Gracias a Adela, Amy y Hameron por sus reviews. Y tranquila Hameron, que el huddy no llega todavía XD.
Capítulo 2.
Dr. Matt Shore.
Psicoterapeuta.
Capitán, el séptimo de caballería se presenta para la masacre. De no ser porque negarme supondría el despido, ni siquiera habría pisado nunca esta ala del hospital. No lo había hecho hasta el momento y no me habría pasado nada por morirme sin hacerlo. Pasillos y pasillos rebosantes de loqueros. Como entrar en House on Haunted Hill. Me daban escalofríos con sólo pensarlo.
Renegué una vez más antes de asomar la cabeza por la puerta.
-¿Interrumpo algo?- pregunté. Enseguida me di cuenta de que eso era algo más que una frase hecha.- Oh, ya volveré más tarde. Veo que ha traído una "acompañante".
Hice el gesto de las comillas con los dedos. Sentada tras el escritorio, había un ejemplar femenino, y de los buenos. Alrededor de los treinta y cinco, rubia, pelo largo, facciones marcadas de dominatrix, ojos rasgados y por lo que veía, de cintura para arriba, un cuerpo si no de top model, casi, y destacado por un escote que dejaba poco juego a la imaginación.
El doctor Shore debía de estar debajo de la mesa probando nuevas experiencias con ella. Era un mal momento. Bah, seguro que pensaba que yo no iría a la cita y se había reservado esa hora para algo más divertido. Qué envidia.
-¿Gregory House?- dijo ella.
-Joder¿el doctor Shore le ha hablado de mí?
Ella se rió. Una risa un tanto forzada.
-Yo soy el doctor Shore.
La miré (¿o debería decir le miré?) de arriba abajo. Aquel cirujano había hecho un trabajo excelente. Sus pechos parecían reales. Quizá por eso les gustaba tanto enseñarlos a la condenada reina.
-Oh, bueno.- respondí.- ¿Puedo preguntarle quién se lo hizo? Si es capaz de conseguir transformar el aburrido pecho de un hombre en esas maravillas, me encantaría saber qué puede conseguir con un bazo reventado.
-Doctor House...- su boca sonreía pero sus ojos destilaban víboras mortales de necesidad.- Soy una mujer.
-Claro, claro, si usted se siente una mujer, yo lo respeto. - repliqué.- Siempre he tenido una curiosidad¿con lo de abajo, cómo se las apañan...?
-Siempre he sido una mujer.- le faltaban un par de decibelios para que su voz se considerara grito.- Desde que nací. Estas maravillas...- se señaló el escote. Descarada.- son obra de Dios nuestro señor y sí, estoy segura de que él puede hacer cosas increíbles con un bazo reventado.
No sé cómo, pero me convenció. O tal vez sí lo sé. Vamos, la silicona no da resultados tan perfectos. Miré otra vez el cartelito con su nombre, ahora sobre su escritorio. Matt Shore.
-Matt es nombre de tío.- comenté.
-Matt viene de Matilda.- explicó ella.
Disimulé la risa con una tos. Mal. La primera carcajada la oyeron mis chicos al otro lado del hospital. Con la segunda pareció que me estaba ahogando pero quedó algo más convincente. Ella me miraba con la misma sonrisa de Uma Thurman en Kill Bill. Con la misma sonrisa con la que miraba a Bill, y todo el mundo sabe lo que quería hacerle. No es un misterio, lo desvela en el título.
-Perdone.- dije.- En esta época esto está lleno de catarros y siempre se pega algo.
-Siéntese, doctor House.- me ordenó.
No me había equivocado, era una dominadora nata. Como Cuddy, sólo que a ésta le sentaría mejor el traje de cuero. Me senté.
-¿Puedo llamarle Greg?
-Claro. ¿Puedo llamarla Matilda?- ja, esta me había quedado bordada.
-Puede llamarme como quiera.- replicó ella. Qué desilusión. Mis ironías ya no le hacían efecto. Es más dura que el resto de mis conocidos.
Empezó a revisar una carpetita muy pulcra con mis iniciales en la portada, enviada seguro por la chivata de Cuddy. Dios mío, allí había muchísimas páginas. ¿Qué demonios habría escrito sobre mí? Me incliné un poco sobre la mesa para verlo pero Cuddy tiene una letra endemoniadamente pequeña. La doctora Shore (sí, doctora, tendré que admitirlo) tuvo que ponerse unas gafas sin montura para leerlo. Le daban un aspecto de profesora sexy encantador. Me mordí el labio. Tal vez no sería tan malo que me lavaran el cerebro después de todo. Lástima que cerrara la carpeta justo cuando estaba empezando a descifrarlo.
-Veamos, Greg.- dijo, quitándose las gafas y recostándose en su sillón.- ¿Por qué está aquí?
Al final ella tampoco había conseguido descodificar la letra de Cuddy. Como la cogiera Dan Brown sacaría un superventas y su secuela correspondiente, y las dos adaptaciones al cine.
-Bueno, es cosa de mi jefa.- dije.- Insiste en que algo no me funciona aquí dentro y dice que si usted no me lo arregla me despedirá. Sólo porque dice que soy adicto a ciertas sustancias.
Ella frunció el ceño, un poco extrañada.
-¿A qué sustancias?
