Capítulo 3: Ahora sí que me he quedado de piedra

Hola, mi nombre es Justin Finch-Fletchley y hoy voy a hablaros de cierto grano en el culo llamado Colin Creevey.

Creevey es un hiperactivo Gryffindor de primer año, físicamente poquita cosa, fan acosador inquebrantable de Harry Potter y fotógrafo amateur.

A Creevey le encanta hacer fotos y es muy difícil verle sin su cámara. Va haciendo fotos a todo aquello que le impresiona por los pasillos, por los terrenos de Hogwarts y por el comedor. Está especializándose, dice, en retratar a gente mágica que le llama la atención. Sobra decir que Potter ocupa continuamente el monográfico semanal, y me sorprendería que no tuviera decorada la cama con fotos suyas.

Todo el mundo conoce su anormal y exacerbada obsesión por Harry Potter, hasta los Hufflepuffs, a los que nos toman por estar siempre en nuestro bello mundo campestre de flores y arco iris, osos amorosos que se abrazan, y vidas simplonas.

Lo que poca gente sabe es que este hijo de muggles se dedica a hacer fotos a los chicos y chicas más populares de Hogwarts para venderlas entre sus admiradores. En el ranking de top ventas, el puesto número uno es para Cedric Diggory, porque "a los Slytherin no me acerco ni a dos metros y las fotos de Harry no se venden", me contó en confidencia un día el aspirante a paparazzi mágico; aunque, por lo visto, hay dos excepciones: Una es su compañera Ginny Weasley, la menor de esa prolífica familia pelirroja, quien ha entrado este año a Hogwarts. Parece una chica muy dulce y simpática y, por lo que me ha contado Creevey, está coladísima por Potter. La otra excepción es Draco Malfoy, quien le pide mercancía a escondidas de vez en cuando "para jugar a la diana". Un galeón a que se lleva las fotos al baño.

Lo que menos gente sabe es que Justin Finch-Fletchley es otra de sus víctimas de acoso y derribo preferida.

No descubrí la afición de Creevey por los chicos de pelo rizado hasta que me acorraló un sábado por la tarde a la salida del comedor y me pidió que fuera a dar una vuelta con él por el lago. Después de sacarme unas 10 fotos con y sin pose, me empezó a contar su vida y a tocarme el pelo como quien no quiere la cosa; y cuando ya empezó a sobar más de la cuenta le tuve que recordar que yo era mayor que él y que el calamar gigante a esas horas probablemente estaría hambriento.

Después de aquella primera toma de contacto con tacto, empezamos a llevarnos bien. En cierta forma. Me habló de crear un club de hijos de muggle, y yo le dije que esa era una idea de casquero.

"Mi padre es lechero, no casquero," me replicó.

"Lo que tú digas, virutilla."

Es tan enclenque que le cabría a Ernie en una pernera.

"Piénsatelo, ¿vale? Podríamos compartir nuestras experiencias en el mundo mágico y... y ayudarnos mutuamente a compensar nuestro desajuste entre ambos mundos y... y además, ¡sí, sí¡ ¡Podríamos invitar a sangre pura para que nos expliquen más cosas y así llevarnos menos sorpresas! Tú ya te habrás acostumbrado, pero yo todos los días me entero de cada cosa que se me queda cara de flipado."

Y yo que pensaba que esos ojos desorbitados eran su expresión natural...

"Está bien," acepté. "Lo consultaré con la almohada."

"Vale, y ahora, ¿me das un beso?"

"Cuando Snape se rape al cero, Dumbledore se marque un break-dance en mitad del comedor y MacGonagall se ponga minifalda y coletas."

Por desgracia, aquello no le desanimó. Sigue abordándome día sí y día también, insistiéndome sobre el club y suplicándome sin tregua que le sirva de enlace para pedir a Cedric un autógrafo. Cuando Colin ve a Cedric, se queda tan embobado como muchas de las chicas.

Debo reconocer que este año Cedric está más guapo, si cabe. Si tan sólo fuera un poco más abierto... Algunos le tachan de engreído, por celos; otros de Hufflepuff con pretensiones, por despecho; otros muchos, del equivalente mágico al "cuerpo Danone y cerebro petit-suisse". Todo envidia, pura envidia. Cedric es un buen estudiante y un chico majísimo. Sin embargo, es cierto que tiene pinta de ser el tipo de persona que se lleva bien con todo el mundo y con nadie en particular, como bien observó Ernie.


