¡Y al fin! Tras terminar estos fics que tenía ganas, pues, toca el turno del fic que votaron en su momento. Ahora que ha finalizado la última votación y que podéis ver los resultados en la página, tocaba ir adelantando este.
Me sigue sorprendiendo que ganara un NaruHaren, pero como lo amo, aquí vamos.
Advertencias: Muerte de persronaje, drama, romance, ooc, lime, lemon. Naruharen. No sé qué parejas finalizarán hasta que avance el fic.
—
Gen
Años atrás, la muerte y el sexo destruyó el mundo.
Años atrás, no era tan amado.
Años atrás perdí esas cosas.
Años atrás morí por ti.
Sasuke Uchiha (27)
Definitivamente la sanidad era una mierda cuando equivocaban tus tarjetas de crédito y provocaban que tuvieras que esperar varias horas en una sala de espera abarrotada. La mujer de recepción intentaba ser lo más amable que podía y comprendía lo estresada que debía de sentirse en ese momento, pero él llegaba tarde a una reunión de trabajo.
Había acudido a urgencias cuando su hermano, arto de que se quejara de un problema en el brazo, lo obligó a asistir engatusando a su chófer. Varias radiografías después, descubrieron que era una simple lesión que curarían con calor, calmantes y reposo. Como si pudiera permitírselo.
Llevaba un negocio y era el que tenía que estar ahí siempre.
—¡Shizune, por favor! Necesito el historial de la cama dos. No lo han colocado. Ya es la segunda vez que fallan en eso.
La morena mujer que llevaba batallando con sus problemas un buen rato, levantó la mirada para posarla sobre el médico que se había colocado a su lado. Era rubio, fuerte y tenía una mirada muy llamativa, aunque no menos que su cabello rubio.
—Naruto, sé que tienes un día muy atareado, pero yo no soy la jefa de las enfermeras de tu ala. Es Karin, la que casualmente, es tu prima. Además, este caballero está antes que tú y tus batallas.
Entonces, se volvió hacia él. Sí, poseía una mirada curiosa que ni siquiera las ojeras bajo sus ojos lograban afear. No se había afeitado y su boca mostraba un rictus de tensión al igual que sus hombros.
El rictus desapareció para formar una amplia sonrisa que marcó dos hoyuelos en sus mejillas. Y su mano se posó en su hombro.
—Discúlpeme —dijo con el mismo tono de voz chillón—. Me he tomado ya muchos cafés y la cafeína me da visualización de lo que necesito y rechaza lo que no. Así que no le he visto. —Luego, se volvió hacia la mujer de nuevo—. Shizune, sé que no eres la jefa de enfermeras de mi lado, pero Karin está de los nervios desde que va a casarse. Así que cada vez que le pedimos algo estalla o nos lanza algo y, créeme, le da igual que lleves su sangre. Bastante que me deje quedarme en su casa y…
—¡Vale, vale! —interrumpió Shizune—. Iré ahora mismo. Vuelve a tu sección, todavía te quedan muchos pacientes.
El hombre retrocedió, sonriente, con las manos levantadas en señal de victoria.
—¡Gracias, Shizune!
Sasuke se quedó observándole mientras retrocedía. Podría haberle avisado, pero de alguna forma, sentía cierta irritación por él. No le gustaban los sujetos nerviosos, que hablaban sin parar y creían que el mundo giraba a su alrededor.
Así que fue cuestión de segundos verle chocar con la mujer de cabellos rosas que acababa de comprar un café y que lo derramara sobre ella y él.
—¡Diablos, quema! —protestó el médico tirándose de la camiseta—. ¿Estás bien? ¿Te duele?
La tomó de las manos para asegurarse de su estado, pero la chica más bien parecía que quería enterrarlo en el suelo de un puñetazo. Sin embargo, algo cambió dentro de ella, negando y alejándose.
—Servicio de limpieza —dijo otra mujer ocupando el lugar de la primera—. Naruto ha vuelto a tropezar.
Luego le miró.
—Lo siento, señor. Intentaré agilizar los problemas que tiene.
—Gracias —contestó secamente.
El servicio de limpieza apareció. Una mujer mayor con un palo de fregona que levantaba sobre su cabeza persiguiendo al médico de antes, quien corría como si su vida dependiera de esquivarla.
