Capítulo 4.

-Creía que no iba a volver.- me dijo la doctora Shore a modo de saludo cuando aparecí de nuevo en su despacho.

-Soy una caja de sorpresas.- respondí.

Ella me hizo una señal para que me sentara el sillón al otro lado del escritorio.

-¿No tiene diván ni esas chorradas?- dije buscando el típico elemento de la consulta de un psicólogo sin éxito.- Es más cómodo.

Ella se rió. Qué gracioso debo de parecerle.

-Puede utilizar el sillón de ahí.- señaló una especie de cosa rara forrada en imitación de cuero.- Si le da a la palanca de abajo puede más o menos tumbarse.

Fui hacia el sillón y me senté. No estaba mal para ser de rebajas. Busqué la palanquita debajo y aquello se desplegó como una hamaca de un hotel de cinco estrellas. Me hundí un poco en el asiento. Mmm.

-¿Por dónde nos habíamos quedado?- preguntó.

-En Cuddy y usted en el instituto.- contesté.- Dígame, ¿cómo era ella en esa época? ¿Era popular? ¿Una friki? ¿Virgen?

-Íbamos en si se siente obligado a mostrarse duro con sus superiores.- me corrigió ella.

-Me sentiré obligado a mostrarme duro si me dice que ya en el instituto Cuddy era una devoradora de hombres. Lo que pasa en la adolescencia nunca termina de irse.

-¿Hablamos de ella o de usted?- me cortó.

Vale. Suspiré. No le veo la gracia a venir al psicólogo si ella no me sigue el juego. Seguramente Cuddy le había dicho que me metiera caña y se dejara de tonterías. Lástima, en los veinte minutos anteriores los dos lo habíamos pasado bien. Debía de ser cosa del sillón, desde el ángulo en que estaba no podía verla, y ahora que recordaba quería comprobar una cosa. Me giré.

-Eh, es cierto que llevan el mismo jersey.- opiné.

Ella se arregló el escote disimuladamente.

-¿Qué?

-Su amiga y usted. ¿Una oferta de 2x1 en Donna Karan?

-Son de Ralph Lauren y supuestamente, las dos no teníamos que llevarlo el mismo día.

Ajá. Punto débil, coquetería. Ya dije que estaba ligando conmigo.

-A usted le queda mejor.- mentí.

Un momento. ¿Mentí? ¿Estaba pensando que el jersey le quedaba mejor a Cuddy?

-Gracias.- replicó ella, seria. Muy seria.

-De nada. ¿Sabe qué creo?- dije entonces.- Que unas mujeres que tienen tanta tendencia a enseñar sus encantos no tenían encantos que mostrar en su adolescencia. Apuesto a que Cuddy y usted no se sentaban en la mesa del equipo de fútbol.

-Lamento decepcionarle, pero la doctora Cuddy estaba en el equipo de animadoras, y era muy buena.- me cortó Matt.

Durante un momento me asaltó una imagen de Cuddy meneándose en el centro de un campo de fútbol, con dos pompones. Dame una G, dame una A... etcétera. Y sería verdad. Lo cierto es que sí, que le pegaba. Una mujer tan irremediablemente mandona tenía que levantarles el ánimo a los deportistas por fuerza. Si no ganaban, debía de ir dándoles patadas hasta que salían del campo.

-¿Y usted?- ah, malvada, has dado la vuelta a la pregunta.- ¿Cómo estaba considerado socialmente en la época del instituto?

-Bueno, en esa época, aunque no quiera creerlo, yo era normal.- contesté.

-¿Demasiado normal, tirando a invisible?

Au. Golpe bajo. Aquella Shore podía ser una experta en torturas al servicio de Mengele, de torturas psíquicas, pero bueno.

-Normal.- repliqué.

Creí verla sonreír.

-¿Adónde se ha ido su sarcasmo, Greg?

