Capítulo 8: Un mes en el Lago Ness
Nada más llegar al albergue, dejamos caer nuestro equipaje sobre la cama desocupada más cercana y salimos corriendo al exterior para contemplar con calma ese paisaje que apenas hemos podido atisbar desde el Autobús Noctámbulo.
Desde esta zona de Drumnadrochit no se puede ver el lago en toda su extensión, pero lo compensan las verdes colinas que lo rodean. ¡Esto es un paraje de ensueño!
Los de primer y segundo año están como locos, venga a correr de acá para allá y de croquetear por las laderas. ¿Éramos nosotros así de hiperactivos hace un par de años? No sé qué les dan de comer a estos críos...
Con la fresca brisa veraniega de las Highlands soplando amablemente sobre mi cara, y bañado por el sol del amanecer, cierro los ojos un momento y recuerdo cómo hemos llegado hasta aquí.
El verano comenzó con buen pie y muy buen humor. Mis padres eran conscientes de que apenas teníamos una semana para estar juntos y procuraron, al igual que el año anterior, hacer que cada día fuera una fiesta. Comí en mis restaurantes favoritos, fuimos al cine un par de veces, me harté de ver la tele y de jugar a la consola, y practiqué un nuevo repertorio para llevarme al campamento. No mucho, pero lo suficiente para variar y que no me rompan la bandurria en la cabeza. Al menos en el Lago Ness sí podré escuchar mi nuevo y flamante discman. Y olvidarme de las canciones que mi madre no hace más que poner cuando se siente nostálgica por sus tiempos de adolescente. ¡Qué horror de discos! Más de una vez he tenido que encerrarme en mi cuarto y poner mi música a tope para no tener que escucharlo. ¡Y mira que mi casa es grande! Eso sí que no lo voy a echar de menos.
Hoy viernes 1 de julio, mis padres me han llevado a King's Cross con mi equipaje veraniego. En el exterior de la estación nos hemos reunido todos los participantes del primer campamento Hufflepuff, pero no para ir en tren, sino en autobús: Hemos fletado el Autobús Noctámbulo al completo. Y con tanta gente, ni hablar de abrir las camas.
Al principio se barajaron otras opciones para el viaje. Los polvos flu se descartaron por el riesgo de que algún grupito saliera por donde no era y se armara gorda. Y aún no tenemos ninguno la edad para aparecernos, con la excepción de la profesora Sprout, claro está, y quizá alguno de los mayores. Pero no es plan de que el único adulto del grupo vaya por libre y deje la expedición a cargo de nuestros prefectos, por mucho que así vaya a ser durante este mes. Esa era la condición de acompañarnos a expensas de sus propias vacaciones: que los prefectos se responsabilizaran de nosotros en todo momento. La misión de Sprout será meramente de supervisión pues, aunque vaya con la casa menos revoltosa, nunca se sabe cuándo será necesaria una dosis de autoridad con plena experiencia en magia.
El viaje ha sido fugaz y muy, muy agitado. Nunca había ido en el Noctámbulo y, la verdad, no es que tenga muchas ganas de repetir la experiencia, por muy divertido que haya sido el bollo Hufflepuff que se ha organizado en un frenazo: me he quedado embocadillado entre Cedric y Zacharías, quien se ha agarrado a las trenzas de Hannah antes de caer, y ésta ha pegado tal berrido que casi deja sordo a uno de quinto que tenía al lado, antes de medio estrangular al rubiales. Sólo de pensar en el viaje de vuelta, se me revuelve el sándwich que he desayunado.
Nada más salir del vehículo, varios de primero y segundo, dos de mi curso y un par de los mayores, han echado hasta la cena de Nochebuena. Qué asquito. Menos mal que Sprout puede hacer magia fuera de Hogwarts, porque si no el pestazo habría sido inconfundible hasta para los muggles que se acercaran a la barrera de invisibilidad que hay alrededor del albergue.
En esta ocasión, además, a los prefectos les han concedido un permiso especial para hacer uso de la magia en caso de que sea necesario, de modo que puedan cuidar mejor de nosotros. Cedric está entusiasmado con la idea y nuestra prefecta ya ha tenido que intervenir para petrificar a dos que se han puesto a pelear en el autobús.
El albergue está en un sitio llamado Drumnadrochit (Escocia) en una colina cerca de un pueblecito con el mismo nombre (y rodeado por aldeas mágicas donde uno menos se lo esperaría). La zona está llena de hoteles y albergues rurales para turistas muggles, como la granja Borlum, detrás de la cual está oculto nuestro propio albergue. A ojos muggles parece otra colina llena de vegetación, una elevación más del terreno. Para los magos, son tres enormes construcciones de madera oscura, tres preciosas casitas que parecen hechas de chocolate, y bien equipadas para todas nuestras necesidades.
Un lugar idóneo para campamentos como el nuestro, aunque se pueden adaptar a todo tipo de huéspedes. Por ejemplo, si en vez de un grupo tan grande fuéramos varias familias, podrían dividirlas fácilmente en habitáculos por dentro. Sin embargo, puesto que somos un colegio, dos de las casas están destinadas exclusivamente a los dormitorios, y en la tercera se encuentran la cocina, el comedor, las duchas y los aposentos de la profesora Sprout.
En una de las casas dormirán los de primero y segundo año, que han venido casi al completo. En la otra, el resto de los alumnos, que aún así seguimos siendo menos que los dos cursos de peques juntos: nuestra prefecta, Cedric, Hannah, Zacharías y casi todo el equipo de quidditch, un puñado de gente de cuarto a sexto, y uno de séptimo con complejo de Peter Pan, como él dice. ¡Comando-H!
Es una lástima que no todos nuestros amigos se hayan apuntado, pero creo que con los que estamos lo pasaremos bien.
Al menos, durante el viaje de vuelta en el Expreso de Hogwarts conseguí que Ernie me prometiera que me escribiría todas las semanas. Por ahora está cumpliendo su promesa: en su última carta, que recibí anoche, jueves, me contaba que ya estaba en la casa de la playa con sus primos, dispuesto a estudiar a tope, pero también a descansar, como le recomendó Cedric. Me mandó recuerdos para Hannah, que ella recibió con mucha alegría (empezó a escribirle una respuesta en el autobús, pero desistió por las sacudidas), y nos deseó un feliz viaje a todos. No puedo negar que le estoy echando mucho de menos este verano. Se me va a hacer raro dormir con gente del colegio sin tenerle a él en la cama de al lado.
La distribución de las habitaciones ha sido sencilla y tradicional: en cada cabaña hay dos grandes habitaciones, una para las chicas y otra para los chicos. El curso da igual. La intimidad, al carajo. Esta noche, guerra de almohadas obligada.
Zacharías es un tramposo. Y a ese de quinto se la tengo ya jurada. ¿Quién ha dicho que las almohadas no duelen?
Ay, he comido como cinco en la cena. Nadar en el lago da mucha hambre, y más si lo acompañas con carreras dentro-fuera-dentro-fuera cada vez que alguien creía localizar un pedazo de monstruo o le rozaba un alga en el agua. Hannah se ha llevado la palma con el numerito histérico que ha montado: No había visto desalojar una zona de baño con tal premura y terror desde la peli de Tiburón. Sprout ha dicho que una y no más, San Barrabás: Al lago no volveremos para bañarnos.
Ahora estoy a punto de reventar y mareado por los almohadazos, pero hay algo mágico -diferente tipo de magia- en dormir junto a gente con la que no estás acostumbrado. Me relaja el canto de los grillos en el exterior, mientras fantaseo con la excursión en barco de mañana y en si llegaremos a ver al monstruo alguno de estos días.
Y, como bonus, si me doy media vuelta puedo ver la cara de Cedric dormido, porque se ha pedido la cama que hay justo a mi lado. Ha sido algo rápido e inesperado y maravilloso, de lo cual sólo me he dado realmente cuenta al irnos a acostar.
Felices sueños.
Los desayunos en el campamento me recuerdan al gran comedor de Hogwarts solo que en pequeñito y con las dos largas mesas llenas de Hufflepuffs nada más. Lo bueno de los internados es que los niños nos acostumbramos desde pequeños a dormir fuera de casa y lejos de nuestros padres, por lo que nadie ha extrañado su cama.
Hay un revuelo sosegado pero alegre entre los pequeños, porque hoy sábado es nuestro primer día de excursión y ¡en barco! Es uno de estos barcos muggles que hacen un recorrido por todo el lago y donde un guía te va explicando qué ves en cada momento, pero Madam Sprout ha puesto un hechizo de insonorización al guía en nuestro sector, para poder explicarnos ella anécdotas más interesantes sobre cada tramo del camino. Los muggles no son conscientes, como de costumbre, de la gran cantidad de refugios y fauna mágicos que hay por los alrededores.
