CAPÍTULO 7: EL ZAFIRO

- ¡¡Odio este lugar!! – repitió Outcry al caminar – No llaméis demasiado la atención y no os sorprendáis por nada.

- De acuerdo, preciosidad. – dijo Jack.

- No se preocupe. – calmó Will.

"El Zafiro" no era una taberna corriente. De hecho, no se merecía ni el apelativo de tasca. Olía mal, estaba sucio, había tan solo cinco parroquianos, probablemente asiduos, el camarero y un loro tuerto que graznaba y bebía cerveza en lugar de agua. Era un sitio deprimente. Además estaba en el bajo de un edificio por lo que tan sólo entraba luz por un ventanal a la altura del suelo.

El tabernero, que parecía no haberse duchado al menos en quince años, les miró de forma sombría y molesta, como no queriendo trabajar. Estaba lleno de tatuajes, pero por su aspecto parecía que no sabía realmente si serían fijos o se irían con el agua.

Al mirar a la chica tanto al tabernero como a los parroquianos se les afilaron los dientes. Outcry, aunque consciente de este hecho, le restó importancia y se acercó a la barra con total tranquilidad.

- ¿Dónde está McLod?

- ¿Quién quiere saberlo?

- Eso sólo a él y a mi nos incumbe. ¿Dónde está?

- No sé de que me habla, señora. – dijo el tabernero

- Odio los juegos, no me ponga a prueba. De nuevo y por última vez se lo repetiré ¿dónde está McLod?

- Le repito que no se quien es ni de que me habla, señora. Si no va tomar nada me gustaría que por favor me dejara reanudar mi trabajo. – y diciendo esto se dirigió a un lado de la barra a charlar con dos clientes.

Outcry respiró pero con un leve temblor en la ceja, que Will habría asegurado ver en alguna parte anteriormente, se acercó al tabernero, le agarró de la pechera y le puso una daga en el cuello que llevaba, aparentemente, escondida en la manga del vestido.

- ¿McLod?

- Coja la puerta de servicio. Está en su despacho al final de la escalera, señora, por favor, no me haga daño.

- Gracias. – se giró hacia Will y Jack con un brillo furioso en los ojos – Vigilad a esta gente, en especial a este imbécil y si hace algo le rajáis el cuello. – volvió a dirigirse al tabernero – Un solo movimiento y si no son mis amigos te aseguro que seré yo la que te tire para que explores el fondo del puerto con los pies atados a una piedra y eso, te lo aseguro, no te gustaría.

La chica salió empuñando su daga con furia escaleras arriba por la puerta que le había indicado el tabernero.

- Bueno – dijo un parroquiano desperezándose -, creo que es hora de ir a casa con mi mujer.

- Ah no – dijo el tabernero – ni siquiera estás casado. Te quedas aquí como todos.

- El tabernero tiene razón. – dijo Jack – Además, tendrías que pasar sobre mí y eso te gustaría aún menos que a tu amigo el fondo del puerto.

Los parroquianos se estremecieron. Jack no era muy bueno con las palabras pero los gestos amenazadores eran realmente su especialidad.

Se oyeron ruidos arriba, como de forcejeo y después un chillido y un ruido como de fardos rodando por la escalera.

En el centro de la taberna cayó un hombre de cerca de cuarenta años, detrás, despeinada y con un aspecto bastante salvaje apareció Outcry. Pateó al hombre con furia y le colocó la daga al cuello.

- ¿Dónde está?

- Lo vendí, lo vendí, no me golpees más.

- ¿A quién¿Con qué derecho? Eres un bastardo. – volvió a patearle una vez más.

- Un hombre vino y me lo pidió, alegando que la conocía. No sé lo que quería. También compró papeles.

- ¿Mis papeles?

- Sí.

Outcry parecía a punto de explotar. Apoyaba la daga con furia contra el cuello de McLod que la miraba completamente congestionado y con los ojos vidriosos por el pánico y, sin duda, la bebida.

Ella le miró con furia, subió la daga a la altura de la barbilla y allí hizo una pequeña incisión en un acceso de rabia. Después se levantó muy molesta.

- ¿Cómo era ese tipo?

- Tenía la barba pelirroja y era…grande, elegante y parecía marinero. ¡No sé nada más, lo juro! Lo siento de veras.

- Da igual, sólo me has vendido. No sé quién es ese tipo pero te aseguro que le encontraré.

Outcry salió de la taberna seguida por Jack y Will que se miraban mutuamente sin comprender lo que ocurría. Era tarde ya, la caminata les había agotado y en el barco todo parecía preparado para zarpar.

Stibbons observó a su capitana y comprendió lo que ocurría. Iba a ponerle la mano en el hombro pero ella la apartó y se metió en su camarote. El segundo del Lágrimas de Ébano miró a Jack y a Will que tan sólo pudieron encogerse de hombros sin saber lo que pasaba.

Sea lo que fuere, Outcry ocultaba un secreto.