-Vicodin.- saqué el frasquito de mi bolsillo.- Para la pierna. ¿O cree que voy por ahí con un bastón para hacerme el interesante?
Bueno, no digo que el bastón no aumente mi atractivo, pero sólo es una función secundaria. Otra vez la vi poniéndose las gafas e intentando leer mi historia médica, pero no creo que lo lograra porque levantó la cabeza demasiado rápido.
-Ya veo.- dijo.
-Pero sólo es un farol.- la tranquilicé.- Lo de mi adicción. Lo que pasa es que a Cuddy le gusto, y como es una reprimida quiere buscarme defectos para que lo nuestro no sea posible.
Matt volvió a sonreír, pero esta vez de una forma distinta. Demasiado satisfecha como para suponer algo bueno para mí. Se quitó las gafas y plegó las patillas lentamente, recreándose antes de decir nada. ¿Qué le había dicho?
-Me habían dicho que siempre se escuda en la ironía, y ahora veo que es cierto.- dijo. Se ahuecó el cabello con un gesto deliberadamente coqueto. ¿Estaba ligando conmigo de forma subliminal?- ¿Cómo lo consigue?
La miré sin entender bien lo que decía.
-Me refiero a que... soltar esas cosas ingeniosas e hirientes todo el tiempo debe de ser agotador. Tendrá que estar pensando comentarios nuevos constantemente, siempre en tensión¿no?
-No, qué va, por las noches hago listas de frases y las voy soltando según llega el momento apropiado.
La dejé helada con esa respuesta.
-¿Lo hace?- preguntó.
-Claro que no.- repliqué.- Me salen en el momento¿no ha visto? Debo de tener un talento natural para ello, como Oscar Wilde.
Sólo que él era gay, escritor y vivía en el siglo XIX, y yo, obviamente, no.
-¿Y por qué lo hace?- me preguntó entonces.- ¿Siente necesidad de hacerlo, de cubrir con esas ironías su propio espacio vulnerable para que nadie llegue a él?
-¿Se refiere a si prefiero que me consideren un capullo a que me consideren un blando?- dije a mi vez.- Claro, tengo a tres patitos a mi cargo, o te haces el duro o se te suben por las barbas. Tienen que tenerte miedo, si no, no te obedecen.
Ella murmuró un "mmm" por lo bajo y garabateó algo en un folio que tenía frente a ella. Intenté echar un vistazo. Dios mío, su letra era aún peor que la de Cuddy.
-¿Y con la gente que no está a su cargo¿Con sus superiores, incluso?
Ahí queríamos llegar. Por fin empezaba a comprenderlo todo. La miré con los ojos entornados.
-¿La doctora Cuddy no le habrá pedido que me sonsaque nada, no?
Ella se rió, pero sonó falso.
-Desde luego que mis informes pasarán directamente a ella.- eludió mi respuesta.
-Es una manipuladora¿a usted no le parece?
-Supongo que lo es. La conozco desde el instituto y siempre ha sido un poco mandona. Pero es una mujer excelente y una eficiente jefa.
Recordé algo que le habían dicho a Cuddy una vez. Sólo estás contenta cuando todo está perfecto, y siempre habrá algo que no sea perfecto, lo que significa que eres una buena jefa pero que nunca serás feliz.
-O sea que son amiguitas...- dije.
En ese momento la puerta se abrió de par en par. Me volví y jamás habría imaginado ver a quien vi.
-¿Cameron?
-Lo siento.- dijo mirando a Matt.- Tengo que llevarme al doctor, es una emergencia.
Matt titubeó antes de responder. Se lo estaba pasando bien conmigo.
-No han pasado más que veinte minutos de nuestra hora.- dijo.
-Guárdeme la próxima media para otro día.- repliqué.
-No puedo. La doctora Cuddy quiere el informe de la primera sesión para esta tarde.- suspiró y volvió a arreglarse el pelo. Delante de Cameron, qué poco discreta.- Tengo libre el resto de la mañana, vuelva en cuanto haya terminado de su emergencia y haremos el resto¿de acuerdo?
Puse los ojos en blanco, pero fue más teatro que otra cosa. Mientras estuviera con la psicóloga no tendría que hacer consulta y además, ella estaba buena.
-Vale.- repliqué.
Me puse en pie y salí del despacho. Cameron ya iba como diez metros por delante de mí.
-¡Eh, Cam!-le grité.- ¡No corras! Soy cojo¿sabes?
Se detuvo de mala gana hasta que la alcancé y entonces volvió a poner el turbo.
-¿Me puedes decir qué demonios pasa?- pregunté.
-Diane Bell ha entrado en fallo renal.- dijo.
-¿Qué¿La colgada de esta mañana?
-No estaba colgada.- me mostró un papel, los resultados del análisis de tóxicos. Lo miré. Pues no estaba colgada. De hecho, estaba más limpia que cualquier chico de su edad.- No hay nada. Ni heroína, ni cocaína, ni éxtasis, ni LSD, y podría seguir así hasta nombrar todas las drogas conocidas. Tampoco alcohol.
La miré. Estaba más nerviosa de la cuenta. Sólo por un pequeño fallo renal.
-Pero eso no es todo¿verdad?- pregunté.
Ella negó con la cabeza.
-Acaba de llegarnos otra chica con los mismos síntomas.
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