De lo que sí van a ser conscientes es de la presencia del Comando-H en la zona, porque con esas gorritas y camisetas muggle color amarillo canario Hufflepuff que tenemos que llevar por si nos perdemos, nos van a localizar desde Groenlandia. Pero yo paso de la vergüenza, porque estoy muy agustito con la brisa húmeda en la cara y contemplando los destellos del sol sobre el agua.
La travesía es preciosa. Recorremos el lago a lo largo de la orilla hasta Fort Augustus. Allí, tras una pausa para comer, hacemos todas las visitas obligadas en la zona, y regresamos por la tarde a tiempo para la cena.
Al día siguiente, el primer domingo, hacemos un recorrido similar pero hacia el otro extremo, Inverness, y pasamos allí el día recorriendo calles y comprando recuerdos.
Para que nadie se quede extraviado, formamos grupos muy compactos. Como aun así se nos pierden cuatro chavales, toca pringar con operación de rastreo. ¡Benditas camisetas Hufflepuff! Finalmente los encontramos comiendo helado gratis, los muy mamones. El suspiro de alivio de nuestra prefecta basta para sobresaltarles. Acto seguido, se los lleva de las orejas de vuelta al barco.
Esa noche estamos tan cansados que apenas intercambiamos impresiones antes de ir a las duchas, a cenar y a dormir.
La primera semana la pasamos visitando las distintas poblaciones mágicas de los alrededores, que no son más grandes que aldeas, pero que ofrecen talleres muy interesantes sobre, entre otras cosas: medicina tradicional mágica, cría de especies de granja mágica y, mi favorita, música popular celta para magos.
Algunos como Zacharías no dejan de bufar, porque se aburren en los talleres, pero Cedric le recuerda que el programa de actividades estaba bien descrito en la propuesta que ellos mismos llevaron a sus padres para que firmaran, y que si no se molestaron en leerlo bien, es problema suyo. Lo cierto es que muchos seguimos sin entender qué motivó a Zacharías a apuntarse, pero a lo hecho pecho, ajo y agua. A veces pienso que ese chico es un castigo hasta para sí mismo.
En la población más cercana a Drumnadrochit, que es donde se encuentra el taller de música celta, a mí y a un par de compañeros mayores que también saben tocar instrumentos, nos enseñan a coordinarnos para crear una aurora boreal con los acordes. El resultado es tan espectacular que deja mudos a todos los Hufflepuffs.
También nos enseñan a hacer brillar estrellas de acuerdo con la música y a producir el efecto de una bandada de pájaros celestes que rodea al público en formación y realiza diversas piruetas en el aire antes de estallar en una lluvia de colores. Estoy muy, muy, muy emocionado.
Nos advierten que esperemos a las noches de los fines de semana para ejecutar cualquiera de esos conjuros musicales, para evitar que los muggles llamen corriendo a la prensa, se llene el lago de curiosos con cámaras y teleobjetivos, y luego salgamos en las noticias de la tarde; que bastante tienen ya cuando alguien ve o cree ver al monstruo.
Sin embargo, en la intimidad del albergue, por las noches, cuando el cuerpo nos lo pide, entre los tres músicos montamos pequeñas fiestas de luces para amenizar la sobremesa y relajar a los más pequeños antes de dormir.
El segundo domingo decidimos tomarnos un día casero de descanso y montar una pequeña fiesta Hufflepuff por la tarde con provisiones especiales compradas en la aldea cercana, a la que terminan apuntándose algunos chicos graduados mayores que viven por la zona, o que han estado colaborando con nosotros en los talleres, incluidos los propios monitores.
Tras unos pequeños ensayos por la mañana con el monitor de música celta, por la noche nos sale un Walk of Life tan brutalmente mágico, que sin querer invocamos a los espíritus de los guerreros caídos cerca del castillo cercano, el castillo de Urquhart, quienes se adoban a la fiesta y terminan meneando los huesos de la cadera como el que más. Casi nos morimos nosotros de la risa cuando los esqueletos empiezan a marcarse un can-can después del tercer bis.
Y lo mejor, mejor, mejor es que luego se quedan con nosotros hasta bien entrada la noche contándonos grandes batallas (y batallitas personales) que tuvieron lugar en esa región, así como la historia del castillo y de sus habitantes. ¡Alucinante!
Antes de irse, nos prometen salir a recibirnos de extranjis cuando visitemos el castillo. Y por último, sin que lo oiga Sprout: Que si cualquier noche acudimos a Urquhart pasada la medianoche nos montarán una fiesta fantasmagórica especial. Cedric rehúsa amablemente, pese a la ilusión que traicionan sus ojos, ante lo cual Zacharías gruñe y resopla exageradamente, y empieza a organizar una revuelta popular. Hannah vacila. La prefecta asiente con convicción a la sentencia de Cedric. Y yo empiezo a pensar en formas de convencerles de que que una experiencia semejante no nos la podemos perder.
Mi convicción queda reforzada después de visitar Urquhart. ¡Qué preciosidad de castillo ruinoso y cochambroso! ¡Qué pedazo de vistas! ¡Cuánta historia allí caída! El encanto del interior lo proporcionan más los espíritus que otra cosa: Nadie mejor que las apariciones de un castillo como guías: contradicen, insultan y amplían con creces al insulso guía muggle del lugar. Decidido: ¡Tenemos que volver!
Después de Urquhart, todos los castillos y ruinas que vemos por los alrededores del Lago Ness nos parecen sosos.
La segunda semana termina con más visitas y talleres.
Esta vez también participamos en talleres de pueblos muggles, adonde tenemos que acudir vestidos de incógnito, esto es, con nuestras camisetas y gorras de color amarillo canario, que cantan más que si lleváramos luces de neón; y extremar la precaución. En ellos nos enseñan a hacer panes y bollos con esas manitas, con nuestras manitas; cuidar de animales de granja muggle; y trabajar en varias huertas e invernaderos tradicionales. Zacharías no lo lleva nada bien.
"¡Por todos los demonios, este campamento es como un crucio sostenido!"
"Viajar en grupo es lo que tiene," le respondo, sin saber bien a qué se refiere el pobre petardo tocapelotas.
Y es que ya tengo bastante con lo mío: Los hijos de muggles tenemos trabajo extra como intérpretes, yendo de un sitio a otro constantemente para evitar que alguno de nuestros compañeros ponga en peligro nuestra identidad, meta la pata hasta el fondo o, simplemente, se pierda colosalmente entre las explicaciones sobre elementos básicos y cotidianos de la vida muggle, pese a la ambientación tradicional de los talleres. Se supone que los mayores están allí para vigilar, pero al fin y al cabo ellos también son niños magos grandes:
"Chssst, Justin, Justin," me llama el rubiales por enésima vez. "¿Qué demonios es Bricomanía? Se supone que debemos seguir el método estándar para hacer una casita para pájaros, y ha dicho no sé qué que aprendió allí el monitor."
"Es un programa de la tele. Lo siento, Zach, os ha tocado el manitas obsesivo en vuestra mesa."
"¿Quién es Beckham, Justin?" me pregunta Cedric poco después.
"Un futbolista que dicen que es bastante prometedor, aunque no sé, el Manchester lo ha traspasado al North End con la excusa de que aún tiene que formarse más y... Ejem, ¿por qué lo preguntas?"
"Porque nuestra monitora me ha dicho..." se sonroja, y añade en un susurro: "...que le parezco más guapo que Beckham y que no sé qué chicos de la calle de atrás."
"¡Huye, Cedric! Te ha tocado la asaltacunas," le comenta un compañero mestizo de quinto que está a su lado.
Por suerte, no coincidimos con ningún grupo escolar muggle hasta ese tercer sábado, porque vaya tela: El choque cultural es tan grande, que Sprout tiene que practicar hasta siete hechizos de desmemorización cuando a uno de primero se le va la lengua con el quidditch; dos de segundo se enzarzan en una acalorada discusión sobre las características de los kelpies que han leído en el libro sobre Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas; y el de séptimo con complejo de Peter Pan invita a la Wendy de la monitora en practicas de los chavales a ir con él volando hasta Hogwarts para enseñárselo algún día, que él la lleva en su escoba.
La jefa de nuestra casa los castiga a todos ellos sin postre para toda la semana siguiente. Al de séptimo lo hace dormir en la casa de los pequeños, para que aprenda a no comportarse como ellos. Y yo me pregunto: ¿Sprout está loca, ciega o se hace la tonta? ¿Qué hace metiendo al zorro en el gallinero?
Ese tercer domingo nos lo volvemos a tomar con calma. Dormimos mucho, holgazaneamos aún más, y comentamos el Mundial de quidditch que tendrá lugar en agosto. Intentamos comentar también la victoria de Brasil en los Mundiales de fútbol que acaban de terminar en el mundo muggle, pero a nadie parece interesarle mucho, de modo que la minoría futbolera, airada, sacamos un par de bandurrias y empezamos a tocar el himno de la Eurocopa y a tirarles balones fantasma. ¡Qué se fastidien!
