Gracias a todos por los reviews!! Dos más y batiré mi propio récord.
Otra vez me adelanto a la actualización... aprovechando que estoy mala y me he escaqueado de la uni, he escrito otro capi más y ya me encuentro en situación de subir este. Ya queda menos chicas...
Capítulo 6.
Diane Bell estaba dormida cuando llegué a la habitación. Abrí la puerta y encontré a Foreman informando a la madre sobre las transfusiones para el tratamiento de la anemia. Típico rollo legal, hay que informar de los tratamientos para que los padres consientan, bla, bla, bla. La madre, aunque no la oía porque hablaba en voz muy baja, asentía todo el tiempo. Estaba claro que aceptaba, una transfusión de sangre no tiene riesgos, a menos que seas testigo de Jehová.
De repente Foreman me vio (o me sintió, porque estaba de espaldas a las puerta) entrar y preguntó:
-¿Qué eran esos gritos¿Qué ha pasado?
-Era Cuddy.- repliqué.
Estuvo a punto de sonreír, pero es demasiado educado y se tragó las ganas de soltar una buena carcajada incrédula.
-Todo un espectáculo.- dije.- Más de un chupatintas de este hospital habría pagado por verlo.
-¿Pero por qué¿Qué ha pasado?- insistió, pidiendo detalles.
Dudé un segundo si contarle ya que me había despedido o esperar a que la señora Bell se fuera. A la gente no le gusta que alguien que ha sido despedido trate a sus familiares, sobre todo si no saben por qué lo han despedido, y si además, como era mi caso, les cae mal. Y a esas alturas no quería que me quitaran el caso. Estaba picado de llegar hasta el final. Pero tal vez habría respondido, o mentido, de no ser porque otra cosa me llamó la atención.
-¿A qué demonios huele?- pregunté.
La madre levantó la cabeza.
-Yo no noto nada.
-Pues yo sí.- olfateé el aire.- Algo químico. Bastante conocido.
No era el típico olor de enfermo o de medicamento de los hospitales, no, era algo dulzón. Muy familiar. Di una vuelta por la habitación intentando descubrir de dónde provenía. Mierda, lo conocía. Lo tenía en la punta de la lengua, o mejor dicho de la pituitaria. Una especie de olor a armario, o almacén, o...
Salí de la habitación. Con suerte ella todavía estaría por el pasillo. Asomé la cabeza por la puerta y grité su nombre.
-¡Cuddy!
Sí, estaba ahí. Alejándose lentamente, de espaldas a mí, y la vi detenerse y dudar antes de dar media vuelta. A lo mejor creía que iba a pedirle perdón, así, en plan película barata de sábado por la tarde. Debía de creerlo porque no se la veía muy enfadada cuando se volvió. Seria, sí, pero ese es su estado normal. No enfadada.
-¿Qué?- contestó de mala gana.
-¿Ponemos antipolillas en el hospital?
Me escrutó con la mirada durante un par de segundos. Estoy seguro de que no era eso lo que esperaba oír.
-¿Qué?- dijo por fin- Te has vuelto loco. ¿Cómo vamos a poner antipolillas? Esto está perfectamente desinfectado y libre de cualquier insecto y...
-Vale, gracias.- repliqué, y entré en la habitación de nuevo.
Cerré la puerta a mis espaldas. Foreman y la madre me miraban atónitos, aunque sin decir nada, sin querer romper ese trance olfativo en el que yo acababa de entrar. Si no había antipolillas¿qué era exactamente lo que olía como el antipolillas? Naftalina de la de siempre. Con perfume de lavanda, aún peor. Volví a recorrer la habitación, parecía proceder de cerca de la cama, pero no era la cama, la cama olía al detergente aséptico del hospital. Era la percha. La percha de la que colgaban los objetos personales de Diane, su ropa. Qué decepción. Todo se debía a que mamá no se había dignado a poner una lavadora después de sacar del trastero la ropa de invierno. A juzgar por lo impregnado que se había quedado el antipolillas, debía de llevar allí un par de años sin airearse. Qué raro, los vaqueros parecían nuevos, recién salidos de la tienda. Los bajos aún no estaban deshilachados, ni rozados. Cogí la pernera y la toqué.
