Snif! Snif! Ha sido para mí un gusto llevarles esta estupenda historia aunque bastante larga! Espero que a todas les haya gustado tanto como a mí, bueno pero nos seguiremos viendo por aquí, y estoy segura que muchas estarán de acuerdo conmigo ¡Viva Tomoyo y Eriol!

¡Gracias a todas por leerme!

¡ARIGATO!


CAPÍTULO LXI

El día en que la señora Daidouji se separó de sus dos mejores hijas, fue de gran bienaventuranza para todos sus sentimientos maternales. Puede suponerse con qué delicioso orgullo visitó después a la señora Li y habló de la señora Hiragizawa. Querría poder decir, en atención a su familia, que el cumplimiento de sus más vivos anhelos al ver colocadas a tantas de sus hijas, surtió el feliz efecto de convertirla en una mujer sensata, amable y juiciosa para toda su vida; pero quizá fue una suerte para su marido (que no habría podido gozar de la dicha del hogar en forma tan desusada) que siguiese ocasionalmente nerviosa e invariablemente mentecata.

El señor Daidouji echó mucho de menos a su Tomoyo; su afecto por ella le sacó de casa con una frecuencia que no habría logrado ninguna otra cosa. Le deleitaba ir a Pemberley, especialmente cuando menos le esperaban.

Li y Sakura sólo estuvieron un año en Netherfield. La proximidad de su madre y de los parientes de Meryton no era deseable ni aun contando con el fácil carácter de Li y con el cariñoso corazón de Sakura. Entonces se realizó el sueño dorado de las hermanas de Li; éste compró una posesión en un condado cercano a Derbyshire, y Sakura y Tomoyo, para colmo de su felicidad, no estuvieron más que a treinta millas de distancia.

Naoko, sólo por su interés material, se pasaba la mayor parte del tiempo con sus dos hermanas mayores; y frecuentando una sociedad tan superior a la que siempre había conocido, que progresó notablemente. Su temperamento no era tan indomable como el de Kaho, y lejos del influjo de ésta, llegó, gracias a una atención y dirección conveniente, a ser menos irritable, menos ignorante y menos insípida. Como era natural, la apartaron cuidadosamente de las anteriores desventajas de la compañía de Kaho, y aunque la señora Kinomoto la invitó muchas veces a ir a su casa, con la promesa de bailes y galanes, su padre nunca consintió que fuese. Siendo menos coqueta que Kaho y un poco más lista terminó casando con un buen partido en parte gracias al matrimonio de sus hermanas mayores.

Rika fue la única que se quedó en la casa y se vio obligada a no despegarse de las faldas de la señora Daidouji, que no sabía estar sola. Con tal motivo tuvo que mezclarse más con el mundo, pero pudo todavía moralizar acerca de todas las visitas de las mañanas, y como ahora no la mortificaban las comparaciones entre su belleza y la de sus hermanas, su padre sospechó que había aceptado el cambio sin disgusto. Debido a sus enormes estudios y el ingenio de sus hermanas mayores, aprendió a comportarse de maneras muy refinadas. Que le valdrían para obtener un buen partido.

En cuanto a Kinomoto y Kaho, las bodas de sus hermanas les dejaron tal como estaban. Él aceptaba filosóficamente la convicción de que Tomoyo sabría ahora todas sus falsedades y toda su ingratitud que antes había ignorado; pero, no obstante, alimentaba aún la esperanza de que Hiragizawa influiría para labrar su suerte. La carta de felicitación por su matrimonio que Tomoyo recibió de Kaho daba a entender que tal esperanza era acariciada, si no por él mismo, por lo menos por su mujer. Decía textualmente así:

«Mi querida Tommy: Te deseo la mayor felicidad. Si quieres al señor Hiragizawa la mitad de lo que yo quiero a mi adorado Kinomoto, serás muy dichosa. Es un gran consuelo pensar que eres tan rica; y cuando no tengas nada más que hacer, acuérdate de nosotros. Estoy segura de que a Kinomoto le gustaría muchísimo un destino de la corte, y nunca tendremos bastante dinero para vivir allí sin alguna ayuda. Me refiero a una plaza de trescientas o cuatrocientas libras anuales aproximadamente; pero, de todos modos, no le hables a Hiragizawa de eso si no lo crees conveniente.»