—¡Te juro que esta vez no lo hice queriendo, ttebayo!
Por intentar esquivarla, chocó contra otra persona. Esa vez, una joven de aspecto fino y cabellos largos a la que logró aferrar antes de que resbalara hacia atrás. Tomó su codo con cuidado y le sonrió, guiñándole un ojo antes de volver a echar a correr.
—Señor Uchiha. Aquí tiene —dijo la mujer tras el ordenador distrayéndolo—. Está todo correcto finalmente. Por favor, vuelva de nuevo si se siente mal o si siente que el brazo empeora.
—Lo haré.
Tomó las facturas y las tarjetas. Tras guardarlas, salió del hospital. Se detuvo frente a su coche. Se quitó la chaqueta. Siempre había sido demasiado maniático con sus cosas y la ropa, especialmente. Recordó al médico y su mano sobre su hombro. La necesidad imperiosa de sacudir la chaqueta le pudo más. Pasó su mano y con pequeños golpecitos, intentó quitar el recuerdo de ese gesto.
Abrió la puerta y dejó la chaqueta sobre el asiento del copiloto.
No había puesto un pie sobre el suelo del coche cuando un terrible mareo lo derribo. No estaba seguro de si alguien gritó o cuando llegaron los enfermeros.
Pero el mundo se volvió completamente oscuro en pocos segundos.
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Sakura Haruno (27)
Llevaba un día de mierda. Completamente.
Le habían robado el bolso en el parking del hospital, con todos los informes médicos que necesitaba para su revisión. Y lo peor, con su tesis. Como no tenía los informes cambiaron su hora de la cita y no podía moverse del lugar hasta que la policía llegara.
—Sólo le podremos dar la información que nos pide de las cámaras de seguridad cuando la policía lo pida, señorita —descartó uno de los guardias de seguridad cuando les exigió sobre ello—. Por ello, le rogamos que espere en la sala de espera hasta que lleguen.
No era su idea perfecta para mantener la calma, pero no le quedaba otra que esperar. Observó a su alrededor a las personas. Muchas, esperaban su turno para ser atendidos. Algunos parecían más urgentes que otros, más inquietos. Le inquietaban los niños, parecían muy necesitados. Le daban ganas de remangarse y hacer algo.
Aunque no tuviera idea.
Los médicos y enfermeras parecían ocupados, corriendo de un lado a otro, hablando con los pacientes para tranquilizarlos o llevarlos dentro. En una pantalla, números cambiaban de posición a medida que llamaban a los pacientes.
Entonces, dio con la máquina de café. Se tanteó los bolsillos en busca de algunas monedas.
—¿Necesitas cambio? —preguntó un joven a su lado.
—Dinero más bien. Me han robado en el parking. No tengo nada.
—Oh, mierda, eso es complicado. Toma —le ofreció unas cuantas monedas—. De nada.
Ella sonrió avergonzada por su anticipación. El joven se levantó cuando los números de la pantalla cambiaron. Lo vio entrar por una de las puertas y ella caminó hacia la máquina. Pidió un descafeinado, pero, cuando se volvió, un joven doctor chocó con ella y todo el café terminó impregnando su camiseta y su camisa. No era la mejor, pero eso no quitaba el hecho de que el día estaba yendo cada vez peor.
Apretó los puños con deseos de pagarlo con él cuando la aferró de los brazos. ¿De qué serviría? De nada. Ese joven no tenía culpa de su mala suerte y, probablemente, ella se había metido en medio de su camino a atender una urgencia. Agachó la cabeza y tirándose de la camisa mojada, se disculpó, alejándose.
Entró en el cuarto de baño tragándose un montón de palabrotas. Se miró en el espejo para observar lo terrible del accidente y tomó uno de los papeles de secado. No había terminado de rasgarlo del siguiente cuando el mundo dejó de ser visible y las piernas de sostenerla.
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Hinata Hyûga (27)
Nunca le había gustado ir al médico. Menos, tener que hacerlo secretamente y por la parte trasera de urgencias. Aunque, al final, terminabas atravesando una sala llena de gente. Su madre avanzaba delante de ella y aunque mantenía una pose firme, se detenía para asegurarse que optara por su propio ritmo.