Por la noche me salgo un rato solo a escuchar mi discman, a disfrutar el paisaje nocturno y a soñar despierto. Sueño que viene alguien y me hace compañía, pero la realidad es que casi todos se han ido ya a dormir, y nuestro capitán está repasando la planificación de la siguiente semana con Sprout y la prefecta. Cuando regreso a la cama, él aún no se ha acostado. Al día siguiente me cuenta que salió a tomar el aire solo antes de dormir. Ahogo mis maldiciones en la leche con cereales del desayuno.
Y así comienza la tercera semana.
El lunes lo pasamos haciendo turismo. Sprout se empeña en elegir ese día porque al parecer hay más sitios cerrados a los muggles y podemos campar a nuestras anchas (además de evitar incidentes vergonzosos).
El martes y el miércoles se pone a llover de tal manera que no podemos salir. Pasamos el día en el albergue contando historias, cantando canciones y repasando cosas para el curso que viene por grupos (¡Horror, pavor y terror! ¡Por favor, que deje de llover!).
Al menos Sprout se porta y el resto de la semana, pese a los ineludibles talleres mágicos o muggles (según el día) por la mañana, por la tarde deja que los mayores campemos a nuestras anchas por las aldeas vecinas. Los mayores en edad Hogsmeade, claro. Los menores de quinto tienen que ir con uno mayor: Cedric es mi hombre. Lástima que tantos opinen lo mismo.
El sábado volvemos a Inverness para recorrer la ciudad con mas calma y nos hinchamos a helados. Hannah y Zacharías hacen una competición de glotonería, robándose incluso cucharadas enteras el uno al otro. Ver para creer. Gracias a un chico del equipo, previsor él, la escena ha quedado inmortalizada en fotografía animada.
También nos hemos hartado de mirar tiendas de recuerdos para llevar a la familia. Qué lata, pero qué lata, ¿eh? Y es que si no lo haces, se sienten olvidados. Además, para mí es más difícil que para la mayoría de mis compañeros, puesto que no hay NADA que pueda comprar que sorprenda a mis padres MUGGLES. No es justo.
"¿Preferirías tener que regalarle a mi padre, que nunca está realmente satisfecho con nada? 'Vamos, Cedric, tú tienes mejor gusto que esto. Hay que ser práctico en la vida'," me comenta por lo bajo, imitando el tono de voz de Amos Diggory mientras deja en su sitio la reproducción de Urquhart que había llamado su atención. Desde luego, ninguna reproducción de un "supuesto monstruo" le va a interesar tampoco a alguien que trabaja en el Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas del Ministerio. En ocasiones Cedric nos cuenta anécdotas o historias que ha oído de boca de su padre. Las del Lago Ness y los muggles obsesionados son de las mejorcitas.
Ese día por fin convencemos a Cedric y a la prefecta para hacer una escapada a Urquhart por la noche, pero sólo a condición de informar a Sprout, quien accede muy a regañadientes.
¡Pero vaya si merece la pena!
Los magos de Drumnadrochit nos ayudan creando un hechizo ilusorio alrededor del castillo para que podamos bailar a gusto alrededor de una fogata enorme.
Al final, no sólo se apunta todo el campamento Hufflepuff, sino montones de niños y gente joven de todas las aldeas cercanas, que no quieren perderse el famoso baile de las calaveras (los esqueletos van lanzándoselas de uno a otro mientras vivos y muertos bailan entrelazándose alrededor de la inmensa hoguera); ni el colofón del final de la muerte, en el que la fogata se vuelve azul, los espíritus forman todos juntos uno muy grande que se eleva hasta el cielo, simulando la ascensión del gran dios de la muerte a los reinos celestiales.
La lluvia de ascuas heladas azules sobre nuestras cabezas mientras la música de tambores y gaitas mágicas llegan al summun con un ritmo trepidante, pone punto y final a una noche repleta de risas, bailes, zumo de calabaza y delicias culinarias de todas las aldeas con las que estamos en contacto permanente.
No es de extrañar que luego ninguno de los mayores peguemos ojo en el dormitorio. Las chicas se nos acoplan y empezamos una guerra de almohadas, cánticos apagados y risas hasta doler la tripa, que nos mantiene como búhos hasta el amanecer. Un amanecer increíble de nubes rosas que van volviéndose violetas y luego cada vez más negras, hasta ahogar el sol y la luz y dar lugar a una de las tormentas más brutales que recordaré jamás.
Al menos, ese domingo lo pasamos durmiendo, ajenos a los truenos, los relámpagos y la madera ominosa que tiembla sobre nuestras cabezas.
Última semana, ¡parece mentira! Tengo la sensación de que siempre he vivido aquí y cualquier otra forma de vida anterior la he soñado.
El lunes sigue lloviendo a mares. Vaya un día más rollo.
El martes, algún cretino muggle cree que ha visto los cuernos del bicho gigante que se supone que merodea las aguas tranquilas del lago, de modo que encontramos las orillas repletas de cámaras, campamentos de reporteros y aficionados entusiastas. Pasamos el día en los talleres mágicos para evitar ser interrogados en alguno muggle.
Quizá por la tormenta, o porque el verano ya está avanzando con firmeza, las noches desde se vuelven tan claras y tan llenas de estrellas, que no podemos por menos que añadir talleres de astronomía nocturnos a nuestro programa de actividades. La verdad es que los tomamos con ganas, puesto que a nadie se le escapa que nos quedan un par de días como quien dice.
En serio que no me hago a la idea de abandonar este micromundo que hemos formado en tan poco tiempo.
La noche del viernes, el último viernes y penúltimo día, ocurre por fin algo que eclipsa todos los demás recuerdos que me pueda llevar de este campamento. Es una de esas noches que empiezan tranquilas y terminan de película.
Después de la clase magistral de astronomía que nos imparte un voluntario de Drumnadrochit, nos quedamos unos cuantos por ahí tirados tal cual en la colina, contemplando el cielo embobados mientras Sprout se lleva al resto a dormir. La prefecta no tiene más remedio que acompañarla, pero Cedric se queda.
"Le he pedido como favor especial que se ocupe ella esta noche," me explica. Estamos tumbados uno junto al otro, sin ninguna gana de mover un pie. Cerca oímos el debate a gritos de los del equipo sobre no sé qué de la selección Búlgara, que al parecer tiene un jugador muy joven y muy fuerte en sus filas. Oigo a Hannah reírse cuando alguien se burla de las posibilidades de Zacharías de imitarle algún día para la selección de nuestro país. Dos chicas llegan aún más lejos y comentan algo que, aunque no lo oigo, imagino que no ha sido nada agradable para el rubiales, porque salen ellas, y él detrás, corriendo como posesos hasta el albergue. Hannah y otro de sexto los siguen a paso tranquilo con las cosas que se ha olvidado Smith. El grupito restante empieza a dispersarse colina abajo. Me da que pleanean darse un chapuzón nocturno, porque llevan bolsas grandes con lo que imagino que serán toallas. ¡Juas! ¡Pues les espera un buen paseo de ida y vuelta!
"Luego tendré que ir a buscarles para asegurarme de que no se han ahogado, ¿qué te juegas?" suspira Cedric, quien parece seguir mi misma corriente de pensamiento. Llevábamos un buen rato sin hablar, por lo que su voz me ha sobresaltado.
En ese momento me doy cuenta de que nos hemos quedado completamente solos. El corazón empieza a latirme con tanta fuerza que, o hablo, o me va a dar algo.
"Parece increíble que nos quede sólo un día, ¿verdad?" comento sin dejar de mirar al cielo.
Cedric no responde, y yo sigo:
"Al menos a ti te quedan los Mundiales de quidditch. Qué suerte que tu padre haya conseguido entradas. Deben de haberle costado un ojo de la cara."
Espero un asentimiento de Cedric que no llega, así que continúo:
"A ver qué se les ha ocurrido este año a mis padres para agosto. A saber dónde me hacen ir. La verdad es que preferiría estar un tiempo en casa, tranquilo. La verdad de verdad de la buena es que me gustaría quedarme aquí otro mes con vosotros," confieso finalmente, mientras por dentro añado: Contigo durmiendo en la cama de al lado.
Silencio.
Lo dicho, a mí me va a dar algo.
Necesito que Cedric diga algo YA.
"Oye, Justin..."
"¿Sí?" giro la cabeza para mirarle, respirando aliviado, aunque al ver su expresión tan seria se me sube el corazón a la garganta.
"¿Nos vamos a Urquhart?"
"¿Ahora?"
"Me gustaría pasar esta noche allí."
Cedric, cuando me miras así, no puedo negarte ni mi alma en las próximas cuatro reencarnaciones.
