Iba a actualizar mañana, que es fiesta, pero me aburría y me he dicho "pues voy a subir el capi 5 hoy". Gracias a todos una vez más... y Adazmerize, me encanta verte por aquí XD.
Advertencia: En este capítulo hay un pequeño OOC de Cuddy, pero disculpadla, es que House la saca de sus casillas XDD
Capítulo 5.
Casi nos chocamos con Cameron. Nosotros intentábamos salir de la sala y ella venía bastante acelerada. Y preocupada. Con aspecto derrotado. Nos dirigió una mirada un tanto dramática antes de soltar su gran frase.
-Se nos ha pasado un dato.
Acto seguido nos puso delante una nueva impresión de los resultados de los análisis. Había una línea marcada con rotulador rojo. La leí. El nivel de hemoglobina estaba bajísimo. Busqué el nombre del paciente: Diane Bell. Acto seguido me pasó un segundo folio. Shelley Addison, igual.
-Anemia. En los dos casos.- dijo ella.
La miré por encima de los papeles.
-Hoy sólo me traes malas noticias. - recorrí con la vista la pizarra, leí todos los síntomas de nuevo y de repente tuve una revelación.- O tal vez no.
Los dos me miraron sin entender muy bien a qué me refería. Oh, por favor. ¿Cómo es que no sabían algo tan básico? Una chorrada similar debía de aprenderse en el primer año de carrera, o como mucho en el segundo. Cameron siguió mi mirada hacia la pizarra y dejó caer los hombros, relajada y también, al parecer, un poquito decepcionada. Tal vez por no haberlo pensado ella primero o porque esperaba algo más emocionante.
-Oh, no.- murmuró.
-Oh, sí.- repliqué yo, viendo la posibilidad cada vez más clara.
En ese momento entró Foreman, y deduje que no se había enterado de nada, por la forma en que le extrañó el corrillo que habíamos formado. Le tendí los resultados de Shelley y para más señas, incluso señalé el subrayado en rojo. Sin mediar palabra, lo leyó, estuvo un momento reflexionando y luego levantó la cabeza para preguntar:
-¿Qué?
-Venga, no me digas que tú tampoco caes en la cuenta.- negó con la cabeza.- Bah, iréis todos al infierno por imprudencia profesional.
Definida por un abogado que me demandó una vez como "falta del conocimiento más elemental de la profesión". Naturalmente, no me la podía aplicar, pero me confesó que se había quedado con las ganas.
-Menos Cameron.- apunté.- A menos que ese "oh, no" no haya significado lo que yo creía.
Fui hasta la pizarra destapando el rotulador y con una maravillosa sensación de triunfo.
-Una anemia severa explica las alteraciones cutáneas y los mareos.- expliqué mientras hacía un puntito junto a los síntomas.- Y una anemia especialmente severa incluso podría causar daños cerebrales por falta de oxígeno. Los glóbulos rojos son los que transportan el oxígeno, y si no hay glóbulos rojos, el cerebro se daña.
-Si fuera tan grave apenas podrían moverse.- opinó Chase.
-¿Tú las has mirado a la cara?- le interrumpí.
-¿Y qué pasa con el fallo renal?- preguntó Foreman.
-Tú mismo lo has dicho antes. Si el daño cerebral afecta a la zona de control de los riñones...
Ja. Todo convincente y perfecto. Te pierdes a uno de los mejores, Lisa Cuddy. Me dejé caer en la silla.
-No me cuadra.- cortó Chase entonces.
Levanté los ojos al cielo. ¿Por qué, Dios mío, por qué?
-¿Qué no te cuadra?- le pregunté en tono cansino.
-¿Qué podría causar una anemia severa en dos chicas jóvenes al mismo tiempo?
-Mala alimentación. Principio de anorexia.- saltó Cameron triunfante.- Tiene sentido¿no? Son amigas, adolescentes, quieren adelgazar juntas.
Sentí desilusionarla, pero eso no me encajaba a mí.
-Para alcanzar esos niveles de anemia, tendrían que estar como un refugiado de Sierra Leona. Desde mi punto de vista, esas chicas aún tienen de donde agarrarlas.- dije.