Por cierto Colin Creevey no es mi único fan, ¿eh?

Sigo dándole a la bandurria mágica en la sala común durante los ratos libres, para memorizarme mis canciones muggles preferidas (porque es eso o no escucharlas, y yo sin música no puedo vivir), y vuelvo a tener siempre un pequeño corro a mi alrededor, que ya se atreve hasta elegir sus favoritas. Me han dicho que se nota que he estado practicando en verano con la guitarra que tenemos en casa; y yo he notado que mi música está empezando a afectar hasta a las plantas, porque algunas han empezado a bailar al ritmo de mis melodías. Además, he conseguido un puñado de partituras nuevas para traerme a la escuela, y es reconfortante saber que todos esos años de solfeo y piano a punta de pistola paterna no han sido en vano.

Por otro lado, he comprobado que a los de primer año también les gusta toquetearme el pelo y escuchar mis historias. Ernie se ha resignado a que los domingos por la tarde son para mi público. Hannah y Cedric se ríen de buena gana conmigo y de mí. A veces es difícil mandar a los pequeños a la cama porque están escuchando entusiasmados el desenlace de la narración de alguno de mis cómics o películas favoritos, donde la magia de ficción funciona de otra manera. Hasta los de último curso pegan la oreja disimuladamente.

No sé cómo lo hago, pero no consigo mantenerme anónimo ni como Hufflepuff.


Las clases van bien, unas más aburridas (Binns), otras más intimidantes (Snape), otras más indescriptibles (Lockhart) y otras más agradables. Herbología sigue siendo nuestro oasis Hufflepuff, pero claro, es lo que tiene que la profe sea la jefa de tu casa.

Eso sí, Madam Sprout está que echa chispas por los desperfectos que causaron al sauce boxeador Potter y Weasley cuando se estrellaron con su coche volador el primer día de curso (¡la que se montó! ¡Por eso no estaban en el andén!). Bastante trabajo tiene ya con la cosecha de mandrágoras que va a cultivar este año. Con ayuda de los alumnos, por supuesto.

Este año compartimos clase de Herbología con los Gryffindor, y el primer día la cago a lo grande. No sé qué me impulsa a hacerlo. Quizá sea porque es la primera vez que nos toca juntos en clase. Quizá por tenerle tan cerca, por compartir mesa de trabajo. Pero es que no he resistido la oportunidad de presentarme a Harry Potter. Me he puesto a hablar y no he parado ni para tomar aire. ¿Qué rollo le habré soltado? ¿Por qué me he puesto tan nervioso? He aprovechado para presentarme también a Granger y a Weasley. A éste no le he caído muy bien, me da a mí. ¿Habrá sido por mencionar su coche volador? No sé, a mí me parece algo guay. Pero vamos, soy consciente de que muchos Gryffindor nos toman por idiotas o retrasados, y supongo que no le he dado un buen motivo para cambiar de opinión, parloteando sobre Eton y Lockhart como si ambas cosas me importaran realmente un comino. Lo que pasa es que no sabía de qué hablar, y al mismo tiempo quería hablar de todo. Diantres, no soy mejor que Creevey delante de Potter. La fama impone. Y sus ojos también. Tiene unos ojos verdes muy bonitos y muy intensos. No quería mirar su cicatriz, pero no he podido evitarlo. He intentado hacer un chiste sobre mi madre y Lockhart y me ha salido mal. No creo que a mi madre la ataque un hombre lobo a la salida de una cabina de teléfonos. Habrá sido un lapsus freudiano, mencionar a mi madre delante de Potter. Él, al igual que Creevey, no tiene madre. Debería haber tenido más tacto. En cualquier caso, ¿por qué me preocupo? ¿Qué más me da lo que piense de mí? Mejor me pongo los tapones y me dedico a replantar la mandrágora. Sí, mejor. Antes de que la cague más.

Por suerte, parece que a Potter le he caído bien. Desde ese día siempre me saluda y me sonríe en Herbología. Weasley, en cambio, me mira mal. ¿Estará celoso?

Espero que a Creevey no se le ocurra pedirnos una foto juntos, Potter y yo. Me moriría de la vergüenza.

¿Por qué mis tripas han empezado a traicionarme cuando Potter está cerca? ¿Será esto el inicio de un cuelgue? Oh, megde.