"¿Y Sprout? ¿Y nuestros compañeros?" sonrío con la ilusión pintada en mayúsculas en mi cara.
"Antes de salir he dejado nuestras camas preparadas con almohadas para que parezca que estamos durmiendo. Si alguien es tan curioso como para abrir las sábanas, espero que tenga la suficiente cordura como para no dar la voz de alarma."
"Qué premeditación."
Qué nocturnidad y qué alevosía.
"También... he avisado a los demás por si quieren apuntarse luego."
"¿A quiénes?" pregunto con un tinte de decepción en mi voz.
"Ya sabes... a los demás."
"¿Y qué han dicho?"
Que tienen un pasaje para Groenlandia y no podrán estar aquí esta noche, ¡porfavorporfavorporfavor!
"Que ya verían, que están un poco hartos del castillo. Que prefieren hacer otras cosas la última noche."
"¿Y qué hay de los espíritus? ¿Les has avisado que iremos?"
"Justin, había pensado en una velada tranquila. La noche, las estrellas, el lago y las ruinas. Nada más."
Nadie más, me dicen sus ojos y su media sonrisa, y aquí es donde Justin se convierte en una masa informe de babas derretidas que se expanden sobre la hierba y buscan fusionarse con el lago. Pero no, me gustaría salvar mi dignidad masculina un poco más, así que me yergo, me coloco boca abajo con los codos apoyados cerca de su brazo y la barbilla sobre su codo, y sonrío:
"Zumo de calabaza, sandwiches y dos chocolatinas Twix tamaño grande, las últimas de mi reserva," recuento orgulloso, enseñándole mi mochila abierta.
"¿Conque tú...?"
"Iba a hacerte una propuesta similar, sí."
"¿A Urquhart?" apoya su mano sobre mis rizos, con cara de pícaro.
"¡A URQUHART!" exclamo levantando los brazos en el aire. Lo malo es que al ser mi único apoyo, me caigo encima de Cedric. Él detiene el impacto a tiempo y luego me ayuda a levantarme.
Y así, charlando y riendo animadamente como dos buenos amigos, nos alejamos de Drumnadrochit colina abajo.
"Recuérdame por qué no habíamos podido tener una charla a solas hasta ahora, capitán."
"Porque estás muy solicitado, maestro bardo"
"Habló la niñera."
"No es culpa mía," protesta.
"No saben hacer nada sin ti."
"Ya te digo. ¿Te puedes creer que anoche Sprout me llamó para que decidiera si los elfos debían ponernos croissants o gachas de avena con el desayuno de hoy?"
"Increíble", me encojo de hombros. "Pero te creo."
He sido testigo de escenas aún más tontas, pero lo realmente fastidioso es que Cedric tenga siempre tanta gente alrededor, como moscones alrededor de un dulce. Sé que es inevitable y que siempre ha sido así, pero antes no me molestaba y desde este verano cada vez me irrita más.
"No te dejan ni a sol ni a sombra, ni de noche ni de día, mi mayores ni pequeños. Y si intentas escaparte, te persiguen. La dependencia de Hufflepuff contigo, Cedric, es casi enfermiza. Este campamento me ha recordado al curso antepasado, cuando el monstruo andaba suelto en Hogwarts."
"Hombre, da la casualidad de que por aquí cerca ronda también un monstruo, Justin. Acuérdate el día que intentamos ir a nadar. El primero y el último."
"Al menor roce de algo en el agua, ya teníamos a uno chillando."
"De los de primero me lo esperaba, pero el numerito que montó Hannah..." Cedric menea la cabeza con incredulidad.
"Zacharías luego la estuvo martirizando sin piedad durante dos días."
No puedo evitar reírme al recordarlo.
"Esto nos pasa por apuntarnos a un campamento"
"Sí, habría sido mejor una posada mágica," asiente Cedric.
Casi me tropiezo con una roca.
"¿Qué?"
"Aunque sólo fuera por las noches, me habría gustado tener más libertad. Alejarme del resto por unas horas," suspira y luego sonríe. "Es una pena que no vengas a los Mundiales."
"Costaba un ojo de la cara. ¿Y qué pintan mis padres allí?"
"Tus padres pueden permitírselo de sobra, Justin," musita lánguidamente.
Ese comentario me toca una fibra sensible.
"Oye, que tampoco somos unos Rockefeller."
"Lo que quiero decir es que... maldita sea, Justin, ¡agosto es pasado mañana!"
Lo miro con extrañeza.
"Va a ser un gran acontecimiento, sí. Pero vi gran parte de los mundiales de fútbol y con eso me he quedado a gusto."
"Cuando habláis de fútbol y de jugadores los demás no nos enteramos de nada."
"¡Venga ya, tampoco hablamos tanto! Y lo mismo me pasa a mí cuando habláis de Krom, ese que suena como el Dios de Conan el Bárbaro."
"Krum, Víctor Krum," me corrige Cédric. "Y no sé ni quién es ese Conan. Lo que me recuerda que aún me queda mucho que aprender sobre los muggles. ¿Podré contar contigo también este año?" sonríe con cierto apuro.
"Je, je, ya sabes que me tienes a tu enteeeeera disposición," le devuelvo la sonrisa, elevada al cubo.
Me gustaría decir que llegamos a Urquhart, nos tiramos en la hierba que desciende desde el castillo al río y que pasamos la noche felizmente comiendo chucherías, contando estrellas y fabricando sueños despiertos. Pero la jarra de la lechera se me rompe a mitad de camino, exactamente siete minutos y medio después de echar a andar: Hannah, la prefecta, Zacharías y dos compañeros del equipo vienen corriendo detrás de nosotros para informarnos de que un grupo de primer año se ha escapado y nadie sabe dónde están.
"Algunos de sus amigos nos han contado que tenían un plan secreto para esta última noche," explica la prefecta entre resuellos. "Nos ha costado un rato de interrogatorio con amenazas innobles que soltaran la lengua, pero como no han participado en los planes del grupo, no saben a dónde pensaban ir exactamente ."
"Toca dividirse, chicos," comenta uno de sexto. "Me parece que escucharon a estos hablar de la zambullida nocturna, así que la prefecta y yo iremos a echar un vistazo a lo largo de la orilla."
"Así de paso me traigo a dichos zambullidos, porque no sé de dónde se han sacado el permiso para practicar deportes de riesgo la víspera de nuestro regreso," explica ella, visiblemente alterada. "Cedric, ¿no te importa echar un vistazo en Urquhart? Tengo el presentimiento de que algunos podrían haber querido repetir la experiencia con los espíritus."
"Cómo no," sonríe Cedric mecánicamente. Acto seguido me mira de reojo y noto cómo ahoga un suspiro. Está conteniendo el aire para no maldecir en alto.
"Os acompañamos," ofrece Hannah rápidamente.
"¿OS?" salta Zacharías. "Perdona, bonita, pero yo me iba a acostar ya. No sé ni por qué estoy aquí," farfulla mirándola de soslayo.
"¡Es la última noche! No me digas que no quieres participar en una operación de rescate."
"¡Claro que sí!" da una palmada y empieza a gritar "¡Por favor, que alguien me rescateee!"
"Siendo tú, ni Supercoco se va a molestar," musito yo, pero Hannah se adelanta a pegarle un capón. Zacharías le tira de las trenzas y hace un amago de ahogarla con ellas. Hannah empieza a pegarle mamporros y a buscarle sinónimos de la familia porcina. Nada que no ocurra a diario desde que estamos aquí.
"Entonces yo voy con la prefecta," anuncia el otro compañero; y susurra en mi dirección: "Quiero estar ahí cuando estalle, que ella tiene permiso para usar magia. Je, je, je."
Así pues, los cuatro retomamos la marcha colina abajo, que si tres son multitud, cuatro ya es puro estorbo, y más aún porque Zacharías y Hannah no dejan de pelearse. La varita tiembla en la mano de Cedric. Uy qué peligro...
Durante casi media hora nos mantenemos ojo avizor, oteando en la oscuridad a un lado y a otro en busca de movimiento. Teniendo en cuenta que los fugitivos han acabado la lección de Astronomía a la misma hora que nosotros, no pueden llevarnos mucha ventaja. Hannah aprovecha un tramo de descenso dificultoso para meterse entre Cedric y yo y agarrarnos a cada uno de un brazo. No parece tener intención de soltarse muy pronto. Sus trenzas ondean con la brisa nocturna y el ligero trote que llevamos. Se la ve muy, muy, muy feliz. Eso me reconforta un poco. Pero ni los ruidos nocturnos acallan las quejas del rubiales. Zacharías no hace más que quejarse y meterse con éste y aquél de primero, y no sé quién que es cabecilla de los de segundo, que no tiene más que pájaros en la cabeza. Cedric se mantiene en silencio todo el rato, guiándonos de vez en cuando. Por las miradas que echa a Zacharías, creo que no soy el único que está pensando en estrangularle y echar sus restos al lago como alimento para el monstruo. Perdón, veneno para el monstruo.
