Tras pasar los dos test de calidad, el de mi beta y mi corrector de estilo, os presento la tercera parte y final de esta trilogía. No podía ser de otra forma, no lo concebía de una manera diferente, así que a los que se sientan decepcionados por el final, no puedo hacer nada más.

Los que tenían miedo de que me fuese a cambiar de bando, o tenían la idea de que el lado oscuro me llamaba, y piensan que esta es mi manera de decir que no, no os equivoqueis. Esta es la manera en la que yo veo a House y Cuddy, no hay nada más.

Supongo que no será el primer y último Huddy que escriba, pero hasta que eso ocurra, nos vemos lectores Huddys! Y a mis hameroncillas y hameroncillo del alma, deciros que a vosotros os veré más a menudo.

El Camino de Vuelta.

Llevaba varios días sin dormir bien y se le notaba. A veces demasiado. Habían pasado tan solo cuatro días desde su conversación con House. Se limitaban a encontrarse una vez al día en alguna consulta o en el despacho de ella, para ponerle la inyección. Él no había vuelto a comentar nada sobre sus planes de embarazo ni sobre la inseminación artificial. Ella no le comentaba nada respecto al tema. La mayor parte de las veces, lo hacían en silencio. Resultaba demasiado incomodo para los dos. Todo se había enrarecido de la peor manera. Ella no podía evitar sentirse culpable.
¿Ya has elegido un donante?, había preguntado, una tarde en una de las consultas.
No la miraba. Ese gesto la hizo sentir vacía. Tenía esa horrible sensación en el estómago, como todo su cuerpo se tensaba. La normalidad ya no era algo que se ajustaba a su relación.
No, había contestado casi en voz baja.
Sin embargo, él sabía cuál era la respuesta. No era una mujer precipitada.
Ella se ajustó la chaqueta y le sonrió. No era una sonrisa sincera ni amable. Era extraña la manera en la que le miraba y, de algún modo, se había convertido en algo demasiado familiar. Podía ver la culpabilidad en la mirada de ella. No sabía qué pensar y tampoco quería saber qué estaba pasando por su mente. Tenía miedo de apretar el botón equivocado otra vez.
Estaba exhausta. Odiaba que haberle pedido ayuda, que una conversación, les hubiese llevado a ese punto en el que no parecía haber retorno. Ninguno de los dos quería dar un paso más que les alejase demasiado. Sentía que habían corrido demasiado y habían perdido el punto de partida. Todo parecía diluirse.
Hay más donantes de los que pensaba, había dicho ella serena.
Más donde elegir, había contestado.
Ella emitió un leve suspiro ante su comentario. Era como una pequeña puerta que se abría para que respirase tranquila. Él la miraba ahora y parecía tranquilo.
Puedes estar tranquilo. No voy a elegir al primero que me parezca conveniente, dijo pausadamente.
Había pensado en sus palabras todas las noches. Quería decirle que no le iba a pedir que fuese el donante. Hacerlo hubiese sido estúpido. Era una petición demasiado arriesgada y egoísta. No podía pedirle semejante sacrificio. No era capaz. No podía anteponer su sueño a ser madre a su amistad. No podía permitírselo.
Al oírla pronunciar aquella frase sintió su cuerpo flotar, liviano. Todo el peso acumulado durante días parecía abandonarle en aquella consulta. La miró durante unos segundos. Sentía alivio.
No lo dudo, dijo él.
Ambos eran conscientes de que ninguno de los dos hubiera querido que ella tuviese un hijo suyo. Ella se había sentido demasiado desesperada, frustrada y presionada por sus ataques. Él había sido él mismo, la había cuestionado y la había hecho ver algo que él creía necesario. De alguna manera, los dos habían abierto los ojos y chocado con una realidad demasiado compleja y para que la que no estaban preparados.
Tal vez, el camino de vuelta no era tan duro después de todo.