—¿Te duele?
—No, estoy bien.
Sufrir una torcedura por bajar unas escaleras mecánicas no era algo que contarías en una fiesta con orgullo. Y todo por comportarse como una niña con su hermana pequeña, emocionada como si fuera una adolescente por conseguir la ropa que buscaban de rebajas y, de regalo, la ilusión de que una película que ambas esperaban estaba por estrenarse.
—Tómatelo con calma.
—Tranquila, eso ha…
Un hombre, para ella enorme, apareció junto a ella. Sorprendentemente, la atrapó justo antes de que se cayera. Al mirarle, pudo comprobar que tenía una mirada intensa y azul. Preciosa. Sus facciones no le hubieran llamado del todo la atención. Se consideraba una chica de gustos clásicos y los hombres que resaltaban no la atraían demasiado.
—¿Te encuentras bien? —preguntó todavía sosteniéndola.
—Sí, gracias.
Entonces le sonrió y se alejó rápidamente, más concentrado en otra cosa que ella. Continuó esquivando gente y no estaba segura del todo, pero pareciera que la mujer de la limpieza fuera tras él con la fregona en alto.
—¿Continuamos?
Miró a su madre y por un momento le pareció más lejana. Parpadeó, enfocándola mejor.
—Sí, vamos.
Caminó con cierta dificultad. Pareciera que la pierna le pesaba de más. Y no sólo ella. Poco a poco, cada parte de su cuerpo fue siendo más y más pesada. Hasta sus pestañas. No estaba segura de en qué momento exacto se desmayó. Ni si le dolió el golpe.
O si su madre gritó.
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Naruto Uzumaki (27)
—¿Has vuelto a enfadar a la vieja Teresa de limpieza?
—Sí, pero seguro que cuando le lleve un pastel de manzana, como siempre, se calmará.
Dio un trago de su café mientras observaba la pantalla del listado de visitas. Mientras que fuera los pacientes tenían números normales, ellos contaban con niveles de emergencia. Por supuesto, aquellos más peligrosos no se esperaba que el paciente entrara por su propia mano.
—¡Naruto Uzumaki!
Dio tal respingo que estuvo a punto de tirar el café sobre el escritorio con todos los informes médicos. Diablos, no había pensado que tomarse un café sería terriblemente el fin del mundo. Estaba muy cerca de terminar su turno después de todas las horas que llevaba acumuladas en emergencias.
Así que escuchar el grito de su superior le daba cierto miedo.
—Sólo descansaba —aseguró dejando el vaso sobre el escritorio con sumo cuidado—, e iba a ponerme a trabajar enseguida. También esperaba el informe médico de la cama dos que he pedido a Shizune porque…
—Eso no me importa —interrumpió Iruka golpeándole en la cabeza con una carpeta de documentos—. ¿Qué te dije cuando empezaste a trabajar en este hospital?
Intentó hacer memoria.
Hacía tres años que trabajaba en el hospital central de Konoha, desde que lo trasladaran urgentemente. Iruka Umino se convirtió en su superior y cuidador en ese momento. Era un hombre de renombre y respetado. Él mismo lo hacía, pero debía de reconocer que a veces daba más miedo que otra cosa.
No le importaba el traslado. Siempre había querido trabajar en un importante hospital y eso fue casi considerado un ascenso, así que fue como si le tocase la lotería. De pasar de unas urgencias aburridas a unas caóticas, era un buen cambio y el pago era bueno. El problema es que no conocía a nadie más que a su prima.
Vivir con ella le pareció bien al principio. No le molestaba que llevara a sus ligues y por regla general, respetaban su intimidad. Pero Karin era firme en limpieza, horarios y había aprendido que cuando se enfadaba era mucho mejor quitarse de en medio. Y desde que se había prometido, más todavía. Su novio siempre la ponía de los nervios y no era raro que terminaran gritándose por alguna tontería, sin embargo, al parecer, eso no impedía que se amaran y llegasen al altar.
Después de tres años allí, logró conocer mejor a los demás internos, las mujeres y hombres de la limpieza, las enfermeras y las secretarias. Por supuesto, existía gente que no le gustaba ni su acento ni su extraño aspecto. No obstante, respetaban sus habilidades y los esfuerzos que ponía para ello.