Cuando por fin alcanzamos una orilla, nos damos cuenta de la locura que supone bañarse en esas aguas a estas horas. A no mucha distancia escuchamos los gritos de la prefecta, que debe de haber dado con los bañistas. Bueno, en cualquier caso, a nosotros nos toca inspeccionar el castillo, así que nos dirigimos a las ruinas con paso resuelto, cuando, de repente, una bengala mágica disparada con varita hace saltar la alarma. Los cuatro damos media vuelta y nos dirigimos a la carrera al lugar del que parecía proceder la luz. Dos bengalas más son lanzadas antes de que lo alcancemos.
El alivio es patente en la prefecta al ver llegar a Cedric. Apenas es capaz de balbucear una explicación coherente mientras señala con grandes aspavientos una formación rocosa a poca distancia de la orilla desde la cual se escuchan gritos de socorro. Berzotas es la palabra más suave que se me ocurre para los lechuguinos de primero a los que se les ha ocurrido la brillante idea. Y espérate porque se comenta que hay dos de cuarto con ellos. Me imagino cómo ha surgido todo, entonces. Estos estúpidos retos de hombría prematura...
"¿¡Qué hacemos, Cedric, qué hacemos!?" se exaspera la prefecta. ¿Cuántas veces habré oído la dichosa frase este mes? A la vuelta pienso proponerlo como nuevo himno de Hufflepuff.
Junto a ella, varios alumnos mayores agitan los brazos y les piden calma a gritos. Yo no entiendo aún cuál es el problema.
"¿A qué viene todo este número? ¿Por qué no vuelven nadando igual que han llegado hasta allí?"
"El monstruo, Justin. Merodea la zona a estas horas, nos lo dijeron en la aldea," responde entre jadeos uno de quinto que estaba con ellos y ha regresado a nado. "Nos hemos acordado tarde. Cuando hemos visto asomar sus escamas por el agua, casi nos da un infarto. Yo estaba a medio camino y me ha dado tiempo a volver, pero he pasado un miedo terrible cuando algo me ha rozado la pierna."
Ya estamos con las paranoias...
"¿Seguro que lo habéis visto? Mira que como sea un pez nos vamos a reír hasta el día de la graduación del último mico que está en la roca. Y Sprout, ¿por dónde anda?"
"Pimplando en la taberna maga de Drumnadrochit, de despedida con los monitores," responde angustiada la prefecta.
Esos mamones han sabido calcular bien cuándo desmelenarse.
"Hay que actuar rápido," habla Cedric por fin, tomando el mando de la situación con esas cuatro palabras y su aura suprema. Tras calmar a la prefecta lo suficiente para que deje de quejarse con su soso-rap de "losabíalosabía" y le escuche, le propone un plan combinado entre ambos y varias ramas cercanas que harán partir a los demás compañeros. Quieren construir un puente provisional entre las rocas y la orilla con magia. No sé cómo van a hacer que un montón de ramas y hojas hagan el apaño.
"¿No sería más fácil levitar a cada uno hasta aquí?"
"¿¡Nos crees tan locos como para levitar a una persona desde esa distancia, Justin!? ¡Ninguno aquí ha pasado todavía los EXTASIS!" brama la prefecta, y yo cierro el pico.
Entonces, sin previo aviso, la cabeza de la serpiente marina más grande que haya visto en la tele y en la realidad (siendo consciente, porque el basilisco no cuenta), y también la más famosa (bautizada como Nessie), aparece delante de nosotros con actitud amenazadora. No sé si emite algún sonido porque todos empezamos a gritar a la vez, unos para desahogarse y otros para ordenar diferentes tipos de acciones, la mayoría de las cuales incluyen un "¡AAAAAAAAH, CEDRIC, HAZ ALGOOOOOO!", mientras lo empujan hacia la amenaza y acto seguido huyen valientemente.
Armado con su mísera varita y sus conocimientos de quinto curso, Cedric se queda sólo frente al monstruo. En un arrebato de determinación, me acerco a él para intentar arrastrarlo hasta una distancia segura, pero Cedric se niega a moverse y prosigue su duelo personal de miradas con el abominable reptil. Las piernas le tiemblan y la varita parece estar buscando agua en el desierto. El monstruo inclina hacia un lado la cabeza con curiosidad, y no se mueve. La mitad del cuerpo permanece bajo el agua y con las dos patas delanteras se aferra al suelo. Todo su cuerpo parece estar recubierto de escamas, pero tampoco se puede distinguir mucho más con la débil luz de la luna. Me empiezan a entrar reminiscencias de la peli de King Kong y me invade un impulso feroz de llevarme a Cedric de allí en brazos. Si pudiera cargarlo en brazos, claro.
"¡Vámonos, Cedric!" le ruego.
"No podemos, Justin. Tenemos que distraerle para que ellos puedan volver. Aléjate tú."
Pero no me muevo del sitio. No quiero dejarle solo. Por el rabillo del ojo veo a la prefecta hacer señales de emergencia a los varados en las rocas para que se apresuren a nadar hacia la orilla. ¡Al cuerno con el plan del puente! Total, probablemente no iba a aguantar ni medio mico. Cedric se mueve poco a poco hacia el lado contrario, llevándose consigo la mirada del monstruo. Éste, sin previo aviso, alza una de sus patas para agarrar a Cedric, quien lo esquiva hábilmente. El monstruo protesta, pero a mí me da que está jugando con él más que intentando cazarlo. El capitán parece haberse dado cuenta también. La siguiente vez que el enorme bicho agacha la cabeza, Cedric se sube sobre su lomo y se agarra bien fuerte a las escamas de su largo cuello. Noto que intenta sin éxito hechizos de estupefacción como quien no quiere la cosa, pero no parecen conseguir ningún resultado, como si al bicho le rebotasen. Pero notarlos los nota, porque de pronto empieza a retirarse hacia el agua, agitándose frenéticamente para quitarse a Cedric de encima, y a mí me faltan segundos para agarrarme a la pierna de Cedric y tirar de él.
"¡JUSTIN, NO! ¡SUÉLTAME!"
El monstruo me arrastra sin remedio hasta el borde del terreno, pero yo no tengo la menor intención de soltarme. Estoy hasta las pelotas de que todo el mundo acapare a Cedric, y esta noche no pienso cedérselo ni al monstruo del Lago Ness. Durante un agónico instante soy consciente de que me voy a ahogar inexorablemente. Sin embargo, antes de entrar en contacto con el agua, Cedric me engancha y tira de mí hasta colocarme delante de él sobre el monstruo, grita: "¡AGÁRRATE FUERTE!", y me cubre con todo su cuerpo sobre la piel escamosa.
Un instante después, nos sumergimos por completo. Los gritos de nuestros compañeros quedan ahogados y el mundo empieza a dar vueltas bajo el agua.
Cedric me abraza fuerte y no me suelta.
¡Al fin emergemos! En esos primeros momentos sólo nos importa respirar, da igual si hemos salido en otro lago diferente, o hemos viajado hacia otra dimensión. Que no parece el caso.
"¿Estás bien, Justin, estás bien?" tose Cedric, pero mi respuesta queda ahogada por una nueva zambullida. El monstruo sigue jugando con nosotros. Hay un nuevo periodo de desconcierto, algas y mucha, mucha agua. Hasta que de pronto mi cabeza queda aislada del entorno y empiezo a apreciar las maravillas del fondo del lago con oxígeno en mis pulmones. Sin poder creérmelo todavía, levanto la mano para tocar la esfera luminiscente que hay ahora alrededor de mi cabeza. Miro atrás y veo que Cedric nos ha aplicado el mismo hechizo a ambos, porque sonríe y forma palabras con los labios, ligeramente distorsionados detrás de las pantallas. Me está diciendo que mire al frente. Al hacerlo, noto cómo me abraza con más fuerza, apoyando su cabeza sobre mi hombro mientras ambos nos inclinamos aún más sobre el monstruo en su travesía subacuática. De pronto me siento tan dichoso que por un momento dudo de si todo esto lo estoy soñando.
El monstruo debe de notar que nos hemos relajado, y quizá esté disfrutando tanto como nosotros, porque tarda un buen rato en emerger, y cuando lo hace, somos incapaces de distinguir dónde demonios estamos. Las escasas luces en la orilla a lo lejos no son ningún indicativo, de modo que Cedric busca un punto de referencia en el cielo y, una vez orientado, empieza a emitir una luz con su varita para intentar guiar al monstruo por el agua. Tras un rato navegando en la misma dirección, logramos llegar a un tramo reconocible, y desde allí Cedric lo hace llevarnos a una cala cercana, a un castillo muy familiar. Sin embargo, el hechizo de escafandra termina sin previo aviso a una distancia considerable de la orilla. Del sobresalto, Cedric baja la varita y el monstruo sigue el señuelo...
