnemente afirmando que adoraba a Sakura. Sakura quedó convencida y se dio enteramente por satisfecha.
–– Ahora sí soy feliz del todo –– dijo ––, porque tú vas a serlo tanto como yo. Siempre he sentido gran estimación por Hiragizawa. Aunque no fuera más que por su amor por ti, ya le tendría que querer; pero ahora que además de ser el amigo de Shaoran será tu marido, sólo a Shaoran y a ti querré más que a él. ¡Pero qué callada y reservada has estado conmigo! ¿Cómo no me hablaste de lo que pasó en Pemberley y en Lambton? Lo tuve que saber todo por otra persona y no por ti.
Tomoyo le expuso los motivos de su secreto. No había querido nombrarle a Li, y la indecisión de sus propios sentimientos le hizo evitar también el nombre de su amigo. Pero ahora no quiso ocultarle la intervención de Hiragizawa en el asunto de Kaho. Todo quedó aclarado y las dos hermanas se pasaron hablando la mitad de la noche.
–– ¡Ay, ojalá ese antipático señor Hiragizawa no venga otra vez con nuestro querido Li! –– suspiró la señora Daidouji al asomarse a la ventana al día siguiente ––. ¿Por qué será tan pesado y vendrá aquí continuamente? Ya podría irse a cazar o a hacer cualquier cosa en lugar de venir a importunarnos. ¿Cómo podríamos quitárnoslo de encima? Tomoyo, tendrás que volver a salir de paseo con él para que no estorbe a Li.
Tomoyo por poco suelta una carcajada al escuchar aquella proposición tan interesante, a pesar de que le dolía que su madre le estuviese siempre insultando.
En cuanto entraron los dos caballeros, Li miró a Tomoyo expresivamente y le estrechó la mano con tal ardor que la joven comprendió que ya lo sabía todo. Al poco rato Li dijo:
Señor Daidouji, ¿no tiene usted por ahí otros caminos en los que Tomoyo pueda hoy volver a perderse?
–– Recomiendo al señor Hiragizawa, a Tommy y a Naoko –– dijo la señora Daidouji –– que vayan esta mañana a la montaña de Oagham. Es un paseo largo y precioso y el señor Hiragizawa nunca ha visto ese panorama.
–– Esto puede estar bien para los otros dos –– explicó Li ––, pero me parece que Naoko se cansaría. ¿Verdad?
La muchacha confesó que preferiría quedarse en casa; Hiragizawa manifestó gran curiosidad por disfrutar de la vista de aquella montaña, y Tomoyo accedió a acompañarle. Cuando subió para arreglarse, la señora Daidouji la siguió para decirle:
–– Tommy, siento mucho que te veas obligada a andar con una persona tan antipática; pero espero que lo hagas por Sakura. Además, sólo tienes que hablarle de vez en cuando. No te molestes mucho.
Durante el paseo decidieron que aquella misma tarde pedirían el consentimiento del padre. Tomoyo se reservó el notificárselo a la madre. No podía imaginarse cómo lo tomaría; a veces dudaba de si toda la riqueza y la alcurnia de Hiragizawa serían suficientes para contrarrestar el odio que le profesaba; pero tanto si se oponía violentamente al matrimonio, como si lo aprobaba también con violencia, lo que no tenía duda era que sus arrebatos no serían ninguna muestra de buen sentido, y por ese motivo no podría soportar que Hiragizawa presenciase ni los primeros raptos de júbilo ni las primeras manifestaciones de su desaprobación.
Por la tarde, poco después de haberse retirado el señor Daidouji a su biblioteca, Tomoyo vio que Hiragizawa se levantaba también y le seguía. El corazón se le puso a latir fuertemente. No temía que su padre se opusiera, pero le afligiría mucho y el hecho de que fuese ella, su hija favorita, la que le daba semejante disgusto y la que iba a inspirarle tantos cuidados y pesadumbres con su desafortunada elección, tenía a Tomoyo muy entristecida. Estuvo muy abatida hasta que Hiragizawa volvió a entrar y hasta que, al mirarle, le dio ánimos su sonrisa. A los pocos minutos Hiragizawa se acercó a la mesa junto a la cual estaba sentada Tomoyo con Naoko, y haciendo como que miraba su labor, le dijo al oído:
–– Vaya a ver a su padre: la necesita en la biblioteca.
Tomoyo salió disparada.
Su padre se paseaba por la estancia y parecía muy serio e inquieto.
–– Tomoyo –– le dijo ––, ¿qué vas a hacer? ¿Estás en tu sano juicio al aceptar a ese hombre? ¿No habíamos quedado en que le odiabas?
¡Cuánto sintió Tomoyo que su primer concepto de Hiragizawa hubiera sido tan injusto y sus expresiones tan inmoderadas! Así se habría ahorrado ciertas explicaciones y confesiones que le daban muchísima vergüenza, pero que no había más remedio que hacer. Bastante confundida, Tomoyo aseguró a su padre que amaba a Hiragizawa profundamente.
–– En otras palabras, que estás decidida a casarte con él. Es rico, eso sí; podrás tener mejores trajes y mejores coches que Sakura. Pero ¿te hará feliz todo eso?
–– ¿Tu única objeción es que crees que no le amo?
–– Ni más ni menos. Todos sabemos que es un hombre orgulloso y desagradable; pero esto no tiene nada que ver si a ti te gusta.
–– Pues sí, me gusta –– replicó Tomoyo con lágrimas en los ojos ––; le amo. Además no tiene ningún orgullo. Es lo más amable del mundo. Tú no le conoces. Por eso te suplico que no me hagas daño hablándome de él de esa forma.