No es la primera vez que siento en el estómago una revolución de mariposas por un chico. En el colegio había uno al que siempre se me iban los ojos en clase. Y ya en la guardería mi mejor amigo y yo éramos inseparables. Siempre hablábamos de escapar juntos a lugares lejanos a vivir aventuras, solos los dos, y lamenté mucho tener que despedirme de él cuando pasamos a primaria y yo pude ir a un buen colegio, mientras que él, no. Y he de confesar que, aunque siempre me he llevado muy bien con todas las chicas, hasta ahora no he sentido esas mariposas por ninguna de ellas. Ni tampoco las he sentido tan fuertes y tan claras. Y sólo me pasa cuando miro a Potter, está comprobado. Dado que no sé cómo se lleva en el mundo mágico que te guste alguien de tu mismo sexo (en el mundo muggle no te tratan muy bien, sobre todo en el colegio) o cuántos como yo habrá, será mejor que haga lo posible por disimularlo.

¿Me venderá Colin una foto suya sin que se levanten sospechas?

Al final va a resultar que en verdad soy peor que Colin Creevey, Ginny Weasley y Draco Malfoy juntos.

¡Ay de mí!


Hace poco ha habido una gran conmoción en Hogwarts.

Alguien ha abierto una tal Cámara de los Secretos. ¿Qué será eso? No entiendo por qué causa tanto revuelo. En un castillo tan lleno de trampas y pasadizos secretos como Hogwarts, hubiera esperado que hubiera, no una, sino una colección de cámaras secretas. Pero el caso es que la gata de Filch, la cotilla de la señora Norris, ha sido petrificada, y Potter es el principal sospechoso. Lo pillaron en la escena del crimen junto a sus dos inseparables. Hannah me ha dicho que desde entonces Granger se pasa aún más horas que de costumbre investigando en la biblioteca. Hannah no cree que Potter haya sido el culpable, pero yo no sé que pensar, la verdad.

La pintada en la pared escrita con sangre nos va a proporcionar pesadillas para dos semanas. Los profesores parecen muy alterados y Filch está desconsolado. Me pregunto qué clase de rollo raro tendría con su gata. Hay rumores para todos los gustos, pero gusto es lo que no tiene ninguno.


Soy idiota, idiota, idiota, ¡IDIOTA!

Andaba yo por el pasillo pensando en mis cosas y en el libro que Ernie quería sacar de la biblioteca sobre no sé qué de la Historia de Hogwarts para saber más sobre el tema del que todo el mundo habla, la dichosa Cámara y el heredero de Slytherin (hasta los profesores han tenido que ceder ante la imperiosa curiosidad de todos los alumnos y contarnos lo poco que saben), cuando de pronto me he topado de frente con Potter. Estaba sonriendo, y parecía tener la intención de decirme algo, pero me ha entrado un miedo irrefrenable y he tenido que salir por patas. No sé si tengo más miedo de él, después de lo que ha sucedido con la señora Norris, o de mí mismo.

No sé por qué dejo que me afecte también lo que me contó Ernie que había oído sobre los familiares muggles a los que tanto odia Potter. Quizá no debí hablarle de Eton ni de mi madre. Pero... pero su madre también era hija de muggles, ¿no? Granger es hija de muggles, ¿no?

Cada vez tengo más claro por qué el sombrero no me puso en Gryffindor. Las otras casas las tuve claras desde el principio. Ahora ya no me cabe duda: Soy un gallina. Un cobarde, gallina, capitán de las sardinas.

Habríamos podido hablar a solas. ¡A solas!

Potter parecía triste y contrariado por mi reacción.

Justin, ¡eres un IDIOTA!


Por fin llega el partido de quidditch más emocionante de la temporada: Gryffindor contra Slytherin. Por lo pronto ya ha servido para que se hable de otra cosa que no sea la Cámara de los secretos.

Como viene siendo la costumbre, los efectos paranormales alrededor de Potter, el principal sospechoso del momento, han hecho del encuentro todo un espectáculo. El año pasado, una escoba embrujada. Este año, una bludger loca. Le ha roto un brazo y lo ha derribado al suelo, pero no sin que antes atrapara la snitch frente a Draco Malfoy. Aunque, más que atraparla, ¡casi se la traga!