-Al mismo sitio que su sujetador, Matilda.- recalqué su nombre.

¿Qué se creía, que no me había dado cuenta? Por eso destacaban tanto. Había tardado un poco en comprenderlo, pero ahora lo sabía. Libres como el viento. Ella cruzó los brazos sobre el pecho mientras su boca entreabierta ahogaba una expresión tipo "qué descaro", "cómo se atreve", o "sacrilegio". No sabes con quién te andas metiendo, Matilda Shore.

-No me pregunte por qué la miro ahí.- le dije señalando su escote.- Es que veía que algo no encajaba. Y desde luego, no se moleste en psicoanalizarlo, aunque Freud sacaría un jugoso informe.

-No hace falta ser Freud.- dijo, descubriéndose poco a poco.- Veo que utiliza medios para escandalizarme, escurrir el bulto y no contestar a mi pregunta.

-Sí, se me da genial hacerlo.

Me levanté, cogí mi bastón y me dispuse a salir de allí indignado. Cuando Cuddy me lo dijo, ya lo sabía. Tendría que haberme negado desde el principio. A Gregory House no lo psicoanaliza nadie. Y menos una rubia con nombre de tío. Bah. Ni siquiera sabía cómo demonios me había dejado embaucar. ¿Por una estúpida amenaza de despido? Tenía un concepto más alto de mí mismo.

-¿Adónde cree que va?- me preguntó ella en un tono más autoritario de la cuenta.

-Creo que he dejado mi moto aparcada en la plaza de minusválido.- repliqué echando a andar hacia la puerta, y entonces me giré.- Ah, no, ahora que lo pienso mejor no, pero me voy de todas maneras.

Ella se había puesto de pie, con las palmas de las manos apoyadas en la mesa. Posición de dominio. Creí que iba a gritarme que diera media vuelta y encajara mi trasero en el sillón, pero no lo hizo. Al contrario, se puso suave. Dulce. No pegaba demasiado con el ademán autoritario. A veces el lenguaje corporal dice más que las palabras. Realmente habría querido ordenarme que me volviera a sentar y atarme con correas si las tuviera a mano, pero su tono lo desmentía.

-¿Por qué le molesta tanto que le haga preguntas personales?- inquirió.

-Lo que dice es un contrasentido.- la interrumpí.

Ella frunció el ceño. Intentó entender la pregunta durante unos segundos pero no lo consiguió, volvió a mirarme y dijo:

-¿Perdón?

-Está insinuando que no me abro, luego pretende que me abra y me pregunta por qué no lo hago. No sé qué le parecerá a usted, pero a mí me parece estúpido.

Ella volvió a sentarse y se apartó la melena de la cara.

-Para eso estamos aquí, para averiguar por qué hace lo que hace. Por qué es un borde. Por qué es tan condenadamente frío. Por qué está amargado.

-Doctora Shore...

¿Qué demonios acababa de decir? ¿De verdad la había oído bien? Qué palabra tan apropiada en la boca de un psicólogo. Se supone que lo que tienen que hacer es levantarle el ánimo a sus pacientes, no decirles que están amargados. Claro que así el tratamiento se prolonga y se les paga más sesiones. Qué listos.

-¿Cree que estoy amargado?

-Creo que algo le atormenta, sí.

Creo que algo le atormenta. Y lo decía con toda la cara del mundo. Me acerqué a su escritorio y me puse en la misma posición que ella antes, inclinado sobre él, a la altura de su cara.

-¿Sabe qué me atormenta? Me atormenta tener una pierna hecha una mierda. Me atormenta que piensen que estoy loco. Y me atormenta que la gente como usted crea que puede arreglarme la vida con un par de gilipolleces sobre si era aceptado en el instituto.

Ella me miraba entre asustada y condescendiente. Odio que me tengan lástima, o que lo finjan. Cogí la carpeta con sus notas.