Y como daba la casualidad de que Tomoyo lo creía muy inconveniente, en su contestación trató de poner fin a todo ruego y sueño de esa índole. Pero con frecuencia le mandaba todas las ayudas que le permitía su práctica de lo que ella llamaba economía en sus gastos privados. Siempre se vio que los ingresos administrados por personas tan manirrotas como ellos dos y tan descuidados por el porvenir, habían de ser insuficientes para mantenerse. Cada vez que se mudaban, o Sakura o ella recibían alguna súplica de auxilio para pagar sus cuentas. Su vida, incluso después de que la paz les confinó a un hogar, era extremadamente agitada. Siempre andaban cambiándose de un lado para otro en busca de una casa más barata y siempre gastando más de lo que podían. El afecto de Kinomoto por Kaho no tardó en convertirse en indiferencia; el de Kaho duró un poco más, y a pesar de su juventud y de su aire, conservó todos los derechos a la reputación que su matrimonio le había dado.

Aunque Hiragizawa nunca recibió a Kinomoto en Pemberley, le ayudó a progresar en su carrera por consideración a Tomoyo. Kaho les hizo alguna que otra visita cuando su marido iba a divertirse a Londres o iba a tomar baños. A menudo pasaban temporadas con los Li, hasta tan punto que lograron acabar con el buen humor de Li y llegó a decirles que se largasen.

La señorita Li quedó muy resentida con el matrimonio de Hiragizawa, pero en cuanto se creyó con derecho a visitar Pemberley, se le pasó el resentimiento: estuvo más loca que nunca por Nakuru, casi tan atenta con Hiragizawa como en otro tiempo y tan cortés con Tomoyo que le pagó sus atrasos de urbanidad.

Nakuru se quedó entonces a vivir en Pemberley y se encariñó con su hermana tanto como Hiragizawa había previsto. Las dos se querían tiernamente. Nakuru tenía el más alto concepto de Tomoyo, aunque al principio se asombrase y casi se asustase al ver lo juguetona que era con su hermano; veía a aquel hombre que siempre le había inspirado un respeto que casi sobrepasaba al cariño, convertido en objeto de francas bromas. Su entendimiento recibió unas luces con las que nunca se había tropezado. Ilustrada por Tomoyo, empezó a comprender que una mujer puede tomarse con su marido unas libertades que un hermano nunca puede tolerar a una hermana diez años menor que él.

Lady Catherine se puso como una fiera con la boda de su sobrino, y como abrió la esclusa a toda su genuina franqueza al contestar a la carta en la que él le informaba de su compromiso, usó un lenguaje tan inmoderado, especialmente al referirse a Tomoyo, que sus relaciones quedaron interrumpidas por algún tiempo. Pero, al final, convencido por Tomoyo, Hiragizawa accedió a perdonar la ofensa y buscó la reconciliación. Su tía resistió todavía un poquito, pero cedió o a su cariño por él o a su curiosidad por ver cómo se comportaba su esposa, de modo que se dignó visitarles en Pemberley, a pesar de la profanación que habían sufrido sus bosques no sólo por la presencia de semejante dueña, sino también por las visitas de sus tíos de Londres. Y aunque no tuvo algo que recriminar al manejo de la economía y la mansión aún se le hacía imposible aceptar que su sobrino había hecho una buena elección.

Con los Gardiner estuvieron siempre los Hiragizawa en las más íntima relación. Hiragizawa, lo mismo que Tomoyo, les quería de veras; ambos sentían la más ardiente gratitud por las personas que, al llevar a Tomoyo a Derbyshire, habían sido las causantes de su unión.

FIN