Lockhart ha intentado arreglarle el brazo y todo ha sido muy confuso, pero por lo que me han contado después, en vez de repararle el hueso le ha hecho desaparecer TODOS los huesos. Esto... después de la mecánica de sus clases, sus retratos omnipresentes y el abuso del "yo" en cada una de sus frases, este último incidente me obliga a replantearme seriamente la eficiencia del mago escritor. Imaginación a mí me sobra. Quizá yo también podría escribir un libro que se titule: Eludiendo a Mr. Creevey: Técnicas de evasión y camuflaje. En el colegio sería un best-seller.


¡Al diablo las bromas sobre Colin! ¡Le han petrificado la misma noche del sábado del partido maldito! ¡Petrificado! Como a la señora Norris.

La noticia me ha dejado a mí también de piedra. ¡Y el muy desgraciado hablaba de crear un club muggle! ¡Con el heredero de Slytherin suelto! Sólo nos hubiese faltado crear una sala común y gasearnos a nosotros mismos para ahorrarle el trabajo.

Las malas lenguas dicen que fue Potter otra vez, ya que muchos le han visto siempre intentar quitarse a Creevey de encima y hasta gritarle de mala manera cuando se ponía ultrapesado. Comprendo a Potter, puedes terminar del mini paparazzi hasta las narices, pero eso no es motivo para lanzarle un maleficio. Pobre Colin...

Dicen que las mandrágoras servirán para despetrificar a gata y fotógrafo. Espero que sea verdad. Desde el incidente, me estoy aplicando mucho más en Herbología pensando en él. El domingo después de comer fui a verle y Madam Pomfrey se alegró mucho, porque tras la visita de rigor de sus compañeros nada más ocurrir la desgracia, nadie se ha atrevido a visitarle por si se contagia. No he querido sacarle de la fantástica ilusión de que el minúsculo Creevey tiene amigos y de que nadie vive ahora aliviado por haberse librado temporalmente de un futuro colaborador de la prensa sensacionalista. Es increíble cómo hasta en coma pétrea no se despega de su cámara. Intentaré venir a verle de vez en cuando.

Por lo pronto, el domingo por la tarde está el colegio revolucionado y al borde del pánico histérico. Y aunque la agitación va menguando durante la semana, no se disipa en absoluto. No sirve tampoco la voz de la razón de Susan, cuya tía al parecer está intentando mover hilos en el Ministerio para que investiguen a fondo, después de haberle escrito Susan una carta urgente esa misma mañana.

"No podemos hacer nada nosotros. Sólo nos queda esperar que el Ministerio tome cartas en el asunto," insiste.

Como hijo de muggles, no puedo negar que cada vez que salgo de la sala común se me ponen de corbata; pero es que Hannah, que sólo es mestiza por herencia familiar, está que se sube por las paredes. Y no es la única. Nadie se siente a salvo. Sobre todo los "prescindibles" Hufflepuff. Los de primer año ahora van al baño en grupo y Cedric se ha ofrecido a ayudar a los prefectos y acompañar a los más pequeños en los desplazamientos entre nuestra casa, el comedor y sus clases. ¡Menuda paliza! Con tanto subir y bajar escaleras trampeadas y sortear obstáculos, se va a mantener en forma.

Lo que más gracia me ha hecho de todo este asunto es la venta clandestina de amuletos que se ha extendido por todo el colegio. Pienso que lo más útil sería un escudo reflectante, por si la Medusa anda suelta por Hogwarts. He intentado explicar a algunos que las ristras de ajos se usan contra los vampiros y que, si han prestado atención en clase, no sirven para nada. Una chica de primer año, también hija de muggles, se aferra constantemente a su crucifijo; otras se agarran bien fuerte a Cedric y he visto a un par de chicos más refrenándose para no hacerlo también. Hannah, que es mestiza, se ha comprado una pata de conejo asesino de cueva y me ha comprado otra a mí. Cuando le he dicho que no la quería se le han empezado a saltar las lágrimas, me ha puesto un puchero desgarrador y me ha sollozado:

"¡Pueden ir a por ti, Justin! ¡Tienes que andarte con mucho cuidado!"

Al final no he podido rechazarlo. A lo que sí que me he negado es a que Ernie me acompañe siempre al baño y a la ducha.

"Ernie, lo que sea que ha atacado a Creevey no va a salir de un retrete, ¿no crees?"