-Dígale a la doctora Cuddy que no voy a volver. Ya sabía que no tendría que haber venido. Y si me quiere despedir, que me despida.

Dejé caer la carpeta al suelo.

-Ay, perdón, qué torpe soy.- concluí, mirándola y dando media vuelta para salir del despacho.

Cerré con un portazo. Que se quedara con su maldito sillón, su suficiencia y su jersey de Ralph Lauren. Y para Cuddy lo mismo. Que me despidiera. Me daba igual. Podía incluso comerse mi contrato si quería. Se jugó la última carta al pronunciar aquel "necesitas ayuda". Estaba muy equivocada. No necesito ayuda psicológica. Soy así porque quiero. Porque es mi forma de ser desde hace mucho tiempo y no voy a cambiar a estas alturas. ¿Que quiere a un médico que vaya por ahí haciéndole la pelota a los pacientes? Pues muy bien, que lo contrate. Y a mí que me deje en paz.

Bueno, me dije, no merecía la pena volverse loco por algo que ya estaba decidido. Tenía que olvidarlo y pensar en otra cosa. Entré a la sala de médicos en busca de los patitos y del caso de las chicas para despejarme la cabeza. Total, iba a ser el último. Abrí la puerta, sólo estaba Chase sentado a la mesa y leyendo unos papelitos, con la cabeza apoyada en el puño. Espera... ¿leyendo? ¿Con los ojos cerrados?

-¿Chase, estás durmiendo?- le pregunté.

No me respondió. Durmiendo y en fase REM. No se viene a dormir al trabajo. Al menos no en un sitio donde todos puedan verlo. Busqué alguna forma de despertarlo. Su móvil estaba encima de la mesa. Vaya, vaya, y con reproductor de mp3. Lo toqueteé, elegí una canción, volumen máximo y play...

Levantó la cabeza como un resorte. La cancioncita seguía resonando por toda la planta.

-Santana. El maestro.- dije, apagando el móvil. Lo tiré sobre la mesa.- Espero que te hayas despertado.

-Estaba despierto.- mintió.

-Seguro.- repliqué.- La próxima vez que te vayas de juerga, lo que se hace al día siguiente es llamar diciendo que estás enfermo. Tienes que ser un poco menos honrado.

Me acerqué a él y eché un vistazo a los papeles que tenía delante. Papeles a los que tardó menos de un segundo en dar la vuelta.

-¿Qué es? Algo bueno si lo andas ocultando.

-No.- se estaba sonrojando. No me lo imaginaba de él.- Es investigación.

-¿Sobre el caso de las chicas? Qué interés. ¿Es algo personal? ¿Cuál te despierta la libido, pequeño asaltacunas?

-No...

Me senté en una de las sillas.

-Pero mírate. Con esas pintas no parece que pases de los veinte. A las chicas como ellas les gustan los universitarios. ¿Les dijiste que eras estudiante?

-¡No!

Metió los papeles dentro de un libro grande y lo cerró de golpe. Se acabó la diversión.

-Bueno, pues dime cómo van, si habéis averiguado algo nuevo... este caso es bueno. Y puede que para mí sea el último, así que más le vale tener un final espectacular.

Chase me miró, olvidando sus folios misteriosos.

-¿El último?

-Cuddy me ha dicho que si no voy al psicólogo me despedirá, y he decidido que no voy más al psicólogo, o sea que mañana no tendré que levantarme temprano.

Se quedó boquiabierto. Casi indignado, diría yo.

-¿Qué? Pero eso no es justo.

-Pobre Chase, todavía piensas que la vida es justa.- suspiré.- Por cierto, creía que me odiabas.

-Eso no tiene nada que ver. No se debería despedir a una persona eficiente por razones personales.- rebatió.

-Bueno, pues díselo a Cuddy. Los principios morales te quedan mejor a ti.

Me levanté de nuevo.

-Venga, vamos a ver a esas chicas. Quiero llevarme un último triunfo.