Aunque claro, a veces la cagaba.
—Que evitara relaciones sentimentales con otras enfermeras o doctoras, que no llegara tarde, me asegurara de dormir algunas horas y que el café no era bueno para mí dado que soy una persona muy hiperactiva y gastaría de más mis…
—No —cortó Iruka acercándose—. Mira esto.
Tomó la carpeta y la abrió. Maldijo entre dientes cuando se percató de qué era.
—Mi historial —dijo pasando las páginas—. Mierda, olvidé la última cita para la inyección inmunopresora. ¿Cuándo era?
—El lunes —respondió Iruka—. Y te la has saltado. Te dije y repetí que no podías saltarte ninguna. Y, que, de hacerlo, debías de quedarte en casa encerrado hasta que alguien fuera a ponértela.
Cerró el historial frustrado.
—¿Realmente crees que urgencias pueda esperar?
Iruka cruzó los brazos y elevó una ceja.
—He hecho doble turno —continuó—. Porque estamos hasta arriba. Especialmente, tras el accidente de tren.
—Naruto, las inyecciones son importantes. No puedes trabajar sin guantes si no te la colocas. No puedes…
—Conozco las recomendaciones —recordó entregándole el historial—. Siento habérmelas saltado. No creo que sea para tanto. No me encuentro mal ni…
—¿Quién es el doctor de urgencias? —interrumpió un joven—. Tenemos tres pacientes muy graves.
Iruka soltó la carpeta y se remangó. Naruto le imitó, colocándose unos guantes mientras le seguían. Era uno de los paramédicos de ambulancia.
—Son dos mujeres y un varón. Al varón lo hemos encontrado en el parking y le hemos traído enseguida.
—¿Y las dos mujeres? —inquirió Iruka apartando varias cortinas.
—Una en el baño y otra en el mismo pasillo de salida.
Naruto frunció el ceño a medida que veía las camillas adentrarse. Reconoció al varón del mostrador, a la joven de cabellos rosas por el café y a la otra muchacha porque tuvo que sostenerla al notar el cambio de posición.
—¿Qué ocurre, Naruto? ¿Los conoces? —preguntó Iruka—. Sé que es difícil tratar a familiares y amigos, puedes retirarte. Es más, vete y ves a ponerte la inyección.
—No puedo —negó mirándose las manos—. Yo he tocado a esas tres personas.
Iruka levantó la cabeza, tenso la espalda y lo atrapó del cuello de la camisa. Luego, se volvió al resto de enfermeras.
—Preparar el ala de aislamiento. Meter a estas tres personas. Que nadie les toque. Tenemos activada la alarma CPH. Y tú —añadió mirándole—, también serás recluido.
—Estoy… ¿infectado? ¿Por qué?
Iruka ignoró sus preguntas. Se detuvo para señalar el café que había tomado, su historial.
—Servicio de limpieza para EPH —ordenó a otra enfermera—. Retirar sus pertenencias de su taquilla también y llevarlas al ala de contención. Aseguraros de llevar guantes y quemarlos después.
—¿Qué diablos está pasando? —cuestionó al ver que el resto de sus compañeros asentían.
Iruka no respondió y continuó tirando de él. Lo llevó hasta el ala de infección y lo empujó dentro del sistema de limpieza. Fue quitándose la ropa a medida que se empapaba y, tras el secado, se colocó la nueva que le entregaron por la rendija de alimentación.
—¿Vas a explicarme qué sucede? —preguntó mientras se vestía.
—Eres un doctor, Naruto —respondió Iruka—. Tienes tras pacientes detrás de ti. Atiéndelos o morirán.
Maldijo entre dientes, volviéndose. Los tres estaban en camas preparadas, con los mismos síntomas. Caminó hacia la sección de instrumental.
—¿Qué es el CPH? —preguntó—. ¿Un nuevo virus? No he escuchado nada de eso hasta hoy. Además, si estoy infectado, por qué no tengo los mismos síntomas.
Mientras trabajaba, Naruto se mantenía concentrado en Iruka. Sentía cierto temor. La exposición a un virus desconocido le aterraba, pero no era capaz de detenerse y preocuparse por él. Igualmente, no sentía nada en especial.