-Por culpa de esos puntos de vista hay tantas chicas obsesionadas con adelgazar.- opinó ella, tajante.
-¿Qué te pasa, te sientes amenazada¿La celulitis te hace la vida imposible?- dejé caer.
Se calló de golpe. En fin.
-A mí tampoco me cuadra.- sentenció Foreman con un gesto negativo de la cabeza.
Tuve que admitir que a mí también me parecía raro. La hipótesis de Cameron no era muy convincente. Podía haber veinticinco mil causas de anemia, desde una dieta deficiente hasta una alteración hematológica hereditaria no diagnosticada. Pero bueno, mejor comenzar un tratamiento de prueba antes de que fuera tarde.
-Empezaremos por tratar la anemia.- dije.- Una transfusión como comienzo. Si eso no da resultado, es que no era la causa.
-Exacto.- dijo Cameron.
Cortó el pensamiento en lo mejor, para mantener la emoción. Dios, en eso las mujeres son expertas. Le hice un gesto para que terminara de explicarse.
-Puede que la anemia no sea una causa sino otro efecto más de algo que no sabemos qué es.- dijo.
-¿Otro efecto de qué?- le preguntó Chase.
-Bueno, eso es lo que tenemos que averiguar.- se levantó.- Voy a hablarles a los padres de las transfusiones, si responden a eso, iremos viendo.
Nos miró a los tres.
-¿Quién me acompaña?
No era una perspectiva divertida, teniendo en cuenta que la idea que tienen los padres sobre medicina no suele pasar de la receta de una aspirina. Hay que repetírselo todo mil veces y ahora, como además las pacientes eran menores, pedir consentimiento. Cada uno intentaba inventar una excusa cuando la puerta se abrió y de nuevo apareció Cuddy.
-¡House!
Sí, ya sabía que iba por mí. No tenía que especificarlo. Además, me había parecido oír sus tacones acercándose, pero lo había tomado por pura obsesión.
-Bienvenida, señora decana.- saludé.- Excelencia. Alteza. Lo siento pero me espera un paciente.
Me levanté y eché a andar hacia la puerta. Por una vez en mi vida tratar con la familia de los pacientes me parecía una buena opción. Ni siquiera quería mirar a Cuddy a la cara. Ya sabía lo que iba a pasar y no necesitaba que volviera a contármelo.
-Recogeré mis cosas cuando acabe mi turno.- dije.- Vamos, Cameron.
Cuddy le dirigió una mirada muy severa, conteniendo toda su furia hacia mí. No tenía nada contra Cameron pero le ponía histérica que yo intentara aprovecharme de ella para huir.
-Doctora Cameron, espero que lo que sea, pueda hacerlo sola. El doctor House y yo tenemos que hablar.- sentenció, su tono de voz gélido.
Cameron me miró. No quería dejarme solo, pero consideraba que tenía que irse. Tiene miedo al enfrentamiento, por lo que se lo perdono. De cualquier forma, no podía hacer nada. Foreman aceptó ir con ella y los dos se escabulleron por detrás de la espalda de Cuddy.
-Necesito que hablemos.- me dijo.- En privado.
En ese momento, Chase se escapó también. No sé cómo ni por dónde pero cuando me giré él tampoco estaba allí. Vaya. Qué en serio se tomaban lo de "en privado".
-¿Vamos a mi despacho?- no se sabía si sugería u ordenaba.
-Si lo que vas a hacer es echarme un rapapolvo por lo de tu amiguita la comecocos, puedes hacerlo aquí mismo.- le dije, y me senté.- Te escucho.
-Pues sí. Eso es lo que vengo a hacer.- puso los brazos en jarras.- Pero no por ella, sino porque lo que haces me parece absurdo.
Su tono no era tan enfadado como decepcionado. De no ser porque sus ojos lo desmentían, habría pensado incluso que no estaba cabreada conmigo. Me miraba, ya lo he dicho esta mañana, como una madre a un hijo que ha hecho una tontería. Es una de esas mujeres a las que la ira les sienta genial. Las hacen más interesantes.