Hoy he subido al comedor acompañado, como es habitual, por Ernie y Hannah, quien se empeña en que no nos despeguemos de Cedric y los de primer año (algo que hacen también siempre que pueden los de segundo, tercero y cuarto, y algunos mayores también, con poco disimulo), y me he encontrado con un montón de gente arremolinada en torno al tablón de anuncios. Por fin una buena noticia: ¡El club de duelo! Esa misma noche a las 8. ¡POR FIN, POR FIN, POR FIN! ¡Viva Lockhart! Sabía yo que sería bueno para algo. Que era un héroe. Ahora mismo, ¡es mi héroe!

La emoción del club de duelo termina cuando me emparejan con Neville Longbottom. Qué desastre humano. Qué mago más torpe. Mira que yo tampoco soy ningún as del combate con varita, pero es que lo suyo es de traca. Hemos acabado hechos unos zorros los dos en el suelo. Menos mal que Snape no ha dejado que Lockhart nos saque para hacer una demostración. ¿Por qué demonios me habrá elegido Lockhart a mí? ¿Será por las miradas extasiadas que le lanzaba a principio de curso y que han ido debilitándose y tornándose de admiración a incredulidad con cada semana que pasaba? ¿Querrá recuperar mi confianza y mi entusiasmo por él? Hmmm.

Pero no, mejor Potter y Malfoy. Oooh, qué tensión se respira en el ambiente, y no sólo por la magia. Todo el colegio sabe que entre esos dos hay una tensión sexual sin resolver que se corta con cuchillo. Sólo desarmar, ¡qué iluso es Lockhart! Le he dado mis ánimos a Potter, sin poder evitarlo. Espero que le dé una buena paliza a Malfoy. Un momento, ¿qué clase de hechizos son esos? ¿Tarantela y cosquillas? ¡Qué risa me da! ¿Y ahora una serpiente? ¡Uah qué miedo! ¡Profesor Lockhart, no! ¡NO, NO LO ARREGLES, TÚ NO! ¡ARGH!

¡Maldita sea, ese bicho es enorme y viene a por MÍ! ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¡Sólo soy un Hufflepuff muggle y entusiasta! No merezco- Un momento, ¿qué está haciendo Potter, que sisea? Alguien ha susurrado pársel. A mí me suena a ruso pijo con afonía, pero Hannah me explica, rápidamente y entre temblores, que es la lengua de las serpientes, la marca de los magos oscuros. No oigo más porque se aparta de mí aterrorizada. En su lugar veo a Cedric, que es quien la ha hecho apartarse, y quien se mantiene a cierta distancia con la varita preparada. A mi otro lado Ernie, también varita en mano temblorosa, me susurra que tanto Salazar Slytherin como Quien-tú-sabes hablaban pársel.

La serpiente mira a Potter y se sigue acercando a mí. Me lo estoy empezando a hacer en los pantalones; me castañetean los dientes; y de algún modo me siento como una damisela en apuros entre Cedric y Ernie: tal es mi impotencia. ¡Qué ridículo! Potter, te odio. Desde este mismo momento, te odio. Sé que no es verdad, pero necesito creerlo. ¿¡Por qué me haces esto!?

Harry Potter, mientras tanto, sigue susurrando frenéticamente en pársel, todo bizco y concentrado, hasta que la serpiente retrocede (¿preparándose para su ataque final?), y entonces Potter me mira con una enorme sonrisa de satisfacción, expectante. Sin poder contenerme, le grito que a qué está jugando y me voy corriendo del comedor sin mirar a nadie. Desde la entrada escucho cómo Snape desintegra a la serpiente.

Me siento muy avergonzado, muy asustado y muy decepcionado.

Por la noche, sólo el recuerdo de Ernie y Cedric en guardia junto a mí me permite conciliar el sueño.


Al día siguiente me despierto con sentimientos encontrados. Una parte de mí, la más racional, me quiere hacer creer que Potter trataba de alejar a la serpiente. Pero la parte más visceral está aterrorizada ante la perspectiva de que Potter haya sentido en mí una admiración parecida a la de Creevey (¡Nada más lejos de la realidad! ¡Yo tengo mi propia vida, no vivo pendiente de la suya!), y quiera deshacerse de mí. Si Potter, como insinúa constantemente Ernie, sosteniéndolo con toda clase de argumentos tanto volátiles como de peso, es en verdad el heredero de Slytherin... ¡Justin Finch-Fletchley tiene los días contados!