—No es un virus exactamente, Naruto —respondió finalmente Iruka. Se detuvo un momento para mirarle—. No se esparce por el aire, sino por el contacto. Y esas tres personas han sido tocadas hoy por la misma persona cuando su sistema estaba transmitiendo la causa que las ha dejado así.
—Supongo que también me ha tocado a mí —supuso intentando recordar cuando podría haber sucedido.
—No. No te han tocado.
Se detuvo para mirarle.
—Tú lo has provocado.
Por un momento, el mundo quedó en silencio. Miró a las tres personas en la camilla, a sí mismo.
—Las siglas CPH significan: Contagio por hormona. En tu caso, el grado es el de un alfa. Se despiertan cuando el portador cumple veinticuatro años, que despierta su madurez sexual.
—Espera, espera —interrumpió incrédulo—. ¿Alfa? ¿Despertar sexual? No soy virgen desde los quince años —aseguró.
—Precoz —murmuró Iruka—, pero este despertar sexual no va mezclado con la primera vez de un sujeto. En realidad, cuando llegaste a los veinticuatro años tu apetito sexual incremento más que desde que eras adolescente. ¿Verdad?
—Sí…
Recordó que esa etapa era bastante molesta, porque cualquier contacto con una mujer le ponía a mil. Empezó a sospechar de su situación y hasta se planteo ser un condenado pervertido, pero luego llegó la mudanza y…
—Las inyecciones —dedujo—. Nunca me puse a mirar su contenido…
Iruka asintió y pasó un dossier por la ranura. Él caminó raudo hasta él para tomarlo.
Leyó rápidamente las indicaciones. Pasó por encima de las dosis y se detuvo en los componentes. No entendía nada. Pareciera que toda la medicina que conocía acabara de perderse en un agujero sin fondo de su cerebro.
—Para que las inyecciones sean efectivas han de ponerse cada semana. Cuando el rango de la hormona es elevado, no se puede fallar ni una solo porque enseguida se despierta la hormona al no tener un supresor.
—He tocado muchas cosas.
—Hasta ahora, sabemos que los efectos funcionan más por le contacto físico y en adultos. Pero, a algunos alfas les basta con tocar algo una sola vez, la duración del rango de feromonas es variante y todavía estamos investigándolo. Tú has tocado a esas tres personas en algún momento.
Se volvió hacia ellos.
—A él le toqué el hombro. Mi mano no llegó a su piel, sólo la chaqueta.
—Miraré las cámaras de seguridad para averiguar cuanto tiempo duró y ordenaré que quemen esa chaqueta para más precaución.
—A ellas sí las toqué directamente… —murmuró.
Se acercó a los pies de la cama de la muchacha de cabellos oscuros. Ya les había puesto para bajar la fiebre, hidratarlos y asegurar su estabilidad. Sus frecuencias eran estables y sus rostros mostraban la mejora.
—Explícame todo —le dijo volviéndose hacia él—. Todo, Iruka. ¿Por qué tengo esta cosa?
Iruka tomó aire antes de responder.
—Konoha no es una ciudad normal, Naruto. Durante muchos años ha mantenido un secreto tras los muros que ves desde la ventana. Esos muros se han conmemorado fingiendo que fue para proteger la ciudad tras una guerra y una epidemia mortal. La realidad es que la epidemia existió en su interior y por eso, se cerró.
Naruto frunció el ceño. En realidad, no había buscado mucha información sobre la historia de la ciudad. Nunca le importaba y debía de reconocer que todo lo que conllevara largas horas de documentales históricos le aburrían. Era cierto que se había empapado del conocimiento de enfermedades víricas o posibles enfermedades letales heredadas del paso del tiempo, pero poco más.
—¿Qué clase de epidemia?
—La gente enfermaba. Empezaba con fiebre alta, escalofríos, dolor en el corazón. Alteración en la sangre, pupilas dilatadas, respiración dificultosa. Y cuando esos síntomas pasaban, era milagroso los que sobrevivían. Muchas muertes acontecieron por entonces. No se sabía de dónde provenía ni cómo se propagaba. Sitiaron la ciudad para encerrar la enfermedad. Descubrieron que, de ese modo, la gente moría algo menos.