-¿Absurdo?- pregunté.
-Sí. Me parece absurdo que por tu maldito orgullo estés dispuesto incluso a perder un trabajo. A perder algo que adoras hacer.
¿Que adoro hacer¿Pero ella qué demonios sabe? Igual que su amiguita Matilda. Presuponiendo cosas que no tiene ni idea de qué van. Pues mira, a partir de mañana, ya no podrás presuponer conmigo. Ella era la que me había contratado, la que me retenía allí, yo no había entrado por voluntad propia. Si quería deshacer la oferta, adelante.
-Me encantaría disertar contigo sobre lo que adoro y no adoro, pero no tengo tiempo.- dije.
Hice igual que mis chicos y me escabullí por detrás de ella alejándome por el pasillo lo más rápido que pude.
-No me parece justo lo que estás haciendo.- dijo saliendo detrás de mí.-Toda esta historia la hemos montado por ti y...
-¿Te lo he pedido?- la corté.-¿Te he pedido que hagas algo por mí¿A ti o a tu amiguita Matilda o a alguien?
-No¿pero te crees que eso importa? Pretendo ayudarte a ti porque eso repercutirá en los pacientes, y con tu actitud lo que demuestras es algo que ya llevabas insinuando mucho tiempo: que los pacientes te importan una mierda.
-Y con tu actitud, sólo demuestras que lo que querías era una buena excusa para despedirme, la que llevas buscando todo este tiempo.- repliqué.- Pues ya la tienes. Felicidades.
Ella soltó una risa sarcástica, sin pizca de humor.
-¿Buscar¡Ja! Sin buscarlas, ya habría encontrado veinticinco mil excusas para despedirte si hubiera querido.
Empecé a alejarme de ella. Qué coñazo de historia. Lo único que me apetecía era que se callara, que dejara de darle vueltas ahora que me había hecho a la idea de largarme, y que no hurgara en la herida. Seguro que disfrutaba haciéndolo, fingiendo que le importaba echarme cuando era lo que llevaba tanto tiempo deseando. Soy bueno, pero insoportable. Y Cuddy se dio cuenta de ello hace mucho tiempo.
-¡Muy bien!- su voz me persiguió, muy cercana al grito.-¡Pues tú te lo pierdes¡Pero para que lo sepas, nadie va a darte una oportunidad como ésta!
Me di la vuelta. Ella estaba ahí en medio del pasillo, gritándome, con todo el mundo mirándola... Dios mío. La impecable Lisa Cuddy acababa de perder los papeles delante de todo el hospital. Ojalá hubiera tenido una cámara de vídeo.
-¿Sabes lo que me parece absurdo a mí?- le dije.- Que hayas perdido tu dignidad sólo porque tienes que despedirme. ¿Romper años y años de una perfecta imagen de mujer fuerte y justa? No, no. Creo que estás sobreactuando un poquitín.
Ella se quedó como paralizada, mirándome con los ojos abiertos de par en par. Se arregló el pelo y la chaqueta con toda la entereza que pudo, pero se la notaba muriéndose de vergüenza. Yo también sé pegar en los puntos débiles.
-¿Quién ha perdido su dignidad?- dijo, con la voz ligeramente más aguda que de costumbre.
-Tú.- le expliqué.- Pero no pasa nada. Tragárselo todo no es sano. Y a menos que te pases los fines de semana practicando kickboxing, apuesto a que tienes mucho estrés acumulado.
Reemprendí mi camino hacia la habitación de Diane Bell.
-Ah, y además, yo que tú me pasaría al descafeinado. O a la infusión de bentazepam.
Casi la pude oír murmurar "pues pásate tú a los antipsicóticos" pero como no me lo había dicho a la cara, le quité importancia.
Menudo espectáculo que había montado. Sí que estaba irritable y descontrolada la doctora Cuddy aquella mañana. No sabía lo que le pasaba, pero estaba seguro de que era gordo. Lástima que al día siguiente, yo ya no estuviera allí para averiguarlo