...al fondo del agua.
La nueva zambullida es tan repentina y tan brusca, que nos vemos cegados de golpe por la fuerza del agua. Cedric intenta mantenernos agarrados al bicho y enfocar de nuevo la varita hacia el exterior para que cambie de rumbo, pero su brazo no puede aguantar la presión y acaba guardando la varita para no perderla. Ya no puedo ver nada, sólo sentir la turbulencia de lo que ocurre a mi alrededor. El monstruo parece desconcertado por la pérdida de la luz tan preciada y no hace más que girar a un lado y a otro bajo el agua, buscándola. Noto que me estoy mareando por la falta de oxígeno y comienzo a agitarme. Me estoy poniendo muy, muy nervioso. Al fin Cedric tira de mí para que nos desprendamos de Nessie y echemos a nadar en otra dirección, porque a este paso vamos a acabar en el fondo del lago. Cuando parece que lo hemos dejado atrás, el monstruo da un último coletazo brutal de frustración que nos revuelve bajo el agua, pero también nos impulsa lejos de él. Me ahogo, de verdad. Necesito aire, ¡aire! Pero sólo hay oscuridad. ¡Estamos nadando a ciegas! Cedric se aferra ahora a mí con todas sus fuerzas e intenta sacarnos a ambos, porque a mí me han abandonado las fuerzas y apenas puedo mover las piernas. Me encuentro muy malito. ¡AIREEE!
Me despierto con una sensación horrible de entumecimiento, humedad y mareo. No sé ni dónde estoy. Y tengo un peso muerto a mi lado con un brazo sobre mi pecho.
"¡CEDRIC!" me incorporo con rapidez y le tomo el pulso. "¡CEDRIC, CEDRIC, VAMOS, HOMBRE! ¡Si un inútil como yo ha salido a flote no te me ahogues tú, capitán!"
Le aprieto el pecho una y otra vez. No escupe agua. Tendré que... Vamos Justin, no es momento de puritanismos. Le sujeto la nariz con una mano, respiro hondo y-
"¡Aaah, Justin, que estaba inconsciente, no muerto!" tose Cedric incorporándose de golpe. Se restriega los ojos, se aparta el pelo empapado de la cara y mira a nuestro alrededor con igual desconcierto que yo. "Al menos hemos llegado adonde queríamos. Y no me puedo creer que hayas mantenido la mochila contigo todo este tiempo."
"Pues siendo de tela imagínate cómo estará todo," suspiro, me la quito, estiro las cuerdas y vuelco el contenido. "Sopa de Twix espachurrado."
"¿Qué ibas a hacer hace un momento? ¿Por qué me has tapado la nariz?" sonríe con curiosidad.
"Eeeeh... un método muggle de reanimación a la desesperada," respondo nervioso, mientras guardo todo de nuevo rápidamente.
"¿En qué consiste?"
"Eeeeh... es la coordinación de un movimiento pectoral, con una succión oral para expulsar el agua. Por eso te he tapado la nariz, para que el agua saliese por la boca."
"¿Succión?" las cejas de Cedric tocan techo facial.
"¿Cómo has localizado Urquhart en la distancia?"
"Con un hechizo, Justin. Lo enseñan en Hogwarts. ¿Succión?"
"¿Y cómo has conseguido que respirásemos bajo el agua?"
"Con un hechizo que leí en un libro," se impacienta. "¿Succión?"
"¿Qué es eso?" señalo alarmado.
"¡Deja de cambiarme de tema!"
"No, Cedric, ¿qué es eso que viene-?"
Dejando detrás de sí una cascada inmensa, el monstruo del Lago Ness hace de nuevo su aparición estelar en la pequeña bahía en la que hemos naufragado junto al castillo. Se detiene a apenas unos centímetros de nosotros, mirándonos con curiosidad y luego se deja caer con la mitad del cuerpo fuera y la otra mitad dentro del agua. Algo en su mirada inspira a Cedric a acariciarle la cabeza y yo decido imitarle. El monstruo cierra los ojos de placer. Esto no me está pasando a mí. Me echo a reír.
"Cedric, ¡te has ligado al Monstruo del Lago Ness! Nessie, éste es Cedric; Cedric, Nessie. Ahora es cuando os dejo a solas."
Y caigo rodando al suelo de la risa.
"No tiene gracia," se sienta Cedric a mi lado, resoplando y tiritando.
Demonios, ¡qué frío hace!
"No podemos quedarnos aquí, Cedric. Nos congelaremos."
"Tienes razón. Busquemos refugio en Urquhart. ¡Hasta la vista, Nessie!" lo acaricia una última vez, y el monstruo se lo queda mirando con expresión de perrito recién abandonado en la carretera.
Con violentos escalofríos y los dientes castañeteando echamos a andar hacia el castillo. Según Cedric, entre las ruinas encontraremos un lugar resguardado de la rasca de la madrugada. Aunque no sé adónde se ha ido la madrugada ni cuánto llevábamos inconscientes, porque la primera luz del día asoma vagamente en la distancia, en la otra orilla.
No tenemos que buscar mucho para encontrar un tramo de colina entre las ruinas donde sentarnos contra la pared del castillo, de cara al Lago. El cielo palidece por momentos y nosotros estamos al borde de la hipotermia. Mientras Cedric intenta sin éxito hacer un hechizo para calentarnos con la varita mojada y sus mermadas fuerzas, me apresuro a sacar el zumo y los Twix para recuperarnos calóricamente. Los devoramos apresuradamente y luego nos sentamos muy juntos echándonos por encima la ridícula manta que había traído en la mochila para tumbarnos sobre la hierba en la clase de Astronomía, y por si después...
"Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea," rezo en voz baja.
"Una manta mojada no es la mejor solución sobre ropa mojada. Deberíamos quitarnos todo y hacer una fogata," dice Cédric, dejándome transpuesto con la sola idea. "Pero no estoy por la labor de quemar nada por aquí. Ay, ¿adónde se fueron nuestros planes de pasar una noche tranquila?" se lamenta, tirita y luego bosteza. "Aunque no me dirás que no ha sido toda una aventura," sonríe finalmente, y a mí se me contagia.
La luz del sol empieza a asomar visiblemente al otro lado del lago, iluminándonos.
"Tienes los labios azules. Anda, trae," Cedric coge una de mis manos entre las suyas por debajo de la manta y las frota. La verdad es que no siento los miembros. Es como si se me hubiera congelado hasta la lengua. Sonrío pero no le miro. No le puedo decir que esta noche compensa por las 28 anteriores.
Tras un par de minutos de silencio en los que sus manos no sueltan las mías bajo la manta, Cedric habla:
"¿Sabes, Justin? Si lo piensas bien, al final hemos sido tú y yo los que hemos infringido todas las normas de este campamento: Estamos fuera más tarde del toque de queda, nos hemos bañado en el lago por la noche, hemos entablado contacto con la fauna autóctona sin conocer su peligrosidad y hemos hecho uso de la magia sin preocuparnos por las consecuencias de ser vistos. ¿Qué nos falta?"
Empiezo a recordar normas de conducta de películas sobre campamentos, viajes y excursiones en grupo, y me sale casi sin pensar:
"Dejarnos llevar por las hormonas y dejar a alguien embarazada," respondo fingiendo seriedad.
"Lo siento, pero Nessie no es mi tipo," ríe Cedric al tiempo que empuja mi frente con la suya; gesto que consigue que se me escape tal risita de colegiala que me avergüenza en el momento mismo en que sale de mi boca.
Cedric se queda un poco cortado. Luego me mira de reojo. Y casi inmediatamente suelta una carcajada. Soy lo peor. Ahora estoy temblando porque tengo una de sus manos en mi rodilla. Es verano. Estamos con pantalón corto y una mísera sudadera amarilla de camuflaje muggle que nos pusimos para ver las estrellas, no para ver el fresco amanecer, y menos empapados. Me consuelo pensando que nuestra profesora de Herbología sabrá qué hacer si nos ponemos malitos de verdad.
"Habrá que pensar en ir regresando. Igual están preocupados," resoplo sin ganas.
"Sólo un poco más," me dice Cedric, que ya ha parado de reírse y contempla el lago con ojos de sueño pero a la vez brillantes. "Quiero aprovechar este campamento hasta el último momento."
"Lo voy a echar de menos," suspiro.
"Tanta gente, tanto de lo que preocuparse..." suspira.
"Hacer de intérprete muggle es divertido pero matador. Prefiero mil veces hacer de copiloto sobre monstruos marinos."
Como quien no quiere la cosa, Cedric pasa un brazo alrededor de mi cintura bajo la manta, acercándose aún más.
"Lo de agarrarte a mi pierna para que el monstruo no se me llevara..."
"El impulso del momento," me encojo de hombros.