Ernie se preocupa demasiado, no hace más que soltarme rollos y advertencias con especial inquina hacia Potter, y últimamente parece mi sombra. Hannah, en cambio, parece mi madre, constantemente aprensiva y mirándome como si cada segundo conmigo fuera el último. Por su parte, los de primer año han hecho un corro a mi alrededor, con Cedric en la retaguardia, de camino al comedor a la hora del desayuno. Y noto cómo los de mi curso no me pierden de vista de camino a clase.

Sin embargo, hoy la terrible ventisca ha obligado a cancelar Herbología, y Madam Sprout va a aprovechar para preparar las mandrágoras de cara al crudo invierno, algo que debe hacer ella sola y cuanto antes, de modo que nos hemos tenido que dispersar.

Con las mismas, hemos regresado a nuestros dormitorios para dejar los bártulos de clase y coger material de estudio para la biblioteca. Ernie ha esperado a que todo el mundo saliera para acercarse a mí con un fingido carraspeo. Con un leve empujón hace que me siente sobre mi cama y, apoyando sus gruesas manos sobre mis hombros, me dice muy serio:

"Justin, por favor, quiero que te quedes aquí en la sala común hasta la hora de comer."

"¿Qué hay de malo en que vaya con vosotros?"

"A estas horas todo el mundo está en clase y no hay nadie en los pasillos. Y yo... tras lo sucedido ayer no me fío de que pueda protegerte si algo te... nos ataca," confiesa ruborizado. Yo le sonrío y le palmeo ambos hombros, un gesto habitual entre nosotros. Pero él se estremece.

"No puedo quedarme en la sala común hasta final de curso, saliendo sólo para ir a clase y escoltado por la mitad de mi casa."

"Al menos por un tiempo, hasta que se calmen las cosas," me suplica mirándome a los ojos. "Intenta no llamar la atención. Y no le cuentes a nadie tu origen muggle y el rollo de Eton para impresionarle. Aunque sea el archifamoso Super-Potter."

Pinchazo. Dolor. Vergüenza. ¿Ernie lo ha notado? Si de verdad lo ha hecho no parece causarle repulsión. No sé por qué pero eso hace que me sienta un poco mejor.

"Luego no me vengas con que se te ha ido de la lengua y pases semanas intranquilo, como te ha ocurrido con Potter; y ya hemos visto que con razón."

"Ernie..." estoy tan azorado que no sé qué decir, pero algo en mí se resiste a esconder la cabeza bajo tierra en la sala común de Hufflepuff.

"Hazlo por mí... Y por Hannah," insiste.

"Pero Ernie, no puedo-"

"Cedric también nos lo ha sugerido esta mañana antes del desayuno," se apresura a interrumpirme. "Que, puesto que somos tus amigos más cercanos, debemos impedir que merodees solo por el colegio."

"Sois todos peores que mi abuela," me río.

Pero Ernie no se ríe, así que decido dejar de hacerme el valiente y de intentar tomármelo a guasa.

"Está bien, me quedaré aquí. Pero que no se convierta en una costumbre, o me volveré tan cagueta que pronto tendrás que acompañarme de la manita al baño por las noches."

"No te digo yo que no debiera hacerlo alguien estos días," sonríe aliviado.

"¿Sigues ofreciéndote voluntario, Macmillan?" le provoco, pero él lo esquiva.

"No te muevas de aquí, ¿entendido? Luego vendremos a buscarte."

"Sí, mami."


Soy una persona social. No me gusta estar solo mucho rato. Me gusta sentir el calor humano y la alegría de compartir risas, deberes y terrores escolares. Por lo tanto, me asfixio en una sala común desierta, por muy bucólico que sea el paisaje que se vislumbra por las falsas ventanas. Empiezo a sentirme incómodo y desasosegado al pensar en lo que queda de curso, en la preocupación de todos a mi alrededor, y en cuánto más podré aguantar una situación de tanta incertidumbre, tanta presión y tanta atención constante no deseada. A veces dan ganas de hacer las maletas y volver a casa, pero... No, ¡ni pensarlo! Mi sitio está aquí, con mis compañeros.