—¿Por qué?
—Porque lo que provoca esa hormona es atracción. Sexual. Así que puedes imaginarte qué pasó en ese lugar. La ciudad sitia, gente con el doble de excitación que tú sentiste. Gente propagándolo sin saberlo. Fue un caos.
—Imagino que la natalidad y la falta de alimentos no ayudó.
—¿Natalidad? —cuestionó irónico Iruka—. Las madres estaban más concentradas en cumplir sus deseos que criar a los bebés que resultaban de esa unión. El deseo era incluso superior a las enfermedades o heridas. Así que no hubo posibilidad de detenerlo.
—¿Cómo lo regularon?
—La gran mayoría murió. Los que sobrevivieron fueron los más fuertes y con el gen de Alfa. Los que les costó más sobrevivir les pusieron el rango de Omega. Los inmunes, Betas. Los alfas lo propagan mucho mejor que los omegas, que también pueden ser receptores.
—Y yo soy un alfa.
—Sí.
Se detuvo para mirar por la ventana antes de continuar. Naruto lo siguió con la mirada.
—Se intentó crear una vacuna, pero fue un error. Porque no era un virus. No sirvió de nada.
—Imagino que usaron sujetos para eso.
—Como para todo. Has estudiado medicina, ya sabes cómo funciona.
—Mi idea de la medicina es salvar vidas, no estudiarlas —protestó.
—Sabes de sobras que para llegar a ciertos diagnósticos hay que experimentar igualmente —le recordó—. Hasta en niños. Se descubrió gracias a eso que no despertaban en infantes y en adultos hasta cierta edad. Claro que hay una variante, desde luego. Pero a lo que iba: la vacuna no servía de nada porque no se puede detener la aparición de ese gen. Sin embargo, sí aprendieron a controlarlo y bloquearlo.
—Las inyecciones.
—Sí. Como te he dicho, se puede evitar la propagación si se controla el gen. Por eso se suele hacer analíticas especiales para saber si lo tienes. Para ocultar esto, se suelen pedir a la edad correcta como una rutinaria revisión.
—¿Y los que trabajamos en medicina?
—Ya lo sabes. Se hacen exámenes especiales para controlar, especialmente cuando trabajas en urgencias. Descubrieron tu gen y te enviaron a Konoha. Por eso, desde que llegaste, se te impuso las inyecciones que lo bloqueaban. Sin embargo, tu irresponsabilidad ha provocado que termines infectando a tres personas.
Se acercó al cristal, furioso.
—Si me hubierais avisado de lo que tengo, en vez de ocultarlo, habría sido más responsable de mis citas y de mis actos. ¿Cuánta gente más lo tiene y no les advertís?
Iruka se volvió hacia él.
—A la gente de a pie se le dice que sufren una enfermedad por la que le necesitan esas inyecciones. De dejar de ponérselas, ya que tienen que ir al centro, buscamos otros métodos. A los especialistas inmiscuidos en la salud, como tú, se les dice que suele ser vacunas para proteger de posibles enfermedades víricas. A ti no podía decírtelo.
—¿Por qué?
—Has estudiado diversas ramas para trabajar en urgencias y sueles meter las narices en sitios que no debes. Hasta ahora habías cumplido los plazos y nos relajamos.
—Los demás enfermeros sabían de qué iba esto.
—Todo tu personal lo sabe. Las enfermeras bajo el mando de Karin también. Tu prima también tiene ese gen. Y sí, lo usó en su prometido.
Se miró las manos.
—¿Puedo aprender a usarlo?
—No lo sé —contestó Iruka—. En realidad, no tengo ni idea de qué clase de alfa eres y qué creas en quienes se sentirán atraídos por ti. Por eso estás aquí.
Soltó una carcajada irónica.
—¿Somos un experimento?
Iruka tomó aire antes de responder.
—Lo siento, Naruto. Eres un espécimen especial incluso en tu grupo familiar. Karin funcionó igual que el resto del mundo. Tú no. Tus analíticas eran increíbles y —miró hacia las camas—, ellos también prueban lo especial que eres.
—¿Por qué?