"Un impulso algo cafre," ahoga una risotada. "Después de encontrarte con el basilisco y vivir para contarlo, ¿pensabas que podrías ganarle en fuerza a una serpiente marina gigante?"
"Cedric..." protesto.
Él me pide perdón pero con expresión guasona, obviamente rememorando la escena de hace ¿horas?
"No quería que desaparecieras de mi vista si yo podía impedirlo, eso es todo, ¿vale?" respondo mirando a otro lado, porque soy consciente de que mi cara me delata. Por suerte Cedric, galante él, malinterpreta mi tembleque y cambia de tema.
"¿Cómo llevas el frío?"
¡Juas! ¿Dónde? Mi cuerpo tiene ahora un gran contraste de temperaturas.
"Ya no siento los miembros."
"Espera."
Cedric me frota los muslos rápidamente para hacerlos entrar en calor. En realidad lo que consigue es que me empiecen a entrar los sudores. Unos sudores que, por una vez, se agradecen. Por suerte Cedric sigue hablando, con lo que se amortigua el martilleo de mi pecho.
"El curso que viene me tiene intranquilo. Se está cociendo algo gordo, lo noto. Mi padre no ha querido contarme nada, pero me voy enterando de datos a hurtadillas. Un acontecimiento extraordinario va a tener lugar en Hogwarts. Y él me mira raro, no sé, como con más expectativas de las habituales. Me dice cosas raras e ininteligibles. Insiste más de lo habitual en que tengo que dejar alto nuestro nombre y nuestra casa. Me preocupa seriamente," suspira. "Y ya me cuesta bastante mantener las notas. Ni siquiera sé cómo me habrán salido los TIMOS."
"Oooh, no me puedo creer que a mister sobresaliente le preocupen sus notas."
"Me preocupan muchas cosas y estoy un poco cansado de todo, Justin," confiesa al fin, y noto que deja caer su peso sobre mi hombro, su cabeza reposando completamente contra la mía.
No sé qué decirle, pero intuyo que mi compañía y mi apoyo físico le bastan.
Si me vuelvo ligeramente, puedo ver que ha cerrado los ojos. Cielos, ¡qué momento!
Contemplo un instante el fabuloso amanecer, que no obstante vaticina tormenta, antes de cerrar también los míos y disfrutar de aquel cercano contacto. Oigo a Nessie resoplar y hacer largos por la orilla. Hasta hace poco no hacía más que asomar la cabeza y jugar al escondite con nosotros. Ahora parece estar buscando un sitio donde dormitar también. Ha sido una noche movida.
"Noche en Urquhart, misión cumplida," susurro con una enorme sonrisa, rodeado por un Cedric apaciblemente dormido. O eso creo yo, que no me espero la inmediata respuesta:
"No quiero volver al colegio. Quiero quedarme aquí mismo. Aquí y ahora. Contigo."
Reacciona, corazón. ¡Pero no tan deprisa!
"Justin, ¿me cantas esa canción que nos regalaste por San Valentín?" susurra sin darme tiempo a recobrarme. "Me muero por volverla a escuchar. Anda, cántamela."
"¿Romeo & Juliet? ¿Aquí? ¿Ahora? ¿¡En serio!?" casi gimo de horror.
"Por favor," me pone un pucherito. ¡Un pucherito!
"¿Crees que tengo voz ahora para-?"
"Susúrrala, me da igual. ¡Venga!" suplica con voz melosa.
Y yo, que ya no me resisto, empiezo a cantar, modificando ligeramente la letra para adaptarla a nuestra aventura compartida:
"A lovestruck Romeo sings the Lake a serenade,
laying Nessie low with a lovesong that he made.
Finds a ruinous castle, steps out of the shade,
says something like, You and me babe, how about it?"
La risa de Cedric resuena por todo mi cuerpo y yo continúo más animado:
"Juliet says, Hey it's Romeo you nearly gimme a heart attack
He's underneath the water she's singing, Hey la my boyfriend's back
You shoudn't come around here grabbing at people's legs like that
Anyway what you gonna do about it?"
A partir de ahí no me cuesta nada ponerle vida y emoción pura. Y descubro que cantar, aunque sea en suaves susurros, me hace entrar aún más en calor. Sobre todo porque Cedric con cada verso me estrecha más fuerte contra su cuerpo. Le estoy cantando prácticamente al oído, completamente en sus brazos, y jamás había experimentado un subidón semejante.
Pero cuando, temblando por la emoción, que no por el frío ya, llego al segundo When we made love you used to cry, el embrujo se rompe en mil pedazos:
"¡Mirad, mirad! ¡Es Nessie, Nessie!" oímos que gritan a lo lejos. Un coro de voces empieza a repetir el nombre en alto.
"¡Han venido!" me sorprendo. "Al final han decidido apuntarse. Se han hecho los remolones, pero... ¡jope, qué horas, ¿no?!" carburo al fin.
" Justin, en realidad... no se lo había propuesto a nadie más," confiesa Cedric, escondiendo la cara en mi hombro.
Me pongo muy tenso de repente. Es demasiado bonito para ser cierto.
"¿Entonces era trola lo de que estaban hartos del castillo?"
"Siento haberte mentido, pero es que no sabía si tú querrías..."
¿Si yo querría, qué? Sus ojos se clavan en los míos. Sigo estando en sus brazos. Una de sus manos ya está sobre mis rizos mojados. Un poco más y me monto a horcajadas sobre sus piernas. De hecho, quiero hacerlo. Es un ahora o nun-
Más gritos.
"¡JUSTIIIIN!"
Ésa es Hannah, a lo lejos.
"¡CEEEEDRIIIIC!"
Esos son los del equipo. Es el mismo cántico que usan en los entrenamientos.
"Mierda, no podemos seguir escondidos por más tiempo," me lamento.
Cedric agacha la cabeza, no sé si frustrado o aliviado, y luego se incorpora con gran celeridad. Se asoma por la abertura de las ruinas y sonríe:
"Sprout y una avanzadilla. El grueso viene detrás. Bonita excursión de mañana," su tono desprende sarcasmo. Se estira y bosteza. No puedo dejar de mirarle. No puedo dejar de sentir que un momento mágico eterno se ha roto. De pronto me siento muy, muy triste y vacío.
"Ven aquí," sonríe Cedric extendiendo el brazo.
Obedezco a ciegas y sin muchas ganas. Quiero que vuelva a sentarse. Aún es cien años demasiado temprano para regresar.
"Tengo al monstruo muy visto," farfullo y bostezo, llegando a donde me espera él, señalando el lago.
El sol sigue subiendo pero las nubes lo van a rodear. Esta tarde llueve seguro.
"Mira las luces sobre el agua. Mira el cielo y las nubes. Aún no han llegado... aún no."
Es precioso. Pero mañana todo esto habrá terminado. Todo. Mañana... Tengo ganas de llor-
Sin previo aviso Cedric me rodea con un brazo por el cuello y me acerca a él de un único y preciso tirón, juntando sus labios con los míos. Es un beso tan impulsivo como dulce e intenso. Con una mano temblorosa me sujeta suavemente la mejilla; en la otra es donde debe de estar sosteniendo mi corazón. Definitivamente, ya no es mío. Ni mi cerebro, porque nuestros cuerpos están perfectamente acoplados y me tiemblan las piernas. El mundo desaparece a nuestro alrededor durante el eterno instante que dura, y reaparece cuando ese instante pasa, porque la realidad sigue llamándonos a gritos desde el otro lado del castillo.
"Ya están aquí," dice con voz queda, y se separa sin mirarme. No sé qué cara está poniendo, ni por qué lo ha hecho, pero la cuestión es que lo ha hecho. Quiero gritar de alegría, pero me contengo.
Cedric tira de mi manga en silencio y apresura el paso para reunirse con los demás, quienes están a punto de acceder por la entrada principal para turistas.
"¡BUENOS DÍAS!" saluda la prefecta cuando nos ve aparecer.
Yo sigo flotando en mi mundo feliz y respondo como un autómata. Justin, borra esa sonrisa de bobo. Bórrala.
"¿Estáis bien?" pregunta Hannah, quien viene corriendo a abrazarme."¡Nos teníais muertos de miedo! Hemos dado la alarma en Drumnadrochit y han estado haciendo batidas por el lago sin descanso. Alguien nos avisó de que había visto de lejos a dos personas por el castillo al amanecer y hemos venido corriendo. De no haberos encontrado, habríamos tenido que avisar a las autoridades muggles por si os habían encontrado ellos antes o... Ay, ¡pero qué alegría!" Me abraza más fuerte.
"Por vuestra culpa no he podido pegar ojo en toda la noche," gruñe Zacharías, y luego añade en voz baja: "¿Y a qué imbécil se le ocurre meter en su cama una almohada como coartada y luego desaparecer públicamente?"