De pronto oigo un ruido que me sobresalta y acto seguido entran algunos alumnos de cuarto curso. Al parecer también han terminado cancelando la clase de Cuidado de criaturas mágicas, ante la realidad de un bloque de Hufflepuffs congelados. Pensando que los demás no tardarán en venir, me decido a salir hacia la biblioteca, con la esperanza de írmelos encontrando poco a poco y así sentirme más seguro.

En el sótano, pasadas las cocinas que están junto a la entrada de nuestra casa, no me cruzo con nadie, y esto me pone un poco nervioso. Por suerte arriba, a pocos pasillos de distancia de la biblioteca, en un área de aulas cuyas antorchas han sido apagadas por la gélida corriente de aire que circula en paralelo a la ventisca que sopla en el exterior, me encuentro con Cedric. Su cara al verme solo no tiene precio. Lo primero que hace es agarrarme por la pechera y regañarme maternalmente hasta que me encojo sobre mi mismo, abriendo sólo un ojo con precaución. Una vez se queda a gusto, me baja al suelo y sonríe.

"¿Vas a la biblioteca? Espera que bajo a por otros libros para estudiar y te acompaño. Quédate junto a la puerta de esta clase y, al menor indicio de peligro, no dudes en meterte dentro. O mejor, vente conmigo, no sea que-"

"Cedric, por favor, no te angusties por mí. La biblioteca está ahí al lado y no creo que nadie se atreva a merodear un área llena de profesores dando clase."

"Justin, no quiero correr riesgos contigo. Mira lo que le ha pasado a Creevey."

"No me pasará nada, yo-"

En ese momento aparece a través de la pared de un aula cercana Nick-casi-decapitado, quien nos saluda con su elegancia habitual. Aunque ese cuello suyo abierto me sigue dando los mil males.

"No he podido evitar escuchar su conversación. He de reconocer que hasta a mí me producen cierto sopor las disertaciones del ilustre Binns. Si le complace, señor Diggory, escoltaré personalmente al señor Finch-Fletchley a la biblioteca."

Cedric parece vacilar, pero yo le miro y asiento con confianza.

"Está bien," accede al fin de evidente mala gana."Pero daos prisa, ¿de acuerdo?"

Asiento de nuevo y voy a echar a andar cuando Cedric se vuelve y me dice:

"Ah, Justin, por cierto, hace días que quería hablar contigo de... bueno, no quiero abusar de ti, que ya tienes bastante con los otros, pero, ¿te importaría, esto, echarme una mano un día de estos con mis deberes de Estudios muggles? El año que viene tengo los TIMOS y no me vendría mal irme preparando. No quisiera quedarme atrás en ninguna asignatura, y creo que con tu ayuda, pues, eso, que podría irme preparando," repite apurado.

"Claro, Cedric, cuando quieras," le sonrío, disipando su visible azoramiento. "Sin problema."

"Gracias, Justin," me sonríe también con sus preciosos ojos grises aún llenos de preocupación, y me revuelve los cabellos dejando que sus dedos acaricien mis rizos unos segundos más que de costumbre, lo cual me deja de piedra. Y aún le siento echar varias miradas intranquilas hacia nosotros conforme ambos nos alejamos en direcciones opuestas, antes de doblar la siguiente esquina. En todo momento soy consciente de que tengo el corazón desbocado y una sonrisa estúpida pintada en la cara. Cedric me acaba de devolver mi valor perdido. O uno que nunca tuve.

Nick me aconseja que me mantenga siempre detrás de él mientras flota a buen ritmo por el siguiente corredor, igual de oscuro e igual de gélido. Yo le argumento que si alguien nos ataca, de nada servirá tener un ente incorpóreo como escudo, pero como tampoco me impide la visibilidad, no insisto mucho.

Siempre reconforta tener a alguien dando la cara por ti ante el peligro.

Estamos a punto de doblar la siguiente esquina, cuando escuchamos un sonido deslizante que se acerca progresivamente. Nick se detiene en el aire y yo me pego aún más a él, escudriñando las tinieblas translúcidas como un ciego. No han pasado ni cinco segundos cuando unos terribles ojos se iluminan frente a nosotros, unos ojos crueles y feroces. Siento que mi cuerpo se queda rígido de repent y, un instante después, el mundo se desploma a mi alrededor. ¿O he sido yo?

Maldita sea.

¡Ahora sí que me he quedado de piedra!