-¿Cuándo ha comprado esto?- le pregunté a la madre.
-Se los regaló su padre por su cumpleaños, la semana pasada.- explicó ella.- ¿Por qué?
Empecé a registrar los bolsillos. Debió de ser una especie de iluminación. Aunque creí oír a la señora Bell preguntarme qué insertar palabra malsonante y muy poco propia de una respetable madre de familia estaba haciendo, supe que ahí había una pista cuando encontré una pastilla de antipolillas en la cremallera del bolsillo trasero.
-Interesante.- murmuré.
Me giré.
-¿Tiene fobia a los insectos, señora Bell?
Ella me miró tan desconcertada como con cualquier pregunta que le había hecho.
-No...- me cortó ella.- Crecí en el campo.
-¿Y su hija?
-De niña tenía una granja de hormigas.
-¿Entonces a qué se debe esta cosita...- le mostré la pastilla- en el bolsillo?
-No lo sé... puede que se lo dejaran puesto en la tienda.- parecía sincera.- ¿Por qué¿Cree que puede tener relación con lo que le pasa a Diane?
No estaba seguro, pero empezaba a establecer una relación.
-Es posible.- contesté.
-Veamos... ¿quién va a hacer una excursioncita a casa de las pacientes y qué casa elegimos?- pregunté.
Había conseguido reunir a mis tres chicos y aunque esta pregunta ya no les debía extrañar, me miraron con cierto escepticismo. Menos Chase.
-Yo voto por la casa de Diane Bell.- dijo.
Le miré con los ojos entornados.
-¿Por qué?
-Porque sus padres están divorciados y es hija única, lo que significa que en este momento la casa estará vacía.
Buena respuesta. Al final iba a resultar que estaba más lúcido que los demás.
-Vale. Entonces tú te vienes conmigo.- eché a andar hacia la salida. Cuando me di cuenta de que no me seguía me volví a mirarle.- ¿Qué pasa?
La verdad es que no parecía muy entusiasmado con la idea. Quizá pensaba que dando la sugerencia se libraría de participar. Estaba muy equivocado.
-Venga.- le animé.- Es la hora, si vienes conmigo te invito a comer.
No le dejé tiempo a que dudara: fui andando mientras se decidía, como los padres cuando sus niños pequeños no se quieren ir del parque. A los diez segundos (un buen rato, se ve que Chase no quería volver a manchar su expediente con esos pequeños escarceos al borde de la legalidad) le oí caminar detrás de mí. Infalible.
-¿Dónde tienes aparcado tu coche?- le pregunté.
Él se detuvo en seco.
-¿Mi coche?
-Sí, pensaba que iríamos en tu coche. Porque llevarte en mi moto, agarradito de mi cintura, sería bastante incómodo para los dos.
Él sonrió a medias.
-Mi coche me dejó tirado el lunes en la autopista. Está en el taller.
Oh, mierda.
-No te muevas de aquí.- le dije.- Ahora vuelvo.
Hacía mucho tiempo que esto no ocurría, pero nunca es un mal momento para pedirle un favor a un amigo.
-¿Se puede?- dije asomando la cabeza por la puerta del despacho de Wilson.
Él se volvió hacia mí, levantando la cabeza de los papelitos que estaba leyendo. No parecía muy contento.
-Contigo quería hablar.- me dijo, serio, con un toque de enfado, de frialdad.- Parece que la has montado buena con Cuddy.
Suspiré. Otro que volvía con lo mismo.
-Le dije lo que pensaba.- respondí.
-¿Lo que pensabas¿Seguro¿O la primera bordería que se te pasó por la cabeza para hacerla callar?
-Necesito que me prestes tu coche.- le dije, yendo a lo importante.