Iruka asintió.
—Te he comentado que se sitio la ciudad. Esperaron a ver cómo avanzaban todo. Fue un caos. Pero incluso ahí, los alfas nunca infectaban a tantas personas a la vez. Es la primera vez que vemos un grupo de tres interesados en uno.
—¿Pueden infectar una y otra vez?
—Hay un límite de tiempo. Generalmente, el alfa responde a sus atenciones y deseos, así que tarda en tocar a otra persona. Si es hembra, hasta que queda embarazada. Pero una vez tenga el bebé, volverá a querer más. Como te he dicho, la natalidad fue complicada porque nadie los cuidaba. En el caso del macho alfa, suele calmar a los omegas cuando su semilla entra en ellas o ellos. Pero no dura mucho tiempo la calma.
Él frunció el ceño.
—Espera. Espera. ¿Tengo que tener sexo con ellos para tranquilizarlos? ¡Uno de ellos es un hombre!
Iruka asintió lentamente.
—Tampoco sé cómo va a resultar todo esto. Su fiebre ha bajado más rápido de lo normal y están durmiendo tranquilamente.
Miró a los pacientes, preocupado. Sus constantes volvían a ser normales.
—¿Cómo que está demasiado tranquilo?
—Como dije, pasan etapas de dolor, de cambios hormonales, fiebres y cuando despiertan, sólo piensan en una cosa.
—Follar.
—Sí. Aunque yo no lo diré de esa forma tan burda.
Naruto maldijo, acercándose.
—Tengo pacientes que tratar.
—Y volverás al trabajo cuando esto termine. Por ahora, usa esa cama libre para dormir —recomendó señalando la única vacía. Luego, le dio la espalda.
—¿Acaso no puedo negarme a esto?
—No. Una vez naces con ese gen, lo llevas para toda la vida. Tus hijos lo heredarán. Todos cuantos engendres. Y te aseguro que ellos querrán que lo hagas. Por cierto —añadió señalando la cama del único hombre—. Él podrá quedarse embarazado también. Los omegas tienen esa cualidad. Su cuerpo se modificará naturalmente para eso.
Abrió la boca, pero la cerró sin saber qué decir.
Entonces, repentinamente, los tres monitores empezaron a sonar a la vez.
—¡Ha empezado de nuevo! —exclamó—. Necesito una enfermera aquí dentro. No puedo hacerlo solo.
Iruka suspiró. Miró hacia atrás y señaló a una de las mujeres.
—Eres una Beta. Entra.
La mujer asintió y entró junto a él. Naruto estaba ya sobre el hombre. Este abrió los ojos por un momento, clavándolos en él. Algo extraño en él se estremeció. Como si estuviera respondiendo a su llamada. Apretó los dientes y se agachó, tocándose el vientre ante la punzada de dolor.
Fue leve, por un momento, aunque lo suficiente para doblarlo. Se levantó, algo mareado. Necesitaba salvarle. Era su culpa que estuviera ahí. Igual que las dos mujeres.
Y por algún motivo desconocido, también necesitaba tocarlo. Necesitaba…
Tomó aire y levantó la cabeza. En el mismo momento en que lo hizo, ambas mujeres se elevaron como si acabaran de darle descargas. La enfermera retiró las manos, mirándole.
—Átalas —ordenó casi a media voz—. Al menos, hasta que tengamos controlada la fiebre y…
Se volvió a doblar, cayendo de rodillas. La sentía. Sentía la esencia de la mujer morena. Podía olerla perfectamente. Podía paladear su suavidad de alguna forma. Y a la par, a la mujer de cabellos rosas. Todo fue mezclándose, derrumbándolo.
Dio de lleno contra el suelo. Notaba la boca húmeda, la baba resbalando entre sus labios y las ingles tirantes, como nunca. ¿Cómo podía morir uno de esa forma? El corazón le latía tan fuerte que lo notaba por todo el cuerpo.
Justo antes de perder el sentido, estaba seguro de que no podía pensar en otra cosa que estar dentro de ellos tres.
Hospital de Konoha
—¿Está vivo?
La enfermera asintió mientras revisaba sus constantes. Iruka suspiró aliviado.
—Vosotros dos, colocadlo sobre la cama —ordenó a dos celadores.