"Punto en boca, Smith," le advierte Cedric, colorado.
Mientras Hannah sigue espachurrándome y monologándome (total, a estas horas sólo pueden rematarme, porque ya ni siento ni padezco), Sprout se acerca a Cedric y comienza a hacerle preguntas más concretas. Todos escuchan boquiabiertos el relato descafeinado de Cedric. Luego, los más pequeños bajan corriendo a la orilla para llamar al monstruo, que comienza a agitarse para divertirles. Antes de que Sprout pueda impedirlo, al menos 12 chavales se suben a lomos de Nessie para que les haga a la vez de tobogán y de parque de atracciones. La prefecta monta en cólera. Sprout maldice y corre varita en alto para lanzar un hechizo de invisibilidad alrededor del espectáculo. Los chavales, por su parte, se lo están pasando bomba y los mayores no dejan de reírse con toda la escena, sobre todo cuando la prefecta y Sprout, desesperadas, gritan a la vez:
"¡CEEEDRIIIIIIIC, HAZ ALGO CON ELLOS!"
"Yo sólo quiero irme a dormir," suspira nuestro prefecto.
Pero como buen capitán, baja a la orilla a llamar al monstruo, quien ha hecho caso omiso de todos los demás y sólo viene cuando lo llama Cedric: Suavemente trae a todos los jinetes de vuelta y se desliza hasta sus pies, en la colina, para que lo acaricie. Las carcajadas que sueltan los mayores ante el éxtasis silencioso del monstruo se deben de oír hasta Hogwarts.
No es fácil expresar el gustazo inmenso con el que caemos en la cama calentita. Habría estado bien que se hubiera organizado una última excursión al mediodía y el albergue se hubiera vaciado para poder asaltar su cama y usarlo de calentador natural, pero la noche ha sido completa para todos y no hay quién nos despierte hasta casi el atardecer.
La cena de despedida y la mini fiesta tiene lugar en un claro de Drumnadrochit, organizada una vez más por nuestras aldeas vecinas. Repuestos lo suficiente, pero con el atontamiento del que ha dormido demasiado cuando no debía, bebemos y comemos e incluso intentamos cantar, pero las voces se nos han quedado un poco roncas, sobre todo a mí, que ni la infusión de hierbas de Sprout me han quitado todos los síntomas de semejante concentración de frío y humedad. Estoy tan alelado que Hannah no hace más que preguntarme si estoy bien, si no me habré dado un golpe con el fondo del lago, y si no debería ir a San Mungo o a un médico muggle en cuanto volvamos. Zacharías intenta hundirme la moral con el recuento de nuestra escapada triunfal a bordo de Nessie y cómo los rescatadores tuvimos que ser rescatados (¿rescatados? ¡fastidiados, diría yo!), pero mis neuronas siguen demasiado adormecidas como para darle una buena réplica o que me importe realmente lo que diga. Ya se encarga Hannah de ponerle en su sitio, y dos compañeros, de rematarle en el suelo.
Un médico... Sprout nos ha curado los rasguños más visibles, que no eran pocos, pero aún tengo una espina clavada muy dentro, y es que no consigo que Cedric me mire. No hay manera. No me ha mirado a los ojos ni al acostarnos ("Buenos días-noches," risita, al menos buen humor), ni al levantarnos ("Justin, creo que ahora podría jugar una final de quidditch."). Sigo deseando lo mejor, pero esperándome lo peor: que sólo haya sido un impulso del momento. Con todo y con eso, ahora tengo mariposas permanentes en el mismo corazón, tirando con fuerza de la espinita. Si no fuera por la ronquera, se iba a enterar Cedric de lo que valen los Dire Straits en público.
Mejor no. Vete a saber lo que podría salir de la bandurria. Qué vergüenza.
Bastante habíamos enrojecido sospechosamente ambos esa mañana cuando la gente propuso que Cedric le diera un beso de despedida al monstruo, para que jamás olvidara aquel día. Y no sé el monstruo, que se quedó sin su beso, pero lo que soy yo, no lo voy a olvidar mientras viva.
Terminada la fiesta, llega la medianoche, y el Autobús Noctámbulo, puntual y acelerado, no quiere esperar ni un segundo a que los tardones terminen de cerrar su equipaje, porque esta vez lo esperan algunos pasajeros más.
Con prisas, con risas y con bastante pena, abandonamos el albergue y nos subimos al transporte diabólico. Acabamos en una melé en el suelo unas cuatro o cinco veces. En dos de ellas me toca debajo del todo; pero como en casi todas Cedric aparece milagrosamente como mi galante escudo personal, no me quejo mucho. El rubiales casi se lía a tortas con uno de sexto, pero la revuelta termina con el de sexto empotrado en Zacharías, empotrado en uno de quinto, empotrado en un señor regordete y risueño que en vez de quejarse nos dice que esto le recuerda al Rugby de los muggles.
"Ludo Bagman," nos explica Cedric en voz baja. "Trabaja en el Ministerio, en la sección de Deportes mágicos. Es una antigua estrella de quidditch y será el comentarista durante los mundiales".
"Parece simpático," respondo.
"Sí, pero por lo poco que me ha contado mi padre, no es de fiar," resopla Cedric, tratando de ponerse en pie y cayendo de nuevo sobre sus nalgas en otro frenazo. Me echo a reír y, mira tú por donde, consigo que me mire, aunque enojado.
Primero, enojado. Luego, al ver que los demás andan a lo suyo, con la cara más ilegible de todas las que he visto a Cedric hasta ahora. Consigue cortarme la respiración, y al final soy yo el que aparta la vista primero, colorado hasta las orejas. Extiendo una mano para ayudarle a levantarse y luego no la suelta fácilmente. Va a decirme algo, ¡VA A DECIRME ALGO AL OÍDO!, pero justo entonces llegamos a King's Cross, y del gran y último frenazo me caigo en sus brazos. Tras un fugaz apretón de cuerpos, nos separamos rápidamente (nadie ha visto nada, aquí no ha pasado nada) y bajamos en tropel para ser recibidos por nuestras familias.
Mi madre me secuestra en el acto, me estruja y me avergüenza mortificantemente para el resto de los días en Hogwarts. Ellos me preguntan y me cuentan a partes iguales, sin darme tiempo a responder ni a comentar. Que lo más probable es que vayamos a Mallorca o a Ibiza, cuando me estabilice, y yo no tengo ánimos ni para protestar. El revuelo a mi alrededor es enorme y me siento un poco desorientado. Mi padre va en busca de mi equipaje. Mi madre se despide de los padres de Hannah. Hannah me abraza a intervalos regulares, como si creyese que se me ha olvidado cada vez que ya se ha despedido. Zacharías, el resto del equipo y los amigos me estrechan la mano; hay demasiadas manos estrechándose a mi alrededor; muchas palabras de despedida y ojos un poco rojos, que se nota, que no se puede ocultar, que estamos todos igual, y no es por la alegría de ver a nuestras familias, precisamente.
"Hasta la vista, Justin. Nos veremos en Septiembre," oigo una voz acelerada a mis espaldas, y al instante una mano me revuelve el pelo antes de estrecharme en un fugaz abrazo de amigos y luego agitarse mientras se aleja.
"¡Disfruta el Mundial de quidditch por mí!" le grito, y él se vuelve un instante y me sonríe con el pulgar en alto.
Aún no traducimos muy bien las miradas el uno del otro, pero incluso Hannah parece haberse percatado de que algo se escuece entre nosotros, y ha puesto cara rara. Lo bueno es que no parece darle mayor importancia, porque me da el último abrazo (creo que con este son cinco) y está ya terriblemente ocupada contándole a su madre todo, todo y todo mientras su madre tira de ella para que me deje marchar.
Y yo me marcho de King's Cross sin saber por qué. Por qué, demonios, tiene que hacer Cedric las cosas así: Proscritas, accidentales y fugaces.
Pero lo ha hecho.
¡Lo ha hecho!
Mi primer beso.
¡Y qué beso!
Ahora, en mi casa, cada vez que mi madre pone un disco de los suyos de cuando era joven, ya no me quejo. Ni siquiera lo combato con mi música. Es más, según con qué canción, hasta abro la puerta, para rememorar con banda sonora. Quién me iba a decir a mí que el Sealed with a Kiss de Bobby Vinton, me iba a hacer soñar y recordar, una y otra vez, una y otra vez, que el chico más maravilloso de todo el mundo mágico me quiere en sus brazos. Desde luego que hay segundos que duran una eternidad. Y meses que valen por toda una vida.
Quiero que llegue septiembre ¡pero YA!
I don't wanna say goodbye for the summer
Knowing the love we'll miss
Oh let us make a pledge to meet in September
And seal it with a kiss
Guess it's gonna be a cold lonely summer
But I'll fill the emptiness
I'll send you all my love every day in a letter
Sealed with a kiss.