-Ni hablar.- contestó él, volviendo a la lectura de sus folios, informes, o lo que fuera.
-¿Por qué?- le pregunté, desanimado ante esa respuesta.
-Porque estoy enfadado contigo.
-¿Y si te digo que conduciría Chase?- probé.
Él dejó los papeles sobre la mesa y se volvió hacia mí con un gesto de cansancio.
-¿De verdad te crees que lo que importa es quien conduzca?- dijo.
-Oh, vamos¿vas a dejar que dos pobres chicas paguen con su vida porque he discutido con Cuddy?- intenté ablandarle.
-¿Discutir? Discutir, discutís todos los días. Hoy te ha echado.
Me crucé de brazos y le miré. Dime adónde quieres llegar, Wilson. Si a ti también te parece absurda mi actitud o si esperas que esto se convierte en una escenita de arrepentimiento, lloriqueo en tus brazos, y seguidamente una buena sesión de peloteo con Cuddy.
-¿Sabes qué? Lo que me molesta es que seas tan irremediablemente...- buscó la palabra exacta- testarudo. Que por no abrirte un poquito con la psicóloga te estés arriesgando a perder tu trabajo.
-Hay cosas más importantes que el trabajo.- dejé caer.
¿Como qué? La salud, con esta pierna de mierda. ¿El amor? Ninguna mujer me aguanta desde que Stacy se largó, y bueno, todavía no me planteo lo de los hombres. ¿La amistad? Tal como estaban las cosas con Cuddy y Wilson, por poco tiempo. Vaya por Dios. Sólo tenía el trabajo.
-La dignidad.- improvisé.
-¿Qué dignidad? La de decirle a tu jefa que se haga una infusión de tranquilizantes¿tal vez?
Au. Se ve que Cuddy se lo había contado todo. Seguro que había ido en busca de él con el rollo de que ya no me soportaba más y que se quedaría muy a gusto cuando no me tuviera rondando por allí cada día.
-Yo soy así.- me defendí.
-Claro. Eso es muy fácil decirlo.- me cortó Wilson.- Siempre con la excusa de que tú eres así. De que cada vez que alguien va a descubrir en ti una parte vulnerable, humana... algo bonito, te cierras en banda para quedar siempre como el tipo borde, frío e inalcanzable. Vale que mantengas esa posición con estudiantes de prácticas, pero con Cuddy... y conmigo... se supone que somos amigos.
Estás sondeando terreno peligroso, Jimmy. Me callé y le dejé hablar. De todas formas no sabía qué decir para que me entendiera. En este asunto él era totalmente proCuddy. Y ya le podía recitar el inicio de Hamlet completo que no iba a hacerle cambiar de opinión.
-¿Entonces qué propones?- dije.- ¿Que vaya a pedirle perdón de rodillas?
-Para empezar...
-No le haré favores sexuales. Eso es abuso de superioridad.- sentencié.
Él suspiró.
-¿Ves? Siempre haces lo mismo. Yo te hablo en serio y...- dijo sacudiendo la cabeza, perdida toda esperanza conmigo.
-Yo también te hablo en serio. No pienso vender mi cuerpo.
-Eres imposible¿sabes?
No lo decía en plan "eres imposible pero me caes bien" sino en plan "eres imposible, tiro la toalla contigo". No es precisamente lo que se espera de un amigo. De repente me lanzó algo. Lo cogí al vuelo. Las llaves de su coche. Me quedé mirándolas sin saber qué hacer. Y ahora me dejaba el coche después de todo.
-Llévatelo. Da igual. No importa lo que te diga, vas a acabar haciendo lo que te dé la gana... Aunque por lo menos no me lo estrelles.
-Tranquilo.- le dije. Se acababa de poner en plan trágico y pesimista.
Salí del despacho y en cuanto me encontré con Chase de nuevo le tiré las llaves. Seguía en el mismo sitio que lo había dejado. Qué obediente.
-Espero que sepas la dirección.- le dije pasando por su lado.- Conduces tú.