—Yo soy omega —explicó uno.
Iruka maldijo entre dientes.
—Pues usa guantes y quémalos después.
Ambos se adentraron y levantaron a Naruto. Claramente, excitado. Desmayado a causa de la llamada de apareamiento de los tres omegas.
—¿Es interesante lo que ves?
Se volvió al escuchar las palabras.
—Sai Yamanaka. Qué raro verte por aquí. O no.
—No es raro. Vengo a espiar.
—Esa sinceridad tuya cualquier día podría matarte —bromeó dándole una palmada—. Tu amigo está bien. Puedes tranquilizar a tu esposa.
—¿Realmente cree que esto es estar bien? Tratándolo como un conejillo de indias…
—Sai —interrumpió—. Sabes mejor que nadie que quiero muchísimo a Naruto. Lo aprecio como un hijo. Sin embargo, su irresponsabilidad lo ha llevado a estar donde está ahora. Menos que nadie quiero hacer esto. Sin embargo, sabemos que hasta que no despierten y pasen el momento de dolor, no podremos actuar. Y ponerle la inyección a él ahora es una tontería. No funcionará. Además, bloquearía sus siguientes dosis y utilidad. Y podría matar a esas otras tres personas.
Sai asintió. Metió las manos dentro de los bolsillos de la bata y señaló con la cabeza la salida a urgencias. Su cabello oscuro resaltó con sombras.
—¿Y qué pasa con urgencias? Naruto era el que mejores estadísticas tenía. Gracias a él…
—Vas a suplirle. Tú, Yamanaka y Shizune. Abandonará la secretaria para volver a ponerse la bata. Ya le he pedido permiso a la jefa, así que, adelante, ves a protestarle. Aunque no te aprecia mucho desde que te casaste con su nieta.
Sai frunció el ceño para mirarle.
—¿Has utilizado todos tus favores por esto? —cuestionó señalando a Naruto y el resto.
—Sí. Los estudios en alfas que impregnan a tres omegas son muy raras. Y no quiero perderme nada.
Sai silbó.
—¿Hasta el porno?
Iruka gruñó.
—Ahora entiendo por qué sois amigos. En referencia a tu pregunta: no. Aunque no negaré que me resulta interesante saber cómo harán para turnarse sin matarse. Ya sabes que algunos se vuelven agresivos por conseguir lo que quieren. Esta vez, son tres.
—Su lado científico loco es heredado de su maestro, Orochimaru. ¿Verdad?
Iruka esbozó una escueta sonrisa.
—Si mi maestro siguiera con vida, seguramente ya habría encontrado la forma de que estos cuatro estuvieran siempre así y no esperando el momento adecuado de controlar todo el alboroto como yo. Y él sí que querría ver el sistema de reproducción de tres omegas y un alfa.
Sai guardó silencio antes de hablar.
—Encima, es de una línea sanguínea pura. De los sobrevivientes de aquel horror.
—Sí —confirmó—. Su antecesor fue uno de los alfas que quedó vivo. Su descendencia murió, claro, pero él continuó viviendo y logró procrear. Sus siguientes descendientes también y hoy estamos aquí, con Naruto. La población que tiene el mismo gen que él es muy escasa.
—Lo sé —indicó Sai encogiéndose de hombros—. No olvides que pertenezco a la sección de investigación.
—Disculpa, no quería ofenderte —se disculpó—. Simplemente, estoy preocupado. ¿Y si Naruto tocó a alguien más? Me intriga y preocupa a la vez.
—Si llega alguien con síntomas, te lo mandaremos. Ya que, al parecer, ahora nos toca urgencias.
Se alejó, con esa sonrisa torcida que siempre aparecía en su rostro cuando algo le interesaba.
El hospital de Konoha no era normal. Los internos tampoco. Sus pacientes no conocían lo que se conocía tras las puertas. Ni la historia tras la ciudad.
El gen alfa continuaba creando estragos. Su estudio continuaba activo.
Y Naruto Uzumaki era el nuevo experimento del hospital.
Su gen alfa había propagado el celo en tres omegas.
Continuará...
AVANCE:
—Eres el hombre que hemos elegido, Naruto. Sé nuestro.