–– Tomoyo –– añadió su padre ––, le he dado mí consentimiento. Es uno de esos hombres, además, a quienes nunca te atreverías a negarles nada de lo que tuviesen la condescendencia de pedirte. Si estás decidida a casarte con él, te doy a ti también mí consentimiento. Pero déjame advertirte que lo pienses mejor. Conozco tu carácter, Tommy. Sé que nunca podrás ser feliz ni prudente si no aprecias verdaderamente a tu marido, si no le consideras como a un superior. La viveza de tu talento te pondría en el más grave de los peligros si hicieras un matrimonio desigual. Difícilmente podrías salvarte del descrédito y la catástrofe. Hija mía, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.
Tomoyo, más conmovida aun que su padre, le respondió con vehemencia y solemnidad; y al fin logró vencer la incredulidad de su padre reiterándole la sinceridad de su amor por Hiragizawa, exponiéndole el cambio gradual que se había producido en sus sentimientos por él, afirmándole que el afecto de él no era cosa de un día, sino que había resistido la prueba de muchos meses, y enumerando enérgicamente todas sus buenas cualidades. Hasta el punto que el señor Daidouji aprobó ya sin reservas la boda.
––Bueno, querida ––le dijo cuando ella terminó de hablar––, no tengo más que decirte. Siendo así, es digno de ti. Tommy mía, no te habría entregado a otro que valiese menos.
Para completar la favorable impresión de su padre, Tomoyo le relató lo que Hiragizawa había hecho espontáneamente por Kaho.
–– ¡Ésta es de veras una tarde de asombro! ¿De modo que Hiragizawa lo hizo todo: llevó a efecto el casamiento, dio el dinero, pagó las deudas del pollo y le obtuvo el destino? Mejor: así me libraré de un mar de confusiones y de cuentas. Si lo hubiese hecho tu tío, habría tenido que pagarle; pero esos jóvenes y apasionados enamorados cargan con todo. Mañana le ofreceré pagarle; él protestará y hará una escena invocando su amor por ti, y asunto concluido.
Entonces recordó el señor Daidouji lo mal que lo había pasado Tomoyo mientras él le leía la carta de Yamazaki, y después de bromear con ella un rato, la dejó que se fuera y le dijo cuando salía de la habitación:
–– Si viene algún muchacho por Rika o Naoko, envíamelo, que estoy completamente desocupado.
Tomoyo sintió que le habían quitado un enorme peso de encima, y después de media hora de tranquila reflexión en su aposento, se halló en disposición de reunirse con los demás, bastante sosegada. Las cosas estaban demasiado recientes para poderse abandonar a la alegría, pero la tarde pasó en medio de la mayor serenidad. Nada tenía que temer, y el bienestar de la soltura y de la familiaridad vendrían a su debido tiempo.
Cuando su madre se retiró a su cuarto por la noche, Tomoyo entró con ella y le hizo la importante comunicación. El efecto fue extraordinario, porque al principio la señora Daidouji se quedó absolutamente inmóvil, incapaz de articular palabra; y hasta al cabo de muchos minutos no pudo comprender lo que había oído, a pesar de que comúnmente no era muy reacia a creer todo lo que significase alguna ventaja para su familia o noviazgo para alguna de sus hijas. Por fin empezó a recobrarse y a agitarse. Se levantaba y se volvía a sentar. Se maravillaba y se congratulaba:
–– ¡Cielo santo! ¡Que Dios me bendiga! ¿Qué dices querida hija? ¿El señor Hiragizawa? ¡Quién lo iba a decir! ¡Oh, Tommy de mí alma! ¡Qué rica y qué importante vas a ser! ¡Qué dineral, qué joyas, qué coches vas a tener! Lo de Jane no es nada en comparación, lo que se dice nada. ¡Qué contenta estoy, qué feliz! ¡Qué hombre tan encantador, tan guapo, tan bien plantado! ¡Tommy, vida mía, perdóname que antes me fuese tan antipático! Espero que él me perdone también. ¡Tomoyo de mí corazón! ¡Una casa en la capital! ¡Todo lo apetecible! ¡Tres hijas casadas! ¡Diez mil libras al año! ¡Madre mía! ¿Qué va a ser de mí? ¡Voy a enloquecer!
Esto bastaba para demostrar que su aprobación era indudable. Tomoyo, encantada de que aquellas efusiones no hubiesen sido oídas más que por ella, se fue en seguida. Pero no hacía tres minutos que estaba en su cuarto, cuando entró su madre.
–– ¡Hija de mí corazón! –– exclamó . No puedo pensar en otra cosa. ¡Diez mil libras anuales y puede que más! ¡Vale tanto como un lord! Y licencia especial, porque debéis tener que casaros con licencia especial. Prenda mía, dime qué plato le gusta más a Hiragizawa para que pueda preparárselo para mañana.
Mal presagio era esto de lo que iba a ser la conducta de la señora Daidouji con el caballero en cuestión, y Tomoyo comprendió que a pesar de poseer el ardiente amor de Hiragizawa y el consentimiento de toda su familia, todavía le faltaba algo. Pero la mañana siguiente transcurrió mejor de lo que había creído, porque, felizmente, su futuro yerno le infundía a la señora Daidouji tal pavor, que no se atrevía a hablarle más que cuando podía dedicarle alguna atención o asentir a lo que él decía.
Tomoyo tuvo la satisfacción de ver que su padre se esforzaba en intimar con él, y le aseguró, para colmo, que cada día le gustaba más.
